Todo
lo de East Glencove me cae bien a comienzos de octubre. La mayoría de las
casitas de la costa están tapiadas, y llega el momento en que puedes montar un
picnic sin que la basura flote en la marejada, y sin tener que soportar los
alaridos jubilosos de los bañistas recorriendo la larga playa circular mientras
sus hijos dan volteretas en la arena.
Si esto
me hace pasar por cascarrabias, me apresuro a añadir que Janice comparte mi
preferencia por East Glencove en su gloria otoñal, cuando el humo de leña asoma
desde atrás de los altos pinos del lado mediterráneo de la aldea, y cuando lo
único que obstruye el paisaje por la banda litoral es un ocasional revoloteo de
gaviotas que anidan en las rocas dispersas -¿escalones de un gigante?-
blanqueadas por sus excrementos.
A lo
cual se suman muchas otras virtudes: la placidez; una suerte casi increíble de
compañerismo, con el resto del mundo eclipsado; la televisión proscripta
-excepto para la contemplación de los más fugaces programas de noticias- hasta
noviembre, por lo menos. Agréguense a esto correr a lo largo de la playa, las
discusiones sobre libros viejos y nuevos y luego, tal vez, la cena en la playa.
-Peter,
has dorado perfectamente las patatas. Pero la pescadilla frita debería estar un
poco más crujiente. Habrían bastado dos vueltas más en la sartén.
Quince
o veinte minutos de distensión en las tumbonas. con las tazas de café en la
mano, escuchando cómo el viento riza la arena y observando cómo la marea gana
un centímetro en su lento ascenso por la playa. Después el retorno a la casita,
entre una desbandada de cangrejos, para sentarnos en el porche mientras el
crepúsculo se ahonda a nuestro alrededor y el lejano parpadeo de las luces de
la bahía precede la llegada de la oscuridad y de una miríada de estrellas.
Generalmente
entramos a las nueve y media. Pero en aquella noche específica la ausencia de
mosquitos era total, no había ni un atisbo de frío en el aire, y parecía
existir un acuerdo total entre ambos para quedarnos por lo menos una hora más
donde estábamos.
Me
levanté, abrí la puerta mosquitera lo justo para que Princess pudiera salir
brincando, y luego me senté nuevamente junto a Janice, mientras me preguntaba
por qué el solo hecho de palmear la cabeza de un perro peludo podía volver más
locuaces y tiernas a muchas mujeres. Apenas se acurrucó contra mí, le estrujé
súbita y fuertemente la cintura.
-Si te
concedieran un deseo en este preciso instante, ¿cuál sería? -pregunté.
-Creo
que lo sabes -respondió.
-Conjeturar
nunca es lo mismo que saber -dije-. Si expresaras en términos más concretos lo
que insinuaste esta mañana...
-Está
bien -asintió, antes de que yo pudiera continuar-. Me gustaría pasar por lo
menos otro año íntegro en la casita. El correr riesgos es bueno para nosotros,
y aún somos suficientemente jóvenes como para poder permitirnos ese lujo.
En los
años en que todavía no se envejece y en que la energía creadora está en su
apogeo, la felicidad se puede disfrutar en más de un sentido, y yo sabía que
Janice no se refería a lo económico. En verdad, esta consideración se hallaba
ausente con demasiada frecuencia de sus cálculos.
-En
los últimos meses sólo he vendido los cuadros justos para cubrir las
necesidades básicas, incluido el alquiler -le recordé-. Es una peculiaridad de
los marchands de Nueva Inglaterra. Un año son muy temerarios, y al año
siguiente son exageradamente cautos. Como mozo para trabajos diversos, en la
aldea, sería un fracaso -añadí, para dar énfasis a mi argumento-. Pertenezco
más bien a la categoría de los Van Gogh que se cercenan la oreja.
-Oh,
vamos -objetó Janice-. Tienes fibra suficiente para apañártelas en lo que te
propongas hacer, si es necesario. Es a mí a quien te refieres.
-No
conseguirás nada con halagos... -empecé a decir, y me interrumpí.
Princess
se había levantado y había llegado a la puerta tras dar dos largos saltos.
