Sven
Hassel
GENERAL SS
EDICIONES
G.P.
Título
original: GENERALEN SS
Traducción de DOMINGO PRUNA
Portada de SANROMÁ
Séptima
edición: Febrero, 1980
©
Ediciones G. P., 1970 Virgen de Guadalupe
21-33 Esplugas de Llobregat (Barcelona)
GENERALEN SS
Difundido por PLAZA & JANES, S. A.
Esplugas de Llobregat: Virgen de
Guadalupe, 21-33
Buenos Aires:
tambare,
893
México 5,
D. F.: Amazonas, 44, 2.° piso
Bogotá: Calle 23,
n.° 7-84
LIBROS RENO son editados por
Ediciones G. P., Virgen de Guadalupe, 21-33
Esplugas de Llobregat (Barcelona)
e impresos por Gráficas Guada, S. A.
Virgen de Guadalupe, 33
Esplugas de Llobregat (Barcelona) - ESPAÑA
Dedico este libro a mi hijo
Michel y a los jóvenes de su edad, con la esperanza de que su vida sirva para
salvar a hombres y no para destruirlos, como hemos hecho mi generación y yo.
Al
alba, la gran marisma hedía.
Ojos
muertos y podridos nos miraban fijamente.
Una
tristeza sin nombre emanaba de las calaveras de órbitas vacías.
Pero
la hierba de los prados resplandecía, pese a todo.
Alemania
ha tenido la suerte de encontrar a un jefe que ha sabido agrupar todas las
fuerzas del país en provecho de la colectividad.
Daily Mail, Londres.
10-7-1933.
El sábado 30 de junio de 1934 fue uno de los días
más calurosos que Berlín conocía desde hacía años, y la Historia hizo de él uno
de los mas sangrientos. Mucho antes de salir el sol, la ciudad fue rodeada por
un cordón infranqueable de tropas. Todas las vías de acceso estaban guardadas
por los hombres del general Goering y del reichsführer
SS Himmler.
A las cinco de la mañana, un gran «Mercedes» negro
que lucía en el parabrisas la inscripción SA
Brigadenstadarte fue detenido en la
carretera entre Lübeck y Berlín. Sacaron de él violentamente al general de
brigada, a quien metieron en un coche de la Policía; en cuanto a su chofer, el SA
truppenführer Horst Ackermann, le
invitaron a desaparecer, ¡y lo más de prisa posible! El hombre regresó a tumba
abierta a Lübeck, donde dio parte al jefe de la Policía. Éste se negó a
creerle, de momento. Con la frente bañada en sudor, se paseaba por su despacho;
después, mandó llamar a su viejo amigo, el jefe de la Policía criminal, ambos
formaban parte de las SA, vieja guardia de las tropas de asalto
nacionalsocialistas, pero, el año precedente, como todos los oficiales de
Policía del Reich, fueron trasladados a las SS.
-¡Grünert! ¡No puede ser sino un
error! ¡No es posible que hayan detenida a uno de los más célebres oficiales
SA!
-¿Tú crees? -se burló el
consejero de la Policía criminal-. ¡Es posible eso y mucho más! Te aconsejo que
te apartes todo lo posible del teléfono y que vigiles la calle. ¿Tienes la
llave de la puerta excusada? Supongo que nadie lo sabe. Yo hace tiempo que
preveo ese día y me preparo; tenía indicios. El Eicke se mueve mucho
últimamente y han evacuado el campo de Borgemoor, pero nadie ha dicho que deba
quedarse vacío. Los SS de Eicke lo han ocupado; sus pistoleros están
dispuestos.
El general de brigada Paul Hatzke fue encerrado en
el calabozo de la antigua escuela de cadetes de Gross Lichterfeld, convertida
en cuartel de los guardaespaldas de Adolf Hitler. Fumaba tranquilamente,
sentado en una pila de ladrillos, con las piernas extendidas calzadas con botas
negras de montar. No había razón alguna para que el general de brigada Paul
Hatzke, comandante jefe de la Policía de 50.000 SA, y ex capitán de la Guardia
de Su Majestad el emperador tuviese miedo. No sospechaba nada. Sólo se oía
ruido. Daban portazos a cada paso; a veces, retumbaba un grito. Era cierto que
los SS que le habían llevado al calabozo murmuraban la palabra «rebelión».
¡Vaya idiotas!
-¡SA
que se rebelan! ¡Me habría enterado! -gritó el general-.
Es una monstruosa equivocación.
-Desde
luego -aprobaban los SS-. Desde luego, siempre es una equivocación.
El general alzó los ojos hacia la ventana enrejada y
abrió su cuarto paquete de cigarrillos.
«¡Una
rebelión!» Le causaba risa. Los SA no tenían ni siquiera las armas para eso.
Sobre este punto, él estaba bien informado. Que los SA no habían aprobado la
revolución del 33, conforme. No se había mantenido ninguna de las promesas
hechas a los dos millones de SA, ni siquiera la de proporcionarles trabajo, que
era todo cuanto pedía el 90 por ciento de ellos. Durante algún tiempo, les
convirtieron en auxiliares de la Policía con un salario de miseria, inferior a
la indemnización de paro del tiempo de Weimar. Casi todos habían sido
despedidos. Descontentos, seguramente, pero rebelados contra el Führer, ¡nunca!
Si los SA se sublevaran, sería contra el antiguo Ejército del Reich, enemigo
número uno de los trabajadores.
Aguzó el oído. ¿No era una descarga cerrada? El
motor de un camión rugía a toda potencia; el tubo de escape petardeaba.
¡Curioso! Sin embargo, creyó haber oído perfectamente un tiro de fusil. Pero,
bueno, ¿descargas en pleno centro de Berlín aquel maravilloso sábado de verano?
Los hombres salían en permiso de domingo.
Las manos se le humedecían. Dos disparos más... ¡Por
Odín y por Thor! Sí, disparos. El motor del camión seguía rugiendo. ¿Era por
ahogar el otro ruido? Se puso a temblar. ¿Qué estaría haciendo entonces la
pandilla de Himmler? ¡No se fusilaba a la gente por una simple sospecha! Quizás
entre aquellos salvajes de americanos del Sur, pero ni siquiera entre los
rusos, cuando siguió un cursillo de oficial de reserva en Moscú de 1925 a 1928.
Los oficiales soviéticos habían sido perfectos, y los instructores también.
Entendían de combates callejeros, y los alemanes les debían mucho.
¡Otra descarga cerrada! ¿Se trataba de un ejercicio
o era verdad lo que le habían contado? Unos SA sublevados no podían sino estar
locos. Por lo demás, se habían vuelto demasiado numerosos. Entre ellos
enrolaron a demasiadas gentes dudosas y a comunistas, mezclados con la pandilla
de los Cascos de Acero con el príncipe al frente. ¿De qué servía ahora aquella
ralea de nobles?
El motor del camión rugía cada vez más fuerte.
Horrorizado, el general se dio cuenta de que no se trataba de un ejercicio, y
que el asunto se ponía serio. Un pelotón llevaba horas disparando. ¿Qué diablos
había detrás de aquella horda de SS? El espantoso pequeño bibliotecario de
Munich era, efectivamente, un hombre mortalmente peligroso; vanidoso y bilioso
y, además, se decía que homosexual. ¿Y qué hacía el Führer con aquel Himmler,
un homúnculo enfermizo y receloso?
Un ruido de botas se paró a la puerta del calabozo.
La cerradura chirrió. En el marco de la puerta aparecieron un SS untersturmführer
y cuatro soldados SS con cascos de acero
relucientes Todos pertenecían a la división parda de Eicke, la única que no
lucía uniforme negro ni las letras SS bordadas en el cuello.
-¡Por fin! -gruñó Paul Hatzke,
furioso-. Os
lo vais a cargar. ¡Aguardad solamente
a que se le diga al general Roehm, y ya sabréis lo que es bueno!
No obtuvo ninguna respuesta, pero le empujaron
brutalmente fuera del calabozo, rodeado por los cuatro hombres y flanqueado por
el untersturmführer, cuyas espuelas resonaban. Éste apenas contaba veinte años, y tenía
rasgos infantiles duros como el granito, melena dorada que asomaba del casco y
ojos claros. Una cara de ángel con el barboquejo tan ceñido que debía de
hacerle daño. Pero con los SS pasaba eso. Eran robots que aplicaban sistemáticamente el reglamento.
El sol
inundaba las sucias edificaciones del cuartel, y caminaron por los agudos
adoquines, aquellos adoquines que habían visto hacer la instrucción a niños de
ocho años. En aquel cuartel, durante años, habían preparado carne de cañón para
los ejércitos imperiales, carne de cañón que ostentaba los más grandes
apellidos de Alemania; muchachos nacidos para la carrera militar. En todas las
casas del Reich se veían fotos amarillentas de chicos de dieciséis años, con
casco, con vistoso uniforme, que iban a paso de parada hacia los campos de
Alsacia contra los «75» franceses, en 1914.
Habían aprendido a morir como es de rigor en las buenas familias prusianas,
quizá la muerte significara el paraíso tras ocho años de ejercicios inhumanos
sobre los adoquines de Gross Lichterfeld.
Pasaron delante de las cuadras que hormigueaban de
soldados armados hasta los dientes y que pertenecían a la guardia de corps SS,
así como a la división de la muerte.
Ahora, se percibía muy distintamente el ruido del
motor. El general de brigada se detuvo.
-¿Qué se propone usted? ¿Adonde
me lleva? -preguntó, nervioso.
-Tengo orden de llevarle donde el
SS standartenführer Eicke -replicó burlonamente el suboficial- No venga con cuentos, que
no sirven de nada.
El general sonrió, tranquilizado. Evidentemente, no
se fusilaba sin juicio; esas cosas no ocurrían en Alemania, donde reinaba el
orden, el buen orden prusiano, y, por lo demás, gracias a ese orden ellos
habían tomado el poder. El propio Führer lo había dicho a los ex combatientes:
«Ahora, se acabó el desbarajuste y el desorden democráticos. En adelante,
reinará en Alemania el orden y quienes intenten sabotear ese orden
desaparecerán.»
Rebasaron las cuadras y penetraron en un patiecillo
enteramente circundado por altos muros. Antaño era el patio donde cumplían
arresto los cadetes. El camión estaba allí, un gran «Krupp» con motor «Diesel».
Al volante estaba un SS de uniforme pardo que fumaba con indiferencia
contemplando cómo se acercaban ellos.
Un grupo de oficiales con uniformes negros o pardos
estaba situado en mitad del patio. En un extremo de éste se alineaba un pelotón
de doce hombres, la primera fila de rodillas, con los fusiles verticales, y la
segunda de pie, con el arma descansada. Del lado de las cuadras, otros dos
pelotones esperaban, listos para tomar el
relevo. Veinte ejecuciones y luego el relevo. ¡Oh!, el general Paul Hatzke se
sabía el reglamento de memoria.
En el suelo yacía un hombre que vestía el uniforme
caqui de los SA, de bruces sobre la arena roja de sangre. En su hombro relucía
la charretera dorada de obergruppenführer y se percibía una de las solapas rojas del
grado de general. Paul Hatzke sintió que un sudor frío le corría por el
espinazo; se puso lívido y tiritó pese al calor del día.
Un SS hauptsturmführer
que llevaba un fajo de papeles en la
mano, divisó al grupo.
-¿Nombre?
-gritó.
-SA
brigadenführer Paul Egon Hatzke.
El hombre meneó la cabeza y tachó algo en su papel.
Dos SS tiraron dentro del camión del cuerpo tumbado en el suelo.
-¡Adelante!
-gruñó el hauptsturmführer. Póngase junto a la pared,
allí, y rápido.
-¡Pero
es que quiero ver al standartenführer Eicke! -gritó el general, asustado.
Alguien le encañonó la pistola contra los riñones.
-Basta
de tonterías; no sirven de nada. Obedezca las órdenes.
El general echó una mirada desesperada en torno.
Caras de piedra, despiadadas bajo los cascos de acero marcados con las letras
SS. Allá, en el fondo, la pared goteaba sangre y un hilillo discurría hacia la
cloaca, junto a las cuadras.
-¡No pongas dificultades, pedazo
de traidor -gritó el hauptsturmführer agitando sus papeles-, o de lo contrario te
nos cargamos ahí mismo!
El general sintió que le golpeaban en la cara. Un
largo arañazo rayó su mejilla, de la que manó sangre sobre las charreteras
doradas. Comprendió que era el fin, el fin del sueño de un Estado socialista y
justo. Comprendió que los SS, Heydrich y Goering, habían ganado y, con los
brazos cruzados, muy sosegado, se irguió ante el muro ensangrentado.
El motor del camión empezó a rugir de nuevo. Era un
mártir, un héroe del Estado socialista que él había soñado. Paul Hatzke sonrió
a la muerte, gritó con todas sus fuerzas: «¡Viva Alemania, viva Adolf Hitler!»,
y se desplomó en la arena.
El siguiente oficial SA aguardaba su turno. La
carnicería duró toda la jornada y casi toda la noche.
-¡Matadles
tan pronto estén identificados! -había gritado Eicke cuando le dijeron que uno
de sus antiguos camaradas deseaba verle.
Aquella
locura de asesinatos hizo estragos en toda Alemania durante casi una semana, y
las matanzas del 30 de junio ayudaron grandemente a la ascensión de Himmler, de
Heydrich y de Eicke: Himmler, años atrás, burócrata desconocido, vanidoso como
un pavo real; Heydrich, oficial de la Armada degradado; y Theodor Eicke,
tabernero alsaciano.
Quince días más tarde, los soldados de los piquetes
de ejecución y todos los oficiales salvo cuatro fueron expulsados de las SS. En
total, 6.000 hombres. Ejecutaron a 3.500 con diversos pretextos antes de fin de
año; era una idea de Eicke que causó mucha risa a Goering. Los supervivientes
fueron a consumirse en el campo de Borgemoor. Pero Goebbels, Ministro de
Propaganda, anunció que todos aquellos hombres habían muerto luchando contra la
rebelión de los SA, y Rudolf Hess los celebró como mártires.
-Así
se escribe la Historia -dijo jocosamente Eicke brindando con Goering en el
Cuartel General de éste, en la plaza de Leipzig.
El plan de aquella matanza había sido trazado el 24
de junio con el general Walter von Reichenau, del Alto Mando del Ejército.
Goering y Heydrich, efectivamente, habían tenido empeño en que el Ejército
tomase parte en dicho plan, y los generales se unieron a los SS. En cuanto a
Hitler, que estaba enterado de todo, aquel día asistió a una boda en Essen, en
casa del gauleiter Terboven. La hora del degüello sonó en plena fiesta.
EL GUERRILLERO
Ante nosotros
se vislumbraban los contornos de Stalingrado, y salimos del carro de asalto
para contemplar sobre la ciudad una inmensa humareda. Ardía, decíase, desde el
mes de agosto, desde las primeras bombas de los aviones alemanes.
Pero realmente
sólo podíamos ver el Volga, cinta de plata que reflejaba el sol de otoño.
Detrás de nosotros se extendía una marcha agotadora y furiosos combates.
Desde hacía
cuatro meses, vivíamos en el carro de asalto... Se comía y se dormía dentro.
Sólo parábamos para cargar carburante y municiones, cuando los camiones
blindados llegaban hasta nosotros. Los nervios ya no podían más y disputábamos
y nos peleábamos por naderías. Hermanito
quiso romperle la cabeza a Heide por un simple cacho de pan, y como nos pusimos
de parte de Hermanito, Heide tuvo que
ir, durante cien kilómetros, colgado de la portezuela trasera. Sólo cuando,
saturado de óxido de carbono, cayó desvanecido, le metimos dentro.
Durante todo
el día el carro avanzó hacia el Volga. Cuando se puso el sol, percibimos otro
carro inmóvil en el lindero de un bosque. Su comandante fumaba sentado en el
borde, y todo era tan maravillosamente tranquilo que nos creíamos en maniobras.
-¡Por
fin! -murmuró El Viejo con alivio-,
Ahí está la compañía. Temí haberme perdido; esos mapas rusos son imposibles.
Muy contento,
Porta se paró a algunos metros del carro y abrimos escotillas para aspirar el
aire fresco otoñal y secarnos las caras cubiertas de sudor y de polvo.
-¿Qué
tal? -gritó El Viejo-. ¡Por poco no
os encontramos! ¿Dónde está el comandante de la compañía?
Pero en el
momento en que se disponía a apearse, el comandante del otro carro se coló
dentro como por una trampilla y cerró ruidosamente el escotillón.
-¡Es Iván! -gritó El Viejo-. ¡Listos para el combate!
Antes de que
el carro soviético hubiera conseguido apuntar su cañón, una granada «S»
superexplosiva reventó su torreta, que estalló en un volcán de llamas. Dimos un
amplio rodeo y, de golpe, a unos cuantos metros delante de nosotros,
encontramos nueve «T 34» parados cuyos cañones enfilaban el camino en el que
nos hallábamos... ¡Imposible dar marcha atrás; era demasiado tarde! Los rusos
no nos habían visto y, a su vez, también disfrutaban de la tranquilidad de la
tarde.
Porta frenó
involuntariamente al percibir los nueve monstruos en su periscopio, pero El Viejo siguió impasible y sacó la
cabeza por el capó. De lejos, su casco podía engañar, puesto que no era
diferente del de los rusos.
-¡Adelante, a toda velocidad! -murmuró-.
¡La única salvación es adelantarse!
Porta cambió
de marcha. Cualquier imbécil hubiera notado la diferencia de motores, pero los
rusos no parecían ser muy desconfiados. Nos hacían señales de amistad a las
cuales El Viejo contestaba
alegremente. Pasamos y, una hora más tarde, aparecieron casas a ambos lados del
camino. Un tren de mercancías, en la estación, hacía silbar su vapor. Había una
nube de carros y pululaban soldados, pero la oscuridad nos ocultaba y nadie nos
decía nada. Aquello era un Cuartel General en plena actividad. Un guardia nos
apremió para dejar sitio al coche blindado de un jefe.
-Davái!
(¡Más de prisa!) -gritó agitando su porra.
Durante un
trecho, seguimos tras los carros hacia Stalingrado y pasamos delante de una
columna de «T 34» parados en el borde de la carretera. Sus dotaciones dormían
detrás de las escotillas.
El Viejo ordenó que
abriéramos las nuestras para no infundir sospechas, ya que ninguna dotación de
carro circula con los cierres echados en la retaguardia. Un batallón de
Infantería obstruía la carretera y llovían injurias sobre nosotros cuando nos
dejaban pasar. Nuevo rodeo. Evitamos el bosque y, por fin, volvimos hacia
nuestras líneas.
Tres días más
tarde, estábamos a orillas del Volga, a 25 kilómetros al norte de Stalingrado,
y todo el mundo bajaba corriendo los acantilados para llenar las cantimploras
de agua fresca. ¡Cada cual quería ser el primero en beber agua del Volga! Un
río de cinco kilómetros de ancho por el que discurría un remolcador que
arrastraba un tren de gabarras. De pronto, una batería del «75» entró en
acción; surgieron géiseres de agua y el desdichado remolcador zigzagueó por
pasar entre los chorros. ¡Mala suerte! Un obús delante, otro detrás, dos en
medio, y el remolcador quedó partido por la mitad y se fue a pique. Luego les
tocó a las gabarras que oscilaban en la corriente. Diez minutos más tarde, no
se veía ya nada en la superficie del río.
Stalingrado
ardía. El olor asfixiante del incendio llegaba hasta nosotros y producía
náuseas. El aire estaba lleno de hollín y de ceniza, y aquel horrendo olor se
pegaba a la piel, a las ropas; todo... Un hedor que no nos dejó durante largo,
meses después de la batalla.
Habíamos visto
arder muchas ciudades, pero ninguna pestilencia se parecía a aquélla. Ningún
combatiente de Stalingrado olvidará en su vida el olor de la ciudad moribunda
que, parece inaudito, atraía y repelía a la vez.
La compañía se
enterró frente a las colinas de Mamáiev donde todo un Estado Mayor ruso estaba
atrincherado en antiguas cuevas. Por la noche, nuestros lanzaminas rociaban las
colinas, y cuando tiraban demasiado corto, el soplo de aquellas bombas atroces
nos arrojaban casi fuera de nuestras trincheras. Estar en hoyos bajo bombardeos
de ese tipo debe ser espantoso. Los carros atacaron, pero sin éxito. Luego, se
reanudaron los bombardeos embrutecedores y se atacó con la 14.a
División panzer forzando el camino de las cuevas, que fueron limpiadas con
lanzallamas y después con arma blanca, ¡Un baño de sangre inimaginable!. Un
comisario político que lucía las estrellas de comandante fue liquidado por el
comando que agrupaba a sus prisioneros. Igual hicieron con gentes del Komsomol
(organización de la juventud comunista). Cabe decir, en justicia, que en
aquella matanza de prisioneros ni siquiera los SS actuaban de buena gana. Era
una orden que procedía del Gran Cuartel General ya desde 1942, una de esas
incontables idioteces que incitaron a los rusos a luchar hasta morir.
