I
Kenneth
Hunter descendió del tubo de transporte Wismer y anduvo velozmente por el
estrecho pasillo aéreo hacia la gran cúpula plateada del Observatorio Einstein.
Había manchas y quemaduras de la goma de sus ropas y un protector de rayos
ultravioletas descansaba sobre su pálida frente. Debajo del protector, sus ojos
grises y protegidos por los cristales, eran sumamente luminosos.
Las
constelaciones relucían por encima y detrás suyo. Contra el fondo gargantuesco
del cielo nocturno, él quedaba reducido a una insignificancia; pero no captaba
esta inconsecuencia mientras se apresuraba hacia el ascensor neumático de la
base de la poderosa cúpula y apretaba el disco de succión en el cristal
esmerilado que había en el suelo.
Rápidamente,
el ascensor subió hacia una región de fuerza y gloria encristalados, de
inmensos telescopios asestados contra el vasto océano del espacio celestial.
Muy
arriba de la atmósfera terrestre, el doctor Henry Woodburn, estaba sentado
observando por el objetivo focal Cassegrain del mayor telescópico del sistema
solar. Desde la cúspide del edificio estratosférico que ostentaba el nombre del
más famoso de los astrofísicos del ya lejano siglo XX, estandartes de
radiaciones aurorales se expandían por el espacio.
El
doctor Woodburn, pequeño, encogido, con gafas, de ojos azules, muy viejo, y
pesando apenas cincuenta kilos, estaba sentado sin parpadear e inmóvil en la
base del ojo gigantesco de la Tierra, que pesaba centenares de toneladas y registraba
cuanto ocurría en el cielo... algo increíble, monstruoso, de locura. Henry
Woodburn no había desperdiciado su vida en emociones. Pero siempre que el
firmamento sin edad revelaba glorias insospechadas, se inflama y ardía como una
llama líquida.
Pero
ahora, la llama no era líquida ni gloriosa. Era un horno al rojo vivo, que
llenaba de horror su cerebro, estremeciéndolo y angustiándolo. Mas tan
acendrada era su costumbre de dominarse, que permanecía inmóvil en la base del
gran telescopio y no se movió hasta que el joven Kenneth Hunter, alto y
embutido en su bata, se le acercó.
El
doctor abrió mucho los ojos, como carbones encendidos.
-¡Ven
aquí, Ken! -gritó-. Necesito tus ojos. Quiero que mires la Luna.
***
Kenneth
Hunter había ascendido a la cúpula para desplegar un odioso e increíble objeto
ante su viejo amigo. La admiración y el horror estaban librando una tremenda
batalla por ganar la supremacía en su conmovida razón. Había esperado hallar al
viejo absorto serenamente en su labor, dispuesto a extender el bálsamo benéfico
de su escepticismo sobre sus turbulentas dudas. Pero en cambio, he aquí que el
anciano estaba asustado y le recibía histéricamente, suplicándole ayuda.
El
doctor Woodburn llevó al joven Hunter hacia el ojo del poderoso telescopio. En
el eje de declinación del reflector de doscientos centímetros, un espejo de
cuarenta grados arrojaba brillantes rayos desde el telescopio al foco sobre una
pieza giratoria no mayor que una placa fotográfica.
Rodeado
de mallas que llegaban hasta lo alto de la cúpula, Hunter se instaló en una
silla de ruedas, bajo el disco más grande de cristal.
En
la clara y brillante estratosfera, a veinticinco kilómetros sobre la superficie
de la Tierra, el telescopio del Observatorio Einstein reflejaba tres millones de
veces la luz de un ojo humano, y apartaba los velos de los negros golfos
espaciales, a la distancia increíble de cinco billones de años-luz.
Un
trillón de islas universales estaban siendo estudiadas por esta «arma del
espacio». La matriz del conjunto de estrellas tan distante que bordeaban los
límites del espacio, no eran inmunes a la penetración de aquel ojo gigante.
Acercaba
tanto los soles de la galaxia, que todos los planetas podían ser vistos y,
explosivamente, destruía el postulado de que el sistema solar era único en el
universo. Ampliaba Mercurio, Venus, Marte y los demás planetas vecinos hasta
lograr dar en relieve sus superficies. Y aproximaba tanto la Luna a los seres
humanos, que se les podía ver moviéndose sobre su muerta y punteada corteza, sin
sombra bajo las fulgurantes estrellas.
Ahora,
el telescopio estaba apuntado a la Luna. Sobre el cráter Borda que se alza al
norte de los inmensos mares de Crisis y la Serenidad, muy cerca del polo norte
del satélite. Mientras Hunter contemplaba aquella clara y brillante imagen por
el telescopio, sus ojos se abrieron desmesuradamente y la sangre abandonó su
semblante.
¡El
poderoso volcán Borda, extinto, estaba arrojando fuego y humo! Por su ancha y
oscura boca, de centenares de toesas de diámetro, unas lenguas muy rojas
ascendían, retorciéndose, hacia el cielo.
Además,
esta revolución no estaba limitada únicamente al cráter. Las cúpulas de cristal
de una colonia terrestre situada a cuarenta kilómetros del volcán, estaban
bañadas en su roja radiación y temblaban y se derrumbaban una tras otra.
Dentro
de las cúpulas aún intactas todo era terror y confusión. Millares de hombres y
mujeres aterrados estaban agrupados en las terrazas de las terminales de
transporte de los pasos aéreos. Agrupados como abejas en una colmena amenazada,
ciega, instintivamente. En el ojo del gran telescopio, aquellas cúpulas
aparecían como fundidas, como manchones oscuros bajo unos cristales
enrojecidos.
En
la vecindad de las cúpulas destruidas, los cadáveres de hombres y animales yacían
diseminados sobre la planicie lunar, teñida en sangre. Pero también en esto la
magnificación era limitada, empequeñeciendo a los muertos y reduciendo a los
retorcidos homúnculos a la espesura de un cabello... el detritus microscópico
de una catástrofe tan enorme que toda la corteza lunar parecía amenazada por
ella.
Lentamente,
un reloj eléctrico modificó el ángulo del gran reflector hasta que una
exclamación surgió de los labios de Hunter. Cerca del ecuador lunar, el vasto
Mar de la Tranquilidad estaba siendo barrido a ojos vista. Ya no era una
planicie vasta como el Sahara, sin aire, que reflejaba la luz de la Tierra. Era
una superficie fosforescente que se movía. Lentamente, sus relucientes riberas
se iban arrastrando, como lingotes cubiertos de fango.
