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omo una daga lanzada en busca de su blanco,
el Valcyn apuñalaba el hiperespacio;
un único superviviente alejándose del campo de batalla, del lugar de la masacre.
Todos los Lores Sith estaban muertos tras su
última parada en Ruusan... todos excepto uno.
La insidiosa “bomba mental”, hecha estallar
en un glorioso gesto suicida por el Lord Sith Kaan había también arrasado con
todos los Caballeros Jedi bajo las órdenes de Lord Hoth. Todos y cada uno de
los usuarios de la Fuerza en Ruusan habían sido aniquilados, tanto los
guerreros de la luz como los de la oscuridad. Pero había otros Jedi diseminados
por la República, mientras que la Hermandad de la Oscuridad quedaba ahora extinta.
A excepción de Darth Bane.
“Eres un cobarde,” dijo una hueca voz
espectral junto a él, recia y cálida en las cercanías de la lustrosa cabina de
la nave. “Me has fallado. A mí, a Lord Kaan y a todos tus hermanos Sith.”
Con sus nudillos blancos al empuñar los
controles del Valcyn, Darth Bane
deslizó sus labios, mostrando sus dientes apretados. Sus ojos eran amplios y se
mantenían alerta a medida que navegaba a través de las espirales del
hiperespacio, huyendo hacia lo que esperaba que fuera un refugio... y un nuevo
comienzo.
Junto a él, sin ocupar espacio en el interior
de la nave con forma de cuchillo, permanecía el espectro del Lord Sith Qordis,
un hombre envuelto en sombras. Crepitaba con negra energía del lado oscuro, el
malvado residuo de un hombre muerto.
Qordis volvió su macabra y larga cara hacia
Bane. Sus ojos eran ascuas de fuego adornando tenebrosos huecos. El espectro
apuntó un acusador dedo en forma de garra hacia Darth Bane. Los reflejos de sus
recordados anillos incrustados de obsidiana brillaban a la luz de la cabina.
“No, Maestro Qordis,” dijo Bane, un gran
hombre encorvado en la cabina. “No soy un cobarde. Sólo he hecho lo que era
necesario. Alguien tenía que escapar para que las llamas de la sabiduría oscura
no se extinguieran completamente.” Su cabeza era lisa y afeitada, su cuero
cabelludo estaba cubierto de manchas descoloridas. La mandíbula de Bane era
firme y cuadrada, sus ojos, tan grandes como faroles. Su cuerpo era lo
suficientemente musculoso como para intimidar a cualquier enemigo, pero el
espíritu acusador de su Maestro Sith hacía que incluso la resolución del
fornido Lord Sith se convirtiera en agua fría.
“Nos abandonaste, Darth Bane.”
“¡No, sólo pretendía proteger el legado de
los Sith! Debo continuar la labor de la oscuridad, o de lo contrario toda nuestra
existencia, la Hermandad completa, caerá en el olvido.”
Tratando de concentrarse en su nave a pesar
de la amenazadora presencia que se encontraba tras él, Bane estudió las
coordenadas. Manipuló los controles del Valcyn
y la nave emergió del hiperespacio, como si un vacío surreal se hubiera roto a
su alrededor. La esbelta nave cayó en la oscuridad salpicada de estrellas,
describiendo círculos descendentes por su propio impulso, aumentado por
poderosos propulsores.
Darth Bane avanzó hacia la potente y
brillante luz del sol de Onderon. En este sistema solar, sólo un planeta era
habitable, el mismo Onderon, que se rodeaba de un conjunto de cuatro erráticas
lunas, incluyendo la luna salvaje de Dxun.
Puede que allí consiguiera redimirse y
mitigar aquel desastre.
Bane apretó sus fríos labios, murmurando en
voz baja y luchando contra su culpabilidad. Él había hablado a Lord Kaan de la
necedad de su plan de la “bomba mental”, había discrepado de esa táctica de tan
completa y destructiva rendición. En los campos de batalla de Ruusan, malditos
y cubiertos de cadáveres, había argumentado contra el suicidio en masa de la
Hermandad Sith, incluso aunque significara un fuerte golpe a los Caballeros
Jedi. Un mal negocio, había insistido, levantando un enguantado puño en el
interior de los pabellones de guerra donde los coléricos y heridos señores
oscuros sólo pensaban en la venganza contra sus camaradas.
Pero, como habían hecho durante tanto tiempo,
los discípulos Sith estaban más interesados en sus disputas personales,
tratando de subir sobre los hombros de los demás para elevar el estatus
personal. ¿No veían lo que estaban haciendo con sus gloriosos sueños oscuros?
