Peter se inclinó y examinó la rana.
Estaba muerta. Yacía entre los guijarros al borde del arroyo, y sus largas
piernas estaban rígidas y violentamente separadas.
-¿Quién puede querer hacerle daño a un
animal así? -murmuró Pete-. ¡Pobre animalito! -añadió.
Peter no era muy perspicaz. Tenía
dieciocho años, pero su cerebro era de niño. Sin embargo, sabía que la rana
había sido estrangulada, cruel y alevosamente, por una o varias personas
desconocidas. Temblando, puso cautamente un dedo en el tirante y brillante
alambre que rodeaba el cuello del anfibio. La carne fría le produjo un
estremecimiento en la muñeca que casi le llegó hasta el codo.
-¿Quién puede haber hecho daño a este
pobre animalito? -repitió, perplejo y asombrado.
No quiso detenerse más contemplando el
pequeño y patético cadáver. Estaba anocheciendo, y tenía miedo de las sombras
que se alargaban rápidamente y de las ramas, negras y delgadas, que se
entrecruzaban sobre su cabeza. El bosque no era un lugar acogedor cuando el sol
no lo alumbraba. Inhóspito, lúgubre y repleto de voces.
Cuando Peter llegó a su casa, su madre
estaba poniendo la mesa para la cena y su padrastro se encontraba sentado junto
a la ventana, con un periódico atrasado sobre las rodillas y una pipa de zuro
entre los cariados y descoloridos Dientes. Peter cerró la puerta y entró
tímidamente en la habitación.
-Hola -dijo su padrastro-. Dónde has
estado?
-Pescando en el río - replicó Peter
nervioso -. Esperaba que una trucha se tragara el anzuelo y poder cogerla.
Estaba allí pescando. Eso es todo lo que he hecho desde que llegué allí. No
estuve en ningún otro sitio. Esperaba poder pescar una trucha.
El padrastro frunció el ceño. Era un
hombre alto, delgado, de más de media edad, con ojos oscuros, malhumorados y
una torva mueca en la boca.
-Oye, muchacho -gruñó-. ¿No te he dicho
que no te metas en el bosque? ¿No lo has oído?
.No he hecho nada malo, papá -gimoteó
Peter-. Sólo pescaba en el río. Esperaba coger una trucha. No he ido allí para
nada más.
-¿Sí, eh? Que no te vea otra vez por los
bosques. Si sé que has vuelto a poner los pies, te daré una zurra de la que te
acordarás toda la vida.
-Vamos, vamos, Henry- murmuró la madre de
Peter desde la cocina.
Durante la cena, Peter estuvo silencioso
y contrito; pero tan pronto terminó el último bocado, se excusó torpemente y se
retiró a su cuarto.
Estaba horriblemente asustado. En su
cerebro sensible e inculto, el humor brutal de su padrastro tenía cierto
vínculo con la sensación que le producía el bosque y las tranquilas y oscuras
aguas del río cuando el sol no los alumbraba. Hubiera querido echar a correr
cuando su padrastro lo amenazó con darle una zurra, no por temor al daño
físico, sino... bueno, sino porque le asustaba algo que quedaba oculto detras
de su cruel e inhumana cara.
-No deberías ser tan duro con el chico
-dijo la madre de Peter, mientras recogía los platos de la cena y los llevaba
al fregadero-. Es un buen muchacho y no hace nada malo.
-¿Ah, no? -dijo Henry-. Entonces, ¿qué
hace? ¿Por qué me desobedece y se va al bosque? ¿ Por qué esas correrías por
ahí, donde están esas cosas esperando y vigilando? Quizás ha hablado con ellas.
Por lo que sé, puede muy bien estar de su parte. No es inteligente y debes
vigilarlo por eso, Mary. Debes vigilarlo mucho más. No puedes saber lo que
harán o dirán.
La madre de Peter suspiró.
-Ha ido a divertirse un poco.
-¿Ah, sí? Está bien, será mejor que no
entre en el bosque. Puedo encargarme de las bestias que han mandado contra
nosotros, pero la ley no me permitiría tocarle un pelo de su estúpida cabeza.
