El Guardián
Yoss
En el sitio web de Arnoldo Águila.
“Hola, Arnoldo: No sé si después de 11 años
sin vernos te acuerdas de mí: José Miguel Sánchez Gómez, tu vecino de calle A
entre 19 y 21, el muchacho que guiaste en sus primeros pasos en la escritura y
en la ciencia ficción, el que ganó el David del género en 1988 con Timshel... y que te lo regaló retribuyendo el obsequio de tu Serpiente
Emplumada años antes.”
Así me escribió Yoss, el nombre artístico
de ese joven de indudable talento, que aparte de Timshel ha publicado otros tres libros en Cuba, uno en España, otro en
Italia y que hace poco ganó la Mención Especial en el premio de novela corta de
la UPC.
Yo tendría que estar loco para olvidar a
otro loco que era, de contra, mi vecino.
Arnoldo
Águila
Quien está dispuesto a arriesgar su vida
por una causa, suele luego estar dispuesto a sacrificar la vida de otros en
nombre de lo mismo. Y es solo ese pequeño paso el que separa al héroe del
tirano.
Anónimo
Chino
Dicen que todo ocurrió así... Pero nadie
sabe a ciencia cierta, dónde, ni siquiera cuando.
En lontananza, un suave resplandor. Pero no
son truenos, pese a que empieza a batir la tormenta. Las líquidas hebras de una
fina lluvia se entretejen con las del viento y la noche en una empapada, fría
mortaja de obscuridad en torno a la torre, que solo rasga de cuando en cuando
la raíz de fuego de algún relámpago. Pero dentro está seco y caliente. A la luz
de un buen fuego, ajeno a las inclemencias del exterior, el viejo mago repasa
por enésima vez sus antiguos tratados, inmerso en su propio mundo de hechizos y
conjuros impronunciables. Hasta que rompe su concentración aquel toque tímido y
a la vez perentorio.
El mago pronuncia un par de ininteligibles
palabras y la puerta se abre, chirriando sobre sus vetustos goznes, pero nadie
entra. No teman. Sean bienvenidos a mi morada... pero pasen, que la noche es
fría y más bajo la lluvia –dice al fin el nigromante, y aun así el pequeño y
empapado grupo de hombres armados permanece aún un instante en el umbral,
dudando.
Al fin entran, pero despacio y mirando al
suelo, casi reluctantes.
No son soldados... la experta pero bondadosa
mirada del anciano brujo lo deduce a la primera ojeada. Sus pobres y
harapientas vestiduras en nada se parecen a corazas, y si bien sus músculos se
ven fuertes, su prestancia es torpe y envarada, de hombres más acostumbrados a
las fatigas del trabajo que a las de la guerra. Y por si fuera poco, traen tres
pollos flacos y un famélico cordero, tan empapados como ellos.
Sin embargo, algunos van envueltos en
sanguinolentas y improvisadas vendas, y los rostros de todos están tiznados de
un hollín tan persistente que ha resistido a la lluvia. El nigromante, curioso,
se pone en pie, va hasta la ventana y mira.
Sus viejos y sabios ojos captan un distante
resplandor que la lluvia misericordiosa ya sofoca tras los montes. Y comprende
al punto la tragedia del combate, del saqueo e incendio de la aldea de sus inesperados
visitantes. Pero aún busca la confirmación en aquellos ojos enrojecidos que no
enfrentan sus pupilas, sino que siguen mirando al suelo, como avergonzados.
Hasta que al fin se detiene en una faz más
familiar... cuyo único ojo no baja la vista. El viejo duda de su memoria. Está
seguro de que tenía dos... Mira con más atención. En efecto, la venda que ahora
cubre la cuenca ocular derecha está ennegrecida, y no solo del hollín y la
lluvia. Esos cuajarones solo pueden ser...
–¿Otra vez los bandidos, Korag? –le pregunta
simplemente al tuerto, el hombre alto y fornido que guía a los sobrevivientes,
el único que empuña una espada, aunque sea vieja y oxidada, y no un hacha de
leñador, una guadaña o una lanza improvisada.
–Sí, ayer... esta vez me escucharon y
luchamos, pero fue peor, oh Arlt El Impredecible –el antiguo mercenario
pronuncia el nombre con respeto, y luego añade, casi como disculpándose
mientras se acaricia la órbita vacía a través del parche sanguinolento–. Fue
peor. Y no lo digo solo por mi ojo, mago, ni por las casas y las cosechas.
