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Yoss - Círculos del dolor

Círculos del dolor
Yoss
En la revista de letras abanico de la Biblioteca Nacional.


José Miguel Sánchez Gómez (Yoss) nació en La Habana, en 1969. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de La Habana en 1991, ha obtenido numerosísimos premios. Reside en La Habana. 

Para Silvita

Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces algo...
Llegó un día flojo, de esos casi sin clientes que paguen por mi maquinita dibujándoles la piel. Sí, de fábrica, mírala: no es un invento casero con motor de grabadora y agujas de máquina de coser. ¿Dónde querías el tatuaje? ¿En la nalga? Elige el diseño que te guste y quítate el pantalón.
Acuéstate; primero debo marcarte el dibujo. ¿Este dragón chino? Hermoso, pero común. ELLA nunca lo habría elegido. ¿Cómo? Que lo pinte sin bolita de candela que siempre están tragando o escupiendo. Esa es la perla de la perfección, contiene todo su poder. Curioso... fue justamente esa “bolita de candela” lo primero que pidió Majel. Sin el dragón. ELLA era única.
Oh, disculpa; a ninguna mujer le gusta que un hombre hable bien de otra delante de ella. Tú eres más bonita. ¿Modelo, verdad? No soy adivino, vi tu cara en alguna revista. Majel nunca habría podido salir en una. Lo suyo tampoco eran unas tetas paradas o un culo rotundo... eso sobra en esta ciudad, para suerte de los hombres. Incluso mía; estoy en esta silla de ruedas, pero funciono. Algunas prefieren pagarme en especie... no digo que sea tu caso. Tienes cara de tener dinero.
No, el accidente fue antes de conocerla: estaba borracho, suerte que el camión no me partió por la mitad. Mi familia en New Jersey compró el equipo de tatuar y me lo mandó para que me ganara la vida. Siempre tuve cierta habilidad. Y tatuar es como un vicio. No lo entenderás ahora... quizás si regresaras a hacerte otro. Pero podrás imaginarte lo que significa para mí inaugurar una piel sin ningún dibujo, si te digo que es como hacer mujer a una doncella. Majel vino a mí con la piel virgen, y me pidió una perla de la perfección en la espalda. Una rubita delgada y de ojos grandes, del montón. Si acaso, notable su expresión de sorpresa, más que de dolor, cuando entraba y salía la aguja de su cuerpo. Después me pagó con unos billetes tan arrugados que daban pena, y aceptó volver la semana siguiente, por si había que hacer retoques. En realidad casi nunca hacen falta. Es puro deseo del artista por ver su obra de nuevo. Quieta; voy a pinchar...
Pues regresó ¿te interesa la historia? Contamos cuentos para relajar a los clientes mientras tatuamos. O tatuamos para contar cuentos con la excusa de relajarlos. ¡Quién sabe!
Quería una anfisbena en el muslo. Tuve que buscar en el diccionario para saber qué era. Un animalito con una cabeza en la punta del cuello y otra en la punta de la cola. Lindo y raro. En vez me fijé mejor. Su cara... como sorprendida de que le gustara.
¿Qué es aberración, en estos días? Mira mis brazos. Todos los tatuadores nos pinchamos. Hay algo adictivo en causarte un dolor que puedes dominar. Demostración de valor y hombría, quizás. El dibujo que queda en la piel llega a ser sólo una excusa ¿Te duele mucho? Si quieres paramos. ¿No? En las partes carnosas el dolor es fácil de controlar. Más difícil es donde el hueso está cerca de la piel, como en el tobillo. La tercera vez vino pidiéndome una letra omega allí. Y fue obvio que lo disfrutaba, y que no iba a bastarle. Que quería MÁS.
¿Te contaron que también pongo argollas? Mis tíos le compraron esto a un tatuador que dejaba el oficio; más barato. Con la máquina, las tintas y los diseños recibí otras cosas. ¿Ves esa cajita verde? Es una pistola neumática, una especie de presilladora de piel y carne. Para argollas ¿ves? Distintos tamaños, no se necesita agujas, ellas mismas perforan la piel. Metal quirúrgico; material barato, resistente y biológicamente inerte. Lo estrené con ELLA. Abrió la cajita, y sus ojos brillaron. Acepté, aunque no traía más dinero. Hace poco conseguí lidocaína en un hospital, pero nunca la gasté en Majel. Para las dos primeras, en una oreja, usé hielo. La sangre medio congelada apenas brotó. Se veía que había esperado... más. Pero me sorprendió al susurrar: “Otra... sin hielo”. Recuerdo que pensé: “¿Guapita, eh?”, y no me temblaron las manos cuando cargué la pistola. Ni siquiera se quejó: un ligero sangramiento, y... ¡su rostro! ¿Has visto la cara de esas vírgenes renacentistas, dispuestas a todo martirio que las acerque a Dios? No hay nada tan bello. Su expresión era idéntica.
