Metal negro,
fundido, pulverizado. Fragmentos de hierro, caos, olor a quemado Salpicones
verdosos de células cristalinas dispersos por todo su alrededor. Sólo ese poco
se había salvado del choque y la explosión.
—Vámonos —dijo
Ognev—. Todo está claro.
Antes de
alejarse se volvió por última vez. Hasta las rocas estaban quemadas. La huella
de la catástrofe había quedado impresa sobre el granito Y, en un punto del
caos, ahora parte inseparable del suelo marciano, un minúsculo detalle
elaborado erróneamente en la Tierra. Una nimiedad casi insignificante. A causa
de la cual el cohete había desaparecido, y con él habían resultado destruidas
centenares de toneladas de la tan esperada carga.
El silencioso
compañero de Ognev se alzó de hombros.
—Lo esencial
es que no había hombres a bordo.
¡Cierto, eso
es lo esencial!, hubiera querido exclamar Ognev. Pero el hombre había estado a
bordo: aquel que había trabajado irresponsablemente allá en la Tierra y había
provocado todo aquello. Un hombre en el que ya no se podría depositar ninguna
confianza, al que se tendría que apartar a un lado.
Pero esto tan
sólo lo pensó ¿De qué hubiera servido decirlo?
Estaban
bajando por una pendiente. El paisaje les parecía más desolado que nunca: arena
opaca, tétrica luz del pequeño Sol lejano, excrecencias azuladas sobre las
piedras. El color de las plantas marcianas casi parecía poner en guardia contra
el veneno que las componía.
El viento
silbaba lúgubremente. También él era venenoso. Si se quería, se podía hablar de
la victoria sobre Marte, de la conquista del planeta. Pero no eran más que
palabras vacías, los hombres estaban obligados a rodearse de aire terrestre, a
comer alimentos terrestres, a temer hasta la perforación de un alfiler en la
pared aislante que los separaba de todo lo que era marciano. Ellos, allá, eran
extranjeros que vivían gracias a los cohetes de carga, aquel delgado cordón
umbilical de una longitud de millones de kilómetros que atravesaba el espacio.
Eran extraños
en un mundo extraño, y resultaba difícil habituarse.
Y más difícil
aún le resultaba a Top, el perro pastor de Ognev, que se lo había llevado
consigo «con el fin de estudiar el efecto de las condiciones marcianas sobre
los animales»
El perro,
ridículo dentro de su escafandra, con la cabeza baja, se acurrucaba temeroso a
los pies de su amo. Hacía tiempo que había perdido su vivacidad. En los
primeros días, su garganta se estremecía con un ulular continuo; luego se había
resignado y se había vuelto silencioso. Cuando su triste mirada se cruzaba con
la de Ognev parecía querer decirle «Aquí estamos mal, amo. Vámonos».
Ognev estaba
irritado por el silencio de Sergioghin que caminaba a su lado. Al menos
podríamos distraemos charlando, pensó.
Por supuesto,
la desgracia del cohete no representaba en realidad ninguna catástrofe. De
hecho, para Sergioghin no significaba nada él era geólogo, su única misión era
tratar con piedras. En cambio, Ognev tenia que pensar en ampliar la estación
hidropónica, ahorrar cada gramo de cada cosa, romperse la cabeza para dar
variedad a las comidas a base de clorelia, mantener libres de sales los
tubos del sistema de depuración, y con el cohete se habían perdido los tubos
poliacidos sobre cuyas paredes no dejaba sales el agua obtenida de la atmósfera
de Marte. Y también las piezas de recambio para el vehículo oruga.
Diablos, su heroico
trabajo de explorador recordaba demasiado la tarea del encargado de una finca:
tubos, limpieza, reparaciones ¡Y sin embargo él era un científico, maldita sea!
Le molestaba
la constante dependencia de todas aquellas tonterías. ¡Como mínimo empleaba la
cuarta parte de su trabajo sólo en mantener intacta la misma pared aislante que
tanto le molestaba! A veces, y no era fácil liberarse de aquella idea fija, le
parecía que las minúsculas habitaciones herméticas de la Estación eran una
especie de cárcel. Y hasta las escafandras no eran mas que celdas, sólo que
transportables.
—¿Cuando
repararemos el vehículo oruga? —preguntó Sergioghin, como a propósito—. Empiezo
a sentirme cansado de andar a pie a todos lados.