***
El
gran telescopio volvió a moverse hasta que nuevos volcanes en erupción
penetraron en el campo visual del aterrorizado Hunter. Por toda la superficie
lunar surgían llamaradas y unos animales como lingotes se arrastraban desde las
profundidades de los mares. Pesados vapores, del color de la sangre, flotaban
sobre Ticho y Vitruvio. Apolonio, en el hemisferio occidental, eruptaba
llamaradas color de azafrán. Copérnico era una caldera al rojo vivo.
Julio
César y Autólico habían volado, debido a unas asoladoras explosiones, gracias a
cuyos temblores había sido modificada la forma de los Apeninos lunares,
haciendo desaparecer sus altos picos. Tan amplios y enormes eran estos cambios
que debían poder ser vistos desde la Tierra, a simple vista. De las dieciocho
colonias terrestres, sólo tres habían sobrevivido al holocausto, y estaban ya
en trance de disolución.
Kenneth
Hunter era un investigador químico. Cinco kilómetros por encima de los
cimientos de la torre estratosférica, que sostenía el Observatorio Einstein,
llevaba batallando hacía cinco meses con problemas que se referían a la
estructura básica de la materia. Por debajo del potente telescopio, en un
laboratorio blanco y muy bien provisto, una simple bandeja con una solución
alcalina le había hecho estremecerse de horror, como ahora al contemplar el
holocausto lunar.
Pero
aunque el vasto macrocosmos que abarcaba el universo estrellado no le inspiraba
más temor que la visión de su mundo microscópico de tubos de ensayo y
reactivos, la convulsión de una parte inerte del mismo le hizo apartar su
pálido rostro del ojo telescópico.
-¡Henry!
–exclamó-. ¡Estos seres parecidos a lingotes que se arrastran por los mares de
la Luna son exactamente iguales a los seres que han aparecido esta mañana en mi
laboratorio! Vine aquí para enseñárselos. En nombre de Dios, Henry, ¿qué
significa esto?
Woodburn
lo contempló con suma extrañeza.
-¡Esto
es imposible! -musitó-. ¡Estas cosas tienen al menos veinte metros de longitud!
-No
me refería al tamaño -replicó Kenneth Hunter-. En la forma, en el aspecto...
Sobre la mesa de mi laboratorio, tenía una bandeja de doce centímetros llena en
sus dos tercios de amoniaco radial. La solución contenía un sedimento
considerable... un líquido lechoso y espeso que he usado en experimentos anteriores.
Estaba examinando unos cristales de cesio en el microscopio cuando he oído un
curioso sonido de chapoteo a mi lado. Sorprendido, he mirado la bandeja. La
solución estaba burbujeando como una masa de yeso. Se estaban formando unas
burbujas transparentes y unos grumos de materia sólida sobre la opalescente
superficie. Y mientras lo estaba mirando, dos pequeñas ampollas refulgieron y
dos figuras largas, en forma de lingote, aparecieron en el amoníaco.
El
rostro del joven estaba grave, ceñudo.
-Estos
terribles seres no intentaron salir de la bandeja, sino que empezaron a trazar
círculos en lo más profundo del líquido. El terror se apoderó de mí, al
comprender que estaba contemplando unas formas vivas engendradas de materia
inorgánica. Me temblaban las manos, por lo que transcurrieron varios minutos
antes de poder asir un par de pinzas y sacarlas de la solución. Cuando los vi
con claridad me sobrecogió una oleada de náuseas. Eran repugnantes hasta la
obscenidad... rojizos, escurridizos, con unos cuernos de medio centímetro, unos
ojos blancos y viscosos que me miraban fijamente. Se retorcieron tanto que me
vi obligado a presionar con las pinzas hasta que el metal se hundió en sus
blandos cuerpos. Entonces, manó un líquido sanguinolento de aquellas «cosas» y
los arrojé a la bandeja. Produjeron unos sonidos sibilantes y emitieron un olor
nauseabundo y acre que irritó las membranas de mi nariz y mi garganta. Con
indecible aversión los metí dentro de un tarro de cristal con una solución de
un cuarenta por ciento de formalina y a los pocos segundos habían cesado de
moverse.
***
La
mano de Hunter se dirigió a los pliegues de su bata de químico y la sacó con un
tarrito lleno de un líquido ambarino. Flotando en aquel fluido preservativo se
veían dos formas tan repulsivas que Woodburn suspendió la respiración, mientras
sus cansados ojos trataban de enfocar claramente la mirada a fin de distinguir
las semejanzas que los relacionaban inconfundiblemente con los inmensos
«lingotes», color de sangre, de la convulsionada Luna.
Por
un momento, contempló aquellas diminutas formas, incrédulo, abismado. Después,
miró fijamente los grises ojos de Kenneth Hunter.
-¡Son
iguales en su estructura, Ken! –exclamó-. Aquí en la Tierra están actuando las
mismas fuerzas. Están ocurriendo los mismos cambios. Creo que ahora ya sé lo
ocurrido. Me negaba a creerlo al principio, pero la evidencia es abrumadora y
todo señala en una sola dirección.
-¿Quiere
decir... quiere decir que la Luna vuelve a ser un mundo vivo, después de
centenares de millones de años?
Woodburn
asintió con tristeza. Su rostro tenía el color de la cera.
-Sí,
Ken. Creo que ahora ya sé cómo ha ocurrido todo esto.
II
Abriéndose
paso por entre enormes hielos flotantes, con las semisumergidas torretas de
observación, brillantes por la escarcha y dejando una estela a su paso, el
buque patrullero suboceánico Avila, se aproximaba al Polo Norte.
Durante
diez horas, el buque había permanecido cerca de la superficie del mar de hielo;
El comandante Héctor Leeming esperaba la orden de inmersión. La orden llegaría,
por onda corta desde la capital de Estados Unidos, a través de los miles de
kilómetros de las vastedades árticas, y el comandante Leeming sabia que cuando
obedeciese aquella orden se elevaría hasta el pináculo de la gloria.
Cerca
del Polo Norte, en el fondo del frígido océano Ártico, el presidente de Estados
Unidos estaba sentado en la más absoluta oscuridad, solo, indefenso y
aprisionado. Ante él se hallaba sentada su joven esposa, Elizabeth.
El
presidente Gayle era un hombre que rondaba los treinta años. Antropólogo,
explorador y economista, su intelecto habla desnudado a las instituciones de
sus compatriotas de todas las impurezas y todas las ilusiones. Una gran nación,
científicamente regenerada, sin guerras, sin crímenes, colaboradora, casi
adoraba a este hombre, que había desencadenado los esplendores de Prometeo en
la cuna de su nacimiento.
