JOAN BARRIL nació en Barcelona en 1952. Es periodista y escritor, articulista de El Periódico. Obtuvo el premio Ramon Llull en 1998 con Parada obligatòria
Después del accidente Núria pensó que el mundo para
ella sería siempre plano como el techo de la habitación del hospital donde
—decían— se recuperaba. Por supuesto que se recuperaba, pero sólo en lo más intangible de su ser. Recuperaba la memoria, los juegos infantiles, las últimas caricias de aquel chico que se la llevó de la discoteca para irse a bañar desnudos en la playa cercana. Sólo supo que se llamaba Luis cuando un día le enseñaron el recorte de periódico: un extraño ovillo de hierros que nunca habrían podido ser un coche y, en el ángulo superior, otra fotografía tipo carnet del tal Luis mucho más joven. Núria pensó que la muerte por accidente siempre acaba rejuveneciendo a los muertos, porque los padres o la administración sólo tienen fotografías antiguas, como si se pudiera vencer a la muerte con imágenes llenas de vida. Sólo Núria podía recordar el verdadero rostro del tal Luis inmediatamente antes del accidente. El rostro de Luis bajo la luz de la luna, los labios de Luis diciendo que no dijera, que se dejara hacer mientras ella decía lo que quería hacer. Los ojos cerrados de Luis mientras ella se estremecía. Después del amor, el mentón aerodinámico de Luis rasgando la noche con el acelerador a fondo, los ojos enormes de Luis mientras ella jugueteaba en su entrepierna y la voz iluminada de Luis por los faros del camión que se les echó encima. Núria se salvó al salir despedida por el impacto. Un golpe en la espalda, la inconsciencia y luego el techo blanquísimo de la habitación de tantos meses. Pidió que le recortaran la foto del rostro del desconocido de la playa que había salido en el periódico y que le contaran su vida, cada día un poco, para hacerse suyo al primero que la había hecho suya.
—decían— se recuperaba. Por supuesto que se recuperaba, pero sólo en lo más intangible de su ser. Recuperaba la memoria, los juegos infantiles, las últimas caricias de aquel chico que se la llevó de la discoteca para irse a bañar desnudos en la playa cercana. Sólo supo que se llamaba Luis cuando un día le enseñaron el recorte de periódico: un extraño ovillo de hierros que nunca habrían podido ser un coche y, en el ángulo superior, otra fotografía tipo carnet del tal Luis mucho más joven. Núria pensó que la muerte por accidente siempre acaba rejuveneciendo a los muertos, porque los padres o la administración sólo tienen fotografías antiguas, como si se pudiera vencer a la muerte con imágenes llenas de vida. Sólo Núria podía recordar el verdadero rostro del tal Luis inmediatamente antes del accidente. El rostro de Luis bajo la luz de la luna, los labios de Luis diciendo que no dijera, que se dejara hacer mientras ella decía lo que quería hacer. Los ojos cerrados de Luis mientras ella se estremecía. Después del amor, el mentón aerodinámico de Luis rasgando la noche con el acelerador a fondo, los ojos enormes de Luis mientras ella jugueteaba en su entrepierna y la voz iluminada de Luis por los faros del camión que se les echó encima. Núria se salvó al salir despedida por el impacto. Un golpe en la espalda, la inconsciencia y luego el techo blanquísimo de la habitación de tantos meses. Pidió que le recortaran la foto del rostro del desconocido de la playa que había salido en el periódico y que le contaran su vida, cada día un poco, para hacerse suyo al primero que la había hecho suya.
Habían bastado tres horas desde
que se le acercó ahí, junto a la barra, para decirle que a él también le
gustaba bailar la salsa de los Van Van. Dos horas y media para hablar de viajes
e imaginarse puestas de sol y playas de ensueño. "Para viajar no hacen
falta mapas. Haz que el mundo viaje a tu alrededor", le había dicho Luis
al zambullirse en su tercer gintonic. Una hora y media para pasear por la playa
de ensueño más cercana que pudieron encontrar. Una hora para la confidencia.
