Hacia las tres de la tarde de un caluroso día de agosto,
un hombre alto y con cara de persona estudiosa salió de una bocacalle y empezó
a caminar sin prisa por aquella importante arteria urbana, entre el ruido del
tráfico. La gente tropezaba con él a cada dos pasos, y entonces él, levantando
los ojos del suelo, se disculpaba con la mirada.
Cuando se dio
cuenta de que estaba a punto de entrar en la Biblioteca Pública, una amarga
sonrisa se dibujó en su rostro, y se quedó inmóvil un instante mirando
fijamente las dos manchas de sol que espejeaban en sus zapatos. La fuerza de la
costumbre lo había llevado hasta allí, a mitad de las escaleras de acceso a la
biblioteca. El sitio al que primero había pensado dirigirse estaba a un centenar
de yardas más allá, en la misma calle.
De pronto se vio
ante el mostrador en donde se devuelven los libros y se pagan las multas. El
rostro familiar de la joven le sonrió con sus gruesos labios y se sintió
reconfortado. Se apresuró a devolverle la sonrisa al tiempo que le decía:
—No vengo a
devolver ningún libro, sino a llevarme alguno —y, acto seguido, se pasó más de
una hora hojeando libros.
Empezó dándose
una vuelta por los estantes de narrativa. Austen, Balzac, Chejov, Conrad,
Flaubert... nombres que, en aquella calurosa tarde en que cada minuto parecía
una hora y su mente toda esperaba en suspenso, traían vividamente a su memoria
personajes y escenas con los que tanto había disfrutado, y la certeza de que
volverían a colmarle de placer. A veces un súbito impulso lo llevaba a tocar
algún libro con sus finos dedos; pero hasta que no llegó a Gautier no sacó
ninguno de su sitio. Y entonces, apartándose de los estantes, leyó por sexta o
séptima vez en su vida la descripción de la vieja mansión de El capitán
Fracasse. La desolación del pasaje encajaba perfectamente con su estado de
ánimo. Oyó una vez más el croar de las ranas en el río. Volvió a ver la
techumbre de tejas rojas, parcheada como si tuviera lepra, las vigas contra las
que se estrellaban en su vuelo los murciélagos, las rotas contraventanas, la
gruta poblada de estatuas en el jardín invadido por la maleza. Y minutos
después volvió a vagar sin rumbo por entre los estantes de la biblioteca.
Refrescó su corazón con nombres tales como Singapur, Macasar o Carimata.
Escuchó la apasionada música amorosa que Freya Nelson —o Nielsen— tocaba en una
de las Siete Islas.
El ánimo que lo
llevaba a abrir este o aquel libro cambiaba pronto de norte. En seguida buscaba
otro ambiente, otro autor, y los iba escogiendo con criterio seguro. Dejó a
Conrad y buscó a continuación el abrupto paisaje de El Duelo de Chejov.
Los personajes habían salido a merendar al campo y las sombras del crepúsculo
se cernían ya sobre ellos. Unas piedras dispersas por la pradera les servían de
asiento; había una manta de viaje extendida en el suelo y una fogata encendida.
A su alrededor altas montañas dibujaban su mole contra el cielo. Formaban un
marco imponente que parecía tener a raya los frágiles nervios, a punto de
estallar, de los excursionistas.
La Sección de
Préstamos era vasta y fría; al otro lado de los ventanales que daban a poniente
un jardín relucía al sol. El hombre vagaba en silencio de libro en libro. En
ocasiones sus pensamientos habían girado sobre asesinatos, robos y extraños
inventos relacionados con la muerte. Noches en las que el arte sombrío de la
novela policiaca había ejercido en él un efecto sedante, permitiéndole
conciliar un sueño profundo. Tales eran los relatos que ahora empezaba a
hojear. Pasaba nerviosamente las gruesas hojas e iba leyendo los sugestivos
títulos de los capítulos. Y todo el tiempo una expresión de angustia no exenta
de horror contraía su rostro.
De los estantes
de narrativa pasó a los de «otros géneros», y su pálida mano, que brillaba a la
luz del sol, sacó un ejemplar del Libro de criminales notables de H. B.
Irving. En cierta ocasión había acariciado la idea de editar un libro como
aquél, o de escribirle a alguien como el reverendo Selby Watson, que una tarde
de domingo había matado a su mujer en un acceso de melancolía. Y allí estaba
también el doctor Castaing, quien con aquel rostro alargado de facciones tan
regulares, el pelo peinado hacia atrás, la frente despejada, y aquellos ojos
alicaídos, más parecía un sacerdote que un médico. El lector levantó la vista y
en el estante de encima descubrió La historia de los cardenales ingleses; y
tapándoles la boca o los ojos con su delgada mano, fue estudiando detenidamente
aquellos rostros clericales.
