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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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Fedor Dostoievski - Un árbol de Noel y una boda
Hace un par de días asistí yo a una
boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad.
Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho...
Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella
boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que
allí sucedió.
Hará unos cinco años, cierto día entre
Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de
celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era
un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo
de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los
enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile
de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los
señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor
número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como
casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí
las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como
entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada
entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.
Otro tanto hubo de sucederle a otro
caballero, que, según a mí mismo me pareció, no se distinguía ni por su posición
social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se
encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la
atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado,
sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era
arraigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un
rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió
una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de
la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar
que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello,
mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo.
Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido
a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado,
del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de
recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente
lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo
con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como
allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba
dirigirle a la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la
pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus
manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente,
unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado,
dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le
habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.
Además de aquel caballero que no se
preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y
regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste
mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!
Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la
primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto
al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a
éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se
desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte,
lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según
pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una
lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró
que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo
sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que,
luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me
retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí
me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo
el aposento.
Los niños eran todos increíblemente
simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían
dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían
literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también
tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto
en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de
negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular:
estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de
madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita.
Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y
pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues
se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a
jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto
a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja
hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos
trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente,
dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi
mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la
espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el
insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño
de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la
muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca
más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando
gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al
último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas,
sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la
grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el
estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.
Era el hijo de una pobre viuda, que les
daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el
aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de
nankín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en
torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de
jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que comprendía ya muy bien su
posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me
resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban
en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan
atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un
teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún
papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de
hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya
tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar
a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro.
Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de
inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En
seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los
demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo
recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la
muñeca.
Yo llevaba ya sentado media horita en el
parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el
parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de
trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián
Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre
los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos
nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la
pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al
vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a
otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y
parecía meditar algo.
"Trescientos..., trescientos...
-murmuraba-. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos
al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total,
al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar
con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un
diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es
ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Hum!"
Su resolución era firme. Se escombró, y se
disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la
pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se
quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje.
Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si
su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa,
pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto.
Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una
segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero
volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de
puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la
pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio
un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había
advertido hasta entonces su presencia.
-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó
por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.
-Estamos jugando...
-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich
lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.
El chico no replicó, y se le quedó mirando
fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de
nuevo se inclinó hacia la pequeña.
-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le
preguntó.
-Sí, una muñequita... -repuso la nena algo
forzada, y frunció levemente el ceño.
-Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía,
de qué se hacen las muñecas?
-No... -respondió la niña en un murmullo,
y volvió a bajar la cabeza.
-Bueno; pues mira: las hacen de trapos
viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y
Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero
éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro.
Por lo visto, no querían separarse.
-¿Y sabes tú también para qué te han
regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía
en su voz más mimo.
-No.
-Pues para que seas buena y cariñosa.
Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a
mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas
perceptible, trémula de emoción e impaciencia:
-Pero ¿me querrás tú también a mí si les
hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle
otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto
de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja,
y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich
se puso furioso.
-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo
con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás
niños!
-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por
qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará
aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.
En aquel instante sonaron voces altas
junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño
se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se
escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al
comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el
rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció
asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto
y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían
absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y
astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a
reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en
verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos
que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al
pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya
dónde meterse.
-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí,
holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado
alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo
yo a ti!
El muchacho, azorado, se resolvió,
finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la
mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de
ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar
de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se
movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que
se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho
y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo
tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente;
respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le
subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su
enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se
volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su
influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró
por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la
mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich
recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de
un pico, a la nariz, y se sonó.
El dueño de la casa nos miró a los tres
sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo
aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.
-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en
cuyo favor tuve la honra de interesarle... -empezó, señalando al pequeño.
-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que
seguía sin ponerse a la altura de la situación.
-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó
explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es
viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...?
-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo
interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp
Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay,
actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por
delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero...
- ¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la
casa-. Es un chico muy juicioso y modesto...
-Pues a mí por lo que he podido ver, me
parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué
haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.
Luego no pudo, por lo visto, resistir a la
tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de
intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió
inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de
la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y
salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo
Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía
la cabeza admirado y receloso.
Después de haberme reído lo bastante, yo
también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado
de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy
animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de
la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos.
Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su
hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas
en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con
visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban
muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los
niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno
de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente
conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que
le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián
Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la
amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados,
según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por
las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián
Mastakóvich.
-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a
un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.
Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada
colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.
-No -me respondió mi amigo, visiblemente
contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le
hiciera en voz alta.
Hace un par de días hube de pasar por
delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus
ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda.
Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia,
confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo
y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy
ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último,
se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí
paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas
despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos
miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado
aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura
cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, al través de esa seriedad
y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de
la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente,
infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.
Se decía entre la gente que la novia
apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de
pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no
volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el
gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de
allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y
sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y
cuanto...
"¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo,
y me salí a la calle.
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