«¡Hay que
ver! —se sorprendió Riábtsev, siguiendo presuroso a Teleguin—. Es como sí el
cuento se hiciera realidad. Voy a entrevistar a un lobo parlante. La cabeza me
arde, todo se atropella: la latosa ascensión, los detalles…»
Porque a su
alrededor todo era demasiado ordinario, como siempre, como cien y mil años
atrás y, seguramente, como antes de la aparición del hombre. En el cielo
nebuloso calentaba un sol empañado, bajo los pies se hundía pegajosa la arena
rojiza mezclada con pinocha; los ramosos pinos obligaban a dar rodeos respirando
el aire estadizo de la ladera. Reprimiendo el jadeo, Riábtsev se esforzaba para
no rezagarse de Teleguin que, pese a su avanzada edad, caminaba ágilmente sin
hollar la arena, como si no fuera un hombre, sino un silvano.
Por fin los
dos treparon a la cresta y, a una señal de Teleguin, tomaron asiento al pie de
un nudoso pino. Allí soplaba un vientecillo suave, pero ya fresco, como si por
el camino hubiera lamido hielo. Riábtsev se apresuró a abrocharse el anorak.
A la vista
se ofreció un vasto paisaje de oscuras lomas pobladas de pinos, entreverados
con los fulgores rojiamarillos de abedules y pinos que parecían dormitar bajo
el cielo pálido. En la lejanía gris clara espejeaba un pequeño lago solitario,
guarnecido de hirsuto cerco. Por abajo irrumpía en el ambiente resinoso un
chorro de olor a hongos rancios, y el cuerpo, como reconociéndose a sí mismo,
captaba complacido todas las misteriosas corrientes de la Naturaleza. Ni el
menor ruido en ninguna parte, salvo el susurro de las ramas, ni un movimiento
hasta el horizonte, como si el siglo veintiuno sólo lo hubieran soñado los
hombres. De un abedul cercano se desprendió y cayó revelando una hoja amarilla.
—¿Dónde
está el amo? —preguntó Riábtsev, recorriendo distraídamente con la mirada las
lejanías.
—Allí —Teleguin
señaló de mala gana con un gesto una profunda quebrada—. Allí está su cubil.
Seguro que ya nos ha visto. Esperemos.
Una hormiga
extraviada pretendía subirse a la rodilla. Riábtsev se la quitó de un
displicente papirotazo y miró de reojo a Teleguin. Este permanecía sentado,
quieto como una estatua, mirando inmóvil el espacio. Diríase que se había
olvidado del periodista, abstraído en sus pensamientos, como si la primera
interviú a una fiera que iba a conocer la historia fuese la cosa más corriente.
Permanecía ensimismado, el viento jugaba con el halo de cabellos canosos sobre
la abombada frente; se le marcaban las arrugas junto a los ojos azules ya un
poco desvaídos y, más que un científico, parecía el bondadoso viejecito
ermitaño de la leyenda al que acudían mansamente las fieras y los pájaros...
Todo
retorna a sus giros, le pasó por las mientes a Riábtsev. Te equivocas —se
rebatió a sí mismo—. Tu ermitaño es un mito. Ocurre, simplemente, que en estos
tiempos las leyendas y los cuentos se hacen realidad. Deben hacerse, pues la
ilusión y la fantasía, a fin de cuentas, son premoniciones, ¿por qué
asombrarse? Nuestros abuelos llegaron a conocer el tapiz volador, o sea, la
nave a chorro, y ahora yo voy a conversar con un lobo, reseñaré esta entrevista
y el mundo lanzará una exclamación de asombro... Pero no, el caso es que no se
asombrará. Se regocijará, se sorprenderá un poco, pero, en general, lo tomará
como algo natural, pues todo el mundo se ha acostumbrado ya a ver realizadas
las fantasías. Se asombraría si dejaran de realizarse. Eso sería una excepción
de la regla, lo mismo que si de pronto la masa dejara de convertirse en
energía. Y siendo así... Está claro que los animales como el lobo piensan, de
alguna manera, eso ya lo dijo Engels. Por lo tanto, se puede captar la dinámica
electromagnética de las corrientes biológicas, desentrañar este complicado
embrollo (muy complicado, nadie lo discute), encontrar la correspondencia de
los símbolos incomprensibles y traducirlos a los sonidos del lenguaje normal. «Y
habló el lobo con voz humana...» a través de un transmisor. Por fin, dirá la
humanidad, por fin la ciencia ha salvado la barrera del lenguaje para entrar en
contacto con los animales; será interesante oír lo que piensa el lobo...
