La increíble capacidad de aceptar las situaciones más
aberrantes sin apenas inmutarse, la falta de solidaridad entre los hombres, y
la tendencia a hacer de lo horrendo y lo cruel un espectáculo más son algunas
de las características de la apática y despiadada sociedad en que vivimos.
La monstruosidad subyacente en la apacible velada
descrita en el siguiente relato no está nada lejos de la atmósfera de indolente
hastío, de total indiferencia hacia el caos que nos envuelve, característica de
cualquier reunión de gente afortunada...
Sus
sillas formaban casi un semicírculo, de espaldas a un aparato de televisión.
—¡Qué
afortunados son ustedes! —exclamaron los señores de Rangles—. ¡Qué suerte
tienen de vivir aquí!
—Sí,
nos gusta nuestra casa —respondió, satisfecho y orgulloso, el señor Stedman
después de echar una mirada alrededor de su sala de estar, color hueso pálido.
Acababa
de traer las bebidas, y las dos parejas después de poner hielo dentro, agitaron
sus respectivos vasos de coñac y ginebra.
—Supongo
—dijo Alice Rangle, con la mirada fija en su vaso— que..., bueno..., que no
habrá absolutamente ningún peligro en que los dejemos entrar, ¿no es así?
Los
señores de Stedman rieron entre dientes, y Alice hizo un gesto, disculpándose.
—Bueno
—dijo Fred Rangle con su habitual tono tímido—, pero supongo que más tarde
podremos ver al jovencito que descubrió todo este misterio, ¿no es verdad?
—Cuando
empiece el programa de televisión —respondió el señor Stedman— verán a Tiger.
Así llamamos a nuestro hijo Jamie. En casa tenemos ciertas reglas: primero, los
deberes del colegio; cuando Jamie los ha terminado, le permitimos ver la
televisión. Este es el mejor sistema de educar a los hijos.
—Tiene
usted muchísima razón —murmuró Alice suspirando—; no se puede imaginar el
problema que tenemos con nuestra hija Judy. No piensa más que en distraerse con
la televisión.
—Así
son los chicos de nuestra época —dijo el señor Stedman. A continuación todos
bebieron.
—¿Tendremos
que esperar mucho tiempo? —preguntó de repente el señor Fred Rangle.
Luego
se ruborizó: temía que los señores de Stedman interpretaran su brusca pregunta
como si aquella conversación le aburriera. Pero el señor Stedman se limitó a
sonreír ante su impaciencia.
A
decir verdad, a Stedman le agradaba distraer a los novatos. Le gustaba
invitarlos a su casa, permitiéndose, a veces, hacerles alguna observación como:
«Vivimos en un barrio donde hay toque de queda; de modo que vengan temprano.»
Pero, por encima de todo, le agradaba el contraste entre la falta de agudeza y
seguridad de ellos, y esa calma de buen cazador de la que él tanto se
vanagloriaba.
Por
otra parte, esta clase de gente tiende a exagerar. Acostumbran a afirmar cosas
como éstas: «Los he visto dos o tres veces y tienen un tamaño enorme», o bien,
«se trata de algo muy divertido, pero cuando te acercas a ellos, la cosa cambia
mucho», e incluso, «supe que habían atrapado a un vagabundo en Melody Drive;
también a primeras horas de la mañana» —una observación estúpida, ya que todo
el mundo lo sabía. Por esto, el señor Stedman siempre estaba dispuesto a acoger
en su casa a cualquier novato.
También
por todo esto, le dijo simplemente a Rangle: «No se preocupe, Fred; tenemos
tiempo suficiente para conversar antes que vuelva la luz.»
Acto
seguido se pusieron a hablar de negocios, de sus hijos y de otras muchas cosas.
Luego recordaron que aún no habían leído The Magus y que deberían
hacerlo. Entonces, Dora Stedman, como quien no lo quiere, dirigió su mirada
hacia el reloj que había en la pared y dijo:
—Creo,
querido, que ya es hora de empezar.