El verano
tocaba a su fin. Llovía a cántaros, todo se transformaba en pantanos y el barro
se pegaba a las botas. Tres semanas de lluvia sin parar. Todo apestaba a moho,
los cueros y hasta nuestra misma piel, pese a unos polvos que facilitaban los
enfermeros y que no servían de nada. Casi se añoraba el polvo sofocante del
verano.
A la lluvia le
sucedió el frío, con las primeras heladas nocturnas, pero seguía estando
prohibido ponerse abrigos y, por lo demás, muchos no los tenían siquiera. Los
habían tirado en alguna parte de la estepa cuando estábamos a 40° a la sombra.
Al parecer, debían enviarnos prendas de invierno, pero antes llegaban nuevas
unidades.
Venían largos
trenes de reservistas o de reclutas casi barbilampiños, quienes, con una
inconsciencia atrozmente bélica, se arrojaban sobre las ametralladoras
enemigas. ¡Una carnicería, y cuan inútil! La mayoría se quedaban enganchados en
las alambradas al primer ataque y les oíamos morir. Les mandaban sin transición
de sus cuarteles hasta Stalingrado, sin ninguna experiencia de la guerra,
atiborrados solamente con las mentiras de la propaganda.
El primer
ataque de la artillería les desanimó y marcharon con los ojos extraviados
contra las armas automáticas rusas. La bruma que subía del Volga envolvía a los
moribundos con un helado sudario. Aquellos chicos de diecisiete años ni
siquiera gritaban, pues les habían obligado a presentarse voluntarios. Un
alemán no chilla; es cobardía. Muchos de ellos, con los pulmones aplastados,
morían lentamente asfixiados. Conseguíamos rescatar a algunos, ¡pero resultaba
tan difícil! Resbalábamos sobre montones de carne y de cadáveres cubiertos de
fango, y si el enemigo nos oía, ¡menudo blanco! El otro día, siete de los
nuestros fueron muertos de esa manera. Nos habían prometido siete días de
permiso por cada veinte reclutas salvados, y era tentador, pero hubo que
suprimir los salvamentos, que costaban caro a los combatientes experimentados.
La anilla se
estrechaba en torno de Stalingrado, donde tres ejércitos quedarían encerrados.
«La mayor victoria desde hace siglos», afirmaba la propaganda, ¡pero ya
estábamos hartos de victorias! ¡Basta de victorias! ¡Que termine la guerra,
nada más! Únicamente el suboficial Julius Heide, un fanático, era feliz.
-Buen
trabajo, no cabe duda. Ahora tomamos ese trozo de río, ¡y en marcha hacia
Moscú!
Nos
exasperaba.
El mando del
VIII Ejército italiano pidió al Alto Mando alemán ser el primero en entrar en
Stalingrado. La bandera italiana debía ondear sobre el «OCTUBRE ROJO», pero he
aquí que los italianos se pelearon con los rumanos quienes también querían ser
los primeros.
-¡A
mí qué me importa quién tome esa puta ciudad -se burló Porta-, mientras que yo
siga en la retaguardia! ¡Pero me extraña que los spaghetti se vuelvan de pronto tan valientes! ¡Nunca les gustan los
sitios donde hay fregado!
Así es que la
comarca empezó a hormiguear de italianos y de rumanos. Sentados en nuestros
atrincheramientos, contemplábamos sus largas columnas que marchaban cantando,
sobre todo los bersaglieri y su
andadura cómica. Hermanito corrió al
lado de ellos durante algunos metros, pero no pudo continuar. Son menester años
de entrenamiento para seguirles. En cuanto a los rumanos, iban descalzos y
llevaban las botas colgadas a la espalda; se decía que aborrecían los zapatos.
Pero obteníamos de ellos grandes salchichas de carnero.
Un día, en
espera de la caída de Stalingrado, nos encomendaron una misión detrás de las
líneas rusas. Se trataba de volar un puente tan bien camuflado que los
aviadores no lo percibían en absoluto, un puente muy importante que servía día
y noche para el suministro de los rusos. Pero antes de llegar a él, nos
advirtieron que debía cruzarse un inmenso pantano.
Un pantano ya
es horrible de por sí. Por si fuera poco, cada hombre llevaba, además de su
equipo, un paquete de treinta kilos de dinamita sobre el pecho que causaba
sofoco. De día, nos escondíamos en la espesa maleza y por la noche avanzábamos.
Ya el segundo día apareció el pantano, en el cual nos hundíamos hasta las
rodillas. Nada más traidor que esos pantanos rusos; en todas partes acecha la
muerte bajo la verdura. Enormes ranas croan de siniestra manera. De pronto, una
de ellas saltó delante de nosotros y nos contempló con sus ojos gigantescos;
eran tan asombrosos que Gregor perdió los nervios, arrojó una granada a la rana
y la explosión retumbó en todo el bosque. Inmediatamente, gritos, un motor
rugiente, chirriar de orugas... Aterrados, echamos cuerpo a tierra.
-Iván nos ha localizado -murmuró Porta.
-¡Larguémonos! -dijo Gregor.
Pero largarse,
¿adonde? En torno a nosotros, el pantano traidor e infinito, y enfrente los
rusos nuevos gritos se hacían más distintos.
El morro verde
aceituna de un «T 34» apareció, siniestro, entre los árboles. Giró el cañón,
nos adelantó y apuntó hacia el pantano. Tres obuses... Las orugas chirriaron;
el carro trepaba por la margen... Pero, de golpe, le vimos encallarse, soltarse
del barro, patinar y volcar súbitamente... En un rebullir de lodo, el pesado
carro desapareció en el pantano insondable.
Acto seguido
surgieron, despavoridos, unos granaderos. ¿Cómo pudo desaparecer así aquel
carro? La ametralladora de Barcelona
barrió las siluetas pardas. Silencio angustioso. ¿Qué hacer? Había que largarse
antes de que los supervivientes se rehicieran. ¡Justamente, allí iba uno! Un
brigada apareció en la cresta y aventuró prudente una mirada. Le siguieron
otros: hormigueaban los cascos verdes. Lluvia de granadas; agua y barro se
elevaron en todas partes.
-Davái, davái! -gritó el brigada, un tío bajito de piernas torcidas dentro
de unas botas demasiado grandes-. Davái!
-¡Fuego!
-ordenó El Viejo.
El primero en
caer fue el brigada patizambo. Los otros se desplomaron, y el pantano quedó
sumido en el silencio. Ni un solo ruido. Aguardamos durante una hora,
inmóviles, y de pronto se percibió otra vez el ruido de orugas. Un carro estaba
subiendo la margen; trepaba despacio; se veía lo alto de la torreta. Ésta giró
silenciosamente, el grueso tubo del lanzallamas bajó y una larga llama roja
brotó entre los árboles. El calor era abominable. Los del carro seguramente
creían que seguiríamos en el mismo sitio, que se había convertido en un mar de
llamas.
La torreta se
desvió y el fuego inundó el pantano. Todo ardía. Por tercera vez, brotó el
infierno de aquel tubo infernal. Nos aplastamos en el barro; si el lanzallamas
volvía a apuntar hacia nosotros, estábamos perdidos.
Pero un casco
de cuero marrón asomó del capó y un rostro ennegrecido observó atentamente el
paraje. Porta levantó su lanzallamas. Nos cortó la respiración. Si fallaba el
tiro, ¡que Dios se apiadara de nosotros! En su rostro contraído, ya no cabía la
guasa. Apuntó con cuidado. Tres chorros, ¡y el líquido abrasador penetró en la
torreta abierta! Una explosión formidable desgarró el aire, proyectando el
acero y los cuerpos a lo lejos... Aquella vez, todo había terminado.
Proseguimos,
con Porta en cabeza de la fila, por el sendero sumergido: troncos atados a
cincuenta centímetros bajo la superficie fangosa permitían pasar a un hombre,
pero resultaba peligroso. Si se resbalaba, no había esperanza; un pantano nunca
suelta a su presa. Además, sabíamos por experiencia que aquellas pistas estaban
sembradas de trampas, de las más ingeniosas trampas. Si se empujaba una rama de
costado, el suelo se hundía bajo los pies y si se levantaba la misma, uno
quedaba ensartado en bayonetas puestas en abanico. De un árbol colgaba un
inocente bejuco que, cuando se tocaba, una hilera de flechas mataban a una
columna entera.
Porta
avanzaba, con su lanzallamas en ristre. Se paraba a cada paso..., acechaba. El
paso siguiente podía ser mortal. No rozamos ninguna planta al pasar; en cierto
sitio hubo que hacer equilibrios sobre un tronco para evitar bayonetas hincadas
en carne podrida; un simple rasguño significaba el tétanos. Incluso un erizo
nos dio un susto casi de muerte. Ocurría que aquellos animales estaban atados a
trampas.
Hermanito caminaba
detrás de Porta, con su pistola apuntando arriba contra los tiradores ocultos
en los árboles. Si se sospechaba que había un tirador, era cuestión de disparar
primero, y eran difíciles de descubrir. Nadie les llega a la suela de los
zapatos a los rusos en materia de camuflaje: un siberiano es capaz de estar
veinticuatro horas sin moverse en la copa de un árbol, lo habíamos comprobado.
Hasta los pájaros se equivocaban. El hombre pertenecía al árbol y los pájaros
se encaramaban en sus hombros.
Bruscamente,
sin avisar, Porta se tumbó en el agua, únicamente le sobresalía la cabeza de
las cañas. A una señal suya, nos metimos en la boca los tubos respiratorios y
nos sumergimos; nuestros gorros camuflados nos hacían casi invisibles en la
superficie del agua. Aquello duró diez minutos. Nada... Entonces, despacio,
levantamos la cabeza.
En una rama
podrida se posó un pájaro verdiamarillo. Un pájaro raro. Meneó la verde cola,
inclinó la cabeza, silbó y guiñó el ojo. Aquel bonito pájaro era mortalmente
peligroso: un reclamo. Nuestro instinto de fieras nos avisó: el enemigo estaba
allí. Porta avanzó de rodillas; sólo un leve movimiento del agua revelaba su
presencia. Aparte del canto del pájaro, ni un ruido, pero el ave volvía la
cabeza de un lado a otro como si supiera que Porta se acercaba bajo el agua.
El pequeño
legionario se puso el cuchillo entre los dientes. Porta emergió, echó un
vistazo y, titubeando, tendió la mano hacia el pájaro. Dos sombras se le
echaron encima, pero una pistola ametralladora ladró y el legionario clavó su
cuchillo en la espalda de una de las siluetas verdes. Una vez más, se acabó.
El pájaro
revoloteó gorjeando, desapareció en el cañaveral y, durante un rato, escuchamos
su extraño grito.
-¡Qué horror! -murmuró El Viejo, que por poco se cayó sobre un
tronco de árbol.
-¡Cuidado, desgraciado! -gritó el
legionario.
De una rama
salieron hilos que unían el tronco podrido con una carga explosiva escondida
bajo el sendero. El Viejo se puso
pálido.
-¡De buena me he librado! -gruñó el
legionario-. Pero, ¡vaya vida!
Barcelona tropezó y
soltó un grito estridente; la mano de Hermanito
le devolvió el equilibrio sobre las tablas que se bamboleaban traidoramente.
Todo el pantano parecía escuchar, y hasta las ranas callaban. Sí, ¡vaya vida!
Algunas horas
después. Había una choza de ramajes. Tres hombres y dos mujeres estaban allí,
vestidos con el horrendo traje de los guerrilleros del pantano. Llevaban la
máscara verde alzada sobre sus cabezas, circulaba la vodka, y estaban tan
borrachos que ni siquiera habían oído que nos acercábamos.
Sin ningún
ruido, estrangulados por nuestros nudos corredizos de acero, los guerrilleros
fueron arrojados al pantano. ¡Pero la choza también contenía cajas! Municiones,
armas, vodka y pescado seco. ¡Menudo festín el pescado seco ruso!
Pasamos la
noche en la choza, una noche de reposo y de vodka. Y, al otro día, llegamos al
puente. Era un puente colosal, mayor y más alto que el mayor de los puentes.
En el centro,
metido en su garita, un centinela vigilaba fumando, con su pistola
ametralladora colocada sobre el pretil. Redes de camuflaje lo cubrían todo.
Justamente, una larga columna de camiones cruzaba el puente, seguida por una
compañía de «T 34». El centinela, impecable ante las formaciones, adoptaba de
nuevo su actitud perezosa tan pronto habían desaparecido. Como todos nosotros,
aquel hombre era por completo indiferente al curso de la guerra; debía de soñar
con su aldea. De lejos, nos llegaba el olor de su majorka, ese tabaco ruso. Era un hombre no joven, provisto de un
gran bigote triste cuyas guías caían a la manera china; en la comisura de los
labios, su cigarrillo mal liado, encima una blusa verde de verano con el cuello
desabrochado y en la cabeza, un gorro de pieles. ¡Vaya uniforme!
-También
les debe faltar ropa de invierno -dijo Hermanito-.
Pasa como con nosotros. Cuando te dan un gorro de pieles, tienes que
conformarte con una guerrera de verano, y cuando tienes un capote de invierno,
¡ya puedes buscar el cubrecabezas!
Había que
arrastrarse por el puente para colocar las cargas de explosivos. El legionario
trepó como un simio por los pilares de cemento, Gregor y Heide tiraban de los
cables, y Hermanito y Porta se
disputaban el prender fuego.
Otra columna
de camiones cruzó el puente, pero ésta precedida por un jeep con una bandera
roja. Eran municiones.
-¡Si al menos estuviésemos preparados!
-musitó Porta-. ¡Vaya fuegos artificiales!
-¡No hagas tonterías! -gruñó El Viejo-. El soplo nos mandaría al
infierno con ellos.
Al alba, todo
estaba listo, y he aquí que surgió otra columna.
-Les
vuelo en plena mitad -se burló Hermanito
frotándose las manos.
-Ni
hablar. Nos pagan para volar un puente, no
por otra cosa. ¿Listos para la voladura? -ordenó la voz de El Viejo en cuanto desapareció la
columna-. Entonces, ¡fuego!
Todo el mundo
echó cuerpo a tierra detrás de las rocas. Los que se entretuvieron fueron
tumbados por un soplo de gigante. Pero vamos..., pero vamos... ¡Nos frotamos
los ojos! ¡Los pilares habían desaparecido, desde luego, la construcción
metálica había sido volatilizada, pero solamente un tramo de tablas asfaltado
se había hundido en el agua! Unas tablas rotas, pero que no impedían pasar a
los vehículos Acabábamos de fabricar el puente más sólido del mundo... ¡Ningún
aviador podría localizarlo ya!
Aquella vez,
la risa loca se generalizó. Cruzamos el río corriendo por el puente, y en plena
mitad, ¡el agua no nos llegaba más que a las rodillas!
-No se puede nadar siquiera -se burló
Gregor.
-¡Basta! -exclamó El Viejo-. Y vamonos. Dentro de cinco minutos, se acabó la risa.
Y henos aquí
de nuevo en el bosque. Senderos, torrentes y, siempre, siempre, el bosque. No
cabía duda que estábamos perdidos. De pronto, ¡un leñador! Un anciano que
partía leña delante de su choza.
-¡Buenos días, továrishch! -dijo Porta con tono amable.
El leñador,
estupefacto, levantó la cabeza. Era muy viejo, muy viejo. Sus ojos, de un azul
extraordinario, se hundían bajo pobladas cejas. Dejó el hacha, nos miró con
curiosidad y luego se dirigió a Porta con toda naturalidad.
-¡Ah,
eres tú! ¿Dónde demonios estuviste tanto tiempo?
-En
la guerra -respondió Porta con igual tono-. Los alemanes han vuelto, ¿no lo
sabías?
-¿De
veras? Entonces hay que echarles -dijo El
Viejo leñador partiendo con violencia un tronco- ¿Y cómo está tu madre?
-preguntó, mirando a Porta.
-La
vieja va bien, gracias.
-Bueno.
¿Has matado a muchos alemanes?
-Algunos,
probablemente -respondió Porta con modestia, tendiendo una majorka al anciano.
-Tabaco
militar -dijo sentenciosamente el leñador, que reanudó su trabajo sin ocuparse
más de nosotros.
Desaparecimos
bajo los abetos, y largo rato aún retumbaron en nuestros oídos los hachazos.
Durante tanto tiempo debimos de dar vueltas sobre nosotros mismos que,
repentinamente, ¡volvimos a encontrarnos delante del famoso puente!
Entonces, El Viejo decidió seguir el curso del río
pese al riesgo de topar con las tropas rusas. Tenía razón. Dos días más tarde,
estábamos de regreso en las líneas alemanas y El Viejo declaró «misión cumplida» sin insistir más.
Cada vez hacía
más frío; comenzaba el invierno. Una noche se produjo la primera tempestad de
nieve, y como no teníamos capotes de invierno, nos metíamos papel bajo nuestros
uniformes. Nadie creía ya en «la gran victoria de Stalingrado». Los trenes de
tropas no llegaban, se lanzaba el suministro en paracaídas y circulaban
siniestros rumores. Decíase que los rusos estaban detrás de nosotros y que las
raciones habían menguado. Teníamos órdenes de no derrochar municiones.
¡Vaya frío!
¡Vaya frío! Se hablaba ya de miembros congelados y algunos voluntariamente. Dos
tíos de nuestra compañía que se habían puesto calcetines mojados para dormir,
fueron ejecutados en el bosque de Talare.
El SS standartenführer tiró con evidente satisfacción el telegrama
ultrasecreto sobre la mesa, ante el SS sturbanführer Lippert.
-Ha
llegado la hora, Michel. ¡Orden de acabar con los traidores! Liquidamos a esos
cerdos del Ejército.
El gran «Porsche» con banderín de Eicke dejó Dachau
para correr hacia Munich, con Eicke y Lippert arrellanados en la parte trasera.
En ruta, recogieron al hauptsturmführer Schmasusser. Los tres oficiales SS llegaron
a las tres de la tarde a la oficina de Koch, director de la prisión central, y
ordenaron que les fuese entregado el preso Roehm, jefe de Estado Mayor.
Koch rehusó de plano, rogando a los tres SS, por lo
demás medio borrachos, que desapareciesen de su vista so pena de ser detenidos
a su vez. Su puñetazo dado en el escritorio hizo saltar el tintero, tras lo
cual él agarró el teléfono y llamó al ministro de Justicia. El ministro rehusó,
por su parte, entregar al jefe de Estado Mayor y prohibió que se dejase entrar
a Eicke y su pandilla en la cárcel. Entonces pudo verse a Eicke quitar el
teléfono de la mano del estupefacto director de la prisión.
-Estoy
aquí por orden del Führer -gritó en el aparato-, y tengo prisa. ¡No puedo
perder tiempo con los viejos chochos del reglamento! ¡De lo contrario, le
prevengo en seguida que hay sitio libre en Dachau!
El director de la prisión, lívido, escuchaba,
respuesta jadeante del ministro de Justicia. Con mano temblorosa, colgó el
aparato, luego llamo a la prisión y dio orden de dejar entrar en ella a Eicke y
a sus acólitos.
Celda 474. En un banco de madera se sentaba el preso
SA stabschef Ernst Roehm, con el torso desnudo y bañado en sudor. Eicke le sonrió
amablemente y estrechó la mano del jefe de Estado Mayor como jovial camarada.
-¿Qué
tal Ernst?
-Mal
-dijo Roehm, sonriendo con expresión cansada.
Eicke se sentó a su lado y designó con el dedo la
ventanuca por la que se percibía el cielo azul de julio. Hacía un calor
tórrido.
-Buen
tiempo, Ernst. Las chiquillas se pasean sin bragas bajo sus vestidos y cuando
bajan al sótano de Ole, ¡se ve hasta el séptimo cielo! Por lo demás, él ha
subido los precios. ¿Qué dirías de media hora en un sillón bajo la escalera del
sótano de Ole? Es un espectáculo maravilloso.
Roehm meneó la cabeza y se secó la frente con un
pañuelo sucio.
-¿Vienes
a buscarme, Theo? ¡La verdad, no comprendo por qué estoy encarcelado! El Führer
debe haberse enterado. Los guardias hablan de revolución. ¿De qué se trata
entonces? No entiendo nada. ¡Ese maldito Ejército ha cometido muchas tonterías!
Eicke se encogió de hombros. Se quitó la gorra parda
con la calavera, secó el interior con un pañuelo y volvió a calársela todo lo
echada atrás posible. La calavera contemplaba el techo.
