«Entre la medianoche y el alba, cuando el
sueño se niega a venir y todas las antiguas heridas empiezan a dolerme, con
frecuencia veo el mundo futuro como una pesadilla en la que hay miles de
millones de personas, todas numeradas y registradas, sin un destello de genio
por ninguna parte, sin una mente original, sin una personalidad plena y
auténtica en todo el atestado globo.»
J. B.
PRIESTLEY
—Hablará con nosotros —aseguró Álvarez cuando
el otro hubo cruzado la puerta.
—Bien —dijo Bunting—. La presión de la
sociedad ha de llegar hasta él, con el tiempo. Es un tipo raro. Jamás sabré
cómo pudo escapar a la adaptación genética... Pero habla tú. A mí ese sujeto me
irrita tanto que pierdo los estribos.
Juntos se precipitaron por el pasillo
recorriendo la Pista del Ejecutivo, que, como de costumbre, no aparecía muy
frecuentada. Habrían podido utilizar las Bandas Móviles, pero la distancia era
de poco más de tres kilómetros y Álvarez disfrutaba andando; de modo que
Bunting no insistió.
Álvarez era alto y más bien delgado, con esa
figura atlética que uno le supondría a una persona que cultivaba con deleite
las actividades musculares, que tenía por costumbre el subir por escaleras y
cuestas, por ejemplo, casi hasta el extremo de que le considerasen una persona
inadaptada. En cambio Bunting, más blando y redondo, hasta evitaba las lámparas
solares, y estaba muy pálido.
Bunting dijo tristemente:
—Espero que con nosotros dos habrá bastante.
—Yo creería que si. Nos conviene conservarlo
en nuestro sector, si podemos.
—¡Sí! Ya sabes... a veces me pregunto por qué
ha de ser nuestro sector. Casi mil trescientos millones de kilómetros cuadrados
de espacio habitable a una altura de casi setecientos metros y ha de
encontrarse en nuestro bloque de viviendas.
—Más bien una distinción. Aunque una
distinción espantosa y terrible —comentó Álvarez.
Bunting soltó un bufido.
—Y que nos honrará un poco —añadió en voz
baja Álvarez—, si logramos resolver el problema. Llegamos a la cumbre. Llegamos
al final. Llegamos a la meta. Toda la humanidad. Y nosotros resolvemos el
problema.
Bunting se animó.
—¿Crees que lo verán de ese modo?
—Procuremos que así sea.
La roca triturada retenida entre apretadas
mallas de plástico amortiguaba sus pisadas. Recorrieron un reticulado de pasillos,
viendo a media distancia las multitudes de gente de las Bandas Móviles. Se notó
un fugitivo olor a plancton en todas sus variedades. En determinado momento,
supieron, casi por instinto, que allá arriba, muy arriba, había uno de los
conductos gigantes que venían del mar. Y, por simetría, sabían asimismo que
había otro conducto, igual de grande, muy abajo, que desembocaba en el mar.
Los dos hombres se dirigían a una habitación
en funciones de vivienda muy apartada del pasillo; una habitación que parecía
diferente de las millares que habían dejado atrás. Dicho aposento daba una
sensación impalpable y desconcertante de espaciosidad, porque a ambos lados,
durante decenas y decenas de metros, las paredes estaban completamente
desnudas. Y se notaba algo también en el aire.
—¿Lo hueles? —musitó Bunting.
—Lo he olido otras veces —dijo Álvarez—. Es
inhumano.
—¡Literalmente! —exclamó Bunting—. No
esperará que los miremos, ¿verdad?
—Si lo pretende, poco nos costará negarnos.
Hicieron la señal, y luego aguardaron en
silencio mientras a su alrededor, con una desconsideración absoluta, porque
estaba siempre presente, sonaba el zumbido de una vida infinita.
