Elia Barceló es considerada por muchos como la Ursula K. LeGuin española, del mismo modo que Angélica Gorodischer es considerada como la Ursula K. LeGuin sudamerica. Su primer relato, «Catarsis», apareció en 1981 en Ia revista Nueva Dimensión y en 1989 se dio a conocer del gran público con la recopilación de relatos Sagrada (Ediciones B). En 1994 ganó el premio UPC con la excelente novela corta «El mundo de Yarek», y desde entonces no ha dejado de publicar, tanto ciencia ficción como fantasía, terror y novela juvenil («de hecho -dice la propia autora-, menos novela del oeste creo haber tocado todos los géneros»). En 1997 ganó el premio Edebé de literatura juvenil con El caso del artista cruel, una novela juvenil «clásica» pero con apreciables dosis de fantasía. Su obra ha sido traducida a varios idiomas con gran éxito de público (El secreto del orfebre –Lengua de Trapo- va a aparecer en siete idiomas, y en Alemania lleva ya tres ediciones en menos de medio año), y en España la mayoría de sus libros han conocido también varias ediciones. En cuanto a este bradburiano relato, muy en la línea de la ciencia ficción que le gusta a su autora, la mejor forma de definirlo es con sus propias palabras: «Me siento muy cómoda [con su temática], porque Ia nostalgia del pasado irrecuperable es parte del color de mi alma».
COMO TODOS LOS DÍAS, tomó la
desviación Expo 2000 y, abandonando el escaso tránsito de la H-5, bajó los dos
niveles de la rampa en espiral hasta el obsoleto semáforo que siempre estaba en
rojo. Aguardó los dos minutos de rigor en perfecta soledad y, con la luz verde,
volvió a ponerse en marcha por lo que en tiempos pasados había sido el Paseo
Central de la Exposición: una hermosa avenida de casi tres kilómetros
flanqueada de árboles gigantes que empezaban a perder sus hojas y altos
edificios que cien años atrás representaban lo más moderno y atrevido de la
arquitectura del siglo XX, cáscaras vacías en la actualidad, preservadas apenas
de la ruina por un pequeño aunque activo ejército de máquinas silenciosas e
invisibles.
El motor eléctrico de su minipark, un
vehículo casi tan viejo como el paisaje que lo rodeaba, ronroneaba suavemente
en el silencio de las siete de la mañana de un día que prometía ser
particularmente glorioso, uno de los últimos días soleados de otoño, antes de
que llegaran las lluvias y el persistente agua nieve que convertiría la ciudad
en un charco helado durante más de seis meses.
Como todos los días, Otto Frick,
jubilado y custodio del Museo Isaac Asimov de la Invención Moderna, redujo la
ya lenta marcha del minipark y se dejó ganar por la nostalgia del paseo,
recordando los tiempos de su juventud, la esplendorosa mañana en que fue
inaugurada la Expo 2000 de Hannover, la mayor maravilla del mundo. Él acababa
de cumplir dieciocho años y en octubre iba a inscribirse en la Facultad de
Ingeniería. Por eso, porque era joven y porque quería ser ingeniero, se había
pasado la noche delante de las puertas cerradas, arrebujado en su saco de
dormir, para cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo de estar entre
los primeros que cruzaran las puertas de aquel reino de maravillas.
Recordaba aún el temblor de su cuerpo
cuando por fin amaneció, los durmientes empezaron a ponerse de pie y, una tras
otra, fueron llegando las personalidades que venían a presenciar la ceremonia
de inauguración: reyes y reinas, presidentes, embajadores, altos cargos
eclesiásticos, estrellas del cine y de la canción. Y las masas de curiosos, de
soñadores, de desocupados, niños, viejos, familias completas, asociaciones,
clubs, cientos y cientos de autobuses descargando personas sedientas de
diversión y de asombro. Pero él estaba entre los primeros, como había soñado.
Volvió todos los días, gracias al
abono permanente que había comprado con el dinero que había tardado un año en
ahorrar. Todos los días, durante tres gloriosos meses, se paseó entre los
portentos del parque, entrando en los nuevos cines de tres dimensiones, en las
sesiones de holovisión, de realidad virtual, que aún estaba en sus comienzos,
en los pabellones de países exóticos que nunca había visitado. Tres meses en
los que compartió el orgullo de su ciudad de poder mostrar al mundo lo que la
humanidad había logrado en sus pocos miles de años de existencia. Recordaba las
voces excitadas de los visitantes, los anuncios por megafonía, los olores de
tantos restaurantes, las sonrisas, los globos de colores con formas de animales
que llevaban los niños, las flores que surgían por todas partes como una
invasión de la naturaleza en el reino de la técnica y el progreso, la música de
los desfiles, las muchachas vestidas de verano con pantalones cortos y el estómago
al aire para mostrar los anillos de sus ombligos, relucientes de piedras de
colores. Durante tres meses, el parque había sido el centro del universo. Y
ahora... Ahora, como todos los días, el silencio, la soledad, el lento
deterioro de la belleza, las malezas que surgían aquí y allá entre los macizos
de boj que habían perdido su forma, las fachadas que se agrietaban
imperceptiblemente hasta que un día caía un bloque de mármol y se hacía
astillas sobre el pavimento embarrado, el viento ululando entre los cristales
rotos, las hojas secas invadiendo atrios de alabastro, fuentes de malaquita y
lapislázuli de pabellones orientales, altos vestíbulos de madera escandinava.