-Ernst,
amigo mío, ¡todo esto es una mierda! Vengo de donde el Führer y te traigo algo
de su parte. -Sacó una pistola que dejó entre ambos, sobre el banco de madera-.
El Führer siempre es bueno, ¿sabes?, cuando las cosas andan mal para un
camarada. Te da tu oportunidad, Ernst; después, eso habrá terminado. Borrón y
cuenta nueva.
Roehm contemplaba la pistola con expresión
incomprensiva, aquella pistola negra y brillante de grasa. Un pedazo de hierro
sin piedad.
-¡Es
de locos, Theo! ¡Me conoces! Sabes que soy el más fiel de los fieles... He
puesto el partido por encima de todo, he sacrificado a mi familia, a mis
hijos... ¿Acaso no he salvado al Führer dos veces cuando la revolución estaba a
punto de aplastarnos? ¿Te acuerdas de aquella noche en Stuttgart? Era una
cuestión de segundos... ¡Wollweber y sus comunistas triunfaban, y fui yo quien
salvó al Führer! ¡Tú te habías largado, como los otros jefes de sección!
-Escucha, Ernst, todo eso
pertenece al pasado. Puede que hayas perdido un momento la razón por haber
tendido la mano al Ejército. Eso es todo; no sé nada más. Desgraciadamente, has
sido expulsado del Partido, y lo siento por ti, pobre amigo mío.
Se levantó y se ajustó el cinto.
-Espero
afuera. No pongas las cosas más difíciles para un viejo camarada y acaba
pronto. Por lo demás, ¡mira!
Se sacó del bolsillo un ejemplar del Völkischer
Beobachter y lo tendió a Roehm. En
primera plana se leía en enormes letras:
«El jefe de Estado Mayor Roehm detenido. Purga total
de las SA según órdenes del Führer. Todos los traidores deben morir.»
-¡Pero,
bueno! -murmuró Roehm, que se había puesto lívido-. ¿Os habéis vuelto locos
todos? ¡Es un asesinato!
-Toda la política es mentira,
Ernst. No has tenido suerte, eso es todo. ¿Quién sabe? Mañana quizá me toque a
mí.
Eicke dio media vuelta y salió al pasillo a reunirse
con sus dos SS, que hablaban de la vista que ofrecía el sótano de Ole. Pasó un
cuarto de hora sin que se oyese ningún ruido. Eicke se impacientó; desenfundó
la pistola y abrió la puerta de la celda de un puntapié. Roehm no se había
movido. Seguía en el banco, sentado al lado de la pistola, que permanecía donde
la había debajo Eicke.
-¡Stabschef Ernst Roehm! ¡De pie, y firmes!
Un poco jadeante, Roehm se levantó y fue a situarse
bajo la ventana, de espaldas a la pared. Eicke alzó el brazo y apuntó con
sangre fría al preso medio desnudo.
-¡Mi
Führer, mi Führer! -murmuró Roehm un momento antes de desplomarse.
No
estaba muerto del todo y se retorcía de dolor en el suelo cochambroso de la
celda. Uno de los hombres más poderosos de Alemania sólo tres meses atrás, era
ahora un cadáver sanguinolento en una sórdida prisión de Munich. Eicke, con el
rostro impasible como una máscara de piedra, le dio brutalmente un puntapié.
¿Qué sentía al apuntar de nuevo sobre su camarada moribundo? Nada,
absolutamente nada. El tiro de gracia le levantó la tapa de los sesos.
El stabschef Ernst Roehm, el mejor amigo de Adolf
Hitler, el rival más poderoso del Ejército, fue asesinado así en la prisión
central de Munich a las 18 horas exactamente del 1 de julio de 1934. En el
mismo momento, preparaban en Potsdam un gran banquete al que Hitler había
invitado a la mejor sociedad de Alemania. Una fiesta como no se había visto
desde el reinado de Guillermo II. Todos los invitados acudieron a la cita y se
alegraron mucho del renacimiento del orden en Alemania y del aplastamiento de
la revolución.
LOS TRINEOS MOTORIZADOS
Desde hacía
algunos días, nuestra vida en la retaguardia se había vuelto soportable. Todas
las noches, había dos horas de trabajo de trincheras, pero de eso los cerdos de
primera línea se reían. Para los nuevos, hay que confesar que era terrible,
pero nosotros sabíamos escondernos cuando el terreno era barrido por las
ametralladoras. Los mismos lanzadores de granadas ya no nos impresionaban, pues
oíamos la granada a la salida, y Porta había llegado a prever el punto donde
estallaría. ¡Es inaudito lo listo que la guerra le hace a uno!
Toda la noche
jugábamos a las cartas, al «17-4», y Porta ganaba nueve veces de cada diez. Lo
hacíamos en un establo donde Porta purgaba tres días de arresto incomunicado,
pero resultaba fácil entrar allí reptando por un agujero de gallinero.
Habían
encadenado a Porta y a Hermanito en
el pesebre, lo cual resultaba completamente inútil, pues, ¿para qué podían
pensar en fugarse? ¡Vaya maravilla estar en chirona! Ningún servicio, descanso
todo el santo día y por la noche, los camaradas para jugar a cartas. ¿Podía
esperarse más en aquella perra vida? Pero hacía poco que nos trataban tan bien.
Antes, nos ataban a un árbol con las manos a la espalda. Atados doce horas, con
tres horas libres, y eso durante ocho días. ¡Hasta Hermanito se desmayaba!
Los dos
fenómenos estaban castigados por haber vapuleado a un cartero militar, pero
desgraciadamente el arresto terminaba el día siguiente, lo cual afligía a Hermanito.
-¡Debimos
haberle zurrado más; entonces lo menos habrían sido tres meses de fortaleza!
¡Una verdadera lástima!
Pasos afuera. El Viejo echó una ojeada por el pequeño
tragaluz polvoriento.
-Cambio
de guardia. Vais a ver; habrá follón.
Cuando El Viejo decía que habría follón, nunca
se equivocaba. Aquellas cosas las olía de lejos. Entretanto, Hermanito hacía trampas ante los
chillidos de Heide a quien el gigante amenazaba con sacudir, sin acordarse de
la cadena que le aprisionaba el tobillo, y cayó de narices. Todo el mundo se
insultaba, los naipes salieron volando, robaron el dinero en el establo oscuro
y la reyerta acabó extinguiéndose en un ruido de cadenas.
Como yo era el
más joven, tuve que ir a buscar el café a la cocina de campaña. ¡Resultaba
penoso ser el más joven! Le metían a uno en todas las faenas. Aunque alumno
oficial, troté por toda la sección hasta la cocina, me echó una bronca el
ranchero, el gordo suboficial Wilke, que no podía aguantar a los alumnos
oficiales, y hubo días en que uno maldecía los dos cordones plateados del
hombro. Al regreso, ¡mala pata! Tropecé can una bomba sin estallar y me fui de
narices al suelo derramando casi todo el café. ¡Con tal de que los demás no se
dieran cuenta!
Vana
esperanza. Heide me acusó de habérmelo tomado en el camino, y todos, furiosos,
me mandaron a la cocina donde el ranchero me tiró un cazo a la cabeza. Tuve que
sobornar al ayudante del ranchero para que me llenara la marmita.
A la mañana
siguiente, se acabaron las risas. Orden de preparar los trineos motorizados; el
nuevo reemplazo debía ser transportado a primera línea.
Pero antes
distribuyeron el correo y sólo había carta para El Viejo. Leímos la carta uno tras otro; era de su mujer, que
conducía un tranvía en la línea 12 de Berlín.
Querido
Willie:
¿Por qué me escribes tan poco? ¡Hace ocho semanas
que no tenemos noticias tuyas y estamos muy preocupados! Todos los días nos
enteramos de la muerte de algún conocido; ahora hay cinco páginas de esquelas
mortuorias en los diarios, así es que tenemos los nervios destrozados y la
semana pasada sufrí un accidente... Voy a ver si puedo cambiarme con un
cobrador; es demasiado cansado conducir, sobre todo ahora que vamos a hacer
doce horas porque la mano de obra escasea en
todas partes. No se ven ya casi hombres; los que quedan tienen apoyos
que les evitan hacer cualquier cosa. Hans Hilmert cayó en Jarkov. Dos hombres
del Partido fueron a notificárselo a Anna, que se desmayó y fue llevada al
hospital. Los hijos están en la escuela de párvulos, aunque varios vecinos de
la calle nos hubiésemos hecho cargo de ellos gustosamente, pero el jefe del
bloque se ha opuesto, pues el Partido lo decide todo. Socke, nuestro vecino,
está gravemente herido en Grecia. Han dicho a Trude que tan pronto mejore lo
traerán a Berlín. Jochem se porta bien; ha ingresado en otra escuela, pues la
antigua fue bombardeada la semana pasada y murieron muchos niños.
Desescombramos toda la noche; yo estaba loca de miedo, pero, a Dios gracias, el
chiquillo está sano y salvo, y ahora los niños van a la escuela en Grünewald.
Sólo que he de levantarme una hora antes para llevarles, y Gerda, Use y yo nos
turnamos para eso; tienen que cambiar tres veces y pueden equivocarse en la
estación de Schlesigher; y además, ahora pasan muchas cosas. La chica que
desapareció en septiembre ha sido encontrada en el Tiergarten, pero de su
asesino no, ni rastro. Hemos hecho ampliar y colorear tu foto, así parece que
estas entre nosotros. ¿Tendrás pronto un permiso? ¡Hace mas de un año que no
has vuelto! ¿Y dónde estás? Se habla mucho de Stalingrado. Espero que tú no
estés allí; dicen que es espantoso. Hohne, el del cuarto piso, acaba de llegar
de permiso, pero a los dos días ha sido reclamado por un telegrama de su
regimiento. Acababa justamente de salir cuando la Policía vino a buscarle, y
ahora su mujer está casi loca de angustia preguntándose si se habrá metido en
algún lío. Nadie ha querido decir de qué se trataba, ni nada tampoco en la
Kommandantur, donde tuvo que pasar un día entero ella esperando. ¡Dios mío, qué
cruel es esta guerra! Han vuelto a reducir el racionamiento; la semana pasada
parece ser que vendían carne de caballo sin tiquet en la Tauenzienstrasse, pero
llegué demasiado tarde. Mañana intentaré en la Moritz Platz. Los niños tienen
mucha necesidad de un poco de carne fresca y eso ahorraría tiquets. Willie,
cariño mío, te lo suplico, ¡cuídate mucho! ¿Qué sería de nosotros si no
volvieses? Ya están ahí las sirenas... ¡Alarma! Son los ingleses, que siempre
vienen entre cinco y ocho de la tarde, pero, afortunadamente, acabamos de tener
tres días de tranquilidad Escribe pronto, cariño mío. Besos de todos.
LISELOTTE.
No te preocupes por nosotros; vamos bien.
Era de noche
aún a la hora de salir. Un viento helado arremolinaba la nieve, y el cielo
aplastaba la tierra como una inmensa mano gris. Retumbaba el cañón en
Yersovska. Estaban bombardeando Stalingrado. Decíase que una división rusa
había quedado encerrada en Rínok, y que la fábrica de tractores de la isla de
Barrikadi estaba destruida: decían también que la 100.a División de
Cazadores y la 1.a de Carros rumanos estaban aniquiladas, pero, ¡se
decían tantas cosas! La 2.a de Infantería rumana topó con los rusos
el otro día y la mayoría de los hombres fueron muertos por la espalda por las
tropas alemanas cuando bajaban corriendo por las márgenes del Volga. Dejaron
los cadáveres allí para aterrorizar a los demás, y colgaron al comandante de la
división rumana cabeza abajo, ante la fábrica «Spartak». Ahora seguía allí y se
bamboleaba al viento.
Helados,
hoscos, trepamos a los trineos motorizados. Había que estar en el frente con el
relevo antes de las once, es decir antes de que empezara a tronar la artillería
rusa. Los muy canallas eran tan puntuales que podíamos haber puesto el reloj en
hora, y aun yendo muy de prisa en los trineos, hacía falta tiempo para cruzar
Selvanov y Serafimóvich. Al menor descuido, estaríamos de lleno en las
posiciones rusas. Había ocurrido ya que un trineo deslizándose a 120 por hora
frenara a muerte sin poder evitar el cruce de las líneas alemanas y las rusas.
-¡Daos
prisa, sacos mojados! -gritó El Viejo
a los bisoños helados y derrengados que trepaban en los trineos blindados.
Treinta y
cinco hombres por trineo. El teniente Wencke subió al de las municiones. Era
uno de los nuestros, un verdadero oficial del frente. El trineo de las
municiones era el tercero de la columna, sitio el menos expuesto a las minas de
los guerrilleros.
Porta se puso
en cabeza. Tenía un instinto de cobra para oler las minas enterradas en el
camino, Hermanito estaba a su lado en
el asiento delantero, con su ametralladora sujeta en el parabrisas y una pila
de granadas descapsuladas junto a él. Barcelona
y yo trepamos detrás de Porta, con el «M.G.» apuntando al cielo, pues solía
ocurrir que durante un traslado nos atacaran los cazas rusos.
-¡En marcha! -ordenó el teniente
Wencke-. Y mantened la distancia entre los trineos.
La columna
arrancó haciendo retemblar toda la aldea, los patines rechinaron sobre el suelo
desigual y los hombres se agarraron a las barras laterales. Porta conducía como
un loco. El trineo de tres toneladas trepó la colina como un bólido, despegó en
la cima y recayó en la pista. Estábamos ya a mitad de camino de la colina
siguiente y nos agarrábamos temiendo el topetazo que se avecinaba.
-¡Aguantad, imbéciles! -se burlaba Porta
retrepándose al volante.
El trineo
brincó en el aire y rebotó antes de que Porta recobrara el control del
vehículo.
-¡Es
la última vez que subo contigo, imbécil! -chilló Heide aterrorizado.
-¡Tanto
mejor! -gritó Porta escupiendo un sorbo de vodka que el viento arrojó sobre la
cara de Heide.
Nos habían
dado raciones suplementarias de vodka, pero, naturalmente, Porta se afanó otras
tres más. Sabía tantas cosas sobre todos que se le temía como a la peste, y
nuestra sección se aprovechaba de ello.
-¿Adonde
vamos? -preguntó el jovencísimo suboficial recién salido del cuartel.
-A
la guerra, amiguito -se guaseó el legionario, condescendiente-. En marcha por
una cruz de hierro o una cruz de madera.
-Lo
sé -replicó el suboficial secamente-. Pero, ¿adonde?
-Lo
sabrás muy pronto. Espera a ver y el culo se te encogerá de miedo.
-¡No
tengo miedo de esos cobardes comunistas! Soy un soldado nacionalsocialista.
-Bueno,
bueno, pero aguarda un poco. Iván no es exactamente eso que os dicen en el
cuartel.
Sin
incidentes, eran menester cuatro largas horas de trayecto para llegar a las
primeras líneas. La temperatura estaba a -38° y tiritábamos bajo nuestros
delgados capotes. Porta se había puesto una máscara de papel sobre la cara,
pues el papel preserva mucho del frío, pero escaseaba y hacía falta ser un tío
listo como él para encontrarlo.
No había nieve
fresca en la pista, que era una pista de patinaje reluciente como una vidriera
de colores irisados. Los trineos patinaban, trepaban y bajaban hacia la aldea
en ruinas de Dobrinka. En plena mitad de la cuesta, un recodo. Si la maniobra
no salía bien, aterrizaríamos a 120 por hora en las chozas, pero en estado de
cadáveres.
-¡Aguantad de firme! -gritó Porta
despreocupado-. Satanás nos espera al final de la cuesta.
Frenó
bruscamente, los ganchos se hundieron aullando en el hielo, brotaron enormes
trozos y el trineo viró casi 90° en el camino de dos metros de hondo. A una
velocidad infernal, continuó patinando de costado. Un recluta fue arrojado a
carretera y el trineo siguiente le arrolló. Pero ¿quién se iba a preocupar? La
muerte se nos va a cada momento.
El soldado está acostado en la fosa común
La mujer en un lecho extraño ..
Canturreaba
Porta con indiferencia, frenan más fuerte. Se rompieron unos ganchos, corren
frente a las primeras chozas y llegamos como bólido al recodo rogando a Dios
que no hubiera minas, pues de lo contrario éramos hombres muertos. Los
guerrilleros solían enterrarlas en los recodos, y numerosos vehículos
calcinados estaban allí para atestiguarlo.
El trineo de
tres toneladas cabeceaba con un buque en mar encrespada. Porta giró el volante,
soltó el freno un instante y luego lo piso fondo. Era una hazaña, con un
vehículo tan carga do. Sesenta ganchos se aferraron al hielo simultáneamente;
si se rompían, abordaríamos el tercer recodo a la velocidad de una granada de
centímetros, pero hechos papilla.
Todos nos
acurrucamos, con la cabeza entre las piernas, como pasajeros de un avión
durante un aterrizaje forzoso. Únicamente Hermanito
se irguió detrás de su ametralladora, pues el término del recodo era el sitio
preferido de los guerrilleros.
¡Justamente!
Una silueta camuflada de blanco cruzó el camino corriendo. Crepitó la
ametralladora. En un relámpago, la silueta blanca tendió los brazos ante sí
antes de que los ganchos de los frenos la atraparan. Un pedazo de pierna con
bota aún vuela por el aire. Una granada en la choza de la derecha, y Porta
soltó el freno. Aumentó la velocidad y el trineo brincó. ¡Uf! Una vez más,
hemos salido del apuro.
Pero ¡vaya
frío! ¡Vaya frío! Nos helaba hasta el tuétano.
-¿Quién habrá inventado estos féretros
deslizantes? -preguntó una voz.
-Un coronel alemán -respondió Heide, que
siempre estaba bien informado.
Hermanito opinó
rabiosamente que deberían hacerle subir en uno de ellos con las nalgas al aire.
-¡Minas! -chilló de pronto Porta.
Un puño de
gigante nos apretó la garganta. En plena mitad de la pista, aquel montoncito
blanco semejaba un puchero boca abajo. Porta frenó a muerte, el trineo giró
hasta casi volcar, recobró el equilibrio, menguó la velocidad y durante un
segundo pudimos creer evitado el peligro. Pero hubo un crujido siniestro!
Saltaron varios ganchos y, a gran velocidad, resbalamos hacia la muerte.
-¡Dios mío! -gimió El Viejo crispando sus manos sobre el parapeto.
Detrás de
nosotros, los bisoños no habían comprendido nada. Los guerrilleros, sus minas,
¿qué sabían ellos de eso? Nosotros nos dispusimos a botar del trineo; más valía
romperse brazos y piernas que quedar hecho papilla por aquellos ingenios
diabólicos.
-¡Fuera! -chilló Porta por detrás de su
espalda.
Los bisoños no
se atrevían; el chisme corría demasiado. No sabían que chocar con una mina era
la muerte sin remedio: aquel tipo de artefacto arrancaba el fondo de un «Tigre»
de sesenta toneladas. Por la noche, los guerrilleros, camuflados de campesinos,
cavaban un hoyo en el hielo, colocaban la mina y echaban agua encima que
cuajaba inmediatamente. Sólo un viejo zorro como Porta podía adivinar la trampa
mortífera.
-¡Fuera! -chilló Porta empujando al
recluta más próximo.
Heide saltó y
desapareció en un montón de nieve; Hermanito
tiró a dos reclutas por encima del tablero antes de saltar a su vez; Porta
intentó frenar poniendo marcha atrás...: un crujido atroz.
-¡Aviones! -gritó entonces El Viejo.
Aquello lo
comprendieron los bisoños, porque se lo habían enseñado en el cuartel y, en un
abrir y cerrar de ojos, estaban en el suelo. Llegué de cabeza a dos centímetros
de un poste telegráfico. Por un pelo, no me rompí la crisma. En aquellos
momentos, un buen casco de acero hubiera resultado útil, pero hacía tiempo que
no lo llevábamos, pues eran más molestos que otra cosa. Un casco impide ver y
oír, dos cosas capitales en el frente.
El trineo
seguía deslizándose hacia la mina, pero he aquí que, en el instante supremo, un
viraje insensato de Porta la evitó.
-¡Mina! -gritó Barcelona, que llegó detrás en el segundo trineo.
¡Demasiado
tarde! El trineo dio una vuelta de campana y rodó de costado hacia la mina. Un
geiser de llamas... Hasta la nieve pareció arder... ¡Cadáveres en todas partes!
Pero surgió el tercer trineo, el de las municiones. Sus ganchos de frenos se
hincaron en la nieve, giró en torno de sí mismo, patinó por encima del talud de
nieve, dio varias vueltas de campana y estalló. El teniente Wencke fue arrojado
al aire como una antorcha viviente; nos apresuramos, pero ya sólo era una momia
carbonizada.