Si ellos lo mandan contra nosotros, no podré hacer nada. Es hijo tuyo, no mío.
Si lo malquistan con nosotros, tendré que salir corriendo. ¿Qué piensas de eso,
mujer?
La madre de Peter se humedeció los labios
con la lengua.
-¿Has estado haciendo algo, algo cruel,
otra vez, Henry?
El padrastro de Peter se levantó de la
mesa y arrojó la silla contra la pared.
-Eso a ti no te importa -exclamó-. Tengo
que protegerme, ¿no es así? Si la cosecha se seca y las vacas no dan leche,
debo luchar para vivir -se aclaró la garganta-. Toda la culpa la tienen esas
ranas que croan y que han mandado contra nosotros. No me dirás que no eran las
ranas las que croaban. Noche tras noche las hemos estado oyendo. Pues bien, ya
he acabado con eso; esta noche ya no las oirás croar.
Mary palideció. Dejó los platos y se
enfrentó con él.
-Las ranas eran nuestros amigos - se
lamentó -. Creía y rezaba para que no les hicieras nada malo. Dijiste que lo
harías, pero esperaba...
-¿De qué te sirve esperar y rezar cuando
tenemos algo peor que el diablo contra nosotros? Cuando Dios hizo el
diablo, Mary, lo hizo bueno, pero esas cosas han sido malas desde el principio.
Considero que no forman parte de la Creación. Han surgido por equivocación.
-Las ranas eran nuestros amigos -insistió
Mary con desesperación-. Ayer, cuando me paseaba por el bosque, me avisaron.
Una de esas cosas estaba en un árbol mirando. Si no me hubiera avisado, hubiera
caído sobre mí. Pude ver sus ojos crueles, malvados, como me miraban a través
de las hojas. Pero cuando las ranas empezaron a croar, di media vuelta y eché a
correr. Se están volviendo cada vez más atrevidos, Henry. Saben que el padre de
Jim, no volverá, y están dispuestos a... apoderarse de nosotros. Supongo que
tendré que ir a ellas cuando quieran. Y tendré que tomar el lugar del padre de
Jim. No soy de su misma sangre, pero al casarme entré a formar parte de la
familia y la maldición pesa sobre mí.
-¿Y de mí que dices, mujer? - refunfuñó
Henry-. ¡No creas que no he estado pensando lo que me pasará si no las
combatimos! Cuando me casé contigo te tomé para lo bueno y lo malo. Bueno, ha
sido para lo malo, pero seguiré contigo si tú haces lo mismo. No tienes derecho
a criticarme. He sido muy bueno contigo. Cuando me hablaste de tu difunto
esposo y de la maldición que pesaba sobre su familia, dije que no me importaba,
porque consideraba que serías una buena esposa. Pero cuando lo dije, no había
visto esas cosas. No sabía cómo eran. No sabía que mandarían contra nosotros
todas las bestias del bosque.
-Ellos no han enviado las ranas contra
nosotros, Henry. Las ranas nos quieren y nos avisan.
-No lo creas. Esas ranas que croan están
contra nosotros. Estaban contra nosotros desde el comienzo -lanzó una risa
triste-. He hecho lo que dije. Que pondría las cabezas de cada una de esas
ranas en un nudo corredizo, y lo he hecho. He estado allí todo el día. No ha
quedado una sola rana en los bosques.
Mary se hundió en una silla cerca de la
ventana, y se pellizcaba, con nerviosos dedos, la carne flácida y arrugada de
su rostro.
-Has hecho una cosa mala y cruel
-murmuró-. Nada bueno puede salir de esto. Las ranas eran nuestros amigos. Los
únicos amigos que teníamos.
-Las mandaron contra nosotros. Agotaron
la cosecha, impidieron que las gallinas pusieran huevos y que las vacas dieran
leche. Estoy contento de haber puesto un nudo corredizo en sus cabezas. Para
ellos será un aviso de que no me quedo cruzado de brazos.
-Lo lamentarás, Henry. Las ranas eran
nuestras amigas; sólo procuraban avisarnos. Esas cosas se impacientan e
inquietan. Hace tiempo que nos esperan a Peter y a mí. También te esperan a ti.
