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Alfredo Bryce Echenique - Los viejos limeños


     La Lima de hoy es mucho menos alegre y viva, mucho menos humana y 
     habitable que la que dejé hace tres largas décadas. Tal vez los ojos 
     habituados no perciban la magnitud de las transformaciones; pero los míos, 
     que son los de un hombre que algún día se puso el mundo por montera y, 
     como un personaje cualquiera de Cavafis, se liberó y se fue, no salen aún 
     del doloroso asombro y la zozobra total del retorno. Los veinte años de su 
     tango son muchos, muchísimos años, créame, señor Gardel -que una cosa es 
     con guitarra y otra con cajón-, y si yo encima les añado tres lustros más 
     en los que Lima ha perdido casi todo su lustre, usted seguro que abre sus 
     ojos de recién resucitado en Medellín e inmediatamente clama por un avión 
     para estrellarse de nuevo con su repertorio y todo, más las rubias de 
     Nueva York, Peggy, Betty, Nelly y Julie. 

     La gente le explica a uno que ahora Lima es chicha y se sigue de largo. 
     Chicha es el señor presidente, el tráfico, la música, el gusto, el clima, 
     la televisión peruana, el patrioterismo, el equipo peruano de fútbol 
     ("Jugaron como peruanos y perdieron", me explicó un experto, después de 
     una de las tantas derrotas consecutivas de una selección en la que, 
     increíble, juegan futbolistas que uno vio hace años en España, en equipos 
     de segunda, de tercera; mientras un embajador sugería que se prohibieran 
     las retransmisiones de partidos de fútbol extranjero para evitar 
     comparaciones de goleada con eso que aquí aún llamamos fútbol, o que se le 
     cambiara de nombre al fútbol jugado por peruanos en el Perú; y mientras un 
     ex dirigente deportivo me decía que él había abdicado del fútbol 
     nacional), chicha es el medio ambiente, chicha es el alma, chicha es la 
     idiosincracia, chicha es la corrupción y chicha es la degradación moral, y 
     por supuesto que son chicha los sociólogos que inventaron la palabra 
     chicha. 

     Se trata, pues, de un circuito vicioso chicha y por ahí patea latas el 
     hombre que regresó. No tiene los reflejos chicha, los mecanismos de 
     defensa chicha, tampoco los mecanismos de ataque y ofensa y agresión 
     chicha, mucho menos tiene los recursos deshumanizados de ver sin ver y de 
     sufrir vacío de dolor o de volverse loco sin el sufrimiento de la 
     demencia, ni mucho menos tiene la capacidad chicha de no ser asesinado por 
     los decibeles salvajes del volumen chicha y los ruidos molestos que en 
     Lima son todos y chicha. Para ello habría que saber montar a pelo el potro 
     salvaje de la vulgaridad y la violencia, de la fealdad instalada en el 
     barrio más feo y el más caro (ya no existe el barrio más bonito), del 
     hambre y la miseria, del desempleo y el desamparo, del infame pacto de 
     hablar eternamente a media voz (algo que puede llegar a ser preferible, en 
     vista de lo mal que habla la gente, sobre todo en la televisión chicha, 
     que es casi toda), de los semáforos en que se exhiben todas las cortes de 
     los milagros que en el mundo han sido y nos espera agazapado apenas el 
     quinto asalto personalizado en lo que va del año. Hay asaltos y raptos al 
     paso, al gusto, portátiles, con o sin dolor, tristes, teóricos y 
     prácticos, anchos y ajenos. Todos son chicha. Chicha es la voz. La cátedra 
     de ética y la cátedra de estética decidieron fusionarse por lo bajo, hasta 
     desaparecer, por falta de supuestos y de presupuestos, por falta de todo. 
     Tal vez entonces nació lo chicha. Pero, bueno, mejor no me meto, porque no 
     soy experto. Soy tan sólo una voz que clama en un desierto chicha. 