La puerta se abrió. Cranwitz estaba
aguardando. Tenía un aire huraño. Llevaba el mismo atuendo que los demás: unas
ropas ligeras, sencillas, grises. Pero sobre su cuerpo parecían, sin embargo,
arrugadas. También él parecía arrugado; llevaba el cabello demasiado largo;
tenía los ojos inyectados en sangre y se revolvía inquieto.
—¿Podemos entrar? —preguntó Álvarez con fría
cortesía.
Cranwitz se echó a un lado.
Dentro, aquel olor era más intenso aún.
Cranwitz cerró la puerta tras ellos, y se sentaron. Cranwitz se quedó en pie,
sin decir nada.
—Debo preguntarle, en mi calidad de
Representante de Sector —empezó Álvarez—, siendo Bunting, aquí presente, el
Vicerrepresentante, si ahora está dispuesto a someterse a la necesidad social.
Cranwitz parecía meditarlo. Cuando habló, por
fin, la profunda voz parecía ahogársele en la garganta, y tuvo que carraspear.
—No estoy obligado. Existe un antiguo
contrato con el Gobierno. Mi familia ha tenido siempre el derecho de...
—Estamos enterados, y no va implicada una
cuestión de fuerza —replicó Bunting en tono irritado—. Le pedimos que acceda
voluntariamente. —Álvarez tocó levemente la rodilla del otro.— ¿Comprende usted
que la situación no es la misma que en los tiempos de su padre, ni siquiera, en
realidad, que el año pasado?
La larga mandíbula de Cranwitz tembló un
poco.
—No lo veo así. Este año el porcentaje de
nacimientos ha descendido en la cantidad calculada por las computadoras, y todo
lo demás ha variado de acuerdo con ello. Esto continúa año tras año. ¿Por qué
habría de ser distinto el año actual?
Mas, por lo que fuere, su voz no denotaba
convicción. Álvarez estaba seguro de que en realidad sabía la causa de que este
año fuese distinto, y por ello dijo mansamente:
—Este año hemos llegado a la meta. En la
actualidad, el porcentaje de nacimientos coincide exactamente con el de
defunciones; el nivel de población se mantiene estable; la construcción se
limita a efectuar reparaciones, y las granjas marinas también siguen la
política de la estabilidad. Sólo usted se yergue entre todo el género humano y
la perfección.
—¿Por culpa de unos cuantos ratones?
—Sí, por culpa de unos cuantos ratones. Y
otras criaturas. Conejillos de Indias. Conejos corrientes. Algunas especies de
pájaros y lagartos. No he confeccionado un censo...
—Pero ¡es que son los únicos que quedan en
todo el mundo! ¿Qué mal hacen?
—¿Y qué bien? —preguntó Bunting.
—El bien de estar ahí para que los veamos
—replicó Cranwitz—. Hubo un tiempo en que...
Álvarez había escuchado ese cuento otras
veces. Con la mayor simpatía que logró inyectar en su voz —y la sorpresa fue
suya al notar que incluso con cierta dosis de simpatía auténtica—, dijo:
—Lo sé. ¡Hubo un tiempo! ¡Siglos atrás! Había
gran número de formas de vida como esas que a usted le gustan tanto. Y millones
de años antes todavía, había dinosaurios. Pero ahora tenemos microfilmes de
todo aquello. Ningún hombre ha de ignorar cómo eran aquellos seres.
—¿Cómo puede comparar los microfilmes con los
seres reales? —preguntó Cranwitz.
Los labios de Bunting dibujaron un gesto
torcido.
—Los microfilmes no huelen.
—En otros tiempos, el parque zoológico era
mucho mayor —protestó Cranwitz—. Año tras año hemos tenido que desprendernos de
muchísimos animales. De todos los grandes. De todos los carnívoros. Y de los
árboles... No queda nada, sino plantas pequeñas, criaturas diminutas.
Dejémosles vivir.
—¿Qué tienen que ver con nadie ni con nada?
—replicó Álvarez—. Nadie quiere verlos. La humanidad está contra usted.
—La presión social...