Arañaba la tela mosquitera, con los pelos de la nuca erizados, y de sus fauces
brotaba un gruñido feroz. Lo asombroso era el sencillo hecho de que no se
trataba de una perra guardiana, y en circunstancias normales habría recibido a
un ratero con el más cordial meneo de su cola.
Impedí
que Janice se pusiera en pie, susurrándole:
-No te
muevas y no hagas ruido. Creo que tenemos visita. ¿Echaste llave a la puerta
del fondo?
-Sí
–afirmó-. Pero la ventana de la cocina está abierta.
-No me
sigas hasta que me haya asegurado de lo que sucede –le advertí-. Podría ser una
ardilla o un murciélago.
Llegué
a la puerta antes de que tuviera tiempo de protestar. Apenas la hube abierto,
Princess atravesó velozmente el mirador en dirección a la sala, como un perro
de ataque súbitamente liberado.
El
mirador estaba bañado por la luna pero no había en él nada que pudiera usar
como arma. El mejor sucedáneo, si la necesitaba -intuía que podría necesitarla-
era la estatuilla de bronce montada sobre un pedestal justo en la entrada de la
sala, y mientras tanteaba la pared buscando el interruptor de la luz, oí que
Princess gruñía y rascaba el suelo en la oscuridad.
Apenas
encendí la luz, vi que Princess estaba sola. Corría de un lado a otro frente al
hogar, como si hubiera olfateado algo raro allí, y zarandeaba un poco los dos
leños apagados y raspaba los ladrillos con las garras. Sobre su cabeza, las
largas piernas colgantes de Dolly Madison también se agitaban ligeramente.
Una
palabra sobre Dolly Madison. Era fácil verla como una muñeca tallada en madera
por las manos del hombre, o incluso como un juguete de fábrica. Pero en
realidad no era ni lo uno ni lo otro. Dos semanas atrás Janice la había
recogido en la playa y la había depositado sobre la repisa con una expresión de
orgullo por su hallazgo, porque le encantaban los trozos de madera flotante
cuyas formas prodigiosas hacían evocar imágenes de una franja marina poblada de
duendes donde todo tipo de errantes figuras nocturnas celebraban sus
francachelas para luego huir cuando despuntaba el primer rayo de sol.
Después
de una fuerte tempestad, en las playas de Nueva Inglaterra se podían encontrar
muchos dc estos tesoros abandonados por el mar, pero Dolly Madison -el nombre
con resonancias históricas le había parecido a Janice apropiado y divertido-
era lo más parecido que un objeto natural podía ser a una muñeca de perfecta
configuración humana, con nudos correctamente espaciados a modo de ojos, una
boca sonriente, y piernas excepcionalmente largas.
-¡Tranquila,
Princcss! -exclamó Janice, casi a mi lado. Había hecho caso omiso de mi
exhortación a permanecer otro rato fuera-. ¿Qué bicho te ha picado?
Al oír
su voz, Princess dejó de gruñir y de brincar, y se tendió en el suelo
visiblemente arrepentida.
-Te
has arriesgado tontamente -dije-. Algo debió de excitarla y la ventana de la
cocina sigue abierta.
-No,
acabo de cerrarla -respondió Janice.
Era
difícil admitir que un pequeño habitante de la noche hubiera podido entrar y
salir tan rápidamente, volando o arrastrándose, de manera que me agaché en
silencio y miré debajo de los leños del hogar.
Nada.
-Estaba
erizada por la furia -comenté-. Cuanto mejor conozco a los perros y gatos, más
me convenzo de que son casi tan locos como las personas.
-Podemos
agradecerle a nuestra buena estrella que no fuera un ladrón -sentenció Janice-.
Creo que exageras. No empecé la noche cansada, pero ahora me gustaría subir y
meterme de cabeza en la cama.
Subimos
juntos. con el tipo de compenetración que no necesita muchas palabras. A menudo
basta muy poco para echar a perder una velada, y de pronto me sentí tan cansado
como ella. Princess se levantó al mismo tiempo y volvió con paso cansino al
mirador. Tuve la sensación de que pronto emitiría breves gruñidos en sueños,
como lo hacen frecuentemente los perros cuando tienen pesadillas.
