La base de la Patrulla del Tiempo
sólo estaría allí durante el centenar de años más o menos que duraría la
afluencia. A lo largo ese periodo, poca gente, aparte de los científicos y el
personal de mantenimiento, se quedaría allí demasiado tiempo. Por tanto era
pequeña, un refugio y un par de edificios de servicio, casi perdidos en la
tierra.
Cinco millones de años y medio antes de su nacimiento,
Tom Nomura descubrió que el sur de Iberia era más empinado de lo que recordaba.
Las colinas trepaban abruptamente hacia el norte hasta convertirse en montañas
bajas que amurallaban el cielo, atravesadas por cañones en los que las sombras
eran azules. Era una región seca, con lluvias violentas pero breves en el
invierno, con ríos convertidos en arroyuelos o en nada cuando la hierba ardía
en el verano. Los árboles y los arbustos crecían muy apartados: espino, mimosa,
acacia, pino, áloe; alrededor del agua había palmeras, helechos, orquídeas.
Con todo, era rica en vida. Los
halcones y los buitres siempre flotaban en el cielo despejado. Manadas de rumiantes
se entremezclaban; había ponis rayados, rinocerontes primitivos, antepasados de
la jirafa con aspecto de okapi, en ocasiones mastodontes –de fino pelo rojo,
con grandes colmillos– o extraños elefantes. Entre los depredadores y carroñeros
se contaban los dientes de sable, formas primarias de los grandes gatos, las
hienas y los correteantes monos de tierra que en ocasiones caminaban sobre sus
patas traseras. Los hormigueros se levantaban a casi dos metros sobre el
suelo. Las marmotas silbaban.
Olía a heno, a quemado, mierda cocida y carne caliente.
Cuando se despertaba el viento, corría con fuerza, empujando y arrojando polvo
y calor a la cara. A menudo la tierra resonaba por las pisadas de los animales,
los pájaros clamaban y las bestias barritaban. Por la noche llegaba un frío
súbito, y las estrellas eran tantas que uno no distinguía las extrañas constelaciones.
Así habían sido las cosas hasta hacía
poco. Y todavía no se había producido ningún gran cambio. Pero había comenzado
un siglo de trueno. Cuando terminase, nada volvería a ser igual.
Manse Everard miró con los ojos
entrecerrados a Tom Nomura y a Feliz a Rach durante un breve momento antes de
sonreír y decir:
–No, gracias, hoy me quedaré por
aquí. Divertíos.
¿Había caído uno de los párpados del
hombre alto, con nariz rota y algo canoso en dirección a Nomura? Éste no podía
estar seguro. Eran del mismo entorno, del mismo país. Que Everard hubiese sido
reclutado en Nueva York en 1954 y Nomura en San Francisco en 1972 no debería
representar gran diferencia. Los trastornos de esa generación no eran más que
burbujas en comparación con lo sucedido antes y lo que vendría después. Sin
embargo, Nomura acababa de salir de la Academia, con apenas veinticinco años de
tiempo vital a las espaldas. Everard no había dicho cuántos años sumaban sus
propios viajes por el tiempo; y, considerando el tratamiento de longevidad que
la Patrulla ofrecía a sus miembros, era imposible adivinarlo. Nomura sospechaba
que el agente No asignado había visto suficiente existencia como para haberse
convertido en más extraño para él que Feliz, que había nacido a dos milenios de
ambos.
–Muy bien, empecemos –dijo ella. Por
cortante que fuese, Nomura pensaba que su voz convertía el temporal en música.
Salieron del porche y atravesaron el
patio. Un par de patrulleros los saludaron, con un placer dirigido a ella. Nomura
estaba de acuerdo. La mujer era joven y alta, la fuerza de sus rasgos quedaba
suavizada por unos grandes ojos verdes, y tenía la boca grande y un pelo castaño
que relucía a pesar de llevarlo cortado a la altura de las orejas. El habitual
mono gris y las botas resistentes no podían ocultar su figura y la agilidad de
su paso.
