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Humberto Arenal - El tiempo ha descendido



Hacía casi una hora que estaba allí, oscilando como un péndulo, recibiendo el rocío. Sin importarle ya la soledad ni el frío, que antes tanto lo angustiaban. Las gentes no podían verlo porque los árboles del parque casi lo tapaban y porque tenían tanto sueño y caminaban tan encorvados y aprisa por el frío que apenas levantaban la vista del suelo.
Ya no le importaba nada; ya todo lo había perdido, pensaba desde hacía algún tiempo. En verdad hacía ya mucho tiempo que nada le importaba, aunque pretendiera lo contrario. Últimamente no se esforzaba. Para qué. Había luchado, eso sí, había luchado mucho. Hubo un momento en que hasta creyó haber alcanzado la felicidad. Tuvo una mujer que lo quiso y lo atendió con amor, y tuvo dos hijos, y el mundo le resultaba menos hostil, mucho menos hostil que antes y después. ¿Cuándo había sido eso? Casi le era imposible recordarlo. Después se había ido quedando como desnudo, y un hombre no puede vivir desnudo. Recordaba que en los sueños que tenía cuando niño siempre aparecía desnudo huyendo de alguien.
Cuando su padre murió de tifus su madre lo mandó a vivir a casa de su tía Monserrate, que entonces disfrutaba la bonanza de haberse casado con un comerciante catalán de la calle Muralla.
-Aquí hambre no pasarás, nunca te faltará un plato de comida -le había dicho su tía el día que llegó con todas sus pertenencias en una caja de cartón que llevaba debajo del brazo-. Tampoco te faltará buena ropa que ponerte. Por ahí por los escaparates hay montones de ropa de mi hijo Francisco que está como nueva.
Francisco era dos años mayor que él, y además era más corpulento. Su tía Monserrate tenía razón: nunca le faltó ropa, ni comida tampoco. Ni dinero. Su tía guardaba monedas de oro en un rincón oculto del escaparate y jamás notaba, o parecía no notar, las que él le robaba. Tampoco le faltaba libertad, tenía más libertad allí que en casa de su madre. A nadie le preocupaba nunca dónde iba o a qué hora entraba o salía.
Hoy se había levantado muy temprano. Desde siempre tenía la costumbre de levantarse todavía más temprano. Todas las noches soñaba con una figura que los perseguía -nunca podía saber quién era- y apenas dormía por la inquietud. Antes de que comenzara a aclarar ya estaba en pie. Con la casa todavía a oscuras se ponía a caminar despacio, con una mano en la espalda y la otra tocándose los pelillos de la nariz, arrastrando muy quedo las pantuflas. A veces conversaba en la cocina con su mujer. Un día su yerno Francisco lo sintió hablando y vino a preguntarle que con quién hablaba y él se le quedó mirando y no le contestó. Ahora su mejor arma era el silencio. Todas las mañanas iba a la cuna de su nieta, por la que sentía un especial cariño, y se le quedaba mirando largo rato. En verdad no la miraba, pensaba. Pensaba en cosas del pasado. Ahora siempre pensaba en cosas del pasado. Le gustaba verla allí tranquila, indefensa y frágil. De ella no tenía que protegerse como de los demás. A veces quedarse callado o inmóvil no bastaba. Entró en el cuarto de la niña y se inclinó para cubrirle las piernas con la frazada. Le tocó el pelo. La niña movió la cabeza. Se quedó un rato más frente a ella.
-Se la quieren llevar, Rosa -dijo juntando las manos en el pecho.
La mañana que nació su hija Enriqueta un compañero vino a avisárselo con gran júbilo y después su jefe le dijo que se podía marchar, pero él decidió quedarse trabajando. En su casa pretextó que no había podido ausentarse. Después de las felicitaciones de sus compañeros y de los chistes se quedó solo frente al automóvil que estaba arreglando. Con la llave inglesa que tenía en la mano se quedó golpeando rítmicamente una llanta. Desde niño había pensado que quería tener un hijo, pero ahora era más que un deseo. ¿Qué hacer; qué hacer; qué hacer? Se preguntaba mientras golpeaba la llanta. Por la tarde, al llegar a su casa, no pudo cargar la niña y su mujer se echó a llorar.