La nube de la
explosión se disipó lentamente. En todas partes había restos ensangrentados
mezclados con el acero despedazado. Barcelona
yacía un poco más lejos en el campo, con el pecho desgarrado y el uniforme
hecho trizas. Lo curamos como pudimos y le llevamos al camino, donde el
sanitario se atareaba curando a los demás. Pero allí, atrapado bajo el trineo,
medio aplastado, el jefe artillero seguía respirando. Daba horror verle...
-¡Señor -rogaba El Viejo-, hazle morir!
Aterrados,
contemplamos lo que poco antes era el rostro de un hombre de veinticinco años:
nariz y orejas habían desaparecido, la boca era un agujero negro, la lengua
estaba arrancada de la garganta y colgaba un ojo en un jirón de carne ante los
dientes al descubierto. Sobrecogido, Gregor empuñó su pistola, pero El Viejo le agarró meneando la cabeza.
-No hay otro remedio -balbució Gregor-:
Nunca más tendrá semblante humano.
Entonces, El Viejo contempló a los reclutas
horrorizados que se agolpaban en torno de la carnicería.
-¡Fijaos
bien! -dijo con los dientes apretados-. Ésta es la vida del soldado que tanto
os han ponderado. Si algún día volvéis con vida, decid a vuestros hijos lo que
es, antes de que se desencadene otra guerra.
-Será
una suerte si no queda ciego -dijo el sanitario poniéndole una inyección al
pobre desvanecido.
-¿Puede
salvarse, en verdad? -preguntó Gregor estremeciéndose.
-En
Baden-Baden hay un hospital especializado, situado fuera de la ciudad. Fabrican
caras nuevas a los que ya las tienen rotas, pero ya no vuelven a parecer
hombres nunca más. Un hospital archisecreto detrás de altas murallas. Nadie
puede ver a esos monstruos y ellos no tienen derecho a salir, porque eso
debilitaría la moral del pueblo.
Los heridos
fueron llevados a los trineos y nos pusimos en marcha hacia las primeras
líneas; se trataba de llegar antes de que la artillería rusa empezara. En
cuanto a los muertos, se avisaría a los sepultureros; aquello no era cuenta
nuestra.
Barcelona, que había
recobrado el conocimiento, gemía que partía el alma; su vendaje ya estaba
empapado en sangre. En cuanto se hizo el relevo, la infantería trajo a sus
heridos y los subió a los trineos. Algunos morirían a la llegada, pero no
podíamos negarnos a llevarles aunque faltara sitio. Apenas salidos de la aldea,
la artillería empezó a tronar. El legionario miró su reloj.
-Las once en punto, como siempre.
Llevamos a Barcelona al hospital de campaña y
sobornamos a un médico para que se ocupara especialmente de él. A la mañana
siguiente, visitamos a nuestro camarada; tenía una cánula en el pecho y su
aspecto era espantoso. Junto a su cama, la comida que no había probado:
salchichón, un huevo, una naranja... ¡Vaya maravilla! Hermanito devoraba el plato con los ojos!
-Oye, Barcelona, si en verdad no tienes hambre, ¡a mí eso me sentaría muy
bien!
Barcelona, con mirada
apagada, meneó la cabeza, pero el gigante también miró de soslayo la
canadiense.
-¿Y si me prestases tu canadiense,
mientras, estés en el hospital?
Esta vez se
llevó una negativa clarísima y el herido puso ojos tan implorantes que El Viejo dio un puntapié a Hermanito. Dejamos a Barcelona todos nuestros cigarrillos de
opio y dos litros de vodka. Si se quiere sobrevivir, es importante tener algo
que dar; y prometimos volver al día siguiente no sin una mirada nostálgica de Hermanito a la canadiense. ¡Claro que le
comprendíamos! No llevaba más que la túnica de camuflaje sobre el delgado
uniforme de carros y si Barcelona
moría, un sanitario revendería la canadiense a precio de oro. Aquello todo el
mundo lo sabia.
A nuestro
regreso, al otro día, nos enteramos de que Barcelona
había sido enviado a un hospital de Stalingrado.
-¡Se han largado los dos! -gimió Hermanito-. Él y canadiense. ¡Menudo par
de canallas!
Todo cuanto hemos esperado, todo
aquello a lo que tendían nuestros esfuerzos se ha tornado realidad. Tenemos un
Führer y un Estado en orden, y a ese Führer, Adolf Hitler, le seguiremos hasta
el fin.
Pastor Steinemann
5 de agosto de 1933.
El SS reichsführer Heinrich Himmler, sentado a su escritorio,
contemplaba con aire pensativo al standartenführer Theodor Eicke perezosamente retrepado en un gran sillón.
Himmler se levantó y empezó a pasear por la estancia
haciendo rechinar sus zapatos. Fuera la Prinz Albrecht Strasse estaba blanca de
la primera nieve del año. Himmler dio media vuelta bruscamente y se acercó a
Theodor Eicke.
-Espero,
por su bien, amigo mío, que lo que acaba de decirme sea verdad.
-¡Reichsführer! -exclamó Eicke con una sonrisa siniestra-.
Esa mierda fanfarrona tiene un cuarto de judío. Hace tiempo que lo sé, pero
hasta ahora no he tenido la prueba. Eso salta a la vista, por lo demás. ¿No le
parece a usted?
Himmler meneó la cabeza y cerró un instante los
ojos. El lenguaje cuartelero de Eicke cada vez le molestaba más. Sonrió
fríamente.
-Gracias. ¿No hay más novedad?
Entonces, heil Hitler! -tronó Himmler deseando no volver a ver nunca más en su vida a Eicke.
Una vez solo, descolgó el teléfono.
-Mándenme al obergruppenführer Heydrich -ladró tamborileando sobre los
documentos que Eicke acababa de entregarle.
Unos instantes más tarde, entraba silenciosamente
Heydrich: una fiera con patas de gato. Himmler le contempló un instante a
través de los ojos entornados, pero Heydrich le aguantó tranquilamente aquella
mirada inquisidora con todo y presentir perfectamente el peligro.
-Tome asiento, obergruppenführer -dijo Himmler designándole un sillón
caliente aún por la presencia de Eicke.
Heydrich se sentó. Rostro impasible, ojos azules
fríos como el hielo, un uniforme gris claro que desprendía un débil olor a
caballo. Todas las mañanas, de cinco a siete, se paseaba a caballo con su
mortal enemigo el almirante Canaris. Heydrich era un elegante oficial, muy seguro
de sí mismo.
Himmler se quitó las gafas, las manoseó y volvió a
ponérselas. Los dos hombres se observaron algunos instantes, pero Himmler fue
el primero en bajar los ojos. Hojeó sus documentos con aire pensativo y luego
articuló sin levantar la vista:
-De
hecho, ¿qué nombre figuraba en la lápida funeraria de su abuela,
obergruppenführer?
Los delgados labios se abrieron en una sonrisa
helada y Heydrich se atiesó, pero los implacables ojos azules brillaron
peligrosamente.
-Se llamaba Sarah, reichsführer.
-Dicen que ha hecho desaparecer
usted esa lápida funeraria -dijo Himmler mirando esa vez fijamente a su
interlocutor.
-¿Desaparecer? ¿Cómo pueden decir
eso? Había costado muy cara.
-Tranquilícese, se ha recuperado.
Pero, como por casualidad, el nombre de Sarah ha desaparecido. ¿Se da usted
cuenta?
-¿Ese nombre de Sarah figuró
alguna vez en la lápida funeraria de mi bisabuela, reichsführer?
Himmler miró detenidamente en silencio a su mejor
general y se percató de que era, con mucho, el más peligroso. Volvió a sentarse
pesadamente.
-Está
bien, Heydrich. Olvidémoslo.
Heydrich sonrió triunfalmente. Estaba diciéndose que
también él poseía armas, pero que más valía aguardar una ocasión más favorable.
EL DESAYUNO DE PORTA
-¡Y
procura que se levanten todos! -ladró el suboficial de guardia Lutze abriendo
la puerta de un puntapié-. ¡Parte inmediato al comandante! Servicio especial
-añadió con sonrisa malvada.
-¡Nos
ciscamos en él! -gruñó Porta tapándose con la manía.
-¡Tomo
nota: desacato! -gritó Lutze.
-Oye,
¿es que te pica el culo? -gruñó Hermanito-.
¿No ves que estamos durmiendo?
Porta soltó un
sonoro pedo:
-Toma, lleva eso al comandante -dijo con
una carcajada.
De todos
modos, salté de la piltra, pues una desobediencia podía tener penosas
consecuencias. Soltando tacos, me puse el uniforme. Todos se levantaban
bostezando; Porta atrapó un piojo en su enjuto pecho de pájaro.
-Yo no puedo hacer nada antes de
desayunar -masculló.
-A estas horas de la noche no lo harás,
lo sabes perfectamente.
-Eso ya lo veremos -declaró Porta
dirigiéndose hacia la cocina de campaña.
El suboficial
llegó a toda marcha. El ranchero chilló lo suyo, pero todo el personal de la
cocina estaba viento en popa. La puerta se cerró restallando sobre nosotros.
-¡Y
hablan de la camaradería del frente! ¡Esos canallas no te darían ni una gota de
café! Sin el café de la mañana todo anda mal. Eso es lo que la cultura nos ha
dado a los alemanes. Dicen que Adolf nunca toma café por la mañana: señal de
decadencia. ¡Claro que él es austriaco!
-Bueno,
iremos a ver en la 3.a compañía. Su ranchero me debe dinero.
Llenos de
esperanza, nos dirigíamos hacia la 3.a compañía cuando el teniente
Weitz nos pillo a paso de carga.
-¡Ah,
sois vosotros! ¡Ya era hora!
-¡Cálmate,
Ulrich! -dijo Porta al febril teniente-. No porque lleves una gorra de pisos y
cordones de plata tienes que chinchar a viejos camaradas. No hay prisa.
-¡Cabo
Porta! Según el párrafo 165...
-También
me cisco en el párrafo 165 -replicó apaciblemente Porta-. Así es que no te
canses. ¿Has olvidado el día que te saqué del hoyo? Y si no hubiese demostrado
ser un buen compañero, todavía estarías agitando el culo en el aire, sirviendo
de cagadero a los gorriones.
-También
yo te pagué -replicó el teniente calmado de golpe.
-¿Me
diste propina, por un casual? ¿Sabes cómo castiga el reglamento a quien soborna
a un soldado en filas? Mira, Ulrich, a pesar de tus cordones, nunca serás más
que un burro.
Mientras se
cruzaban aquellas lindezas, nos dirigíamos como quien no quiere la cosa hacia
la cocina de campaña de la 3.a compañía. Porta sacó de su cama al
ranchero Eichert quien, sin rechistar, nos hizo café en un infernillo de
alcohol. El teniente, olvidando totalmente las circunstancias, devoraba un
bocadillo de jamón mientras el ranchero conseguía de Porta un nuevo préstamo a
interés fenomenal.
-¡Pero,
bueno, hombre!¡Os habéis dignado venir! -gruñó el coronel Hinka una hora más
tarde cuando nos vio en posición de firmes-. ¡Habéis tardado lo vuestro! Bueno,
dejémoslo. -Extendió un mapa sobre su escritorio-. Misión especial para
vosotros tres. Es menester que me entere de lo que maquinan los rusos. Sabemos
que hay una unidad de carros en posición cerca de X. Iréis a explorar la línea
enemiga entre X y Yersovka.
-Gracias
a Dios el café me ha dado fuerzas -murmuró Porta.
-He
avisado a la infantería. Cruzaréis el seto ahí -continuó el coronel sin hacer
caso de la reflexión de Porta y señalando un punto en el mapa-. Poned vuestros
relojes en hora. Son las 23,45. Dentro de seis horas, os presentaréis ante mi.
Si rebasáis ese tiempo en media hora, habrá consejo de guerra. Así es que os
sobra tiempo. Alguna pregunta?
-Mi
coronel, pregunto, ¿cuál es la longitud de las líneas enemigas? El Führer
asegura que se extienden desde el Polo hasta el mar Negro. OK podemos efectuar
una ida y vuelta hasta el Polo en seis horas para decirle a usted la cantidad
de petardos que posee Iván. Hay que ser justo.
-¡Basta ya, Porta! -dijo Hinka riendo-.
El frente que debéis explorar es de cinco kilómetros.
-¡Cinco kilómetros! Entonces, ¿1.666,67
m para cada uno? Mi coronel, es cosa hecha.
La noche era
de tinta y empezaba a nevar. Todos opinábamos que un poco de reposo no sentaría
mal, y encontramos un matorral que se prestaba para una ronda de coñac francés.
Me lo procuré un día en el Cuartel General del general Paulus; en esos sitios
no suelen ser mezquinos.
-Eso
no es nuevo -explicó Porta-. He oído decir que hace muchos años estalló una
guerra de «boxeadores»[1]
en China y que todos los países del mundo mandaban allá sus Ejércitos. En el
desierto chino, evidentemente no había abundancia, pero, una mañana, la Policía
encontró al coronel del 1.er batallón de Marina ante una mesa tan
bien servida que les extrañó. Una vez informados, resultó que se comían a una
chica china. Le costó la cabeza al coronel. ¡Muy bien hecho! ¿A dónde iríamos a
parar si cada jefe pudiera contar con un subordinado para la sopa del cocido?
-¡Lo
que rajas! -gruñó Hermanito-. El
garbeo de esta noche es muy poco para mí. ¿Por qué no ha pedido voluntarios
Hinka? Hay un montón de cretinos que no buscan más que conseguir una
condecoración.
-¡Vaya!
Ya saldremos del paso.
-Sí.
Pero a mí se me pone la piel de gallina y no de frío por cierto. ¿Te das cuenta
de que tenemos siberianos delante? ¿Te hace tilín ser clavado en un árbol como
la patrulla del 2.° regimiento de Carros?
-No
hables de cosas desagradables, idiota ¿Qué hora es?
-Las
doce menos cuarto.
-Entonces
será mejor ir allá, aunque yo preferiría quedarme bajo este arbusto e inventar
parte satisfactorio. ¡Es una lata esto de depender de militares!
Porta bostezó
y se desperezó. Sin ruido, ganamos el no
man’s land. Hermanito y yo cada
uno bordeando un lado del seto y Porta un poco más adelantado. En la noche, se
distinguía vagamente su flaca silueta.
De pronto, se
oyó un débil tintineo como una funda de máscara de gas chocase con un fusil. Me
arrimé a Porta, que se había quedado quieto detrás de un matorral.
-¿Has oído?
-Cállate. Tumbaos en la nieve -mandó
amartillando su fusil ametrallador.
-¡Pero no irás a disparar, digo!
-exclamé aterrado.
-Solamente si nos descubren.
Como sombras,
cinco rusos salieron de la maleza, demasiado altos para ser siberianos. Eran
gigantes de la estatura de Hermanito.
Pasaron tan cerca que ni siquiera nos atrevimos a respirar. Se pararon un
instante, escucharon... ¿Habrían visto nuestro rastro en la nieve? Empuñé la
pistola... No; prosiguieron. El trasero de Porta petardeó con un ruido de
granada que estalla.
-¡Cacho
de cerdo! -murmuró Hermanito-. ¡Vas a
despertar a todo el Ejército Rojo!
-No
lo puedo evitar. Cuando tengo miedo pierdo el control de mi agujero de bala y
los pedos salen como los de un chivo en celo. ¡He nacido así!
-Muy
gracioso para los demás -gruñó el gigante-. ¡Por lo menos que te hagan una
tapadera!
Dejamos
transcurrir diez minutos para calmarnos los nervios, y luego tuvimos que
continuar hacia el río reptando ante las posiciones rusas. Allí había un nido
de ametralladoras. Porta se enganchó en una alambrada y los pedos volvieron a
salir para nuestro mayor terror. Hacia el Sudoeste, una batería enemiga en
avanzadilla. Un centinela gritó preguntando el santo y seña. A falta de otra
cosa, Porta contestó con una obscenidad, el centinela replicó con una blasfemia
no menos obscena y volvió a su escondite. Agazapados en un profundo hoyo,
señalamos en el mapa lo que vimos. Misión cumplida, pero ahora se trataba de
regresar intactos.
Compartimos
entre los tres un cigarrillo de opio y, arropados en nuestros abrigos de nieve,
fumamos en silencio. Muy lejos retumbaba el cañón; si no, el silencio hubiera
sido completo. En el cielo oscuro seguimos la huella de los proyectiles de la
defensa antiaérea, pero era tan lejos que no oímos los disparos. Aquella calma
profunda era tan apaciguadora que olvidamos completamente dónde estábamos. Cada
paso podía echarnos en brazos de una patrulla rusa y encontrarnos con un nagán en la nuca.
Pero he aquí
que el sendero bifurcaba. Tras breve discusión, echamos por el camino de la
derecha, pero al parecer había algo que no funcionaba
-Calma
-dijo Porta-. Todos los caminos llevan al cementerio. Recto y volvemos. -De
pronto, se paró y se quedó boquiabierto-. ¿De dónde diablos sale ese bosque?
-¿Qué
bosque? -preguntó Hermanito.
-¡Imbécil!
¡Hasta un ciego vería que es un bosque! No lo entiendo; ¡no debería haber
ninguno y, sin embargo, ahí está el maldito bosque ese!
-Nos
hemos corrido demasiado a la derecha -dije mostrando el mapa-. Si hubiésemos
echado por la izquierda, habríamos llegado a ese riachuelo, y no tendríamos más
que seguirlo para topar con el 108 de Tiradores. ¡Ahora sólo el diablo sabe
dónde estamos!
-Hay
que preguntarlo a Iván -replicó Porta-, pero a estilo militar, porque ésos
mienten que hablan.
Sentados en
corro, nos preguntamos qué debíamos hacer. Hermanito
sugirió meterse en el bosque, de momento para escondernos, y luego con la
esperanza de descubrir allí algo.
-¡Tenéis
suerte de que esté con vosotros! -se guaseo Porta-. Si nos metemos en ese
bosque bolchevique y descubrimos algo que los jefes ignoren, nos van a
acariciar la mejilla.
-Eso
puede beneficiar más de lo que se cree.
-Bueno.
En cierto sentido llevas razón, Továrishch
Creutzdeldt. Estaremos a resguardo bajo los árboles y no es necesario
contárselo todo a Hinka. En la milicia, cuanto menos se charla mejor. Eso
alarga la vida.
Así es que
entramos en el bosque. De pronto, un débil resplandor...
-¡Iván!
-murmuró Hermanito con terror.
-Sven
a la derecha, Hermanito a la
izquierda -ordenó Porta-. Aquí de vuelta dentro de un cuarto de hora; ved si es
una caverna o un bunker. Les cuesta estar ahí, puesto que se iluminan.
Un rápido
reconocimiento y Porta surgió muy excitado.
-Nada
difícil. Roncan como en tiempo de paz. Un poco más lejos, en el bosque, hay un
carro de cuatro ruedas motoras que me parece debe ser una estación de radar. Lo
guindamos y volvemos tranquilamente para la segunda taza de café con leche.
-¿Estarás
chalado? Si es lo que dices, hay seis hombres de dotación, y si es un
coche-radio significa que un Estado Mayor anda por los alrededores. Y donde hay
un Estado Mayor, hay centinelas.
-Además,
si lo guindamos, ¿qué dirección tomaremos?
-El
camino que tomamos para venir. Nos equivocamos en la batería. Hay que
rebasarla, y estamos en casa.
-¿Y
te imaginas que van a dejarnos pasa por las buenas, porque lleguemos con un
carro
-¡Hatajo
de idiotas! Ni siquiera un comisario ruso sospechará que hay tres héroes
prusianos en un carro de Iván. Arrojemos un tomate en el agujero antes de
llamar a la .puerta.
Nuevo
reconocimiento silencioso y volvimos a reunimos.
-¿Qué
hay?
-Nada.
Ni siquiera el SPW (Schützen-panzerwagen)
con el que sueñas -dijo prudentemente Hermanito.
-¿Y
lo has visto todo? -preguntó Porta receloso.
-¿Por
quién me tomas?
-Por
el mayor bandido del regimiento. ¡Hace tiempo que te conozco!
-Yo
-dije- he estado a punto de toparme con cuatro tíos que dormían junto a un
coche-radio de treinta y siete milímetros. Eso aparte, ni un alma.
-Allá,
en un hoyo, hay tres que se tragan medio cerdo -añadió Porta-, y otros dos
roncan bajo un toldo en el bosque.
-En
total nueve hombres, y es un grupo de radio. Así es que añade un batallón en
algún lugar del bosque. ¡Si empezamos a tirar granadas, adiós Ninón!
-¡No
os caguéis en los calzones! Ese SPW (Schützen-panzer-wagen,
half-trac) es un verdadero regalo. Hermanito,
tú te encargas de los dos que están bajo el toldo; tú, Sven, te ocupas de los
del hoyo, pero, por el amor de Dios, ¡no eches a perder el asado de cerdo! ¡Ya
lo estoy saboreando!