Con
aquella típica presteza que nunca podía ocultar, Charles Stedman se dirigió al
extremo de la cortina beige y tiró del cordón. Con un chirrido de poleas
al que acompañó un ligero desprendimiento de polvo, la cortina se descorrió
dejando ver una oscura calle de suburbio. A ambos lados de la misma, había
casas de diferentes estilos arquitectónicos. Entonces vieron que también se
descorrían las cortinas en la ventana del segundo piso de una casa en cuya
planta baja había un garaje. Por un instante, vislumbraron el ardiente color
rosa de su interior, como si se hubiera abierto la portezuela de un horno y, a
continuación, se apagaron las luces. El farol de un poste de la calle daba
señales que iba a encenderse de un momento a otro; y, de repente, su globo
cónico se iluminó, la calle pareció palpitar y la oscuridad dio paso a una luz
azul brillante, macilenta en consonancia con el aspecto de la calle. Una hilera
de vulgares arbustos verdes se convirtió en un fantástico y brillante cuadro
botánico.
—Y
desde esta misma ventana... —dijo Alice Rangle con voz trémula.
—Así
es; en este mismo instante.
—Desde
esta ventana hemos podido hacer este grandioso descubrimiento, Dora. ¡Debería
poner una placa en la misma para conmemorar este acontecimiento insólito!
—Quizá
lo haga.
Dora
trajo unas pastas y una jarra de leche. Habían apagado las luces cuando Jamie
apareció de pronto, murmuró algo a título de saludo, se sentó en el suelo con
las piernas cruzadas y, automáticamente metió la mano en la bandeja de pastas.
Mientras tanto, los señores de Rangles, temerosos y precavidos, procuraban
apartar su mirada del pequeño descubridor. Y entre observar la calle y dirigir
miradas furtivas a Jamie en aquel ambiente en penumbra, manoseaban las pastas y
vertían la leche mientras mascaban con la boca cerrada y sorbían ruidosamente
como distraídos rumiantes.
—¡Oh,
miren! Allí hay uno, ahora.
—¡Oh!
—Parece
un pequeño bebé. Juraría que mide más de un metro.
—Por
lo menos, uno —dijo Fred tratando de mostrarse tranquilo.
La
ventana parecía la pantalla de un televisor. Los brillantes arbustos eran más
grandes de lo que estaban acostumbrados a ver, y sus hojas carecían
completamente de colores naranja intenso, amarillo suave o rojo translúcido.
Por lo demás, todo era familiar para ellos, incluso aquellas extrañas figuras
que se movían junto a los arbustos. Sólo había una cosa que les extrañó mucho:
eran extraordinariamente grandes.
—Viendo
estas gigantescas figuras, siento como si me hubiera encogido —expresó de
repente Alice, y, en la oscuridad, los Stedman hicieron un gesto afirmativo,
pues comprendían lo que Alice había querido decir.
—Sí,
uno se siente como el Increíble Hombre Encogido o algo semejante.
—Pues
yo estoy seguro que estas cosas no volverán a atrapar a nadie más, ¿no
lo creen ustedes así? —inquirió de repente Fred.
—No,
mientras siga impuesto el toque de queda —respondió Charles a regañadientes—.
Pero hace pocos días atraparon a un vagabundo en Melody Drive. Y eso fue a primeras
horas de la mañana.
—Probablemente
—intervino Alice— mientras dormía su borrachera durante el toque de queda.
—Sí,
eso es lo que todos pensamos.
—De
todas formas, fue algo horrible.
—Desde
luego que lo fue, sobre todo, para nosotros que estuvimos buscando una casa en
Melody Drive antes de alquilar ésta.
Mientras,
en el exterior, las gigantescas figuras se movían constantemente bajo la luz de
los faroles, agitando sus opalescentes alas oscuras y borrosas. Un rostro de
ojos enormes, con una especie de trompetilla de casi un metro de largo,
apareció repentinamente al otro lado del cristal de la ventana, asustando mucho
a la pobre Alice. Cuando alguna de aquellas extrañas figuras pasaba delante de
la luz de un farol, se podía ver algo así como una espiral a través de su
transparente abdomen.
—Y
pensar —dijo Fred con voz suave— que estas cosas son seres vivientes.