Darth Bane lo había visto pasar. Incluso
cuando la Hermandad de la Oscuridad se enfrentaba a la absoluta derrota en
Ruusan, aún estaban más interesados en la gloria personal que en unirse contra
el enemigo común.
Habían sido derrotados por su necedad. Bane
se alegraba de estar alejado de necios con demasiado poder...
“Excusas y autojustificación,” dijo la
fantasmal figura del muerto Lord Qordis, aniquilado en Ruusan como todos los
demás. “Siempre fuiste una decepción como estudiante, Bane. Mis otros
aprendices seguían las órdenes, pero tú las cuestionabas demasiado. Te negabas
a hacer lo que era necesario, y nunca te preocupaste por completar tu
entrenamiento.” Qodris parecía engrandecerse, hasta que la cabina del Valcyn no podía contener al colérico
espíritu. “Ahora, ¿Cómo completarás tu misión?”
“Yo siempre hago lo necesario, para mi
supervivencia y para beneficio de los Sith,” murmuró Bane. “Pero ninguno de
vosotros quisisteis escucharme.” El Valcyn
surcaba el espacio interplanetario, dirigiéndose hacia Dxun, donde Bane
esperaba encontrar un nuevo futuro para los Sith. “Ahora estáis todos muertos,
y al fin puedo reconstruir a los Sith de la manera adecuada.”
La leprosa y verde luna caía directamente en
su círculo de navegación. Aunque presionada y machacada por las tensiones
mareales, Dxun estaba poblada de vegetación; estaba cubierta de una cancerosa
cubierta de formas de vida salvaje, intrincadas junglas infestadas por
criaturas depredadoras más terroríficas de lo que cualquier Caballero Jedi
pudiera imaginar. Bane había oído hablar sobre la larga historia del lado
oscuro en la luna, y esperaba encontrar un lugar de refugio allí, en Dxun.
Al mirar junto a él, vio que el espectro de
Lord Qordis se había desvanecido. Suspiró aliviado al empezar a descender hacia
el pozo gravitatorio de la luna salvaje, preguntándose dónde encontraría un
lugar de aterrizaje seguro en la pesadilla de follaje de allí abajo.
Su alivio había venido demasiado pronto. “¡No
quedarás impune!” Las palabras de Qordis estallaron en la mente de Bane. Del
panel de control del Valcyn empezaron
a surgir chispas como géiseres de fuego. Los motores jadeaban como si hubieran
sido estrangulados, y entonces se agotaron con un ruido agonizante. La dañada
nave se zarandeó y estremeció mientras caía a través del aire como una piedra
en forma de cuña. Todos los sistemas de la nave estaban completamente muertos.
Bane luchó por volver a encender sus
propulsores, tratando de exprimir sólo un poco más de energía de los
repulsores. El casco se calentó hasta un color rojo cereza al tiempo que el Valcyn rasgaba la atmósfera de Dxun. Los
relámpagos crepitaban a su alrededor. Explosiones tormentosas zarandeaban su
nave de un lado a otro.
“Maldito seas, Lord Qordis,” dijo con la
garganta seca.
Mientras las copas de los árboles se
acercaban con rapidez, contuvo su pánico, se deshizo de su indefensión y echó
mano desesperadamente de sus poderes Sith. La energía del lado oscuro consiguió
retener la caída de la nave lo suficiente como para que se estrellara con las
copas de los árboles con una fuerza ligeramente inferior a la letal.
Muchas ramas se hicieron astillas. Las hojas
ardían en llamas por la fricción de su paso. El casco del Valcyn se destrozó, hecho trizas por las punzantes ramas. Darth
Bane se escudó con todo el poder Sith que poseía para amortiguar el impacto.
El Valcyn
atravesó el dosel del bosque y chocó contra el suave y fangoso suelo. La nave
abrió un largo surco y arrancó de raíz árboles y plantas, incendiándolos tras
ella.
Cuando, finalmente, la nave se inmovilizó,
Darth Bane se encontró intacto, a pesar de que la nave necesitaría meses para
su reparación, si es que ésta era posible. Débil, y aún así revitalizado por el
propio hecho de su supervivencia, Bane consiguió salir de la dañada nave. El
humeante casco quemaba sus dedos al tratar de liberarse. Entonces, se dejó caer
a la accidentada e irregular superficie.
