© 1982. En Super Ficción 100 títulos -
Volumen conmemorativo, Ediciones Martínez Roca S. A., 1986. Aparecido
originalmente en Maser.
Pasen señores de Elia Barceló, española residente en Austria, es una pieza breve y sutil de una brillantez sorprendente; sólo leyéndola varias veces puede apreciarse toda su fuerza y complejidad.
«Señoras
y señores pasen, ven mi cuerpo tras el cristal, abren la boca enseñando los
dientes, se agitan, hacen ruidos, aprietan entre las manos bolsas de comida
blanca manchadas de obscuro. Observan lentamente, algunos abren mucho las
heridas sin nombre que no quiero mirar y yo no miro. Luego se van, todos se van
a algún lugar que está fuera de la poca luz y ya no vienen más, o vienen, pero
yo no lo sé. Son grandes, pequeños, llenos de cosas y de ruido. Yo no sé hablar
como tú, yo no hablo, pero soy, pienso, y siento el dolor y no muero aún. Tú
eres buena, cierras las heridas y casi no te mueves, te duele pero escuchas,
entiendes.
»Didi
me enseña a hablar pero no viene más. Didi es grande como el cristal, como mi
mirada, pero es grande como las señoras y señores pasen y ya no habla. Didi
viene, cierra las heridas rodeadas de esas cosas finas obscuras, toca el
cristal y me enseña a hablar, pero es difícil. Yo entiendo cosas sí, entiendo
cosas no. Didi es buena. Tu eres buena. Quiero ir a..., quiero vivir, quiero
vivir. Escúchame tú, buena, escúchame. »
He
tenido un sueño. Al principio no sabía qué me estaba sucediendo; ya no me
acordaba qué era soñar. Era un sueño extraño, casi una pesadilla. Estaba
sentado al sol, con la espalda apoyada en el barracón del doctor Peterson. Sé
que se llamaba así por el bigote y las gafas y los ojillos brillantes
parpadeando tras los cristales gruesos con su montura dorada. Me encontraba
bien y creo que era feliz. Había un viento suave que me hacía cosquillas en el
cráneo recién afeitado y me producía una sensación casi erótica que me hacía
pensar en las damas egipcias. Estaba leyendo una novela de ciencia ficción que
me había dado el doctor, o Hans, uno de los ayudantes. Era una historia
terrible sobre un extraterrestre que cae a la Tierra y es recogido por unos
feriantes que lo exhiben como monstruo en una barraca. A veces la narración me
producía escalofríos. En una espantosa claridad mental imaginaba al pobre ser
desvalido, tan distinto de nosotros, inmóvil en su caja de cristal, sin poder
comunicar a nadie su dolor y su angustia, alimentado con cosas que apenas podía
comer, perdiendo lentamente su inteligencia; sufriendo. Imaginaba su horror y
su desesperanza y era como si el sol se nublara de improviso, pero entonces
pasaba mi mano sobre la hierba y veía a Cinzia montando un potro negro en el pequeño
ruedo de madera y el mundo volvía a ser bueno y real. Quizá con el dinero que
me dieran por probar aquellos fármacos podría un día, cuando saliera de la
universidad, conseguir que una mujer como Cinzia quisiera casarse conmigo.
Entonces
Sonia tamborilea con sus uñas malva sobre los cristales de la ventana que hay a
mi derecha y me indica que es la hora, así que dejo mi libro sobre la hierba
salpicada de margaritas de manzanilla, diminutas y gloriosas, y yo me levanto y
me preparo para la inyección de las cinco, que es la que más duele. Si todo va
bien, el mes que viene pagaré mi matrícula en la universidad y empezaré a
estudiar Literatura; si algo no funciona, estaré una temporada en el hospital,
pero nada impedirá que realice mis sueños. Entro en el barracón y todos me
observan; me siento como Rita Hayworth y me gusta. Me quito la camisa, me tumbo
en la camilla y me esfuerzo por pensar en otra cosa cuando Peterson se acerca
con la enorme jeringa de cristal y acero. Luego viene el dolor y los espasmos y
caigo, caigo en un tobogán negro, liso y frío, y quiero ver el sol, el sol, el
sol.
«Didi,
Didi, tú, buena, aquí, aquí... Ve mi cuerpo liso y quieto. Ayuda, ayuda.