Nomura sabía que él mismo no era mal
parecido –un cuerpo ancho pero flexible, rasgos regulares de altos pómulos,
piel bronceada pero ella hacía que se sintiese soso.
También
por dentro –pensó
él–. ¿Cómo se las arregla un patrullero
novato, ni siquiera asignado a labores policiales, sino un simple naturalista,
para decirle a una aristócrata del Primer Matriarcado que se ha enamorado de
ella?
El ruido que siempre
llenaba el aire, esos kilómetros de distancia de las cataratas, a él le sonaba
como un coro. ¿Era su imaginación, o realmente sentía un interminable estremecimiento
por el suelo hasta sus huesos?
Feliz abrió un
cobertizo. En su interior había varios saltadores, que se asemejaban vagamente
a motocicletas de dos asientos sin ruedas, propulsados por antigravedad y capaces
de saltar varios miles de años (ellos y sus actuales jinetes habían sido
transportados hasta allí por transbordadores de carga). El de ella estaba
cargado de equipos de grabación. Él no había conseguido convencerla de que
estaba cargado en exceso y sabía que nunca le perdonaría que se lo advirtiera a
alguien de fuera. Su invitación a Everard –el oficial de mayor rango disponible,
aunque allí estaba sólo de vacaciones–, para que se uniese a ellos, había sido
realizada con la vaga esperanza de que Everard viese la carga y le ordenase
permitir que su asistente llevase una parte.
Ella saltó a la silla.
–¡Vamos! –dijo–. La mañana avanza.
Nomura montó en su vehículo y tocó
los controles. Los dos se deslizaron hacia el exterior y hacia lo alto. A la
altura de un águila, recuperaron la horizontal y se dirigieron al sur, donde
el río Océano vertía a la Mitad de la Tierra.
Bancos de niebla elevados siempre
marcaban el horizonte, pasando del plata al azul celeste. A medida que uno de
acercaba, ganaban altura. Más adelante, el universo se convertía en gris,
estremecido por el rugido, amargo a los labios humanos, mientras el agua fluía
entre las rocas y atravesaba el barro. Tan espesa era la fría niebla salina que
era poco recomendable respirarla más de unos cuantos minutos.
Desde lo alto, la imagen era todavía
más asombrosa. Allí podía verse el final de una era geológica. Durante millón y
medio de años la cuenca del Mediterráneo había sido un desierto. Ahora las
Puertas de Hércules se habían abierto y el Atlántico entraba.
Con el viento del movimiento a su
alrededor, Nomura miró al oeste a través de una inmensidad inquieta, de muchos
colores y llena de espuma. Podía ver las corrientes, atraídas hacia el nuevo
espacio abierto entre Europa y África. Allí entrechocaban y retrocedían, un
caos blanco y verde cuya violencia iba de tierra a cielo y regresaba, desmoronaba
los acantilados, tapaba valles y cubría las costas de espuma durante
kilómetros hacia el interior. Desde allí venía una corriente, del color de la
nieve por su furia, con resplandores esmeralda, para situarse en una pared de
doce kilómetros entre los continentes y bramar. La espuma saltaba a lo alto,
ocultando torrente tras torrente donde el mar penetraba.
Los arco iris llenaban las nubes
resultantes. A esa altura, el ruido no era más que una monstruosa piedra de molino
chirriando, Nomura podía oír con claridad la voz de Feliz en su receptor cuando
ésta detuvo el vehículo y levantó un brazo.
–Un momento. Quiero unas muestras más
antes de volver.
–¿No tienes suficientes? –preguntó
él.
Las palabras de ella fueron suaves.
–¿Cómo puede haber suficiente de un
milagro?
A él le dio un vuelco el corazón.
Ella no es una guerrera, nacida para dominara un montón de súbditos. A pesar de
su vida anterior no lo es. Ella siente el temor, la belleza, sí, la sensación
de Dios en su obra...
Un a sonrisa triste para sí mismo:
¡Mejor que sea así!