Ya nadie venía a perderse en el reino de los prodigios. La humanidad había
abandonado sus sueños antiguos y había creado otros en los que él ya no tenía
parte. Éste era su sitio ahora, el lugar de los fantasmas de tiempos mejores
donde ni su decadencia ni su minipark llamaban la atención, el lugar donde se
había refugiado la muerte en un mundo que casi había conseguido vencerla.
Llegó frente a la fachada del museo,
inmensa y blanca, y aparcó en su sitio de costumbre; no había otros vehículos
para disputarle el lugar. Conectó el enchufe a la toma de corriente y subió las
amplias gradas que llevaban a la entrada. Antes el agua fluía, saltando y
murmurando, por unos canalillos que se entrecruzaban graciosamente a los pies
del visitante; ahora estaban llenos de polvo y hojas secas, hacía mucho que el
agua había dejado de correr, pero la puerta seguía abriéndose con suavidad y la
música empezaba en el momento en que su pie derecho se posaba sobre la alfombra
azul noche.
El vestíbulo, un inmenso salón de
suaves curvas y pulidas superficies, estaba desierto, como de costumbre. Alzó
la vista hacia la vidriera frontal para comprobar que todos los fragmentos del
mosaico luminoso estuvieran en su sitio: lo estaban. El sistema solar, con
todos sus planetas y casi todos sus satélites, seguía brillando al fondo de la
escalera.
Pasó detrás del mostrador, abrió un
armario disimulado, y cambió sus ropas ciudadanas por el uniforme estelar que
le devolvía una pizca de su casi olvidada juventud. Sólo entonces se giró de
nuevo hacia el vestíbulo y, como todos los días, esperó con un pequeño ahogo en
la boca del estómago el distante sonido del ascensor bajando desde la terraza.
El elevador, como una lágrima
luminosa, se deslizó a lo largo de su columna transparente, produjo el
tranquilizador sonido de succión de todas las mañanas y abrió sus puertas. Roy,
pulido y brillante, las atravesó y se dirigió hacia él con su expresión
amistosa:
-Buenos días, doctor Frick. Hermosa
mañana, ¿no es cierto?
-Muy hermosa, Roy.
Se estaba haciendo viejo. Era lo único
que podía explicar aquel deseo de romper en lágrimas cada vez que veía a Roy
avanzando por la moqueta del vestíbulo con aquel movimiento deslizante que
cien años atrás había sido el asombro del público y ahora no podía competir ni
con un pobre símil creado por un niño de cuatro años en un ordenador barato. Su
compañero también se estaba haciendo viejo; de hecho ya había nacido anticuado,
construido como atracción de feria para un público de ojos brillantes y bocas
entreabiertas que palmoteaba gozoso cuando el androide contestaba a sus preguntas
o los acompañaba por las salas de exhibición.
En el 2000 ya había quedado claro que
la humanidad no quería robots androides como los que había soñado el Buen Doctor.
Nadie tenía nada en contra de los aspiradores autónomos, del cerebro central
doméstico o de los aviones intercontinentales no tripulados, pero todos
sentían la inquietud producida por el complejo de Frankenstein cuando
imaginaban uno de aquellos hermosos androides de plata pulida paseándose por la
casa en completa oscuridad cuando sus amos dormían. Ni siquiera había servido
de nada tratar de convencer al público de que los androides podían ser
desconectados como una vulgar tostadora y vueltos a conectar cuando se les
necesitara. Las campañas publicitarias que los mostraban como perfectos sustitutos
de perros lazarillos, enfermeros domésticos, personal de compañía, canguros,
secretarios particulares y tantas cosas más se habían revelado más bien
contraproducentes, porque en un mundo como el de fin de siglo en el que el
desempleo humano era el problema número uno de Europa, no se podía promocionar
un producto que todos veían como amenaza a los pocos puestos de trabajo que aún
quedaban. ¿Cómo iba a competir un humano con un androide que podía hacer lo
mismo que él, pero mejor, más deprisa y constantemente, sin crisis de nervios,
sin depresiones de agotamiento, sin sentimientos de humillación, de envidia o
de cólera, sin tomar vacaciones ni reivindicar prestaciones sociales? La
presión del público sobre las empresas fue decisiva: no querían androides,
querían personal humano, excepto para trabajos de limpiezas tóxicas, recogida
de basuras contaminantes y otros puestos peligrosos para los que tampoco era
necesario usar androides tan avanzados como Roy y los de su clase.
