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Paúl Arène - La comida de los notarios


Cuando el alba comenzó a despuntar, los gallos que se alimentaban en el fondo de su jardín despertaron, con su agudo ki-ki-ri-kí, a maese Noizelles.
Y maese Noizelles cogió su gran cartera de cuero negro; se la puso bajo el brazo y se fue a hacer su indispensable paseo matinal.
Porque, en efecto, maese Noizelles tiene la costumbre de salir así, todos los días, de su casa y de recorrer las calles principales de la ciudad para hacer creer a todo el mundo que desde muy temprano ya comienzan a llamarlo para redactar contratos y recibir testamentos.
Al principio nadie pudo adivinar la verdad, y desde la puerta de Provenza, donde está situada su casa, hasta la puerta del Delfinado, desde cuyo inmenso umbral se ve un paisaje maravilloso, lleno de ríos y de praderas, todo el mundo conocía a maese Noizelles. Los obreros cuyo trabajo comienza al amanecer; los carreteros que taladraban los cubos de las ruedas; los fabricantes de guarniciones que cosían, con sus grandes y lucientes agujas, collares de cascabeles, sonoros y puntiagudos como campanarios; los panaderos que esperaban, sentados a la puerta de sus tiendas que el horno se calentase; los pastores sucios de los barrios oscuros que llevaban a la fuente pública sus cabras y sus asnos; todos los artesanos, en fin, y todos los campesinos, miraban pasar, con verdadero respeto, a aquel señor notario tan ocupado.
Pero la maligna curiosidad del público no tardó mucho tiempo en descubrir el objeto misterioso de aquellos paseos matutinos; y pronto se supo que no era para hacer testamentos, ni siquiera simples contratos, para lo que el buen señor se levantaba con el alba.
Maese Noizelles no tenía, en realidad, nada que hacer en su oficina, y por eso iba todas las mañanas a sentarse bajo los árboles de Font-Froide, en las inmediaciones del puente.
El sitio es encantador y solitario.
Tres vertientes que se desparraman entre las raíces de un saúco, alimentan un estanque cuya superficie está siempre azul por culpa de las mujeres que lavan allí su ropa.
Maese Noizelles escuchaba con gusto el murmullo de la corriente que pasa ligera sobre las piedras mohosas, y veía con placer los mil florecimientos blancos que las ráfagas de aire producían a veces sobre el agua.
Gran cantidad de ranas deja oír eternamente, en ese paraje, su canto monótono. Por eso, sin duda, la gente de la ciudad bautizó a Maese Noizelles con el nombre de "el notario de las ranas".
El día a que nos referimos al principio, maese Noizelles hizo lo mismo que todos los demás días.
Sólo que, mientras él se entregaba a sus ensueños favoritos, en las cocinas del Sol de Oro había un movimiento inusitado. Junto a la enorme chimenea, sobre la cual lucen, formados en línea de batalla, los candeleros de bronce y las lámparas de estaño frente al hornillo embarnizado cuyas tres vastas ceniceras parecen tres arcadas romanas y cuyas parrillas soportan seis grandes sartenes sin contar el asador, el patrón trabaja y da sus órdenes.
En vista de la circunstancia, hase puesto, desde muy temprano, la boina clásica y la chaqueta blanca.
Con el rostro encendido por el reflejo de las brasas, deja correr sus dedos, maravillosamente ágiles, sobre la gama perfumada de los platos; luego se lame las manos y en seguida mezcla las salsas y combina las especias con movimientos hieráticos, como un alquimista que fuera al mismo tiempo pianista.
También tiene cierto aspecto de almirante, pues habiendo sido cocinero de un buque, sigue usando sus patillas de chuleta e imita perfectamente, para dar órdenes breves y enérgicas a su tripulación de pinches, el acento de aquel capitán a quien oyó hablar en los momentos de peligro, cuando el viento desencadenado inflaba las velas de su barco.
Al fin todo salió bien.
Y precisamente al mismo tiempo que el viejo cocinero, orgulloso de sus guisos cuyos perfumes exquisitos llenan toda la casa, se sienta para respirar con tranquilidad al lado de sus sartenes magníficas, maese Noizelles se pone de pie sobre la hierba y dice, dándose una palmada en la frente:
-¡Voto al chápiro verde!... ¡Y yo que ya estaba olvidando, por oír el canto de las ranas, que es hoy, a las doce en punto, cuando se celebra en el restaurante del Sol de Oro el banquete de los notarios!
Cada año, en efecto, cuando el sol de mayo hace brillar en el campo las hojas nuevas, los notarios del distrito, los de la ciudad y los de las aldeas, se reúnen fraternalmente al rededor de una mesa.
Es una costumbre antiquísima.
Los señores notarios no se juntan así, como pudiera creerse, para estudiar en cónclave las bellezas secretas del código, ni para buscar la mejor manera de defenderse de esos buenos campesinos que, cansados ya de ver la rapidez con que los impuestos, las ventas y las herencias van convirtiendo lo mejor de sus fortunas en papel sellado, comienzan a soñar en lo conveniente que sería introducir algunas reformas en la ley de procedimientos; no, los notarios se juntan para comer, nada más que para comer, pero para comer bien, eso sí.
El banquete no se paga con el producto de una suscripción, sino con el producto de un impuesto: cada notario está obligado a depositar en la "caja de la comida", durante todo el año, diez céntimos por cada contrato que legaliza, por cada testamento que recibe, por cada "número", en fin, como dicen ellos mismos; y cuando el tiempo y los buenos negocios han convertido esos millares de centavos en centenas de francos, los señores notarios se reúnen para comérselos en algunas horas. Naturalmente entre ellos hay algunos que dan mucho y otros que dan muy poco; eso depende de la importancia de cada uno, pero el día del banquete todos son iguales y el que más come es el que más apetito tiene.
Así, pues, el martes de la semana pasada, a las doce en punto, los habitantes de la ciudad vieron pasar, con envidia, a los cinco notarios principales, al conservador de las hipotecas y al secretario del tribunal, que acababan de salir del Círculo y que atravesaban las calles dirigiéndose al Sol de Oro. Los siete caballeros tenían los labios húmedos y el alma alegre; la perspectiva de los manjares apetitosos y perfumados, de las criadas sonrientes y amables, del mantel blanco y almidonado, de las copas finas, de los panecillos tostados y de las servilletas artísticamente colocadas sobre los platos, los llenaba de júbilo.
Detrás del grupo majestuoso iban, avergonzados y tímidos, algunos notarios del campo y de las aldeas, cuyos zapatos clavados producían, al andar, un ruido enorme, y cuyas levitas, ligeramente arrugadas, habían estado a la moda en tiempo de Luis Felipe.
El único que hacía falta era el pobre notario de las ranas.
Al fin llegó, cuando ya todo el mundo comenzaba a desdoblar su nívea servilleta. Viéndolo entrar sofocado y corriendo, el decano de la sociedad dijo:

-¿Saben ustedes, señores, cuantos números ha tenido este año nuestro excelente colega Noizelles? Pues no ha tenido sino quince; lo que hace, salvo error u omisión, un total de ciento cincuenta céntimos. Y poco faltó para que el granuja no los pagase a tiempo. No siempre, sin embargo, se encuentran gangas como la presente, porque miren ustedes que conseguir por franco y medio un cubierto de a seis escudos, es más raro que la rara avis in terris de que habla Juvenal.

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