Llevaba ya dos
días caminando por la roja y fría llanura: adelante, solo adelante. Vestía un
overol azul subido que se distinguía a distancia, pero no acariciaba la
esperanza de que lo encontraran. Habría sido un milagro que en el silbido
monótono del aire de Marte hubiera irrumpido el zumbido de un motor.
Caminaba con
paso de autómata, mesurado, ahorrando energías: seis kilómetros a la hora, ni
más ni menos. Sus pensamientos también se sometían a un ritmo monótono. Del
trayecto recorrido habían quedado en la memoria algunos fragmentos; todo lo
demás se había fundido en una faja, nebulosa, alejándose la vida anterior al
infinito, empequeñeciéndose y haciéndose irreal, como un paisaje visto con los
prismáticos al revés.
No había
temor. Había el obstinado avance, un cansancio mortal en el cuerpo y una
insensibilidad alucinante en los pensamientos. Únicamente le dolía cada vez más
el hombro izquierdo, torcido por el peso del balón de oxigeno (el otro balón ya
lo había consumido y arrojado). Todo lo demás estaba en orden: sentíase bien
alimentado, no experimentaba sed, la calefacción eléctrica funcionaba a pedir
de boca, y las botas no le apretaban ni le rozaban. No tenía que combatir la
extinción del cuerpo, privado de afluencia de energía vital, no tenía que
arrastrarse con las últimas fuerzas obedeciendo ya al instinto y no a la razón.
La técnica lo libraba ahora incluso de los sufrimientos.
A cada momento
se arreglaba maquinalmente la mochila para equilibrar la carga sobre el hombro.
Cada vez que lo hacía cambiaba la posición de la cabeza, y el silbido del
viento en los oídos (mejor dicho, en el casco interfónico) tan pronto arreciaba
como disminuía. A pesar del viento, el aire era puro y transparente, el cercano
horizonte se dibujaba claramente, la helada apretaba en el cielo violáceo, como
en el suelo, lo que hacía que en el cenit las ralas estrellas brillasen sin
parpadear, severamente.
Experimentaba
aún placer al cruzar las pequeñas lomas. La subida no era abrupta, no tenía que
aminorar el paso y en las bajadas incluso lo aceleraba y se alegraba de que los
montículos le ayudasen a ir más rápido, aunque era una evidente ilusión y él lo
sabía. En su infancia le gustaba imaginarse que no andaba, sino iba montado en
algún vehículo, que el mismo era un automóvil y en vez de piernas tenía cuatro
ruedas. Le gustaba "darse gas" a si mismo, o sea, acelerar la
velocidad, "hacer girar el volante" para evitar el choque con un
peatón y "pisar el freno". Ahora se le antojaba también que era una
máquina.
Poco a poco se
iba alargando su sombra. Cuanto más descendía el sol tanto más roja se tornaba
la llanura. Las laderas de las lomas llameaban. Pero en los altibajos se iban
acumulando ya las sombras. Se emboscaban allí como las aterciopeladas garras de
una fiera salvaje. El viento amainó sin advertirlo él. Todo quedo yerto, y a
Severguin —así lo llamaban en otros tiempos, pero ahora eso no tenía importancia—
lo invadió la zozobra que precede a la llegada de la noche, cuando el hombre
esta solo e indefenso en medio del desierto.
Miró el sol y
sintió una pena indescriptible. Pese a todo confiaba en lo más profundo de su
alma que lo salvarían... El fin de la luz diurna significaba el fin de la
esperanza.
De los lejanos
cúmulos azulosos de eretrio, atravesando las sombras, algo vivo se acercaba a
Severguin. La mirada de los ojuelos brillantes y rosados de una fierecilla se
clavo en el hombre. Severguin llevóse la mano a la pistola. Pero la fierecilla,
convencida de la presencia del intruso, continuó corriendo sin detenerse. Por
lo visto, algún sabio instinto había sugerido al animal que este ser bípedo no
tenía nada que ver con Marte, que se encontraba allí casualmente, que estaba
vivo casualmente y que desaparecería no casualmente antes de que el sol
volviera a iluminar la llanura.
Severguin
estuvo a punto de disparar tras el animalejo de tanta lástima que sintió de si
mismo. Se diría que alguien había vuelto al revés los prismáticos, y el pasado
se reavivó. El pasado que lo había decidido todo. ¿Por qué la naturaleza no lo
había hecho a él como a todos los demás? ¿Por qué, por qué?
