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Yoss - Cacería emocionante

Cacería emocionante
Yoss
En Timshel, 1989.

A Ernest Hemingway

Bueno, al fin estás aquí, en una meseta del complejo montañoso del Ubangui, junto al río Sanga. Excitado como siempre o como nunca, en el selvático corazón del Paraíso de la caza, el misterioso Continente Negro.
No importa tu nombre, como tampoco importa si eres un ejecutivo de una importante firma comercial, o si eres el clásico cazador blanco conduciendo el todavía más clásico safari. Lo único importante es que estás bien armado y que buscas una presa. Nada distingue a un cazador de otro. Después de todo, no eres más que un dedo en el gatillo o un gatillo en el dedo, un ojo certero para apuntar, unas piernas veloces para correr si no apuntaste bien y un cuerpo para ser aplastado, corneado, mordido si no apuntaste bien y tampoco corriste bien. Factores constantes: todos los cazadores se parecen.
Ahora, el escondite, el camuflaje, el enmascaramiento... Traje amarillento, sombrero del mismo color, todo fibra sintética que no tiene olor revelador, oculto entre las altas hierbas del mismo tono herbáceo. Todo para que el objetivo no te descubra y puedas utilizar certeramente tu arma. ¡Ah, tu arma! Evidentemente, los tiempos románticos ya quedaron atrás, muy lejanos los días de los rifles de dos cañones y las escopetas Remington de tiro rápido.
La ciencia avanza. Por eso ahora portas el equivalente deportivo de una bazooka superligera, montada como fusil. Un aparato que puede lanzar en seis segundos seis proyectiles cargados de trínitrolueno, capaces de convertir un tanque de guerra en un perfecto colador. Trasto seguro, según el fabricante, que lo mismo puede ser Sten, que Parabellum que Magnum.
Tampoco importa; todas las armas son iguales, impersonales como los instrumentos musicales. Todo depende de quién y qué pieza interprete.
En cuanto a la pieza... Tu espera se ve al fin recompensada. Se acerca con trote pesado el rinoceronte. Dos toneladas de carne acorazada y furia idiota tras un cuerno feroz y dos ojillos estúpidamente pequeños. Confiado, no te divisa, ni te huele, ni te escucha. Ahora.
Lento y emocionado apuntas. Nervioso y alegre disparas. Ensordecido por la explosión, triunfante y sonriente, los trozos palpitantes de lo que fue un cuerpo poderoso te embarran. Tu traje cubierto de despojos sanguinolentos. Pero no estás totalmente satisfecho.
No. Mientras te acercas al cadáver inspeccionando el boquete de metro y medio de diámetro, mientras cortas tu trofeo, el cuerno, piensas que todo ha sido demasiado fácil, demasiado seguro. Poco emocionante, esa es la palabra. Todas las ventajas de tu parte, ninguna posibilidad para el animal... Qué bien estaría poder cazar algo astuto y peligroso, fuerte y feroz, algo más emocionante, que luchara con más encono. Pero pronto lo olvidas, porque tampoco eres uno de esos suicidas que se enfrentan a los elefantes con cuchillos de mesa. No, de ninguna manera.
No estás tan loco. Pero de todas formas, es lástima que ya no queden tiranosaurios y que los dragones aparezcan sólo en los cuentos. Es bueno practicar con algo más peligroso, de vez en cuando.
No importa quién eres, cazador. Lo importante es que no eres el único que piensa así. No, de ningún modo.

–Espero que tu plan ayude. Si no, esa biosfera no durará ni diez órbitas más. Demasiada explotación, demasiado abuso...
Demasiado amor por los placeres cinegéticos.
–Esa es la única forma. El Código Intergaláctico no permite una intervención más directa. Pero creo que con esos animales se resolverá bastante. Al menos en su mundo de origen resultaron bastante molestos en su papel de guardianes de la fauna.
–La cuestión es que no estoy seguro de que en un planeta tan distinto se comporten igual. No sé si se justificará la inversión de transportarlos hasta allá. Además... ¿Y si los nativos se niegan a cazarlos?
–Se comprometerán igual. Es un instinto muy fuerte. En cuanto a lo otro, ¿has olvidado ya los trabajos que pasamos para neutralizar a esos monstruos? Son tan resistentes y tan astutos, que ningún cazador podrá resistir la tentación. Incluso podrán organizarse cacerías en gran escala, con las fuerzas armadas, milicias, etcétera. Un gran entretenimiento.
–Es suficiente, basta de discursos ecológicos. Me has convencido. De todas maneras, hace tiempo que buscábamos una forma de librarnos de esos animales. Llevan seis órbitas encerrados en un planeta estéril... Sí, aplicaremos esa variante. Puede que resulte.

Corre el tiempo, como corren las aguas del Sanga. De nuevo estás aquí, pero ahora es algo distinto. Te deslizas más furtivo que nunca, envuelto en tu traje protector contra las radiaciones, un traje que refleja el medio circundante y te hace casi invisible. Ahora intentas abatir cualquier cosa. Una jirafa, un león, una cebra, no importa. Hoy, con las nuevas condiciones, cada trofeo vale el doble de su peso en oro y la carne de cualquier bestia salvaje es un bocado de reyes y potentados, de tan difícil de conseguir.
La ciencia avanza. Llevas una ametralladora pesada, para la caza y un lanzador de minibombas nucleares, por si acaso. Por si las moscas.
Ahí está. Cebra de Grant. Un ejemplar que pasta seguro y confiado. Trescientos kilos de carne suculenta, y una valiosa piel a rayas negras sobre blanco, o blancas sobre negro. No importa; vale mucho y ya es tuya. Apuntas con infinito cuidado, recordando los tiempos gloriosos en que se mataban a centenares desde aeroplanos artillados, vehículos armados... Tiempos idos.
Entonces, el cuerpo de caballo en piyama en el centro de la mirilla ¡Fuego! Pero es tarde. Un cuerpo titánico y extraño brota de la hierba cortando la trayectoria de tus balas. Se te encima tan veloz con su extraño rugido, que sólo atinas a disparar una bomba, inútil por demás, porque entre el arcoiris del estallido llega el castigo al cazador furtivo, en forma de seis feroces garras de treinta dedos...

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