Como es bien
sabido, en este nuestro siglo xxx el viaje espacial resulta terriblemente largo
y aburrido. En busca de diversión, muchas tripulaciones infringen las
restricciones de cuarentena y toman animales de compañía de los distintos
mundos habitables que exploran.
Jim Sloane tenía una roqueta, a la que llamaba Teddy.
Esta se limitaba a permanecer inmóvil durante todo el tiempo, con todo el
aspecto de una roca, aunque a veces alzaba uno de sus bordes inferiores y
sorbía un poco de azúcar en polvo. Eso era todo lo que comía. Nadie la había
visto moverse nunca, pero de tanto en tanto resultaba que no estaba allí donde
todo el mundo pensaba que estaba. Existía la teoría de que se movía cuando
nadie miraba.
Bob Laverty
poseía un heligusano, al que llamaba Dolly. Era verde, y se alimentaba a base
de fotosíntesis. A veces se trasladaba hacia los lugares donde había más luz, y
cuando hacía eso enroscaba su cuerpo agusanado y avanzaba muy lentamente como
una hélice girando.
Un día, Jim
Sloane desafió a Bob Laverty a una carrera.
—Mi Teddy
puede ganar a tu Dolly —dijo.
—Tu Teddy no
se mueve —se burló Laverty.
—¿Qué te
apuestas? —retó Sloane.
Toda la
tripulación participó en el acontecimiento. Incluso el capitán arriesgó medio
crédito. Todo el mundo apostó por Dolly. AI menos, se movía.
Jim Sloane
cubrió todas las apuestas. Había estado ahorrando su sueldo a lo largo de tres
viajes, y apostó todos sus milicréditos por Teddy.
La carrera
empezó en uno de los extremos del Gran Salón. En el otro extremo se había
colocado un montón de azúcar para Teddy, y un foco de luz para Dolly. Dolly se
enroscó inmediatamente, y empezó a espiralear muy despacio su camino hacia la
luz. La tripulación comenzó a corearla.
Teddy
simplemente se quedó donde estaba, sin moverse.
—Azúcar,
Teddy. Azúcar —dijo Sloane, señalando.
Teddy no se
movió. Se parecía más que nunca a una roca, pero Sloane no pareció preocupado por
ello.
Por último,
cuando Dolly había espiraleado ya la mitad del camino cruzando el salón, Jim
Sloane dijo casualmente a la roqueta:
—Si no vas
hasta allí, Teddy, iré a buscar un martillo y te reduciré a gravilla.
Fue entonces
cuando la gente descubrió por primera vez que las roquetas podían leer la
mente. Fue también la primera vez que la gente descubrió que las roquetas
podían teleportarse.
Apenas
Sloane había formulado su amenaza, Teddy desapareció de su lugar y reapareció
encima del montón de azúcar.
Sloane ganó,
por supuesto, y contó sus ganancias lenta y morosamente.
—Sabías que
esa maldita cosa podía teleportarse —dijo Laverty amargamente.
—No, no lo
sabía —aseguró Sloane—. Pero sabía que iba a ganar. Era absolutamente seguro.
—¿Por qué?
—Hay un viejo
refrán que todo el mundo conoce: «El Teddy de Sloane gana la carrera».
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.