Murieron muchos. No saben pelear, no son soldados, por eso pensé que tal vez
tú... en nombre de nuestra antigua amistad.
–¿Podría transformarlos en guerreros
invencibles? –ríe el mago–. No me hagas reír, Korag; soy poderoso, pero no un
dios. Convertir a unos torpes destripaterrones en invencibles paladines es
demasiado hasta para mí. Pero una vez me salvaste la vida y tengo una deuda
contigo –su ceño hirsuto se frunce, pensativo y su mano se alza–. Haré lo mejor
que pueda. Pero guarden ese triste cordero y esos pobres pollos. El hambre de
sus mujeres e hijos los necesita más que yo. Sí, creo que hay una cosa que
puedo hacer... aunque tal vez no debería... –y hurga unos momentos en las
páginas del enorme volumen en el que se hallaba enfrascado antes de la
inesperada interrupción.
De súbito, a un gesto del Impredecible
(de quien en la aldea se dice que es más viejo que las montañas y que el diablo
mismo, si es que no es él el Maligno En Persona) las llamas del hogar se
alzan como olas, y sus reflejos encienden chispas rojas en los pechos de los
atónitos y desesperados campesinos. La voz profunda del anciano nigromante
resuena con las cavernosas reverberaciones de arcanos conjuros.
–Anac Nafrac Yuglien Nephel... ¿Qué
es morir, sino ver separada el alma del cuerpo? Kyril Josthah Nabul Quesler...
¿Puede morir acaso aquel cuya alma no está encerrada en el cofre de su corazón?
Ibor Myfryn Jafur
Hozgan... ¿Y no es entonces invulnerable quien conozca tal secreto? Hytar Ncynykl Felgyr Naybar...
Todas las chispas rojas abandonan los
asombrados pechos para unirse, junto con otras muchas llegadas desde fuera, en
un tremendo, único fulgor. Que flota, fuego por encima del fuego, girando sobre
la ondulante hoguera... hasta que las llamas parecen marchitarse como agotadas
y el mismo resplandor encogerse y endurecerse. Los dedos sarmentosos del mago
lo atrapan entonces con un ademán rápido de ave de presa, para depositarlo en
la mano abierta de Korag.
Sobre la palma ancha y llena de cicatrices
del campesino tuerto que un día fuera soldado hay un enorme rubí sin tallar
ante cuyo sanguinolento refulgir se abren todas las bocas de sus coterráneos.
Tan grande como un corazón humano, tan hermoso como su latir. Sí, porque hasta
parece latir, como si estuviera vi...
–Hecho está –se deja oír de nuevo, cansada,
la voz del nigromante, aunque ahora, por más que la buscan por cada rincón, no
alcanzan a individuar su encorvada, inconfundible silueta–. La magia ha hecho
su parte. Ahora las almas de la aldea, hombres y mujeres, están todas atrapadas
en la gema. Mientras la custodien bien, por torpes que sean manejando las
armas, ninguna herida podrá matarlos, ninguna enfermedad debilitarlos. Pero aún
algo que deben hacer los hombres. Cuidado, Korag, si has de ser tú quien vigile
la joya... te lo advierto: no alejes nunca el rubí del calor de tus manos, o
todos padecerán frío. No cierres tus dedos en torno a él con demasiada fuerza,
o una extraña opresión les atenazará el pecho. No hundas la piedra en agua, o el
ahogo les morderá los pulmones. Sé justo, se digno, sé fuerte... desde ahora
eres el guardián de tu aldea –y luego no se escucharon más que el viento y la
lluvia.
Los campesinos regresan a las ruinas de su
villa, sobrecogidos. El mágico rubí, rústica y apresuradamente atado con una
tira de cuero, pende del cuello de Korag, oculto de la intemperie bajo su
harapienta y sucia camisa. La fina llovizna se torna torrencial aguacero, pero
ninguno se resfría siquiera. Y en los días siguientes comienzan a ocurrir cosas
raras. Como que Kuno, el hijo del molinero, que debería haber perecido
aplastado bajo las muelas de piedra al volcarse su carreta, se levanta ileso
cuando remueven el caído vehículo. O que en la mano de Ygraida, la tejedora, no
queda ninguna huella de la lanzadera conque se la atraviesa en un momento de
descuido.