-¡Eso
no me gusta nada! Presiento que acabará mal.
-Futesas.
Haz lo que te digo.
¿Nos habrían
oído? Un oficial subalterno se asomó a medias del hoyo y dio una orden gutural
a la dotación del carro. Una antena se elevó zumbando. Los acontecimientos se
precipitaron. Porta lanzó un paquete de granadas contra los cuatro rusos del
carro, que se desplomaron en un relámpago de fuego. Dentro del bosque ladró una
ametralladora, y yo arrojé mis granadas en su dirección. Se produjo un silencio
mientras Hermanito cuidaba de los dos
hombres bajo el toldo. Desde el hoyo, crepitaba un «MPI». Arrojé una granada en
la entrada, pero no lo bastante lejos, y los dos hombres con abrigos de pieles
salieron con las manos a la cabeza. Les registré rápidamente; iban desarmados,
lo cual era razonable de su parte. Les atamos en un periquete. Vi la cara de
Porta asomar triunfalmente del vehículo.
-¡Eh, muchachos!¿Qué os dije? La mar de
fácil. Tenemos taxi y prisioneros.
En el mismo
instante, Hermanito echó cuerpo a
tierra y soltó un montón de granadas en el refugio.
-¡Muerte
en el infierno! -gritó Porta entrando-. Qué bien huele a vodka. Hacen juerga en
plena guerra; ¿qué dice Stalin a eso?
Los restos del
cerdo estaban sobre la mesa. ¡Comimos y bebimos! Pero Porta echó mano a una
cartera llena de documentos y afirmó que eran cartas cruzadas entre generales.
-Una carta de un gran general a un
pequeño general -explicó el pelirrojo.
-¿Cómo lo sabes? -pregunté asombrado.
-Lo sé todo. Escucha y verás:
Querido
Steicker:
Haga salir a un oficial muy seguro de ese infierno a
fin de exponer al Führer la catástrofe a que está abocado el Ejército tras la
brecha rusa de Kalch.
Su afectísimo,
Schmidt.
-No
es difícil entenderlo. Un mariscal de campo puede permitirse escribir «querido»
a un general de división y terminar su carta con «su afectísimo». El general de
división quedará halagado, ¡pero qué cara pondría el mariscal en el caso
contrario! Es imposible. Muchachos, he aquí otra carta no menos interesante,
pero en ésta se nota frialdad entre los corresponsales; se comprende en
seguida.
ULTRASECRETO
Golumbískaia,
16/11/42
Traído por
oficial para el general Seydlitz.
LI. AK (51.°
Cuerpo de Ejército).
Reorganización
de las unidades siguientes; 16.a y 24.a Panzer
Divisiones. 3.er Div. de Inf. 100.° Cazadores. 76.a, 113.a
y 384.a Div. de Inf. Hay que emplear los medios más duros.
Heil Hitler!
«O.B.»
-Cualquiera
puede darse cuenta de que los dos jefes no son amigos.
-Pero
¿por qué se mete con la 16.a? -preguntó Hermanito estupefacto-. ¡Es nuestra división!
-¡Santa
Magdalena de Omsk! ¡Tienes razón! ¿Cómo demonios están aquí en manos de Iván
esas cartas de generales? -Porta hurgaba en los papeles-. ¡Esos brutos han
cogido todo un saco postal de los nuestros!
-¿Y
si interrogásemos a los prisioneros? Lo confesarán todo desde hace cincuenta
años.
-Nada
en absoluto. Regresemos pronto -dijo Porta empujando a los rusos dentro del
carro.
Una vez bien
cerradas las escotillas, el pesado vehículo tomó de nuevo el camino que
hubiésemos debido seguir. Ningún ruso intentó pararnos. En cambio, nos
dispararon alemanes cuando cruzábamos nuestras líneas.
-¿Les
rociamos? -gruñó Hermanito
maniobrando ya con su cañón.
-No
hagas el imbécil -respondió Porta quien, con un elegante golpe de volante,
condujo el carro justo frente a la puerta del PM. Prestamente, saltó de la
torreta y dio un taconazo reglamentario ante el coronel Hinka.
-Se
presenta el cabo Joseph Porta. Misión cumplida. Sin novedad digna de mención.
-¿De
dónde viene ese carro? -preguntó el coronel pasmado, indicando la estrella roja
de la torreta.
-¡Oh!
Pues eso -respondió Porta con indiferencia- se lo hemos tomado prestado a Iván
porque se nos hacía un poco tarde.
-Porta
-exclamó el coronel-, basta de payasadas. Quiero un informe correcto.
-Informo
a mi coronel: fue completamente por casualidad. La culpa la tiene ese maldito
bosque bolchevique; de repente nos hemos encontrado delante de esa máquina de
hacer chispas y ha habido que romperles la cabeza a algunos tíos para tomarla.
En ruta, también hemos traído dos prisioneros, ladrones de sacos postales.
-¿Se
burla usted de mí, cabo?
-Informo
a mi coronel de que no se me ocurriría no tomarme la guerra en serio. Hermanito, vete a buscar a los dos
ladrones. Diles que serán fusilados.
Los
prisioneros fueron sacados brutalmente del carro por el gigante, y un teniente
se apresuró a cortarles las ataduras.
-Pero,
¡estoy soñando! -dijo el coronel, que miraba con estupefacción a los dos rusos.
-Son
dos auténticos Ivanes -aseguró Porta con un gesto de la mano.
-¿Quiere
usted decir que ignora de veras el grado de sus prisioneros?
-Informo
a mi coronel: esos dos Ivanes deben sufrir consejo de guerra por robo de
correspondencia. Esto es serio, mi coronel; cuando estábamos en Torgau...
-¡Menos
cuento! Uno de ellos es teniente general, y el otro, coronel.
Porta se quedó
un momento pasmado y luego ya no titubeó: se cuadró ante los dos prisioneros.
-¡Lo
que llega a hacerse en esta guerra! -murmuró Hermanito- ¡Pensar que acabo de dar de patadas en el culo a dos
oficiales! Que el señor teniente general y el señor coronel me perdonen; no
volveré a hacerlo.
Y se puso
firmes como Porta.
Te juramos, Adolf Hitler, serte fieles.
August Wilhelm, príncipe de
Prusia, 1933.
El SS obergruppenführer y jefe de la RSHA (Centro de Seguridad del
Estado) Reinhard Heydrich recorría rabiosamente las oficinas del número 8 de la
Prinz Albrecht Strasse, insultando a quienes encontraba a su paso. De un
puntapié, abrió la puerta de su propio despacho antes de que el ayudante
hubiese podido acudir y cogió el teléfono.
-¡Schellenberg!
-ladró-. ¡Preséntese aquí en seguida!
Sin aguardar respuesta, colgó, apretó un botón,
aguardó unos segundos, volvió a apretar y se balanceó enfurecido sobre la punta
de los pies. En el altavoz retumbó una voz vulgar:
-Gruppenführer Müller, Gestapo.
-¡Está
usted durmiendo, Müller! -chilló Heydrich-. ¡Le espero! ¡Y rápido!
Se desplomó en un gran sillón y esperó con impaciencia
a sus dos jefes de sección. Un oficial de servicio abrió la puerta, dio un
taconazo y anunció:
-SS
gruppenführer
Müller, Gestapo, y SS brigadenführer
Schellenberg, SD, (Servicio de Seguridad).
Walter Schellenberg fue el primero en entrar. Iba,
como de costumbre, de paisano, con un traje discreto gris oscuro. Gestapo
Müller iba detrás de él, pero con un uniforme desaliñado. El ex cartero de
Munich nunca pudo aprender a ser un oficial correcto. Schellenberg saludó
sonriendo apaciblemente. Müller, siempre congestionado y vacilante, no sabía
qué actitud adoptar.
-Buenos
días, señores -gruñó Heydrich-. Espero que, por lo menos, hayan dormido bien.
-Miró fijamente un instante a los dos generales SS y luego apuntó con su regla
cuadrada a Müller-. ¡Usted! Mientras roncaba en su edredón, el Führer me
telefoneó. Huelga decir que ha sido muy desagradable; mi paseo a caballo se ha
retrasado media hora. El Führer me ha echado una bronca, ¿oye usted, Müller?
¡Me ha echado una bronca a mí! Y la culpa es de usted porque estaba durmiendo
en lugar de hacer su servicio. ¿A qué hora llega usted a la oficina, por la
mañana?
-A las 8.30, obergruppenführer.
-¿Sigue usted creyéndose en
Correos, por casualidad? ¿Y añora la buena vida de cartero rural? ¡Entonces,
dígalo! ¡No hay nadie tan fácil de sustituir como usted, Müller!
Müller se ponía colorado y, en aquel instante,
aspiraba a todas las enfermedades, pues en verdad añoraba la vida de cartero.
-El
Servicio secreto del Ejército ha interceptado un telegrama que el embajador de
Bélgica en Roma ha mandado a su ministro de Asuntos Exteriores. Le revelaba,
sencillamente, nuestro plan de agresión contra Bélgica y Holanda. ¿Qué le
parece a usted?
-Conozco ese telegrama -dijo
sonriendo Schellenberg- e incluso estoy seguro de haberlo entregado el mismo
día en que nuestras tropas cruzaron la frontera holandesa.
-Lo recuerdo -replicó Heydrich
con aire despreciativo-, y no chocheo, aunque haya gente que lo crea, pero,
señor Schellenberg, de que sea YO quien esté al corriente de un asunto como ése
o... el Führer, hay un matiz, ¿comprende usted, brigadenführer?
-Lo comprendo muy bien -dijo
Schellenberg siempre sonriente y sin poder dejar de admirar en aquel instante
el demonio que era Heydrich-. ¿Qué le pasa al Führer? -preguntó prudentemente.
-Lo de costumbre. Siempre
secreto. ¿Qué se ha creído usted? Tiene sus planes como nosotros tenemos los
nuestros. -Heydrich se volvió bruscamente hacia Müller-. Y usted, Sherlock
Holmes, ¿qué sabe sobre todos nuestros traidores? El almirante Canaris, el
embajador Ulrich von Hassel, el oberburgermeister Goedler, el comandante general Oster, y ese
bandido hipócrita de general Beck?
-Obergruppenführer... -empezó Müller, balanceándose.
-¡Estese quieto! -chilló
Heydrich, irritado.
El jefe de la Gestapo tartamudeó aún más.
-Todos
esos traidores son seguidos día y noche.
-¿Ha puesto usted a otros sobre
aviso, además de a mí?
-No, obergruppenführer; todo se lo mandamos bajo sobre lacrado.
-¿Y qué ha sido del sturmbannführer Axter de vuestra división 111/2? ¿También
le ha hecho seguir día y noche?
-Todos están vigilados.
-Entonces -preguntó Heydrich con
una sonrisa pérfida-, ¿ha tenido usted noticias de Axter desde ayer por la
tarde?
Müller reflexionó un instante y respondió
negativamente prometiéndose que el sturmbannführer Axter se las pagaría todas.
-¡Bueno, pues no volverá usted a
tenerlas, amigo mío! Axter ha sido ejecutado esta noche en la Morellenschlucht
y su cadáver ha desaparecido en los hornos crematorios de Oranienburg. ¡Pero se
equivoca usted gravemente si cree que seguiré haciendo su labor! Pudo haber
adivinado solo que un hombre que durante dos años ha servido en el Cuartel
General del Führer, cuando se presenta de golpe en casa de usted es porque es
un chivato. Ahora, ya se las compondrá usted para enterar de su desaparición al
Führer. Eso es cuenta suya; yo me lavo las manos. ¿Entendido, Müller?
-Sí, obergruppenführer.
-¿Y qué pasa en Roma, Müller?
¡Debe usted sabérselas todas, en calidad de jefe de la Gestapo!
Gestapo Müller tragó saliva con
dificultad.
-Sabemos que los belgas han
mandado un informe sobre el plan de ataque y conocemos al agente que lo ha
traído.
-¿De veras? -ironizó Heydrich
inclinándose sobre la mesa-. ¡Eso es de adivino, Müller!
-Sí, obergruppenführer -murmuró el Gestapo-. El hombre ha muerto.
Accidente de carretera; atropellado por un camión en la Via Véneto.
-¡Pero era un poco tarde!
-Hicimos lo que pudimos. No veo
el porqué...
-Quiero creerle, pero imagino que
estamos de acuerdo sobre el papel desempeñado en ese asunto por el almirante
Canaris. Ahora bien: no olviden, señores, que por ahora el almirante es
absolutamente tabú.
Sonrió fríamente jugando con su regla y prosiguió:
-Esta
mañana el Führer ha nombrado a un zorro para custodiar a sus gallinas. Ha dado
orden a Canaris de descubrir al traidor.
Müller y Schellenberg no pudieron por menos de
soltar una carcajada. Heydrich se conformó con sonreír.
-Schellenberg,
usted que está en buenas relaciones con el almirante, compóngaselas para
intimar con él y dele un hueso que pueda ofrecer al Führer. Además,
proporciónele auxiliares que pertenezcan a nuestro servicio; no estaría mal
eso. Tenemos a la mujer de un oficial como secretaria en el 1V/2/B. Cédala al
almirante; además, ella tiene un hermano en Inglaterra. Pero también es menester
ayudar a ese buen hombre a descubrir los traidores; no me le figuro haciendo
detener a su persona y al general Oster. Tiene usted gente segura en Roma,
supongo.
-Sí, obergruppenführer; nuestra red es muy tupida.
-Bien -tronó Heydrich-. Podremos
entregar gente al almirante. De las declaraciones se encarga usted, y si hace
tonterías, volverá a pasearse, con la cartera al hombro, por los alrededores de
Munich. Se lo digo yo.
LA BATALLA DE «OCTUBRE ROJO»
Algunos días
más tarde, llegábamos al nordeste de Stalingrado, ante la gran acería de la
Armada llamada «Octubre rojo». En aquel paraje, desde hacía varios meses, se
libraban sangrientos combates; dos regimientos rusos estaban encerrados en los
astilleros. En todas partes no se veía más que una espantosa confusión de
aceros retorcidos y despedazados; la artillería había hecho enormes agujeros en
los gruesos muros. Un hedor a carne quemada producía arcadas, y hordas de ratas
corrían por la nieve, ratas de un tamaño que nunca habíamos visto, gordas como
gatos y algunas con la piel casi lisa. Heide afirmaba que aquellos horrendos
bichos tenían la peste pilosa, lo cual nos atemorizaba. Les arrojábamos bombas
de mano y casi nos daban más miedo aquellas repugnantes ratas que los rusos.
Un día. El Viejo fue llamado por el jefe de la
compañía, capitán Schwan, y cuando volvió a la trinchera, en seguida requirió a
Heide.
-Julius
-dijo-, la orden es atacar ese gran bunker que hace barrera delante de la
acería. Te encargarás de ello con tu grupo. Nosotros os cubriremos con las
ametralladoras. Tan pronto estéis al pie del bunker, se tratará de arrojar
granadas por las troneras y luego habrá que meterse dentro. Tendréis cinco
cargas magnéticas para cubrir las puertas.
-¿Estás
loco? ¿Crees que pueden tirarse granadas como si fuesen huevos en troneras
situadas tan arriba? ¡Es de delirio! Necesitamos un grupo de exploradores.
-Tienes
que volar ese bunker; es la orden -replicó El
Viejo-. ¿Cómo? Eso es cuenta tuya.
Heide soltó
una blasfemia furiosa, pero sabía Perfectamente que El Viejo había debido protestar ya antes con el capitán respecto a
aquella empresa de locos. No había más remedio, pues, que obedecer.
-Segundo grupo detrás de mí -ordenó
Heide echándose el fusil ametrallador al hombro.
Tomamos por
una calle, es decir por lo que debió haber sido una calle. Ahora aquello daba
la impresión de una marmita gigantesca que contuviese no sé cuántas casas
revueltas por un cucharón de cíclope. En un cubo, la cabeza cortada de un niño
contemplaba el cielo, estupefacta. ¿Una granada o un sátiro? Por doquier
cadáveres horrorosamente mutilados, casi todos de paisano; pocos de soldados.
Reptábamos a través de las ruinas. Porta encontró un hoyo en un montón de
escombros y se metió en él.
-Aquí me quedo -dijo emplazando su
ametralladora-; es el sitio ideal para cubriros.
-Ni hablar -gritó Heide-. Vete allá. Soy
el jefe del grupo y te ordeno que cambies de posición.
-¿Quieres que te parta la cara?
Una descarga
enemiga precipitó a Heide junto a Porta.
-Daré parte al regimiento; puedes contar
conmigo.
-Lo que quieras, pero entonces vuelve
con vida.
El capitán
Schwan llegaba corriendo a lo largo de la calle despanzurrada.
-¡Suboficial Heide! ¿A qué espera?
¡Adelante hacia el bunker!
Heide, con
mirada torva, se incorporó a medias.
-Informo
a mi capitán -atajó Porta-. Las ametralladoras emplazadas según las órdenes,
listas para cubrir con su fuego.
-¡Adelante,
suboficial! -chilló el capitán a Heide, a quien la impertinencia de Porta había
enmudecido de furor.
-¡Ese
maldito pelirrojo me las pagará! -tronó Heide borracho de rabia, abalanzándose
hacia el bunker sin siquiera cuidarse de los proyectiles, tan dolido se sentía
su ánimo de soldado.
Yo corría a
saltitos, seguido de cerca por Gregor y el infante de Marina Ponz, recién
llegado a la compañía y último superviviente de la flotilla del Don. El fuego
de ametralladora crepitaba a algunos centímetros sobre el suelo. Empezaban a
dispararnos con lanzagranadas; se trataba, pues, de llegar al pie del bunker
antes de que ellos hubiesen rectificado el tiro. Un dolor de costado me impedía
respirar. El corazón me palpitaba a estallar, y mordí la nieve de
desesperación.
-¡Basta de remilgos! -gruñó Heide,
empujándome-. Tienes que ser el primero en saltar, basura.
-¡No puedo! Mi corazón...
-¡Salta, asqueroso!
La ametralladora
de Porta crepita y las balas se enquistan en las paredes del gran bunker.
Detrás de una ametralladora, Porta era un hacha. Me encogí dispuesto a saltar,
pero sentí un miedo atroz. El fuego estaba demasiado cerca... Brinqué... En el
mismo segundo en que caí, los demás ya estaban a mi lado. El marinero llevaba
el saco de granadas, pero ahora era él quien ya no podía más.
-¡Os
podéis cagar encima de un pobre marinero! -gemía-. ¡Termino la guerra en este
hoyo y me meo en el Führer, la patria y el Reich!
-¡Cállate
ya! -rugió Heide-. Pero no cuentes con volver conmigo. ¡Me pregunto por qué el
Führer nos chincha con su Marina!
Los
lanzagranadas escupían, las ametralladoras tableteaban... Nos veían desde las
ventanas superiores de la gran acería y sabían lo que significaba que el bunker
sucumbiera. Era la caída de «Octubre rojo», orgullo de Stalingrado.
¡Pero lo peor
estaba aún por hacer! Un talud que trepar, cogido por el fuego de ellos desde
todos los lados. Heide fue el primero en lanzarse... Corrió por la nieve, saltó
por encima de un matorral y desapareció bajo el bunker. Le grité al marinero:
-¿Te quedas o vienes?
-¡Canalla! -me contestó hundiéndose más
profundamente en su hoyo.
Pegué un
brinco enorme y aterricé junto a Heide, justo bajo la muralla del bunker, que
nos dominaba con su colosal altura. ¡Tan colosal que creí que nunca la
alcanzaríamos! Me agazapé detrás de un gran bloque de hormigón, donde n sentí
un poco a resguardo.
-¡Tienes
miedo, acojonado!-se burló Heide-. Trae las granadas.
-¡Las
tiene el marinero!
Heide
me miró estupefacto:
-¡No
vas a decirme que estás aquí sin granadas!
-Las
llevaba el marinero. Según tus órdenes. ¡Yo no soy lanzador de granadas!
-Eres
el mejor de la compañía. ¡Vuélvete y ve a buscarlas!
-¡Pero
estás loco! ¡No llegaré siquiera allí!
-¡Vuélvete!
Es una orden.
-¡No!
-grité-. ¡Estás loco! ¡Haz que venga el marinero que las tiene! Sé que arriesgo
el consejo de guerra, pero vale más que la muerte segura.
-¡Aguarda
un poco! Ese cobarde sabrá quién soy yo. -Se incorporó y percibió al marinero,
que seguía agazapado en su hoyo-. ¡Vente acá con tus granadas! -chilló Heide
soltando una ráfaga bajo la nariz del marinero aterrado, quien acudió pegando
un gran salto, pero sin el saco.