—No podríamos persuadir a la gente, ante una
verdadera resistencia. La gente no quiere presenciar esas distorsiones de la
vida. Están asqueados; lo están de verdad. ¿Qué les importa a ellos? —La voz de
Álvarez había adquirido un acento insinuante.
Cranwitz se sentó. Cierta agitación febril
intensificaba el color de sus mejillas.
—Estuve meditando. Algún día saldremos al
exterior. El hombre colonizará otros mundos. Necesitará animales. En aquellos
mundos nuevos, desiertos, necesitará otras especies. Iniciará una nueva
ecología de la variedad. Nece...
La palabra se le heló en los labios bajo las
miradas hostiles de sus visitantes.
—¿Qué otros mundos vamos a colonizar?
—preguntó Bunting.
—En 1969 llegamos a la Luna —respondió
Cranwitz.
—Sin duda, y establecimos allí una colonia,
para luego abandonarla. En todo el Sistema Solar no hay ningún mundo capaz de
albergar la vida humana sin unos gastos de instalación prohibitivos.
—Hay otros mundos alrededor de otras
estrellas —objetó Cranwitz—. Hay centenares de millones de mundos similares a
la Tierra. Ha de haberlos.
Álvarez meneó la cabeza.
—Fuera de nuestro alcance. Hemos terminado
por explotar la Tierra y llenarla con la especie humana. Hemos tomado una
decisión, y esta decisión ha sido la Tierra. No nos queda margen para el
esfuerzo que requeriría el construir una nave espacial capaz de cruzar años luz
de espacio... ¿No conoce la historia del Siglo XX?
—Fue el último siglo de mundo abierto —dijo
Cranwitz.
—En efecto —admitió secamente Álvarez—.
Confío que no se lo habrá teñido de colores demasiado románticos. Yo estudié
sus demencias, además. Entonces el mundo estaba desierto; sólo unos miles de
millones; pero ellos lo creían atestado... y con sobrada razón. Gastaban más de
la mitad de sus bienes en guerras y preparativos bélicos, dirigían su economía
sin previsión alguna, malgastaban y envenenaban a capricho, dejaban que el puro
azar gobernase las combinaciones genéticas y toleraban a los "desviados de
la norma», fueran de la clase que fuesen. Naturalmente, les espantaba lo que
ellos llamaban explosión demográfica, y soñaban en llegar a otros mundos, como
válvula de escape. Lo mismo hubiéramos hecho nosotros, en aquellas condiciones.
No es preciso que le detalle la combinación de acontecimientos y adelantos
científicos que lo han transformado todo; pero permítame recordárselos
brevemente, por si usted quisiera olvidarlos. Hubo la instauración de un
gobierno mundial, el perfeccionamiento de la energía de fusión y el desarrollo
del arte de la ingeniería genética. Con una paz planetaria, energía en
abundancia y una humanidad sin preocupaciones, el hombre pudo multiplicarse
pacíficamente; y la ciencia fue aumentando lo mismo que la población. Se sabía
por adelantado, y con toda exactitud, el número de personas que la Tierra
podría sustentar. A la Tierra llegaba un determinado número de calorías
procedentes de la luz solar, gracias a las cuales las plantas verdes podrían
fijar, únicamente, tantas toneladas de anhídrido carbónico todos los años, y
dichas plantas sólo podrían sustentar tantas toneladas de vida animal. La
Tierra podía sustentar dos billones de toneladas de vida animal...
—¿Y por qué no podían ser los dos billones enteros
de toneladas de vida humana? —interpuso finalmente Cranwitz.
—Exacto.
—¿Aunque ello significara matar toda otra
forma de vida animal?
—Esa es la norma de la evolución —dijo
Bunting, secamente—. Los capaces sobreviven.
Álvarez volvió a tocarle la rodilla.
