La noche entregaba su mensaje, nacido
a muchas millas de aquella soledad, llevado por el viento, repetido por los
líquenes y los árboles enanos, transmitido de unas a otras por las pequeñas
criaturas que se escondían bajo las peñas, en cuevas, o a la sombra de las
móviles dunas. Sin palabras, pero despertando un oscuro impulso de miedo que
repercutía en el cerebro de Kreega, corría la advertencia:
Están cazando otra vez.
Kreega se estremeció ante una súbita
ráfaga de viento. La noche profunda lo rodeaba por todos lados, desde la férrea
amargura de las colinas a las resplandecientes y móviles constelaciones, a
años-luz sobre su cabeza, y advirtió que sintonizaba sus temblorosas
percepciones con la maleza, con el viento y con las pequeñas plantas ocultas a
sus pies, al dejar que la noche le hablara.
Estaba solo. No había ningún otro
marciano en cien millas a la redonda; únicamente los animalitos y matorrales
estremecidos por el agudo y triste soplo del viento.
El grito sin voz de la muerte corría
por el matorral de planta en planta, encontrando un eco en los aterrados pulsos
de los animales y en las rocas que lo reproducían por reflexión.
Kreega se cobijó bajo un alto risco.
Sus ojos, como lunas amarillas, relumbraban en la oscuridad, plenos de terror y
de frío aborrecimiento. El exterminio se iba realizando implacablemente en un
círculo de diez millas a la redonda, dentro del cual se hallaba, y pronto el
cazador vendría tras él. Miró el indiferente relucir de las estrellas y se estremeció.
Todo comenzó pocos días antes, en la
oficina del comerciante Wisby.
Vengo a Marte para llevarme un
«buhito» explicó Riordan.
Wisby observó al otro hombre por
encima de sus lentes, calibrándolo.
Aun en rincones olvidados por Dios,
como en aquel Puerto Armstrong, se escuchó hablar de Riordan, heredero de una
empresa de navegación aérea que él extendió por todo el sistema; también era
famoso como cazador de piezas mayores. Desde los dragones de fuego de Mercurio
hasta los helados reptiles de Plutón, lo cazó todo. Excepto, claro está, un
marciano; cuya caza estaba prohibida por entonces.
Ya sabe que es ilegal. Son veinte años
de condena si lo atrapan advirtió Wisby.
¡Bah! El comisionado para Marte está
ahora en Ares, a la mitad del ecuador del planeta. Si vamos decididos a nuestro
objetivo, ¿quién va a enterarse? Riordan terminó de un sorbo su bebida. De lo
que estoy bien convencido es que, dentro de otro año, habrán estrechado tanto
la vigilancia que será imposible conseguir algo. Esta es la última oportunidad
que dispone alguien para adjudicarse un buhito, y por eso estoy aquí.
Wisby, indeciso, miró por la ventana.
Un terrícola, en traje de vuelo y casco transparente, bajaba la calle, y una
pareja de marcianos se recostaba contra la pared. Por lo demás, nada en
absoluto. La vida en Marte no era muy grata a los humanos.
¿No habrá caído usted en esa
martofilia que hace estragos en la Tierra? preguntó Riordan, despreciativo.
¡Oh, no!
repuso Wisby. Pero los tiempos han cambiado. No se
puede evitar.
Antes fueron esclavos gruñó Riordan.
Sí, los tiempos cambian repitió
suavemente Wisby. Cuando los primeros hombres llegaron a Marte, hace cien años,
la Tierra concluía de padecer las Guerras Hemisféricas, las peores que el
hombre conoció. Ellas hundieron e hicieron odiosas las viejas ideologías de
Libertad e Igualdad. Las personas se volvieron recelosas y rudas. Tenían que
existir, que sobrevivir. No fueron capaces de comprender a los marcianos ni
pensar en ellos sino como en animales inteligentes. ¡Eran unos esclavos tan
útiles! Podían alimentarse con poca comida, calor y oxígeno, y hasta eran
capaces de aguantar quince minutos sin respirar. Y la de los marcianos se
convirtió en una hermosa caza, la de unos seres inteligentes que podían escapar
en muchas ocasiones, y aún arreglárselas para matar al cazador.
Ya lo sé contestó Riordan. Por eso
quiero cazar uno. Si la pieza no tiene defensa, la caza no es divertida.