Agachando la
cabeza y casi enloquecido corrió al encuentro de las sombras que se acercaban
furtivamente. Los músculos, como él esperaba, se le hicieron pesados como el
plomo, pero él seguía corriendo cual si quisiera mortificar su cuerpo.
A los cien
metros se rindió. Cualquier otro hombre de su edad y salud habría recorrido
mil. A el le bastaron cien para caer extenuado.
Así había sido
siempre.
Había nacido
tarado, no como todos. El mal no consistía en que no podía comer pan, hay miles
de personas que no pueden comer determinados alimentos: eso no pasa de ser una
incomodidad. La naturaleza le había negado algo más importante: fuerza. No era
más enfermizo que otros muchachos, pero se ahogaba al correr los cien metros,
no podía levantarse a pulso en la barra fija y lloraba cuando intentaba los
ejercicios en la espaldera.
Podía con las
prolongadas sobrecargas físicas, como la marcha a grandes distancias. Su caso
era distinto. Al motor durante el período de rodaje se le pone un limitador. A
su organismo le habían puesto el limitador para siempre. No podía realizar
esfuerzos bruscos que requirieran una gran energía, como la mecha enrollada no
puede dar una llama esplendente.
Los muchachos
de su edad lo miraban de arriba abajo despreciándolo por su debilidad, y a los
profesores de educación física los exasperaba. Si los médicos diagnostican que
el chiquillo está sano, si su complexión es normal ¿qué derecho tiene a
avergonzarlos colgando de la maroma como un costal? La educación física fue la
pesadilla de la niñez y la adolescencia de Severguin. Al ver las paralelas o
las anillas se echaba a temblar como un condenado al tormento. "¡Campeón,
campeón!", le gritaban los chiquillos en los gimnasios que olían a sudor y
polvo. Y el palidecía sabiendo con que risas (bonachonas, pero no menos
ofensivas por eso) acogerían su vergonzoso y estúpido salto sobre el potro.
Lo salvó el
cuarto o quinto médico al que lo llevaron sus padres sobresaltados. Ese doctor
tampoco le encontró nada en el corazón ni en los pulmones, pero no se encogió
de hombros ni miró al muchacho como a un simulador, sino que dijo tranquilamente:
—Desviaciones
en el metabolismo, parecen genéticas. Por ahora es incurable. No se aflija.
Usted no será futbolista, pero en lo demás... En la edad de las cavernas a
usted lo habría devorado el primer tigre, pero ahora ¿que importancia tiene
eso? Con que no haga caso.
La pesadilla
se desvaneció para siempre.
Ya ven en que
había terminado todo eso: en la llanura de Marte que se apagaba tristemente, en
la alocada huida de si mismo...
Severguin se
tendió, puso las piernas en alto para que descansaran mejor. Estos sencillos
movimientos lo tranquilizaron. El acceso de desesperación le devolvió la
serenidad.
Tenía la culpa
de todo, no podía acusar a nadie. Él mismo había desafiado al destino
emprendiendo el viaje a Marte. Claro, no había sido como en la infancia cuando,
berreando de furia, agarraba una y otra vez la barra de discos para levantarla
o caer muerto. ¡Oh, el célebre doctor en microbiología se había olvidado de
aquellos pugilatos! Hacía ya tiempo que vivía en un mundo donde todo lo decidía
la inteligencia y los méritos físicos no tenían importancia. Allí estaba en su
sitio, más que en su sitio.
No es extraño
que le rogaran precisamente a él y no a otro trasladarse permanentemente a
Marte para aclarar la alarmante conducta de las cristalobacterias que
atravesaban de modo inexplicable los filtros de la depuración de agua. A todo
el mundo le tenía sin cuidado que el pudiera o no levantarse a pulso en la
barra fija: Marte necesitaba su inteligencia y no sus músculos.
Habría podido
negarse, pero no lo hizo. Llegar a Marte como un elegido, acercarse al campo de
batalla donde el hombre sostenía una ruda lucha por sobrevivir, ¿podía
renunciar él a tan brillante desquite por las humillaciones de la niñez? Para
sentirse el elegido había que cerrar los ojos a una insignificancia: nadie...,
—ni los hombres ni las circunstancias— le exigía a sabiendas que en Marte el
luchase a brazo partido con la naturaleza. Allí, lo mismo que en la Tierra,
continuaría siendo pasajero de la nave llamada civilización y estaría resguardado
de los temporales por portillas seguras.