Janice
fue la primera en dormirse, quizá porque estaba realmente cansada, en tanto que
yo tuve que esforzarme por conciliar el sueño. Durante diez o quince minutos me
revolví y revolqué, escuchando el viento que hacía vibrar los cristales de las
ventanas y contando el nuevo equivalente de las ovejas: cifras de tarjetas de
crédito que brotaban de un ordenador y aumentaban mi déficit cada vez que me
detenía en una gasolinera.
Entonces,
quizá veinte minutos después de que Janice hubo estirado la mano y apagado la
luz de la cabecera de la cama, caí en un profundo sopor. Probablemente al
principio no soñé nada, porque perdí, de manera brusca e instantánea, toda
conciencia de Janice como foco rutilante de mi vida, foco este que proyectaba su
luz radiante sobre el camino que me aguardaba y hacía parecer menos peligrosa
su escabrosidad ocasional.
No sé
con exactitud a qué hora me desperté. El aposento seguía sumido en la oscuridad
total, sin el menor atisbo de claridad en la zona de las ventanas. Pero
generalmente puedo determinar cuándo está próximo el amanecer porque existe una
gran diferencia entre un sueño breve y otro prolongado, y parece haber algo, en
el inconsciente, que registra el paso del tiempo con cierto grado de precisión,
incluso mientras duermes.
Afortunada
o desafortunadamente, según el caso, las emociones no se pueden cronometrar de
la misma manera, e inmediatamente me sentí excitado y aprensivo sin saber por
qué. Sin encender la luz, tanteé en la oscuridad buscando mi bata, las
pantuflas y una linterna de bolsillo, y en menos de tres minutos me encontré
bajando a la sala en medio de un silencio tan absoluto que me habría permitido
oir el movimiento de un ratón.
Por un
momento me pareció que la sala estaba tal como la habíamos dejado. Hasta que vi
el más tenue de los resplandores en dirección a la repisa del hogar. Algo se
movía, algo situado directamente debajo de Dolly Madison. Yo sólo alcanzaba a
discernir los vagos contornos de su torso de madera y de sus largas piernas colgantes
en lo que había cesado de ser una región de negras tinieblas.
Cuando
la visibilidad es muy débil, pocos segundos de contemplación intensa pueden
hacer a menudo que un elemento apenas perceptible se destaque con mayor
nitidez, y el objeto en movimiento se convirtió repentinamente en una pequeña
figura humana, con los brazos extendidos, que saltaba como si hiciera esfuerzos
frenéticos por alcanzar las piernas colgantes de Dolly Madison y bajarla de la
repisa. Una chiquilla que no podía tener más de seis o siete años giraba
lentamente hacia mí dentro del círculo de resplandor brillante. Parpadeaba un
poco, pero no parecía sorprendida, como si creyera seguir rodeada por la
oscuridad. Aunque me miraba directamente, parecía ajena a mi presencia.
Nunca
había visto una cara infantil tan radiante, tan clásicamente bella. Había algo
casi helénico en ella, como si un antiguo mago la hubiera extraído de una urna
sepultada y la hubiese transformado en una realidad de carne y hueso. Estaba
descalza y vestía una túnica blanca, flotante, desprovista de toda clase de
adornos, que le daba un aire casi angelical.
De
pronto, antes de que pudiera dar un paso hacia ella, desapareció. Allí donde
había estado, sólo se veían los ladrillos del hogar.
¿Un
fantasma? Me negaba a creerlo. Lo que considerables lecturas recientes me
habían enseñado acerca de la naturaleza de la pesadillas reforzaba mi
escepticismo total. Estas provienen de una zona del cerebro distinta de la que
genera los sueños comunes. Nacen en el sustrato oscuro de la conciencia humana.
A menudo terroríficas, pueden abarcar ocasionalmente, junto al horror, aspectos
de soberbia belleza, quizá para compensar lo que en otras circunstancias podría
amenazar la cordura.
Las
pesadillas también dejan auras. Es posible despertar de una y ver, durante
varios minutos, a una persona muy concreta plantada al pie de la cama.
Desde
luego, era por lo menos inusitado que un aura se hubiese presentado tan
tardíamente, después de que me hubiera levantado, buscado a tientas la bata y bajado
la escalera para encender una linterna de bolsillo. Pero no se podía descartar
la posibilidad, sobre todo después de los malos momentos que Princess me había
hecho pasar hacía un rato.