Pero ahora es distinto prosiguió
Wisby. La Tierra ha permanecido en paz un largo tiempo. Una de las primeras
reformas fue la de terminar con la esclavitud marciana.
Riordan lanzó un juramento.
No tengo tiempo de filosofar con
usted. Si puede conseguir que cace a un marciano, se lo agradeceré.
¿En cuánto?
Hubo entre ellos un breve regateo
antes de fijar una cifra. Riordan estaba provisto de fusiles y de una lancha
cohete, pero Wisby debía suministrar el material radiactivo, un «halcón» y un
perro. El precio final resultó elevado.
Y ahora, ¿dónde consigo mi marciano?
inquirió Riordan, y señalando con un gesto a los dos que había en la calle,
añadió.
¡Atrape a uno de esos y suéltelo en el
desierto!
Ahora le tocó a Wisby mostrarse
despreciativo.
¿A uno de esos? ¡Bah! ¡Vagabundos de
ciudad! Un terrícola le daría a usted más guerra.
Los marcianos no parecían impresionantes.
De algo más de un metro de estatura, sus piernas eran flacas y sus pies estaban
provistos de garras y sus brazos terminaban en cuatro huesudos y ágiles dedos.
Tenían el pecho amplio y robusto, pero la cintura era ridículamente estrecha.
Eran vivíparos, de sangre caliente, y amamantaban a sus hijos; pero estaban
cubiertos de plumaje gris. Las cabezas redondas estaban armadas de curvados
picos, tenían enormes ojos ambarinos y las orejas rematadas por penachos de
plumas, que justificaba su apodo de «buhitos». Vestían sólo cinturones con
bolsillos y llevaban agudos puñales. Ni siquiera los liberales de la Tierra
estaban dispuestos a permitir a los indígenas el uso de armas modernas. Había
demasiados agravios acumulados.
Lo que usted necesita dijo Wisby es un
marciano de la vieja época, y yo sé dónde hay uno.
Extendió un mapa sobre el escritorio,
y dijo:
Mire usted aquí, en las colinas de
Hraef, a unas cien millas. Estos marcianos tienen una larga vida, quizás de dos
siglos, y este sujeto, Kreega, ha merodeado por ahí desde que llegaron los
primeros terrícolas. Dirigió muchos ataques marcianos en los primeros tiempos,
pero desde la paz y amnistía general, vive solitario allá arriba, en una de las
torres derruidas. Se trata de un viejo guerrero. Viene por aquí de cuando en
cuando y trae pieles y minerales para cambiar; por eso sé algo sobre él y los
ojos de Wisby relampaguearon con rencor. Nos haría usted un favor disparando
sobre ese maldito arrogante. Ronda por aquí como si este sitio le perteneciera.
Le sacará jugo a su dinero cazándolo.
La fuerte cabeza de Riordan asintió,
con satisfacción.
El cazador tenía un halcón y un perro.
Aquello era malo para la presa. El perro podía seguir su rastro por el olor y
el pájaro, localizarlo desde lo alto.
Kreega se sentó en una cueva mirando,
entre las arenas, matojos requemados por el sol y rocas socavadas por el
viento, y a varias millas de allí, los destellos metálicos del cohete posado en
el suelo. El cazador era una manchita en el enorme paisaje estéril, un insecto
solitario que se movía bajo el rojo anaranjado del cielo. Un débil y pálido sol
se vertía sobre las rocas pardas, ocres o rojizas, sobre los bajos y
polvorientos matorrales espinosos, los retorcidos arbustos y la arena que se
movía débilmente entre ellos.
Solitario o no, el cazador tenía un
arma, llevaba animales, y hasta un aparato de radio en la nave-cohete con el
que llamar a sus compañeros. Y la muerte trazaba en torno a ellos dos un
círculo encantado, que Kreega no podría franquear sin atraer sobre sí una
muerte aún peor que la que el rifle podría darle.
Pero, ¿había una muerte aún peor que
aquella: ser fusilado por un monstruo y que luego éste se llevase su piel
disecada como trofeo? El viejo orgullo férreo de su raza se irguió en Kreega,
duro, amargo e irreductible. Él no le pedía mucho a la vida en aquellos días;
soledad en su torre para reflexionar sobre la larga evolución de los marcianos
y crear esas pequeñas, pero exquisitas obras de arte que amaba, la compañía de
los seres de su raza en la Estación de la Asamblea, grave y antigua ceremonia
que le procuraba un áspero goce, y la posibilidad de engendrar y dejar tras de
sí, hijos; una visita ocasional a los establecimientos de los terrícolas para
obtener las mercancías de metal y vino (únicas cosas valiosas que habían traído
a Marte); un vago anhelo de llevar a los suyos a un lugar donde pudiesen vivir
como iguales ante todo el Universo. Nada más.