Por eso todo aquel sueño se había
quedado en ese único prototipo construido cien años atrás para la Expo 2000,
rediseñado y actualizado por él en la época en que, como brillante ingeniero
que se disputaban las grandes empresas, había conseguido arañar los fondos
necesarios para seguir trabajando en el sueño de su vida, incluso después de
tomar conciencia de que ese sueño estaba destinado a no convertirse jamás en
realidad.
Roy tuvo sus tres meses de gloria
pública durante la exposición y después cincuenta años de progresos en el
laboratorio privado del doctor Frick, hasta su jubilación oficial en 2052.
Desde entonces, los últimos cuarenta y siete años, habían compartido el exilio
voluntario del Museo Asimov, todos los días de ocho a seis, siete días por
semana, salvo fiestas nacionales.
Al principio, Otto había pensado dar
un nuevo impulso no sólo al museo, sino a todos los pabellones que remotamente
tuvieran relación con su especialidad y que aún estuvieran en buen uso. Se
había preocupado de hacer una campaña informativa vía red para estimular la
visita de todos los tesoros que habían quedado allí, abandonados, como cofres
de un galeón hundido, pero no había servido de mucho. Los colegios y las
universidades visitaban con frecuencia el museo, pero nunca en materia; se
conectaban a la visita virtual y se ahorraban el complejo desplazamiento por
superficie, la coordinación de horarios, la molestia de las condiciones
meteorológicas cambiantes, el engorro de tener que buscar un lugar donde
comer.
Si algo estaba actualmente al alcance
de cualquiera, era la información, Y desde que se habían desarrollado los
nuevos sistemas de realidad alternativa con sus paquetes olfativos y
sensoriales, ya nadie veía ningún sentido en el desplazamiento material que,
de un modo u otro, siempre representaba un peligro físico. Y el hato de
cobardes en que se habían convertido los pueblos de los países civilizados
desde la invención del regenerador celular que prometía casi la vida eterna, no
veía la lógica de arriesgarse a la rotura de alguna parte de su cuerpo por el dudoso
privilegio de acceder físicamente a una realidad material, fuera la que fuera.
-¿Alguna visita, Roy?
-Desde que se marchó usted ayer noche,
veintidós consultas y tres visitas guiadas, doctor Frick.
-No está nada mal, muchacho. Parece
que aún hay gente que tiene interés en nosotros. ¿Qué clase de consultas te
hicieron?
-Casi todas relacionadas con temas
literarios.
-Literarios -repitió Frick, con
tristeza.
-Aparecemos en la red como base de
información sobre la historia de la literatura de ciencia ficción.
-Y como base de datos sobre robótica y
construcción de androides.
-Sí, doctor, pero ya sabe que la moda
también influye en los temas de consulta. Hace mucho que los androides no estamos
de moda.
Frick sacudió la cabeza y siguió
cabeceando un buen rato, como si conversara consigo mismo.
-¿Va todo bien en el museo? -preguntó
por fin.
-Sobre ruedas.
Frick sintió casi una sacudida al
oírlo. Debía de hacer más de setenta años que había incluido esa frase en algún
programa de información sobre lenguaje coloquial, y algo en el sistema de
aleatoriedad la había elegido precisamente ahora. Tendría que añadir algunas
frases recientes; si Roy seguía hablando así, pronto parecerían un par de
viejos seniles. Lo único que faltaba era que hubiera dicho «de perlas».
-Hoy me gustaría comer en la terraza,
si aún no has retirado la mesa, Roy. ¿Qué tienes previsto para el almuerzo? Me
apetecerían unos huevos con jamón; hace semanas que no los pruebo.
Roy tardó unos segundos en contestar
mientras consultaba el implante médico del doctor Frick.
-Lo siento, doctor, sus niveles de
colesterol están algo descompensados. Sugiero un lenguado a la plancha con
ensalada de endivias y rábanos.
Frick soltó un bufido y volvió al mostrador
de recepción.
-Comida de viejo chocho -rumió.
-Podríamos añadir una buena sopa de
calabaza con un chorrito de nata, si le parece.
Frick siguió callado.
-Y una tortita con helado de vainilla
y chocolate caliente, como postre.
El rostro de Frick se animó mientras
añadía sonriente:
-Y un vaso de tinto.
-No.
-¡Maldita sea! ¡Yo te he hecho,
desgraciado! No me vas a prohibir ahora un vaso de tinto.
-¿No cree que con el lenguado iría
mejor un blanco suave?
Frick se echó a reír y, una vez más,
reprimió el impulso de darle un abrazo a aquel pedazo de metal que era el mejor
ser humano que hubiera conocido en su vida. ¡Si hasta había conseguido
inocularle algo de sentido del humor!