Regresó en tres días. Nunca supe de dónde sacó aquellos dólares arrugados y grasientos. Podía ser madre de seis hijos o soltera. Me pagó las tres argollas, y dos más. Debí reírme en su cara, negarme, burlarme. No habría pasado NADA. Pero... no estoy seguro de poder explicártelo. Hay sensaciones tan sutiles que hacen todas las palabras burdas. Como querer formar un cuadrado con losas irregulares. Siempre te quedas corto, o te pasas. TUVE que aceptar. ¿Obsesión? ¿Amor? ¿Vicio? ¿Juego? No sé... Terminé la figura, voy a dar color. ¿O prefieres dos sesiones? Este es un dragón pequeño, puedo acabarlo hoy mismo. ¿Bien? ¿Puedes soportarlo? Entonces, voy primero con el verde...
Podría decirte “puse argollas en ambas aletas de su nariz, y una más grande perforando el tabique”. Pero no cómo alcanzó el primer orgasmo en esa misma camilla. ¿Ves en la cajita, esos como tornillos? Le atravesé uno en el ángulo de cada ceja, y al segundo no pude controlarme y mojé mis pantalones. Sin tocarla.
Soñaba con los segmentos aún inexplorados de su piel. Fui, argolla por argolla, invadiéndola. Una conquista que me hacía sentir viril como nunca desde que estas ruedas son mis piernas. Cuando atravesé su lengua y su labio inferior, el mismo día... Llegamos los dos, juntos. ¿Qué si antinatural, qué si perverso? ERA EXQUISITO. Ese día dejé de cobrarle, y lamí su sangre sin besarla. Delicioso como sabe el dolor de la entrega en la víctima que acude gozosa a su verdugo. ¿Sadomasoquismo? Ahí había más.
No quedaban sitios en su cabeza. Y bajamos. Gritó casi rugiendo cuando perforé la piel sobre su ombligo delicado. Fue desmayo a dúo cuando atravesé con la argolla aquel pezón que chupé hasta hartarme de su gusto a acero y sangre. Sin rozar siquiera el otro, enhiesto, terriblemente imperfecto en su sana animalidad, sin metal ni dolor. Tan común...
¿Podrás entender, tú que me miras y me crees loco? Estuve a punto de arruinarme. Rechacé clientes que pedían diseños vulgares, Kitschs. Me salvó que empecé con el piercing; pero, ¡cuánta desilusión ante esas caras donde el dolor sólo se mezclaba con el miedo! El placer estaba TAN ausente en esas voces pidiendo anestesia para perforar un simple lóbulo...
NO TE MUEVAS. Un escalofrío puede significar que el color se salga del contorno de las escamas. ¿Ves? Ya está el verde. El azul, el rojo de la boca, y podrás irte. Tienes miedo, pero quieres saber ¿eh? ¿Te atreverías a colgarte del pezón una de estas? Hay cosas que sólo pueden entenderse haciéndolas.
Su cuerpo fue montaña que escalé como un alpinista, sujetándome a las argollas de su carne vencida, transformada en obra de arte por el dolor. Sabíamos dónde estaba la cima. Pero nos regodeamos. Tracé maravillas entre su pecho y su vientre para unir metal y metal con un puente de tinta. ¿Has visto dibujos de Gigger, el de Alien? Seres de metal y carne, feroces y bellos, dientes y acero bruñido. Fantasía febril que opacó mis tatuajes del inicio. Sin bocetos, sin marcar. Mi obra maestra. Sólo para ELLA. Decían algunos que era una loca, una viciosa que me tenía drogado. Nadie supo de dónde salía, ¿curioso, no? En esta ciudad TAN promiscua. Rumores hubo muchísimos. Tal vez decían verdad, pero yo no quise creer en ninguna Majel fuera de aquí. Pudo ser cierta alguna versión. La jinetera, la hija del funcionario, la extranjera, la lesbiana. Para mí sólo existía el dolor. ¿Para qué saber más? No nos unían palabras, sino tinta, sangre y metal.
Faltaba la última ordalía, el placer final. Minuciosamente lo habíamos preparado. Después de afeitarla, extendí el trazado de monstruos y máquinas desde su ombligo hasta ALLÍ mismo. Fuimos obsesiva, salvaje y totalmente felices. Estaba lista. La esperé a las horas más inusitadas, anhelando su olor ácido de adrenalina y almizcle de sexo mezclados con sangre dulzona y frío de acero quirúrgico. Y por días vino sólo a mirarme, silenciosa, sin desvestirse. Hasta que encontró aquí dos putillas de las que me canjeaban orgasmos por tatuajes. Quizás fueran celos. Rasgó su ropa. Las hizo huir ante el bárbaro y bello espectáculo de su piel orlada de color y acero, de dolor y gozo. Y fue mi víctima sacrificial, sometida a mi voluntad, esperándola.