A ésta no me la podrán quitar. Rosa. Se alejó de la cuna de su nieta frotándose las manos rítmicamente. Fue a la cocina y echó agua en un jarro. Lo puso en la hornilla de gas y la encendió. Se volvió a frotar las manos. Dio unos pasos y abrió un armario. Sacó un pedazo de cuerda que había guardado desde hacía unos días. La estiró en el suelo. Mientras la miraba volvió a tocarse los pelillos de la nariz. Después la enrolló y la puso encima de la mesa. Fue a ver si el agua ya estaba caliente y entonces tomó la lata del café que estaba en una repisa encima de la cocina. Le echó cuatro cucharadas.
Su primer empleo fue de buzo en Casa Blanca. En sus andanzas por los muelles se había hecho amigo de un asturiano que tenía un bote que alquilaba para dar paseos por la bahía. Un día le dijo que quería trabajar como buzo y la próxima vez que lo vio le había conseguido trabajo. Todas las mañanas cruzaba la bahía a las seis y media para comenzar a trabajar a las siete. Se paraba en la proa de la lancha a ver los reflejos del agua, los barcos que estaban anclados en el puerto y sobre todo la ciudad que se alejaba, que desde allí lucía otra ciudad: más bella y distinta. Lo hizo todos los días durante los seis meses que estuvo trabajando en Casa Blanca. Era una especie de temor agradable que nunca había sentido antes y que nunca más experimentó. Todavía lo recordaba nítidamente. Bajar con la escafandra al fondo del mar también lo atemorizaba al principio, pero enseguida se acostumbró, y además se lo pagaban muy bien porque él descendía hasta donde los otros buzos más viejos y experimentados no se atrevían. Al poco tiempo sintió fuertes dolores en un oído y alguien le aconsejó que fuera a ver a un médico. Tenía perforado un tímpano y si continuaba podría quedarse totalmente sordo. Estuvo un tiempo más haciendo el trabajo, pero después los dolores de oídos arreciaron y se vio forzado a dejarlo. El día que se marchó no quiso mirar la ciudad. Tardó meses en volver a la bahía. Durante años, hasta hacía muy poco, iba a menudo a Casa Blanca a recordar esa época. Después un amigo de su tía le buscó empleo en un taller de automóviles, que entonces comenzaban a llegar a Cuba.
—No te gustaba ir a los muelles, Rosa. ¿Por qué? -dijo y sonrió.
Terminó de colar el café e hirvió la leche. Tomó la cuerda que estaba encima de la mesa y probó su resistencia tirando de ella con las manos. Después volvió a ponerla encima de la mesa. Se sirvió una taza de café con leche y tomó un pedazo de pan del día anterior, que siempre prefería al pan fresco. Antes de empezar a tomar el café con leche fue a buscar el periódico, que todas las mañanas el repartidor lanzaba al balcón. Todavía estaban encendidas las luces del alumbrado público y en algunas de las casas cercanas se veían luces encendidas también, pero ya estaba amaneciendo.
-¿Dónde está Roberto, Rosa?
Cuando nació su hijo Roberto todas las tardes llegaba del trabajo y lo tomaba de la cuna y lo llevaba al balcón de la casa en que vivían entonces. El niño le pasaba los dedos por los pelillos de la nuca y él sonreía.
Sintió frío y contrajo los músculos de la espalda. Se frotó las manos y se acercó al balcón para mirar hacia abajo. Vio al soldado que siempre estaba de guardia en la puerta del edificio y una mujer con unos paquetes que penetró en un automóvil. El gato blanco y negro de la vecina de al lado salió del edificio y cruzó la calle. Tomó el periódico y se acercó más al balcón. La figura del soldado moviéndose nervioso para aminorar el frío, lucía aplastada y pequeña por la posición y la distancia. Se quedó mirándolo un rato mientras se pasaba una mano por la barba. Hacía dos días que no se afeitaba, hoy tendría que hacerlo.