Y de todos
modos. Eso es, de todos modos...
—¿Y si le
silbamos? —preguntó Riábtsev, sonriendo—. Parece que nuestro amigo no tiene
prisa...
—En cambo
la tenemos nosotros —Teleguin se enderezó bruscamente y lanzó una mirada
punzante al periodista—. ¡No es un perrito! Seguro que anda dando vueltas,
mirando qué clase de huésped ha venido.
—A tal
señor, tal servidor —paró al instante Riábtsev, intrigado por el cambio de
tono.
Y al
momento se arrepintió de que hubiera podido más en él la costumbre de no
desconcertarse en la polémica. Pero, al parecer, también a Teleguin lo había
turbado la severidad de sus propias palabras.
—El lobo es
un hombre serio —dijo como justificándose.
—Habla
usted de él como si se tratara de una persona...
Teleguin
frunció de nuevo el ceño.
—Bueno, si
ha entendido así mis palabras, olvídelo. No vale la pena poner en marcha el
antiguo péndulo del pensamiento.
—¿El
péndulo?
—Sí, el
péndulo. Unas veces considerábamos a los animales como semejantes nuestros;
otras, por el contrario, rechazábamos toda similitud espiritual con ellos. El
pensamiento oscilaba en este plano como un péndulo. Pero el mundo es
multidimensional y eso significa que el fenómeno y la verdad sobre él también
son multidimensionales.
«Ahora me
habla como si yo fuera una criatura —pensó enojado Riábtsev—. ¡Ahí tiene al
bondadoso viejecito! Más duro que el pedernal.»
Apenas se
conocían, Teleguin se había encontrado con Riábtsev en la linde del vedado,
trayéndolo derecho aquí, y durante el camino casi no había despegado los
labios. El cariz que tomaba ahora la conversación convenía al periodista, pues
nada revela tanto al interlocutor como cuando se le lleva la contraria.
—Ya, ya
—dijo Riábtsev no sin malicia—, el filósofo Engels resultó mucho más perspicaz
que la infinidad de especialistas que incluso un siglo después negaban a los
animales toda capacidad de pensar.
Teleguin
asintió con un leve movimiento de cabeza.
—«Los
sabios se han acercado tanto al templo de la ciencia que no ven el templo y no
ven nada más que el ladrillo en el que han tropezado sus narices.» ¿Sabe quién
dijo eso?
—No...
—Lo dijo
Herzen. ¡Y con mucho tino! Han tropezado sus narices... ¡Qué se le va a hacer!
Estoy hablando con usted, pero pienso en el lobo. ¿Por qué no se presenta? A
pesar de lo que le he dicho, voy perdiendo la seguridad. ¡Es raro! Como toda
fiera, es un ser curioso; además, ayer no respondí a un par de preguntitas
suyas. Lo dejé con las ganas, insinuándole: mañana vendrá un experto, o sea,
usted, y él se lo explicará todo.
—¡Qué
gracia! —Riábtsev resopló—. No es un periodista el que va a entrevistar a un
lobo, sino un lobo al periodista. El acabóse... ¿Y si yo no puedo contestarle?
¿Se puedo saber por lo menos qué preguntas son?
—Muy
sencillas. ¿Qué preguntas puede hacer un lobo? —Teleguin se sonrió irónico—.
¿Cuándo y de qué manera pelean los hombres por la hembra?
—¿Qué-e-e?
—¿Es que
usted no ha oído hablar de los «torneos nupciales», de la «actitud de
resignación»?
—Había
oído, sé...
—Entonces,
¿por qué se sorprende? Para el lobo es un momento muy importante de la vida,
por eso le interesa cómo se produce eso entre los hombres.
—¡Válgame
Dios!