Pero
ahora se hallaba inmóvil y encerrado bajo miles de toneladas de agua, en un
buque suboceánico de patrulla, con las plataformas de popa completamente
plegadas. Sólo una cámara del estropeado buque contenía suficiente oxígeno para
la vida humana. En las cámaras de popa, una piadosa oscuridad envolvía las
danzantes formas de los hombres empalados en las salientes puntas de acero.
El
presidente Gayle atrajo a su esposa hacia sí.
-Vendrán
en nuestro rescate, querida -murmuró-. Tienen que venir. Si yo muero, volverá
la pobreza a nuestra patria: Los hombres volverán a pelear y a matarse
mutuamente. Volverán a caer en la ceguera, en la crueldad sin sentido del siglo
XX.
Elizabeth
Gayle besó a su espóso febrilmente en las frías tinieblas.
-¿Oh,
por qué viniste hasta aquí? -sollozó-. ¿Es que tienes que probar todos los
nuevos buques?
-Sí-asintió
John Gayle-. Cada buque, cada invento de importancia. Un soldado del ejército
de la ciencia debe comprobarlo todo por sí mismo.
Elizabeth
Gayle se estremeció.
-¡Odio
a la ciencia! Odio a la civilización... Ambas han destruido mi sueño de amor...
¡Odio... todo aquello por lo cual tú has sacrificado nuestras vidas!
Tanteando
en la oscuridad un transmisor casi descargado, pero cuyas baterías todavía
funcionaban, Gayle había revelado su posición por radio a todo el mundo
civilizado. Fuera del abollado casco del buque, las cámaras de células de
selenio, infrarrojas, embutidas en alvéolos salientes, tomaban vistas del suelo
del océano, que el instrumento transmisor enviaba televisivamente.
Pero
el comandante Leeming en su buque patrulla subocéanico, no estaba en
comunicación directa con el buque hundido. Unas distorsiones en los impulsos de
la radio cerca del Polo había impedido al telegrafista de Gayle comunicarse
directamente con el mundo exterior.
Sólo
unos cuantos funcionarios, de expresión muy angustiada, en Washington, estaban
enterados de la situación relativa de ambas naves. Y mientras un aturdido mundo
aguardaba lleno de ansiedad, un mensaje con el código del gobierno fue enviado
a través de las desoladas llanuras árticas al buque patrulla:
Inmersión
al momento. Se halla a mil metros del barco del presidente.
El
comandante Leeming ladró unas órdenes por un audífono y encendió todos los
reflectores del periscopio en el cuadro de mandos ante él, con una luz helada.
El
largo y cilíndrico buque saltó hacia delante, en dirección al fondo del océano.
Los muros fantásticos de los hielos sumergidos remplazaron los cielos grises
del Artico, en los reflectores del periscopio. Las oscuras aguas se agitaron en
torno a la enorme embarcación, cuando ésta se hundió aceleradamente hacia las
profundidades.
***
Con
el rostro enjuto y tenso, el comandante Leeming contemplaba las indicaciones de
los manómetros. Desde Washington se oyó la voz de un funcionario:
-Podemos
ver claramente el buque del presidente. El suelo oceánico se halla a un nivel
de cien metros. Mantenga su ángulo de descenso.
Ahora,
las oscuras profundidades marinas ya no contenían hielo. Los témpanos
sumergidos ya no amenazaban el cauteloso descenso del buque. El comandante
Leeming hablaba constantemente por el audioplato, que transmitía sus mensajes a
los jóvenes alertas y sudorosos, que se hallaban en otra parte de la
embarcación.
De
repente, la radio volvió a cobrar vida. Con voz trémula y llena de horror, el
locutor exclamó:
-¡Leeming,
Leeming, pare las máquinas! ¡Párelas! ¡Dispare dos torpedos! ¡Todo... todo!
¡Vuelva al instante a la superficie! ¡Ha ocurrido algo espantoso!
La
rubicunda cara de Leeming se volvió de repente completamente gris, con el temor
abismal. El locutor aquél no era dado a las lamentaciones histéricas. Leeming
le conocía bien. Era un soldado de la ciencia que se reía de la muerte. Un
hombre que se había inoculado multitud de gérmenes, que había penetrado en las
cámaras de gas, y que con compasiva calma veía morir a los hombres en el
tormento. Y sin embargo, ahora estaba gritando:
-¡Hay
un enorme muro rocoso que se alza del fondo del océano! Directamente delante de
usted, Leeming! ¡Cien metros... ochenta metros...! ¡Leeming, Leeming... el
presidente Gayle está perdido!
De
los labios de Leeming surgieron unas atropelladas palabras ante el audioplato:
-¡Henley
McCullen, dispara los torpedos; ¡Obstrucción al frente! Ochenta metros. ¡En
nombre de Dios... dispara!
El
comandante no podía hacer nada más. Se sentó rígiídamente, mirando por el
periscopio, sin sangre en el rostro.
Sabía
que iba a morir. No quedaba tiempo para que Henley McCullen obedeciera sus
instrucciones. Dentro de diez segundos, la nave chocaría contra el muro, si es
que había un muro...
Había
un muro. Pareció surgir de repente de entre las agitadas aguas que se veían por
el periscopio, llenando todo el campo visual.
Fragmentos
de pensamientos se acumularon en el cerebro de Leeming, cuando su cuerpo fue
proyectado al techo. Con más rapidez que la del tiempo, las glorias de su
juventud se estrellaron en una brillante cascada a su alrededor, descendieron y
le inundaron en una marea de fatalidad.
El
enorme buque chocó contra el muro en ángulo oblicuo.
Por
un instante permaneció intacto a pesar de la violencia del choque. Después,
cayó de costado.
El
comandante Leeming chocó, a su vez, con el techo con tal violencia que su
cráneo se abrió en dos. Al volver a caer, su cuerpo se vio proyectado contra el
periscopio, destruyéndolo y dispersando la imagen de algo monstruoso que se
dirigía hacia el buque.
Destrozada
y sin forma, la sección telescópica y el buque entero se hundieron lentamente
hacia el fondo del océano.
Al
otro lado de la barrera de un kilómetro y medio de altura, el presidente de
Estados Unidos sintió el envaramiento progresivo de su cuerpo. Sus brazos se
apretaron convulsivamente en torno a la trémula figura de su esposa.
-¡Mi
sueño de hermandad universal se está muriendo! -murmuró entreconadamente-. ¡El
mundo volverá de nuevo a la barbarie!
-Estoy
contenta -contestóle Elizabeth-. Ya nada podrá separarme de ti. El amor... el
amor es el gran, el inmortal sueño...