Quiero... No sé, no sé más. Señoras y señores buena, ayuda a mí. Yo no sé más,
no recuerdo. Yo vengo en una grande nave blanca sin ruido. Yo quiero no estar
aquí. Yo quiero ir con mis señoras y señores como yo, blanca, lisa, quieta, con
luz, con vida. Habla, Didi, viene con mí. Aquiles ve en el límite de la poca
luz. Nadie más ve. Aquiles viene casi quieto. Yo miro sus heridas pequeñas pero
no habla, no puede hablar. Didi dice, Aquiles hace ruido, ladra; Didi dice,
pero no piensa. Yo pienso y no hago ruido y quiero no pensar, duele, duele.
Quiero dormir, quiero morir o vivir en... No recuerdo, no recuerdo más.»
–Te
prohíbo que te vuelvas a acercar a esa cosa, Didi –la voz del empresario era
firme–. Creía que tendrías suficiente sentido común para no querer volver a ver
a ese pobre monstruo después de casi diez años pero, por lo que veo, ni
siquiera los buenos colegios ni el haber vivido como una señorita en casa de
tus tíos te ha servido de nada. Me ha dicho Mumpy que te vio anoche a la puerta
de la tienda.
Didi
se echó atrás el flequillo, violentamente.
–Ese
imbécil que sólo sirve para doblar barras de hierro... ¿Te ha venido con el
cuento, eh?
–Ese
imbécil de cabeza hueca tiene más sentido común que tú y tu perro juntos.
–No
irás a prohibirle al pobre Aquiles que vaya a verlo si quiere, ¿ verdad? Sólo
faltaba que lo encerraras en una jaula como a los leones.
–No
pienso encerrarlo, pero tampoco estaría de más atarlo a un poste mientras
estéis aquí. Todavía no comprendo cómo ese perro tonto no aúlla cuando lo ve.
Hace ya años que tuvimos que prohibir la entrada a los perros; se volvían locos
ladrando y se les erizaba el pelo.
–Pero
papá, Aquiles prácticamente se ha criado con él, como yo.
–Sí,
ya lo sé. Bastante arrepentido estoy ahora. Si no te llego a mandar a casa de
tus tíos, a estas alturas estarías con la camisa de fuerza. ¿No te acuerdas de
que incluso llegaste a creer que ese pobre bicho te hablaba?
–Pues
claro que me hablaba. Ayer, cuando llegué a la puerta de la tienda, me
reconoció. No pongas esa cara, papá; iba a hablarme cuando vi al salvaje de
Mumpy mirándome y pensé que sería mejor dejarlo para más tarde.
–Ni
para más tarde ni para nunca, ¿está claro? –el hombre hizo una pausa y miró a
su hija–. Tenía muchas ganas de tenerte aquí conmigo todo el verano, pero, tal
como se están poniendo las cosas, mañana mismo te llevo a la estación. No puedo
atender los asuntos del circo y vigilarte al mismo tiempo.
–No,
papá, por favor. No me vuelvas a mandar a casa de la tía. Yo quiero estar aquí,
contigo.
Didi
le echó los brazos al cuello, y el rostro del hombre se dulcificó mientras su
hija lo besaba.
Aquiles
entró en el remolque y se tumbó bajo la mesa. Didi se separó de su padre y se
metió en la cocina.
–¡Pobre
Aquiles! ¿Te estás haciendo viejo, eh? –las manos del empresario rascaron
dulcemente sus orejas–. Todos nos estamos haciendo viejos.
–¿Él
también, papá? –preguntó Didi mientras buscaba la naranjada en la nevera.
–Deja
de hablar de él, ¿quieres? Ponme un vaso de eso –las manos seguían acariciando
al perro; sólo se oía el tintineo del cristal en la bandeja y las voces de los
equilibristas practicando–. Sí, hija, claro, él se hace viejo como todo el
mundo.
–Pues
ayer, cuando lo vi, estaba igual.
–Los
elefantes también parecen igual siempre, y llega un día y se mueren.
–Yo
quisiera que él se muriera un día también, como los elefantes –dijo Didi, con lágrimas
en los ojos.
–Pero
pequeña, ¿qué pasa? Yo creía que lo querías.
–Por
eso, papá, por eso. ¿Tú no has pensado nunca lo que debe ser estar encerrado en
una caja de cristal toda la vida, sin ver nunca el sol, sin hablar con nadie,
sin saber quién es él mismo, sin hacer nada?
–No
sé, Didi, no sé. Las serpientes también están así, y los canarios y los peces
del acuario, y no les pasa nada.