Cuando
Charles se dispuso a poner más hielo en las bebidas, Fred preguntó:
—¿Sabría
alguno de ustedes explicar estas cosas tan extrañas que estamos viendo?
—¿No
podría ser que estas raras criaturas fueran seres humanos afectados por
radiaciones atómicas? —preguntó, a su vez, Alice, dudando un tanto lo que
decía.
—No
creo que eso sea posible si tenemos en cuenta el test de Ban —respondió Dora
Stedman, que, indudablemente, había meditado profundamente sobre aquellos
extraños seres—. No; a mi juicio, todo esto es el fruto del abuso de cierta
clase de insecticidas. Como saben, los alrededores de esta zona están
completamente empantanados, y durante dos años un piloto los estuvo
desinfectando desde su avioneta con un poderoso insecticida, antes que todo
esto ocurriera. ¡Deberían escuchar lo que Charles y yo pensamos sobre el
particular! Algo muy gracioso, aunque a mi esposo no le gusta hablar del tema. Se
limita a repetir constantemente que no sabemos nada... Como diría el señor
Spock si la astronave Enterprise estuviera en peligro.
—Ya
veo que Dora les ha explicado su teoría —declaró Charles mientras repartía las
bebidas—. En cuanto a mí, sólo puedo decirles que no sé nada de nada. Y ahora,
brindemos todos. ¡Salud!
—Bueno,
pero díganos cómo los descubrió —dijo Alice—. Háblenos de la primera noche.
—¡Oh,
la maravillosa primera noche! —repitió Dora, como si estuviera soñando.
—Estábamos
esperando que comenzara el programa televisivo de Bonanza. —respondió
Charles con solemnidad.
—Y
escuchando las noticias, ¿no es así?
—No,
a mi hijo Tiger no le agrada escuchar las noticias; se paseaba por la sala de
estar.
—¿Había
hecho ya sus deberes escolares, o no tenía que hacer ninguno aquella noche?
—No
tenía que hacer ninguno —intervino Jamie—. Y por eso me puse a mirar por la
ventana.
—Sí,
eso fue lo que hizo —corroboró su padre.
—Entonces
los vi. ¡Allí estaban aquellos extraños seres! —prosiguió Jamie.
—Pero
nosotros —dijo su padre— no le hicimos caso y nos limitamos a gritarle que Bonanza
estaba a punto de comenzar. Entonces, nuestro hijo empezó a gritar como un
loco mientras se alejaba de la ventana.
—Y
es que mis padres no se dieron cuenta que en la ventana tenían un programa
mucho mejor que el que estaban viendo en la pantalla de su televisor —intervino
Jamie, echándose a reír a mandíbula batiente.
—Fue
verdaderamente horrible —afirmó Dora; y al oír sus palabras los demás se
despabilaron instantáneamente—. Gracias a Dios no lo vimos, pero, por
desgracia, atraparon a la pobre señora Ladle en la calle, cuando cerraba la
llave de la manguera de riego de su jardín. Claro que esa pobre mujer siempre
tuvo mala suerte. Precisamente, la última vez que se desbordó el pantano, un
enorme lagarto llegó por el desagüe y se comió su Prettypuss. ¿Te acuerdas,
querido?
Charles
gruñó algo y añadió:
—No
te olvides de los Bunches. Hace muy poco que han ingresado en el club.
—Aquélla
era su casa —intervino su hijo Jamie, señalando una casa al otro lado de la
calle—. Ahora viven allí unos señores cuya hija se llama Clarence. Huele muy
mal.
—Oler
mal —dijo automáticamente Dora—. Hace poco vi entrar uno dentro. Uno muy
grande. Entró, en pos de su coche, dentro del garaje. Estaba preparando un
plato de popcorn cuando Charles me llamó desde la sala de estar y me
dijo que uno había seguido el coche de Hyman Bunch hasta su garaje.
»—Creo
que Jamie no debía ver esto —le insinué.
»—Vamos,
mamá, que no soy un niño —intervino mi hijo; y en ese instante se abrieron de
par en par las puertas del garaje y vimos salir corriendo a los Bunches.
