1
Más allá de los peces el mar se quedó
solo. Las raíces habían asistido al entierro de los cometas en la planicie
inmensa de lo que ya no tiene sangre, y estaban fatigadas y sin sueño.
Imposible prever el asalto. Evitar el asalto. Cayendo las hojas y brincando los
peces. Se acortó el ritmo de la respiración vegetal y se enfrió la savia al
entrar en contacto con la sangre helada de los asaltantes elásticos.
Un río de pájaros desembocaba en cada
fruta. Los peces amanecieron en la mirada de las ramas luminosas. Las raíces
seguían despiertas bajo la tierra. Las raíces. Las más viejas. Las más
pequeñas. A veces encontraban en aquel mar de humus, un fragmento de estrella o
una ciudad de escarabajos. Y las raíces viejas explicaban: En este aerolito
llegaron del cielo las hormigas. Los gusanos pueden decirlo, no han perdido la
cuenta de la oscuridad.
Juan Poyé buscó bajo las hojas el brazo
que le faltaba, se lo acababan de quitar y qué cosquilla pasarse los
movimientos al cristalino brazo de la cerbatana. El temblor lo despertó medio
soterrado, aturdido por el olor de la noche. Pensó restregarse las narices con
el brazo-mano que le faltaba. ¡Hum!, dijo, y se pasó el movimiento al otro
brazo, al cristalino brazo de la cerbatana. Hedía a hervor de agua, a cacho
quemado, a pelo quemado, a carne quemada, a árbol quemado. Se oyeron los
coyotes. Pensó agarrar el machete con el brazo-mano que le faltaba. ¡Hum!, dijo,
y se pasó el movimiento al otro brazo. Tras los coyotes fluía el catarro de la
tierra, lodo con viruela caliente, algo que no se veía bien. Su mujer dormía.
Los senos sobre las cañas del tapexco, bulto de tecomates, y el cachete
aplastado contra la paja que le servía de almohada. La Poyé despertó a los
enviones de su marido, abrió los ojos de agua nacida en el fondo de un matorral
y dijo, cuando pudo hablar: ¡Masca copal, tiembla copal! El reflejo se iba
afilando, como cuando el cometa. Poyé reculó ante la luz, seguido de su mujer,
como cuando el cometa. Los árboles ardían sin alboroto, como cuando el cometa.
Algo pasó. Por poco se les caen los
árboles de las manos. Las raíces no saben lo que pasó por sus dedos. Si sería
parte de su sueño. Sacudida brusca acompañada de ruidos subterráneos. Y todo
hueco en derredor del mar. Si sería parte de su sueño. Y todo profundo
alrededor del mar.
¡Hum!, dijo Juan Poyé. No pudo mover el
brazo que le faltaba y se pasó el movimiento al cristalino brazo de la
cerbatana. El incendio abarcaba los montes más lejanos. Se pasó el movimiento
al brazo por donde el agua de su cuerpo iba a todo correr al cristalino brazo
de la cerbatana. Se oían sus dientes, piedras de río, entrechocar de miedo, la
arena movediza de sus pies a rastras y sus reflejos al tronchar el monte con
las uñas. Y con él iba su mujer, la Juana Poyé, que de él no se diferenciaba en
nada, era de tan buena agua nacida.
Algo pasó. Por poco se les caen los
árboles de las manos. Las raíces no supieron lo que pasó por sus dedos. Y de la
contracción de las raíces en el temblor, nacieron los telares. Si sería parte
de su sueño. El incendio no alcanzaba a las raíces de las ceibas, hinchadas en
la fresca negrura de los terrenos en hamaca. Y así nacieron los telares. El mar
se lamía y relamía del gusto de sentirse sin peces. Si sería parte de su sueño.
Los árboles se hicieron humo. Si sería parte de su sueño. El temblor primaveral
enseñaba a las raíces el teje y maneje de la florescencia en lanzadera por los
hilos del telar, y como anclaban libres los copales preciosos, platino, oro,
plata, los mascarían para bordar con saliva de meteoro los oscuros güipiles de
la tierra.
Juan Poyé sacó sus ramas al follaje de
todos los ríos. El mar es el follaje de todos los ríos. ¡Hum!, le dijo su
mujer, volvamos atrás. Y Juan Poyé hubiera querido volver atrás. ¡Cuereá de
regreso!, le gritó su mujer. Y Juan Poyé hubiera querido cuerear de regreso. Se
desangraba en lo inestable. ¡Qué gusto el de sus aguas con sabor de montaña!