-Eres
tan primitiva como todas las mujeres –sonrió el presidente, ahogando un sollozo
en su garganta-. ¡Pero, oh querida, querida mía, estoy contento también de que
ahora estés conmigo!
***
Penetrando
en el éter sin aire, a doscientos kilómetros sobre la corteza terrestre, el
avión ionosférico, California, estaba luchando contra la tormenta magnética más
terrible de su historial. El piloto estaba sentado, tenso y ansioso, agazapado
sobre los mandos que respondían alocadamente.
El
avión ionosférico, de cuarenta metros de longitud, tenía una forma triangular y
se hallaba ahora cubierto con los detritus del espacio lleno de meteoros. Tan
intolerablemente feroz era la emisión de partículas del disco solar, que los
profundos ojos del piloto estaban bordeados de sangre. La sangre le corría por
la nariz hacia las comisuras de los labios.
Pero
aunque el transmisor señalaba peligro, el piloto miraba constantemente al
frente, asiendo ligeramente los mandos. Con sus chasquidos y señales, el
transmisor le avisaba de las corrientes que convergían hacia él con una furia
que superaba la de las galernas que violentaban la atmósfera terrestre, bajo
aquel mundo de amenazadores «espejos» a través del que se estaba internando.
Tristemente,
se dijo que debía continuar su vuelo. Un soldado del ejército científico que se
había creado una reputación de dimensiones heróicas, no podía ahora faltar a su
deber. Y todo el horror de aquella tormenta magnética no podría hacerle
claudicar.
Vio
la cara de «ella» sonriéndole en medio de aquel cielo sin aire; llenando todo
el mundo de la ionosfera, donde la vida no existe. A doscientos kilómetros de
donde el globo que gira incesantemente y ella vivía, se movía y poseía su ser,
su radiante belleza llenaba todo el espacio.
De
repente, la tormenta magnética irrumpió sobre el enorme avión. Unos impulsos de
Leviatán, con magnífica energía se abatieron contra el fuselaje, arrancando los
planos exteriores y alterando su rumbo hasta precipitarlo hacia la tierra,
trazando espirales.
Durante
treinta kilómetros, descendió en zigzag a través del éter cargado de
electrones. Luego, las corrientes magnéticas convergieron una vez más sobre el
aparato y durante veinte kilómetros giró y giró como un muñeco contra los muros
de aquella fuerza invisible.
Pero
también la desenfrenada furia de la ionosfera encontró su igual en el valor y
la destreza del piloto. A cien kilómetros de la superficie terrestre, el avión
volvió a enderezarse y ascendió hacia una región donde no había ya tormentas ni
convulsiones.
Media
hora más tarde, en la estela de la tormenta, el piloto, con el rostro húmedo
por las lágrimas y la sangre, estaba dirigiendo su aparato a través de un cielo
familiar y amistoso.
«Cenaremos
bajo las estrellas en Central Park -pensaba-. A través del follaje de los
árboles que fueron plantados allí en el siglo XX, contemplaremos la Luna. Yo le
cogeré una mano, y le recitaré poesías a mi chica. Y ella creerá que soy un
necio, un anticuado... ¿pero, qué me importa? Por un rato, nos imaginaremos que
hemos vuelto a una época más sencilla, menos práctica.»
***
Se
abismó en una ensoñación que le impidió ver la cortina de fuego a través del
firmamento. Cuando de repente le hirió la visión, penetrando en sus pupilas con
radiación aterradora, el avión se hallaba ya sólo a cuarenta metros.
Antes,
de que su vista pudiera reajustarse a la luminosidad, la distancia había
disminuido en dos terceras partes. Y antes de que pudiera moverse de su
asiento, el aparato se vio arrastrado hacia un horno aéreo de doscientos
kilómetros de extensión.
Un
alarido surgió de su garganta cuando las llamas lo envolvieron. No tuvo tiempo
de prepararse para la muerte. Mientras el horroroso calor lo envolvía,
fundiéndolo todo a su alrededor, y destruyendo su carne hasta las huesos, sólo
pudo pronunciar una vez con voz angustiada:
-¡Ruth!
¡Ruth!
Después,
piadosamente, todo huyó de su mente: nombres, recuerdos, y la fiebre de vivir
ardió en sus venas. Como un pedazo de metal retorcido, el avión ionosférico cayó
como un muñeco a través del ardiente aire de la Tierra.
III
-En
todo el mundo están ocurriendo los mismos cambios -le estaba explicando el
doctor Woodburn al joven Kenneth Hunter, en la gran cúpula plateada del
Observatorio Einstein-. Y también en la Luna. Ha habido una inversión de...
¡Dios mío, es horrible! Y sin embargo, cuando me avisaron me eché a reír. No
quise creerlo.
-¿Quién
lo avisó? -inquirió Hunter.
Woodburn
estuvo un momento con los labios apretados, muy blancos, contemplando en
ominoso silencio a su joven amigo.
-Siempre
me he enorgullecido de poder permanecer insensible, aunque el cielo cayese
dentro del infierno -dijo al fin-. Pero ahora... ahora me estoy comportando
como una mujer histérica.
-¿Quién
lo avisó? -insistió Kenneth. Su voz mostraba cierto resentimiento. Sabía que
Woodburn se estaba torturando sin necesidad. Y hallaba increíble que el
fenómeno que estaba presenciando hubiese podido ser anticipado en secreto por
alguien.
-Vuelve
a tu laboratorio y aguárdame allí -le suplicó Woodburn- Ahora no estoy en
condicidnes de hablar.
-¡Pero
en nombre del cielo...!
-Por
favor, Ken, obedece. Quiero... quiero volver a estudiar Neptuno. Hay una
pequeña posibilidad de que Monckton estuviese equivocado.
-¡Monckton!
-aulló Hunter-. ¿Se refiere al hombre que quiso matarlo? ¿El fanático a quien
usted echó del laboratorio porque lo amenazó con volarlo todo?
Woodburn
asintió.
-Sí.
Monckton quiso que yo advirtiera al mundo. Sabía que mis advertencias serían
escuchadas -el científico exhaló un profundo suspiro-. Monckton insistió en que
tenía una especie de rayos que destruirían los desorganizados atómos del
espacio. Estaba seguro de que éstos trastornarían toda la materia si chocaban
con la Tierra y los planetas interiores. Incluso afirmó... -se interrumpió con
brusquedad-. Pero es mejor que no hablemos ahora. Déjame, Ken. Quiero estar
solo.
La
cara del joven traicionaba sus emociones: la lealtad, el reproche, y una feroz
impaciencia. El afecto que sentía hacia aquel gran científico que todo se lo
había enseñado contendía ahora con el resentimiento. Pero la lealtad triunfó.