El
simple hecho de que Princess no se hubiera despertado ni hubiese entrado en la
habitación, agitada y con el pelo erizado, parecía consolidar notablemente la
hipótesis de la pesadilla. Lo que la había enfurecido antes en la zona de la
chimenea debía de haber sido un fenómeno de otro tipo, porque los perros son
capaces de captar una amenaza incluso cuando están profundamente dormidos, y
Princess difícilmente podría haber confundido una imagen concebida por mi
imaginación netamente humana con una amenaza física objetiva. Tal vez exista la
telepatía en ese nivel, pero yo siempre lo he puesto en duda.
Aunque
los labios de la criatura no se habían movido cuando le había enfocado la luz,
en mi mente afloraron espontáneamente cinco versos de Swinburne:
Si el
reyezuelo de cresta dorada
fuera
un ruiseñor, por qué entonces
algo
visto y oído por los hombres
habría
de producir la mitad de la dulzura
que
produce un niño de siete años al reír.
Para
un pintor, poeta o músico hay una sola orden imperiosa: Fíjalo lo antes
posible..., sobre el papel, la tela o el teclado, según los mandatos de tu
vocación.
Cuando
atravesé apresuradamente la sala rumbo a la puerta de la habitación
vergonzosamente desordenada que yo llamaba estudio, Princess se despertó al fin
y salió del mirador con paso cansino. Olfateó brevemente la base de la repisa
como si le turbara algo que había estado allí, pero su agitación no fue ni
remotamente comparable a lo que había sido la primera vez.
-Vuelve
a dormir -le ordené-. Ha pasado tu hora.
Y sin
esperar para ver si me obedecía, entré en el estudio y cerré la puerta.
El
sentimiento de admiración y la creatividad que muchas veces te acompañan podían
disiparse rápidamente, como muy bien sabía por propia experiencia, y no perdí
tiempo en montar un tablero de dibujo sobre una de las tres mesas, y en
clavarle una hoja de papel. Bosquejé velozmente, casi al desgaire, sin afanarme
demasiado, preocupándome sobre todo por captar una determinada expresión que
había visto en el rostro de la niña cuando ésta había girado para mirarme.
Unos
pocos trazos diestros me indujeron a pensar que lo estaba haciendo muy bien. y
estaba próximo a completar el bosquejo a mi entera satisfacción cuando Princess
empezó a ladrar nuevamente, tan estentórea y ferozmente como lo había hecho
unas horas antes.
Me
levanté tan bruscamente que casi volqué la mesa, y desprendí el dibujo con
dedos temblorosos. Lo llevé conmigo cuando me encaminé hacia la puerta. La abrí
de par en par. Por alguna razón demencial no podía soportar la idea de
desprenderme de algo tan valioso después de haber tenido tan buena fortuna en
su confección.
Princess
ya no estaba a la vista, pero aún la oía ladrar furiosamente fuera de la
casita. Era imposible confundir su rumbo. Atravesé la sala a grandes zancadas y
ya estaba corriendo cuando pasé por el mirador y salí al porche por la puerta
principal.
Princess
estaba en la mitad de la playa, persiguiendo ostensiblemente a tres figuras
humanas que parecían desplazarse dos veces más rápidamente que ella, de modo
que le resultaría imposible alcanzarlas. Dos de las figuras eran muy altas y
saltaba a la vista que se trataba de adultos. Una parecía ser la de una mujer
de cintura esbelta y robustas caderas, y la otra la de un hombre más
corpulento, de hombros anchos y rectilíneos. Entre ambas transportaban a una
figura muy pequeña que se retorcía y giraba como si protestara violentamente
porque la acicateaban de manera tan implacable.
Más
adelante -tan cerca de la franja de espuma que una ola bañaba ocasionalmente la
base-, un objeto cuneiforme de al menos diez metros de altura atrapaba y
retenía la luz de la luna. No obstante, el resplandor que lo hacía recortar
contra el cielo nocturno, exteriormente estaba tan despojado de identidad como
el fragmento de uno barco destrozado y sacudido por la tempestad, o también
podría haber sido, fácilmente, alguna otra cosa del resto de un naufragio.
