Nos conocimos por asuntos de
negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior
de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más
prometedores. Me hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y
permanecí en mi actitud. Por fin, el director en persona se puso en contacto
conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto, pero
de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que
difícilmente se advertía su falta de educación formal. De todas formas, estaba
remediando con gran rapidez esta carencia con clases nocturnas, cursillos de
ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras
discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de Chicago:
tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y
varios juegos de ajedrez, sin ninguno de los extravagantes parroquianos que
usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros, había solamente media
docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias
personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que
discutía con el camarero si Bartok era más original que Schoenberg o viceversa.
Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y algo de cerveza danesa.
Expliqué que no me interesaba el
dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún campo agradable
con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó
su pipa antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada
barbilla y nariz romana, cabello grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
¿No se lo explicó mi
representante? dijo. No estamos proyectando viviendas en serie para conejos.
Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una
disposición... así.
Sacó lápiz y papel y empezó a
dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez
persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que
estábamos en la mitad del siglo veinte y que, por no ser prefabricado, un
núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso lograr una unidad
artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada
insistencia, y la conversación se derivó a otros puntos.
Agradable lugar observé. ¿Cómo lo
descubrió?
Se encogió de hombros.
Frecuentemente doy vueltas por
ahí, sobre todo de noche. Explorando.
¿No resulta un poco peligroso?
No en comparación dijo con una sombra
de temor.
Uh... Tengo entendido que usted
nació aquí...
No. No llegué a los Estados Unidos
hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona desplazada. Me convertí en
Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí
prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí
mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz encumbramiento en
los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos
no creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción
radiante, por menos de veinte mil dólares. Michaels había descubierto como
hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido
admitido con visado especial, en consideración a los servicios prestados al
ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa.
En ellos demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se
desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a
veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia
en su ático a orillas del lago. Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos
brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre solitario, por lo que le
proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de
nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar
el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para hablar. Y
hablamos. Después de considerar desde las probabilidades que surgiese una
sorpresa en las próximas elecciones de la ciudad hasta las que otros planetas
siguieran un curso en su historia idéntico al nuestro, Amalie se excusó y se
fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo
continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último
tema, o alguna palabra en particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente
se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky con un movimiento un tanto
inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde
hasta la ventana.
La noche era clara y profunda.
Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de brillantes
colores rubí, amatista, esmeralda, topacio y la oscura extensión del lago
Michigan; casi parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras
más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba el cielo, negro cristal, donde la
Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo largo de la
Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
Después de todo dijo, sé de lo que
estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El
fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara iluminaba la
habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la
ventana. Me arrellané un poco.
¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro
estaba rígido.
¿Qué dirías si te respondiese que
sí?
Sorbí mi bebida. Un King's Ransom
es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma Tierra adquiere
un aire glacial para entonar.
Supongo que tienes tus razones y
esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
No te preocupes, también soy de
este planeta aclaró. Pero el cielo es tan grande y extraño... ¿No crees que
esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y
lo traerán en sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
Sigue. Ya sabes que me gustan las
fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego
se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto violento no
era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
Muy bien, entonces te contaré una
fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas advertido para no
tomarla en serio declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente
cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y
abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo y se
sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un
objeto sombrío e ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarlo,
pues comenzó a hablar, rápida y quedamente.
Dentro de mucho, mucho tiempo en
el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no sería
posible. ¿Serías capaz de regresar al tiempo de los constructores de las
pirámides egipcias y hablarles de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir
que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es lo de menos. Quiero
decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos.
Y la forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible
que esas luces, torres y máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro
que viven entre grandes y deslumbradoras energías, o de variables genéticas, de
guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una idea, pero
no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este
planeta ha girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados
que vivimos, en fin, en que esta civilización piensa según normas tan extrañas
que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha descubierto
medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo
llamarlo exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado
vaga), un tipo medio, sabe de un modo vago e indiferente que, milenios atrás,
unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar el átomo. Pero
uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado
entre nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de
información para el cerebro central, por llamarlo de alguna manera. Nadie más
se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la primitiva
arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su
mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El silencio
aumentó. Al fin dije:
Muy bien. En consideración a tu
historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo, invisibles,
dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio
pasado.
Oh, no hay peligro en ello aseguró.
La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando por ahí que venían
del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada
sombría.
¿Puedes adivinar qué aplicaciones
puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
Por ejemplo, el comercio de
objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los
dinosaurios para conseguir hierro, antes que el hombre aparezca y agote las
minas más ricas sugerí.
Meneó la cabeza.
Sigue pensando. ¿Se contentarían
con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming, o enanos de
la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es
que «museo» no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no
son como nosotros. En cuanto a los recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen
los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento.
Luego agregó:
¿Cómo se llamaba esa colonia penal
que los franceses abandonaron?
¿La Isla del Diablo?
Sí, la misma. ¿Puedes imaginar
mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el pasado?
Pensaba que estarían por encima de
cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión. Incluso en este
siglo, sabemos que no dan resultado.
¿Estás seguro? preguntó
sosegadamente. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la penalización un
incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, que me
atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como
una catástasis de la sociedad en su conjunto. En el futuro, te explicarán que
las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción de crímenes que, de
otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos
hicieron posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho alzó
una sardónica ceja. O así lo pretenden en el futuro. No importa si tienen
razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en su propia
civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores
criminales al pasado.
Poco amable para con el pasado comenté.
No, realmente no. Por una serie de
razones, incluyendo el hecho que todo cuanto hacen suceder ha sucedido ya...
Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes
reconocer que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que
ser un criminal muy fuera de lo corriente para merecer el exilio en el tiempo.
El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada momento particular en
la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía,
la venta de narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en
unas épocas han merecido el castigo capital, han sido consideradas en otras con
indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente. Continúa pensando y
dime si no tengo razón.
Lo miré por algún tiempo,
observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que para su
edad no debería mostrar tantas canas.
Muy bien admití. De acuerdo. Ahora
bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del futuro no pretendería...
Dejó el vaso con perceptible
fuerza.
¿Qué conocimiento? exclamó
vivamente. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado desnudo y solo en
Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey?
¿Cuánto tiempo reinará? ¿Quién lo sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres
que se deben obedecer? No te olvides que los asirios o los persas o alguien han
de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa guerra es un mero
incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará
Babilonia? De lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No
encontrarías ahora ni veinte hombres capaces de contestar esas preguntas sin
consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
Creo dije lentamente, que me
dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente el idioma.
Le explicaría al sacerdote que puedo hacer... no sé... fuegos artificiales...
Se rió con escaso júbilo.
¿Cómo? Acuérdate, estás en
Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En caso que consigas por medio
del sacerdote el material y los utensilios necesarios, ¿cómo compondrás un
polvo que haga realmente explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das
cuenta que ni siquiera podrías obtener un trabajo como estibador? Fregar suelos
sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino más lógico.
¿No es cierto?
El fuego comenzó a debilitarse.
Perfectamente asentí. Es verdad.
Escogieron la época con cuidado. Miró
a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la reflexión en el
cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
Cuando un hombre es sentenciado al
destierro explicó, todos los expertos deliberan para establecer qué períodos,
según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender
que ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un
individuo delicado e intelectual, mientras que uno violento podría pasarlo
bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría encontrar su
puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro,
la incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté
calmarlo con una observación seca:
El convicto tendrá que ser
inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario, el
destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
Sí dijo. Y por supuesto el suero
de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo, eso no es todo.
Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se
desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han
escogido para él una época con... tales características... que esperan que el castigo
se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre
nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser
obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta
extinguirse en el exterior. Di un vistazo a la esfera. La noche terminaba;
pronto el este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba
observándome con desconcertante intención.
¿Cuál fue tu crimen? pregunté.
No pareció pillarlo de improviso,
dijo solamente con hastío:
¿Qué importa? Te dije que los
crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento hubiese tenido
éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
Muchas personas debieron resultar
perjudicadas dije. Todo un mundo te habrá odiado.
Bien, sí admitió. Pasó un minuto.
Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
Seguiré tu juego sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se
inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica
alfombra.
Sea. Considerando la magnitud de
la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia de mi
pretendida culpa?
Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde
fuiste abandonado?
Cerca de Varsovia, en agosto de
1939 dijo, con una voz tan helada como jamás he oído.
No creo que te interese hablar
acerca de los años de guerra.
No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco
después como para desafiarme:
Mis enemigos se equivocaron. La
confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad para escapar a
la vigilancia de la policía antes que me internasen en un campo de
concentración. Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto,
no podía predecir nada. Ni puedo ahora; únicamente los especialistas conocen, o
se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me convertí en
un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los
vencidos. Me pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había
observado, y llegué a trabajar como espía para ellos. Era peligroso, pero no
mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la historia
no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo
volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se encontraban todos
los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
La mies ajena dije.
¿Qué?
Ya sabes. Ruth en el exilio. No
era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su patria.
No conozco esa historia.
Está en la Biblia.
Ah, sí. Realmente debería leer la
Biblia alguna vez. Su disposición de ánimo estaba cambiando y volvía hacia su
primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión
era alerta y confiada.
Sí dijo, ese aspecto fue bastante
malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello. Cuando se hace camping,
pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios
que los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un
reductor de gravedad o un estimulador celular, pero me lo paso admirablemente
sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las pequeñas cosas que jamás
se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la
gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son
diferentes en el futuro. El Sol se ha desplazado bastante de su órbita
galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre hubo emigrantes. Todos nosotros
somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me
adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
Tal como aquellos traidores están
dirigiendo las cosas dijo, no regresaría ahora aunque me concediesen un indulto
total.
Terminé mi bebida, saboreándola
todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché sólo a
medias.
¿Te gusta este mundo?
Sí contestó. Por ahora así es. He
superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha tenido muy ocupado los
primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me
dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan
ahora cada vez más, es un juego fascinante y agradablemente libre de castigos
exagerados en caso de error. Aquí he descubierto cualidades que el futuro ha
perdido... apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta
ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado
de guardia en un laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una
orgía en el apartamento de un millonario, un sacerdote que se prepara para los
ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un barco de las
Indias...
Su excitación se calmó. Volvió su
mirada hacia los dormitorios.
Y mi esposa y los niños concluyó,
muy suavemente. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me
sonrió burlonamente.
Comienzo a pensar que te has
creído todo ese cuento.
Naturalmente aplasté la colilla
del cigarro y me levanté, desperezándome. Es muy triste. Más vale que nos
vayamos.
No lo comprendió de inmediato.
Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
¿Irnos?
Por supuesto saqué una alentadora
arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso. En esta clase de asuntos nunca
se deja algo al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su
rostro.
No murmuró, no, no, no puedes, no
es justo para Amalie, los niños...
Eso le expliqué, es parte del
castigo.
Lo abandoné en Damasco, el año
anterior que Tamerlán la saquease.
F I N
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.