–No
les pasa nada que tú sepas –contestó Didi con rebeldía. Se calló de repente y
volvió a llenar los vasos. Fue al armario y trajo un plato de plástico para la
naranjada de Aquiles–. Papá, cuando una nace en un circo no puede evitar pensar
muchas veces qué sienten los animales. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar la
nostalgia de la selva que debe de sentir un león?
El
padre encendió un cigarro y contesto lentamente:
–Sí,
lo he pensado a veces, como todo el mundo, pero todos tenemos una misión en la
vida, y nuestros leones cumplen su misión, la que les ha tocado.
–La
que has decidido tú –contestó ella en voz baja.
–Además
–continuó el hombre–, la mayor parte de nuestros animales ha nacido aquí, y
para ellos éste es su mundo. Sueltos en la selva no sobrevivirían.
–¿Tú
crees? –hizo una pausa, para pensar–. Pero, además, él no ha nacido aquí.
Volvió
a llenar los vasos y encendió un cigarrillo mirando de reojo a su padre.
–¿Ya
fumas? ¿Eso te han enseñado en ese colegio de señoritas?
–Sólo
de vez en cuando, papá, cuando me pongo nerviosa –cortó la respuesta con una
pregunta–: ¿De dónde lo sacaste? ¿Quién te lo vendió?
El
padre olvidó la cuestión del tabaco y adoptó un aire diferente.
–Pues,
verás, fue una cosa rara. Vino a verme un día, hace más de diez años, no creo
que te acuerdes, tú debías de tener cuatro o cinco, ni siquiera hablabas bien;
pues vino a verme un señor importante, de la universidad, creo; se veía a la
legua que era un sabio de esos, como en las películas, y me dijo que en su
laboratorio tenían un bicho raro que habían encontrado hacía tiempo no sé
dónde, que ya le habían hecho todos los análisis y las pruebas que querían y
que no sabían qué hacer con él. Me dijo que había estado viendo nuestra
colección de animales raros y que si no me interesaría comprarlo. Me dio su
dirección y fui a verlo. Al principio me hizo el efecto de que era un timo;
tenía una especie de aire humano, ya lo sabes tú, como los marcianos del cine,
pero me explicó no sé qué de que se trataba de una especie de intermedio entre
un hombre primitivo y otro. Me aseguró que no pensaba, que era poco más que una
planta, que era barato de mantener y que resultaría muy espectacular. El precio
no estaba mal, menos de la que nos costó la pantera, y al final lo compré. Me
pidió permiso para venir a verlo o a hacerle análisis siempre que quisiera, y
conseguí que me rebajara un poco el precio a cambio del permiso. La verdad es
que no la he vuelto a ver, pero, mejor. No me gustaba aquel hombre, con esas
gafas doradas tan grandes y esos cristales tan gordos, y miraba al pobre bicho
como si le tuviera miedo, y cuando hablaba, no sé, sonaba a falso. En fin,
mejor que no haya vuelto porque, además, podía haberlo puesto nervioso o
enfermarlo o algo.
–Pero
papá, ese hombre te engañó. El piensa y yo le enseñé a hablar cuando aún vivía
aquí.
–Nena,
no empecemos. Te lo he contado porque ya eres mayor, pero si volvemos a lo mismo,
te marchas inmediatamente.
–Él
me contó, bueno, más o menos, que no era de la Tierra, que venía de otra
galaxia.
–¿Como
que «te la contó»?
–Bueno,
nosotros, cuando yo era pequeña, hablábamos, pero no con sonidos: Yo me
acercaba a su caja, ponía la frente contra el cristal, cerraba los ojos, porque
no soporta ver los ojos de la gente, hasta el nombre le da asco, dice que son
como heridas en la cara, y entonces él me hablaba. Le costaba mucho y era
difícil de entender, pero me hablaba.
–Si
no fuera por lo tonto que resulta, diría que ese pobre monstruo ha leído mucha
ciencia ficción. O él o tú –apagó el cigarro y miro a su hija–: Mira, Didi,
vamos a poner las cosas claras: o me prometes que no te volverás a acercar a
él, o te vas mañana. Ya eres mayor, tú verás lo que te conviene –se levantó–.
Me voy a ver a los elefantes, Daisy no se encuentra bien. ¡Vamos, Aquiles!
Sobre
los vasos vacíos de naranjada, Didi lloró como no la había hecho desde que
salió de casa.
«Didi,
Didi, viene, viene a mí. Didi, estoy solo, es obscuro. Didi, quiero ir, quiero
vivir, quiero morir. Didi, ayuda, ayuda.»
La
narración es artificio. El dolor es real. Sólo el dolor es real.
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