-¡El
saco, el saco! -rugió Heide empujando fuera del talud al marinero, que estaba
lívido-. ¡Así es como hay que tratar a esos cobardes!
-¡Me
has disparado! -gemía el marinero, tumbándose-. ¡Hubieses podido matarme!
-¡Era
lo que me proponía!
Pero llegaron
el legionario y Gregor con las minas. Preparamos febrilmente las granadas;
cuatro granadas en torno de una botella de gasolina.
-Tú,
Sven -ordenó Heide indicando la tronera más próxima-. Yo disparo para
protegerte y tú lanzas los pepinazos.
-¡Pero
si eso no sé hacerlo!
-¿Obedeces,
sí o no?
Me arrastré
detrás de él, justo bajo la tronera desde la que tiraba el cañón del bunker.
Era imposible, alcanzar aquella hendedura que estaba a cuatro metros del suelo.
Retrocedí un poco para tomar carrerilla. Una ametralladora de la fábrica me
tenía bajo su fuego; el aire zumbaba en torno mío como un enjambre de avispas
enfurecidas. Eché el brazo atrás, tomé impulso, pero me fallaron las fuerzas.
El cóctel Molotov rebotó en la muralla y cayó al pie del bunker. Petrificado,
lo contemplé rodar y ni siquiera oí a Heide, que se abalanzó sobre mí para
empujarme al refugio. Explosión monstruosa. Una esquirla me arañó el brazo.
-¡Cacho de imbécil! ¡Ahora nos han
localizado!
Me quedé
jadeante; el brazo me ardía.
-Cuando
te lo diga -susurró Heide-, corres como el rayo hasta la hendedura, botas sobre
mi hombro y metes el pepinazo por la abertura.
Pese al fuego
bien dirigido de Porta, el cañón ruso tronaba sin parar. ¡Heide estaba loco!
¡Me quedaría sin mano si llegaba a colar el cóctel a través de la tronera,
sencillamente! Aquello se hacía con lanzagranadas, y nosotros no los teníamos.
Protesté. El brazo me dolía cada vez más.
-¡Embustero!
-gritó Heide golpeándome la herida-. Tienes un canguelo de aúpa y eres un
cobarde. -Me agarró del hombro, me zarandeó, me pegó en la cara con el revés de
la mano-. ¡Súbete a mi espalda, pero que en seguida!
Era bastante
más fuerte que yo y, si me resistía, me mataría; me mataría por sabotaje y todo
el mundo le daría la razón. Como en sueños, me subí a sus manos cruzadas y
salté sobre su hombro. Quité con los dientes el seguro de la granada y la pasé
por la tronera, pero asomó una culata que rechazó violentamente el artefacto.
Perdí el equilibrio, intenté enderezarme, arrastré a Heide en mi caída y, en
una nube de nieve, rodamos talud abajo hasta el hoyo donde estaba emplazada la
ametralladora de Porta.
-¡Hijo de perra!¡Lo has hecho adrede!
-rugió Heide fuera de sí-. ¡Pero me las vas a pagar y caro!
Loco furioso,
sacó su cuchillo de trinchera y, echando espumarajos, se abalanzó sobre mí.
Aterrado, trepé el talud sintiendo en el cogote el cálido aliento de aquel
frenético y, pegando un gran brinco, me lancé entre el legionario y Gregor. El
loco tiró el cuchillo en mi dirección y agitó amenazadoramente el puño hacia el
bunker que escupía fuego.
-¡Aguardad un poco, salvajes mogoles!
-gritó con voz ronca.
Empuñando una
mina «T», se abalanzó hacia la muralla, se agarró a algo que apenas sobresalir
se aupó con una fuerza inaudita, pero se desprendió y cayó. En un segundo
estuvo de pie, y salió de nuevo, loco de rabia, hacia el hormigón. Trepó...,
¿cómo? Nadie lo supo. La mina atada a una correa le colgaba del cuello. Si en
su rabia demente arrancaba la espoleta, no quedaría hada de él.
-Loco de atar -murmuró Gregor siguiendo
con la mirada al nazi fanático.
-Sí, pero un buen soldado -dijo el
legionario con admiración-. Se merece la Cruz de Hierro.
Heide había
llegado a la tronera. Se agarró del cañón que asomaba, se columpió como un
mico; se quitó la pesada mina y la empujó fríamente, través de la hendedura;
luego, se dejó caer y, pesa la altura de la caída, en seguida estaba de pie
-¡Pronto! ¡Por el otro lado! -gritó
corriendo en la dirección opuesta.
El legionario,
Gregor y yo apenas habíamos rodeado el bunker, cuando la pesada puerta se abrió
delante de una silueta cubierta de sangre. El legionario, a la velocidad del
rayo, le chafó la cara de un culatazo, dio un puntapié al cadáver y entró
corriendo en el bunker, que semejaba una carnicería. Nos agazapamos detrás de
las cajas de municiones; sobre nosotros tronaba un cañón.
-Marinero,
corre hacia Heide y le dices que estamos en este ataúd -ordenó Gregor-. ¡Y
rápido! Si no, nos endosa otra mina. Está bastante loco para hacerlo. ¡Lárgate,
canalla! -le chilló al marinero reacio, que salió y topó con Heide.
-¿Qué
hace usted aquí, presumido? ¿Por qué no está ahí arriba con Iván?
Me golpeó con
el cañón de su pistola.
-Toma la escala. ¿Quieres ser oficial?
¡Entonces, demuestra lo que sabes hacer, asqueroso!
Sin decir
palabra, agarré la estrecha escala de hierro que llevaba al piso de arriba,
abrí con precaución la trampilla y eché una mirada al primer piso. Rusos
tumbados en el suelo. El cañón retumbaba sin parar. El terror me oprimió la
garganta: en las gorras relucían las letras siniestras NKVD Jadeando, bajé de nuevo
rápidamente y me encontré junto a Heide.
-Pero,
¿qué te pasa? ¿No has lanzado el pepinazo?
-¡Allá
arriba! -dije sin resuello-. ¡Hay lo menos mil NKVD!
-¡Dios!
-rugió Heide agarrando un paquete de granadas, subió la escala como un mono,
abrió la trampilla, lanzó sus explosivos y se tiró abajo, de bruces. Un
estallido retumbante nos ensordeció-. ¡Vamos, seguidme!
Esta vez, el
legionario iba al frente. Con gesto brusco, quitó la trampilla y roció a bulto.
Allí todo estaba muerto, pero había otro piso más, otra escala. Sonó un tiro de
pistola... La bala rozó mi casco. Un teniente ruso me apuntó con su pesado nagán. En un relámpago, vacié mi
cargador en su cara, que se tornó una papilla roja. Un sargento NKVD,
condecorado con la Orden de Lenin, echó atrás la mano con una granada, pero fue
ensartado por la bayoneta del legionario. Había que liquidar a los heridos; no
se podía hacer de otro modo. Un siberiano luchó hasta morir. Habíamos visto a
otro, herido, que se levantó la tapa de los sesos cuando un sanitario se
inclinaba sobre él para auxiliarle.
Me tocó a mí
trepar la escala siguiente, pero, aun antes de llegar a ella vi una jeta mogola
que asomaba por la trampilla. Literalmente hipnotizado, contemplé la medalla de
esmalte rojo en su gorro de pieles, metí dos dedos en sus fosas nasales y le
atraje hacia mí. Heide le mató mientras caía y, luego, yo arrojé mi cóctel
Molotov. La presión del aire me echó atrás. Todo bailaba ante mis ojos; las
granadas estallaban... Alaridos, gemidos... Luego, el silencio cayó sobre el
bunker humeante.
Derrengados,
nos tumbamos en el suelo y bebimos el agua que servía para enfriar las
ametralladoras rusas. Y, ¡oh asombro!, vimos a Heide lavarse en un cubo de
agua. Sin decir palabra, se peinó, se cepilló el uniforme, se ajustó el equipo,
y hele aquí de nuevo convertido en el prusiano glacial que apestaba a
corrección.
La 3.a
compañía fue relevada y debía ocupar el bunker. En tiempo de paz, aquel bloque
era una especie de centinela donde trabajaban presidiarios; encontramos a
varios de ellos, muertos de un balazo en la nuca. Los políticos llevaban un
círculo verde en el pecho y la espalda; los criminales, un círculo negro.
Prudentemente, caminamos de pieza en pieza por el bunker, evitando trampas
diabólicas. Si se abría una puerta sin prestar atención, si se caminaba sobre
una tabla mal ajustada, se volaba en una explosión retumbante. Los siberianos
NKVD eran de un fanatismo inverosímil. ¡No había cuartel ni de un lado ni del
otro y, sobre todo, sobre todo, no se debía caer prisionero! La menor de las
torturas inventadas por aquellos hombrecillos de ojos oblicuos consistía en
colgar a su cautivo, enteramente desnudo, de una ventana, atado con alambre en
torno a los tobillos... Eran menester aproximadamente seis horas para morir.
Ahora, era el
ataque a la cacería propiamente dicha. Un regimiento DO (lanzadores de cohetes)
emplazó sus ingenios infernales. Si disparaban veinticuatro cohetes a la vez,
parecía el fin del mundo. Atacamos con la pala, a la bayoneta, ensartamos,
matamos, chapoteamos en sangre, pero los siberianos no se rendían. Avanzando,
les oíamos dialogar con su Estado Mayor. El noveno día del ataque, notificaban:
«Aquí punto de
apoyo ”Krasni Oktiabr”. Está agotado el suministro. Tenemos hambre. Solicitamos
permiso para rendirnos.»
La respuesta
fue inmediata: «Bajo ningún pretexto. Luchad como verdaderos soldados
soviéticos y olvidaréis el hambre.» Tras otros cinco días de combates
desesperados, los siberianos, copados, notificaban de nuevo: «Aquí ”Krasni
Oktiabr”. Sin bebida alguna, morimos de sed. Muchos se han suicidado. Esperamos
órdenes.» Respuesta tan inmediata como la repetición del reglamento: «Soldados,
ha llegado el momento de demostrar que sois dignos de servir en el Ejército
Rojo. Vivid por vuestra fe. La mirada del mariscal Stalin no os abandona.»
Los heroicos
soldados siberianos combatieron aún tres días con un fanatismo acrecentado, y
por última vez notificaron: «Municiones agotadas. Solicitamos permiso para
capitular.» Respuesta inmediata: «Camaradas, la Unión Soviética os da las
gracias. Seréis citados en la orden del día del Ejército. Capitulación
denegada. Un soldado soviético no se rinde nunca. Los obreros y los campesinos
os saludan. ¡Frente rojo! »
Sobre la
medianoche, salieron con la bayoneta calada, lanzando roncos alaridos. Sus
oleadas caían bajo el fuego de nuestras ametralladoras y los escasos
supervivientes que llegaban hasta nosotros seguían luchando cuerpo a cuerpo.
Nosotros combatíamos rabiosos por la idea de los cadáveres desnudos colgando de
las ventanas. Era matar o ser matado; lo sabían ellos y nosotros lo sabíamos.
Clavé mi bayoneta en el vientre de un oficial de dos estrellas de oro y, en mi
furor, le aplasté el rostro. No era mucho mayor que yo, pero me habría colgado
de la ventana con alambre en los tobillos si aquel día nos hubiésemos rendido
en el sótano de la fábrica en lugar de habernos podido escapar. La 3.a
sección tuvo menos suerte... Una hora más tarde todos nuestros camaradas se
balanceaban desnudos en las ventanas.
Por fin,
penetramos en el vestíbulo de la gran acería y corrimos hacia los ascensores.
Bajo las grandes máquinas, soldados de ojos rasgados yacían muertos o
moribundos. Estos últimos aguardaban a la muerte en silencio; sabían que no
daríamos cuartel. Nos abalanzamos hacia las cajas de los elevadores. Unos
siberianos soltaron las barras de hierro y se desplomaron en el suelo gritando.
Otros se volvieron locos y se arrojaron por las ventanas. Pero al anochecer, la
inmensa fábrica «Octubre rojo» era conquistada pese a todo. Sólo que la
resistencia heroica de los soldados siberianos seguía siendo un ejemplo
inolvidable. Hasta el final de la guerra, cuando una sección se encontraba en
apuros, se decía: «Acordaos de ”Octubre rojo”.»
Porta, sentado
en el banco de un tornero, descansaba leyendo un diario del Ejército.
-Entonces,
¿qué hay de nuevo? -preguntó Hermanito-.
¿Nada malo?
-No.
La Armada ha hundido un montón de buques. Inglaterra está casi derrotada.
-No
comprendo -dijo Gregor-. Desde lo de Polonia, nos dicen que Inglaterra está
derrotada. Entonces, ¿por qué esos memos no capitulan? Ya no tienen barcos, no
tienen manduca y, no obstante, bombardean nuestras ciudades todas las noches.
¿Entonces?
-Todo
es «ultrasecreto» en tiempos de guerra -declaró solemnemente Porta-. ¡Toma!
¡Esto sí que es interesante! Escuchad: «En Stalingrado, nuestros soldados
luchan furiosamente como verdaderos héroes del Ejército alemán. Los hombres del
VI Ejército pasarán a la Historia como los más valientes. Dios está con
nosotros. Los héroes de Stalingrado combaten con la Biblia en la mano.»
-¡Basta!
-gritó Gregor-. ¡No aguanto más esas frases! ¡Me dan ganas de cagar!
-¡Jefes
de sección, por aquí! -llamó el capitán Schwan desde el otro lado de la sala de
máquinas.
Era la orden
de montar la guardia del siniestro edificio de la GPU, donde el general jefe
Paulus y su Estado Mayor hacían la guerra sobre un mapa en una cueva. ¿Acaso
sospechaba el general lo que sufrimos cuando estábamos en el fregado? Él y su
Estado Mayor no sabían nada del hambre, del frío, de las torturas; hacían la
guerra como se la enseñaron en la Escuela de Guerra. Para ellos, la batalla de
Stalingrado, era un Kriegspiel en
serio
Uno tras de
otro, echamos por la calle de la Revolución, donde las cosas todavía estaban
más o menos en pie. Allí sólo habían caído granadas perdidas. Una larga fila de
paisanos que huían nos adelantó, transportando heridos en colchones. Salían
chiquillos corriendo de alguna ruina y se acercaban a mendigarnos pan, que le
dimos por compasión. Un chico tocado con un gorro de Infantería alemana y
armado de un sable ruso cogió la mano de Hermanito.
-¡Gospodín soldado!¿Quieres ser mi padre?
-Conforme,
amigo -dijo Hermanito sonriendo y
subiéndose al chico al hombro-. ¿Cuántos años tienes?
-No
lo sé; soy viejo. -Le rodeó el cuello a Hermanito
con el brazo-. Gospodín soldado,
¿quieres ser también el padre de mi hermanita?
-Con
mucho gusto -respondió el gigante, conmovido, dejando al niño en el suelo.
-¡Voy
a buscarla! -gritó el pequeño, que salió a todo correr.
Silbó una
granada... Todo el mundo echó cuerpo a tierra. Tras la explosión, nos
incorporamos y proseguimos, pero en medio de la calle yacían en un charco de
sangre un gorro de Infantería alemana y un sable ruso retorcido.
Al cabo de dos
días de guardia en los edificios de la GPU nos relevaron para mandarnos al
cuartel de Infantería, y Porta fue nombrado cabo primero.
-¡No
es posible! -gritó el suboficial Franz Krupka señalando la bocamanga de Porta-.
¡Cabo primero, tú! ¡Eso, muchacho, es el camino para mariscal, pero ya sabes
que los nuevos galones se remojan!
-Qué
más quisiera yo -respondió Porta con tono agrio-. ¿Puedes decirme cómo? Aquí no
hay más que la nieve de los soviets.
Los dos
compinches hacía años que se conocían, por ser del mismo reemplazo y habitar en
la misma barriada de Berlín. Krupka calibró a Porta con la mirada y se secó la
nariz helada, pero recosida. Antes no era lo que se dice guapo, pero ahora
estaba horrendo.
-¡Oye!
Sé dónde encontrar lo que hace falta para bautizar tus galones, pero si lo
dices, habrá follón.
Porta levantó
tres dedos:
-Desembucha,
canallita; te lo juro.
-Bueno;
pues ese cerdo de Wilke tiene cuatro cajas de vodka de Crimea que birló en una
cantina.
-¡Señor!¡Con
eso se puede ganar una guerra! Voy corriendo a verle. Vamos a ver a quién
invitamos -dijo sentándose sosegadamente sobre un obús del 42 sin estallar.
Pensativo, mordisqueó un trozo de lápiz-. En primer lugar, yo. Y, naturalmente,
tú; es normal. Luego, El Viejo y
Gregor. Con Hermanito estamos
obligados, aunque se porta que da asco cuando está bebido. Preferiría que Heide
no viniese; estropea el aspecto de la mesa, pero no hay medio de zafarse de él.
Habrá que echarle cerveza en su vodka y nos libraremos de él en cinco minutos.
Además, Sven y el legionario. Nadie más. Toma, ahora caigo en que ese medio
francés me debe un paquete de cigarrillos de opio; está tan pelado que huele a
moho. Nada que hacer con deudores de este tipo. ¿Ves tú? Hace falta un contable
en las secciones del frente. ¡Puedes estar seguro de que el día en que los
judíos luchen, habrá uno!
-Dices
verdad. Nada más que ayer, estuve en la 7.a compañía para recibir
tres paquetes de grifa. El feldwebel
Pinsky, ese cerdo, me los debía, ¿y a que no sabes lo que se ha permitido el
muy bandido? ¡Se ha hecho fusilar sin devolvérmelos! ¡Se ríe de mí, ahora,
dentro de su fosa! Ya he intentado hacer que pague su sección, pero me han
mandado a hacer puñetas con mi agradecimiento! Ahora, ya no presto nada, ni al
ciento por ciento
-¿De
verdad hay gente que da eso? -preguntó Porta muy interesado.
-No
lo sé, pero estaría bien en vista de los riesgos que se corren. Mira, tenía un
crédito de un oficial, una herencia de la Infantería. Sólo eso hubiera debido
mosquearme, pero uno se fía de los caballeros. ¡Que te crees tú eso! ¡El tío se
arrojó sobre un «T 34» para conseguir la Cruz de Hierro! ¡Fíjate qué imbécil!
Naturalmente, el carro le planchó. ¡Así aprenderé!
-Los
tiempos son duros para los hombres de negocios -gimió Porta-. Bueno, me largo.
Hasta esta noche, a las ocho, en la sala 23.
Cantando a voz
en cuello, bajó la calle del cuartel y se cuadró ante un mayor, pensando en su
vodka. De camino, saludó con igual corrección a un árbol en cuya rama se
columpiaba un teniente y, por último, después de buscarle un rato, dio con el
gordo Wilke que estaba en plena preparación del rancho.
-Oye,
Wilke, ¿sabes la noticia? -dijo Porta abriendo su pitillera de oro macizo,
herencia de un general muerto en el frente.
-¡Oh!
Basta de noticias, imbécil. Estoy de noticias hasta aquí. Prefiero pensar en el
hotel que haré construir después de la guerra.
-¿Un
hotel? ¡Estás soñando! Acabo de echar un vistazo a un mensaje ultrasecreto.
Luchad hasta el último soldado y el último cartucho; tales son las órdenes del
Führer. ¡Te apretarás las nalgas en las minas de plomo de Kolimá pensando en tu
hotel! -se burló Porta, quien devoraba un salchichón birlado con mano experta-.
Oye, Wilke, hablemos en serio. ¿Qué dirías de largarte a hurtadillas en avión?
-¡Tonterías!
-gruñó el ranchero-. ¡Vaya pregunta!
-Oye
-dijo Porta bajando la voz-, ayer estuve donde el comandante y me dieron un
informe interesante. Nosotros, cabos primeros, conocemos gente en todas partes,
conviene que lo sepas. De momento, no hice mucho caso, pero luego pensé en mis
amigos rancheros; se trataba de todos los rancheros de Stalingrado.
-¿Qué
cuentos son ésos?
-No
me creas, si no quieres. Era una orden de la Intendencia general para nombrar a
un ranchero muy cualificado para formar a otros en la Escuela Militar de Cocina
de Stettin. -Porta miró de soslayo al gordo Wilke, cuya atención se iba
haciendo más sostenida-. En seguida pensé en ti, ¿comprendes?, porque somos
viejos amiguetes. ¿Te acuerdas del día en que te encubrí como un verdadero
camarada, cuando tenía que controlar las raciones individuales de Paderborn, y
descubrí que todas tenían la mitad de su peso? ¡De cumplir con mi deber,
hubieras ido a parar a Torgau y allí te hubiera estrangulado el amigo Gustav!
-¡Ah,
no des la lata! ¡Como si no te hubieses hecho pagar por aquello! ¡Un verdadero
usurero y un chantajista, eso eres tú!