Con los labios apretados, Hunter dio media vuelta y regresó apresuradamente a
su laboratorio.
Solo
bajo el gran telescopio, Woodburn estuvo mirando un instante a través del ojo
Cassegrain. No era ya un por tal abierto a un mundo de gloria. Era un
instrumento de temible precisión, que iba a confirmarle unas pavorosas
dudas...un instrumento de profecía y muerte.
Se
hallaba todavía avizorando el cielo cuando a sus espaldas sonó una implacable
voz:
-Voy
a matarte Henry Woodburn. Te negaste a escucharme cuando te supliqué que
salvases al mundo. Y ahora, ya no deseo salvarlo.
El
viejo científico dio media vuelta. De pie, caba la luz procedente de las
lámparas globulares, había un hombre con barba, ojos hundidos y aspecto de
fanatismo. El odio llameaba en su mirada y en cada arruga de su enjuto
semblante; Completamente inmóvil, pálido como un cadáver, estaba con el brazo
derecho extendido y sus labios incoloros distorsionados en una mueca.
Firmemente
asido a su mano derecha había un tubo molecular de calibres múltiples, que
brilló a la fría luz cuando su proyector modelo Deisan fue enfocado
amenazadoramente contra el enclenque cuerpo de Woodburn.
El
científico palideció cuando sus ojos observaron el siniestro instrumento. Pero
su voz continuó serena:
-Nada
conseguirás matándome, Monckton. Ni tú ni yo podemos ya salvar al mundo.
-No
me has entendido, Henry Woodburn. He dicho que ya no quiero salvarlo. Cuando me
hiciste encerrar, comprendí que la raza humana no era digna de ser salvada,
puesto que respetaba y reverenciaba a hombres tan ciegos como tú. Y ahora -sus
ojos se entornaron en furor fanático- voy a matarte porque tú tratarías de
salvar al mundo. Tal vez aún no fuese demasiado tarde. Una terrible catástrofe
está ocurriendo en la Luna, pero por todo lo que sé, la Tierra por ahora ha
continuado inmune.
-No,
Monckton -replicó el viejo profesor-. Aquí también se han producido algunos
cambios. He visto unas formas vivas engendradas de la materia inorgánica; Tú
profetizaste que la materia cambiaría, pero creíste que la Tierra se desviaría
de su órbita. Algo peor ha sucedido. No puedo explicarlo. Se ha producido una
inversión. Del tiempo, tal vez. Después de cientos de millones de años, la Luna
ha vuelto a vivir.
Durante
un instante, la exaltación llameó en la mirada de Monckton. Después, su
expresión volvió a ser venenosa.
-Debiste
prevenirlo, Woodburn. Yo te expliqué cómo actuaba mi generador de rayos. Yo
pude destruir los átomos desorganizados antes de que atravesaran la órbita de
Urano. Yo pude haber salvado las colonias terrestres de Marte y la Luna. Pude
haber salvado a la Tierra -por un momento, sus ojos se perdieron en
reminiscencias-. Es extraño que nadie más pensara en examinar la erupción de
Neptuno con análisis espectroheliográficos con luz roja de hidrógeno durante un
largo periodo. Yo soy un profano, obstaculizado por un equipo muy pobre. Sólo
poseo un telescopio de veinte centímetros y un espectrohelioscopio. Y sin
embargo, cuando los primeros puntos brillantes aparecieron en el ecuador de
Neptuno hace cuatro años, reconocí que se trataba de una catástrofe de alto
significado. Los puntos blancos tenían miles de kilómetros de anchura. Durante
meses y meses los estudié. Y con gran horror percibí que aquella enorme
erupción era materia proyectada a través del espacio en lineas de radiación,
materia en un estado desconocido en el sistema solar. El espectrohelioscopio
reveló que uno de estos desorganizados rayos de materia se dirigía a la Tierra
a una terrible velocidad, de forma que llegaría aquí antes de tres años. Yo
comprendía que algo terrible le ocurriría a la estructura terrestre si el rayo
mortal chocaba con ella. Y me dediqué a inventar medios para salvar al mundo.
Pero tú te burlaste de mi. Yo no quería amenazarte ni matarte, pero perdí la
cabeza al ver que no me atendías. Jamás he dejado de odiarte, Henry Woodburn,
Creíste poder obtener mi silencio enviándome a la cárcel. ¡Loco! Ayer huí de mi
celda para matarte; Tú estás ya familiarizado con el mecanismo de mi generador;
incluso tú podrías ahora disipar una parte del rayo mortal, refractándolo de la
Tierra. Fui un loco en confiar en ti, pero aún no es tarde para impedir que
salves a la vil raza humana.
-¡Escúchame!
-le suplicó Woodburn-. Cierto que te tomé por un criminal. Te mostraste
violento, irrazonable. Me amenazaste con volar el observatorio. Y te envié a la
cárcel, pensando que estaba cumpliendo con mi deber. Pero te juro que ignoro
cómo actúa tu generador.
-¡Mientes!
-gritó Monckton-. ¡Y aquí tienes mi respuesta a todas tus mentiras y evasivas!
Sus
dedos se contrajeron de repente sobre la palanca de presión de su arma. Un
ligero siseo, como de vayor al soltarse de una caldera, surgió por su extremo.
No
hubo otro sonido en el observatorio. Ninguna proyección flameante, como las que
exhala una pistola de positrones cuando actúa. El aire entre el científico y
Monckton pareció simplemente estremecerse y danzar como oleadas de calor.
Durante
una fracción de segundo, el rostro de Woodburn reflejó su agonizante terror.
Después, una rigidez parecida a la del tétanos se acentuó en los músculos de su
mandíbula, echándole la cabeza hacia atrás y retorciéndole los labios en una
sonrisa falta de naturalidad.
Cuando
el estampido molecular chocó contra la carne de sus mejillas, éstas se
ennegrecieron, hasta que la cara se transformó en una odiosa máscara con la
piel apergaminada. Sólo por un instante permaneció con disecado. De pronto, un
liquido comenzó a manar de sus poros y las facciones se fueron fundiendo. La
carne se disolvió con extremada rapidez bajo las ropas, fundiéndolas como la
cera dentro de un incinerador.
De
los extremos de los pantalones de Woodburn surgió un liquido que corrió por el
suelo. De sus muñecas surgió también un fluido negruzco. Sus ropas se hundieron
arrugándose sobre los huesos faltos ya de carne.