-De acuerdo, Roy. Vete a trabajar. Te
llamaré si surge algo. Todos
los días la misma frase: «si surge algo». ¿Qué rayos iba a surgir en aquel
cementerio de elefantes? ¿A quién le interesaban ya los sueños del doctor
Asimov, los primeros planos de la estación orbital que imaginó el señor Clarke,
los problemas éticos de los replicantes que preocuparon al señor Dick? ¿A
quién le importaba la sala interactiva sobre el Eniac o las maquetas de la
serie Apolo? Se dio una vuelta por las salas de abajo, mirando sin ver lo que
había visto miles de veces durante los últimos cincuenta años, desde que en el
Departamento Ocupacional para Edades Superiores había solicitado aquel empleo
que nadie quería, para tener algo que hacer desde que le prohibieron seguir
trabajando como ingeniero. ¡Edades Superiores! Otra estupidez lingüística a la
que tan aficionada se había vuelto la civilización occidental para sustituir
términos como «vejez» o «ancianidad», considerados ofensivos. ¿Por qué tenía
que ser ofensivo llamarse viejo a los ciento veinte años? Con o sin frases
eufónicas, una persona de ciento veinte años era vieja, igual que, con o sin
implante médico y a pesar de todos los estimuladores de regeneración celular y
dispensadores de hormonas, a los ciento veinte años uno se sentía como una
bolsa de basura que alguien hubiera dejado demasiado tiempo en el balcón a
pleno sol: la bolsa hacía que no se desparramara el contenido, pero lo que
había dentro seguía siendo basura.
El reloj del museo tintineó suavemente
y una voz incorpórea anunció que eran las once de la mañana, así que terminó la
ronda y volvió al mostrador a escuchar las noticias. Le importaaba un comino
qué estuviera pasando en el mundo, pero llevaba toda la vida oyendo las
noticias de las once porque siempre le había molestado enterarse de las
desgracias de la humanidad a la hora de comer y él comía a las doce, además de
que hacía tiempo que se saltaba las actualidades para pasar directamente a las
noticias de contenido científico, que era lo único que aún, muy de vez en
cuando, hacía palpitar su viejo corazón.
Apenas se había acomodado en la
tumbona, dispuesto a introducir la clavija en el implante neuronal que después
de mucho darle vueltas había terminado por aceptar, cuando algo inaudito lo
dejó con el sensor en la mano y la boca abierta de puro asombro: en la puerta
de entrada, contra el deslumbrante sol del mediodía, se recortaban dos
siluetas humanas.
Cerró la boca y, carraspeando
enloquecidamente, los vio avanzar despacio, echando la cabeza atrás para
admirar la fachada, bajando luego la vista para hacer algún comentario sobre los
arabescos que los antiguos canales trazaban en la escalinata. Luego, demasiado
pronto, se abrieron las puertas y las dos personas entraron en el vestíbulo:
jóvenes, como todos, vestidos como todos con ropas holgadas, cómodas y de
brillantes colores, uno con el cráneo afeitado y otro con una larga melena
intensamente negra, un hombre y una mujer, a juzgar por la voz.
-¡Hey!
- Buenos días, dama y caballero.
Los dos se rieron, entusiasmados.
-¿Visita material posible, pes?
Pes: «persona de edad superior». Casi
lo había olvidado, tanto tiempo hacía que no hablaba con humanos.
-Por supuesto, por supuesto, será un
placer.
-Ésa es la meta, pes -contestó el
hombre levantando ambos pulgares.
Claro, el placer es el fin de todo hoy
en día, se dijo Frick a sí mismo. ¿Qué habrían respondido si les hubiera dicho
«será un honor para nosotros»? «Aclaración solicitada» probablemente. Hacía
tiempo que el honor sólo existía en las enciclopedias.
-¿Prefieren ustedes una visita por su
cuenta, una visita guiada por mí, o la guía de Robot 001, el androide del
museo?
Ambos pusieron los ojos como platos.
-¿Existe el androide?
- Claro que existe; es nuestro máximo
orgullo.
-Te dije que valía la pena venir antes
de que cierren -dijo la mujer calva al hombre de la melena.
Frick parpadeó.
-Si me disculpan... Este museo está
siempre abierto, salvo los días festivos de alcance europeo. Pueden volver
siempre que lo deseen.
-Error, pes -dijo el hombre-. Tenemos
información correcta de que el museo cerrará pronto. Cuando reconviertan el
parque.
El anciano sintió que le fallaban las
piernas.
-¿Tendrían la bondad de compartir su
información conmigo?
Los dos se miraron un instante; habló
la mujer:
-Hace meses que lo dan por las
noticias de la noche. Hannover no puede permitirse tener una zona tan grande y
tan céntrica sin aplicación concreta. Van a reconvertirlo en un área vivencial.