Barbotó una maldición contra los
humanos y reemprendió su trabajo. Estaba tallando una punta de lanza. El
matorral crujió, seca y alarmantemente; pequeños animalillos ocultos chillaron
con terror, y el desierto entero le previno que el monstruo se dirigía hacia su
cueva. Pero ya no podía escapar.
Riordan esparció el isótopo del metal
pesado en un círculo de veinte kilómetros de diámetro alrededor de la torre.
El isótopo radiactivo que empleaba
tenía una vida media de unos cuatro días, lo que significaba que no sería
seguro acercarse a aquellos lugares al menos en unas tres semanas; dos, como
mínimo. Había, pues, tiempo para acosar al marciano en un espacio tan reducido.
No existía siquiera el riesgo que éste intentase cruzarlo. Los marcianos habían
aprendido lo que significaba la radiactividad, desde los primeros días de su
lucha con los terrícolas.
Riordan puso en marcha un aparato de
alarma en su nave-cohete que, si no volvía dentro de dos semanas a
desconectarlo, emitiría señales, y éstas, oídas por Wisby, le traerían auxilio.
Comprobó el resto de su equipo. Tenía un traje de vuelo adaptado a las condiciones
de vida marciana; un compresor que daría al aire del planeta la necesaria
presión para que él pudiera respirarlo y, asimismo, absorbería en anhídrido
carbónico de su respiración. También llevaba un rifle del 45, construido para
disparar en Marte. Y, desde luego, brújula, binoculares y catre de campaña.
Para un caso extremo, cargó también un
pequeño tanque de suspensina, gas que, mediante el giro de una válvula, podía
mezclarse al aire que respirara, ya que tenía la propiedad de paralizar las
terminaciones nerviosas locales y retrasar el metabolismo hasta el punto que un
hombre pudiese vivir durante semanas con una bocanada de aire. Pero Riordan no
esperaba tener que emplearlo. Sería desagradable yacer tendido y con plena
conciencia, esperando que funcionara la señal automática para llamar a Wisby.
Silbó a sus animales. Eran bestias
indígenas, de antaño domesticadas por los marcianos y luego por el hombre. El
perro era como un lobo; flaco, pero de enorme pecho emplumado. El halcón, en la
tenue atmósfera marciana, necesitaba una envergadura de dos metros para poder
elevar su pequeño cuerpo.
Riordan no había mirado de cerca la
torre. Era un edificio derruido que aún se erguía en la cumbre de una colina
rojiza. Antiguamente un ayer acaso diez mil años atrás, los marcianos habían
alcanzado una civilización que creó ciudades, agricultura y una cierta
tecnología de tipo neolítico. Pero, según sus propias tradiciones, lograron una
simbiosis con la vida salvaje del planeta y abandonaron, por inútiles, los
mecanismos.
El perro ladró, y su ladrido pareció
caer del frío y tranquilo aire, rebotar contra las rocas y quebrar y morir, a
su pesar, bajo el hondo silencio. De pronto, saltó; había descubierto huellas.
El mismo Riordan dio otro gran salto
que la escasa gravedad le facilitaba, mientras brillaban sus ojos verdes como
el hielo herido por el sol. La caza había comenzado.
La respiración en los pulmones de
Kreega se hizo rápida, dura y dolorosa. Sintió debilitarse y pesar sus piernas,
y el latido del corazón pareció sacudir todo su cuerpo.
Pese a ello, corrió aún, mientras el
horroroso clamor y el ruido de pasos se aproximaban.
Saltando, retorciéndose, rebotando de
uno a otro despeñadero, deslizándose por profundos precipicios y espesos grupos
de árboles, Kreega huyó. El perro iba tras él y el halcón aleteaba sobre su
cabeza. El desierto luchaba a su favor; las plantas, con su extraña y ciega
vida que ningún terrestre podría entender nunca, estaban de su parte. Las
espinosas ramas se apartaban cuando él se arriesgaba entre ellas, y luego
volvían a su primitiva posición para arañar los costados del perro y frenarle
en su brutal carrera.