¡Qué color el de sus aguas, como azúcar azul!
Una gran mancha verde empezó a
rodearlo. Excrecencia de civilizaciones remotas y salóbregas. Baba de sargazos
en llanuras tan extensas como no las había recorrido en tierra. Otra mancha
empezó a formarse a distancia insituable, horizonte desconsolado de los jades
elásticos del mar. Poyé no esperó. Al pintar más lejos una tercera mancha de
agua jadeante, recorrida por ramazones de estrellas en queda explosión de
nácar, echó atrás, cuereó de regreso, mas no pudo remontar sus propias aguas y
se ahogó, espumarajo de iguana, después de flotar flojo y helado en la
superficie mucho tiempo.
Ni Juan Poyé ni la Juana Poyé. Pero si
mañana llueve en la montaña, si se apaga el incendio y el humo se queda quieto,
infinitamente quieto como en el carbón, el amor propio hondo de las piedras
juntará gotitas de agresiva dulzura y aparecerá nuevo el cristalino brazo de la
cerbatana. Sólo las raíces. Las raíces profundas. El aire lo quemaba todo en la
igualdad de la sombra limpia. Fuego celeste al sur. Ni una mosca verde. Ni un
cocodrilo con caca de pájaro en la faltriquera. Ni un eco. Ni un sonido. Sueño
vidrioso de lo que carece de sueño, del cuarzo, de la piedra pómez más ligera
que el agua, del mármol insomne bajo sábanas de tierra. Sólo las raíces
profundas seguían pegadas a sus telares. Ave caída era descuartizada por las
raíces de los mangles, antes que la devoraran los ojos del incendio, cazador en
la marisma, y las raíces de los cacahuatales, olorosas a chocolate, atrapaban a
los reptiles ampollados ya por el calor. La vida se salvaba en los terrenos
vegetales, por obra de las raíces tejedoras, regadas por el cristalino brazo de
la cerbatana. Pero ahora ni en invierno venía Juan Poyé--Juana Poyé. Años.
Siglos.
Diecinueve mil leguas de aire sobre el
mar. Y toda la impecable geometría de las pizarras de escama navegante, de los
pórfidos verdes bajo alambores de astros centelleantes, de las porcelanas de
granitos colados en natas de leche, de los espejos escamosos de azogue sobre
arenas móviles, de sombras de aguafuerte en terrenos veteados de naranjas y
ocres. Crecimiento exacto de un silencio desesperante, residuo de alguna
nebulosa. Y la vida de dos reinos acabando en los terrenos vegetales
acartonados por la sequedad de la atmósfera y la sed en rama del incendio.
Sonoridad de los vestidos estelares en
la mudez vaciante del espacio. Catástrofe de luna sobre rebaños inmóviles de
sal. Frenos de mareas muertas entre dientes de olas congeladas, afiladas,
acuchillantes. Afuera. Adentro.
Hasta donde los minerales sacudían su
tiniebla mansa, volvió su presencia fluida a turbar el sueño de la tierra.
Reinaba humedad de estancia oscura y todo era y se veía luminoso. Un como sueño
entre paredes de manzana-rosa, contiguo a los intestinos de los peces. Una como
necesidad fecal del aire, en el aire enteramente limpio, sin el olor a moho ni
el frío de cáscara de papa que fue tomado al acercarse la noche y comprender
los minerales que no obstante la destrucción de todo por el fuego, las raíces habían
seguido trabajando para la vida en sus telares, nutridas en secreto por un río
manco.
¡Hum!, dijo Juan Poyé ¿Una montaña se
le vino encima. Y por defenderse con el brazo que le faltaba perdió tiempo y ya
fue de mover el otro brazo en el declive, para escapar maltrecho. Pedazos de
culebra macheteada. Chayes de espejo. Olor a lluvia en el mar. De no ser el
instinto se queda allí tendido, entre cerros que lo atacaban con espolones se
piedras hablantes. Sólo su cabeza, ya sólo su cabeza rodaba entre espumarajes
de cabellos largos y fluviales. Sólo su cabeza. Las raíces llenaban de savia
los troncos, las hojas, las flores, los frutos. Por todas partes se respiraba
un aire vivo, fácil, vegetal, y pequeñas babosidades con músculos de musgo
tierno entraban y salían de agujeros secretos, ocultos en la pedriza quemante
de la sed.