No podré olvidar ese día mientras viva, y no son palabras vanas. Sus piernas abriéndose ante mí con la lenta deliberación de las tenazas de un cangrejo colosal. La carne rosada, enmarcada por el tatuaje que empezaba a cicatrizar. Yo también desnudo, la más divina erección de mi existencia. Oficiante del misterio último y ancestral. Me sentí HOMBRE, como nunca desde que perdí la pierna.
Tres argollas. Entre una y otra descansamos. ELLA inerte, yo acariciando ese cuerpo que eran mis dibujos, esa muerte que era cada pequeño círculo del gran dolor que nos unía. La primera, en el labio externo, que separa la piel de la mucosa, la hizo arquearse como si un dios-demonio diminuto la azotara desde adentro. La segunda, en el labio menor, fue un feroz chasquear del tornillo de su lengua contra el de su labio inferior. La última, la más pequeña, fue la apoteosis. El promontorio de carne esperaba, hinchado, el metal que lo atravesaría. ¿Sabes que lo único realmente excepcional en ELLA era su clítoris? Grande, como la reliquia más impropia en el recóndito santuario de su cuerpo delicado. Pedía ser herido para consagrar nuestra liturgia...
Fue a la vez explosión y caída. Milenios en un segundo. Oleadas de alto voltaje invadiéndome hasta convulsionarme en el paroxismo más salvaje que es posible sentir. Era poderoso, grande, omnipotente. Habría podido CAMINAR. Y sus manos, liberadas al fin del obstáculo impalpable que las retenía lejos de su cuerpo; acariciándose, haciendo girar cada argolla, exprimiendo el placer de aquellos círculos de dolor. Con los ojos de fiera insaciable que yo ya conocía, se levantó... ¿Ves aquella cadenita en la pared? Hace años compré cinco metros. De ahí corté la que tengo puesta. Es de bronce barato. Pero a ELLA le bastó. Transpirando la arrancó de la pared, se quedó con un trozo de casi metro y medio. Y lo fue enhebrando por cada argolla de aquel cuerpo mágico. De una oreja hasta la otra, por detrás de la cabeza. A la nariz, hasta el pezón perforado, hasta el ombligo, hasta cerrar sobre el triángulo que recién señalaba el sexo. Mi propio sexo, yerto tras tres erupciones, se alzó respondiéndole.
Y ELLA tan Majel, tan dolor, tan placer, se me acercó para engullir con su templo de carne mi obelisco imposible. Para trascender lo excepcional regresando a lo común. Un círculo cerrándose sobre sí mismo. La serpiente que se muerde la cola. Y el gran error, tocarnos.
Fue rápido, vulgar, tres movimientos de cadera y un orgasmo común. Se levantó, me miró con unos ojos que no olvidaré nunca, se limpió de mi simiente. Vistiéndose sin mirarme se arrancó una argolla de la oreja, me la arrojó. Y se perdió en la noche.
Bueno, estamos terminando. Ahora faltan unos retoques con tinta de brillo, para que el dragón luzca mejor, y... ¿Majel? Una de las putillas, triunfal, vino a decirme que la habían hallado en la costa. La reconocieron por mis tatuajes. El cuerpo tan hinchado que las vueltas de cadena de bronce estaban incrustadas en la piel del cuello. Y ni una sola argolla. Dicen que fue suicidio, aunque no dejó nota. Se ahorcó, no saben por qué...
¿No te dolió mucho, verdad? Para eso sirven las historias. ¿Verdad o cuento? ¿Tú qué crees? A veces pienso que aquella infeliz inventó SU muerte para molestarme, envidiosa porque no había hecho diseños tan bellos sobre su propia piel. Que Majel está viva, en alguna parte. Que no vuelve porque nada nos une después de habérnoslo dado todo... Lo cierto es que nunca ha regresado. A veces dudo de que haya existido.
Bueno, ahora te espolvoreo talco de mica para que el color se fije, y sanseacabó. No te bañes en el mar en estos días, no hagas muchos esfuerzos, no te arranques la postilla, no...
¿Cómo? ¿Lo has pensado mejor, quieres que te tatúe también la perla de la perfección? Considéralo bien... ¿no es mucho rato de dolor para la primera vez? De acuerdo, tú pagas, pero... después, por favor ¿me dejarías ponerte SOLO UNA? Totalmente gratis. Quizás ésta que llevo colgada al cuello. ELLA la usó...
Decía llamarse Majel. Esta argolla es mi único recuerdo suyo. Tú te le pareces algo...
21 de enero de 1998


Edición digital de abanico de la Biblioteca Nacional

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