Después de todo, la tarea de Feliz
era realizar una grabación multisensorial de todo aquello, desde el comienzo
hasta el día en que, cien años después, la cuenca estuviese llena y en calma el
mar donde navegaría Odiseo. Precisaría meses de su tiempo vital. ¡Y, del
mío, por favor, del mío! Todos en el cuerpo querían experimentar aquel espectáculo
estupendo; la esperanza de aventura era prácticamente un requisito para el
reclutamiento. Pero no era posible que tantos viniesen al pasado remoto y se
acumularan en una zona temporal tan limitada. La mayoría tendría que experimentarlo
de segunda mano. Sus jefes no hubiesen elegido a nadie que no fuese un artista
consumado, para vivirlo y pasarles la experiencia.
Nomura recordó su
asombro cuando le encomendaron que fuese su ayudante. Tan corta como andaba
siempre de personal, ¿podía permitirse artistas la Patrulla?
Bien, después de contestar a un críptico anuncio,
someterse a varias pruebas desconcertantes y aprender sobre el tráfico
intertemporal, se había preguntado si el trabajo policial y de rescate era
posible y le habían dicho que, generalmente, lo era. Podía entender la
necesidad de personal administrativo, agentes residentes, historiadores, antropólogos
y, sí, naturalistas como él mismo. Durante las semanas que llevaban trabajando
juntos, Feliz le había convencido de que unos cuantos artistas eran al menos
igualmente vitales. El hombre no vive sólo de pan, ni de pistolas, burocracia,
tesis y otros detalles prácticos.
Ella volvió a poner en marcha su
aparato.
–Vamos– ordenó.
Mientras se alejaba hacia al este por
delante de él, su pelo reflejó un rayo de sol y brilló como si estuviese fundido.
Nomura la siguió en silencio.
El suelo del Mediterráneo se
encontraba a 3.000 metros por debajo del nivel del mar. El flujo caía por un
estrecho de 80 km de ancho. Su volumen representaba unos 40.000 km3 al año, un
centenar de cataratas Victoria o un millar de Niágaras.
Hasta ahí las estadísticas. La
realidad era un estruendo de agua blanca, cubierta de espuma, capaz de agitar
la tierra y estremecer montañas. Los hombres podían ver, oír, sentir, oler y
saborear el espectáculo; no podían imaginarlo.
Donde el canal se ensanchaba, el
flujo se suavizaba, hasta correr verde y negro. Después la neblina se desvanecía
y aparecían las islas, como barcos que produjesen enormes estelas; y la vida
podía de nuevo crecer o llegar a la orilla. Pero la mayoría de esas islas
desaparecerían por la erosión antes de que terminase el siglo, y la mayor parte
de esa vida perecería debido a los cambios climáticos. Porque ese acontecimiento
llevaría al planeta del Mioceno al Plioceno.
Al avanzar volando, Nomura no oía
menos ruido, sino más. Aunque allí la corriente era más tranquila, se movía
hacia un clamor bajo que se incrementaba hasta que el cielo era un infierno
bronco. Reconoció una cabeza de tierra cuyo resto gastado llevaría algún día
el nombre de Gibraltar. No muy lejos, una catarata de 30 km de ancho producía
casi la mitad de toda el agua que entraba.
Con terrible facilidad, las aguas
saltaban ese obstáculo. Eran de un verde cristalino sobre los acantilados
oscuros y el ocre profundo de los continentes, La luz encendía sus cumbres. Al
fondo, otro banco de nubes se desplazaba blanco por entre los vientos sin fin.
Más allá había una hoja azul, un lago cuyos ríos grababan cañones, sobre el
centelleo alcalino, el polvo del diablo y el estremecimiento de espejismos de
una tierra homo que convertirían en un mar.
Feliz volvió a detener su volador.
Nomura se situó a su lado. Estaban a gran altitud; el aire corría frío a su
alrededor.