     Darle vueltas a un círculo hasta que se convierte en vicioso. Antes no era 
     así y yo recuerdo mi visita a Lima, en 1989. Íbamos en una camioneta Land 
     Rover, de la ONG Desco, "El socio" Raúl Guerrero, "El poeta hermano" Balo 
     Sánchez León y "Mi ex" Pilar de Vega, en su primera visita al Perú. 
     Habíamos paseado barriadas desde El Agustino hasta Los Barracones del 
     Callao, sí, habíamos paseado barriadas o villas miseria o conventillos, y 
     no "pueblos jóvenes" (el pacto fame de hablar en vol alta y llamar a las 
     cosas por su verdadero nombre), y ahora íbamos por los tugurizantes 
     barrios altos, cuando nos detuvimos a mostrarle a la viajera española cómo 
     en el Perú de fines de la hecatombe Alán García la gente trocaba una casa 
     contra dos Volkswagen usados, e incluso abusados, anunciando una realidad 
     en la que todo limeño también es taxista o, mejor dicho, todo taxista 
     también conoció un tiempo mejor y una Lima que se fue. 

     Breve paréntesis. Yo no sé si este dato es chicha o no, pero Lima es la 
     única ciudad del mundo en que los taxistas persiguen a los transeúntes 
     hasta el mismo interior de su casa, a ver si cambian de idea y de 
     itinerario. Uno camina seguido por unas bocinitas chicha, diría yo, no sé 
     si bien o mal; chichamente, en todo caso. 

     -Mira, Pilar -le explicaban los expertos a la viajera española, y le 
     señalaban la fachada de una casa ya llevada por el viento, en cuya fachada 
     habían escrito a tizazos lo del trueque Dos Volkswagen-Casa. 

     La viajera miró, como quien se desangra, y yo, que llevaba ya mucho rato 
     debatiéndome entre la basura y la angustia, decidí cambiar de itinerario y 
     enrumbar por el primer atajo que nos acercara a algún lugar limpio y bien 
     iluminado donde luchar contra la sed y el nihilismo. Pero resultó que 
     andábamos algo perdidos y tuvimos que consultar. Dos seres gordos en 
     camiseta sin mangas color blanco-cemento se asomaban pésimamente mal 
     jubilados por la ventana que quedaba entre Se cambia esta casa y Por dos 
     Volkswagen. Usaban unos anteojos de marcos muy gruesos y lentes como 
     vitrales de catedral en invierno. Pero vieron u oyeron que andábamos medio 
     perdidos y cerraron la ventana antes de salir y acercarse a nuestro Land 
     Rover para ofrecernos sus buenos oficios. Uno de ellos, lo recuerdo, 
     estornudó, y usaba un pañuelo a tono con su camiseta, en lo que a falta de 
     lavandería se refiere. Luego se cedieron la palabra ordenadamente, en su 
     afán de explicarnos cómo se llegaba desde su callejuela color pañuelo 
     inmemorial hasta el lugar de cinco estrellas en que soñábamos con 
     encontrar alivio a tanto trajín de la mirada. Parafraseando al poeta: 
     habíamos partido casi de madrugada y no habíamos encontrado lugar donde 
     posar los ojos que no fuera recuerdo de la muerte. La muerte de una 
     ciudad, en este (o)caso. 

     Pero en medio de tanto polvo húmedo, tanto gris, tanto deterioro, esos 
     gordos miopes y mal jubilados nos hablaron en una maravillosa lengua 
     castellana y con una desaparecida cortesía limeña y universal. Fue un 
     lujo, fue un milagro, fue un espejismo. Y fue un instante de muy frágil y 
     perecedera maravilla, como si por la esquina estuviese doblando ya el 
     huracán de miseria que habría de hacer que esos dos caballeros de otrora 
     cubierto y mantel, de lejanos cuello y corbata, modales Carreño, pero para 
     modales los de mi tiempo, al fin y al cabo, y educación y decencia todas, 
     desaparecieran para siempre de la superficie de la tierra, como los 
     linajes condenados a Cien años de soledad. 

     -Ya eso no hay -le dijo, con tono triste, solitario y final, Balo, "El 
     poeta", a Pilar, la viajera española. 

     -Viejos limeños -enfatizó Raúl Guerrero, "El socio", agregando: Vástagos 
     jubilados de una extirpe en vías de rápida extinción. Deberías aprovechar 
     para tomarles una foto antes de que se acaben. 

     En estos albores de siglo XXI en que he regresado a Lima, a veces pienso 
     que, cual Diógenes con su linterna, yo debería caminar con una pancarta 
     que dijera: Busco viejos limeños. Lo malo, claro, es que muy probablemente 
     me robarían la pancarta. 