El
esqueleto del científico estaba de pie, bajo el gran telescopio, balanceándose
de lado a lado. Una calavera sin ojos contemplaba ominosamente a Monckton,
cuyas pupilas relucían de exaltación. El esqueleto cayó el suelo en medio de un
charco negruzco.
IV
Cuando
Kenneth Hunter descendió en el ascensor neumático a su laboratorio situado a
seis kilómetros sobre una Tierra empavorecida por el terror, los respiraderos
de aire de la torre estratosférica dejaron percibir unas vacilantes
luminosidades. Tan rápido fue su descenso, que las estrellas parecían una
sólida cortina de plata, sitiándolo.
Ocasionalmente,
se hundiría en la absoluta negrura de los pozos verticales del vacío, y sujeto
a una aceleración que haría circular la sangre hasta su corazón penosamente.
Cerca del nivel de los cuatro kilómetros, el ascensor fue aflojando su
velocidad gradualmente, mientras los frenos de presión automáticos absorbían el
exceso de velocidad.
La
excitación resplandecía en los ojos de Hunter cuando surgió de la caja esférica
y recorrió los corredores iluminados por lámparas de luz fría hasta la puerta
de acero de su laboratorio.
Entró
con rapidez y cerró la puerta después de haber examinado con la vista las mesas
de la estancia. Muy arriba, un hombre arrugado estaba especulando respecto a un
mundo convulso, y él tenía que aguardar... aguardar, en un suspenso torturante
mientras Woodburn estudiaba el firmamento, en confirmación de sus fúnebres
temores.
Ociosamente,
Hunter cogió un tubo de ensayo.
Sin
ningún motivo particular lo estaba examinando cuando una cortina de vibración
se formó sobre la más próxima de las mesas. No se dio cuenta de que el aire a
su espalda había empezado a estremecerse, a temblar. Ni siquiera divisó la alta
figura femenina que atravesó aquella pantalla de fuerza radiante.
Cuando
se volvió, ella estaba ya en la habitación. De pie junto a la mesa, observando
calladamente, con una delicada sonrisa en sus labios. Lucía una túnica de seda
color iridiscente, que se abría en la garganta y descendía en voluminosos
pliegues hasta sus tobillos. Sus brazos desnudos y sus pies descalzos estaban
al aire y su cabello descansaba, suelto, sobre sus hombros.
Su
tez tenía el color de las aceitunas, aunque más claro; sus ojos eran
almendrados y sombreados por largas y oscuras pestañas. Sus altos pómulos y su
nariz pequeña y recta, aumentaban el aspecto exótico de sus facciones de tan
rara manera que la sangre se retiró de la cara de Hunter al verla.
-Sabía
que algún día uno de los dos iría al mundo del otro -susurró ella.
Su
voz era musical, como el tañido de una campana. Resonaba rítmicamente, aunque
con muy poca semejanza con las cadencias humanas.
A
sus espaldas, la cortina de fuerza apenas era visible. Desde la mesa, se abría
en abanico por encima y detrás del esbelto cuerpo de la joven. Era un
estremecimiento tan tenue que sus líneas casi se fundían con el aire
circundante.
Hunter
estaba tan aturdido que el tubo de ensayo se escurrió de sus dedos,
estrellándose contra el suelo.
Los
labios rojos de la joven se separaron y una mirada de profundo desconcierto
animó sus rasgos.
-No
te alarmes -murmuró-. Durante meses he estado a tu lado, contemplándote,
amándote. Nosotros somos invisibles para vosotros, pero vuestro mundo no está
vedado para nosotros.
De
pronto, una radiación coloreó sus mejillas. Su expresión adoptó tal anhelo, que
Hunter jamás lo había visto igual en el semblante de una mujer. La joven cayó
de rodillas junto a la mesa y extendió los brazos hacia él.
-¡Bésame,
abrázame! -suplicó--. ¡Ahora... que tengo hambre de tus caricias!
Antes
de que Hunter pudiera moverse, ella estuvo a su lado, sus labios apretados
contra los del joven. Su cuerpo y el perfume que del mismo emanaba trastornaron
los sentidos de Kenneth hasta que todo su ser palpitó.
Luego,
de repente, ella lo apartó suavemente y le contempló con reluciente mirada.
-Durante
miles de años hemos estado estudiando a los hombres y a las mujeres de tu mundo
-murmuró-. Pero sólo erais oscuramente visibles para nosotros. Podíamos oíros y
oleros, pero os veíamos muy poco. Erais unas formas vivientes que os
aproximabais y retrocedíais. A veces, nosotros pasábamos a través vuestro,
aumentando nuestros conocimientos respecto a vosotros. Hasta hoy, nos vimos
obligados a teorizar y especular en torno a vosotros. Hemos llegado a dominar
las cadencias de vuestro lenguaje, pero las palabras que ahora estoy empleando
no siempre evocan conceptos claros en mi mente; Nuestro mundo es un mundo de energías
intangibles, de fotones de luz de una extensa gama y de infrarradiaciones de
calor que se hallan más allá de vuestro invisible espectro. Las células de mi
cuerpo están formadas de deutones, neutrones y positrones en disolución y
fusión. Somos subatómicos e infrarradiantes. Y, sin embargo, estamos muy unidos
a vosotros, y en cierto sentido dependemos de vuestro mundo. Vosotros nos
habéis creado. Somos los subproductos de la evolución humana y animal de la
Tierra. Cuando los animales y los hombres mueren violentamente en la Tierra,
cierta tenue y todavía no disipada energía se esparce en nuestro mundo. La vida
no puede ser suprimida con brusquedad en vuestro mundo, sin que deje un residuo
en el nuestro. Las pautas originales continúan subsistiendo subatómicamente en
nuestro mundo. A vuestro alrededor hay muchas formas que jamás habéis
vislumbrado siquiera, entidades intangibles,-plantas, animales, seres humanos
tan vivos como vosotros, pero poseyendo unas células corporales tan atenuadas
que se irradian en fotones invisibles. Tú te irradias en voltios electrónicos.
-Pero
yo puedo verte y oírte -jadeó Hunter-. ¿Qué te ha hecho tangible ahora? ¿Cómo
has atravesado la barrera hasta... hasta mi mundo?
-Se
ha producido una enorme explosión interior en el planeta Neptuno -le explicó la
joven-. Un vasto campo de energía desorganizada ha sido arrojada al espacio
planetario. Esta energía no es su&ientemente tenue para pasar por entero a
nuestro mundo, ni suficientemente cohesiva para permanecer por completo en el vuestro.
Es una cortina ondulante de átomos semidesorganizados en estado de semifusión.