El único superviviente de los Sith llevaba
una bolsa con provisiones y su sable de luz de empuñadura curvada, nada más. Se
incorporó con las manos en la cintura, inspeccionando las furiosas junglas de
Dxun, y meditó su siguiente paso. Permanecería allí por un tiempo.
Los relámpagos seguían rugiendo sobre su
cabeza como demoledor cristal eléctrico. Se alejó del lugar del accidente entre
la cortante lluvia, en la oscuridad de la noche. No sabía a dónde ir... sólo se
alejaba del arruinado Valcyn. La luna
salvaje parecía permanecer agachada y preparada para saltar.
Encendiendo su sable de luz, caminó entre la
jungla, empleando la palpitante hoja como machete contra las ganchudas
enredaderas que se retorcían hacia él. Iba cortando la maleza, pero el follaje
se hacía cada vez más denso, más resistente. Sus fosas nasales llameaban de ira
mientras daba zancadas hacia delante, abriéndose paso a machetazos.
“No te puedes esconder, Bane.”
Se giró para ver el avatar de Lord Qordis
elevado sobre él, etéreo y vengativo. Bane arremetió contra su difunto maestro.
“Un Sith no se esconde.” De nuevo, golpeó furiosamente con el sable de luz, deshaciéndose
de un gran árbol en una lluvia de chispas. “No siento miedo.”
Tras él, en el amasijo de maleza, una fuerte
explosión desgarró la jungla. Se elevó una columna de fuego, desintegrando aún
más del espeso follaje. Una onda expansiva procedente de las células de
combustible y el agrietado núcleo del motor que habían explotado arrasaron la
jungla en cien metros a la redonda. Metralla humeante y pedazos de la chapa
metálica del casco cayeron en torno a Bane como una lluvia de meteoros.
Ahora, nada quedaba de su averiada nave,
excepto un ardiente cráter chisporroteando en la fría lluvia.
Enfurecido, Darth Bane se volvió hacia el
engreído espectro del lado oscuro. “Veo que no pretendes ponérmelo fácil.”
“Pretendo hacerlo mortífero para ti.” El
malvado espíritu soltó una severa carcajada y se difuminó entre las sombras de
la jungla.
Bane reafirmó su determinación y rechazó
decididamente mirar atrás al tiempo que se adentraba aún más en la inmensidad
de Dxun. Avanzaba luchando a través de la jungla, que se negaba a concederle
tres pasos sin devolverle la pelea. El suelo bajo sus pies temblaba debido a la
inestabilidad mareal de la luna. Siniestros ruidos de caza llenaban la jungla,
y Bane permanecía alerta. Conocía la sangrienta y oscura historia del lugar y
era consciente del peligro que le amenazaba.
Eones antes, la luna salvaje de Dxun había
ido desplazando su errática órbita hasta acercarse peligrosamente a su planeta
padre. En sus primeros encuentros, las atmósferas de Dxun y Onderon se tocaron
y unieron, permitiendo a las horripilantes criaturas voladoras de Dxun viajar a
través de este puente y caer sobre la confiada y primitiva población de
Onderon. Las bestias depredaron sobre los indefensos humanos, masacrándolos
hasta que los supervivientes aprendieron a protegerse. Los humanos inventaron
armas, fortificaron sus aldeas y entrenaron a sus combatientes para matar a las
malignas bestias.
Al continuar su órbita la luna, las
atmósferas se separaron de nuevo. Pero una vez al año se tocaban de nuevo, y
entonces más monstruos podían viajar hacia las ricas tierras de Onderon.
Siglos después, habiéndose desarrollado la
civilización de Onderon en respuesta a esta horrible tensión, las órbitas
finalmente volvieron a variar, liberando a Onderon del mortífero beso de Dxun. Pero
las ciudades permanecieron fortificadas, la cultura siguió siendo bélica, y
algunos de sus líderes se habían ejercitado en el lado oscuro.
El una vez grande Freedon Nadd había
gobernado aquí durante un tiempo, y dos ancianos nobles, el Rey Ommin y la
Reina Amanoa, también habían utilizado secretos Sith para asentar su poder.
Ommin y Amanoa se encontraban enterrados junto a Freedon Nadd en la luna
salvaje. Años después, Exar Kun, el Señor Oscuro del Sith que había resucitado
la Hermandad Sith, vino también a Dxun, irrumpiendo en la vieja tumba de Nadd
en busca de secretos del lado oscuro.
Darth Bane sabía que debía haber más que
obtener de este corrupto y siniestro lugar...
Ligera como una pluma, pero moviéndose con
energía y elegancia asesina, una lustrosa criatura felina cayó de las
retorcidas ramas superiores. La criatura era una máquina de músculos, garras y
piel.