     Pasan los meses, los años, los siglos (a veces uno se impacienta), y hasta 
     el día de hoy tan sólo he encontrado a dos viejos limeños desde que 
     regresé. De raza negra los dos y en muy distintas circunstancias de 
     caballerosidad y gracia, y en escenas tan divertidas como entrañables. Al 
     primero lo cerré con mi automóvil, entrando a la avenida Javier Prado 
     Este, y me estaba gesticulando mentamadreramente y cual educado loco con 
     sordina, eso sí, desde su camioneta llevada por el viento, cuando me 
     reconoció. Y reconocerme y saludarme por la ventana fueron una y la misma 
     cosa: "¡El escritor internacional!", "¡La eminencia nacional!", gritó 
     aquel negro de consuetudinaria edad, produciéndome ipso facto esa 
     depresiva tristeza, ese daño oscuro que produce verse convertido en una 
     suerte de "Poeta oficial al que todo el mundo saluda por la calle", según 
     los versos inolvidables de rabia y dureza, del mexicano Eduardo Lizalde. 
     Contra frase como éstas, créanme, no hay Prozac que valga. 

     Y, sin embargo, no fue así, esta vez, porque aquel hombre no era un 
     indiscreto, un metiche chicha, tampoco un curioso cualquiera. Era un 
     señor. Un viejo limeño. Y un segundo después ya lo tenía ante la ventana 
     de mi auto, disculpándose a mares, con los más sabrosos y cultos 
     peruanismos, con toda la buena educación y la gracia del mundo. Aquel 
     caballero era una dama y terminamos abrazados y cediéndonos el paso, 
     también a mares, mientras atrás el mundo chicha se disponía a 
     exterminarnos con la violencia de sus bocinazos e insultos. Y fue una 
     corta vida feliz y ya inexistente la que viví al ver que aquel viejo 
     caballero terminaba arrancando su desvencijada camioneta y aceptaba que el 
     escritor le cediera a él el paso, en vista de que era el escritor el que 
     lo había cerrado. Fue un milagro. 

     Al segundo limeño viejo me lo encontré cuando ya yo era prácticamente 
     propiedad de su gigantesca mano derecha. Por lo moreno, gordo, grande, 
     rizado y canoso, creí que era "El zambo" Cavero, el genial cantante 
     criollo. Pero recuerdo que me dijo su nombre, y se apellidaba Espinosa. El 
     nombre de pila se me ha borrado, o es que nunca lo llegué a oír, pues ya 
     dije que ese caballero inmenso se había hecho prácticamente de mi persona, 
     como un futbolista (no peruano, claro está) se hace de un balón y lo 
     desaparece entre la defensa del adversario. 

     El hombre andaba paseando con su nieta por la avenida La Paz, en 
     Miraflores, y quería que la niñita también estrechara la mano del 
     escritor, mientras a éste le iba aconsejando: 

     -Váyase del Perú, señor Bryce. Créame lo que le digo. Váyase. Usted ya 
     cumplió con la patria... 

     Yo intentaba reclamarle mi mano. Misión imposible. 

     -Y sobre todo no converse con nadie. Con nadie, señor Bryce.Váyase. Yo sé 
     lo que le digo. No converse con nadie porque lo van a querer corromper. 
     Con nadie, señor Bryce. Hágame caso, por favor, señor. Yo sé lo que le 
     digo. Mire, mi nombre es ¿? Espinosa. Búsqueme. Llámeme cuando decida 
     hacerme caso. Y créame que es por su bien. 

     -Mi mano, señor Espinosa, se lo suplico. 

     -Soy yo quien suplica, señor Bryce. Y por su bien. Créame. Yo soy un 
     hombre de bien que pasea con su nietecita. ¿O no, mi hijita? Ya lo sabe 
     usted. Váyase, señor Bryce. Y si quiere yo lo llevo al aeropuerto. 

     Besé a la niña con cariño, mientras lograba extraer mi mano de aquella 
     mano inmensa, inmensamente afectuosa y preocupada. A veces pienso que los 
     viejos limeños tenemos un sexto sentido que nos permite reconocernos con 
     tan sólo dos o tres palabras. Y a veces siento que mi mano aún sigue entre 
     la inmensa mano de un hombre que quiso decirme algo con todo el cariño del 
     mundo. Y siempre que voy al aeropuerto miro a mi lado para ver si, por 
     milagro, la persona que me está llevando es el señor Espinosa. El señor 
     Espinosa, viejo limeño, linaje condenado. 

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