Dentro de un año esto será un nuevo barrio.
-¿Y el museo? ¿Y... -sus brazos se
abrieron tratando de abarcar el parque- todo?
- Derribado. Salvarán piezas únicas
que serán transportadas a Sydney, al Parque Temático de la Era Espacial Siglo
XX.
-¿ Con las montañas rusas gigantes y
el simulador marino? -Se le quebró la voz.
- Un sitio superloco, pes. Estuvimos
en verano.
-Discúlpenme. -Dio un paso atrás y se
dejó caer en la silla de plástico; tenía la sensación de que si no se sentaba
pronto, se caería redondo allí mismo.
-¿No te informaron, pes?
-No -graznó-. No sabía nada.
-Sydney es un buen sitio; te gustará.
No pensarían aquellos canallas del
ministerio que un hombre de su edad estaría dispuesto a dejar la ciudad donde
había vivido durante casi ciento veinte años para marcharse al otro extremo del
mundo a hacer de portero de atracción de feria. No podían pensar una cosa así.
Era una infamia, un ultraje, una espantosa humillación.
Los dos visitantes lo miraban del modo
habitual en los nuevos ciudadanos: con curiosidad indisimulada y sin ningún
tipo de compasión.
-Lo siento. Es problema mío, soy
consciente. ¿Qué clase de guía prefieren?
-El androide, lógico.
Frick pulsó un botón oculto bajo el
mostrador; unos segundos después aparecía Roy, con la misma cara de siempre:
bella, pulida, inexpresiva, elegantemente inclinada hacia la izquierda en señal
de atención.
-Se requieren tus servicios para
visita guiada.
-Será un placer.
-Lógico, cabeza de lata. -Ambos
soltaron la carcajada.
-Si tienen la bondad de seguirme...
Otto sabía que Roy carecía de la
capacidad de sentirse humillado, pero él la tenía por los dos, y el
comportamiento de aquellas personas era despreciable e indigno de seres civilizados.
¿O era él la reliquia de otros tiempos, con sus fórmulas de cortesía y su
anticuado concepto de la buena educación? Se sentía a punto de tener un ataque
de rabia, el primero desde su jubilación, desde que había abandonado el mundo
de esos espantajos vestidos de colorines para refugiarse en el mundo de su
juventud, donde aún se deseaban los buenos días y los hombres se distinguían de
las mujeres.
Estuvo varias veces tentado de
buscarlos por el museo y, oculto tras una mampara, escuchar su conversación,
pero las risas que le llegaban de vez en cuando desde las salas superiores
eran suficientes para descorazonarlo. Era mejor quedarse allí; no aguantaría
oír cómo se burlaban de Roy, de su cortesía, de sus movimientos mecánicos, de
sus ojos de vidrio rojo.
¿Qué pasaría ahora con él? ¿Lo
enviarían a Australia como pieza única o lo dejarían allí en el museo para ser
aplastado por las máquinas niveladoras cuando empezara la remodelación de la
zona? Él podía solicitar que le permitieran llevárselo a casa, pero la
comunidad de vecinos se opondría con toda seguridad. No se permitían animales
domésticos ni mecanismos robóticos autónomos con movilidad; eso constaba en
todos los estatutos desde el año 2027, porque no había servido de nada tratar
de hacer comprender al Ayuntamiento de la ciudad que todos los androides
existentes habían sido construidos según las tres leyes de la robótica y que
eso los imposibilitaba para hacer el menor daño a un ser humano.
Que la felicidad de un viejo estuviera
cifrada en la compañía de un androide era algo que nadie estaría dispuesto a
comprender. Si decidían trasladar a Roy, la única posibilidad que le quedaba
era acompañarlo a su nuevo destino, al otro lado del planeta, a un lugar extraño,
aunque, bien mirado, su propia ciudad era ya extraña para él: ya no conocía a
nadie, no comprendía nada y había perdido todo interés por mantenerse al día
de los desarrollos de una civilización que ya no le gustaba. De hecho, ya no
le quedaba más que morir. Pero ni siquiera eso era factible. Incluso en el caso
de que enfermara de gravedad, pondrían a contribución todos los recursos de su
maravillosa ciencia médica para mantenerlo en un simulacro de vida durante los
años o los siglos que fueran necesarios. El orgullo del mundo actual era que ya
casi nadie tenía que morir por fallo de sistema. Sólo la rotura total podía
causar problemas, y se preocupaban de que no hubiera muchas ocasiones de
romperse: los deportistas sólo lo eran de modo virtual, pocas personas viajaban
en materia y los transportes de superficie estaban limitados a velocidades
inferiores a los treinta kilómetros por hora. ¿Sería diferente en Australia?
¿Podría seguir manteniendo su minipark o un vehículo equivalente? ¿Le
permitirían vivir en un apartamento o tendría que ocupar una habitación en una
residencia para pes?