—Bunting tiene razón, Cranwitz —dijo
suavemente—. Los teleósteos reemplazaron a los placodermos, quienes habían
sustituido a los trilobites. Los reptiles reemplazaron a los anfibios, y fueron
sustituidos a su vez por los mamíferos. Ahora, por fin, la evolución ha llegado
a la cumbre. La Tierra sustenta la tremenda población de quince billones de
seres humanos...
—Pero ¿cómo? —interrogó Cranwitz—. Viven en
un inmenso edificio que ocupa la totalidad de la tierra firme, sin plantas ni
animales, excepto los que yo tengo aquí. Y todo el océano no habitado se ha
convertido en una sopa de plancton; no hay otra vida que el plancton.
—Vivimos muy bien —replicó Álvarez—. No hay
guerras; no hay crímenes. Los nacimientos están regulados; fallecemos
pacíficamente. Nuestros pequeños están genéticamente equilibrados y en la
Tierra hay actualmente veinte mil millones de toneladas de cerebros normales;
la mayor cantidad que pueda concebirse de la materia más compleja que pueda
imaginarse en todo el universo.
—¿Y qué hace toda esa cantidad de cerebro?
Bunting exhaló un bien audible suspiro de
exasperación; pero Álvarez, todavía sosegado, respondió:
—Mi buen amigo, usted confunde el viaje con
el destino. Quizá lo deba al contacto con sus animales. Cuando la Tierra se
hallaba en proceso de desarrollo, la vida tuvo necesidad de realizar
experimentos y correr peligros. Hasta valió la pena saber derrochar. Entonces
la Tierra estaba vacía. Contaba con una infinidad de espacio, y la evolución
tuvo que realizar sus experimentos con diez millones de especies, o más...
hasta que encontró la especie. Incluso después de la llegada del género humano,
hubo de aprender el camino. Y mientras aprendía, tenía que correr albures,
intentar lo imposible, ser tonta o loca... Pero ahora la humanidad ha alcanzado
la meta definitiva. Los hombres han llenado el planeta y no se necesita otra
cosa que gozar de la perfección.
Álvarez hizo una pausa para dejar que sus
palabras calaran hondo. Luego dijo:
—La necesitamos, Cranwitz. El mundo entero
necesita perfección. En nuestra generación la hemos conquistado
definitivamente, y queremos la distinción de haberla alcanzado. Esos animales
suyos se cruzan en nuestro camino.
Cranwitz meneaba la cabeza tozudamente.
—¡Ocupan tan poco espacio! ¡Consumen tan poca
energía! Si los suprimiéramos todos, ¿para qué tendrían más espacio? ¿Para
veinticinco seres humanos más? ¿Veinticinco entre quince billones?
—Veinticinco seres humanos representan otros
treinta y cuatro kilogramos de cerebros humanos. ¿Con qué medida puede evaluar
treinta y cuatro kilogramos de cerebro humano?
—¡Pero es que ya tienen miles de millones de
toneladas de masa encefálica!
—Lo sé —respondió Álvarez—, pero la
diferencia entre la perfección absoluta y la perfección aproximada es la misma
que la que hay entre la vida y la casi—casi—vida. ¡Ahora estamos tan cerca!
Toda la Tierra se prepara para celebrar este año de 2430. Es el año en que las
computadoras nos dicen que el planeta está saturado por fin; se ha logrado la
meta; la lucha de la evolución ha quedado coronada. ¿Hemos de quedar en deuda
por veinticinco..., aunque sea entre quince billones? Es una mancha pequeñita,
muy pequeñita; pero es una mancha. ¡Medite, Cranwitz! La Tierra aguarda desde
hace cinco mil millones de años el momento de quedar saturada. ¿Hemos de
esperar todavía más? Nosotros no podemos, ni queremos, obligarle; pero si cede
voluntariamente será un héroe a los ojos de todo el mundo.
—Sí —corroboró Bunting—. Durante todos los
días futuros los hombres dirán que Cranwitz hizo un gesto, y con aquel gesto
nada más, se llegó a la perfección.