Ognev sintió
deseos de responder con una palabrota.
Pero no tuvo
tiempo de responder. De pronto Top se agitó, erizó el pelo, y del interior de
su casco brotó un gruñido sordo.
—¿Qué pasa.
Top?
Antes de que
acabara de formular la pregunta, Ognev tenía ya la respuesta. De detrás de una
roca habla surgido un rechoncho schmek, evidentemente en busca de
comida. Sus patas aracnoides se movían silenciosas y tan rápidas como ruedas, y
al momento se halló a una distancia peligrosa. De sus ojos córneos brotaba una
luz de color rosado.
Top se le
lanzó encima. Los tubos de aire saltaban sobre el lomo del perro.
—¡Atrás, Top!
—gritó Ognev, sacando la pistola de su funda.
El ataque del schmek
no tenía nada de peligroso era posible convertirlo en polvo de un puñetazo.
Pero Top se lo encontraba por primera vez, y siguiendo su instinto se lanzó en
defensa de su amo.
—¡Atrás, Top!
—gritaron Sergioghin y Ognev, esta vez al unísono. Era imposible disparar a
causa del perro.
Una garra del schmek
cayó silbando sobre el animal. Un momento después, Top chocaba con su cuerpo
contra el adversario, y el anima! marciano se derrumbaba, convertido en polvo.
Sergioghin fue
el primero en llegar junto al perro.
—No hay nada
que hacer —dijo con voz apagada.
La garra del schmek,
cortante como una navaja de barbero, apenas había rozado el cuello del casco,
pero éste se habla desprendido, seccionado del traje Top yacía de costado, con
un hilillo de baba brotando de su boca.
Ognev trató en
vano de recomponer el casco Top estaba respirando el aire de Marte, en el que
había bastante oxígeno, pero que también contenía óxidos de nitrógeno que lo
matarían inexorablemente, aunque no de inmediato.
De pronto, el
perro tuvo un sobresalto y empezó a moverse convulsivamente. Parecía como si
Top estuviera buscando algo entre las piedras y la arena.
Ognev intentó
tragar el nudo que se había formado en su garganta: no podían hacer nada.
El perro se
abatió sobre una planta marciana, arrancando con los dientes la parte carnosa.
—Es el
instinto —dijo Sergioghin—. Ahora Top no es más que un animal enloquecido, que
recuerda que a veces las plantas salvan de la muerte. Pero eso es en la Tierra.
Los ojos de
Top se cerraron. Tan sólo un ligero temblor demostraba que en él latía aún la
presencia de la vida.
—¡Es cruel,
demasiado cruel! —gritó Ognev.
Fue como si el
grito de su amo hubiera despertado al perro. Los músculos de sus patas se
agitaron, y el animal abrió los ojos y alzó la cabeza.
Sergioghin y
Ognev se quedaron atónitos.
Top estaba
poniéndose en pie sobre unas vacilantes patas. Respiraba, cada vez más profunda
y sonoramente, el aire marciano.
Los hombres
permanecieron largo tiempo inmóviles, contemplando el milagro, con el temor de
que se desvaneciese la luminosa esperanza. Pero Top seguía con vida, y hasta
empezaba a moverse con normalidad.
—Es el veneno
—dijo Sergioghin—, el veneno de la planta lo que lo ha salvado. Tú eres
biólogo, deberlas saberlo mejor que yo.
—¡Eso es algo
que todos sabemos! Un veneno puede ser neutralizado por otro veneno...
—¡Ah, lo
sabemos todos! —comentó Sergioghin sin ocultar su ironía—. Entonces, ¿por qué
nadie ha probado nunca a respirar el aire de Marte alimentándose al mismo
tiempo de comida marciana? ¿Por qué ha sido necesario el instinto de un perro
para abrir una puerta que se creía cerrada? ¿No lo sabes? Vámonos, Top, perro
maravilloso.
Top miró
inquisitivamente a su amo.
Pero Ognev no
se dio cuenta de aquella mirada. Estaba tratando de ordenar sus pensamientos. Y
eran pensamientos amargos.
FIN
Traducción:
Sebastián Castro.
Publicado en:
Lo mejor de la CF soviética I, Hyspamérica ediciones, 1986.
Edición
digital: Sadrac.
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