Ser inmortal es baladí; menos el hombre todas
las criaturas lo son pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo
incomprensible, es saberse inmortal.
J. L. Borges: El Inmortal
Creo que fue en
1980 cuando viajé a Buenos Aires invitado por el doctor Pacios; la fecha no es,
por otra parte, representativa. Alejandro Pacios y yo habíamos trabado
conocimiento dos años antes en Bilbao, las circunstancias en que ocurrió no las
recuerdo, no deben de ser importantes. Me quedó grabado, eso sí, su nombre; su
profesión: psiquiatra; y su lugar habitual de residencia, la capital argentina.
Soy hombre de escasa memoria y procuro aprovecharla al máximo no acumulando
datos inútiles.
Pacios, lo descubriría más tarde, era además de médico un humanista,
un verdadero espíritu del renacimiento que había reunido en torno a su persona
una tertulia de serios intelectuales. Serios por su trabajo serio, constante,
riguroso. Se me invitó a dar una conferencia: elegí el tema de la apocalíptica
judía; luego se me pidió que leyese unos poemas, cosa que hice satisfaciendo mi
vanidad. Siguió a mis versos una crítica inteligente, exenta de vana adulación,
la que espera un autor sincero; a media noche sólo quedábamos en la quinta del
anfitrión Jacob Méndele y yo.
La conversación, no recuerdo por qué olímpicos vericuetos, fue a
parar al tema de la inmortalidad. Pacios señaló dos tipos de inmortalidad: “la
viva ‑dijo‑ y la muerta”. Méndele y yo aseguramos no comprender. “No se
extrañen ustedes ‑añadió con su melódico acento rioplatense‑: la viva es la
inmortalidad de la consciencia; nada más que un sueño es para ella la vida, un
despertar la muerte”. “¿Y la muerta?”, le espetó nerviosamente Méndele. Pacios
contempló al judío reducido y barbado, de ojillos de sátiro, con olímpica
altivez. Demoró su respuesta unos segundos, luego trajo a colación el
espeluznante relato de Borges sobre la ciudad de los inmortales y resumió el
concepto aparentemente contradictorio con esta sola palabra: “Fósil”. Se diría
pues ‑adujo Méndele‑ que la inmortalidad muerta es la inmortalidad del cuerpo”.
“Se diría pues ‑refutó Pacios‑ que es una recurrencia. Se lo explicaré a usted
geométricamente: una circunferencia de la que no se puede huir; iniciar el
vuelo espiral significa la disolución. Me preguntará cómo sería posible
semejante repetición: suponga que la ciencia, esa hechicería de nuevo cuño
ejercida por irresponsables, descubre el modo de prolongar indefinidamente la
vida. Azuzado por el miedo, el hombre aprendería a no morir; limitado por la
ignorancia, incapaz de transformación, el hombre no sabría qué hacer con su
tiempo más que repetir infinitamente el estrecho horizonte de sus actos,
lamentos y pequeños goces diarios”.
Sentí que entre aquellos dos hombres acababa de imponerse una
inesperada tensión. Para aliviarla recordé la novela de Bioy Casares, La
Invención de Morel. Méndele no la conocía; se la expliqué. “El invento ‑dije‑
consiste en una máquina capaz de registrar, durante un cierto periodo de
tiempo, absolutamente todos los momentos de la vida de unas personas escogidas.
Proyectar ese registro implica para aquéllas desaparecer como humanos y vivir
eternamente como personajes de esa recurrente proyección. Supongamos que ha
sido una semana la captada por la máquina, pues bien, los personajes vivirán
una y otra vez, invariablemente, esos siete días registrados en una
inmortalidad a la vez real y de ficción”. “No se olvide usted ‑me interrumpió
Pacios‑ del narrador”. “Ciertamente ‑contesté‑, se trata de un fugitivo en la
isla donde se ha llevado a cabo el macabro experimento. Se enamora de una mujer
que habita en el mundo de la proyección. Sabiendo que jamás podrá entrar en
contacto con ella, pero incapaz de sustraerse a la pasión que se ha despertado
en él, se registra a sí mismo junto a su inalcanzable amada para proyectar una
eterna pero ficticia relación en la que hasta la felicidad es pura apariencia”.