–Hoy –le dijo ella– quiero intentar
conseguir una impresión del tamaño. Me acercaré a la parte alta, grabando
mientras me muevo, y luego hacia abajo.
–No demasiado cerca –le advirtió él.
Ella mostró su desagrado.
–Eso lo juzgaré yo.
–Bueno, yo... no intentaba darte
órdenes ni nada parecido. –Mejor que no
lo haga. Yo, un plebeyo y un hombre.
Hazlo por mi, por favor... –Nomura se estremeció al oír sus propias
palabras torpes–. Ten cuidado, ¿sí? Es decir, para mí eres importante.
La sonrisa de Feliz le dio ánimos. Ella
se inclinó en el arnés de seguridad para cogerle la mano.
–Gracias, Tom. –Después de un momento
se puso seria–: Los hombres como tú me hacen comprender lo equivocada que
estaba la época de la que vengo.
Ella a menudo le hablaba con
amabilidad: de hecho, casi siempre. Si hubiese sido una militante estridente,
la belleza no le hubiese mantenido despierto por las noches. Se preguntó si no
habría empezado a amarla cuando se dio cuenta del cuidado que ponía en tratarlo
como a un igual. No era fácil para ella, casi tan novata en la Patrulla como
él... no más fácil de lo que era para hombres de otras épocas creer, en el interior,
donde importaba, que ella tenía sus mismas capacidades y que estaba bien que
las usase hasta el límite.
Ella no pudo permanecer solemne.
–¡Vamos! –gritó–. ¡Date prisa! ¡Esa
caída recta no va a durar veinte años más!
Su máquina salió disparada. Nomura se
bajó la visera del casco y salió tras ella cargado con las cintas, baterías y
otros elementos auxiliares. Ten cuidado –le
suplicó–, oh, ten cuidado, querida.
Ella se había adelantado mucho. La
vio como un cometa, una libélula, toda rapidez y hermosura, dibujada sobre un
precipicio marino de kilómetros de altura. El ruido creció en él hasta que no
hubo nada más, hasta que su cráneo estuvo lleno del juicio Final.
A varios metros del suelo, ella
desvió el saltador hacia la sima. Tenía la cabeza enterrada en una caja llena
de indicadores y con las manos trabajaba en los ajustes; guiaba el saltador
con las rodillas. Las salpicaduras empezaron a empañar el protector de Nomura.
Activó el limpiador.
La turbulencia lo
agarró; siguió dando bandazos. Los oídos, protegidos contra el sonido pero no
contra los cambios de presión, le dolían. Estaba bastante cerca de Feliz cuando
el vehículo de ella se volvió loco. Lo vio dar vueltas, lo vio golpear la
inmensidad verde, vio cómo la tragaba. No podía oírse gritar por entre el
estruendo.
Le dio al control de
velocidad, y corrió tras ella. ¿Fue el instinto ego lo que le hizo dar la
vuelta, pocos centímetros antes de que el torrente se lo tragase? No la veía.
Sólo quedaba el muro de agua, las nubes por debajo y la inmisericorde calma
azul del cielo, el ruido que le agitaba la mandíbula y lo destrozaba, el frío,
la humedad, la sal en la boca que sabía a lágrimas.
Fue a buscar ayuda.
En el exterior era
mediodía. La tierra parecía desteñida, sin movimiento y sin vida exceptuando
los buitres. Sólo la distante cascada tenía vida.
Una llamada a la puerta
sacó a Nomura de la cama. Por entre el pulso ruidoso, dijo:
–Pasa.
Everard entró. A pesar
del aire acondicionado, tenía la ropa empapada de sudor. Llevaba una pipa
apagada y tenía los hombros caídos.
–¿Qué noticias hay? –le rogó Nomura.
–Como me temía. No regresó a casa.
Nomura se hundió en el sillón y fijó la mirada al frente.
–¿Estás seguro?
Everard se sentó en la cama, que chirrió bajo su peso.