—Conque ya
lo sabe —dijo satisfecho Teleguin—. Usted, al parecer, creía que conversar con
un lobo es muy fácil, una distracción, un juego de niños.
—¡Me rindo!
—Riábtsev se echó a reír—. Hum, la cosa se pone muy interesante...
—Si fuera
sólo interesante... Nosotros siempre nos vemos en nuestros espejos, pero no nos
hemos visto ni una sola vez en un espejo ajeno. No es por tozudez por lo que me
he negado tanto tiempo a divulgar los trabajos que efectuamos aquí. Primero
había que convencerse de algunas cosas.
—Por
ejemplo.
—¿Y si
desde las profundidades de un individuo concreto nos mirase un odio ancestral?
Pues no hay que olvidar a cuantos de ellos hemos exterminado.
—Es un odio
merecido, nos sobrepondríamos a él. En aras de la verdad, de la futura
amistad...
—¿Y tal vez
del amor fraternal? En aras de una ilusión, por decirlo así... —Teleguin
suspiró—. Otra vez volvemos al binomio amor-odio... Queda por ver si el lobo se
tenderá al lado del cordero. Pero ¿y si nos mira el desprecio?
—El
desprecio.
—¡Ah, eso
le duele más! Sí, el desprecio. El desprecio del débil por el fuerte que,
después de todo lo pasado, busca todavía la amistad con él.
—¡Usted
bromea! Ha habido tantos ejemplos de la amistad del hombre con...
—Lo
concreto interesa a la ciencia solamente como aproximación a lo general. Pero
tranquilícese. Todo lo dicho no es más que un tributo al necesario
escepticismo. La Naturaleza tiene sus leyes: vence el más fuerte, todo es
natural, no puede haber quejas. Y el manso o es apático o es bueno... a menudo
como alimento. Y no tiene por qué torturarse usted con preguntas a lo Hamlet y
a lo Dostoievski. De manera que puede mirar tranquilamente al lobo a los ojos.
—Así lo
haré.
—Pero, por
favor, no lo mire con fijeza. A los animales eso no les gusta y yo no ardo en
deseos de tener que prestarle los primeros auxilios.
—¡Ah, a eso
llegamos! Bien, gracias por haberme avisado a tiempo.
—Mírenle,
ya no se puede ni bromear... A propósito, a nosotros, los hombres, tampoco nos
gusta que se nos mire con fijeza. No he advertido esa manera en usted, pues de
lo contrario le habría avisado hace tiempo. Por lo demás, el lobo, pese a todo,
es amigo mío.
—Ah, ¿pese
a todo es amigo?
—Sí, como
dice Saint-Exupéry: respondemos por todos los que hemos domesticado. Aunque
esta bestia parda le juegue una mala pasada ante la prensa. Por desgracia, es
inútil esperar. Vamos.
—Qué
lástima...
—No se
aflija. Si no se ha presentado hoy, vendrá mañana. Y para no perder el tiempo
busquemos a Mashka. Es un anta, piensa como una vaca, pero, sabe, también es un
animal curioso.
Riábtsev
iba a decir que si estaba contrariado no era por su fracaso, sino por el de
Teleguin. Pero se calló, pues a los hombres como Teleguin la compasión más bien
los agravia.
—¡Qué se le
va a hacer, entraré en contacto con los artiodáctilos! —dijo risueño—. Porque
por más que mugen no los entiendo. Sería bueno también probar con los gansos...
—¿Por qué
precisamente con los gansos?
—Porque
ellos hablan insistentemente con nosotros: «¡Ga-ga-ga!» nos dicen, y en seguida
ladean la cabeza, nos miran como si esperaran la contestación y empiezan otra
vez a querer explicarnos algo. ¿No es verdad?
—¡Hum!
Nosotros hacemos experimentos solamente con animales salvajes.
