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Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
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Alfredo Bryce Echenique - La propiedad que no se ve


     Una década ha bastado para que el Perú se convierta en el paraíso de la 
     piratería editorial. El país tiene, además, el triste privilegio de 
     exportar libros piratas a varios países vecinos, como Argentina, Chile, 
     Bolivia y Ecuador. Con el sello de prestigiosas editoriales peruanas han 
     cruzado las fronteras desde obras de Juan Pablo II hasta novelas de 
     Gabriel García Márquez que jamás fueron contratadas por esas editoriales. 
     Y cuando la editorial Alfaguara, de España, puso a la venta en Lima La 
     fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, con la firma ológrafa del autor y 
     a precios de ganga, los piratas se dieron maña para sacar su propia 
     edición en tiempo récord, más barata y sin omitir siquiera la firma 
     ológrafa. En más de una oportunidad, mientras espero la luz verde ante un 
     semáforo, un vendedor ambulante de libros piratas se me acerca y me 
     pregunta, alegre y amistosamente, ¿para cuándo su próximo libro, señor 
     Bryce?

     Jueces, fiscales y autoridades de INDECOPI (Instituto Nacional de Defensa 
     de la Competencia y de la Propiedad Intelectual, entidad creada en 1993 
     para velar por el respeto de los derechos de autor), asumen, sincera o 
     falsamente abrumados, que más de mil trescientos procesos por delitos 
     contra el derecho de autor no han producido una sola detención. Por su 
     parte, los periodistas Meche García Belaunde y Marco Méndez Campos 
     escribían en el diario El Comercio, decano de la prensa peruana, que "Si 
     todas las personas dedicadas a la venta ilegal acuerdo con diversos 
     cálculos más de cuarenta mil personas en todo el país están involucradas 
     en esta ilícita actividad". En verano, los vendedores ambulantes de libros 
     piratas invaden las playas del litoral peruano, de norte a sur del país; 
     en invierno, pasean como Pedro por su casa por los campus de las más 
     prestigiosas universidades, donde abundan también los puestos de 
     reprografía ilegal; y a lo largo de todo el año abordan a los conductores 
     detenidos en los semáforos o exhiben su ilícita mercancía en calles y 
     plazas de todo el país, sin excluir tampoco las puertas de las más 
     importantes librerías. 

     Un importante distribuidor de libros asegura que por cada libro legalmente 
     vendido en el Perú se venden seis más en edición pirata. Y el director de 
     la editorial PEISA me cuenta que la suya es prácticamente la única 
     editorial peruana que sigue con las puertas permanentemente abiertas, 
     añadiendo enseguida, con dura ironía, que aquello puede ser muy bueno pero 
     también tremendamente grave. Tan grave como el hecho de que en un país de 
     veinticinco millones de habitantes sólo queden cuarenta librerías y que de 
     éstas el 40 por ciento se encuentre en sólo dos distritos limeños. 

     A diferencia de las cada vez más florecientes ferias de libros de Buenos 
     Aires, Guadalajara, Bogotá, Santiago o Miami, la última Feria 
     Internacional del Libro, de Lima, fue un evento tan triste y pobre como 
     poco concurrido, en una ciudad donde los cálculos más optimistas indican 
     que cada año por lo menos son pirateados unos tres mil títulos, que van 
     desde textos escolares hasta libros de especialidades médicas, pasando por 
     diccionarios, obras literarias, manuales de computación y textos 
     universitarios de diversas facultades. 

     Los editores piratas aprovechan el prestigio del autor, de la editorial 
     cuyo sello reproducen y de los gastos de publicidad que realiza el editor 
     formal. Aprovechan también de los aranceles a la importación y de los 
     impuestos a la impresión y comercialización de libros impuesta por el 
     Estado desde 1990, y han pasado a convertirse, desde 1998, en el sector 
     con mayor volumen de ventas, en desmedro del sector formal. La editorial 
     Alfaguara dejó de facturar alrededor de un millón de dólares en 1999 por 
     obras de autores como José Saramago y Ángeles Mastreta. "Sólo nuestra 
     distribuidora tiene treinta títulos pirateados y calculamos que dos mil 
     ejemplares por cada título", asegura la representante en el Perú del grupo 
     español Santillana. 

     Los representantes del Estado se defienden con cuentos de hadas de las 
     acusaciones de la Comisión de Lucha Contra la Pirateria de Libros, de la 
     Cámara Peruana del Libro. Se remontan al presidente Ramón Castilla, hace 
     ciento cincuenta años -durante cuyo primer gobierno se promulgó la primera 
     ley de Derechos de Autor-, para perder el tiempo (o para ganar tiempo) y 
     nada más. Porque nadie ha conocido jamás esas leyes, y menos aún la 
     policía y la población en general, en un país que, cada día más, es un 
     país con muchas leyes pero sin ley, y donde la gente se refiere a la 
     propiedad intelectual como "aquella que no se ve". Como tampoco se ve un 
     título nuevo hace mucho tiempo en la Biblioteca Nacional del Perú, que no 
     cuenta en su bibliográfica. Esto significa que la red de Bibliotecas 
     Públicas del Perú carece de los libros aparecidos en las últimas dos o 
     tres décadas. 

     "Paradójicamente -escribe Germán Coronado, presidente de la Comisión de 
     Lucha Contra la Piratería de Libros, comentando la ley sobre el derecho de 
     autor promulgada bajo la dirección de INDECOPI, en 1996-, ésta es 
     divulgada por ese organismo como una de las leyes más drásticas a nivel 
     latinoamericano en la represión de la piratería. Los tecnócratas que la 
     redactaron se llaman a sí mismo "autoralistas", es decir, defensores a 
     ultranza del autor, a quien consideran víctima permanente del "acecho" de 
     los editores. Movidos por esa maniquea idea, han creado un engendro que 
     protege, sólo en el papel, el derecho patrimonial del autor, "durante toda 
     la vida de éste y setenta años después de su muerte". 

     Y así, con una dilapidadora generosidad con lo inexistente, los 
     funcionarios de cuello y corbata se pasean por el mundo en viajes de cinco 
     estrellas y erario público, de congreso en congreso y reunión de estudios 
     en reunión de intercambios, hablando de las bondades de esta ley 
     modernísima, mientras los editores peruanos quiebran, las librerías 
     desaparecen, el mundo cada día les es más ancho y ajeno a los autores, y 
     los piratas reinan en el Perú. 

     Pero los piratas no son aquellos famélicos niños, adolescentes, adultos y 
     hasta ancianos que se recursean vendiendo libros a los que muy bien pueden 
     faltarles páginas o capítulos enteros, como también a ellos les faltan 
     calorías y vitaminas y proteínas y calcio y un Estado que poderosos, 
     mafiosos, atrapados, procesados y... y... y aquí no ha pasado nada. Son 
     unos peces tan gordos, tan pero tan gordos, que su peso abruma y aplasta a 
     las autoridades competentes, señores de vista tan pero tan gorda, a su 
     vez, que son incapaces de distinguir y capturar hasta al gordo más gordo 
     de todos los cuadros de gordas y gordos de Botero. ¿Cómo la ven? 

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