The master of Altamira, © 1964 by Mercury Press Inc.. Traducción de García
Borrón-Segur Giralt-D. Navarro en Ciencia Ficción Selección-12, Libro
Amigo 280, Editorial Bruguera S. A., primera edición en Septiembre de 1974.
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Los arqueólogos han dado diversas
interpretaciones a las sorprendentes pinturas de Altamira y al arte rupestre en
general, y casi todos coincidían en atribuirles un carácter mágico-evocador: al
reproducir las imágenes de los animales en la pared de la cueva, se los
conjuraba para propiciar su captura. El relato que sigue se basa en esta
hipótesis.
Recientemente, sin embargo, los
especialistas se inclinan más por una interpretación didáctica y artística,
que, precisamente por ser la más obvia, hasta ahora no se había tomado en
consideración: los cavernícolas pintaban animales para que los cazadores
neófitos aprendieran a conocerlos... o por la sencilla y muy buena razón de que
les gustaba pintar.
En el interior hacía aún
mucho fresco, casi frío, y estaba empezando a llenarse de humo a causa de la
lámpara de grasa. Alcanzaban a oler la primavera que entraba del exterior como
una templada brisa.
–¿Por qué sigues
haciendo eso? –preguntó un hombre viejo.
–Así hace animales
–contestó el hijo más fuerte.
El que estaba pintando
no prestaba atención. Una ligera ráfaga de aire que olía a tierra mojada hizo
oscilar la pálida llama de la lámpara de piedra, y la puso a su lado izquierdo
para ampararla. Una de las mujeres se levantó buscando mejor sitio para ver.
–Él hace los animales y
entonces nosotros, los cazadores, salimos de la cueva, y los animales están
ahí –dijo el más fuerte de los hijos.
Otro de los jóvenes
gruñó:
–Él no sale a cazar.
El pintor no escuchaba.
Dejó en el suelo el húmedo terrón de ocre que tenía en la mano y recogió un
trozo de cinabrio que metió en la grasa contenida en el hueco de un pedrusco
caliente.
–Pero, ¿por qué sigues
haciendo eso? –repitió el viejo.
–Cuando los pastos de la
primavera estén altos –dijo el hombre joven–, los animales se irán de este
sitio. Los que él está haciendo y los que hay fuera. Entonces él tendrá que
venir con nosotros.
–En mis tiempos... –dijo
el viejo.
Una mujer exclamó:
–¡Shush! Tus dientes
cayeron, abuelo.
–Cállate tú –gritó el
más fuerte de los hijos–. ¡Bruja! ¡Cizaña! –dio un salto y la abofeteó.
Ella se rió y fue hacia
él. Era su medio hermana y pronto sería su compañera.
El pintor dejó el pedazo
de cinabrio en el borde de la piedra caliente y se limpió en el muslo la mano
derecha. Luego tomó la lámpara y la levantó sobre su cabeza, permaneciendo de
espaldas. Los grandes omóplatos del bisonte tenían un ardiente rojo de
cinabrio. Los pies delanteros de la res, los pequeños cascos, estaban en
recíproco equilibrio. Arriba, hacia el final de la cueva, había un espacio en
blanco en la pared. Se dirigió hacia allí y se puso a observarlo. Luego volvió
con sus colores y grasa caliente.
Un hombre joven comentó:
–Esto no parece un bisonte:
sólo tiene tres patas. ¿Dónde está la otra?
El hijo más fuerte dijo:
–Éste es un bisonte con
tres patas; podremos atraparlo fácilmente –miró por encima del hombro, a los
demás–. Miren: él los hace así para que podamos cazarlos.
–A veces están de una
forma que tienen tres patas –expuso el pintor–. Como pasa con éste.
–Es una gran magia –dijo
una mujer vieja.
–Hace animales –comentó
el hijo más fuerte–. Esto no es magia. Los animales están ahí cuando salimos.
–Me gusta hacer esto
–puntualizó el pintor.
Un hombre que estaba
sentado en la boca de la cueva y tenía un martillo de granito sobre las
rodillas, dijo, sin volver la cabeza:
–Vienen dos hombres.
Acto seguido, se levantó
del montón de helechos secos. El hijo más fuerte dio un silbido y todos se quedaron
inmóviles. Luego fue hacia el hombre que estaba vigilando y se puso a escuchar
con él. En la cueva, las mujeres que tenían hijos los llevaron hacia dentro. El
pintor añadió con la mano algo de grasa derretida. La lámpara chisporroteó y
llameó con más fuerza.