A Rosa, su mujer, la conoció en casa de unos parientes suyos. Estudiaba para maestra con una de sus primas. ¿Cómo era aquello que decía su prima Concha para referirse a ellos dos? Amor... amor a primera vista. Fue amor a primera vista. Nunca había pensado casarse, es decir, ninguna de las mujeres que había tratado hasta entonces le había interesado en ese sentido. Las únicas mujeres que de verdad había conocido eran las prostitutas de San Isidro. Desde que trabajaba en Casa Blanca había comenzado a ir los sábados por la noche a las prostíbulos de la calle Damas con el Chino, un compañero de trabajo. Había una mulata de Manzanillo, Caridad se llamaba, que le gustaba mucho. Ella le decía que viniera tarde, cuando ya iban a cerrar la casa, y se quedaba allí con ella. Su tía Monserrate pensaba que tenía una querida y le aconsejaba que tuviera cuidado con las mujeres, que no se fuera a enredar con una piruja, y él sonreía. A Caridad le contaba muchas cosas que nunca después le contó a nadie, ni siquiera a su mujer. Pero eso había sido otra cosa. Rosa iba a ser la madre de sus hijos y la mujer que lo iba a acompañar para siempre. Rosa era discreta en todo: en la belleza, en la inteligencia, en el carácter. Siempre estas cosas le parecieron importantes. Estar con Rosa era como estar consigo mismo. Era como si no estuviera a su lado, aunque siempre la necesitaba cerca. Al año siguiente de conocerla se casó con Rosa y dos años después nació su hija Enriqueta. Hacía unos días había encontrado en una gaveta una fotografía del primer cumpleaños de su hija. La llevaba sonriente en los brazos y su mujer sonreía plácida tomada de su brazo.
Encendió la lamparilla y se vio reflejado en el cristal del botiquín. Había enflaquecido mucho en los últimos meses, desde que estaba enfermo. Todo el mundo lo decía a sus espaldas y él sabía que era verdad. La imagen que veía en el espejo se lo reafirmaba. Esto también había dejado de importarle. Se afeitó despacio, con gran minuciosidad. La mano le temblaba un poco y se cortó en dos ocasiones. Cuando terminó se echó un poco de alcohol y se fue a su cuarto. Sacó su mejor traje del escaparate y lo puso sobre la cama. Su hija Enriqueta se lo había mandado a arreglar unas semanas antes. Comenzó a vestirse. Su hijo Roberto tenía ahora 22 años. Había sido el hijo de la vejez. Quizás al que más había añorado; al que más había querido.
En calzoncillos, abotonándose la camisa blanca, fue al escaparate y tomó una fotografía. Era de su hijo Roberto en el Parque Central de Nueva York. Llevaba un abrigo que le cubría hasta el cuello y a todo su alrededor había nieve. Llevaba una boina y sonreía. Se parecía a Rosa. Por fuera era parecido a Rosa. Por dentro era complicado y difícil y huraño. El había ansiado que fuera sencillo como Rosa para quererlo como a ella, pero siempre se le escapaba. Se le escapaba de niño, y después, y ahora hacía tiempo que estaba lejos. Dos años, tres. Ya no se acordaba. Una de las cosas que le resultaba más difícil ahora era precisar el tiempo. El tiempo se le escapaba. A veces hoy era ayer, y ayer era mañana.
En ocasiones pensaba que Roberto estaba allí en la casa y preguntaba que dónde estaba. ¿Y Rosa su mujer? ¿Había muerto Rosa? El la veía a menudo allí en la casa. En la cocina preparándole la comida. Acostada con una mano en la cara, como ella acostumbraba.
Dejó la fotografía donde estaba antes y caminó encorvado para tomar el pantalón que estaba sobre la cama.