Igualmente, por alguna razón difícil de definir, tenía un aire inquietante,
diferente.
Las
figuras altas se detuvieron bruscamente y giraron para mirar hacia atrás.
Princess se aprovechó de ello para acortar la distancia dando grandes saltos.
Ya estaba casi encima de las figuras, sin dejar de ladrar, cuando hubo un
fogonazo tan enceguecedor que debí cubrirme los ojos con los brazos para
protegerlos del fulgor.
Cuando
me arriesgué a mirar de nuevo la playa, la luz se había desvanecido y Princess
también. En el lugar adonde la había transportado su última acometida furibunda
no quedaba más que una espiral de humo que se elevaba lentamente.
Estoy
lejos de saber con exactitud cuál fue el loco impulso que me instigó a saltar
del porche y a correr fogosamente por la arena en pos de lo que ya no podía
creer que eran simples fantasmas de mi imaginación. Nada me había preparado
para esta destrucción flamígera, para que un perro desapareciera envuelto en
llamas en mitad de un brinco, y mi mente emanaba una cólera que me cegaba a
todo peligro y me hacía sentir que «tenía que saber más».
Ahora
las dos figuras habían dado media vuelta, como si la pérdída de mi amado animal
significara poco o nada para ellas, y continuaban la marcha hacia el objeto
cuneiforme, mientras la figura pequeña seguía balanceándose entre ellas. Aunque
los juegos de luz y sombras próximos a la franja de espuma le oscurecían el
rostro, estaba absolutamente seguro de que se trataba de la niña cuyas facciones
prodigiosamente refulgentes yo había visto antes. Parecía debatirse aún más
frenéticamente para zafarse, y me resultó fácil imaginar que lo lograba y que
volvía corriendo a la casita bajo la luz de la luna, con su fina voz infantil
aguzada por el terror.
La
idea de rescatarla y protegerla no actuó conscientemente para hacer que
siguiera corriendo tras las figuras, porque todavía era posible que fuese un
fantasma, a pesar de que todos mis razonamientos iban en sentido contrario, y
nadie con firme control de la realidad corre a rescatar un fantasma. Pero en el
fondo de mi mente debía de bullir una idea de esta índole, porque si no mi ira
habría sido menos arrolladora.
No me
hallaba muy lejos del lugar donde Princess había encontrado su fin cuando empecé
a sentir el aumento de temperatura. Al principio lo sentí en las piernas: un
calor cosquilleante que trepaba rápidamente por mis muslos y se expandía por la
parte inferior de mi cuerpo hasta llegar al pecho. Pronto se volvió muv
doloroso -y muy aterrador- en la región del corazón, lo cual me obligó a
detenerme en seco, porque no soy tan joven como para poder descartar, por
improbable, un ataque al corazón.
Cuando
no amainó, di media vuelta y caminé ocho o diez metros en sentido contrario por
la playa. Nuevamente se redujo a un calor cosquilleante. Me alejé unos pocos
metros mas, y desapareció.
Fue
entonces cuando oí la voz. En ciertos aspectos se parecía a la que podría haber
oído en un sueño: fuerte y muy nítida, pero con un elemento que me impedía
determinar si provenía de lejos o bien estaba junto a mi cara. Incluso podría
haber sido una voz totalmente subjetiva, audible para mí solo. Había una sola
cosa de la que estaba seguro: su timbre era demasiado profundo para emanar de
las cuerdas vocales de una mujer, a menos que se tratara realmente de una
amazona. Estaba repleta de pausas e interrupciones, como si la persona que
hablaba experimentara dificultades para superar una inmensa barrera.
-Hemos
viajado desde lejos..., y..., esta criatura es nuestra hija -dijo lentamente,
con una dificultad patente desde el principio-. Terca..., cabeza dura..., y...,
y..., demasiado joven para estar atenta al peligro. Si no la hubiéramos
encontrado a tiempo...
Hizo
una pausa, como si mi expresión de atónita incredulidad hubiera subrayado la
necesidad de empezar de manera menos brusca.