-Bueno,
bueno; en este mundo todo se paga. Pero, volviendo a lo nuestro, ¿qué dirías de
largarte de aquí para ser profesor en Stettin?
El suboficial
se pasó la mano por la frente y miró a Porta con recelo. Porta le había tomado
el pelo varias veces, pero, ¿y qué? Quizá se presentaba la oportunidad de su
vida.
-Dime
-comenzó con precaución-. Tú sabes que estoy casado y tengo dos hijos... Ese
cuento de la escuela, ¿es verdad o no?
-Siento
de veras no ser ranchero -declaró solemnemente Porta abriendo de nuevo la
pitillera de oro del general fallecido-. Cuando vi la petición que hacía la
Intendencia general al VI Ejército, pensé en ti y le dije algo a un amigo que
lo decide todo en el mando del personal. ¡Un cabo primero como yo! -añadió
orgullosamente-. ¡Vaya suerte tienes!
-¿Gratis?
-interrogó el ranchero que estaba todavía receloso.
-Amigo
mío, ¿qué se da gratis en este mundo? Mi camarada del personal pide una caja de
vodka, nada más; pero yo, que soy tu amigo, no pido nada. ¡Soy así!
El cocinero
reflexionaba intensamente. Ya se escuchaba zumbar el motor del «JU 52».
-Sólo
que es menester ponerse bien de acuerdo -continuó Porta acomodándose sobre la
tapadera caliente de una marmita-. Es ultrasecreto, ¿no? Si dices algo, ¡estoy
aviado! La moral es mala, incluso malísima, y Adolf se ha dado cuenta de golpe
que los cocineros son muy importantes para la guerra. Ahora, están buscando
rancheros cualificados para adiestrar a los de las SS, que son unos borricos.
-Pero,
entonces, ¿por qué no van a buscarlos directamente en Stettin? -replicó con el
mayor buen sentido el gordo Wilke, escéptico-. ¡Allí se las saben todas sobre
la manduca!
-¡Escucha!
Tengo quehacer y no puedo perder el tiempo. Sencillamente, quería nacerte un
favor. Si te interesa, tienes que decirlo; si no, le paso el chivatazo al
ranchero del 76; ése pagará mejor que tú.
-¡Pagar!
¡Pero si dices que es un favor de amigo! ¡Estamos a toma y daca!
-Por
mí, sí, pero en cuanto a mi compañero, ¡tu desquite te lo puedes meter en el
culo y hacerle salir de nuevo peyendo! ¿Sabes qué me ha dicho, además? A causa
de las pérdidas sufridas aquí, todos los inútiles van a ser enviados a primera
línea. Se avecinan tiempos espantosos, aquí, en la marmita. En tu lugar,
preferiría calentarme las nalgas en el «JU 52».
El gordo
cocinero se pasó la mano por su cráneo calvo. Se decía que perdió el pelo
reflexionando sobre cómo disminuir las raciones, pues todo el mundo sabía que
era el ladrón más grande en veinte kilómetros a la redonda.
-Te
lo diré todo -continuó Porta implacablemente-. Los rancheros de las compañías
deben ser trasladados, y las compañías se encargarán ellas mismas de la
manduca. Para ti, sin embargo, es probable que sea peor, pues eres suboficial.
¡Bueno! Tengo prisa, Herbert; el deber me llama. Como ves, me han hecho cabo
primero, y eso trae consigo nuevos servicios para con el Gran Reich. Sí o no:
¿te interesa Stettin?
-¡Claro
que me interesa! ¡Sería un cretino, si no!
-Entonces,
voy a decírselo en seguida a mi compañero, pero acuérdate de la caja de vodka.
Oye, Herbert, ¡hay que comprender las cosas! -dijo Porta al ver que el ranchero
torcía el gesto.
-¿Cómo
sabes que tengo vodka? ¡Estafador! ¡Bandido!
-No
te excites tanto. Hay mucha gente que se mordería los dedos por haberme
insultado, pero no te guardo rencor. ¡Dispensa la molestia y hasta la vista!
Su corpachón
se levantó y echó a andar despacio hacia el cuartel.
Una bala llega volando,
¿será para mí o para ti?
tarareaba Porta sin acortar el paso,
pero oyendo que alguien corría detrás de él.
-Aguarda un poco -gritó Wilke-.
¡Comprenderás que ha sido una broma!
-Basta ya. Contesta escueta y
militarmente. ¿Te interesa, sí o no?
-¡Y de qué modo! -respondió con rabia el
suboficial-. Ven, voy a darte la vodka.
De un cinco
toneladas, Wilke sacó una caja escondida bajo un toldo. Estaban todas las
botellas, y de tan emocionado, el ranchero tendió a Porta dos botellas de
propina.
-Y el resto de la provisión es tuyo tan
pronto mi culo esté en el avión.
Abrazo del
cocinero. La caja estaba segura sobre el hombro de Porta y las dos botellas
sonreían fuera de sus bolsillos. En la 3.er compañía, Frank Krupka
se negó a dar crédito a sus ojos.
-¡No
le habrás amenazado con tu «MPI»! ¡Hace dos meses que trato de echar mano a esa
vodka!
-
¡Idiota! ¿Acaso se empuña la pistola para atracar un Banco? La guerra
psicológica, camarada, es una cuestión de plomo en el cerebro.
Por la noche.
Porta llegó hasta nosotros vistiendo el traje y la corbata blanca de un barón
rumano, con monóculo al ojo. ¡Menuda borrachera! Krupka fue el primero en caer
bajo la mesa, y el siguiente fue Gregor. Hermanito,
de pie sobre la misma mesa, se empeñaba, en demostrar sus talentos de
socorrista y se había quitado las botas de Infantería.
-¡Pedid
auxilio -dijo-, y yo acudo en vuelo planeado desde arriba del puente para
socorreros!
-¡Socorro!
Sonó
un alarido.
-¡Ahora
voy, camaradas! -Saltó y aterrizó con el ruido de un cinco toneladas que
revienta-. ¿Por qué no habéis dicho que el agua estaba helada? ¡No soy ningún
rompehielos!
El Viejo blandió un
hacha sobre la cabeza de Heide, que cloqueó de terror. Porta, tumbado sobre la
mesa, se tronchaba pensando en la jugarreta hecha al gordo Wilke, y trataba de
vaciar un cañón de fusil lleno de una mezcla de aceite, pólvora, vodka y algo
más hallado en la cocina de campaña, haciendo alarde de no vomitar aquel
horrendo brebaje. El legionario le nombró cabo por la gracia de Dios y Porta
sollozó enternecido.
-Eres mi amigo, mi verdadero amigo
-murmuró Heide borracho perdido, besando la pata de la mesa.
El Viejo quiso salir
porque necesitaba aire fresco, y una vez fuera se creyó en el cielo. En cuanto
al legionario, pidió a un general que residía en la estufa que le mandara
inmediatamente a Sidi-Bel-Abbés, y se puso de rodillas para implorar a Alá.
Solamente el
gato de Porta, que no estaba borracho sino sentado sobre su trasero, nos
contemplaba a todos con soberano desprecio.
El obergruppenführer Heydrich entró en el despacho de Himmler
quien le indicó una silla frente a él.
-Obergruppenführer -comenzó Himmler sin preámbulo-, dicen que
tiene usted fichas relativas a toda persona perteneciente al Partido, a las SS
y al Ejército. Se dice también que usted califica ese fichero de explosivo. ¿Es
exacto?
-Absolutamente exacto, reichsführer. En tanto que responsable de la seguridad
interior y exterior, mi deber consiste en saber todo acerca de todo el mundo.
-Interesante -dijo Himmler con
una sonrisa helada-. ¿Por casualidad tiene usted una ficha que me concierna en
su caja de explosivos?
-Es posible, reichsführer, pero no he tenido tiempo de examinar
personalmente cada ficha. Sólo lo hago cuando conviene. Por lo demás, es mi
homólogo de Moscú quien me ha dado esa idea.
-Una idea maravillosa -afirmó
Himmler con tono agrio-. Bueno, dejemos eso. ¿Qué hay de nuevo en el Vaticano, obergruppenführer?
-El reichsführer seguramente está mejor informado que yo al
respecto -replicó Heydrich con amable sonrisa.
-¿Qué quiere usted decir? ¡No lo
comprendo!
-¿Acaso el general Bocchini no es
uno de sus buenos amigos? ¿El jefe de la Policía italiana en Persona?
-Como siempre, está usted bien
informado -gruñó Himmler, irritado y sin ningunas ganas de hacer oficiales sus
relaciones con el general Bocchini.
-Hace tres semanas, mandó usted
al general Bocchini un pedazo de leña vieja.
Himmler se irguió encolerizado y sus labios se
pusieron más delgados aún.
-¡Se pasa usted de raya, obergruppenführer! Ese «leño viejo» es un trozo de roble de
Wotan. Mis expertos lo buscaron durante mucho tiempo y mandé un pedazo de roble
sagrado al general Bocchini en testimonio de nuestra amistad.
-Lo comprendo muy bien,
reichsführer. Desgraciadamente, Su Excelencia metió el roble sagrado en su
chimenea de Roma -dijo Heydrich, sonriendo-. Me han contado que el jefe de la
Policía italiana había creído que el reichsführer le gastaba una broma pesada. Un día de
éstos, recibirá usted un trozo de la cama de Rómulo, regalo de Su Excelencia.
Himmler palideció y sus manos se crisparon de rabia.
-¡Ese puerco italiano! -tronó-.
¿El roble de Wotan como leño en su chimenea? -Se sentó pesadamente-. Obergruppenführer, ¿tiene usted una ficha sobre ese payaso
italiano?
-La tengo sobre todo el mundo.
-Bien, Heydrich. Haga usted que
esos informes lleguen al Duce, pero, sobre todo, ¡que no se sospeche que el tiro sale de aquí!
-He comprendido perfectamente
-respondió Heydrich con una sonrisa peligrosa.
EL JOVEN TENIENTE
Porta y yo
estábamos de sirvientes de la ametralladora. Habíamos tenido dos días casi
tranquilos; hasta los tiradores de primera no trabajan más que por la mañana, y
todo el mundo deseaba una sola cosa: ¡que aquello durase!
-Me
pregunto qué maquinará Iván -murmuró El
Viejo corriéndose hacia nosotros-. Ahí enfrente, hay jaleo; ¿cuántos
cartuchos tenemos?
-Cinco
mil y balas trazadoras con que echar abajo a todo un regimiento.
-Con
tal de que nos saquen pronto de aquí dijo El
Viejo mirando con recelo las líneas enemigas-
-¿Quién
dice que vendrán a buscarnos? -replicó Porta-. Nosotros somos quienes les
esperamos, nada más. ¿Ves tú?, ya no creo en absoluto que tengan intención de
venir a buscarnos; si no, ya lo habrían hecho. ¿No habéis notado que cada vez
llegan menos aviones de transporte?
-¡Tú
estás loco! -gritó Gregor-. ¡Dejar que copen a un ejército! ¡Alemania no puede
de ningún modo permitirse eso! ¡Un millón de hombres es algo, de todos modos!
¡Adolf sería un demente!
-¿Y
quién dice que no lo es? -prosiguió Porta con indiferencia-. Date cuenta de que
ya no somos más que algunos ciertos de miles, y la mayoría soldados que no
sirven para nada. Adolf lo ha comprendido bien. El VI Ejército ya no vale ni
gorda, y Paulus siempre ha sido un derrotista. No se arriesga gran cosa
regalándoselo a Iván. ¡Yo hace tiempo que lo he comprendido! Nos han
transformado a todos en héroes de Wagner, aquí, en Stalingrado, y dentro de
cincuenta años, esto quedará muy bien en los libros de historia. Un ejército
entero sacrificándose por el Führer, ¿os dais cuenta? Libros con cantos dorados
y, naturalmente, con láminas. ¡A ver qué otro jefe de Estado podrá decir otro
tanto!
-Cállate
ya -susurró El Viejo mirando por
encima del talud de la trinchera-. Pasa algo en casa de Iván.
-Es
el cambio de guardia -dijo tranquilamente Porta.
-Nada
bueno -masculló El Viejo-. Mi olfato
no me engaña nunca. Iván prepara una marranada. -Ansioso encendió un cigarrillo
de opio y aspiró profundamente-. No se hace tanto para un cambio de guardia.
Gregor, vete donde el jefe de la compañía; hay que informarle.
-¡Calma!
-dijo Porta-. Espera un poco. Son casi las 10,30. Iván nunca viene tan tarde.
A las 13 en
punto, la tierra retembló bajo el fuego de lo menos mil baterías emplazadas
detrás de las líneas rusas.
-Esta vez, va en serio -gritó Gregor,
asustado, metiéndose en un bunker.
Porta y yo
seguimos en el fondo de la trinchera con la ametralladora. Allí se estaba tan
seguro como en un bunker, pero había que dominarse los nervios y no verse
aquejado de la fiebre de las trincheras, esa extraña psicosis que ha costado la
vida a muchos soldados. Porta sonreía para calmarme. El gato se arrimaba a él;
¡entendía de ataques y tenía tanto miedo como nosotros!
La primera
gran granada «Haubitz» cayó ante la trinchera cubriéndonos de tierra y de
acero. El aire resonaba como bronce, y la descarga siguiente ya estaba en
camino. El jefe de la compañía cogió el teléfono y habló con voz entrecortada.
-Aquí
el capitán Schwan, 5.a compañía. Tiro de cortina sobre nuestras
posiciones. Caen proyectiles del 52 frente a mi bunker; preveo un gran ataque y
pido apoyo de artillería.
El coronel
Hinka respondió con su calma habitual:
-Es
un poco exagerado, mi querido Schwan; no pierda la cabeza por un poco de
artillería. Eso va a remitir, ya lo verá. Si se pone peor, le mandaré una
batería de cañones automotores.
Schwan
tiró el auricular blasfemando, desenfundó la pistola, se metió el cuchillo de
trinchera en la bota y corrió a lo largo de la zanja de comunicación. En los bunkers, los hombres esperaban...
¿Cuándo llegarían «aquéllos»? Nadie habla. Todos miraban a las troneras, con
las armas a punto. Esperar..., esperar... Es lo más atroz durante un machaqueo
y puede desmoralizar a los más fuertes. Hermanito
tocaba la armónica como solía hacer en esos momentos; su gran pie marcaba el
compás; pero nadie podía oír lo que estaba tocando. El Viejo se reclinaba en el muro fumando nerviosamente su vieja
pipa de tapadera. El legionario mordisqueaba un fósforo.
¡Una explosión
como para reventar los oídos! El bunker entero se estremeció. Habían dado en el
blanco. Unos camaradas se volvieron locos y se daban con la cabeza contra los
muros.
De golpe, el
machaqueo paró... ¡Bruscamente! y esa vez el silencio, que se tornó
inaguantable, casi hacía daño. El Viejo
se puso en pie de un salto, cogió granadas de mano, su fusil ametrallador y
empujó a los que todavía estaban atontados por el terrible machaqueo.
-¡2.a sección, seguidme!
En un abrir y
cerrar de ojos, nos tumbamos en la trinchera que ya no era sino un paisaje
lunar. La tierra revuelta estaba llena de cráteres.
¡Venían!
Llegaban en apretadas oleadas, con sus largas bayonetas caladas en posición horizontal
al cuerpo. Una muralla de soldados morenos que lanzaba alaridos detrás de una
rastra de acero. Para nosotros, en nuestras trincheras despanzurradas, una
visión de infierno.
Sonó el
silbato del capitán Schwan. Todas las ametralladoras crepitaron a la vez y los
siberianos cayeron como ringleras de bolos, pero, sin piedad, los siguientes
pasaron sobre los cuerpos despedazados que se retorcían en la nieve. Arrojaron
cadáveres sobre las alambradas, sirviéndose de ellos como puentes. Un vapor de
azufre lo envolvía todo y abrasaba los pulmones. ¡Las máscaras, las máscaras!
Con la regularidad de una máquina, Porta servía la ametralladora; la hacía
girar de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, a la altura del vientre.
Llegó sobre nosotros volando una granada de mano, la atrapé en el aire y la
volví a arrojar ante mí. Pero la ametralladora falló; una bala se encasquilló
en el cargador. Porta quitó el cañón y yo arranqué la bala con mi bayoneta,
pues desde tiempo atrás las herramientas especiales habían sido vendidas, como
el resto. La «SMG» reanudó su tiro, y ni siquiera me di cuenta de que se ponía
candente.
-Cuidado, Porta; sólo quedan 1.500
disparos.
Colocamos
delante de nosotros un montón de granadas, pero los siberianos penetraron en la
trinchera, que empezaron a limpiar avanzando por la derecha. Porta me ordenó
que me pusiera el trípode al hombro. No tiene gracia estar con la cabeza bajo
el cañón de una ametralladora. Me metí bajo el trípode y corrí a lo largo de la
trinchera mientras Porta se cargaba todo lo que se ponía delante.
Una vez más,
se encasquilló el arma. La tiré y calé la bayoneta; tenía un fusil ruso de
cuerpo a cuerpo mucho mejor que nuestro «98» pasado de moda. Porta blandió la
pala de infantería y la descargó sobre la nuca de un ruso que surgió ante
nosotros. Hermanito se batía como una
fiera agarró a dos siberianos por el cuello y les golpeó las cabezas una contra
otra hasta que reventaron. Era una carnicería indecible, con sangre en todas
partes, gemidos, gritos dementes y sollozos; todo el horror del cuerpo a cuerpo
en una trinche angosta.
Al cabo de
algunas horas, el ataque remitió. ¿Por qué? Nadie podría decirlo. Los
siberianos refluyeron hacia sus líneas. La calma volvió a nosotros, pero el no man’s land humeaba todavía resonaba
de llamadas desgarradoras.
Nos quitamos
las máscaras, tragamos nieve para apagar la terrible sed que nos abrasaba y nos
tumbamos, agotados, en el fondo de la trinchera que ya no tenía nombre, en
medio de los cadáveres, los moribundos, los heridos que gritaban. Yacían en
todas partes, pero, ¡qué nos importaba! En la guerra, sólo se piensa en uno
mismo. Porta me tendió una cantimplora y dos grifas. Alabado sea Dios, pues
teníamos grifas (cigarrillos de opio); de lo contrario nadie resistiría.
Llegaron Gregor y el legionario, este último bañado en sangre.
-¿Quién te ha emporcado así? -pregunta
Porta-. ¿Has tomado un baño en la carnicería
-Es que un capitán se ha quedado
ensartado en mi bayoneta. ¡Vaya mierda!
Nuestro grupo
estaba indemne, pero el capitán Schwan había desaparecido. Unas horas mas
tarde, le encontramos con el vientre abierto en un hoyo, con los intestinos
destrozados; ¡horrible! También el amigo de Porta, el suboficial Franz Krupka,
tenía el cráneo roto de un palazo. Había que enterrarlos a todos, y sobre la
fosa abierta hincamos fusiles con los cascos colgados en el extremo.
El regimiento
fue relevado para ser reajustado; sólo nuestra compañía había perdido sesenta y
ocho hombres. Pero al pasar ante la cocina de campaña, vimos a un nuevo
ranchero, al que Porta contemplaba con estupefacción.
-¡Eh, camarada! ¿Dónde está el
suboficial Wilke?
-Se fue esta mañana en avión, con el
general Huba.
A Porta se le
cayó el cigarrillo de opio.
-Pero,
¿será posible?
-Tal
como te lo digo. ¿Por casualidad, eres Joseph Porta? Tengo un paquete para ti y
saludos de parte de Wilke. ¡Ha dicho que eres el mejor compañero del mundo!
Por primera
vez en mi vida, vi a Porta quedarse boquiabierto. Entramos en los barracones
para tratar de dormir, pero él estaba tan pasmado de la noticia que volvió a la
cocina para cerciorarse y, sobre todo, para recoger el regalo de quien creyó
firmemente deberle la vida. El nuevo ranchero no sabía gran cosa. Al parecer,
Wilke se fue al campo de aviación de Gumrak por orden del regimiento. Porta
volvió al cuartel meneando la cabeza, pero con su valioso bulto de vodka al
hombro.
De camino,
topó con un teniente jovencísimo que llegaba a nuestro infierno con unos
cuantos reservistas. Por un instante, los dos hombres se contemplaron en un
silencio hostil. El teniente aguardó visiblemente una reacción de su
subordinado, y en los ojos azules de Porta sólo se vio condescendencia.
-¡Eh! Cabo primero, ¿no conoce usted las
órdenes del Führer?
Porta se
irguió:
-Notifico
a mi teniente que nuestro jefe de compañía no ha dado ninguna orden desde que
Iván nos partió la cara anoche. Le enterramos después del ataque.