Juan Poyé reapareció en sus nietos. Una
gota de su inmenso caudal en el vientre de la Juana Poyé engendró las lluvias,
de quienes nacieron los ríos navegables. Sus nietos.
La noticia de Juan Poyé-Juana Poyé
termina aquí, según.
2
Los ríos navegables, los hijos de las
lluvias, los del comercio carnal con el mar, andaban en la superficie de la
tierra y dentro de la tierra en lucha con las montañas, los volcanes y los
llanos engañadores que se paseaban por el suelo comido de abismos, como balsas
móviles. Encuentros estelares en el tacto del barro, en el fondo del cielo, que
fijaba la mirada cegatona de los crisopacios, en el sosegado desorden de las
aguas errantes sobre lechos invisibles de arenas esponjosas, y en el berrinche
de los pedernales enfurecidos por el rayo.
Otro temblor de tierra y el
aspavimiento del líquido desalojado por la sacudida brutal. Nubes subterráneas
de ruido compacto. Polvo de barrancos elásticos. Nuevas sacudidas. La vida
vegetal surgía aglutinante. La bajaban del cielo los hijos navegables de las
lluvias y donde el envoltorio de la tierra se rasgaba asiéndose a rocas más y
más profundas o flameaba en cimas estrelladas, vientos de sudor vegetal se
apresuraban a depositar la capa de humus necesaria a la semilla de las
nebulosas tiernas.
Pero a cada planta, a cada intento
vegetal, sucedíanse nuevas catástrofes, enfriamientos y derrames de arcilla en
ebullición. La corrupción de los metales hacía irrespirable el sol, en el
ambiente envenenado y seco.
Se acercaban los tiempos de la lucha
del Cactus con el Oro. El Oro atacó una noche a la planta costrosa de las
grandes espinas. El Cactus se enroscó en forma de serpiente de muchas cabezas,
sin poder escapar a la lluvia rubia que lo bañaba de finísimos hilos.
El estruendo de alegría de los
minerales apagó el lamento de la planta que en forma de ceniza verde quedó como
recuerdo en una roca. E igual suerte corrieron otros árboles. El morro
ennegreció sus frutos con la quemadura profunda. La pitahayaquedó ardiendo como
una brasa.
Los ríos se habituaron, poco a poco, a
la lucha de exterminio en que morían en aquel vivir a gatas tras de los cerros,
en aquel saltar barrancos para salvarse, en aquel huir tierra adentro, por todo
el oscuro reino del tacto y las raíces tejedoras.
Y, poco a poco, en lo más hondo de la
lluvia, empezó a escucharse el silencio de los minerales, como todavía se
escucha, callados en el interior de ellos mismos, con los dientes desnudos en
las grietas y siempre dispuestos a romper la capa de tierra vegetal, sombra de
nube de agua alimentada por los ríos navegables, sueño que facilitó la segunda
llegada del Cristalino Brazo de la Cerbatana.
Cristalino Brazo de la Cerbatana. Su
cabellera de burbujas-raíces en el agua sonámbula. Sus ooojooos. Calmó un
instante las inquietudes primaverales de la tierra, para alarmarla más tarde
con la felicidad que iba comunicando a todo su presencia de esponja, su risa de
leche, como herida en tronco de palo de hule, y sus órganos genitales sin
sostén en el aire. Miel en desorden tropical. Y la primera sensación amorosa de
espaldas al equinoccio, en el regocijo de las vértebras, todavía espinas de
pececillo voraz.
Cristalino Brazo de la Cerbatana puso
fin a la lucha de los minerales candentes y los ríos navegables; pero con él
empezó la nueva lucha, el nuevo incendio, el celo solar, la quemadura en verde,
en rojo, en negro, en azul y en amarillo de la savia con sueño de reptil, entre
emanaciones sulfurosas y frío resplandor de trementinas.
Ciego, casi pétreo, velloso de humedad,
el primer animal tramaba y destramaba quién sabe qué angustia. Picazón de las
encías arcillosas en el bochorno de la siesta. Cosquilla mordedora del grano
bajo la tuza, en la mazorca de maíz. Sufrimiento de los zarcillos uñudos.
Movimiento de las trepadoras. Vuelo de carniceros exacto y afilado. El musgo,
humo del incendio-lago en que ardía Cristalino Brazo de la Cerbatana, iba
llenando las axilas de unos hombres y mujeres hechos de rumores, con las uñas
de haba y corazonadas regidas por la luna que en la costa ampolla y desampolla
los océanos, que abre y cierra los nepentes, que destila a las arañas, que hace
tiritar a las gacelas.