La posibilidad
de una avería estaba excluida. ¿Acaso el capitán de un barco que toma pasajeros
a bordo les pregunta si saben nadar?
...Volaba de
Sezoastris a Titanus sentado en el cómodo sillón de un diminuto cohete
automático que despegaba, aterrizaba y lo hacía todo el mismo. Iba sentado en
el sillón y leía. Se rehizo únicamente cuando vio que abajo se acercaban los
peñascos. No advirtió, y ahora no lo sabría nunca, lo que se había estropeado
en el mecanismo. Pero incluso al caer, el cohete se preocupo de él: la
catapulta lo lanzó antes de que el se diera cuenta de lo ocurrido.
Lo único que
no pudo hacer la automática fue preservarlo del golpe en la roca al descender
en paracaídas (pero hasta la madre más solicita no siempre preserva a su
criatura de una contusión). Por suerte, el porrazo no se lo dio Severguin, sino
la mochila de la provisión de emergencia. La radio quedó convertida en una
ensalada plateada por los añicos del termo del café, pero todo lo demás quedo
intacto, incluyendo el famoso plan-mapa que permitía fijar exactamente la
situación en cualquier terreno.
Se orientó en
cuanto volvió en si. Todo estaba muy bien y muy mal. Se encontraba en la parte
sur de la cordillera de Mitchell a un lado de la ruta que seguía el cohete y
fuera de la zona de observación de los radares. Eso significaba que Sezoastris
no había conseguido detectar el lugar de su caída ni siquiera aproximadamente.
En cambio se hallaba a ciento sesenta kilómetros nada más del poblado de los
geólogos. Los balones de la escafandra y de la provisión de emergencia le
aseguraban treinta y seis horas de respiración. Tenía también tabletas que
quitaban el sueño. El terreno montañoso terminaba a unos siete kilómetros del
lugar de la caída, y los montes no eran demasiado escarpados ni demasiado
altos: como a propósito para los excursionistas. ¡Estupendo! En seis horas
atravesaría los montes, más allá comenzaría el llano, donde podría mantener
perfectamente una velocidad de cinco kilómetros y medio por hora. Tendría
tiempo de llegar. Porque andar no es correr, en esto su organismo no fallaría.
Hubo un
momento en que incluso se alegro: ¡si se tomaría la revancha!
Desparramó
pintura fluorescente en torno al lugar del accidente para que se viera desde
arriba y se puso animosamente en marcha.
Había olvidado
que incluso en los montes de poca altura, si no se quería quintuplicar el
camino, había que trepar en algunos sitios por paredes verticales, saltar las
grietas, subir a pulso, o sea, hacer cosas de las que él no era capaz.
En salvar los
primeros siete kilómetros necesitó quince horas cuando cualquier muchacho con
distintivo de montañista habría tardado seis u ocho a lo sumo.
Más adelante
iría dándose cuenta de que le faltaría tiempo para llegar.
El pequeño sol
marciano rozó el borde de la llanura. Severguin se levantó. Su sombra alargada
galopó tras el horizonte. Había que caminar para que el ritmo del movimiento
adormeciera las emociones que lo embargaban.
No había
recorrido ni un kilómetro cuando la llanura oscureció. Pero en lo alto del
cielo fulguraban una tras otra plumosas nubes invisibles durante el día, como
si alguien las tocase arrancándoles acordes de música en colores. Los tonos
dorados, y rojos eran delicados, leves y altos, flotaban en el cristal violáceo
del cielo cual pétalos de flores transparentes.
Severguin
levantó la cabeza y anduvo así sonriendo de algo, sorprendiéndose de que
sonreía y deseándose ser siempre como ahora.
No hay que
llevar la contraria a la naturaleza: solo ahora había comprendido esta verdad.
No hay que exigirle un confort de cojines de diván, hay que tomar lo que da y
amar cada instante de la existencia, pues, de todas maneras, en lontananza a
cada uno le espera la muerte. Así pues, ¿vale la pena odiar la vida por no
corresponder del todo a los deseos? La piedra cae, el río discurre, el hombre
busca la felicidad, todo se realiza según sus propias leyes, esas leyes hay que
comprenderlas, pero discutirlas, ¿para qué?
Severguin
atravesó sin darse cuenta el límite que separaba el espacio de vida no
ensombrecido por la próxima muerte de la última recta en que uno sabe
exactamente la hora de su final. Diversas personas cruzan ese limite de
distintos modos, pero todas descubren tras el algo nuevo para ellas, algo
terrible y grandioso en lo que hay horror y resignación.