El terrestre ya llevaba cubiertos un
par de kilómetros, pero no daba aún señales de cansancio. Kreega continuaba
corriendo, pues quería alcanzar el borde rocoso antes que el cazador le
apuntara a través de la mira de su rifle. Corrió subiendo la larga cuesta. El
halcón revoloteaba en torno suyo, chocando con él, tratando de hundirle el pico
y las garras en la cabeza, mientras su perseguido le golpeaba con la lanza.
El marciano llegó, con esfuerzo, al
borde de la roca aguda y vio el fondo del desfiladero, hundiéndose en las
oscuras profundidades. Más allá, el sol poniente brillaba ante sus ojos. Sólo
se detuvo un instante; luego saltó sobre el borde rocoso.
Kreega bajó por el otro lado de la
roca, temiendo que se derrumbara a su peso. El halcón voló sobre él, muy cerca,
agrediéndole y chillando para llamar la atención de su amo.
Se deslizó, de cara al precipicio,
hasta la mancha gris-verdosa de un viñedo, y sus nervios vibraron ante la
atracción de la antigua simbiosis.
El halcón se precipitó de nuevo sobre
él, que quedó inmóvil, rígido, como muerto, hasta que el ave se posó sobre su
hombro, con un graznido de triunfo, lista para sacarle los ojos.
Entonces las parras se agitaron. No
eran fuertes pero sus espinosos zarcillos se hundieron en el pájaro, que no
pudo liberarse. Kreega se dirigió con apuro por el desfiladero, mientras las
parras retenían al halcón.
Riordan asomó amenazador, destacándose
vivamente contra el oscuro cielo, e hizo dos disparos cuyas balas pasaron
silbando, muy cerca, rozando las profundidades que albergaban al marciano. La
noche se aproximaba como una cortina. En medio de la oscuridad, Kreega oyó reír
a su perseguidor, y las rocas se estremecieron ante aquella risa.
Después de un rato, Riordan acampó. Se
acostó mirando la espléndida noche estrellada. Marte era oscuro durante la
noche; sus dos satélites, Fobos, una simple mancha móvil, y Deimos, sólo una
estrella, le alumbraban bien poco. Era oscuro, frío y vacío. El perro se había
enterrado en la arena, cerca de allí.
Las matas, los árboles y los pequeños
animales charlaron, murmuraron y chismorrearon, con palabras que él no podía
oír, sobre el marciano que se calentaría trabajosamente. Pero Riordan no podía
comprender aquel lenguaje, que no era propiamente lenguaje.
Soñoliento, Riordan recordó pasados
lances de caza. La caza mayor de la Tierra: leones, tigres, elefantes, búfalos
y carneros salvajes en las altas cimas de las Rocosas bañadas por el sol.
Las húmedas selvas de Venus y el
rugido, semejante a una tos, del monstruo miriápodo de los pantanos, aplastando
los árboles al pasar hacia el sitio donde él le esperaba emboscado. Primitivos
redobles de tambores en una cálida y húmeda noche, cantos de batidores que
bailan en torno al fuego, algarabías en las infernales llanuras de Mercurio,
con un sol agobiante cayendo sobre los mezquinos trajes de aisladores, la
grandeza y desolación de los pantanos de gas líquido en Neptuno y la pujante y
ciega vida que gritaba en ellos hasta el atontamiento.
Pero aquella era la más solitaria,
extraña y, quizás, peligrosa caza de todas y, por lo mismo, la mejor.
Despertó a la primera luz de un alba
gris, tomó un parco desayuno y silbó al perro para que le siguiera.
El perro se puso en marcha y tardó una
hora en encontrar el rastro. Entonces lanzó un ladrido, sonoro y profundo, y
siguieron caminando, más lentamente ahora, pues el camino era difícil y
pedregoso. Todo estaba tranquilo, con una tranquilidad profunda, tensa y, en
cierto modo, expectante.
El perro quebró aquella paz con un
ansioso ladrido y salió corriendo. Riordan se lanzó tras él, tropezando en la
tupida maleza, jadeante, gruñendo y maldiciendo de excitación.
De súbito, la maleza se abrió a sus
pies. Con un aullido de terror, el perro resbaló por la inclinada pared del
pozo que se veía al descubierto. Riordan se lanzó tras el animal, con rapidez
de felino, y se echó de bruces, mientras una de sus manos alcanzaba a asir la
cola del perro. El golpe casi le hizo caer también a él en el agujero. Enganchó
el brazo a una mata que, a su vez, se le clavó en el casco, y tiró del perro
hacia arriba.