No tendría más remedio que enterarse,
porque estaba claro que pronto tendría que tomar una decisión, suponiendo que
le permitieran tomarla. Quizá los responsables del museo y de los vestigios de
la antigua Expo habían decidido ya lo que iba a pasar con él y no se habían
tomado la molestia de comunicárselo. ¿Era remotamente posible que Roy sí lo
supiera y no se lo hubiera dicho para no preocuparle? Estaba en su programación
básica el no dañar a ningún ser humano, y en los años que llevaban juntos él
se había molestado en enseñarle que para los humanos los daños psíquicos son
tan importantes como los corporales.
¿Y si los separaban? Roy no podía
sufrir; no estaba en su programación, pero para él sería lo peor del mundo, mil
veces peor que la muerte, porque la idea de morir le resultaba incluso
atractiva en ocasiones, y el pensamiento de tener que vivir sin Roy, sin el
museo y sin el parque, lo desgarraba por dentro, arrancándole el único
precario sentido a su existencia.
Lucharía por su vida como siempre
había hecho. En un mundo donde los medios dé comunicación y la opinión pública,
tan fácilmente manipulable, habían sustituido a Dios y a casi todas las
religiones, había posibilidades si presentaba el caso con habilidad. Lucharía.
Aunque se hablara de demencia senil, de aberración erótica, de pérdida de
realidad. Pérdida de realidad en una civilización donde había más de cincuenta
vocablos para identificar las diferentes realidades o sistemas o planos de
percepción que pasaban por reales. En su juventud existían la realidad, la
ficción y el sueño; en casos patológicos las alucinaciones y en casos místicos
-siempre mirados con suspicacia- las visiones. Eso era todo. Sin embargo
ahora... el mundo se había hecho demasiado complejo para él.
Volvieron a sonar unas risas, esta vez
casi a sus espaldas, en la sala de atrás, la última del recorrido turístico,
yeso lo devolvió al presente. Fue al cajón del armario y sacó la placa de identificación
donde firmaban los raros visitantes en materia para que constara en el
registro; no eran tan frecuentes las visitas como para dejar pasar la ocasión.
Sin embargo, cuando ya tenía preparada
la placa para que apoyaran la palma de la mano, se le ocurrió una idea insólita:
si, como era más que probable, aquéllas eran las últimas personas que
visitarían el museo antes de su demolición –y sólo pensado le traía lágrimas a
los ojos- , no les iba a poner aquella vulgar superficie electrónica delante.
Les sacaría el libro de visitantes ilustres, el libro de papel auténtico de más
de un siglo de antigüedad donde, al correr de los años, había estampado su
firma la aristocracia del mundo civilizado.
Se dirigió al reservado a toda la
velocidad que le permitían sus viejas piernas, no fuera a ser que se le
escaparan los visitantes al terminar la guía, y regresó apretando contra su
pecho un grueso volumen encuadernado en cuero azul profundo tachonado de
estrellas doradas.
Lo abrió sobre el mostrador y, con los
ojos cerrados, pasó la mana suavemente por el cremoso papel, sintiendo su
calidad, su belleza. Miró las firmas estampadas en tinta, las nobles rúbricas,
las líneas elegantes y sabias que sólo los antiguos habían sido capaces de
trazar: el Canciller de Alemania, el viejo Canciller que había impulsado la
idea de una Europa unida y de quien nadie se acordaba ya, el rey y la reina de
España, muertos tiempo atrás porque ya eran demasiado viejos cuando se generalizó
el implante médico, como el Príncipe de Gales que nunca llegó a ser rey, como
Madonna, una de sus cantantes favoritas en aquella época lejana. Tantos y
tantos nombres olvidados, nombres de muertos ilustres que aquel mes de mayo
estaban vivos y felices en medio de los portentos del parque.
Fue pasando las hojas lenta,
reverentemente, en un homenaje a un mundo perdido, hasta que de repente, en una
de las páginas correspondientes a octubre de 2021, vio su propia firma junto a
otra que ya casi había olvidado: la de su esposa Sigrid, muerta en accidente apenas
tres meses más tarde. Se le nubló la vista y tuvo que sacar el obsoleto
adminículo que llevaba siempre en el bolsillo del uniforme: un pañuelo de
tela, resto de las últimas sábanas que consiguió, antes de que dejaran de
fabricarlas para sustituirlas por las desechables que se usaban ahora.
Sigrid. Sigrid, y él a los treinta y
nueve años, ingeniero jefe de automación de Intrascorp, la compañía más
poderosa del mundo en su ramo. Su firma de triunfador, firme, segura,
equilibrada, junto a la artística de ella. Nunca habría pensado en aquel
entonces que iba a acabar así: vestido de uniforme, custodio de un museo
desierto, enloquecido de dolor ante la idea de perder a Roy, que desde la ya
tan lejana muerte de Sigrid se había convertido en su única familia.