Nosotros podemos atravesarla hacia vuestro mundo, penetrando su radiante
núcleo, alimentándonos con él. Con su ayuda, podemos construir nuestras células
corporales infrarradiantes hasta que empiezan a irradiar voltios electrónicos.
***
La
suplica brilló en sus pupilas. Parecía ansiosa de calmarlo y tranquilizarlo.
-Como
sabes, toda la vida es energía radiada, calor y luz irradiados. En el siglo XX
los científicos de tu mundo estaban ya familiarizados con los cambios
electrodinámicos que acompañan al crecimiento de los animales y las plantas.
Cada especie animal posee una pauta o cuadro electrodinámico diferente, que
posee todas las características de un campo eléctrico y exhala radiaciones que
pueden ser medidas. Cada célula de tu cuerpo posee una carga de cuatro mil
quinientas unidades electroestáticas, y las células de la sangre humana tienen
una carga de irradiación en su superficie equivalente a millones de voltios electrónicos.
Pero no toda la vida posee tanta energía. Habiendo una vida tan tenue que
vuestros limitados sentidos humanos no pueden detectarla, su existencia se ha
esparcido por nuestro mundo desde el principio de la evolución animada de la
Tierra; La materia inorgánica también. Los minerales radiactivos de otro tiempo
enterrados en la Tierra; las grandes barreras de carnotita, de torio y plomo.
Hay montañas y mares en nuestro mundo... océanos de lava de residuos
turbulentos en fundición. Nuestro cielo está envuelto en cortinas de llamas
invisibles. Todos los cambios cataclísmicos y geológicos pasados de la Tierra
han dejado residuos infrarradiantes en nuestro mundo. Las pautas incandescentes
se desparramaron cuando la Tierra era una bola que se solidificaba lentamente y
vastos campos de fuerza de átomos fracturados se rompían y maduraban en su
corteza en ebullición. La infraluz y las emanaciones de radio, actinio, ionio,
no son suficientemente infrarradiantes para pasar a nuestro mundo. Pero estos
rayos, que vosotros podéis detectar con vuestros instrumentos científicos, no
sólo son los subproductos de la desintegración atómica. Durante billones de
años de vuestro tiempo terrestres, estos rayos incoloros, inodoros, y sin peso
se han desparramado por nuestro mundo. Cuando los átomos se desintegran
radiactivamente, se desparraman también en abundancia, pero incluso los cambios
moleculares y las simples combustiones pueden producirlos.
Los
labios de Hunter estaban completamente blancos.
-Acabo
de contemplar la Luna -borbotó-. Todos sus volcanes están en erupción. Hay
mares de fuego fundido.
La
joven asintió.
-No
sólo en la Luna. Hace unas horas una gran barrera de residuos radiactivos se
alzó del océano en las proximidades del Polo Norte terrestre. El aire de la
Tierra está ardiendo. Las formaciones geológicas que existían cuando la Tierra
era joven se han derrumbado, superponiéndose unas a otras en nuevas
formaciones. En cierto sentido, el Tiempo ha quedado invertido.
-¡Sin
embargo, este edificio todavía subsiste! -aclamó-Hunter-. ¡Aquí no hay
convulsiones ni terremotos!
-Las
convulsiones han sido esporádicas y fugaces -replicó la joven-. La fuerza del
rayo de Neptuno apenas ha rozado la Tierra. Sólo ha producido el alzamiento de
unas barreras, y unas llamaradas han aparecido en el cielo. Sólo unos cuantos
de nosotros hemos podido llegar a vuestro mundo -entrecerró los ojos
sombríamente-. Y ahora, el rayo de fuerzas desorganizadas se bate ya en
retirada de la Tierra. Sólo quedan unas cuantas zonas en las que podemos
permanecer. Pequeñas bolsas de fuerza desorganizada esparcidas por vuestro
mundo, vértices de energía, pantallas de vibraciones. Se están ahuecando,
desvaneciéndose en la estela del rayo en retroceso.
-¡Pero
los habitantes de tu mundo! -gritó de pronto Hunter-. ¿Son todos... como tú?
La
incredulidad y la admiración se asomaron a las pupilas del joven.
***
La
joven sacudió la cabeza.
-Mi
nombre es Allala. Soy de extracción caucásica, de una raza muy antigua
modificada por miles de años de evolución en nuestro mundo. También en nuestro
mundo hay crecimiento y evolución. Todas las razas humanas se hallan
representadas allí. Desde el amanecer de la evolución humana en tu mundo,
millones de hombres y mujeres han muerto violentamente con sus energías vitales
disipadas. Tipos semejantes a los monos y otros se han desparramado y
desarrollado. Hombres de las antiguas y las modernas edades, de la Edad de
Bronce, de la Edad de Piedra, de las razas modernas. Algunos de los tipos más
primitivos han sido esclavizados; Tenemos jerarquías tan rígidas... y tan
injustas, como las vuestras. Tenemos castas emocionales, cultas, intelectuales.
Tenemos científicos, artistas, profesores, soldados, santos, imbéciles y
maníacos. Y sin embargo, nuestra civilización es muy distinta de la vuestra.
-¿Hay
animales y plantas en vuestro mundo? -preguntó Hunter.
-Sólo
un animal, el eslagar -contestó la joven-. La terrible, incesante corriente de
vida vegetal y animal de vuestro mundo al nuestro amenazaba nuestra existencia,
hasta que nuestros científicos acabaron con la amenaza mediante un proceso de
exterminación total. El eslagar es un animal modificado, gigantesco, criado
artificialmente. Los demás animales fueron todos aniquilados. El eslagar nos
proporciona comida y nos sirve de bestia de carga. Casi todos nuestros
eslagares se crían en la Luna, en las vastas cuencas que una vez fueron mares,
y son teleportados a la Tierra a través del éter infrarradiante. Yo te envié
esta mañana dos eslagares -sonrió Allala, débilmente-. Quería probar la fuerza
de la cortina de vibraciones. Ahora es muy resistente, pero al principio era
tan débil que sólo los eslagares recién formados podían pasar a tu mundo.
De
repente, la joven se tambaleó y sus manos ascendieron a su garganta. Su rostro
adquirió una expresión de sobresalto que se trocó instantáneamente en alarma, y
luego en una trágica desesperación.
-¡Me
siento arrastrada de nuevo a mi mundo! -gritó--. ¡Empiezo a desintegrarme! La
cortina vuelve a debilitarse... Su núcleo de radiaciones se disuelve,
arrastrándome. Puedo sentir cómo me arrastra.
***
En
un vasto circo, Jules Legrain, el domador de animales más famoso del mundo,
contempló con horror a la fiera. El enorme tigre se alzó amenazador sobre sus
patas traseras, arrojando espuma por las fauces entreabiertas. La roja caverna
de su boca bostezaba ominosamente.