“Fósil” ‑repitió Pacios.
Aquel hombre de escasa presencia pareció agitado por inconfesables
turbulencias íntimas. Detrás de los gruesos cristales de sus lentes movió con
ansiedad sus ojillos de sátiro. Algo quería decir, pero la densidad de nuestro
anfitrión le cohibía. “Sí, Méndele ‑le enrostró éste‑, el ego es ya de por sí
un quiste, una formación demasiado rígida, algo semejante al caparazón de
algunos crustáceos... No le extrañe a usted que esté dispuesto a todo para
perpetuarse, incluso a fosilizarse. ¿Acaso no responde esto a las exigencias
más tenaces de la supervivencia?” Una nueva sonrisa olímpica cruzó el rostro de
Pacios; con aquella sonrisa hubiera podido acompañar un insulto, una orden, un
despido humillante.
“Contaré también yo una historia ‑dijo Méndele‑. Una historia que
debo a un excelente narrador ‑y miró a Pacios‑. Me la vendió como verídica”. Tartamudeó.
“Desgraciadamente yo no poseo ese don y temo falsearla”. Se aclaró la garganta,
continuó. “Perdonen. La historia, por lo demás, se refiere a Heykal, un mundo
que ni es ni deja de ser éste. Parece ser que en tiempos pretéritos hubo luchas
sangrientas en ese lugar. (¿Puede hablarse realmente de un lugar?) Los ideales
por los que se enfrentaron dos facciones enemigas eran tan simples y tan
complejos como esto: unos querían poder para transformar el mundo, los otros
para transformarse a sí mismos. Vencieron los primeros. Toda la civilización de
Heykal se abocó entonces a lograr el control hasta de los más insignificantes
procesos naturales, sociales, culturales. Pasó el tiempo. Los heykalianos
crearon un mundo perfectamente racional, regulado, programado y previsto hasta
en sus más pequeños efectos y resultados. Ellos mismos se convirtieron en
inteligencia pura; con ese saber frío, medido, mediato con el que sabe la
mente, supieron más allá de lo que nunca habían esperado saber; desterraron la
muerte, empezaron a aburrirse. Surgió en el tiempo aquel una primera generación
de creadores. Los creadores eran inteligencias que componían novelas (lo diré
así aunque el término es una concesión a la estrechez de nuestro pensamiento).
Con ellas se pretendía ahuyentar aquel hastío inmortal. La tercera generación
sofisticó hasta tal punto las técnicas de composición que los lectores (vuelvo
a caer en un paralelismo absurdo) pudieron, a partir de ella, encarnarse en los
personajes de la obra concebidos tal y como los heykalianos eran antes de
rechazar la corporalidad. Esas encarnaciones alcanzaron tal perfección que el
lector, convertido en personaje de su lectura, podía llegar a olvidar su
existencia más allá de la obra. Con la quinta generación se hizo posible que en
una misma novela pudieran participar tantos lectores como personajes hubiera.
La séptima hizo posible lo contrario, que una sola inteligencia se encarnase en
todos los personajes de la obra y no llegasen siquiera éstos a reconocerse como
hipóstasis de una misma consciencia. La octava, en fin, introdujo el
romanticismo; la novena, la muerte. Heykal se sorprendió por primera vez en
mucho tiempo cuando desapareció uno de sus inmortales: murió con la muerte de
un personaje de novela. Heykal se sorprendió y temió. El hecho de que ni se
pensase en dejar de consumir literatura (digámoslo así) es indicio, creo yo, de
que el hastío, entonces, hubiera sido más espantoso aun que la muerte. He de
decir, además, que las obras eran anónimas; la civilización heykaliana se había
esforzado en suprimir todos los rasgos individuales que, por otra parte, no
eran muchos. Hubo quien avanzó la hipótesis de un creador asesino, se planteó
el problema de cómo dar con él. El método se insinuó ásperamente complejo, el
resultado incierto. Se trataba de leer varias novelas, anotar, señalar y
catalogar aquellas en las que muriese algún personaje, realizar una crítica
comparativa y ver si todas ellas eran atribuibles a un mismo autor. Con ello se
verificaba la hipótesis pero no se hallaba al culpable, habría después que
seguirle la pista. Cómo hacerlo fue una cuestión que de momento pospusieron.