La
conversación cesó por consunción. Descendieron de la ladera, tomaron un sendero
herboso y los abedules desencadenaron sobre sus cabezas una liviana ventisca
dorada. Bajo los pies susurraban suavemente las hojas caídas no corruptas
todavía. Había claridad incluso bajo el manto sombrío de los abetos arrimados
al camino. Se abrió de par en par, solemne y resonante, el pinar con su zumbido
apenas perceptible. Al pie de los pinos la tierra había derramado prietos
hongos. El aire tenía sabor amargo, la tranquilidad rodeaba al caminante y tras
él revelaban las galas desprendidas de las ramas. Riábtsev aspiraba
profundamente el aroma enternecedor del otoño, sobre él y el bosque se extendía
el dulce cielo. El ajetreo cotidiano, el loco torbellino de la caza de noticias
de la Tierra y el Cosmos relampagueó en su alma, relegado al olvido como si no
hubiera existido nunca y siempre hubieran existido solamente estos minutos,
esta eternidad del movimiento, de los colores, de los olores, de los sonidos de
la vida, esta comunión con ella. Una leve racha de viento le arrojó al rostro
una hoja cárdena, que se deslizó, húmeda, por la mejilla. «¡Qué delicia!»,
pensó.
«Y habrá
muchas horas así —caviló al instante—. Largas horas de plática con quienes
viven aquí como vivíamos nosotros antaño…»
Al final
del camino se abrió un claro. Se alzaba allí una casita de madera de las que
Riábtsev no había visto hacía mucho. Las resinosas paredes parecían irradiar
luz, miraban alegres las lavadas ventanas encuadradas en marcos antiguos y los
senderos llevaban hasta el porche. Tras la casa comenzaba un abedular y a
izquierda y derecha corpulentos pinos alzaban sus copas al cielo. Y lo que era
en otros tiempos el extremo corriente de una aldea y ahora se hizo una reliquia
histórica —una casita así entre abedules— ahora parecía una necesidad acorde
con el entorno, con lo que aquí se hacía y con su dueño. Cualquier moderna
construcción habría parecido aquí un ultraje al buen gusto, aunque, naturalmente,
era fácil imaginarse los gastos que requería esta casita que, si en otros
tiempos era una vivienda pobre, ahora, cuando ningún palacio suponía un
problema, era un lujo, pues solamente en los talleres de restauración guardaban
todavía los secretos de la carpintería antigua. Y mirando la casa, Riábtsev
sintió hondo respeto por su siglo en el que la economía había reconocido la
prioridad del buen gusto.
Entró en el
zaguán como en la niñez, aunque ni él ni sus bisabuelos habían vivido en casas
de madera. De todos modos, como si despertase la memoria de sus ascendientes,
le invadió un sentimiento de intimidad con estas paredes que respiraban calor
resinoso, un sentimiento de sosiego y confort hogareño. Buscó con la mirada el
banquillo de los baldes y el pozal, las alcayatas con los arreos del caballo,
la alfombrilla del umbral tejida en casa, pero se detuvo en el acto: todo eso,
por supuesto, era de prestado, sacado de las películas, eran imágenes
históricas, posiblemente inexactas. Se desvanecieron instantáneamente en cuanto
Riábtsev franqueó el umbral en pos de Teleguin, pues en la habitación, claro
está, no había nada de aldeano, sino el mobiliario del más corriente
laboratorio. Sobre un aparato de radio exorcizaba una joven con un soldador
humeante en la mano; al ver a Teleguin se levantó impulsivamente.
—¿Ha
ocurrido algo, padre?
—¿Qué va a
ocurrir? —rezongó Teleguin—. Aquí te presento a Riábtsev.
—¡Ah,
perdone, al pronto no me había dado cuenta! —dijo, confusa, y a Riábtsev no se
le escapó la alarma de sus primeras palabras y cl sombrío enfado de la
contestación de Teleguin—. Me llamo Lada. Me alegro de verle...
—¿Sano y
salvo? —inquirió en broma Riábtsev. La mano extendida de la joven, como él
esperaba, resultó fuerte—. ¿Tenía miedo de que me comiera el lobo feroz?
—Tenía
miedo de que sucediera al revés. Mi padre podía matarlo de hambre hasta el
punto de que usted querría comerse al lobo. ¿No ha sido así?
—¡Qué
humareda has armado, hija! —Teleguin abrió de par en par la ventana—. ¿Y para
qué quieres ese trasto viejo, el soldador, teniendo el conectador molecular...?
—Con él
zumba en los oídos.