El
rostro del domador estaba cubierto de sudor. La pértiga metálica que tenía en
la mano fue proyectada con felina rapidez, pero los relucientes ojuelos de la
fiera no mostraron ni humildad ni remordimiento. Desobedecieron todas las
órdenes de Legrain, ignorando las crueles heridas que la aguzada punta metálica
infligía a su carne, los flancos le palpitaron como obedeciendo un dormido
instinto tan viejo como las selvas que antaño había recorrido, rugiendo.
-¡Atrás,
maldito! -le gritó Legrain, con el rostro tan blanco como el inmenso mar de
asustadas caras que lo miraban desde la platea.
Las
fauces del tigre se entreabrían de rabia. Velozmente, continuó avanzando sobre
la arena. Los veinte metros que le separaban de Jules Legrain fueron
reduciéndose a quince, diez ocho... De repente, el enorme gato saltó.
Un
clamor de espanto surgió de la platea. Un alarido desgarró la garganta de Jules
Legrain. Se arrojó de cara al suelo, deseando sólo protegerse el vientre de las
crueles zarpas de la fiera.
Con
un gruñido, el animal llegó al suelo y hundió sus garras en la temblorosa
carne. Los huesos crujieron y manó la sangre.
Jules
Legrain consiguió ponerse de pie y contempló con los ojos dilatados por el
asombro una cosa increíble y fantástica... una inmensa sombra parecida a un
lingote que se había materializado en el aire sobre la cual el tigre acababa de
arrojarse con inusitado furor... no sobre Jules Legrain.
Durante
más de un minuto, todo el auditorio estuvo inmovilizado por el horror,
contemplando aquella tremenda lucha digna de la jungla. Después... las líneas
de la fantástica criatura comenzaron a desvanecerse. Bajo las zarpas
ensangrentadas del tigre, la imagen del horror fue esfumándose lentamente. Y
también se disolvió la sangre que manchaba las patas del tigre.
La
luz de la frustración brilló con siniestro resplandor en las pupilas del
felino. Al verse privado de su presa, volvió lentamente la cabeza hacia el
desdichado Jules Legrain. Con un rugido salvaje volvió a saltar, las zarpas
extendidas...
***
En
el laboratorio de Kenneth Hunter, el esbelto cuerpo de la joven fue
reduciéndose hasta que sólo su cara y sus pies descalzos fueron visibles en el
aire vibrátil de la mesa. La ternura y el trágico tormento se asomaban a sus
negros ojos.
-¡Adiós,
amor mío! -sollozó.
Durante
un momento, su rostro se balanceó en el aire, como un óvalo flotando en la
oscuridad del vacío. Luego, la cortina de vibraciones pareció esperarse hasta
que el óvalo se convirtió en un punto.
Un
grito desesperado surugió de la garganta del joven. Asió el borde de la mesa,
contemplando con incierta mirada el vacío. Se sentía consumido por una intensa
emoción y todo a su alrededor le parecía insustancial e irreal.
Sólo
Allala le parecía real. Imperecedera, inmutable, más real que el tiempo y en
cambio, su hermosura acababa de alterarle la sangre, que ahora pulsaba a un
ritmo acelerado.
-¡Allala!
¡Allala! -suplicó--. ¡No me abandones!
No
oyó cómo la puerta del laboratorio se abría a sus espaldas. No divisó la alta
figura de Albert Monckton avanzando sigilosamente por la estancia, con su tubo
molecular en la mano La muerte danzaba en las pupilas de Monckton. Lentamente,
alzó el tubo y lo enfocó sobre la espalda de Hunter.
-¡Tú
eras su amigo! -gruñó con veneno en su voz-. ¡Compartías sus conocimientos!
¡Todavía podrías salvar al mundo!
Hubo
un leve silbido, como el vapor al salir de una caldera. El aire entre Monckton
y la mesa vibró como el aire de la mesa. Esto fue todo.
Hunter,
simplemente, se tambaleó y cayó pesadamente al suelo. La rápida disolución de
su carne se efectuó casi instantáneamente en el piso.
Monckton
juró salvajemente, pateando como un chiquillo mal educado a quien se le niega
la visión del terror en las pupilas de su víctima. Después, vio que no había
matado a Hunter.
El
joven estaba junto a la mesa con los brazos extendidos hacia alguien invisible.
La alegría brillaba en sus ojos. A su alrededor, el aíre vibraba alocadamente.
El mismo Hunter resultaba nebuloso, indistinto. Y parecía estar desvaneciéndose
con suma rapidez.
De
repente, Monckton percibió algo fantástico. Los brazos de Hunter no abrazaban
ya el vacío. Había entre ellos una joven, alta, de cabello oscuro, cuyos labios
se apretaban firmemente contra los de Hunter.
Antes
de que el joven y la desconocida se desvaneciesen por completo, miraron a
Monckton con inmensa gratitud. Sus pupilas resplandecían y sus rostros parecían
estar en la cúspide del éxtasis.
Monckton
jamás había sujetado a una mujer entre sus brazos en todos los años de su
solitaria y miserable existencia. La felicidad de Hunter añadió un fermento de
cáustica envidia a su transformada mente. Su locura se convirtió en un deseo de
evasión incontrolable.
Con
un estrangulado sollozo abrió la puerta del laboratorio y salió corriendo de la
estancia. Se abrió en silencio a través del dédalo de corredores. El ascensor
neumático todavía tenía la puerta abierta cuando llegó a él. En su descenso del
laboratorio, a treinta kilómetros más arriba, lo había dejado abierto.
Había
intentado matar a Hunter y descender a la superficie de la Tierra. Pero ahora
todo estaba trastornado. ¡Todo! No quería ya descender a la Tierra. Deseaba
subir a las estrellas, ir de una a otra, gatear mano sobre mano por la escalera
brillante, relampagueante de la Vía Láctea.
El
ascensor bostezaba oscuramente, como invitándolo a entrar. Velozmente, pasó a
su interior, soltó el freno de presión neumático. Un hombre cuerdo, queriendo
ascender, habría apretado el freno. O, queriendo descender, lo habría soltado
lenta y gradualmente.
Pero
Albert Monckton lo soltó de repente. Durante cinco kilómetros, el ascensor fue
un ataúd de metal hundiéndose entre tinieblas bcia la superficie de la. Tierra.
Nosotros,
los invisibles. Frank Belknap Long Jr.
Trad. M. Giménez Sales
Horror
en el espacio. Biblioteca Oro Terror, 19
Editorial
Molino, 1968
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