Los visitantes se acercaban charlando
ruidosamente en la jerga sincopada en la que se habían amalgamado todas las lenguas
de Europa. Roy los seguía en silencio, correcto como un mayordomo británico,
con ese deslizamiento un poco rígido que a él siempre le hacía pensar en el
hombre de hojalata de El Mago de Oz, el que estaba convencido de no
tener corazón.
-Espero que les haya gustado el museo
-dijo, sobreponiéndose, tratando de alejar los tristes pensamientos que le
había suscitado aquella página olvidada-, y que nos hagan el honor de firmar en
el libro de visitantes ilustres.
El hombre y la mujer dejaron de
charlar y se acercaron al mostrador, curiosos.
-¿Esto es un libro real?
-Por supuesto.
-¡Qué sube! ¿Posible tocar en materia?
-Adelante, señora.
La mujer pasó la mano sobre el papel.
-Toca tú ahora. Es tan... nuevo.
El hombre puso las dos manos sobre la
página.
-Total.
Los dos se quedaron mirando al
anciano.
-¿Qué tenemos que hacer?
-Pues... firmar, claro. Sus nombres.
Quizá algún comentario.
-¿Dónde está el micro?
El viejo miró a Roy como pidiendo
ayuda, pero Roy siguió en silencio, detrás de los humanos.
-No hay micro, es demasiado antiguo
para llevar un registro de voz. No, no busquen, tampoco hay placa. Aquí tienen
que firmar con una pluma -terminó, vacilante, ofreciéndoles el instrumento.
Se echaron a reír estrepitosamente,
cabeceando como locos.
-La mayor parte de los humanos de la
generación actual ha olvidado el arte de la escritura, doctor Frick -informó
Roy, con un algo suave que al anciano le pareció delicadeza.
-En ese caso..., les ruego me
disculpen. -Cerró el libro y lo ocultó en el cajón de debajo del mostrador-.
Gracias por su visita. Vuelvan otro día.
Había algo consolador en las frases
hechas, en las fórmulas de cortesía, algo que permitía esconderse, no dañar ni
ser dañado, conservar la dignidad. Lo había aprendido con el tiempo. Tal vez
aquellos jóvenes lo aprendieran también, cuando llevaran más de cien años en el
planeta y la vida empezara ya a dolerles.
Estaban a punto de atravesar las
puertas sin siquiera despedirse cuando el sonido de una explosión los hizo
volverse de nueva, espantados. También Otto y Roy se habían quedado mudos, su
comprensión totalmente paralizada por la novedad de la percepción.
-¿Qué es eso? -chilló el hombre.
No recibió respuesta, pero no era
necesaria. El exterior, justo la parte de parque que se veía a través de las
grandes puertas de cristal, había desaparecido tras una cortina de llamas.
-Puede ser un bombardeo -informó Roy
con su voz tranquila.
-¿Cómo va a ser un bombardeo? -Pero la
voz nerviosa del anciano quedó cortada por una nueva explosión que iluminó por
un instante, antes de hacerla añicos, la gran vidriera del Sistema Solar. Por
el agujero se veían brillar las llamas, hermosas y terribles.
-Bombas incendiarias -anunció Roy-.
Sugiero que subamos a la terraza.
Los dos humanos estaban rígidos de
terror y se abrazaban como si se hubieran quedado clavados en el sitio.
-Tengo que insistir, señores. ¡A la
terraza!
En un instante ambos salieron disparados
hacia el ascensor. -¡No! -gritó Frick-. ¡Los ascensores son peligrosos en caso
de incendio! ¡Por las escaleras!
Pero ya habían pulsado el botón de
subida y la lágrima se deslizaba hacia arriba, fuera de su alcance.
-Vamos, doctor Frick, suba usted. Yo
me ocuparé de ellos si hay problemas con el mecanismo de apertura.
-Ni hablar, Roy. Tú vienes conmigo.
-Tengo que proteger la vida humana,
doctor.
-Yo también soy humano, maldita sea. Y
mi corazón ya no está para estos trotes.
El rugido de las llamas sonaba como un
fuerte viento agitando hojas secas, un sonido caliente y enrojecido. Subieron
todo lo rápido que permitían los músculos de Frick hasta el tercer piso; a
partir del rellano, Roy tuvo que tomarlo en bra zos y llevarlo hasta arriba,
donde los dos humanos contemplaban, perplejos, el infierno en el que se había
convertido el perímetro del edificio.
-Solicito aclaración -dijo la mujer,
con labios que temblaban-. ¿Qué está pasando? ¿Hay peligro de rotura total?
-Me temo que es una posibilidad a
considerar, señora. Según la información ciudadana, es una banda de jóvenes
incontrolados. Pero la fuerza de bomberos ya ha sido avisada. Su media
estadística, tomando en cuenta la distancia, es de tres minutos, diez segundos
-informó Roy.