—Eres una
mutante.
—De tal
palo, tal astilla.
—Si
trabajaras con las manos como con la lengua... ¿Lo has arreglado, al menos?
—Todavía
no.
—Y encima
te desmandas.
—¿Qué tal
han hablado con el lobo?
—No nos ha
concedido audiencia.
—¡Ah! ¿Qué
te dije ayer?
—¡Zape,
brujita! Pon la mesa en seguida. Y luego, ¿me oyes?, vas a traer a la Mashka.
Tú misma, sin ninguna telepatía.
—Quizás no
haga falta.
—Sí, es
necesario.
—Bueno,
padre. Así lo haré.
Lada colocó
las herramientas en su sitio y salió como esbelto diablillo en su overol lleno
de quemaduras.
Teleguin la
siguió con hosca mirada.
—Sí, la
chica tiene una intuición envidiable —respondió a una pregunta no formulada de
Riábtsev—. Porque me lo advirtió: no entretengas hoy al visitante, o sea, a
usted, no saldrá nada de provecho. Pero yo, escéptico y testarudo, no hice
caso. Y ya lo ve, el lobo no ha venido, se ha roto «la voz de Dios».
—La voz...
—¡La radio,
una radio corriente! Simplemente, la telecomunicación. Pero a las fieras les
gusta cuando de pronto suena en el transmisor, muy cerquita de la oreja,
nuestra voz, pero no se ve a nadie. Para ellos eso es antinatural como... En
fin, usted lo entiende. Pero en este momento la «voz» vendría pintiparada.
—Bueno —se
sonrió Riábtsev—, una visita de improviso tiene sus inconvenientes. No se
preocupe, en cuanto me largue todo se normalizará.
—Las pifias
también son normales —respondió Teleguin sin sonreír—. Son normales en la ciencia.
Y en la vida. Vamos a comer.
—¿Cree que
su hija ha tenido tiempo?
—Claro que
sí.
Se lavaron las manos y pasaron a la habitación contigua
donde, efectivamente, sobre la mesa ya humeaba la sopa de coles y al aspirar
este olor Riábtsev sintió de repente un hambre canina. Apenas hubieron tomado
las cucharas, afuera asomó el sol. Su claridad pálida atravesó las frondas de
los abedules y la luz trémula del soto llenó de resplandor dorado el comedor,
posándose suavemente en el rostro de Lada que se había puesto un vestido de
lino con bordados y ahora no se parecía nada a un laborante picarón. La joven
se comportaba animadamente, pero en el fondo de esta animación parecía
esconderse la meditación y la tristeza, lo que la hacía parecida
imperceptiblemente a la Aliónushka de Vasnetsov. Tal vez se debiera a la luz
otoñal, pues la tristeza se transparentaba cuando la joven dirigía la mirada
hacia la ventana tras la cual revolaban y caían despacito hojas amarillas. Pero
eso no le impedía chirigotear a cuenta de sus dotes culinarias, cosa que
provocaba la sincera protesta de Riábtsev, e interrogarlo vivamente acerca del
Cosmos donde ella, como se aclaró, no había estado nunca.
—Y yo le
comprendo —dijo excitado Riábtsev, acalorándose por el confort hogareño, la
belleza del otoño— ¿Qué puede haber mejor que esto? —señaló con un ademán hacia
la ventana.
—El mal
tiempo —la joven sonrióse maliciosa y lanzó una mirada al padre, que comía como
si acortase una fastidiosa dilación.
—¡No, no y
no! La Luna y el Marte son la invariabilidad eterna de un ritmo monótono, en
cambio aquí cualquier instante es diferente y hasta la marchitez es vida y no
muerte. En el Cosmos hasta los colores son distintos, todos... Por todas partes
absoluta química y física, uno se siente como un molusco metido en el caparazón
de la técnica. ¡El hombre está hecho de un modo raro! ¿A qué aspiramos si no es
a la armonía de la vida, la libertad, la belleza y la tranquilidad? Pero esa
armonía la tenemos aquí... Hasta con las fieras hacéis buenas migas. En cambio
nosotros queremos ir no sabemos adónde, cambiamos constantemente las cosas,
sembramos la inquietud en el inundo. No, no, ahora que el Cosmos nos ha abierto
sus recursos demos al muerto lo que es del muerto y a la técnica lo que es de
la técnica, que funcione más allá de los cielos. Y el hogar es el hogar. Estoy
seguro de que el futuro próximo de la civilización se encuentra aquí, una
dialéctica en espiral, en la nueva espira será el retorno a lo terrestre, a lo
antañón...