Aún estremecido observó la trampa.
Estaba bien hecha; unos seis metros de profundidad, con paredes tan rectas y
estrechas como lo permitía lo arenoso del suelo y astutamente cubierta de
rastrojos. Hincadas en el fondo brillaban tres amenazadoras puntas de lanza
talladas en pedernal.
Enseñó los dientes con una mueca de
lobo, y miró en torno suyo. El buhito debía haber pasado la noche entera
haciendo eso, luego no podía estar muy lejos. Además, debía estar muy cansado.
Como en respuesta a sus pensamientos,
una piedra se desprendió de la pared rocosa más cercana. Riordan se echó a un
lado y la vio chocar en el sitio que él ocupaba antes.
¡Adelante! aulló, lanzándose hacia la
roca.
Durante un momento una forma gris se
destacó sobre el borde rocoso y le arrojó una lanza; Riordan le disparó, y la
visión se desvaneció.
La lanza rozó el áspero tejido de sus
ropas y él saltó a una estrecha cornisa al borde del precipicio.
Al marciano no se le veía por parte
alguna, pero un débil rastro de sangre se internaba en la abrupta comarca.
Siguieron ese rastro durante dos o
tres kilómetros y luego lo perdieron. Riordan inspeccionó el panorama de
árboles y ramas que ocultaban el horizonte por doquier. Un sudor, que no podía
enjugar, bañaba su cara y su cuerpo. Sentía una intolerable quemazón, y sus
pulmones se irritaban al respirar aquel aire enrarecido. Pero, con todo, reía
con verdadero deleite. ¡Vaya cacería!
Kreega yacía a la sombra de una
elevada peña y se estremecía por su debilidad. Más allá, la luz del Sol danzaba
en lo que, para él, era un cegador e intolerable deslumbramiento, ardiente,
cruel y devorador, duro y brillante como el metal de los conquistadores. Ahora
tenía hambre, la sed era un tormento salvaje en su boca y garganta, y aún le
seguían.
Ya no estaban lejos. Todo el día le
acosaron a través de la atormentada extensión de piedra y arena, y ahora sólo
podía esperar el combate. Sintió la extenuación como una carga férrea sobre sí.
La herida del costado le quemaba. No
era profunda, pero le había producido sangre y dolor. Por un instante, el
guerrero Kreega desapareció para convertirse en un solitario y asustado
chiquillo que sollozaba en el desierto: «¿Por qué no pueden dejarme solo?» Un
arbusto bajo, de color verde sucio, crujió. Un correarenas pió en una de las
hendiduras. Los seguidores se acercaban.
Rápidamente, Kreega se subió a la cima
de la roca y se aplastó contra ella, de bruces. Le habían seguido la pista y
ahora tendría, por fuerza, que acercarse a su torre.
Desde allí podía verla. Una baja y
amarillenta ruina, combatida por los vientos durante milenios. En su huida sólo
había tenido tiempo de tomar un arco, unas pocas flechas y un hacha. ¡Míseras
armas! Las flechas no podían traspasar las ropas del terrícola, cuando manejaba
el arma un débil marciano, y, aunque el hacha hubiera sido de acero, era
siempre algo pequeña y poco contundente. Pero era todo lo que tenía, eso y sus
pocos aliados del desierto, que pugnaban por conservar su soledad.
Kreega adaptó una flecha a la cuerda y
se tendió en silencio bajo la pálida luz del Sol, a la espera.
Llegó primero el perro, ladrando y
aullando. Kreega tendió el arco cuanto pudo. El animal estaba más allá de la
roca; el terrícola, casi debajo de ella. Disparó el arco.
Estremeciéndose salvajemente, Kreega
vio la flecha atravesar al perro, vio a éste saltar en el aire y luego rodar y
rodar, aullando y mordiendo el ástil con furia.
Como una centella gris, el marciano
saltó de la roca y se arrojó sobre el terrícola. Golpeó al hombre y ambos
cayeron juntos.
Fieramente manejó el marciano el
hacha, que partió el casco de su enemigo. Sin sitio para revolverse, Riordan
rugió y respondió con un puñetazo. Kreega rodó hacia atrás. Riordan le disparó,
Kreega se levantó y huyó. El otro, rodilla en tierra, apuntó con cuidado a la
sombra gris que trepaba por la colina más próxima.