Desde arriba, entre el espeso humo
negro que los rodeaba, alcanzaban a ver figuras humanas que aullaban y danzaban
más allá del círculo de fuego. De vez en cuando, un silbido precedía a una
nueva explosión acompañada del sonido de los vidrios estallando en una lluvia de
plata.
Roy se acercó a Frick y le habló al
oído:
-Cuando lleguen los bomberos, tendrán
que saltar desde aquí. No hay otra forma, doctor. Sé que para los humanos el
terror de perder la vida es un elemento paralizante y que hace incalculable su
comportamiento. Tendré que arrojarlos desde el bordillo, pero usted sabe que
puedo calcular la trayectoria de caída para minimizar el riesgo. -Sí, Roy, lo
sé. Confío en ti. Pero tendrás que luchar con ellos. Ellos no comprenderán,
aunque se lo explique.
Un segundo después empezó a oírse la
sirena sobre el fragor de las llamas y, a través del aire caliente que
deformaba la visión, vieron acercarse el camión de los bomberos que, a pesar de
los años transcurridos en el nuevo siglo, seguía pareciendo un camión de
bomberos de los que Frick recordaba de su infancia. Detrás del gigante se
acercaba una procesión de vehículos de superficie con los brillantes rótulos
de los medios informativos. Casi inmediatamente empezó a oírse también el
tableteo de los rotores de varios helicópteros que volaban en círculos sobre
sus cabezas.
-Nos sacarán desde el aire -dijo el
hombre con una especie de rugido triunfal.
-Negativo. -Roy seguía impertérrito en
el calor asfixiante que estaba empezando a ennegrecer de humo la plata de su
cuerpo-. El riesgo es excesivo. Sólo han venido a filmar.
-Tendremos que saltar a la red de los
bomberos –dijo Frick, tratando de sonar razonable-. No es demasiado peli groso si dejamos que nos lance Roy. Él
calculará la caída.
La cara de los dos humanos estaba
desfigurada por el terror.
-No hay otra salida, créanme. Es eso o
la muerte.
Ahora los dos empezaron a aullar como
fieras enloquecidas, ahogando casi la voz del jefe de bomberos que trataba de
hacerse entender con un megáfono sobre el fragor del incendio.
-¡Salten cuando yo dé la orden! ¡Hay
una red frente a la fachada principal!
-Contéstales que lo hemos entendido y
estamos dispuestos, Roy.
-Hecho, doctor.
-¡Vamos! ¡No hay más remedio!
La pareja seguía paralizada,
agarrándose uno al otro como si de no soltarse dependiera su salvación. No
parecían dispuestos a dar un solo paso.
-Tenemos apenas un minuto, doctor.
Tiene que ser ahora.
-¡De acuerdo!
El androide y el anciano avanzaron
juntos hacia la pareja, empujándolos hacia el borde de la terraza en una agonía
de aullidos, humo grasiento y calor infernal. Junto a la fachada, las llamas
surgían poderosas, como una catarata invertida y escarlata.
-¡No podemos cruzar por ahí!
¡Moriremos! ¡Es imposible! -aulló uno de ellos.
Roy se agachó, tomó impulso y,
sujetándolos el tiempo necesario para calcular la caída, los empujó al vacío.
Las llamas se tragaron su alarido.
-Los tienen, doctor. Ahora usted.
Frick miró los ojos de Roy, del mismo
color que las llamas, y negó con la cabeza.
-No, Roy. Ahora tú.
Durante dos segundos el androide
pareció haber perdido la capacidad de comprender la lengua que había hablado
toda su vida.
-Es imposible, doctor. Tengo que
salvar la vida humana.
Es la primera ley, usted lo sabe.
-Sí, Roy, sé todas las leyes de la robótica:
la primera, la segunda, la tercera; yo te programé, ¿recuerdas? Pero los
humanos también tenemos leyes en nuestra programación.
Avanzó un paso hacia el androide, que
dio un paso atrás, en dirección al borde de la terraza.
-La cuarta ley: hay que salvar lo que
es único.
Aprovechando la confusión del
androide, apoyó las manos con todas sus fuerzas en los hombros de Roy y, de un
empujón que le costó toda la energía de su cuerpo envejecido, lo lanzó hacia
la calle:
-La quinta. No la olvides nunca, hijo
-gritó sobre el estruendo de las llamas-. La quinta ley: Hay que salvar lo que
se ama.
Luego se dejó caer sobre el pavimento
de mármol blanco de la terraza, donde casi ochenta años atrás había tomado un
martiní, brindando con Sigrid por el futuro.
Esto era el futuro. Cerró los ojos
inhalando el humo acre del incendio y sonrió.
Publicado en: Asimov Ciencia Ficción,
nº 17, marzo-abril 2005.
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