A la Luna siguiente, cuando ni siquiera han
reconstruido los graneros, una nueva horda de asaltantes cae sobre el pueblo,
atraída por su fama de presa fácil. Muchos aldeanos ni siquiera intentan huir,
desalentados ante un destino que parece inevitable... al menos si no hacen
resistencia podrán conservar la vida. Pero, con la decisión que da la
desesperación, unos pocos hombres encuentran fuerzas para salirles al paso a
los malhechores. A pie, de nuevo capitaneados por Korag, que blande su vieja
espada en la mano derecha, la izquierda vuelta apretado puño y protegida por
varias vueltas de una tira de cuero barnizado.
Los despiadados bandoleros ríen al verlos
acercarse. Será hasta entretenido, como un juego ¿Qué pueden hacer unas pocas
hachas y guadañas en aquellas manos solo habituadas al trabajo frente a casi
treinta espadas y lanzas bien manejadas por brazos entrenados para la muerte?
Pero su risa se troca en llanto cuando
descubren que la muerte parece por completo ajena a aquellos torpes labradores.
Parece imposible, pero no mueren. Se niegan a caer bajo sus golpes. Sí, las
flechas y lanzas penetran sus cuerpos, las espadas y cimitarras cercenan sus
miembros una y otra vez, como debe ser... Pero todo es en vano. La carne
agujereada se cierra al instante, los brazos, piernas y cabezas amputados se
alzan solos para reunirse con sus cuerpos y soldarse de nuevo. Y cuando los
torpes pero resueltos golpes de rastrillos y guadañas empiezan a derribar a los
soberbios jinetes de sus monturas, el pánico a lo monstruoso inexplicable se
ceba en sus fieros corazones y pone alas en los ijares de sus corceles cuando
buscan la salvación en la fuga gritando:
– “¡Brujería, brujería!”
Los aldeanos, aún escépticos de su buena
suerte, vitorean a Korag, tan asombrado como ellos, que declina todo mérito
señalando a la gema en su puño y a la distante torre del nigromante, verdadero
artífice del mágico triunfo. Y allá lejos, las apergaminadas facciones de Arlt El
Impredecible se relajan en una amplia sonrisa.
En las semanas siguientes, pese a su
creciente fama de hechizado, otras tres bandas nómadas atacan el poblado: sus
graneros reconstruidos, aunque solo a medio llenar, empiezan a ser todo un
tesoro en una región ya mil veces asolada por impuestos, plagas y saqueadores.
La historia se repite. De los dos primeros
grupos también logran escapar algunos sobrevivientes, heridos y aullando de
puro terror, pero del tercero, el del tristemente célebre Dardag El
Implacable, que ya asolara la aldea en dos ocasiones anteriores, no queda
ni uno. Siempre guiados por Korag, el rubí al cuello o bien sujeto en su mano,
y seguros ya de su mágica invulnerabilidad y cada vez más duchos en las antes
ignoradas artes de la guerra, el poblado entero, incluidas mujeres y niños, les
tiende una hábil emboscada a los bandoleros y cae sobre ellos por sorpresa.
Y pasan días antes de que calle el triste
lamento del último bandido crucificado, cuyo eco hace fruncir preocupado el
ceño al amo de la lejana torre.
Orgulloso de su fuerza y de su caudillo, el
pueblo entero homenajea a Korag, nombrándolo oficialmente Guardián, y
deciden desde ese día exonerarlo de las labores del campo, para que cumpla
mejor su nuevo y difícil cometido. Honrándose de hacerlo, cada uno de los
labradores trabajará por turno su parcela. Mientras él, refulgente en la
armadura que perteneciera a Dardag, que no solo cubre su pecho, sino también
los eslabones y el engarce de estaño que ahora substituyen la primitiva
sujeción de pieles de la gema hechizada, custodia sin descanso las lindes del
poblado, atento a cualquier nueva amenaza.
Es gracias a tal vigilancia que el
hambriento dragón es detectado apenas aparece sobrevolando la aldea. Y que
todos sus pobladores se alzan, de nuevo como un solo hombre, para impedir que
el terrible reptil aplaque su hambre centenaria con sus preciadas mieses y
rebaños.