No tardarán mucho en venir a buscarnos a todos. Mientras tuvimos las ranas que
nos avisaban, había una esperanza, pero ahora ya no hay esperanza para ninguno
de nosotros. Ya no tenemos amigos ni en los bosques. Esas cosas nos
despedazarán, Henry, nos desgarrarán. No podemos hacer nada. Sentía una especie
de alivio con las ranas allí, avisándonos. Quizás no pudieran hacer mucho, pero
yo notaba que nos guardaban. Las cosas saben ahora que el padre de Jim no
volverá a su tumba. No mantendrán el pacto que hice con ellas. Pero con las
ranas ahí, todavía quedaba alguna esperanza. Parecían impedir que se cumpliera
la maldición. Me hacían sentir segura.
Pasada la medianoche, Peter se despertó.
Se sentó, se frotó los ojos y miró aturdido a su alrededor. Algo daba
golpecitos en el cristal de la ventana. Peter no quería salir de la cama. La
noche era fría y se sentía caliente y cómodo bajo las gruesas mantas.
Pero algo daba golpecitos en la recia
ventana, con insistencia, de un modo monótono. Tap, tap-tap, tap, tap, tap-tap, tap.
Despacio y de mala gana, Peter retiró
las cubiertas y saltó al suelo.
-Ya voy -exclamó-. Abriré la ventana.
Haré lo que quiera. La abriré completamente.
Cruzó temblando el pavimento. Su corazón
latía con fuerza salvaje, y el miedo y el terror aparecieron en sus ojos. No
obstante, cuando llegó a la ventana, su vista sólo encontró una mancha oscura y
amorfa tras los cristales plateados de la luna. Aturdido y ebrio de sueño, le
pareció que se movía lenta y torpemente, como un gran escarabajo abandonado.
Sólo que mucho mayor que un escarabajo.
Peter abrió la ventana hasta que el
viento sopló sobre su asustado y vacío rostro, despeinando su rebelde cabello
rojo. En otras ocasiones hubiera temido las consecuencias de un acto tan
temerario, pero se hallaba bajo un impulso tan fuerte y lleno de curiosidad que
obró instintivamente, sin pensar. Durante unos segundos contempló la vacilante
oscuridad y olfateó los efluvios que emanaban de la tierra. Luego, sacudiendo
la cabeza, volvió con paso vacilante a la cama.
-Ahí no hay nada -murmuró-. Pensé que
habría alguien, pero debo haberme equivocado.
Con un gesto perplejo, se metió en la cama.
-Temía que hubiera alguien de los bosques
-continuó, mientras estiraba las sábanas hasta cubrirse las mejillas-, alguien
vivo,como... como esas cosas que vi cuando tenía ocho años.
Durante unos momentos se quedó mirando el
techo. Su cerebro inculto, infantil, se pobló de imágenes, recuerdos,
impresiones de un pasado triste y sombrío.
-No es conveniente preguntar lo que hay
en donde pusieron a mi abuelo -profirió-. Es mejor no preguntar a dónde fue el
abuelo cuando aquello empezo. Yo no estaba allí, pero oí a madre decir que era
espantoso, y que el abuelo era un hombre muy malo, a pesar de todo, pues hizo
un pacto con él para volver.
»Una vez, hace muchos años, cuando yo
tenía ocho, vi al abuelo hablando con algo que parecía uno de ellos. Sólo que
la habitación se hallaba a oscuras y no pude verlo muy bien. Estaba en el
ángulo cerca de la chimenea, y abuelo le hablaba. No era tan alto como el
abuelo y estaba inclinado como si tuviera una giba en la espalda. No pude ver
bien su cabeza, pero por lo que pude adivinar era como la de una serpiente
cuando la miras por detrás, y con esto fue suficiente. No pude quedarme mucho
rato en el cuarto, pues el olor me daba náuseas, pero aún así, no hubiera
podido quedarme todo lo que hubiera querido. Con la cabeza que vi cerca de la
chimenea,,ya tuve bastante.