–Sí. La cápsula de mensaje acaba de llegar. En respuesta a mi
pregunta, etcétera, la agente Feliz a Rach no se ha presentado en su entorno de
origen desde su puesto en Gibraltar, y no tienen ningún informe posterior de
ella.
–¿En ninguna era?
–Nadie conserva expedientes de la forma
en que los agentes se mueven por el tiempo, excepto quizá los danelianos.
–¡Pregúntaselo a ellos!
–¿Crees que iban a contestar? –le
respondió Everard... ellos, los superhombres del remoto futuro que eran los fundadores
y amos supremos de la Patrulla. Formó un puño sobre la rodilla– . Y no me digas
que los mortales normales podrían tener mejor vigilancia si quisiesen. ¿Has comprobado
tu futuro personal, hijo? No queremos que se haga, y eso es todo.
La aspereza lo abandonó. Movió la
pipa y dijo con la mayor amabilidad:
–Si vivimos lo suficiente,
sobrevivimos a aquellos que nos importan. Es el destino normal del hombre; no
único del cuerpo. Pero lamento que tuvieses que pasar por esto tan joven.
–¡Yo no importo! –exclamó Nomura–.
¿Qué hay de ella?
–Sí... he estado meditando sobre tu
informe. Mi teoría es que el flujo de aire es muy complejo alrededor de la catarata.
Sin duda deberíamos haberlo previsto. Con sobrecarga, el saltador no era tan
controlable como es habitual. Una bolsa de aire, un fallo, lo que fuese, algo
la atrapó sin aviso y la arrojó a la corriente.
Nomura se apretó los dedos.
–Y se suponía que tenía que buscarla.
Everard negó con la cabeza.
–No te castigues aún más. No eras más
que su ayudante. Ella tendría que haber tenido más cuidado.
–Pero... ¡Maldita sea! Todavía
podemos rescatarla, ¿y tú no vas a permitirlo?
–Calla –le advirtió Everard–. No lo
digas.
Nunca lo
digas.– varios patrulleros podían retroceder en el tiempo, agarrarla con un rayo
tractor y liberarla del abismo. O yo
podría hacerle una advertencia a ella y a mi yo anterior. No sucedió, por
tanto no sucederá.
No debe
suceder.
Porque el
pasado se convierte en mutable, una vez que nosotros lo hemos convertido en presente
con una de nuestras máquinas. Y si un mortal se arroga alguna vez tal poder,
¿dónde acabarían los cambios? Empezaremos salvando a una muchacha; seguimos
salvando a Lincoln, pero alguien más intenta salvar los Estados Confederados...
No, sólo a Dios puede confiársele el tiempo. La Patrulla existe para preservar
lo que es real. Sus miembros no pueden violar esa fe más de lo que podrían
violara sus madres.
–Lo siento –murmuró Nomura.
–No importa, Tom.
–No, yo... yo pensé... cuando la vi
desvanecerse, mi primera idea fue que podríamos preparar un grupo, ir a ese
mismo instante y liberarla ...
–Una idea natural en
cualquier hombre. Los viejos hábitos mentales tardan en morir. El hecho es que
no lo hicimos. Tampoco darían la autorización. Demasiado peligroso. No podemos
permitirnos perder a más gente. No podemos hacerlo cuando los registros
indican claramente que estamos condenados al fracaso.
–¿No hay forma de evitarlo?
Everard suspiró.
–No se me ocurre nada.
Acepta el destino, Tom –vaciló–. ¿Puedo... puedo hacer algo por ti?
–No. –Sonó duro en la
garganta de Nomura–. Excepto dejarme solo un rato.
–Claro. –Everard se puso
en pie–. No eras la única persona que la tenía en buena estima –le recordó y se
fue.
Cuando la puerta se hubo cerrado a su espalda, el sonido de
la cascada pareció crecer, triturando, triturando. Nomura miraba al vacío. El
sol pasó su punto más alto y empezó a deslizarse lentamente hacia la noche.
Debí haber ido tras ella, inmediatamente.
Y arriesgar mi vida.