3
En cada poro de su piel de jícara
lustrosa, había un horizonte y se le llamó Chorro de Horizontes desde que lo
trajo Cristalino Brazo de la Cerbatana, hasta ahora que ya no se le llama así.
Las algas marcaron sus pies maíz con ramazones que hacen sus pasos
inconfundibles. Cinco yemas por cada pie, el talón y la ramazón. Donde deja su
huella parece que acaba de salir del mar.
Chorro de Horizontes pudo permanecer
largo tiempo o muy erguido, pero en pie. Al final de dos afluentes carne le
colgaban las manos. Sus dos manos nervaduras de hojas, las hojas que dejaron en
ellas como en tamales de maíz, estampado su origen vegetal.
Se le agrietó la boca, al tocar un
bejuco, para decir algo que no dijo. Un pequeño grito. El bejuco se le iba de
la punta de los dedos, aun cuando él subía y bajaba las manos por su mínima
superficie circular. Y empleó el bejuco, realidad mágica, para expresar su
soledad genésica, su angustia de sentirse poroso.
Y la primera ciudad se llamó Serpiente
con Chorros e Horizontes, a la orilla de un río de garzas rosadas, ajo un cielo
de colinas verdes, donde se dieron las leyes del amor que aún conservan el
secreto encanto de las leyes que rigen a las flores.
Chorro de Horizontes se desnudó de sus
atavíos de guerra para vestir su sexo y por nueve días, antes de abultar la
luna, estuvo tomando caldo de nueve gallinas blancas día a día, hasta sentirse
perfecto. Luego, en luna creciente, tuvo respiración de mujer bajo su pecho y
después se quedó un día sin hablar, con la cabeza cubierta de hojas verdes y la
espalda de flores girasol. Y sólo podía ver al suelo, como mendigo, hasta que
la mujer que había preñado vino a botarle la flor de maíz sobre los pies. Nunca
en luna menguante tuvo respiración de mujer bajo su pecho, por más que todo el
cuerpo le comiera como remolino.
Esto pasaba en la Ciudad de Serpiente
con Chorros de Horizontes; de donde se fueron los hombres engusanados de viento
y quedó solo el río con los templos piedra sin peso, con las fortalezas de
piedra sin peso, con las casas de piedra sin peso, que reflejo de ciudad fue la
Ciudad de Serpiente con Chorros de Horizontes.
Los hombres empezaron a olvidar las
leyes del amor en las montañas, a tener respiración de mujer bajo su pecho en
los menguantes, sin los nueve días de caldo de nueve gallinas blancas cada día,
ni el estar después con la cabeza envuelta en hojas y la espalda cubierta con
flores de girasol, callados, viendo para el suelo. De donde nacieron hijos que
no traían en cada poro un horizonte, enfermos, asustadizos, y con las piernas
que se les podían trenzar.
El invierno pudría la madera con que
estos hombres de menguante construyeron su ciudad en la montaña. Seres babas
que para hacerse temer aprendieron a esponjarse la cabeza con peinados sonoros,
a pintarse la piel de amarillo con cáscara de palo de oro, los párpados de
verde con hierbas, los labios de rojo con achiote, las uñas de negro con nije,
los dientes de azul con jiquilite. Un pueblo con crueldad de niño, de espina,
de máscara. La magia sustituía con símbolos de colores sin mezcla, el dolor de
las bestias que perdían las quijadas de tanto lamentarse en el sacrificio. Se
acercaban los tiempos de la primera invasión de las arañas guerreadoras, las de
los ojos de fuera y constante temblor de cólera en las patas zancajonas y
peludas, y en todo el cuerpo. Los hombres pintados salieron a su encuentro.
Pero fueron vanos el rojo, el amarillo, el verde, el negro, el blanco y el azul
de sus máscaras y vestidos, ante el avance de las arañas que, en formación de
azacuanes, cubrían montes, cuevas, bosques, valles, barrancas.
Y allí perecieron los hombres pintados
del menguante lunar, los que ahora están en el fondo de las vasijas y no se
ven, los que adornan las jícaras por fuera y sí se ven, sin dejar más
descendencia que algunos enfermos de envés de güipil o tiña dulce, por culpa de
su crueldad simbolizada en los colores.