»Cuando le conté a madre lo que había
visto, casi se desmayó. Me dijo: es lo que temía. Tu padre también les ha
hablado. ¡Oh, por qué me casé con él! -Luego me besó y dijo-: ¡Pobre niño!,
¡oh, pobrecito! Tú también los verás. ¡Vendrán a buscarte!
»-¿Qué era, madre? -le pregunté-. Dímelo,
por favor, ¿qué era?
»-Cuando seas mayor -contestó-. Ahora no lo comprenderías.
-No volví a ver a ninguno más, pero antes
de que abuelo muriera él me lo contó:
»-Ellos sólo quieren descansar -me dijo-,
pero sólo lo consiguen cuando alguien muere. Vienen de muy lejos, y sólo
quieren descansar en nuevas tumbas.
»Imagino que el problema consiste en que
el abuelo nunca volvió. Nunca cumplió su promesa. Ellos quieren descansar, pero
no pueden y están esperando a que abuelo vuelva. Pero ahora abuelo está fuera,
en algún lugar del mundo. Está recorriendo el mundo y no volverá si puede
evitarlo. Y todo el tiempo ellos yacen en su tumba de la colina, esperando.
Supongo que estarán cansados de esperar en aquella tumba profunda y negra a que
regrese abuelo.
»Madre dijo que yo los vería alguna vez.
También dijo que vendrían a por mí. Quizás por eso siento esa extrañeza dentro
de mí cuando voy al bosque. Quizá por eso papá no quiere que vaya al bosque.
Puede ser que cuando alguien hace un pacto y no lo cumple, ellos vienen y se
llevan a algún familiar cuando se cansan de esperar. Es lo único que supongo.
Madre sabía que el abuelo no iba a volver si le era posible. ¿Quién desearía
dejar de ver la hierba verde y sentir el aire fresco, y oler la tierra cuando
ha llovido, sólo porque ha hecho un pacto y puede romperlo? No culpo al abuelo
porque no quiera volver.
»Si tengo la suerte de vivir para
siempre, no volvería. Me pasearía siempre feliz, pensando que podía ver la
hierba verde y oler la tierra mojada y tener a alguien que me quisiera siempre.
La modorra se iba apoderando de Peter.
Durante unos momentos continuó mascullando, pero poco a poco su cerebro dejó de
pensar en aquel pasado, poblado de sombras; cerró los ojos y entreabrió los
labios en una sonrisa llena de paz. Su mente, limpia de toda imagen, volvía
otra vez a ser un órgano vacío y satisfecho. Dormía tranquilo, separado del
mundo y totalmente inconsciente de que una presencia extraña había entrado en
el cuarto.
El objeto que apareció en la ventana
abierta era chaparro y húmedo. Durante un momento se quedó oscilando incierto
en el antepecho plateado de la ventana. Luego, con un croar, saltó ágilmente.
Un instante después, la ventana quedaba vacía.
Luego, otra forma surgió de la oscuridad y cayó al suelo con un ronco croar. Le
siguió otro y otro. Peter no se despertó mientras la extraña procesión saltaba
y manoteaba sobre el suelo. Ni siquiera se agitó en sueños.
A los pocos minutos, la ventana se
encontraba de nuevo ocupada. El nuevo intruso era mucho mayor que las formas
que croaban. Mayor y más oscuro. Estaba cubierto de cabello espeso y negro, y
su pequeña y desproporcionada cabeza se movía ágilmente a la luz de la luna. Se
demoró unos momentos en el antepecho.
Después, lenta, deliberadamente y sin hacer el menor ruido, se tiró al suelo y
cruzó rápidamente la habitación. Mientras corría, abría la boca y dejaba
escapar un silbido sordo entre sus blancos y resplandecientes dientes.
El incierto amanecer se deslizaba como
una cosa herida por los senderos de la selva, esparciendo una luz rojiza sobre
los altos árboles y arrojando fluctuantes sombras en las profundas y oscuras
aguas del río.
En el estanque de Eaton una hoja de
azucena se convirtió en una gigantesca mano escarlata y una moteada salamandra
se echó al agua, desparramando burbujas de aire en todas direcciones y dejando
en su estela un remolino de un milagroso resplandor.