Para llevar a cabo esta crítica a muerte había que seleccionar una serie de
obras, vivir sus personajes, observar. Como el devenir de éstos no era
cognoscible a priori cabía la contingencia de perecer a causa del proceso de
identificación. El éxito de la misión dependía por tanto de la suerte. La
suerte, esto lo sabían ellos, es una metáfora del vértigo. Para paliarla todos
los heykalianos se encarnaron con la idea de que uno u otro hallaría la
solución al enigma y antes o después descubriría al narrador asesino. Quizás
por primera vez desde la Gran Aniquilación, que siguió al enfrentamiento de las
dos facciones, todos los heykalianos sintieron nacer la emoción de lo incierto.
“A uno de estos entes lo llamaré el investigador. Pensó que para el
éxito de su misión era esencial no identificarse plenamente con el personaje
elegido, conservar aunque fuera un resquicio de consciencia de su verdadera
identidad, esto es, abordar la obra como crítico, no como lector. Realizó
arduas prácticas de autocontrol y autognosis, y sólo después consintió en
llevar a cabo el proceso de encarnación. Como personaje, llamose Albrich, robó
el Oro del Rin, se hizo forjar un anillo que Wotan, un trapacero de estirpe
celestial, le arrebató. Albrich siguió la estela del anillo, el investigador
observó. Cada etapa de la luctuosa joya era una muerte. Fasolt primero, Fafnir
después, se preludiaba ya la de Sigfried. Mientras Fafnir convertido en dragón
yacía moribundo, Albrich se le acercó, se bañó en la sangre del reptil, se
sirvió de las necrofílicas abluciones para comprender las últimas palabras de
la bestia. El investigador oyó: `¿No eres tú el que va tras el misterio de la
muerte? Sábete pues que no existe ese creador asesino que supones. Estos óbitos
son en realidad suicidios. Ahora ‑continuó el monstruo‑, por la gracia
redentora de la muerte, puedo verlo todo claro. En algún rincón de nuestro ser
permanecía oculta y obscura una zona que no iluminamos por prudencia o por
temor. Podría llamársele el sótano de la consciencia, pero también la
disolución agazapada’.
“Bramó con fuerza y su rugido era doloroso pero liberador. `¿No eres
tú el que anda tras el misterio de la muerte? Pues sabe que el fin de Heykal
está próximo porque nuestro deseo más íntimo es la disolución definitiva, la
nada. Morimos de asco y de aburrimiento’. Dicho esto expiró. Albrich se apartó
del monstruo exangüe; el investigador, sorprendido por aquella brutal revelación,
reflexionó. Si las palabras de Fafnir eran ciertas, podía pensarse que los
creadores eran una ficción y que cada ente era capaz de transformar la obra
conforme a sus deseos. Quizás la novela no existía antes de ser leída y, si
existía, ¿para quién? ¿Podían los creadores ser producto de la fantasía de los
heykalianos desatada por el hastío? ¿Eran creador, lector y personajes
esencialmente el mismo? El juego de espejos que se le insinuó le pareció
aterrador. Por otra parte, pensó, la locución testamentaria del monstruo podía
ser una ficción más del guión.