Sólo el Río de las Garzas Rosadas quedó
en la Ciudad de Serpiente con Chorros de Horizontes, que era una ciudad de
reflejos en red de pájaros, dicen, dicen, y otros dicen que era una ciudad de
piedra pómez arrodillada donde el Cactus fue vencido por el Oro. Sólo el río, y
se le veía andar, sin llevarse la ciudad reflejada, apenas sacudida por las
pestañas de su corriente. Pero un día quiso saber de los hombres perdidos en la
montaña, se salió de su cauce y los fue buscando con sus inundaciones. Ni los
descendientes. Poco se sabe de su encuentro con las arañas guerreras. Sus
formaciones lo atacaron desde los árboles, desde las piedras, desde los riscos,
en una planicie rodeada de pequeñas colinas. Ruido de agua que pasa por
coladeras, atronó sus oídos y se sintió largo tiempo con sabor humano, entre
las patas de las arañas, que hablan chupado la sangre de los hombres
aniquilados en la montaña.
4
La Diosa Invisible de las Palomas de la
Ausencia, fundadora de otra ciudad cerca del mar, donde se tenía noticia de la
Ciudad que se llamó Serpiente con Chorros de Horizontes, supo que llegaba a la
costa un río mensajero de las más altas montañas y mandó que los campos
florecieran a su paso doce lugares antes, para que entrara a la ciudad vestido
de pétalos, embriagado de aromas, pronto a contar lo que olvidaron los hombres
del reino del amor.
Y en las puertas de la ciudad que era
también de templos palacios y fortalezas sin peso dulce de estar en el agua
honda de la bahía recogida como en una concha lo saludaron palabras canoras en
pedacitos de viento envueltos en plumas de colores.
¡Tú, Esposo de las Garzas Rosadas, el
de la carne de sombra azul y esqueleto de la zarza dorada, nieta de Juan
Poyé-Juana Poyé, hijo navegable de las lluvias, bienvenido seas a la Ciudad de
la Diosa Invisible de las Palomas de la Ausencia!
El río entró jugando con las arenas
blancas de una playa que, como alfombra, habían tendido para él esa mañana los
pájaros marinos.
¡Que duerma!, dijeron las columnas de
un templo sin techo que en al agua corriente palpitaba, imagen de la Diosa
Invisible de las Palomas de Ausencia.
¡Que duerma! ¡Que lo vele una doble
fila de nubes sacerdotales! ¡Que no lo despierten los pájaros mañana! ¡Que no
lo picoteen los pájaros mañana!
Apareadas velas de barcos de cristal y
sueño, se acercaron; pero en una de las velas llegó dormida y su reflejo de
carne femenina tomó forma de mujer al entrar en las aguas del río mezcladas con
la sangre de los hombres del menguante lunar. Esplendor luminoso y crujida de
dientes frescos como granizo alrededor de los senos en miel, de las caderas en
huidiza pendiente del seso, isla de tierra rosada en la desembocadura frente al
mar.
Y así fue como hombres y mujeres nacidos
de menguante, poblaron la Ciudad de la Diosa Invisible de las Palomas de la
Ausencia. Del río oscuro salían la arañas.
5
Una erupción volcánica de chorchas
anunció el aparecimiento de Saliva de Espejo, el Guacamayo. Empezó entonces la
vida de los hombres contra la corriente reflejo-realidad de pueblos que
emigraban de la desembocadura a la montaña. Imantados por el azul de cielo,
emigraban desde el azul del mar. Contra las puntas negras de los senos de las
mujeres sacaban chispas al pedernal. Lo que sólo era un símbolo, como fue
simbolizada con la caricia de la mano en el sexo femenino, la alegría del
hallazgo del fuego en la tiniebla.
Pueblos peregrinos. Pueblos de hombres
contra la corriente. Pueblos que subieron el clima de la costa a la montaña. Pueblos
que entibiaron la atmósfera con su presencia, para dar nacimiento al trópico de
menguante, donde el sol, lejos de herir, se esponja como gallina ante un
espejo.
Las raíces no paraban. Vivir para
tejer. Los minerales habían sido vencidos hasta en los más expuesto de las
montañas y por chorros borbotaba el verde en el horizonte redondo de los
pájaros.
Se dictaron de nuevo las Leyes del
Amor, obedecidas en la primera ciudad que se llamó Serpiente con Chorros de
Horizontes y olvidadas en la montaña, por los hombres que fueron aniquilados a
pesar de sus pinturas, de su crueldad de niños, de sus máscaras con espinas de
cactus.