—En
efecto, los Bunches salieron corriendo del garaje —corroboró Charles—. Por un
momento, pensé abrirles la puerta de mi casa para que se refugiaran aquí, pero
no dio tiempo para ello: todo duró medio minuto, un minuto como máximo.
—Luego
intervino la policía.
—Bah,
la policía —opinó Jamie con tono despectivo—. No hicieron nada contra aquellos
salvajes.
—Siéntate
y calla —le dijo Dora—, o haré que vuelvas a tu cuarto.
—Deja
que Tiger lo cuente —intervino Charles—, y luego que se vaya a la cama. Vamos,
Tiger, cuéntalo todo.
A
Tiger le pareció que se le hacía un nudo en la garganta. Finalmente pudo hablar
y dijo:
—El
coche grande de la policía...
—¿Qué
más? Continúa.
—El
coche de la policía llegó a toda velocidad, haciendo un ruido infernal con su
sirena, dio varias vueltas a la manzana, desgastando sus neumáticos con tantos
virajes y frenazos, y...
—Déjate
de comentarios jocosos y ve al grano.
—De
acuerdo. Acto seguido, cinco o seis policías saltaron fuera del coche y
empezaron a arrojar bombas lacrimógenas. Entonces, las calles se convirtieron
en un verdadero infierno. Empezaron a disparar a diestra y siniestra, y creo
que lograron derribar a una docena de ellos. Fue una estupidez que salieran del
coche, pues todos aquellos extraños seres se les echaron encima y los
polizontes se pusieron a correr como locos asustados, pisoteando las camelias
del jardín de papá. ¡Cómo gritaban! Entonces, uno de ellos se metió dentro del
coche-patrulla y se escapó, dejando abandonados a sus pobres compañeros. De
haber estado yo en el puesto de esos desgraciados, habría matado al muy
cobarde. Los pobres policías, que quedaron aislados, se pusieron a correr
despavoridos en todas direcciones. Uno de ellos se acercó a nuestra ventana,
arrojó su fusil al suelo, y se puso a golpear en los cristales para que le
dejásemos entrar en la casa. ¡Qué cara más horrible tenía! Luego se quitó la
careta antigás, pero uno de aquellos extraños seres se le acercó por detrás...,
dispuesto a atraparle.
—Fue
entonces cuando oímos el timbre de la puerta —añadió al cabo de un instante.
—Ya
es hora que te vayas a la cama, Tiger.
—Sí.
Y el timbre sonaba y sonaba sin cesar.
—Cállate,
Tiger, ya basta.
—De
acuerdo, papá. Y el desdichado policía gritó: «Por el amor de Dios, ábranme la
puerta.»
—Jamie,
no pronuncies en vano el nombre de Dios.
—Está
bien. Buenas noches, mamá, papá, señores —saludó Jamie; pero cuando estaba
cerca de la puerta, se volvió y añadió gritando—: Y al final se dejó de oír el
timbre y esto es todo lo que pasó con los policías.
Fred
Rangle dijo algo para disipar la tirante atmósfera, y el tímido Fred, con
esfuerzo, también hizo un comentario para ayudarle.
—¡Gente
afortunada! —señaló, con una falta de sinceridad impropia en él—. Sí, aquí vive
una gente muy afortunada.
—Un
poco envidioso, ¿no? —le contestó Charles con voz tenue.
—Me
gustaría gozar de este programa donde yo vivo —continuó Fred—; pero me temo que
nunca podré.
—Es
que es un sitio muy céntrico —intervino Alice, añadiendo su pizca de sarcasmo—.
El ruido del tráfico los asustaría; me refiero a esos extraños seres.
—¡Fíjense
en lo que dice Alice! —exclamó Fred procurando gastar la primera broma de su
vida—: ¡El ruido del tráfico me asustaría a mí!
Todos
rieron al oír sus palabras burlonas. Charles volvió a insistir:
—Sienten
envidia de nosotros, ¿no es así?
—Santo
cielo, claro que sí —dijeron los señores de Rangles, mientras agitaban el hielo
de sus vasos—. El no tener en todo el año más distracción que la televisión es
mucho menos divertido que..., ¡todo esto!
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