¿Y su padre; y sus hermanos? ¿Existieron alguna vez sus hermanos? De niño cuando se sentía solo inventaba hermanos y amigos que no existían. Su madre siempre decía que él era un niño muy mentiroso y su tía Monserrate también.
¿Cómo era su padre? No recordaba muchos detalles físicos, las barbas largas, largas y perfumadas. Cuando lo cargaba por la noche para dormirlo, él le daba tirones en la barba y su padre se reía.
Uno de sus hermanos se llamaba Gabriel y había muerto tuberculoso. El otro ahora no podía recordar cómo se llamaba. ¿Había tenido otro hermano?
Se acercó al espejo y se miró a los ojos. Su padre tenía los ojos muy azules, eso ahora lo recordaba muy bien. A su padre podía evocarlo mejor, a su madre apenas la recordaba físicamente. La recordaba por frases que le decía cuando vivían juntos y después en las pocas ocasiones que la visitaba: "Tú siempre has sido muy bobo", eso se lo repetía siempre. También: "No arrastres los pies, muchacho, parece que siempre estás cansado". "Tú eres un zorro y un malagradecido; no te ocupas de mí". "Me hace falta dinero; dinero; dinero; dinero para tu hermano Gabriel!". "Gabriel, Gabriel, Gabriel". Gabriel era su preferido, siempre lo supo.
Se puso la corbata con gran cuidado y se hizo el lazo delante del espejo. Después fue a coger los zapatos y comenzó a lustrarlos. Cuando terminó se los puso y fue a tomar el saco que estaba sobre la cama. Se lo puso delante del espejo. Rosa estaba allí junto a él sonriendo, como sonreía antes siempre que él iba a salir. ¿O Rosa había muerto? Una vez la vio acostada muchos días. Eso lo recordaba bien. Y también recordaba a su hija Enriqueta llorando. A veces en los últimos tiempos pensaba que Rosa estaba en otro lugar y que tenía que ir a buscarla. Aunque a veces Rosa venía, como ahora, y lo acompañaba todo el día. Terminó de peinarse y se pasó las manos por las cejas. Buscó a Rosa y ya no estaba. -Rosa -dijo en voz alta-, no te vayas. Hoy no te vayas. Hoy tienes que estar junto a mí. Hoy no puedes dejarme solo.
Salió caminando despacio para la cocina.
-Rosa, hoy no te puedes ir. Me tienes que acompañar ahora. Y le dices a Roberto que venga. El también tiene que estar aquí junto a nosotros ahora; es importante que estemos juntos.
Tomó la cuerda que estaba sobre la mesa y salió caminando. Se irguió y dejó de arrastrar los pies. Rosa estaba a su lado. Y Roberto estaba en la terraza. Roberto los esperaba en la terraza. Ahora era importante que estuvieran juntos los tres. Nunca antes había sido tan importante.
Llegó a la terraza y comprobó: dentro de un momento sería de día. Se acercó al balcón. El soldado seguía dándose paseos y soplándose las manos. Ahora él no sentía frío.
-¿Y tú Rosa? -preguntó.
-Tomó una punta de la cuerda y la pasó por el pasamanos del balcón. Hizo un nudo doble y comprobó si era sólido.
-Roberto que esté aquí junto a nosotros, que no se vaya a ir Rosa. Aquí juntos los tres; por favor, es importante. Yo nunca pido nada, Rosa.
Se pasó la soga por el cuello y se hizo el doble nudo rápidamente.
-Así, juntos los tres. Es importante. Tú lo sabes Rosa, lo hemos conversado.
Pasó primero una pierna por el balcón y después la otra.
-Y la niña Rosa; quizás la niña debía estar aquí junto a nosotros.
Miró hacia dentro de la casa.
-Por lo menos los tres, como siempre yo he querido, Rosa.
Se lanzó al vacío y la cuerda sacudió el balcón cuando él llegó abajo.
-Espérame, Rosa.
Después quedó oscilando, como un péndulo.



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