Entonces, ¿porqué no seguirla a la muerte?
No, eso no tiene sentido. Dos muertes no forman una vida. No
podía haberla salvado. No tenía el equipo o... lo racional era buscar ayuda.
Sólo que se me negó la ayuda (ya fuese un hombre o el destino importa,
¿verdad?)y así ella cayó. La corriente se la llevó al abismo, o un momento de
terror antes de perder el sentido, y luego la aplastó en el fondo, la destrozó,
esparciendo los fragmentos de sus huesos por el suelo de un mar en el que yo, de joven, navegaré durante unas vacaciones sin
saber que existe una Patrulla del Tiempo o una Feliz. ¡Oh, Dios, quiero que mi
polvo vaya con ella, cinco millones y medio de años a partir de esta hora!
Un cañonazo remoto recorrió el aire,
un temblor por la tierra y el suelo. Una ribera debía de haber cedido ante el
torrente. Era el tipo de escena que a ella le hubiese encantado capturar.
–¿Le hubiese encantado? –aulló Nomura
y saltó de la silla. La tierra seguía vibrando bajo sus pies. –Lo hará.
Debía haberlo consultado con Everard,
pero temió –quizás equivocadamente, por la inexperiencia y la pena– que se le
negaría el permiso y que le enviarían inmediatamente al futuro.
Tendría que haber descansado varios
días, pero temió que sus modales le traicionasen. Una pastilla estimulante debía
hacer el trabajo de la naturaleza.
Debió haber retirado oficialmente una
unidad tractora, no haberla sacado a escondidas.
Cuando sacó el saltador, un
patrullero lo vio y le preguntó adónde iba.
–A dar un paseo –contestó Nomura.
El otro asintió con compasión. Podría
no sospechar que había perdido un amor, pero la pérdida de un compañero ya era
suficiente. Nomura tuvo el cuidado de adentrarse bien en el horizonte norte
antes de dar la vuelta hacia la catarata.
A izquierda y derecha, se perdía de
vista. Aquí, más de medio camino en el acantilado de vidrio verde, la curva
del planeta le ocultaba los extremos. Luego, al entrar en las nubes espumosas,
el blanco lo rodeó, irritante e hiriente.
El visor permaneció limpio, pero
hacia arriba la visión era incierta, por la inmensidad. El casco le protegía
los oídos, pero no podía reducir la tormenta que le estremecía dientes, corazón
y esqueleto. Los vientos soplaban y golpeaban, el saltador se agitaba y debía
luchar por cada centímetro de control.
Y encontrar el segundo exacto...
Saltó de un lado a otro en el tiempo,
ajustó el nonio, le volvió a dar al interruptor principal, se entrevió vagamente
en la neblina y miró por entre ella hacia el cielo; una y otra vez, hasta que
de pronto estuvo entonces.
Resplandores gemelos allá arriba...
Vio uno alejarse y caer, mientras el otro daba vueltas hasta alejarse. Los pilotos
no le habían visto oculto como estaba entre la neblina salina. Su presencia no
estaba en ningún maldito registro histórico.
Corrió hacia delante. Pero lo
dominaba la paciencia. Podría volar durante mucho tiempo vital si era
necesario, buscando su oportunidad. El temor a la muerte, incluso sabiendo que
ella podría estar muerta cuando la encontrase, era como un sueño medio recordado.
Los poderes elementales lo dominaban. Era una voluntad que volaba.
Flotaba a metros del agua. Los
chorros intentaron atraparlo, como habían hecho con ella. Estaba preparado, se
liberó, volvió a mirar.. regresó por el tiempo así como por el espacio, de
forma que una veintena de él mismo buscase por la cascada durante ese periodo
de segundos en el que Feliz podría estar viva.
No prestaba atención a
sus otros yo. No eran más que fases por las que había pasado o por las que
debería pasar.
¡ALLÍ!