–¿Quiénes son? –preguntó
con calma el hijo más fuerte al observador–. ¿Alcanzas a olerlos?
Se volvió a mirar al
hombre joven e hizo el gesto de disparar con un brazo. Sin apartar los ojos de
la boca de la cueva, recogieron sus proyectiles y fueron todos hacia él.
El observador dijo:
–Quizá sean los dos
hermanos, los que expulsaste. Llevan carne de oso..., es demasiado fuerte. No
puedo saberlo aún...
–¿Qué pasa? –preguntó el
viejo.
–¡Shush! –dijo una de
las mujeres al tiempo que le golpeaba en la cara.
Se oía desde el fondo de
la cueva el gotear del agua calcárea y los sibilantes susurros que las madres
hacían para aquietar a sus hijos. Ninguno de ellos hacía, sin embargo, ningún
ruido comprometedor.
El pintor había puesto
su lámpara sobre un saliente y ahora miraba hacia la abertura con las manos colgando
a los lados del cuerpo. Una vez miró de reojo hacia su trabajo.
Fuera, los hombres
jóvenes estaban en pie, olfateando el aire con las narices distendidas,
mientras su cabeza se movía ligeramente de un lado a otro para captar el rumbo
de los que se aproximaban. El observador dijo:
–Ahora sí los huelo; son
los hermanos.
Los hombres salieron en
silencio y se adentraron en la obscuridad; era imposible ver dónde estaban.
Eventualmente, algunos de ellos se hallaban a medio camino hacia los árboles
cercanos, otros arriba, frente a la roca, al cuidado de la gruta. El pintor
había vuelto a su trabajo. Estaba dibujando pequeños uros en el trozo de pared
que aún quedaba libre.
–¡Carne de oso!
–exclamó–. ¡Ah!
Los dos hombres que
llevaban el oso no se escondían, sino que andaban con naturalidad, sin
preocuparles el ser vistos. Al llegar al límite del círculo de luz que rodeaba
la cueva, se detuvieron. Uno de ellos dejó salir ruidosamente su aliento al
dejar caer el cadáver.
–¡Un regalo! –gritó.
Se hizo el silencio.
–¿Por qué? –dijo el más
fuerte de los hijos.
Y hubo otra pausa. Los
recién llegados hablaron entre sí en voz baja durante un momento.
–No llevamos piedras.
¿Podemos ir a la cueva?
–¡No! Dejen el regalo y
vuelvan mañana con la luz del sol.
En la cueva, el hombre
viejo preguntó:
–¿De qué están hablando?
–¡Te dije que callaras!
–exclamó la mujer.
Dejó de abofetearle y le
dio un manotazo en la boca. El viejo sonrió y movió la cabeza. El pintor seguía
con sus uros, con el entrecejo fruncido y los ojos entornados.
–Esto es un amuleto
prodigioso –dijo la mujer vieja.
Estaba completamente
ciega y no podía ver las pinturas.
Fuera, los hombres del
oso empezaron a cargarlo de nuevo sobre sus hombros.
–¡Dejen la comida! –les
gritaron.
–Queremos ver los
animales que ése ha hecho.
–¡No! Son nuestros; no
los verán.
Entonces se oyó el
impacto del oso al desplomarse sobre la hierba.
–¿Mañana? ¿Con la luz
del día?
–Pueden venir a la luz
del día a la cueva, pero no verán los animales. Son nuestro amuleto.
El pintor salió a la
boca de la cueva con la lámpara en una mano y un trozo de carbón en la otra.
–¡Callen! –gritó–.
¡Niños! ¡Viejas sin dientes!
Volviéndose hacia él, el
hijo más fuerte y el observador le lanzaron una mirada feroz, enseñándole los
dientes. Los dos de la comida observaban todo esto con atención. Luego miraron
disimuladamente sobre su hombro y después de nuevo a los otros tres.
El observador puso su
mano sobre el brazo del hijo más fuerte y acercó la boca a su oído.
–Han llegado más –le
susurró.
Los dos hombres dejaron
el oso y se adelantaron hacia el resplandor de la lámpara de pedernal. Llevaban
hachas de obsidiana colgadas de sus muñecas con cuerdas de tripa. El pintor
vio todo esto y dijo:
–Los animales son míos
–y volvió a meterse en la cueva.