El cielo se
puso negro, pero la oscuridad no duró mucho: se levanto Deimos. El terreno
proyectó reflejos plateados, y el frío que notaba en la rodilla a cada paso
cuando se tensaba la tela se hizo más sensible. Severguin aumentó la
calefacción eléctrica.
El llano se
hizo plano como un mantel extendido, pero en algunos lugares lo manchaban, cual
finas pinceladas de tinta china, las sombras de las ralas saetas de safar,
mustios matojos de hierba marciana. Inesperadamente Severguin advirtió que se
esforzaba por no pisarlas y se sorprendió preguntándose de donde le habría
nacido ese instinto solícito.
Después
recordó de donde. Cierta vez, un nublado y ventoso día de abril iba por un
robledal. Los árboles se alzaban desnudos, como en el invierno, retorcidos;
alfombraban el suelo quebradizas hojas, y bajo los pies crujían las bellotas,
grises y pardas como las hojas. Era un placer oír como crujían las bellotas
bajo los pies. En ese ruido se sentía la potencia de los pasos de un hombre
seguro de si mismo, el peso de su cuerpo sano y fuerte. Así camino hasta que
entre la marchita hierba le llamo la atención una estrellita de color verde
pálido. Se agachó sorprendido: era el brote de una bellota que ya había
arraigado en la fría tierra. Y vio que a su alrededor había muchas estrellitas
como aquella, crecían por todas partes; y él las pisaba. De puntillas se
apresuro a abandonar el bosque.
Como entonces,
Severguin se detuvo y se agachó ante un tallo de safar. Sin explicarse por qué,
le pareció que contemplar la hierbezuela era más importante que todo lo demás.
El tallo del
safar parecía un alambre mohoso, clavado en el terreno helado. Era más
resistente que un alambre de acero, no se podía aplastar como una bellota,
Severguin lo sabía. Pero el safar también esperaba la hora de su despertar como
la bellota. En esa atmósfera enrarecida, pobre en oxígeno y calor, también
tenía reservada su primavera. No se helaba, vivía magníficamente en un medio
mortífero para todo lo terrenal que no estuviera resguardado por la escafandra
y las paredes del invernadero.
A ello también
había que resignarse.
Inesperadamente
del tallo del safar partió una segunda sombra, delgada como una aguja de hacer
punto. Despuntaba Fobos.
Severguin se
enderezó. Lo rodeaba la llanura vivamente iluminada. Las dobles sombras
estrechas semejaban caracteres de escritura cuneiforme. Severguin, plateado por
las lunas, se alzaba sobre la oscura letrera como un monumento.
Y, pese a
todo, a su lado había vida. Cuantas veces, fijándose en el campo del
microscopio claramente dibujado, se había admirado de la tenacidad de la vida.
Con frecuencia la plaquita de vidrio recordaba un campo de batalla por lo
espesamente sembrado de cadáveres de bacterias muertas por los tóxicos, los
rayos ultravioletas o la radiación. Ni el menor asomo de movimiento, como
ahora. Pero era una impresión engañosa. A veces un solo organismo entre
millones, uno solo entre miles de millones, sobrevivía y marcaba el comienzo de
una nueva raza. Algo ignorado, que lo distinguía de todos los demás, había
vencido a las circunstancias conquistando para la vida una nueva esfera donde,
al parecer, no existía ningún asidero.
Así fue
siempre. Ningún error de la naturaleza ha sido error. La vida terrenal que
nació en el agua, se apoderó de la tierra firme, salió al aire, descendió a los
profundos estratos. ¿Quién sabe, tal vez dentro de cientos de millones de años
sin la mediación del hombre su presión habría lanzado las semillas de nuevos
brotes al cosmos transportándolas a otros planetas? ¿Por qué no?
La tierra
firme también era un desierto funesto para los habitantes del mar. Pero ola
tras ola, arrastrados por las circunstancias, iban al asalto, y por billones
que morían siempre había algunos que no eran como los demás, que sobrevivían en
el nuevo medio.
Ese era el
único caso en que se justificaba su existencia, pues, en las condiciones
habituales esos mismos seres estaban condenados a perecer. Cuando una bandada
de pájaros es sorprendida por la tempestad, la muerte no escoge a ciegas las
víctimas. El estándar verificado en millones de años de evolución puede
resistir a la tempestad porque fue pulido por miles de tempestades del pasado.