Aunque se sorprendió de que el predador
hubiera podido deslizarse hasta él con tanta facilidad, los sentidos del lado
oscuro de Darth Bane se estremecieron en el último momento. Saltó hacia un
lado, evitando un golpe letal, pero el impacto de la criatura, semejante a una
pantera, lo arrojó al suelo. Chocando con rígidas ramas, Bane se alejó,
elevando su sable de luz.
El felino predador tenía un pelaje de color
gris acero intercalado con minúsculas escamas del color del bronce, que le
conferían un brillo reptiliano. Sus garras barrieron el aire como un puño
cubierto de espadas, pero Bane retrocedió a tiempo, evitando el impacto. El
animal saltó de nuevo, y esta vez sus dos colas quebraron el tronco de un árbol
con un chirriante impacto.
Bane lo evadió de nuevo y vio que cada una de
las colas de la pantera terminaba en un largo y ganchudo aguijón hinchado en un
extremo bulboso. En los puntos donde los aguijones habían agujereado el tronco
del árbol, un corrosivo veneno iba abriendo un ennegrecido y ardiente orificio
a través de la corteza y el leño.
Entrecerrando los ojos, Bane sintió la
energía del lado oscuro a su alrededor. Agarró firmemente la empuñadura de su
sable de luz. La criatura-pantera mostraba sus largos colmillos y aullaba, pero
no retrocedía cuando Bane sacudía su espada de energía de un lado a otro.
La lluvia seguía cayendo, haciendo saltar
humeantes chispas del resplandeciente sable de luz. La ‘pantera’ se agazapó
sobre sus patas, al tiempo que contraía sus fibrosos músculos. Bane podía
sentir los pensamientos de la bestia, sabía cuándo iba a saltar; y cuando el
monstruo se abalanzó sobre él como un torpedo de piel, escamas, garras y
colmillos, Bane atacó con su sable de luz, elevando la hoja en un poderoso arco.
Destripó al monstruo, abriéndolo entre sus gemelas colas venenosas y describiendo
una curva para que la humeante hoja pudiera salir del poderoso lomo de la pantera.
La criatura cayó al suelo, retorciéndose y
revolviéndose como dos piezas de carne friéndose. Bane respiró profundamente al
ver desvanecerse la luz de los ojos de aquel demonio, al tiempo que sus garras
se flexionaban y contraían compulsivamente.
Al igual que en el accidente del Valcyn, de nuevo salía sin un rasguño.
Llenó sus pulmones con el agrio aire de la jungla, detectando el eléctrico
ozono de la hoja de su sable de luz, la chamuscada piel y la burbujeante carne
del masacrado monstruo.
Bane gruñó un bestial lamento en las sombras
de la jungla. “¡Fuiste tú quien me trajo aquello!” Esperaba que su maestro
Qordis reapareciera, riéndose de él. Pero en lugar de su vengativo espectro
oscuro, vio el sombrío espíritu del Lord Sith Kaan, el líder caído de la
Hermandad de la Oscuridad que había aniquilado a los Sith y a los Jedi en
Ruusan.
La voz del Lord Sith era resonante y
poderosa, como siempre, pero calmada. Giró su sombría cabeza hacia la criatura
muerta que yacía en la maleza. “Es un predador. Sólo puede pensar en el hambre
y en la sangre. No le importa si eres bueno o malo, Darth Bane. Simplemente
quería alimentarse.” El espectro comenzó a alejarse. “Ven.”
Sin rozar una hoja ni una rama, el siniestro
espíritu se adentró en la jungla, haciéndole gestos. Pero antes de que Bane
pudiera seguirle, Lord Kaan se había desvanecido en la oscuridad.
Decidido, Darth Bane aceleró su paso entre la
inmensidad de la jungla, intentando seguir el camino trazado por Lord Kaan,
pero sin saber a dónde pretendía ir, a dónde podría guiarle el lado oscuro.
Resinosas enredaderas le cerraban el paso, pero él iba abriéndose camino. Las
espinas se clavaban en su cara, pero él no permitía que los arañazos o la
sangre lo incomodaran. Su sable de luz generaba un olor a savia quemada y a
leño humeante.
Invocó sus habilidades Sith, dejando a su
mente expandirse para abarcar la corrupta maldad, el siniestro poder potencial
disponible para él. Aunque había estado bajo la tutela de Lord Qordis, nunca
finalizó su entrenamiento. Había escuchado a otros instructores y estudiado
algunas de las antiguas escrituras, pero aún tenía mucho que aprender del lado
oscuro.