La mano de la hoja de azucena ardió sobre
el agua, y brilló en todos los senderos iluminados de la selva, en los agudos e
inquisitivos ojos que la poblaban, en las aletas de la nariz que husmeaban la
humedad, en las huellas de los piececitos que se escampaban por todas partes.
La marmota no es un animal muy curioso. Ni
la roja ardilla, ni la chata y gris rata de bosque, ni el astuto y fornido
hurón. Hasta la gritona lechuza, con sus anchos y dilatados ojos, no se detenía
a mirar el pajar que ardía en llamas.
Pero los vecinos de Ogelthorpe se
reunieron a una prudente distancia para ver cómo ardía su cabaña. Las llamas
crepitaban, se alzaban y lanzaban un resplandor oscilante en el establo de
paredes grises de Ogelthorpe, y las
pilas de estiércol que se elevaban entre el establo y el pozo cerca de la
nevería, con sus enmohecidas bombas, y los baldes anegados de agua, llenos
hasta los bordes de las rojizas hojas del otoño.
Cuando llegaron los bomberos, las llamas
daban paso a un resplandor cegador que iluminaba todo el paisaje. Con un
desespero inútil, los bomberos se unieron a los circunstantes contemplando cómo
las llamas amainaban en un fulgor rojo oscuro. Antes de la mañana, la opacidad
lo cubría todo como una pesada manta.
Al amanecer, los vecinos, como un
enjambre de abejas, andaban a tientas entre las ruinas e hicieron un horrendo
descubrimiento. Los restos carbonizados de tres cuerpos humanos se hallaban
espantosamente diseminados en medio de los negros ladrillos y de los escombros
todavía humeantes. Todo lo que quedaba de los restos de Peter y de su madre
yacía disperso y suelto, pero el padrastro de Peter no había sido desmembrado.
Estaba echado de espaldas con las largas piernas rígidas y violentamente
separadas. La carne, chamuscada hasta quedar rizada, y sus facciones, tan
negras y retorcidas que nadie hubiera podido identificarlo.
Uno de los circunstantes se inclinó y
puso un tembloroso dedo en el tenso y brillante alambre que rodeaba el cuello
del muerto. La carne, aún caliente, le produjo un estremecimiento en la muñeca
que casi le llegó hasta el codo.
-Ha sido estrangulado -exclamó-. Antes de
que las llamas lo quemasen, ya estaba muerto.
-Es la cosa más extraña que han visto mis
ojos -dijo el "sheriff" Simpson cuando surgió del cobertizo donde se
guardaban los aperos.
-¿Encontraste algo? -preguntó el
comisario Wilson. Estaba de pie, sobre la alta y empapada hierba,> mirando
hacia el oeste, con aire meditabundo, las negras ruinas de la desventurada
granja.
-Ranas, Jim -contestó el
"sheriff".
-¿Ranas?
-Sí. Una'veintena. Todas estranguladas
con un alambre de latón. Lo mismo como fue estrangulado Ogelthorpe. Sólo que el
alambre de Ogelthorpe estaba hecho de cobre y era unas diez veces más fuerte.
-¿Y qué hay de las ranas?
-Todas están ahí, en el cobertizo.
Muertas, estranguladas. Pero lo más raro de todo es que están junto a un gran
ovillo de alambre de cobre, de la misma clase con el que estrangularon a
Ogelthorpe.
El comisario sacudió la cabeza.
-Me parece a mí que en todo esto hay algo
muy misterioso.
El
"sheriff" convino.
-Uno de los vecinos vio cómo ardía la casa,
y dijo que antes de que llegaran los bomberos vio que algo salía corriendo por
la puerta. Agregó que era más pequeño que un hombre, pero que tenía el aspecto
de ser humano. Era oscuro, y por lo que pudo descubrir, tenía el aire de una
persona. No pudo verlo muy bien a causa del resplandor pero le pareció que
estaba todo cubierto de un cabello negro y espeso, y que sólo el verlo le
produjo náuseas. Es extraño, ¿verdad? ¡Dijo también que esa cosa llevaba una
antorcha encendida!
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