—Por
ejemplo, al te alrededor de un samovar fotónico —se oyó de pronto la voz de
Teleguin.
Lada soltó
el trapo.
—¡Oh, buena
idea! Voy a coserme una cofia de silicona.
—Cállate,
hija —Teleguin se volvió a Riábtsev—. Por favor, no se ofenda: nuestro vedado
influye en muchos así. Es una nostalgia que se explica perfectamente. La
añoranza de la patria, pero perdida ya no en el espacio, como solía ocurrir,
sino en el tiempo, cosa que no había sucedido nunca.
—¡Pero es
una añoranza necesaria! —en Riábtsev se despertó el profesional que estima la
polémica como instrumento de trabajo—. ¡Tal vez salvadora! Porque vivimos en
una obra. ¡En una obra! Desde el siglo veinte. Demolición, las paredes se
derrumban, hoy una cosa, mañana otra, polvo, estruendo, chirridos. Es necesario,
de acuerdo, pero incómodo.
—Yo intenté
hablar del progreso con el lobo —pronunció por fin Lada, pensativa—. Sí, sí, no
se ría, yo misma sé que es estúpido... Claro, no entendió nada. ¡Absolutamente
nada! De todos modos, es simpático y listo. ¿Sabe usted cuál es mi ilusión?
Darme un paseo a lomos del lobo. Como en el cuento...
—Gentil
doncella —atajó Teleguin—. ¡Investigadora! Te la vas a cargar.
—Mejor.
—No lo
permitiré. Te daré una azotaina y te encerraré. Como se hacía antiguamente.
—¿Qué
ocurre? —se sorprendió Riábtsev.
—Ella lo
sabe.
Lada
asintió con un movimiento de cabeza.
—Mi padre
tiene razón. Lo que ha de ser, Dios o el diablo lo han de traer.
—No
entiendo...
—No tiene
importancia... —la joven lanzó un corto suspiro—. El habitual principio de complementaridad
de Bohr. Influyo demasiado sobre el objeto de investigación porque los amo a
todos. A los orejudos, a los pardos, a los ungulados, a todos. Y eso no puede
ser.
—¿No se
puede amar? ¿Cómo es posible?
—No es así
—Teleguin arrugó el ceño—. Y no es tan sencillo. Sin amor ni se cultiva la
hierba ni se coloca la piedra. Pero la piedra hay que desbastarla y la hierba,
atusarla... El lobo... no necesita nada de eso. Pero no resulta amar sin amor.
No resulta.
Calló.
Calló también Lada, muy parecida ahora a la muchachita de Vasnetsov. Riábtsev
apartó la mirada. La profesión de reportero con su premura por reunir
informaciones no contribuye a una percepción sutil, pero Riábtsev cayó en la
cuenta que su aparición y sus preguntas —y posiblemente no sólo eso— habían
removido en el padre y la hija una vieja zozobra que ambos ocultaban de sí
mismos como se oculta el pensamiento de la desgracia en ciernes.
«No
entiendo nada —pensó desconcertado—. Paz, salud, un buen trabajo, ¿qué más
necesitan para ser felices?»
Miró por la
ventana donde a través de un abedul seguía filtrándose oblicua la luz dorada y
se desprendían y volaban sigilosamente las hojas otoñales.
—Es hora de
llamar a Mashka —dijo Teleguin con voz entrecortada.
La joven se
levantó, pero se detuvo junto a la ventana. Por un instante pareció fundirse
con el resplandor del atardecer, con todo lo que había de hermoso y sosegado en
el otoño, con su cansada ternura.
—No hay que
llamarla —dijo súbitamente—. Viene ella misma.
—¿Dónde?