Tres días dura la tremenda batalla, entre
llamaradas que vitrifican la tierra y coletazos que rajan las rocas. Lanzas y
flechas rebotando inútiles contra la negra coraza de escamas de la bestia,
dentelladas y zarpazos destrozando miríadas de aldeanos... solo para que
vuelvan a alzarse y retornen con más ímpetu a la lucha que parece interminable.
Al final, la terquedad de los hombres puede más que la furia ciega de la
serpiente alada, que comprende que la magia anida poderosa en aquellos
inmortales labriegos y prefiere marcharse en busca de presas menos
problemáticas. Pero cuando alza el vuelo, se lleva para siempre la vieja espada
de Korag, hundida en lo que fuera uno de sus ojos.
Esa noche, en el festín de la victoria,
Korag dice entre carcajadas que al fin ha vengado su herida. Ojo por ojo... y
anuncia que ha decidido también tomar para sí como nueva espada la que fuera de
Darag, una preciosa hoja de puño dorado y cubierto de gemas que la aldea en
pleno acordara enterrar por si algún día era necesario tal tesoro. Y cuando
algunas voces de protesta se alzan, acusando al Guardián de no respetar
los acuerdos de la comunidad, una chispa brilla en la solitaria órbita del ex
mercenario, y su mano robusta se hunde bajo los pliegues de su nueva y
espléndida camisa de seda para oprimir con inesperada rabia el rubí engarzado
en estaño.
El dolor derriba a los hombres más cercanos
y hace retorcerse a los más distantes. Mientras sus compañeros se arrastran y
suplican, Korag les recuerda que solo puede haber un Guardián, y de paso
les exige oro, único metal digno del contacto de la sagrada gema.
En la torre, de los ojos del viejo
nigromante escapa una lágrima...
Pasa el tiempo. Los bandidos evitan la aldea
de los zombies inmortales como evita el diablo al agua bendita. Un estúpido
troll vagabundo que llega por error a sus puertas es masacrado por los
pobladores pese a su monstruosa fuerza y su porra de casi media tonelada.
Korag, en primera línea, dirige el combate. Sin temer al azote de los
salteadores y como favorecida por los dioses de las cosechas, la riqueza del
pueblo crece veloz y orgullosa. Aunque no tan orgullosa como es ahora el paso
de su Guardián, al que los encajes se le desbordan del cuello y las
mangas de su armadura de resplandeciente acero, y ante cuyo único ojo fiero
bajan todos la vista, aterrados de la posibilidad de sufrir otro apretón de
alma.
Un día un joven matrimonio se cansa de trabajar
de Sol a Sol para engrosar las arcas del Guardián, y lo acechan tras un
callejón para matarlo. Las hojas de dos puñales penetran por una juntura de la
armadura, pero solo para confirmar que el hechizo del mago también protege a su
opresor, antes de que el pueblo entero caiga retorciéndose de dolor por la
vengativa reacción de Korag. Y esa noche, con lágrimas en los ojos y odio en
los corazones, pero temor en los rostros, la aldea contempla silenciosa como
los transgresores que ellos mismos fueran obligados a atar son enterrados vivos
por el Guardián. No poder morir no significa no poder sufrir.
Desde esa noche, el canto de los grillos en
el poblado enmudece, como espantado por los gemidos interminables que se alzan
desde la tierra.
Y en su torre, el mago Arlt se mesa los
cabellos llorando y hasta rasga sus aterciopeladas vestiduras. No puede hacer
más que cumplir un deseo, y si nadie lo expresa...
Una famélica pero aún fuerte y numerosa
tropa que regresa derrotada de la guerra se desvía hacia el villorrio, único
oasis de prosperidad en la comarca asolada por plagas y bandidos. El Guardián
deja acercarse al vencido pero aún poderoso ejército hasta las puertas sin
hacer nada, hasta que, tragándose el orgullo que les queda, los aldeanos acuden
a rogarle que los capitanee otra vez en la defensa, y que no les niegue el
salvador conjuro de la piedra.
La batalla es larga y cruenta, pero como era
de esperar, tras perder a más de la mitad de sus camaradas, los restos de la
tropa vencida por segunda vez se retiran sin haber podido hollar los campos del
poblado. Esta vez no hay festín de la victoria ni hurras para Korag El Guardián.
Con el aliento en suspenso, la aldea entera espera y reza a todos los dioses
para que ellos tengan tiempo de...