Ahora, Bane no tenía otra opción que
enseñarse a sí mismo, y tenía el incentivo de alcanzar todas las habilidades
Sith. Esperaba que el espectro de Kaan le asistiera, pero incluso sin esta
siniestra ayuda, Bane haría todo lo posible por resucitar la Hermandad Sith.
Desorientado entre la densa maleza, caminó
durante horas en la dirección indicada por el reluciente espíritu de Lord Kaan.
Siguió sus instintos como una brújula dirigiéndole hacia una concentración de
energías del lado oscuro, una poderosa fuente que se había ocultado en Dxun
durante largo tiempo.
Al no volver a ver ningún espíritu, se
preguntó si los malignos espectros lo habían abandonado. No lo creía así. Sólo
estaban esperando y observando, permitiendo a Darth Bane hacer el siguiente
movimiento...
Dio un tajo a un negro árbol muerto,
abatiendo sus ramas desnudas como dedos encorvados, cubierta su corteza con
escabrosas incrustaciones fúngicas. Cuando el árbol quebrado se vino abajo,
Bane dio un paso adelante bajo la lluvia torrencial, hacia una pequeña abertura
en la que incluso la hierba se había hecho parda y marchita. Allí se levantaba
una estructura geométrica, una pirámide de irregulares superficies y ángulos
incorrectos, construida con un metal mate, como un gigantesco fragmento de
armadura.
Bane se detuvo, abriendo la boca. Absorbió en
una profunda inspiración el húmedo y fétido aire. Había oído hablar de este
lugar, sabía que era un foco de poder del lado oscuro: la tumba de Freedon
Nadd, una oculta estructura construida para mantener las malignas energías que
habían infectado los cuerpos de legendarios usuarios de la Fuerza oscura. La
pirámide era un relicario de perdidos artefactos e información que evocaría los
prodigios perdidos de los Sith. Era una oportunidad para que la Hermandad de la
Oscuridad comenzara de nuevo, bajo sus propios criterios. Ahora las cosas
cambiarían bajo su firme visión.
Sintiendo el estremecimiento de la energía a
cada paso, Bane se deslizó hacia el claro. Su sable de luz zumbaba y crepitaba
como si ansiara tirar de él hacia delante. Sentía su piel electrificada por el
poder de aquel lugar.
La tumba de Freedon Nadd, en ruinas e
invadida por la vegetación, parecía atraer los rayos y la lluvia. Bane se
levantó frente a la estructura, apreciando sus flancos de puro metal y las
manchadas y corroídas paredes de hierro Mandalorian. La perdida cripta había
sido profanada miles de años antes, abierta por algún otro saqueador –tal vez
Exar Kun– y expuesta así a los feroces elementos de Dxun.
Agachado bajo el saliente resguardo de la
entrada, descansó, exhausto de aquel penoso calvario: primero el vuelo desde
Ruusan, después el accidente en Dxun y ahora la prolongada y difícil expedición
a través de la jungla. Utilizó una chispa de su poder Sith para encender fuego
con algo de madera muerta. Una austera luz anaranjada y amarilla centelleó,
luchando contra la penumbra.
Bane tomó fortaleza de las sombras que le
rodeaban. Creyó oír voces susurrantes, un potencial preparado para explorar en
la tumba. Y, con todo, se sintió cómodo. “Aquí encontraré mi herencia. El mal
resuena en este lugar.”
Fuera, en el claro, las gotas de lluvia
atravesaban la sombría imagen de Lord Kaan como si no estuviera allí. “El mal
está en ti, Darth Bane, como debe ser. Si fueras a las brillantes torres de
Cinnagar, o a las lujosas estancias de Coruscant, o a las ricas sabanas de
Thule, el mal aún seguiría en tu interior.”
Bane escuchó y sonrió.
Kaan continuó, “Tú eres una semilla.
¿Permitirás que la Hermandad Sith crezca... o que se marchite?”
Revitalizado, volvió a encender su sable de
luz. Usándolo como antorcha, se introdujo en la tumba de Freedon Nadd,
preparado para la exploración. Los húmedos pasillos que le rodeaban estaban
hechos con gruesas paredes de piedra, revestidas de verde musgo. El suelo
estaba cubierto con una película de hojas y vegetación putrefacta acumulada a
lo largo de siglos. Por las esquinas se encontraban esparcidos quebradizos
huesos de roedores y los crujientes exoesqueletos de insectos muertos. Aunque
vio muchos signos de muerte, no percibió arañas corriendo ni ningún otro tipo
de criatura viva. Era como si la tumba de Freedon Nadd se hubiera tragado toda
la fuerza de la vida, reteniéndola a modo de fuente de energía.