Las biografías
le entretuvieron un buen rato. Leyó sobre músicos, artistas, inventores,
exploradores; hasta que de repente sintió un ansia incontenible de mapas y de
geografía, de libros de viajes, en especial de los que versaban sobre las
amplias llanuras de la Inglaterra interior y de las descripciones de aquellos
condados que nunca había visitado. Alcanzó uno sobre Rutland y leyó por encima
una página que trataba de sus paisajes típicos; encontró y examinó otro sobre
los pueblos del valle del Támesis, y miró detenidamente sus ilustraciones... la
del viejísimo puente, por ejemplo, tendido entre hondas llanuras...
Volviendo de
nuevo a los estantes de narrativa buscó aquellas novelas que siempre había
querido leer y que nunca había leído: La Cartuja de Parma de Stendhal, Padres
e hijos de Turgueniev, las sátiras de Erewhon de Samuel Butler, los
relatos del conde de Gobineau, y muchas más. No las cogía para enfrascarse en
su lectura. Se contentaba con mirar fijamente los títulos. Allí estaba el
segundo volumen de Rojo y negro; él estaba leyendo el primero, pues lo
tenía en casa; en algunos pasajes, en el giro sutil de una frase, había llegado
a adivinar el terrible desenlace. Y paseándose con aire meditabundo a lo largo
de los estantes, llegó a Merrick. Merrick le gustaba mucho. Conrad en busca
de su juventud era uno de sus libros favoritos. Pero el ejemplar no estaba
en su sitio y, de pronto, mientras miraba fijamente el hueco del estante donde
la busca de la juventud habría tenido que estar, sintió la boca seca y un
regusto amargo en el paladar que le hizo estremecer, y se dirigió a toda prisa
hacia el mostrador de la salida. La joven le sonrió con sus gruesos labios; sus
gafas, admirablemente redondas, reflejaban la luz del sol ocultando sus ojos.
—No he cogido
ningún libro —dijo con voz grave, y salió al vestíbulo de la entrada. En la
pared había una lápida de mármol; en ella leyó el nombre de uno de los alcaldes
anteriores, nombre que, días y días después, habría de seguir resonando en su
cabeza. De la calle entraron unos niños corriendo y chillando. Llevaban libros
bajo el brazo. Tropezaron con él y luego desaparecieron por la puerta de la
Sección Infantil.
Se adentró por
un pasillo que conducía a unas escaleras, sin saber a dónde iba. En aquel túnel
mal iluminado vio una estantería de gran solidez y reforzada por gruesos
soportes. En ella se alineaban enormes tomos con ejemplares de The Times encuadernados.
Cada uno de los volúmenes abarcaba un año. En un arranque de cólera bajó uno y
sujetándolo con ambos brazos lo llevó con más facilidad de lo que esperaba a
una mesa de la Sala de Lectura, y allí fue pasando aquellas páginas
amarillentas que debían haber sido blancas como el lino unos cincuenta años
antes. Nunca hasta entonces había visto el anuncio. ¿Lo habría guardado su
madre? ¿Lo habrían conservado sus manos?
WARRINGTON-COOMBE:
El 10 de agosto de 1885, en el 41 Durham Street, Fulham, MARY, esposa de R. H.
Warrington-Coombe, ha dado a luz un hijo varón.
Al pie de la
escalinata de la biblioteca un bebé que iba en un cochecito lo miró ceñudamente
con su fea y arrugada cara. Ensordecido por el tráfico, cegado por el sol, se
abrió camino con paso desafiante entre la multitud. Estaban añadiendo un ala
nueva al edificio de unos grandes almacenes y oyó los martillos de los obreros
que montaban los andamios. Cuando, al fin, entró en el edificio al que había
pensado dirigirse primero, le temblaban las rodillas y sintió frío. El agente
de policía que estaba sentado tras una mesa en una sala desnuda que olía a
tinta miró al hombre con ojos tan azules como benévolos. Luego, mientras
estudiaba con la mirada las manos y la boca del visitante, le escuchó.
—Me llamo John
Warrington-Coombe —dijo el hombre que había salido de la biblioteca—. Vivo en
Durham Street. He vivido allí toda mi vida.
Luego se
humedeció los labios con la lengua y la mesa tembló un instante.
—He venido a
entregarme —murmuró con voz ronca—. He asesinado a mi madre.
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