“El laberinto le pareció infranqueable. Pero había algo más que le
llamó la atención. Repasó los recuerdos de Albrich, intentó comprender la
significación de aquel elemento narrativo por todos ansiado y portador de
idénticos desastres. Menos en su propio caso, cada pérdida del anillo había
dejado tras de sí una muerte: ¿podía plantearse una ecuación en los siguientes
términos: perder el anillo = muerte = liberación; poseer el anillo = vida
eterna = condenación? ¿Era ese mortal perder el anillo entregarlo, un acto
de secreta voluntad, una deliberada autoaniquilación? ¿Era poseerlo, adherirse
a él, una eterna condenación? ¿Había que poseerlo realmente, materialmente,
para ser un condenado inmortal o bastaba con buscarlo, con anhelarlo, con
haberle consagrado el alma? De pronto le asustó la Nada. Recuperar el anillo,
ahora que conocía su secreto, sería como abrazarse a una columna de ser puro,
enquistarse en el espacio angosto pero inatacable que protege una concha; y ¿no
es un anillo la imagen y el símbolo de lo que se cierra sobre sí mismo? Quedaba
todavía por revisar la posibilidad de que todo aquello formase parte del
cuento. Esta alternativa, aunque plausible, no le conducía a ninguna parte; por
otro lado, ¿y si la única realidad verdadera fuese aquella ficción?, ¿y si sus
recuerdos, su anterior estado de consciencia, su existencia más allá de la
historia hubiese sido sólo un sueño de Albrich? Se anunciaba la muerte del
crítico, la fascinación del lector, la consolidación del personaje. Albrich se
puso a buscar el anillo”.
Hasta aquí Méndele habló con parsimonia, se condujo con ecuanimidad.
Fue al acabar el relato cuando fijó la vista en Pacios con una expresión
grotesca esperando una reacción. Sólo entonces me fijé que en el anular de la
mano derecha del pequeño hombre cintilaba un anillo de oro de sobrecogedora
rutilancia. Descubierta la joya, Méndele adquirió para mí una nueva talla, una
nueva dimensión. El oro rojo del anillo adensaba a Méndele, lo tornaba
imperiosamente real, extrañamente sagrado... sí, con la sacralidad o realidad
de la piedra milenaria o el fósil.
Pacios le sostuvo la mirada y demoró la respuesta que aquél
aguardaba con ansiedad. Cuando la dio habló lentamente. “El anillo acabó en el
Rin, eso todos lo sabemos. Lo halló muchos años después un caballero visigodo
que lo legó a descendientes que sirvieron a los monarcas carolingios. Uno de
ellos tomó parte en la conquista de la Marca Hispánica y recibió por ello
título de nobleza. Transmitió el título a su muerte pero el anillo se perdió y
no sería encontrado sino muchos siglos más tarde por un judío que era a la
sazón secretario del último de los descendientes del godo. Durante la guerra
civil española, el judío, después de haber servido fielmente a su señor hasta
su muerte, huyó con su familia a la Argentina. Al llegar a Buenos Aires fue
asesinado: su hijo había robado al hombre la joya. Vea usted ‑me dijo señalando
al hombrecillo de los ojos de sátiro‑ al heredero de tan fantástica mitología”.
Contemplé a Méndele y sólo acerté a sentir por el desprecio, no sabía por qué.
Nunca como entonces Pacios me pareció un dios. Volvió a esbozar
aquella sonrisa olímpica y en ella enmarcó una orden: “Méndele, deme usted el
anillo”. Creí por un instante que el hombre iba a resistirse, quizás él también
lo pensó. Se levantó del asiento y obedeció a Pacios, caminó después como un
borracho hasta la puerta de la sala y se desplomó antes de alcanzar el umbral.
Estaba muerto. “Entonces...” ‑musité yo. “Gracias a Dios ‑me interrumpió Pacios‑
el romanticismo ha sido superado hace tiempo, lo que prima ahora es la novela
metafísica, se lo debemos a los esfuerzos de la décima generación. Habrá que
buscarle un nombre a este ismo. Los personajes somos todos uno, por
supuesto; pero yo, ya ve, gracias al anillo acabo de olvidarlo”.
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