Y Cranwitz añadió, imitando el tono de voz
del otro:
—Y los hombres dirán que Álvarez y Bunting le
persuadieron de que lo hiciera.
—¡Si lo conseguimos! —puntualizó Álvarez, sin
que se notara el menor rastro de enfado en su voz—. Pero dígame, Cranwitz,
¿puede resistirse indefinidamente contra la ilustrada voluntad de quince
billones de personas? Sean cuales fueren los motivos que le impulsen, y
reconozco que, a su manera, usted es un idealista, no puede privar a tantísima
gente de ese último pedacito de perfección.
Cranwitz bajó los ojos en silencio, y la mano
de Álvarez hizo un suave ademán dirigido a Bunting, y éste no dijo una sola
palabra. Nadie rompía el silencio; los minutos transcurrían pausadamente.
Luego Cranwitz susurró:
—¿Puedo tener mis animales un día más
conmigo?
—¿Y después?
—Y después... no quiero interponerme entre el
hombre y la perfección.
—Lo comunicaré al mundo —dijo Álvarez—. Se le
rendirá honores. —Y él y Bunting se marcharon.
En los vastos edificios continentales, unos
cinco billones de seres humanos dormían plácidamente, unos dos billones estaban
comiendo plácidamente, y medio billón, aproximadamente, gozaban cuidadosamente
del amor. Otros billones conversaban sin pasión, o cuidaban silenciosamente de
las computadoras, o conducían los vehículos, u organizaban las bibliotecas de
microfilmes, o divertían a sus semejantes. Miles de billones se estaban
acostando; miles de billones se estaban despertando; y la rutina no variaba
nunca.
La maquinaria funcionaba, se controlaba a si
misma, se reparaba por si misma. La sopa de plancton del océano planetario se
tostaba a los rayos del sol y las células se dividían y dividían y dividían,
mientras las dragas las subían a la superficie y las deshidrataban y las
transferían, a millones de toneladas, a las cintas de transporte y los
conductos que las llevaban a todos los rincones de los interminables edificios.
Y en todos los rincones de los edificios se
recogían los residuos humanos, se irradiaban y desecaban. Y trituraban y
trataban y deshidrataban los cadáveres humanos. Y todos esos residuos eran
devueltos interminablemente al océano. Y durante unas horas, mientras todo este
proceso continuaba, lo mismo que había continuado durante décadas y acaso
hubiera de seguir, inevitablemente, durante milenios, Cranwitz dio de comer a
sus criaturitas por última vez, acarició el conejillo de Indias, levantó una
tortuga para lavar la mirada en su ojo ignorante y acarició entre los dedos una
brizna, real, viva, de hierba.
Y los contó, todos, uno por uno... los
últimos seres vivos de la Tierra que ni eran humanos ni servían de alimento
para los humanos... y luego requemó el suelo donde crecían las plantas y las
mató. A continuación inundó con vapores apropiados las jaulas y habitaciones
donde tenía los animales, y éstos cesaron de vivir y de moverse.
El último ser no humano había desaparecido,
pues, y entre la humanidad y la perfección sólo se levantaba el obstáculo de
Cranwitz, cuyos pensamientos todavía se revelaban, todavía se apartaban
tozudamente de la norma. Pero también para Cranwitz servían los vapores, y el
rebelde no quería vivir.
Y después de esto, imperó realmente la
perfección, puesto que, por toda la faz de la Tierra, en sus quince billones de
habitantes y en sus veinte miles de millones de toneladas de cerebros humanos,
no había —fallecido Cranwitz— ni un solo pensamiento fuera de lugar, ni una
sola idea inusitada, que alterasen la placidez universal; aquella placidez que
significaba que por fin se había conseguido el vacío exquisito de la
uniformidad.
FIN
Título original en
inglés: 2430 D.C. © 1970.
Publicado
en Buy Jupiter and
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Traducción de
Baldomero Porta.
Compre Júpiter y otro
relatos. Editorial Bruguera.
Edición digital de
Questor. Junio de 2002.
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