Se encontró con estancias escondidas y
habitaciones selladas, tres sarcófagos rotos de los que los ladrones habían
robado todo cuerpo o joya, aunque Bane sospechó que cualquier ladrón lo
suficientemente necio como para asaltar una cripta Sith probablemente habría
sufrido una horrible muerte no mucho tiempo después...
En las esquinas de los tortuosos pasillos, el
etéreo espectro de Lord Kaan le precedía, guiándole a través del laberinto.
Bane no cuestionaba a su antiguo líder; simplemente le seguía al tiempo que la
expectación crecía en él.
Al fin, Kaan se detuvo a la entrada de una
pequeña cámara; sus ojos resplandecían con un espantoso fuego. Las paredes de
la alcoba parecían húmedas y reflectantes. Sobre el suelo, como si alguien lo
hubiera arrojado allí descuidadamente, yacía una irregular pirámide, con
salientes en forma de estrella y sinuosos jeroglíficos.
Bane introdujo su sable de luz a través de la
entrada para que el crepitante brillo de su hoja de energía iluminara la pétrea
estancia. “¿Es eso un holocrón Sith?” Miró lleno de admiración a la sombra de
Lord Kaan.
“Ese objeto contiene todas las respuestas que
buscas, todo el entrenamiento e instrucción que necesitas para dominar los
secretos de los Sith. Una gran riqueza de información.”
“Es toda la riqueza que necesito,” dijo Bane
con la voz reducida a una fría respiración.
Gracias a la brillante luz de su arma, vio
que el aire de la habitación estaba repleto de plateadas y pegajosas telarañas.
Redondas incrustaciones a modo de percebes acorazados cubrían el bajo techo. La
estancia tenía un aura claustrofóbica y amenazante, y Bane titubeó.
“Entra, debes tomar el holocrón,” insistió la
estruendosa voz de Kaan.
Apartando sus dudas, Darth Bane entró en la
cámara, retirando las delicadas telarañas. Permaneció mirando atemorizado el
trascendental holocrón.
Sobre él, escuchó un húmedo movimiento, un
sonido de succión, y elevó su mirada para ver las redondeadas incrustaciones
desplazándose, como si hubieran sido despertadas por su presencia. Gélidas
hebras fluían a modo de delgadas gotas de saliva. Se agachó cuando uno de esos
‘percebes’ liberó su sujeción al techo y cayó sobre él.
Rechazó de un golpe el duro caparazón, y
golpeó con su sable de luz otro percebe que estaba cayendo. Sorprendentemente,
aunque rebotaban, las incrustaciones no eran destruidas por la hoja de energía.
Los ‘percebes’ comenzaron a llover desde el
techo en gran número. Uno de ellos le golpeó en el omóplato izquierdo, e
instantáneamente el caparazón se fijó a su músculo, a modo de gran ventosa. Empezó
a corroer el tejido de la gruesa ropa de Bane, fusionándola con la carne de su
espalda.
La agonía era indescriptible.
Gritó y se revolvió, tratando de arañar la
incrustación de su hombro. Arqueó su espalda y elevó su mirada justo a tiempo
para ver caer un objeto aún mayor en el centro de su pecho, fijándose
instantáneamente a él con increíble fuerza.
Bane gritaba y se retorcía de dolor, pero la
criatura ya había devorado su armadura y empezaba a abrasar sus pectorales,
soldándose a su esternón. Tiró de él con fuerza, pero el parásito se había
adherido estrechamente.
Las criaturas restantes burbujeaban y se
movían por el techo, como expectantes. Blandiendo aún su sable de luz en una
mano, Bane sacó de su cintura un puñal de hoja negra. El cuchillo, con forma de
navaja, destelleó en la pálida luz de la cripta. Trató de apuñalar a la
criatura-percebe, pero la hoja rebotó en el caparazón del parásito, sin dejar marca
alguna.
Apretando los dientes, Bane acuchilló su
propia piel para desprender su carne de los bordes de la gruesa y viviente
incrustación. Empezó a brotar una oscura sangre, y entonces cortó más
profundamente, excavando con la negra punta del cuchillo para expulsar a la
criatura.
Sin embargo, para su sorpresa, Bane vio que,
al hacer la incisión, la herida se cerraba espontáneamente, cicatrizando en
pocos momentos. El dolor permanecía, como una punzante sensación a través de
sus nervios.