Pero desdichado del que no corresponda al estándar.
Severguin no
era estándar y por eso las montañas lo vencían, pero él no podía vencerlas. La
técnica ha permitido al hombre casi evitar perdidas en el trayecto a otros
mundos. Si no fallara nunca, no habría ninguna perdida. Pero no ha habido ni
puede haber una coraza absoluta...
Severguin
comprendió súbitamente por que, de todo lo que podía pensar en sus últimas
horas, pensaba en eso. Con el subconsciente, involuntariamente, buscaba
consuelo. La inteligencia no puede resignarse con la insensatez de la vida ni
con la insensatez de la muerte. Es así como está dispuesta. Pero eso no es
ningún consuelo.
Lo rodeaba el
más profundo silencio. Las lunas se habían aproximado y miraban desde lo alto
fijamente, como dos ojos. Cualquier movimiento en este mundo inerte habría
parecido un sacrilegio. Severguin aceleró el paso.
Ahora no lo
hará. En el momento en que comience la asfixia no sacará la pistola y no se
pegará un tiro. A los vivos no les dará igual como sucumba él. Será un doloroso
golpe para los amigos si lo encuentran con un agujero en el corazón. ¿Cobardía?
No era eso... Simplemente el hombre tiene el deber de luchar hasta el último
aliento. Como lucha la hierba, como luchan las bacterias. La capacidad de
resistencia de la humanidad depende de la capacidad de resistencia de cada uno,
eso es todo.
Ahora caminaba
y pensaba en los amigos, en los seres amados, en lo que había hecho y no había
hecho. Mucho de lo que antes le había parecido trascendental, ahora carecía de
valor. La fama, el poder, el éxito no confortan al hombre cuando llega la
muerte. Antes y después de ella el ser humano vive por lo bueno que hizo para
los demás. Únicamente la amistad, el agradecimiento y el amor pueden sostener y
tranquilizar cuando llega la hora de hacer el balance. Sobre todo el amor.
Ahora, si eso
fuera posible, viviría de un modo bien distinto.
Era tarde.
Fobos se
extinguió. Soplo el vientecillo del amanecer. Por lo tanto viviría hasta la
mañana. Sin saber por que quiso que eso sucediera a la luz del sol.
Pero en el
regulador de la presión del aire se oyó tres veces un "clic".
Le entró frío.
La señal avisaba que el oxigeno se agotaría dentro de diez minutos. Era el fin.
Las piernas
entumecidas lo hicieron sentarse en una piedra blanquecida por la escarcha. En
el horizonte el cielo había palidecido un poco, pero faltaba mucho todavía para
la salida del sol.
¿Apagar la
calefacción y helarse? Dicen que eso parece un sueño.
Y de pronto le
entraron unas ganas increíbles, feroces, de vivir. No había tenido tiempo de
concluir, de corregir muchas cosas; no había amado del todo, ¡no podía
desaparecer simplemente así!
Se levantó de
un salto. Y sintió ahogo. Como si le apretaran una máscara a la boca. Los
pulmones se dilataban y contraían cada vez con mayor frecuencia, le dolía, la
garganta se le oprimía en un estertor, cayó de rodillas, pero comenzó a
arrastrarse. Y cuando se le nubló el entendimiento y el cuerpo se agitó
convulso, arrancóse el casco y tragó viento marciano, como el naufrago traga
agua porque no puede dejar de tragarla.
En los pulmones
entro un airecillo fresco, el dolor iluminó el cerebro con postrer fogonazo, y
todo se apagó.
Se apagó para
volver a fulgurar. Severguin se despertó de los espasmos que le retorcían los
pulmones, y vio ante sus ojos algo rojo, flameante.
Haciendo un
esfuerzo sobrehumano alzó la cabeza. Clareaba ya. ¡Y él se arrastraba! ¡Y
respiraba el aire marciano! Su organismo no era como el de los demás: había
sobrevivido.
No tenía
conciencia de ello. Seguía arrastrándose. Se arrastraba furiosa y tenazmente
obedeciendo ya no a la razón, sino al instinto, adelante, adelante, hacia donde
estaban los hombres.
FIN
Publicado en:
Revista Literatura Soviética.
Traducción:
Ángel Pozo Sandoval.
Edición
digital: Coyllurcf.
Revisión:
Sadrac.
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