Una pequeña serpiente de arena mordió
la pierna del cazador y luego se enrolló en su muñeca, lo que bastó para
desviar el tiro.
El marciano vio la breve agonía de la
serpiente al ser rechazada por el hombre, que la aplastó con el pie. Algo más
tarde oyó una explosión. El hombre había volado la torre.
Kreega había perdido el hacha y el
arco. Estaba completamente inerme; y el cazador no cejaría en su intento. Aun
sin sus animales le seguiría, más despacio pero tan incansablemente como antes.
Kreega descansó un momento sobre el
saliente de una roca. Sus sollozos sacudían el delgado cuerpo y el viento del
crepúsculo vespertino sonaba a su compás.
El suave rumor de los pasos de un
correarenas despertó los ecos de las rocas bajas, batidas por el vientos, y la
maleza comenzó a hablar murmurando, por doquier, con su antiguo y mudo
lenguaje.
El desierto, el planeta entero, su
arena y su viento, bajo las altas y frías estrellas, la tierra, toda soledad y
silencio y destino (un destino que no era el del hombre), le hablaron. La
enorme unidad de la vida marciana, sublevada contra el cruel medio ambiente, se
estremeció en su sangre.
«No luchas solo murmuraba el desierto;
luchas por todo Marte y nosotros estamos a tu lado.»
Algo se movió en la oscuridad; una
pequeña forma cálida, corriendo sobre su mano; una cosita plumosa, arratonada,
que moraba escondida bajo la arena y pasaba su breve vida, fugitiva, contenta
con su forma de vivir. Pero era parte de aquel mundo, y Marte no conoce la
piedad.
Aún había ternura en el corazón de
Kreega que, suavemente y en su lenguaje articulado, preguntó:
¿Harás esto por nosotros? ¿Lo harás,
pequeño hermano?
Riordan estaba demasiado rendido para
dormir bien. Había permanecido despierto mucho rato, pensando. Así pues se
acordó, también el perro estaba muerto. El incidente le indujo a considerar la
inmensidad del desierto. Oía murmullos; el matorral gemía en la oscuridad, el
viento soplaba con salvaje y fúnebre sonido sobre las rocas débilmente
iluminadas por las estrellas; era como si todo aquello tuviera voz, como si el
mundo entero le murmurase amenazas en la noche. Vagamente se preguntaba si el
hombre dominaría alguna vez en Marte, si la raza humana no había corrido esta
vez tras de algo más grande que ella misma.
De pronto, algo se estremeció,
despertándole de un inquieto sueño, y vio una cosa pequeña que se le acercaba.
Buscó el rifle, junto a su saco, y luego lanzó una carcajada. Era un ratón de
arena.
Al apuntar el alba se levantó. Con
ojos adiestrados buscó la pista del marciano, pero sólo halló arena y
matorrales por doquier.
El mediodía le encontró en un terreno
más alto, de informes colinas con delgadas agujas rocosas que se destacaban
contra el cielo. Proseguía avanzando confiado en su propia capacidad para
descubrir la presa. La huella aparecía ya, clara y fresca.
Se puso en tensión, convencido que el
marciano no podía estar lejos. Asió el rifle y continuó caminando más despacio.
Ascendió a una alta cordillera y
contempló el oscuro y fantástico paisaje. Cerca del horizonte vio una raya
oscura. Era el límite de su barrera radiactiva, que el marciano no podría
traspasar.
Conectó el amplificador e hizo resonar
su voz en la tranquilidad del ambiente:
Sal, buhito. Voy a atraparte. Podrías
salir ahora y así terminaríamos antes.
Los ecos la esparcieron por el espacio
entre las desnudas peñas, temblorosas y estremecidas bajo la broncínea bóveda
del cielo:
Sal de ahí, sal de ahí, sal.
Le pareció distinguir al marciano
surgiendo como un fantasma gris entre las amontonadas piedras. Quedó allí,
inmóvil, a menos de seis metros. Por un instante, la sorpresa fue excesiva;
Kreega esperaba, apenas visible, como si fuera un espejismo.
Luego el cazador lanzó un grito y
levantó el rifle. Continuó allí el marciano, como una estatua esculpida en
piedra gris; y Riordan, con un poco de desencanto, pensó que, después de todo,
el marciano había decidido entregarse a la muerte inevitable.