La ligera forma oscura
cayó a su lado, bajo el flujo, camino hacia la destrucción. Le dio a un
control. Un rayo tractor atrapó la otra máquina. Viró y fue tras ella, incapaz
de liberar tanta masa de una presión tan grande.
La corriente casi le
tenía cuando llegó la ayuda. Dos vehículos, tres, cuatro, todos luchando
juntos, liberaron a Feliz. Ella se encontraba horriblemente fláccida sobre la
silla, sostenida por el arnés. No fue inmediatamente a por ella.
Primero fue a esos
pequeños parpadeos en el tiempo, y luego hacia atrás, para rescatarla a ella y
a sí mismo.
Cuando finalmente
estuvieron solos entre fuego y furia, ella se soltó y cayó en sus brazos; él
hubiese quemado un agujero en el cielo para ir a una costa donde pudiese cuidar
de ella. Pero se movió, sus ojos se abrieron y después de un minuto le sonrió.
Luego él lloró.
Junto a ellos, el océano
penetraba rugiendo.
La puesta de sol a la
que Nomura había saltado tampoco estaba en los registros de nadie. Convirtió en
dorada la tierra. Las cascadas debían estar llenas de luz. Su canción resonaba
bajo la estrella vespertina.
Feliz acumuló almohadas
contra el cabecero, se enderezó sobre la Cama en la que descansaba y le dijo a
Everard:
–Si presenta cargos contra él, porque
desobedeció las reglas o cualquier otra estupidez masculina en la que esté
pensando, yo también dimitiré de su maldita Patrulla.
–Oh, no. –El hombretón
levantó una palma como para detener un ataque–. Por favor. No me comprende.
Sólo pretendía decir que estamos en una situación incómoda.
–¿Cómo? –exigió saber
Nomura, desde la silla donde estaba sentado y sostenía la mano de Feliz–. No
me habían dado ninguna orden de que no intentase esto, ¿no? Vale, se supone que
los agentes deben proteger sus propias vidas si es posible, debido a su valor
para la Patrulla. Bien, ¿no se sigue de ello que también es valioso salvar una
vida?
–Sí. Claro. –Everard recorrió el
suelo. Resonaba bajo sus botas, sobre el tamborileo del flujo–. Nadie discute
el éxito, incluso en organizaciones más estrictas que la nuestra. De hecho,
Tom, la iniciativa que demostraste hoy hace que tus perspectivas de futuro sean
buenas, créeme. –La sonrisa se torció alrededor de la pipa–. Y en cuanto a viejos
soldados como yo, se me puede perdonar que estuviese tan dispuesto a rendirme.
–Un retazo de algo sombrío–. He visto a tantos perdidos más allá de toda
esperanza.
Dejó de moverse, se enfrentó a ellos
dos y declaró:
–Pero no podemos dejar cabos sueltos. El
hecho es que su unidad no registra que Feliz a Rach regresase, nunca.
Los dos se apretaron más las manos.
Everard le dedicó una sonrisa –aunque
teñida de tristeza, era sin embargo una sonrisa– antes de continuar:
–Pero no os asustéis. Tom, antes te
preguntaste por qué nosotros, humanos normales, no seguíamos demasiado de cerca
a nuestra gente. ¿Comprendes ahora la razón?
»Feliz a Rach nunca regresó a su base
original. Podría haber visitado su antiguo hogar, claro, pero no preguntamos
oficialmente qué hacen los agentes durante sus permisos. –Tomó aliento–. Y en
cuanto al resto de su carrera, si quisiese transferirse a otro cuartel general
y adoptar otro nombre, bien, cualquier oficial de graduación suficiente podría
aprobarlo. Yo, por ejemplo.
»Somos bastante flexibles en la
Patrulla. No nos atrevemos a hacerlo de otra forma.
Nomura comprendió y se estremeció.
Feliz le trajo de vuelta al mundo normal.
–Pero ¿en quién podría convertirme?
–se preguntó.
Él aprovechó la oportunidad.
–Bien –dijo medio riendo y medio en
trueno–, ¿qué tal señora de Thomas Nomura?
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