Las Leyes del Amor fueron nuevamente
guardadas por los hombres que volvían redimidos de la ciudad de la Diosa
Invisible de las Palomas de la Ausencia: astrónomos que envejecían cara al
cielo, con los huesos de plata de tanto ver la luna; artistas que enloquecían
de iluminada inspiración al sentir un horizonte en cada poro, como los
primitivos Chorros de Horizontes; negociantes que hablaban blanda lengua de
pájaros; y guerreros que tomaban parte en las reyertas intestinas de los
bólidos, veloces para el ataque por tierra y raudos para el ataque por mar. Los
vientos alimentaban estas guerras del cielo sin refugio, bajo las constelaciones
del verano voraz y el azote invernal de las tempestades cuereadoras.
Las serpientes estornudaban azufre,
eran interminables intestinos subterráneos que salían a flor de tierra a manera
de fauces abiertas. Los hombres que se quedaron guardando la entrada de estas
cavernas-serpientes, recibieron el nombre de sacerdotes. El fuego les había
quemado el cabello, las cejas, las barbas, las pestañas, el vello de los
sobacos, el vello del sexo. Parecían astros rojizos resbalando entre las hojas
verdes, encendidas, que vistieron para venirse a comunicar con los hombres. Y
el sabor de ceniza que les dejó el chamuscón de los pelos, les hizo concebir a
las divinidades con un raro sabor oscuro. Ceniza de pelo y saliva de sacerdotes
amasaron la primitiva religión, cáscara de silencio y fruta amarga de los
primeros encantamientos.
No se supo a qué venía todo aquel
milagro de la vida errante, huidiza, fijada por arte sacerdotal donde, según la
tradición, se enroscó el cactus vencido por el oro y hubo una ciudad de reflejos
que se llamó Serpiente con Chorros de Horizontes.
Las hormigas sacaron del agua una nueva
ciudad, arena por arena--la primitiva ciudad de reflejos--y con sangre de
millones de hormigas que cumplido el trabajo morían aletargadas de cansancio,
se fueron edificando verdaderas murallas, hasta la copa de los árboles altos, y
templos en los que el vuelo de las aves dormidas petrificaba las vestiduras de
los dioses. Verdaderas murallas, verdaderos templos y mansiones para la vida y
para la muerte verdadera, ya no espejismos, ya no reflejos.
Esto dijeron los hombres en la danza de
la seguridad: la vida diaria. Mas en las garras de las fieras crecían las uñas
y la guerra empezó de nuevo. Hubo matanzas. Se desvistieron los combatientes de
la blandura de la vida en la ciudad para tomar armas endurecidas por atributos
minerales. Y volvieron del combate deshechos, acobardados, en busca de
reliquias sacerdotales para poder contra el mal. Una vez más iba a ser
destruida a mordiscos de fiera, la ciudad levantada donde el cactus fue vencido
y existió para vivir abandonada la ciudad de Serpiente con Chorros de
Horizontes.
Las mujeres salieron a combatir. Sin
respiración amorosa de hombre, los hombres se amasaban con los hombres en el
silencio de las arboledas, más abajo de la cañadas, más arriba de la colinas;
sin amorosa respiración de hombre, las mujeres habían endurecido y sombras de
color mineral denunciaban en sus rostros instintos varoniles. Al combate frente
a frente que libraron los hombres contra las uñas y los dientes de las fieras,
muchos de ellos murieron de placer al sentir la garra en la espalda, el
colmillazo en la nuca y todo aquel espinar de tuna que corta la sangre en la
agonía--iban al combate por el deseo de ser maltratados por lo único fuerte que
había alrededor de la ciudad: los pumas, los jaguares, las dantas, los
coyotes--; al combate frente a frente sucedió por parte de las mujeres, el
combate a salto de mata, a vuelta de encrucijada. Y se oyó a las fieras
esconder las uñas en la muerte y triturarse los dientes, heridas por venenosas
oscuridades, y se vio querer volver en sí a los dorados pumas, en sí, en su
vida, en su ciencia, en su sangre, en su pelo de seda, en su sabor de saliva
dulce goteada por onzas entre los colmillos blancos; cada vez más blancos en la
encías sanguinolentas. Y se oyó vidriarse el aire entero, todo el aire de la
tierra, con los ojos fijos de los jaguares heridos a mansalva en la parte
sagrada de los animales machos y amusgarse el quejido rencoroso de los coches
de monte, algunos tuertos, otros desorejados, y dolerse el bosque con los
chillidos de los monos quejumbrosos.