—Teleguin se levantó impulsivamente, Riábtsev lo imitó, pero entre los abedules
desnudados por el viento no vieron nada más que un oleaje transparente de
sombraluces.
—Está allí
—dijo bajito la joven—. Aún tiene que llegar.
Los labios
añadieron algo imperceptible. Y aunque a lo lejos no se veía nada, como antes,
a Riábtsev le pareció oír pesados pasos. De un empellón Teleguin abrió de par
en par la ventana. Con el susurro de los abedules irrumpió el viento,
recorriendo el cuerpo con frescor, pero Riábtsev no sintió nada de esto: al
lado estaba la joven. Su rostro palidecido, lozano y sobresaltado incitaba a
esconder, amparar y proteger para siempre y de cualquier infortunio. Con
doloroso esfuerzo Riábtsev reprimió este impulso. Su oído, que vivía ahora
independientemente de todo lo demás, se convirtió en el oído de la joven y
había algo en él que hacía el impulso de ternura necesario e imposible, aunque
estuvieran solos.
Los pasos
se acercaban sin ruido.
Ahora lo
vieron los ojos. Entre los lejanos troncos blancos de los abedules, a la luz
dorada, se movía un cuerpo oscuro, alzado como sobre zancos; desapareció en la
sombra y reapareció más cerca. Sus contornos se iban agrandando. El animal
andaba pesadamente, como rendido, y las franjas de luz resbalaban por su peludo
lomo, deslizándose por la rotunda y opulenta grupa. La cabeza gacha oscilaba al
compás de los pasos.
El animal
se encaminaba derecho a las ventanas, pero los ojos del anta no miraban a las
personas, como si éstas no existieran, y tanto más lúgubre parecía este
inexorable avance del oscuro corpachón que repelía la luz y sobre el cual
ondeaban, leves y friolentas, las hojas otoñales. Una de ellas planeó derecha
al transmisor, puesto como un collar, y quedó suspendida como un adorno inútil
del otoño.
Las
personas no despegaban los labios. El anta se acercó con el mismo paso, estiró
el cuello, como si se dispusiera a poner el morro en el alféizar, pero no lo
hizo, se quedó inmóvil sobre sus rodilludas patas-zancos. Y en este momento,
Riábtsev se estremeció: del interior del transmisor salió una voz carente de
las entonaciones habituales:
—¡Persona,
mata al lobo!
El hombro
de Lada se apretó al de Riábtsev, y éste sintió que la joven temblaba.
—Mashka...
—profirió en voz apenas perceptible—. Mashka, ¿qué te pasa?
—¡Persona,
mata al lobo!
—Mashka,
querida, ¿por qué?
—El lobo ha
matado a mi pequeño ante. ¡Persona, mata al lobo!
El
transmisor expelía las palabras como cortándolas a hachazos. Y esta voz
impasible sonaba en la calma del atardecer como una exigencia de la propia
Naturaleza que de repente hubiera adquirido el don de la palabra. «Mata...
mata... persona, mata...»
—Mashka,
óyeme...
—Tú decías
que eras mi amiga. El lobo ha matado al pequeño ante. ¡Persona, mata al lobo!
Alzó por
fin la cabeza y miraron a los tres los ojos húmedos de la madre, negros de
pena.
Lada se
retiró sigilosamente, retumbó un portazo. La voz proseguía su súplica:
—¡Persona...
amiga... mata!
Riábtsev
retrocedió un paso, dándose un golpe en el costado.
—Bien,
bien... —balbuceó Teleguin, respirando penosamente—. Tú espera...
Torpemente,
como si se resguardara, cerró la ventana. Todo —el dorado atardecer moribundo,
el anta-madre y la Naturaleza que había hablado con su voz— quedó cortado por
la barrera de los cristales.
Teleguin
buscó a tientas una silla, se sentó y únicamente entonces volvió la cabeza
hacia Riábtsev.
—¿Es eso lo
que usted quería? —preguntó con voz inexpresiva—. ¿Ahora lo proclamará a los
cuatro vientos? No se lo impido, puede hacerlo.
—Pero,
¿cómo es eso? —demandó Riábtsev prudentemente, cual si estuviera junto al lecho
de un enfermo—. ¿Qué le va a contestar usted, qué?