“¡Tú me trajiste aquí!” gritó, buscando el
espectro de Lord Kaan. “Tú me atrajiste a esta cámara.” Usó su puño y la
empuñadura despuntada de su daga para machacar la acorazada criatura; pero, de
alguna forma, se sentía más fuerte, rejuvenecido... y traicionado. “¿Qué son
estas cosas?”
Entonces apareció Lord Qordis en la tumba, emergiendo
su negro espectro junto a la sombra de Kaan. “Se llaman orbaliskos,” dijo Qordis, mostrando en su cara una maligna sonrisa.
“En su momento, te darás cuenta de las ventajas de estos simbiontes.”
Empezó a hablar Lord Kaan, con voz poco
compasiva, de hierro. “Sólo son un pequeño precio, Bane. ¿No estás dispuesto a
pagar nada para alcanzar tu destino?”
En el techo de la estancia, los orbaliskos
aún bullían, pero no le atacaban ahora que ya estaba infestado. El fuego
quemaba su piel desde su pecho y su hombro, donde los percebes parásitos habían
incrementado la sujeción a su cuerpo, asegurándose, excavando profundamente.
Darth Bane apretó sus dientes y miró con
desdén a los espectros de Kaan y Qordis. En sus ojos oscuros encontró la
fortaleza para reprimir el dolor. Tomó el holocrón Sith. La antigua reliquia le
esperaba, clamando malignas promesas. Ya no quedaba ningún obstáculo en su
camino.
Apagó su sable de luz, dándose cuenta de que
podía ver y sentir todo lo que había en la estancia. Se arrodilló en el frío y
fangoso suelo, ignorando los orbaliskos que había sobre él y todo lo demás en
Dxun. Se inclinó ante el holocrón y lo sostuvo en sus manos, entre las húmedas
y opalescentes telarañas.
Activó el holocrón y sintió como si cayera en
un pozo sin fin de prodigios, información... y oportunidades.
Ya solo, se sentó, perdido en la maravillosa
biblioteca de la oscuridad...
*
* *
Encantado e inspirado por todo el
conocimiento bebido del holocrón Sith, Darth Bane perdió toda noción del tiempo
que había permanecido agazapado en la húmeda y oscura cámara de la tumba de
Freedon Nadd.
Después, mucho después, emergió con el cuerpo
entumecido y dolorido, con su mente doliente y repleta de secretos. Retrocedió
a través de los estrechos y claustrofóbicos pasillos de la cripta y salió finalmente
al pestilente aire de la luna salvaje.
La tormenta había pasado, y el suelo se había
secado. Debían haber pasado muchos días, pero Bane no se sentía débil ni
hambriento. Parpadeó. Incluso en la brumosa luz de Dxun, debía taparse los
ojos. Se sujetó en la fría pared de hierro de la tumba para mantenerse firme.
Mirándose el pecho, vio que el arrugado y
escamoso orbalisko había empezado a brotar, extendiéndose en torno a sus
márgenes para cubrir una superficie mayor de su pecho. Sin duda, el otro se
estaba extendiendo también por su espalda. Es posible que llegaran finalmente a
cubrir todo su cuerpo.
Aunque las criaturas se estaban alimentando
de él, creciendo para cubrir una superficie cada vez mayor de su piel, los
parásitos también estaban surtiéndole de adrenalina y fortaleza. Era una
relación simbiótica basada en las energías del lado oscuro, y ahora, tras haber
absorbido el conocimiento que encerraba el holocrón Sith, Darth Bane sabía que
habría suficiente poder del lado oscuro para todos ellos.
Se dirigió al claro de la jungla, más allá de
las sombras de la vieja cripta. Bane pensó en todo lo que había aprendido, y
rememoró la épica derrota de los Lores Sith en la Batalla de Ruusan. Nadie le
había escuchado. Los demás Hermanos Sith habían peleado entre ellos en lugar de
planificar una victoria estratégica sobre sus verdaderos enemigos. Bane conocía
el defecto fundamental de la vieja Hermandad de la Oscuridad. Ahora que sólo
quedaba él, ahora que él era la semilla que causaría el florecimiento del nuevo
árbol del mal, decidió que los Sith jamás serían ya grandes ejércitos tratando
de aplastar la civilización a través de la fuerza bruta. Ya había tenido bastante
de la bravuconería y los golpes en el pecho de
Lord Qordis, o del “gobierno del más fuerte” de Lord Kaan. Este abierto
militarismo contra los Caballeros Jedi había fallado miserablemente en Ruusan.