Por donde todo era oscuro regresaron
las mujeres y vencedoras de las fieras, luciendo, como adornos, las cabezas de
los tigres a la luz leonada de las fogatas que encendió la ciudad para
recibirlas en triunfo, y las pieles de los otros animales degollados por ellas.
Las mujeres reinaron entonces sobre los
hombres empleados en la fabricación de juguetes de barro, en el arreglo
interior de las casas, en el suave quehacer de la comida condimentada y
laboriosa por su escala de sabores, y en el lavado de la ropa, aparte de los
que cantaban, ebrios de vino de jocote, para recortar del aire tibios edenes,
de los que adivinaban la suerte en los espumarajos del río, y de los que
rascaban las plantas de los pies, los vientres o lo alrededores de los pezones,
a las guerreras en reposo.
Una cronología lenta, arena de
cataclismo sacudida a través de las piedras que la viruela de las inscripciones
iba corrompiendo como la baba del invierno había corrompido las maderas que
guardaban los fastos de la cronología de los hombres pintados, hacía olvidar a
los habitantes lo que en verdad eran, creación ficticia, ocio de los dioses, y
les daba pie para sentirse inmortales.
Los dioses amanecieron en cuclillas
sobre la aurora, todos pintados y al contemplarlos en esa forma los de la nueva
ciudad, olvidaron su pensamiento en los espejos del río y se untaron la cara de
arcoiris de plumas amarillas, rojas, verdes y todos los colores que se mezclan
para formar la blanca saliva de Saliva de Espejo.
Ya había verdaderas murallas,
verdaderos templos, y mansiones verdaderas, todo de tierra y sueño de hormiga,
edificaciones que el río empezó a lamer hasta llevárselas y no dejar ni el
rastro de su existencia opulenta, de sus graneros, de sus pirámides, de sus
torres, de sus calles enredaderas y sus plazas girasoles.
¿Cuántas lenguas de río lamieron la
ciudad hasta llevársela? Poco a poco, perdida su consistencia, ablandándose
como un sueño y se deshizo en el agua, igual que las primitivas ciudades de
reflejos. Esta fue la ciudad de Gran Saliva de Espejo, el Guacamayo.
6
La vegetación avanzaba. No se sentía su
movimiento. Rumoroso y caliente andar de los frijolares, de los ayotales, de
las plantas rastreadoras, de las filas de chinches doradas, de las hormigas
arrieras, de los saltamontes con alas de agua. La vegetación avanzaba. Los
animales ahogados por su presencia compacta, saltaban de árbol en árbol, sin
alcanzar a ver en el horizonte un sitio en que la tierra se deshiciera de
aquella oscuridad verde, caliente, pegajosa. Llovía torrencialmente. Una
vegetación de árboles de cabelleras líquidas sembrados en el cielo.
Aturdimiento mortal de cuanta criatura quedaba viva, de las nubes panzonas
sobre las ceibas echadas a dormir en forma de sombra sobre el suelo.
Los peces engordaban el mar. La luz de
la lluvia les salía a los ojos. Algunos de barba helada y caliente. Algunos
manchados por círculos que giraban como encajes de fiebre alrededor de ellos
mismos. Algunos sin movimiento, como manchas de sangre en los profundos
cartílagos subacuáticos. Otros y otros. Las medusas y los infusorios combatían
con las pestañas. Peso de la vegetación hundiéndose en el tacto de la tierra en
agua, en la tiniebla de un lodo fino, en la respiración helada de los monstruos
lechosos, con la mitad del cuerpo mineralizado, la cabeza de carbón vegetal y
las enredaderas de las extremidades destilando polen líquido.
Noticias vagas de las primitivas
ciudades. La vegetación había recubierto las ruinas y sonaba a barranco bajo
las hojas, como si todo fuera tronco podrido, a barranco y charca, a barrancos
poblados por unos seres con viveza de cogollos, que hablaban en voz baja y que
en vuelta de bejucos milenarios envolvieron a los dioses para acortar sus
alcances mágicos, como la vegetación había envuelto a la tierra, como la ropa
había envuelto a la mujer. Y así fue como perdieron los pueblos su contacto
intimo con los dioses, la tierra y la mujer, según.
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