Tres cuartos para el amor. 20 minutos para vestirse y un segundo para morir o
casi. Lástima de casi. ¡Con lo fácil que hubiera sido morir juntos! Porque a
Núria la encontraron casi muerta. Y durante mucho tiempo, frente al techo
blanco de la habitación, tuvo que aceptar que más de la mitad de su cuerpo
estaba muerto porque el tal Luis se lo había llevado consigo.
Pero la vida es mucho más activa
que la muerte. La vida invade territorios, hace crecer flores sobre la arena y
consigue que los nervios se renueven y que los músculos sientan una
electricidad insospechada. Aprendió a conocer todos los detalles de la vida de
Luis, sus notas escolares, sus diarios íntimos, sus películas favoritas y en el
bolso llevó el retrato del periódico como si fuera su propia alma. Le llevaría
a hacer los viajes que se prometieron en aquella noche primera y última. Núria,
recuperada por la fuerza torrencial de su voluntad, empezó la que sería una
vida interminable de viajes. La memoria de su cuerpo la llevó a visitar España
entera. Frente a la mesa de las tabernas supo distinguir la manzanilla de Cádiz
de la sidra asturiana, la melosa calidad de los callos y el crujido de los
pescaditos fritos. La foto de su amor efímero la acompañaba y casi parecía que
le decía cosas como sólo se las saben decir las parejas de largo recorrido.
Cruzó fronteras y visitó Europa: las cervecerías inglesas, los vinos franceses,
la chacinería alemana. De vez en cuando se detenía para descansar en las altas
montañas o sobre la hierba de los prados alpinos. Los horizontes se iban
doblando para recuperar el tiempo perdido. Se dejó llevar por la fragancia de
las flores del Atlas y por el murmullo de los ríos despistados que van a
fundirse con el desierto. Después de tantos meses supo del tacto de la arena y
de las piedras, del rastro de los reptiles y de los gorriones. Sintió crecer
las plantas y las raíces entre sus dedos yermos. Y aceptó dormir bajo la luna,
sintiendo el color de ceniza fría que iba impregnando su piel dormida.
El cadáver de Núria lo encontró
un niño que corría tras un balón excesivo que se había perdido en esos lugares
prohibidos de los parques públicos. Tenía el cabello repleto de gusanos, como
las gorgonas antiguas en cuyas cabelleras anidaban todas las serpientes. A la
policía le costó mucho sacarla de su silla de ruedas con motor a la que estaba
amarrada desde que la recuperación se había demostrado imposible. Los expertos
se preguntaban cómo había podido llegar hasta allí. Se barajaron extrañas
hipótesis criminales. Se preguntó a los vagabundos del parque. Se siguieron las
huellas de las ruedas de su silla. Y poco a poco, la fotografía de Núria fue
distribuyéndose por la ciudad y lentamente el gran viaje de Núria fue dibujando
sus etapas. El restaurante gallego de la esquina se acordaba de ella. El
chiringuito andaluz de la playa tenía una foto colgada en la cocina. Los
propietarios del pub inglés habían adaptado una rampa a la escalera sólo para
que Núria pudiera entrar. En la carta de postres del restaurante francés
alguien había bautizado una mezcla de albaricoque y crema de chocolate como
"Copa Núria". Y en casa de Ibrahim y Fátima, inmigrantes con tantos
papeles que ya ni siquiera eran inmigrantes, quedaba el hueco de la silla de
Núria entre los divanes. Los niños decían haberla visto cruzar los arenales de
sus juegos y reptar con su pequeño motor eléctrico por los montículos de tierra
de las excavaciones urbanas. Y en todas partes una foto de un Luis demasiado
joven y demasiado imposible para acompañarla. Convirtió el pequeño mundo del
barrio en un mundo enorme. Y cuando lo hubo aprendido todo, se hundió en la
tierra para dejarse poseer por ella.
Así
lo cuentan los abuelos a los niños que corren demasiado. Y la gente, en el
barrio, va paso a paso, salvando las caravanas de hormigas y convencidos de que
hay naciones de cien metros cuadrados en las que todos los escenarios son
posibles cuando se sabe el tesoro pero no se conoce el mapa.
Relato
publicado en El Periódico de Catalunya
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.