¡Hasta nunca! murmuró, y oprimió el
gatillo.
Como el ratón de arena se había
introducido en el cañón, el fusil estalló.
Riordan sintió el estallido y vio el
cañón abierto, como un plátano podrido. No resultó herido pero, mientras se
reponía de la sorpresa, Kreega saltó sobre él.
El marciano medía poco más de un
metro, era flaco y estaba desarmado, pero se lanzó sobre el terrícola como un
pequeño vendaval. Sus piernas se arrollaron a la cintura del hombre y sus manos
se aferraron a la garganta.
Riordan cayó al sentir la acometida.
Rugió como un tigre y enganchó sus manos en la estrecha garganta del marciano.
Kreega le atacó inútilmente con su pico. Rodaron ambos en una nube de polvo.
Los matorrales murmuraban excitados.
Riordan trató de romperle el cuello,
pero Kreega lo evitó revolviéndose hacia atrás.
Con un estremecimiento de terror,
Riordan oyó el silbido del aire que se le escapaba cuando el pico y las garras
de Kreega abrieron el tubo de oxígeno. Riordan maldijo, y de nuevo trató de
agarrar la garganta del marciano. Lo consiguió y así se mantuvo a pesar de
todos los esfuerzos de Kreega para romper aquel lazo.
Riordan sonrió cansadamente, sin dejar
su presa. Al cabo de unos cinco minutos, Kreega ya no se movía. Siguió
apretando otros cinco minutos, para asegurarse bien. Luego lo soltó y se palpó
la espalda, tratando de alcanzar el aparato.
El aire que encerraba en su traje era
impuro y caliente. No conseguía conectar el tubo con la bomba.
Miró la ligera y silenciosa forma del
marciano. Un débil aliento rizaba las plumas grises. ¡Qué luchador había sido!
Sería el orgullo de su colección de trofeos cuando volviese a la Tierra.
Desenrolló su saco y lo extendió cuidadosamente. De ningún modo podría regresar
hasta el cohete con el aire que le quedaba; no había más remedio que emplear la
suspensina, pero tenía que hacerlo cuando estuviera dentro del saco si no
quería que las heladas noches le cuajaran la sangre.
Se arrastró hasta él, asegurando
cuidadosamente las válvulas de cierre y abriendo la del depósito de suspensina.
Se iba a aburrir horriblemente, tumbado allí hasta que Wisby captara la señal
dentro de unos diez días y viniese a buscarle; pero sobreviviría. Sería otra
experiencia que recordar. En aquel aire seco, la piel del marciano se
conservaría perfectamente.
Sintió como la parálisis se apoderaba
de él, cómo se atenuaban los latidos del corazón y la actividad de los
pulmones. Sus sentidos y su mente estaban vivos, y se daba cuenta que la
relajación completa también tiene sus aspectos desagradables. Pero había
vencido. Había matado con sus propias manos a la presa más salvaje.
En aquel momento, Kreega se incorporó
y se palpó cuidadosamente. Le pareció que tenía una costilla rota. Había
permanecido asfixiado durante diez largos minutos; pero un marciano puede pasar
hasta quince sin respirar.
Abrió el saco y le quitó las llaves a
Riordan; después se dirigió lentamente hacia el cohete. Uno o dos días de
experimentos le enseñaron a manejarlo. Volvería con sus congéneres, cerca de
Sirte. Ahora tenía una máquina terrestre y armas terrestres que copiar...
Pero primero había que atender a otra
cosa. Volvió y arrastró al terrícola hasta una cueva, escondiéndole fuera de
toda posibilidad que le encontrase alguna cuadrilla de salvamento.
Durante un rato, miró a los ojos de
Riordan, sobrecogidos de horror. Luego habló lentamente, en inglés defectuoso:
Por los que has matado y por ser
extranjero en un mundo que no te necesita, y en espera del día en que Marte sea
libre, te abandono.
Antes de irse trajo varios depósitos
de oxígeno y los enchufó al aparato del hombre. Con aquello bastaba para que,
en aquella hibernación provocada por la suspensina, se mantuviera vivo durante
mil años.
FIN
Título
Original: Duel on Syrtis.© 1951
Aparecido
en Planet Stories Mar 1951.
Publicado
en Ciencia-ficción norteamericana (Tomo II). Aguilar S. A. 1969.
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