-La
comunicación del pensamiento sin intercambio de energía..., contacto de
energía..., deja de ser un problema cuando se entiende que lo que uno imagina
como espacio no es más que un flujo informe. No tiene principio ni final, y el
pensamiento. por sí solo, le confiere sustancia y crea universos paralelos
poblados por una vasta multitud de formas cargadas de energía. En nuestro
universo no existe la materia..., sólo la antítesis de la matería. Pero ambas
son formas de energía creadas por el pensamiento.
Hubo
otra pausa, más breve que la anterior.
-Hemos
aprendido algo acerca de vuestro lenguaje..., vuestras costumbres..., vuestros
hábitos mentales. Sois rápidos para dudar..., pero igualmente rápidos para
dejar que la comprensión sustituya a la duda.
»Nuestra
hija..., extravió un juguete que para ella era precioso. Hay circunstancias en
que el anhelo de los muy jóvenes..., desolados por una pérdida..., puede
atravesar barreras fuertes y protectoras..., cuando emprenden una pequeña
búsqueda personal. Nuestra hija salió a deambular en busca de su juguete
perdido..., y descubrió la figura que tenéis sobre la repisa... El parecido es
notable.
»Provino
del mar, y hay..., en vuestro universo..., configuraciones mentales que están
igualmente próximas..., al corazón de una criatura. Guijarros con formas
extrañas..., conchas brillantes... ¿Vuestros hijos no se detienen también...,
cautivados..., para atesorarlas como juguetes en sus pensamientos secretos? ¿Y
si uno de estos juguetes tuviera un gran parecido con un compañero de cama
perdido..., muy amado..., me entiendes? Saltó para cogerlo, una y otra vez,
pero si lo hubiera tocado..., nos habríamos quedado sin hija, llorando su
ausencia.
Por
tercera vez se produjo una pausa. Quizá la figura alta sabía que un breve
silencio puede tener una elocuencia singular cuando se intenta hacer
comprender.
-En
las calles de vuestra aldea hay una tienda... llena de critalería y
antigüedades frágiles -prosiguió la voz-. Estoy seguro de que la has visitado
más de una vez. Apenas traspuesta la puerta, como sabes, hay un cartel que
reza: No tocar... Lo colocaron allí para advertir a los veraneantes que
deben tener cuidado.
»Nosotros
también debemos tener cuidado. Pero a diferencia de los visitantes, no podemos
tocar nada que esté en vuestro universo de estrellas y seguir siendo como
somos. Y si vosotros nos tocárais, también os desintegraríais con un fogonazo
súbito. He dicho que somos la antítesis de la materia, y no hay manera de
impedir lo que sucede cuando las dos chocan entre sí.
»Nosotros
viajamos con salvaguardas para alertamos y protegernos..., pero una criatura
muy pequeña puede olvidarlas y descuidarse. Visitamos la casita dos veces,
buscándola, y fue nuestra presencia la que excitó por primera vez a vuestro
perro. En su último salto no terminó de alcanzarnos..., pero se acercó
demasiado. En semejantes emergencias..., enfrentados con tamaño peligro...,
podemos ampliar la zona de destructividad justamente lo necesario para evitar
el contacto material mientras la amenaza existe. Es una de nuestras
salvaguardas. Hay otras...
Ahora
las dos figuras altas estaban de pie junto a la base de objeto cuneiforme, con
el resplandor de las estrellas inconmensurablemente reflejado en configuraciones
cambiantes sobre la marea creciente. La niña se había apaciguado.
-En
nuestro universo, como en el vuestro -proclamó la voz con inconfundible
orgullo-, la mente exploradora no descansa. Para perseguir el conocimiento y
saber más acerca de la naturaleza del pensamiento, debemos correr grandes
riesgos y viajar muy lejos.... resistiéndonos a volver atrás..., aunque puedan
surgir obstaculos y multiplicarse las aflicciones...
Las
dos figuras altas parecieron acercarse aún más, súbitamente, al objeto
cuneiforme, o tal vez la mole sombría de éste se acercó a ellas. Sólo pude
estar seguro de una cosa. De pronto, las figuras y el objeto desaparecieron
entre los fulgores de la creciente marea.