Pero el ojo de halcón de Korag solo tarda
dos horas en descubrir que faltan algunos... y su mano feroz apenas otro
segundo en castigar a los que quedan, amenazando con terribles represalias si
no revelan el paradero de los fugitivos. Al fin, una niña de cinco años no
resiste más y señala con su adolorido dedito la silueta de la torre de Arlt,
murmurando:
–“Fueron a pedirle ayuda... ayuda contra ti,
Guardián.”
No hay tiempo que perder. Arreados por el
dolor y las amenazas, los pobladores recorren de nuevo el camino hasta la torre
de El Impredecible. Son una turba aullante capitaneada por Korag, que ha
olvidado deudas de gratitud y viejas amistades en su deseo de destruir a quien
sabe el único capaz de amenazar su poder absoluto.
Entretanto, en la torre, bajo la mirada
ansiosa de ocho campesinos pendientes de cada una de sus manipulaciones, el
anciano hechicero trenza un nuevo hechizo de retumbantes sílabas. Y de nuevo el
fuego parece fluir a su conjuro, cuando ya resuenan cercanos los pasos y
alaridos de Korag y sus esclavos.
Temblando de miedo, pero con el valor de la
última esperanza, los ocho emisarios de la aldea le salen al paso a su Guardián
convertido en tirano. Quizás con su sacrificio pueda el nigromante detener al
tirano...
En efecto, Korag se detiene un momento,
alzando instintivamente la espada enjoyada, pero luego sonríe y su mano busca
dentro de su camisa. Hay otra gema que les hará más daño a esos malditos
rebeldes... y ahora va a regalarles más dolor que nunca antes de despachar a
ese maldito mago entrometido. Para que aprendan, para que no olviden nunca más
quién manda, quién es el más poderoso, el único, el Guardián...
Pero cuando sus robustos dedos oprimen el
encantado rubí, no es la familiar sensación de piedra viviente la que
encuentran, sino una textura nueva, frágil, desagradable, arenosa. Extrañado y
medroso, Korag alza su mano y baja la vista. Ya no hay gema, sino solo un
montoncito de arena que se desmorona en su mano callosa, un puñado de fino
polvo rojizo que el viento dispersa antes de que alcance a tocar el suelo.
Y la voz del nigromante se deja escuchar por
última vez:
–Te lo advertí, Korag. Por miedo a perder tu
poder infundiste el miedo a los demás. Mucho oprimiste, Guardián... tanto, que
tu poder se te escapó de entre los dedos.
Korag aúlla, y girando sobre sus talones, se
pierde en la noche.
Y desde entonces han pasado años.
Cuentan que ninguno de los antiguos
camaradas, ya no más esclavos de Korag, intentó detenerlo en su fuga... quizás
por el recuerdo del tiempo en que era uno de ellos, aún no Guardián ni Tirano,
que nunca se ha vuelto a tener noticia del mago, y que la torre lleva tiempo
vacía.
Cuentan también los arrieros que traen al
pueblo la sal del mar lejano que unos cazadores encontraron en el bosque los
trozos de la soberbia armadura que fuera primero de Dardag y luego de Korag. Y
aunque nunca apareció la espada, hay quien dice haber visto uno de los topacios
de su empuñadura en una subasta de nómadas, y muchos suponen que las otras
gemas, arrancadas de su engarce, aún pasan de mano en mano por el mundo.
Lo único cierto es que la torre del
nigromante sigue en pie, que la prosperidad del pueblo continúa, y que todavía
son muchos los que temen acercarse a sus tierras. Si bien empiezan a correr
rumores de una nueva y despiadada horda de bandidos, la de Hamal El
Resentido, y se comenta susurrando en los hogueras nocturnas que el tal
Hamal no es sino un hijo medio idiota del muerto Dardag, y que quien realmente
dirige la banda es un hombre enorme y sombrío, de un solo ojo, y sin nombre
conocido...
Sea cierto o no, los hombres de la aldea se
dividen en dos bandos cuando hablan del tema.
Están los que miran ceñudos a la obscuridad
mientras afilan sus hachas hasta una agudeza con la que ningún leñador en su
sano juicio acometería el tronco de un árbol y preparan toscas flechas gruñendo
que ya se verá... y los que se acurrucan medrosos en torno al fuego,
mascullando que, después de todo, cuando estaba el Guardián esas cosas
no pasaban...
28 de agosto de 2002
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