Desde ahora, los Sith dependerían del
secretismo, trabajarían entre bastidores para desgastar desde sus cimientos el
gobierno de la República. Con los Sith cercanos a la extinción, debilitados
hasta el punto de la ineptitud, Bane decidió que el estudio de la sabiduría
oscura debía pasar a la clandestinidad. Se ocultaría y trabajaría en las
sombras de la sociedad, usando todo lo que había aprendido del holocrón.
Establecería también una nueva norma
inviolable para prevenir las luchas internas y guerras civiles que habían
robado la victoria a los Sith. En cada momento, sólo podría haber dos Sith: un
maestro y un aprendiz. Ambos aprenderían del lado oscuro íntimamente, y se
convertirían en brillantes titiriteros para manipular a los necios de la
República.
Pero él estaba atrapado allí en Dxun. El gigante
planeta Onderon cruzaba el cielo a través de la inmensidad del espacio, cerca,
pero imposiblemente lejos. El espectro de Lord Qordis había destruido su nave,
y ahora Bane estaba solo, probablemente era el único ser humano vivo en la luna
salvaje.
De pie en el claro, reuniendo sus
pensamientos, Bane escuchó un grito en el cielo. Una gigantesca silueta alada
se abalanzó desde las oscuras nubes, advirtiendo su presencia con unos afilados
ojos de rapaz acechando a su presa fresca.
Bane agarró instintivamente su sable de luz,
apretó la curvada empuñadura contra su muñeca y encendió la hoja. La criatura,
semejante a un pterodáctilo, descendía en picado; su verdosa piel se tensaba a
lo largo de un huesudo esqueleto, asemejando sus alas a dentadas cometas. La
bestia tenía una cara aplastada y una boca repleta de prominentes colmillos.
Los ojos negros, muy próximos, eran diminutos, y su boca se abría ampliamente,
al tiempo que sus largas y triangulares alas se batían y maniobraban.
Bane arremetió con su sable de luz, pero la
criatura voladora lo esquivó con sus colgantes zarpas, enormes guadañas
arqueadas en el extremo de sus patas. Las garras embistieron el pecho de Darth
Bane, un movimiento que habría reducido a trizas a cualquier otra víctima.
Aunque Bane fue lanzado al suelo, los apiñados orbaliskos le dieron suficiente
fortaleza y blindaje como para que el monstruo volador no le causara daño
alguno.
Sintiéndose invencible, Bane se levantó,
apartando jirones de su uniforme y sintiendo la dura placa de orbaliskos.
Cuadró sus hombros y blandió su sable de luz al tiempo que la bestia describía
círculos dispuesta para el golpe mortal. En primer lugar, Bane consideró matar
al monstruo, reduciéndolo a pulpa con sus nuevos poderes Sith, pero en lugar de
esto, invocó sus habilidades y detuvo a la bestia en el aire, dirigiéndola al
suelo.
La criatura batió sus alas, extendiendo sus
ganchudas garras, golpeando con sus armadas patas. Pero Bane dominaba al
monstruo, reteniéndole en el suelo aún húmedo. Continuó ejerciendo presión a
través del lado oscuro, y finalmente, con un gruñido y una explosión de
nauseabunda respiración, la criatura voladora se rindió. Inclinó sus nudosas
rodillas y arqueó su largo cuello frente a la tumba de Freedon Nadd.
Bane estudió a la criatura por un momento.
Entonces, como los antiguos y legendarios jinetes de bestias de Onderon, subió sobre
el lomo del monstruo preparado para montarlo. Era un buen presagio, un signo de
su futuro, y Darth Bane sonrió.
Tiró del cuello de la bestia voladora, que
batió sus pellejudas alas, elevándole hacia la pesada atmósfera. Escupió y
peleó, pero finalmente cedió ante la presencia del Lord Sith en su lomo. Bane
montó su nueva cabalgadura.
Ahora que comprendía las profundidades de los
poderes Sith, pensaba que podría incluso tomar el control de mundos y lunas,
que sería capaz de jugar con sus órbitas y con la gravedad como un niño juega
con canicas de colores.
Hace mucho, Dxun había rozado el planeta
Onderon, se había acercado tanto que las criaturas podían pasar a través de sus
fusionadas atmósferas. Quizá Bane podía acercar la luna salvaje lo suficiente como
para que él pudiera viajar al cercano planeta que llenaba el cielo.
Entre la matanza y el caos, Darth Bane iría a
Onderon... y allí se encontraría con su aprendiz.
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