Durante
un largo rato, mientras volvía a la casita a través de la playa, tambaleándome
un poco, dudé si todo lo que acababa de ver y oír había sido real. Quizá las
horas pasadas en la arena bajo el ardiente sol de verano habían sido demasiadas
para un hombre quc siempre había descuidado un poco su salud y se había
permitido olvidar que la robusta imagen que tenía de sí mismo era inapropiada
después de cierta edad.
Existen
unas pocas realidades -quizá no muchas, pero sí unas pocas- que, por lo
incontestables, resisten toda tentativa de catalogarse como falsas, y ésta era
una de ellas. Princess había desaparecido. Su presencia en la playa, sus
ladridos, habían sido tan tremendamente reales para mí que no podía poner en
duda lo que había visto. Sus últimos ladridos aún reverberaban en mis tímpanos,
todavía recordaba el fogonazo enceguecedor que me había obligado a cubrirme los
ojos.
¿Janice
seguiría durmiendo? Eso esperaba. Subiría la escalera, me deslizaría
silenciosamente entre las sábanas, la rodearía con mis brazos y le diría
sencillamente que había oído un ruido y había bajado a investigar. Sólo esto y
nada más.
No
habría de ser así.
Apenas
subí al porche vi que la luz estaba encendida en el mirador y que Janice se
movía cerca de la puerta. Me había visto a través de la tela mosquitera o me
había oído trajinar en el porche, porque antes de que pudiera decidir qué sería
mejor decirle, ella salió corriendo, llevando en la mano algo que reconocí
inmediatamente.
-Oh,
cariño, cariño, ¿dónde has estado? -preguntó-. ¿Y cuándo dibujaste eso?
Había
olvidado por completo que al atravesar, alarmado, el mirador, había dejado caer
el retrato. Pero esto no importaba, me dije. La desaparición de Princess sí
importaba, mas eso también podía esperar. Sabía que tendría que inventar alguna
historia para paliar el impacto. No sería la primera vez que un perro se
alejaba de una casita de la playa y no volvía a aparecer. Del otro lado de la
aldea había..., bueno, por lo menos diez kilómetros de bosque virgen.
Mi
esposa me dio un abrazo rápido y excitado.
-Esta
es la criatura más hermosa que he visto en mi vida –dijo-. La próxima vez que
te encierres en esa habitación sin ventanas que llamas estudio sin informarme
que se ha apoderado de ti una inspiración desenfrenada, empezaré a ocultarte
secretos.
-Bueno...
Me
hizo callar con un ademán, y prosiguió:
-Esto
es lo que podría hacer ahora, pero no lo haré. Te contaré algo que te hará caer
de espaldas. Hoy por la noche vi en sueños a esta misma niña, y ya me había
sucedido en otra oportunidad. Reconocería este rostro en cualquier parte. Oh,
cariño, cariño, ¿es que no entiendes? Debe de encerrar un significado
importante para..., para nosotros dos. Eres mejor artista de lo que imaginas.
Este dibujo lo prueba definitivamente, y si pasamos otro año en la casita...
Se
interrumpió bruscamente para mirar un momento la playa, como si viera sobre su
inmensidad rutilante. en forma espectral, los festines con almejas que habíamos
organizado allí en el pasado y de los que podríamos volver a disfrutar, y los
delfines que retozaban entre los islotes rocosos que había mar adentro y que
ahora estaban plateados por la luna y que a la hora del amanecer estarían
dorados por el sol.
Pero
cuando volvió a hablar, lo que vio no fueron los festines con almejas ni los
delfines ni las gaviotas que ahora anidaban.
-Ambos
siempre hemos deseado tener hijos, pero hemos dejado que algunos obstáculos
tontos nos disuadieran. El temor a ser demasiado viejos para asumir semejante
responsabilidad, porque nos casamos tarde, y las incertidumbres del
alumbramiento a mi edad. Pero tengo la fuerte sensación de que si nos quedamos
un año más aquí, y quizá mucho más tiempo, pero por lo menos un año, sucederá
algo maravilloso.
Bruscamente,
sin decir una palabra, la rodeé con mis brazos y la apreté con tanta fuerza que
respingó. Era uno de esos momentos portentosos en que las desavenencias
declinan hasta desaparecer.
Los visitantes de otoño, Frank Belknap Long
Horror 2 (Los relatos de
Twilight Zone)
Gran super terror. Martínez
Roca, 1986
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