Nadie se movía. Los
recién llegados permanecían confiados y sonrientes, con la espalda encorvada.
Pasaban los dedos sobre los mangos de sauce de sus hachas, mirando primero a la
cueva y luego a los obscuros bosques. Un débil ruido llegó del otro lado del
claro.
–Tenemos que ver los
animales –dijo uno de los recién llegados–. Ya no encontramos nada en las
colinas. En esta cueva está todo el juego. No se nos deja nada.
El observador empezó a
volver la cabeza hacia el lugar de donde había llegado el leve ruido. El hijo
más fuerte aún estaba de pie, con los ojos fijos en los hermanos, intentando
olfatear el nuevo olor, pero el que llegaba del oso era demasiado fuerte. El
primer alcanzado fue el observador que quedó con la garganta abierta.
Algunos de los jóvenes
corrieron rápidos a la boca de la cueva, pero la mayoría de ellos esperaron
cuanto pudieron para caer sobre las espaldas de los hombres que llegaban de lo
obscuro. Las mujeres amontonaban frente a la gruta brazadas de helechos
encendidos. Sus cabellos estaban chamuscados, y ellas marcaban un ritmo loco
con sus gritos. Nadie prestó mucha atención al fuego. El hijo más fuerte levantó
a un hombre con sus brazos y le lanzó contra el suelo, y volvió la cabeza y
mordió a uno de los hermanos que se lanzaba gritando hacia él con una piedra
afilada y la boca sangrienta. Había ahora una gran cantidad de esos hombres.
Algunos de ellos, los
rapaces, estaban en la gruta. Muchos de los niños habían sido ya muertos, y
ahora miraban a las mujeres. Cuando hacían eso, se apoyaban alternativamente en
una y otra pierna y presentaban una cara completamente exánime. Muchas de las
mujeres, con sus hijos muertos en brazos, tenían la boca abierta y los ojos
apretados. Cerca de la boca de la cueva, el hombre joven que se había quejado
del pintor estaba intentando aguantar con las dos manos la muñeca de un hombre
enorme y casi imbatible. Había creído que podría con su terrible adversario.
Uno de los que había
entrado en la cueva, preguntó:
–¿Dónde están los
animales?
El viejo señaló el muro:
era demasiado débil para tener miedo. El merodeador miró a la pared, buscando
carne seca colgada, o grietas. Se volvió furioso hacia el viejo.
–¡Los animales! ¡Los que
el mago tiene aquí! ¿Dónde están?
Mató al hombre con su
hacha de obsidiana antes que éste le pudiera responder.
Se volvió y miró de
nuevo al muro, abriendo las ventanas de la nariz al llegarle el olor de la
grasa. Se abalanzó y olfateó las gruesas líneas del dibujo. El ocre seco le
hizo estornudar y debió apartarse de la roca. Volvió a mirar y tensó sus
músculos. Le llamó la atención el rojo cinabrio del bisonte y se inclinó hacia
delante para probarlo con el dedo. Miró fijamente la yema de éste y otra vez a
la pared. Luego fue de nuevo al cuerpo del viejo y volvió a machetearlo.
Un grupo de hombres
entró en la cueva llevando al pintor, que forcejeaba y trataba de soltarse.
–Aquí está el que hace
los animales –dijeron–. ¡Dinos dónde están!
Le alzaron para tirarlo
al suelo con fuerza. Luego miraron las paredes de la cueva. Sus ojos no
alcanzaron a distinguir las líneas coloreadas de la pintura. Uno de ellos
exclamó:
–Debe tener un talismán.
Otro que estaba cerca
del cuerpo del pintor le dio la vuelta con el pie.
–No –dijo–. No tiene
ninguno. No tiene ningún amuleto.
El primero exclamó:
–Sabía que era mentira.
¡Vámonos!
Faltaba casi una hora
para la salida del sol, cuando se fueron, llevándose con ellos a las mujeres
que estaban aún vivas. Volvieron por entre los bosques primaverales, recogiendo
al pasar la carne de oso. Cruzaron por los pantanos y vadearon un río que había
allí entonces. Por fin, ellos y su griterío se perdieron en la espesura de la
selva al otro lado de las distantes colinas.
En la cueva, se apagó la
llama de la lámpara de pedernal. Por un momento, un destello de sol, hizo centellear
la grasa que se helaba en el rubicundo lomo de un bisonte.
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