—¿Y qué se
le puede contestar? Que en la Naturaleza para nosotros todos son iguales, que
el lobo también es nuestro amigo, y aunque no lo fuese ¿que cambiaría eso?
Nada.
En la
penumbra que había invadido la estancia Riábtsev veía mal la expresión del
rostro de Teleguin, que, anguloso, le parecía ahora tallado en duro y seco
raigón. La última palabra había sonado con extraña impasibilidad.
—¡Nada!
—repitió Teleguin—. La Naturaleza no es ni cruel ni bondadosa, tiene sus leyes
y, por estas leyes, los lobos matan a los que están más a su alcance, es decir,
a los más débiles, con lo que sanean la especie. Pero ¿qué sentido tiene darle
una conferencia a Mashka? Su cachorro era enclenque, enfermizo, estaba,
condenado de antemano, pero eso a ella no se lo vas a explicar, no comprenderá
nada. Nada. Jamás. Y no hace falta, es la madre.
—Entonces
¿usted esperaba desde el comienzo mismo... ¿Todo este tiempo...?
—Naturalmente.
Sólo al hombre le es ciado conocer la ley de la especie, prever muchas cosas en
el destino, esa es nuestra fuerza o, si lo prefiere, nuestra carga. ¡Pobre
chica! —Teleguin meneó la cabeza—. El cachorro era su predilecto.
—Pero ella
habría podido...
—¿Ampararlo
y protegerlo? ¡Sí que habría podido! —Teleguin se levantó de un salto, sus
palabras borbotaron como la lava—. ¡Nosotros podemos hacer muchas cosas,
podemos incluso atentar contra las leyes de la Naturaleza! ¿Y el deber del
investigador? Se está realizando un experimento. Con animales salvajes, no
domésticos. Para que no nos trituren las ruedas de las leyes de la Naturaleza,
que desconocemos todavía, hay que ser fríos observadores, impávidos como...
como la misma Naturaleza.
—Y crueles.
—Basta
—dijo Teleguin en ademán de fatiga—. Usted o no entiende o no quiere entender,
y eso es todavía peor. ¿Dónde se mete con su humanitarismo? Qué más da una
víctima más o menos, las olas de la selección arrastran los granitos de arena
de la vida, ¿quién los cuenta?... Mashka pronto lo olvidará todo, por algo es
un anta, en cambio nosotros hemos conocido algo nuevo.
—No, es
usted quien no me ha entendido o no me quiere entender. ¡El experimento es
cruel para ustedes! El experimentador influye sobre el objeto. Y a la inversa
¿no influye más? Es posible que el anta mañana lo olvide, pero Lada... Nosotros
respondemos por todos los que hemos domesticado, ¿no es así?
Teleguin no
contestó. Se oyó en la oscuridad cómo rebuscaba en las gavetas de la mesa.
Chasqueó un encendedor y la llamita, iluminando cl rostro, tocó la punta del
cigarrillo.
—Es una
porquería y un veneno —profirió Teleguin soltando una bocanada de humo—. Pero
en algunos momentos este vicio de la humanidad...
—Es inútil
—dijo Riábtsev en voz baja—. No le aliviará.
—Cierto
—Teleguin apagó precipitadamente el pitillo—. ¿Sabe qué? El lobo ese... Ahora
está claro por qué no vino.
—Cree usted
que le remordió la conciencia?
—¡Quia...!
Aunque, si se miran bien las cosas, no todo empezó por el hombre…
Hizo
chasquear de nuevo el encendedor.
Riábtsev
salió.
En la
oscuridad acribillada por las estrellas no distinguió en seguida a las dos.
Pero la mancha confusa, que había tomado al principio por el tronco blanquecino
de un abedul, se movió débilmente y él comprendió que era Lada. No se sabe si
abrazaba al anta o si la mirada no podía distinguir la sombra conjunta, pero
ambas estaban calladas y tal vez este silencio fuese más expresivo que
cualquier conversación.
FIN
Traducción:
Ángel Pozo Sandoval.
Publicado
en: Tierra fantasy 1 - Editors S.A.
Edición
digital: Priapus.
Revisión:
Sadrac.
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