-¿Se
ha vuelto usted loco, cabo? ¡Está insultando al Führer!
Porta dio un
taconazo y saludó dos veces.
-Mi
teniente me permitirá decir que soy incapaz de insultar a nadie. Había
comprendido que mi teniente hablaba de mi jefe de compañía. Es él quien da las
órdenes y nadie más.
El
joven teniente se atragantó.
-¿Cuál
es su cometido en la compañía, cabo?
-Un
poco de todo. Por el momento, soy el jefe del 3.er grupo.
-¡Que
Dios guarde a Alemania! ¿Quién es e loco que ha podido nombrarle a usted jefe
del grupo?
-Mi
teniente, eso no me hace ninguna gracia pero una orden es una orden. Por lo
demás, dicen que es menester más seso para ser cabo primero que para ser
mariscal y, a copia de hacer la guerra, creo que tienen razón. Nosotros los
cabos somos la columna vertebral del Ejército, y los graduados, su complemento.
-¡Se
atreve usted, pedazo de cerdo! -chilla el teniente-. Nuestro Führer Adolf
Hitler ha dicho... ¡Cuádrese cuando hablo del Führer!
-Pido
permiso a mi teniente para notificarle que lleno mi uniforme lo mejor que
puedo.
El recién
llegado estaba tan enfurecido que ya ni siquiera oía a Porta, sino que buscaba
en sus recuerdos lo que solía repetir a las Juventudes hitlerianas durante los
ejercicios.
-¡Soldado!
¡La sangre debe hervir de orgullo en sus arterias! Es el deber de todo
ciudadano alemán, hombre o mujer. ¿Comprende usted, pedazo de cerdo? Pero
aguarde, yo soy quien toma el mando de su compañía y vamos a limpiar esas
cuadras. Exijo disciplina y orden. ¡Cada hombre debe ser templado como acero
«Krupp»! Ahora, ¡quítese de mi vista!
El joven
teniente se fue rumiando su venganza, pero aquel día era para él nefasto. Con
los nervios rotos, se cruzó en el camino de Hermanito,
que transportaba cubos de agua para la cocina de campaña y, al chocar ambos, el
agua salpicó las relucientes botas del teniente. Hermanito, que no se había percatado de nada, blasfemó y se
disponía a continuar su camino cuando oyó vociferar detrás de él.
-¡Eh,
salvaje! ¿No saluda usted a un oficial
«Otro enviado
de la retaguardia que se imagina que la guerra se gana saludando -se dijo el
gigante lleno de piedad-. En fin, eso no es cosa mía. Para sobrevivir, como
dice Porta, hay que dar la razón a todas sus idioteces.» Y prosiguió hacia la
cocina de campaña.
-¡Le
hablo a usted, gorila de los cubos!-aulló el teniente, que temblaba de rabia-.
Pero, ¿dónde me he metido?
-Mi
teniente -se guaseó Hermanito-, está
usted en el 27.°, 5.a compañía, en Stalingrado.
-¿Y
aquí no se saluda a los oficiales de la Gran Alemania? -preguntó el teniente,
que se ponía violento-. ¿Cómo se llama usted, orangután?
-Soldado
de 1.a Creutzfeld -respondió impecablemente el gigante-, pero para
los compañeros, Hermanito, sin duda
porque soy tan alto.
-¿Y
no saluda usted a los oficiales?
-Mi
teniente, no puedo hacer dos cosas a la vez: ¡acarrear agua para que los
señores oficiales puedan tener su baño, pues en Stalingrado no hay agua, y al
mismo tiempo saludar a todo el mundo!
-¡Todo
el mundo! ¡Vaya palabra imprudente! Soldado -dijo el teniente, lívido, tratando
de mirar duramente a los ingenuos ojos azules-, se presentará usted a las 13
horas ante mí en uniforme de marcha y le enseñaré cómo hay que comportarse en
presencia de un oficial. ¿Entendido?
-Notifico
a mi teniente que no es posible. El coronel ha ordenado que esté a su lado a
las 12,30. No sé si mi teniente conoce al coronel Hinka, pero es precisamente a
quien menos me gustaría desairar. Y un coronel es superior a un teniente; lo
pone el reglamento.
-Muy
bien. Entonces mañana a las ocho ante mí, ¡y le haré pasar las ganas de
burlarse de mí!
-¡Buenos
días, teniente Pirch!
Una voz
sosegada se oyó detrás del teniente, borracho de cólera. Tras haber estado
cuatro años de instructor en la retaguardia, el joven oficial pidió ver de
cerca cómo eran aquellos miserables soviéticos, y le mandaron directamente al
frente de Stalingrado.
-Me alegro de que aprenda usted a
conocer a la 5.a compañía.
El teniente se
estremeció. Tenía delante a un coronel, una de cuyas mangas colgaba vacía: el
comandante del 27.° de Carros, el coronel Hinka.
-Heil Hitler!, mi coronel.
-Está
bien, está bien -dijo el coronel sonriendo-. Tú, Creutzfeld, ¡lárgate! Seguramente
hace falta agua.
Hermanito dio un
ruidoso taconazo:
-A
sus órdenes, mi coronel. Faltan diez cubos. ¡Me largo!
-Entonces,
¿va usted a encargarse de la 5.a compañía, teniente Pirch? -preguntó
el coronel contemplando con fría mirada al joven teniente-. Le pongo
inmediatamente en guardia: no eche a perder esta compañía. Para su gobierno, el
frente no es el cuartel. Aquí no se pone la mano en la costura del pantalón,
sino en el gatillo del fusil. Espero haberme expresado claramente, ¿entendido,
teniente?
Y se fue sin
esperar respuesta.
«¡Vaya
pandilla! », pensó el teniente Pirch maldiciendo ya el día de valentía en que
solicitó ser enviado al frente.
La Asociación de la Aristocracia
alemana declara por voz de su presidente y mariscal de la Nobleza, príncipe de
Bentheim Tecklenburg, que está de acuerdo con el nacionalsocialismo, y demanda
un certificado riguroso de arianismo para la nobleza y sus antepasados hasta
1750.
19-1-35.
Un cabriolé «Mercedes» negro bordeaba lentamente las
apacibles villas de Berlín Dahlem. El coche paró, saltó de su asiento el chofer
SS y abrió la portezuela al obergruppenführer Reinhard Heydrich, quien se apeó y tomó por
el sendero bien cuidado que conducía a la casa.
Era una villa blanca de dos pisos, situada un poco a
trasmano. Flores y árboles frutales desprendían un agradable olor. Heydrich se
estiró el uniforme gris claro y empujó una verja sin llamar.
El dueño de la casa, almirante Canaris, jefe del
Servicio de Informaciones, estaba tumbado en una gran chaiselongue en medio del césped y hablaba con su mujer,
guapa morena de mirada inteligente.
-¡Qué
querrá, Dios mío! -murmuró el almirante, estupefacto, al ver al hombre que
avanzaba a través del jardín.
-¿Tienes dificultades con
Heydrich?
-Con él siempre se tienen
dificultades.
La señora de Canaris se acercó a recibir al temible
personaje, quien le besó educadamente la mano que le tendía. El almirante,
presa de cierto nerviosismo se puso en pie.
-Buenos
días -dijo la señora de Canaris, indicando un asiento-. ¿Puedo servirle un
coñac?
-Gracias
-dijo Heydrich, aceptando la copa que le alargaban.
Hubo un silencio. El calor era asfixiante; un calor
de tormenta.
-Este
tiempo debe de cansarle a usted -murmuró la señora de Canaris.
-No tengo mucho tiempo para
pensar en eso; tengo demasiado trabajo y también demasiadas dificultades. -El
hombre miró al almirante a los ojos-. Acabamos de tener un lío en Dusseldorf,
un lío endiabladamente irritante. -Aguardó un momento, pero el rostro del
almirante permanecía como de palo-. Mis hombres debían detener a un tal conde
Osterburg...
La señora de Canaris hizo un gesto involuntario y
dirigió una mirada de soslayo a su marido quien, con los ojos bajos, jugueteaba
con su copa. Se cernía un peligro. Heydrich no estaba allí en visita de
cortesía.
-¿Y
su gente no ha encontrado al conde? -preguntó, sonriendo la señora.
-¿Cómo lo sabe usted? -replicó
bruscamente Heydrich.
-Lo presumo -dijo la señora de
Canaris con una risa nerviosa-. Acaba usted de hablar de lío irritante.
-En efecto, eso dije. -Se volvió
hacia el almirante-. Pero lo que más me sorprende es que ese conde Osterburg
acaba de aparecer en Roma. Se le ve todos los días en compañía de un tal Angelo
Ritano, y me parece que ese Ritano forma parte de sus servicios, almirante. ¿O
acaso me engaño?
-Es muy posible -respondió el
almirante Canaris sin alzar los ojos-. Haré una indagación, si usted lo desea.
-Puedo hacerla yo mismo.
-¿Tan urgente es?
Heydrich se levantó y se calzó los guantes:
-Todo
es urgente en mí -dijo-. Dispense esta breve visita; tengo una cita importante
con el jefe de la Gestapo.
Y desapareció tan silenciosamente
como había llegado.
EVACUACIÓN DEL CORONEL HINKA
Una mañana,
con un frío mortal agravado por una tempestad de nieve, Porta y yo tuvimos que
transportar al coronel Hinka herido hasta el aeropuerto de Gumrak. Era el único
que había podido salir de su carro en llamas.
En el terreno
de aviación, cientos de heridos esperaban ser evacuados del infierno de
Stalingrado. Tres aviones, con los motores en marcha, estaban allí. Un jefe
médico se atareaba entre las camillas cubiertas de nieve, dando los permisos de
transporte para anularlos un instante después. Ése fue dos veces seguidas el
caso del coronel Hinka, pero Porta empezó a mosquearse.
-Hacen
falta los grandes remedios, y voy a usarlos. Esos memos no conocen aún a Joseph
Porta. He visto aquí, a un compañero que tiene tratos con peces gordos.
Espérame.
Un cuarto de
hora más tarde, volvía en compañía de un oberfeldwebel
vestido de piloto.
-A
los papeles que te he dado ningún graduado con estrellas se atrevería a
meterles mano, ¡pero que Dios se apiade de ti si me vendes! ¡Te encontraría
hasta en Finlandia! Acuérdate de a quién sirvo.
-No
lo olvido, camarada, pero déjate de amenazas; me ponen nervioso. Nosotros dos
es mejor que sigamos amigos, pues si me pongo a charlar, también sudarás tú,
así es que estamos empatados. Recibirás el parné una hora después de que
nuestro coronel esté en seguridad. ¡Pero no lo olvides el día que seas oficial!
El piloto
metió unos misteriosos papeles bajo el capote del coronel Hinka y cambió el
número de la división por otro que le ató a la muñeca. El médico jefe llegaba a
grandes zancadas, seguido por un grupo de sanitarios.
-¡Os
dije que os largaseis! ¡Desapareced con esta maldita camilla y llevadla a la
sala de curas!
-Señor
médico jefe -dijo Porta en posición de firmes-, nuestro coronel herido debe ser
evacuado por orden del Ejército.
-Aquí
quien manda soy yo -estalló el médico-. Ni el mismísimo Führer tiene nada que
ver.
-A
la orden del señor médico jefe -replicó tranquilamente Porta sacándose una
agenda del bolsillo-. ¿Qué hora es? -me preguntó.
-Las
diez y media.
-¿Qué
está usted haciendo? -gritó el médico furioso.
-Cuando
regrese con mi coronel herido, es menester que diga a qué hora una orden del
Ejército ha sido saboteada, y por quién.
-¡Enséñeme
esa orden del Ejército! -El médico tomó los papeles y se calmó
instantáneamente-. Entonces, subid la camilla al avión y desapareced, pero ¡ay
de vosotros si me habéis engañado! Nunca perdono.
Una vez aupada
la camilla al avión que estaba a punto de despegar, pregunté con cierta
inquietud:
-¿Y
qué harás si el canalla ese se informa? ¡Te costará el cuello!
-No
preguntará nada en absoluto, imbécil -respondió Porta con despreocupación-, y
además también encontrarían algo. Una vez dije que Heydrich era tío de mi
madre. ¡Todo se puso patas arriba! ¡Tuve gasolina para todo el regimiento! ¿No
has comprendido aún que entre nosotros hay más miedo a los jefes que a los
siberianos?
En aquel
instante, se vio llegar corriendo a un teniente coronel que agitaba un papel.
-¡Una
plaza en el avión! -gritaba- Aquí está la orden. Viene del Cuartel General del
Führer.
-Lo
siento, mi coronel -dijo sonriendo el piloto, quien arrugó la orden de salida-.
Estos papeles fueron anulados hace tres días para impedir las deserciones de la
zona de combates.
-¡Desertor
yo! ¡Está usted insultando a un oficial alemán!
Porta se
agachó y recogió el papel de la nieve.
-Es
verdad, Gustav -dijo-. No se trata así a un coronel. En tanto que cabo primero
en activo, mi deber es avisar a la Policía militar, pero que en seguida.
-Buena
idea -dijo el piloto con ancha sonrisa-. Vete ya a buscar a los perros de
presa. Tengo curiosidad por saber qué dirán de una orden procedente del Führer.
El teniente
coronel, de pronto, pareció muy preocupado. Se arrimó a Porta y susurró al
piloto que ofrecía veinte mil R. M. por una plaza en el aparato.
-¡Lárgate de aquí, basura -gruñó el
aviador-, que apestas!
Porta agarró
al teniente coronel del cuello del uniforme y le dio un puntapié que le mandó a
rodar en la nieve. En aquel preciso momento, aparecían dos policías militares.
-¡Soldado!
Buena la ha hecha usted. ¡Agredir a un oficial!
-¡Depende,
si se trata de un desertor! ¡Ha ofrecido veinte mil marcos al piloto para
apoyar el culo en el taxi!
El teniente
coronel, que se había incorporado, se sacudía la nieve de su largo capote.
-¡Detened
a ese hombre! -gritó señalando a Porta-. Ha atacado a un oficial alemán.
-¡Cartillas
militares! -ordenó uno de los perros de presa, sacando la pistola-. Y poneos
firmes cuando un oficial os hable. ¿Entendido?
Imperturbable,
Porta mostró el papel arrugado y lo entregó al gendarme de campo.
-En
primer lugar, detened a ese cobarde con uniforme de oficial. ¡Tiene la cara
dura de decir que este papel caducado procede del Cuartel General del Führer!
Desconcertado,
el gendarme dio una ojeada a la orden.
-Mi
coronel -dijo-, sintiéndolo mucho, debo detenerle por sospechoso de deserción,
y le prevengo que a la menor tentativa de fuga haré uso de mi arma.
El oficial,
pálido como un muerto y protestando con vehemencia, desapareció entre los dos
gendarmes.
-¡Ya está! -exclamó Porta haciendo el
gesto de lavarse las manos.
El piloto nos
ayudó a aupar la camilla de Hinka, que habíamos cubierto de mantas. También
dentro del avión se quedaba uno helado.
-¡Tener
un sitio ahí dentro! -suspiré-. No saldremos vivos de Stalingrado.
-Hay
que tomarse las cosas como son -replicó Porta encogiéndose de hombros-. Con
suerte y un poco de seso, quizá saldremos del paso, de todos modos.
Una multitud
de heridos, cojeando y hasta arrastrándose, rodeaba los aviones de transporte.
Era menester que los gendarmes, insensibles a los gritos y a las súplicas,
apartasen a aquellos desventurados a culatazos. Una plaza en el avión era
salvar la vida. Por doquier salían siluetas demacradas: un patio de Monipodio
en la nieve. Se agarraban a las puertas, al fuselaje, al piloto, pero en vano.
Los aviones ya iban recargados, con las bodegas rebosantes de hombres
ensangrentados. Volvieron a tirar cajas de municiones, de medicamentos y de
material de radio para embarcar a heridos graves, entre ellos un joven teniente
que, en lugar de pies, no tenía sino muñones escarlatas.
El avión que
se llevaba a Hinka rodaba ya por la pista y el amigo de Porta nos hizo grandes
gestos; se veían claramente sus grandes manoplas blancas. El aparato viró y los
tres motores zumbaron.
-¡Con tal de que pueda elevarse! Va
demasiado cargado.
El piloto
aceleró el motor, el avión despego pesadamente en una nube de nieve y sus
ruedas casi rozaron el techo del hangar; pero tomó altura, viró de ala, nos
sobrevoló por última vez y, luego, el pesado «JU-52» desapareció en las nubes.
-No lleva ni radio ni nada. ¿Cómo se las
va a apañar?
-No tengas siempre canguelo -masculló
Porta-. Gustav conoce su oficio; llegará bien.
El «JU»
siguiente despegaba a su vez. Consiguió apenas elevarse, se encabritó y cayó
hacia atrás. Una explosión formidable, y todo se sumió en un mar de llamas. El
tercero despegó, por su parte, a la velocidad de un proyectil. Salió de la pista,
dio media vuelta y continuó a toda velocidad hacia la valla de alambradas.
Esperábamos la catástrofe, pero justo antes de la valla, el aparato se
enderezó, viró hacia el Oeste y, por fin, desapareció de nuestra vista.
El vehículo
anfibio que nos había transportado nos esperaba para el regreso. Con gran
sorpresa nuestra, junto a él yacía un bulto gris sobre la nieve enrojecida. Era
el teniente coronel de los 20.000 marcos...
-¡Leñe!
-exclamó Porta-. ¡El consejo de guerra es expeditivo en Stalingrado! ¡Ése se ha
escapado del infierno, pero no de la forma que él deseaba! Evidentemente,
resulta bastante fácil ser oficial en tiempos de paz, pero en tiempos de
guerra, ¡vaya cabronada!
-Me
pregunto a cuántos habrán ejecutado aquí, en la zona.
-A
muchos, seguramente. Un feldwebel de
cazadores me dijo que sólo su compañía había apiolado a 850. Unos gandules.
Nunca se sabrá a cuántos han despachado los consejos de guerra. ¡Es
ultrasecreto!
Bajamos por la
calle Litvínov y tomamos un atajo hacia la plaza Roja, una de cuyas cuevas
albergaba un hospital provisional. Teníamos orden de recoger una caja de
apósitos para el regimiento. Un terrible hedor a sangre, a excrementos y
podredumbre nos recibió. Los heridos se vislumbraban en una penumbra alumbrada
por débiles cabos de vela. Tropecé con un cadáver y me caí sobre un desgraciado
que aulló de dolor.
-¿No estáis viendo que ya no queda
sitio? -gritó un feldwebel herido-.
¡Largaos los dos!
-¿Estáis heridos? -preguntó un médico
que llevaba la máscara puesta.
-No venimos a buscar apósitos -dije,
alargándole la orden del regimiento.
-Cuarta puerta a la derecha, pero no os
olvidéis de poneros firmes. Ahí no están para bromas.
El sanitätshauptfeldwebel que leyó nuestra
orden de requisa nos miró con expresión rara.
-¿Apósitos?
Os daré periódicos, si queréis, es lo que usamos hace quince días. ¿Y morfina
además? ¿Por qué no un quirófano con gas carbónico y todo? -dijo gritando
progresivamente-. ¿Dónde creéis que estáis, pedazos de imbéciles? ¡Todavía no
sabéis que estáis en Stalingrado! ¡Fijaos en esos dos idiotas! ¡Vienen a darme
la lata con la de trabajo que tengo! ¡Una requisa! ¡Me toman por Papá Noel!
-Con rabia, rompió la orden y nos dio una mitad a cada uno-. Comedlo y
acordaos: ¡aquí, en Stalingrado, no tenemos nada y no volveremos a recibir
nada! ¡Hemos sido borrados del Ejército, ya no existimos! ¡Y limpiaos el
trasero con vuestra orden!
Echados del
«hospital», fuimos detenidos fuera de la ciudad por un mayor con capote de
carnero blanco y fusil en bandolera.
-¿Adonde
vais? -gritó un teniente con pinta de bulldog.
-Mi
teniente, volvemos a nuestro regimiento tras haber transportado a nuestro
coronel herido a Gumrak.
-¡Cartillas
militares! -ordenó-. Bueno. Por el momento os quedáis aquí. Meted vuestro coche
allí, bajo los árboles. Os daremos granadas de mano y os ponéis ahí, en la
carretera, con nosotros.
Nos dieron
granadas de mano y nos englobaron en una sección, a las órdenes de un feldwebel de Gendarmería de jeta más
desagradable aún.
-¿Qué
se hace aquí? -pregunté bajito a un artillero que estaba a mi lado.
-¿Estás
ciego? ¿No ves que somos un comando de consejo de guerra? Echa un vistazo a la
zanja que está detrás de ti. ¡Y no es más que el trabajo de la mañana! Hace dos
días sólo que estoy en esta unidad. ¿Queréis un buen consejo? Daos el piro tan
pronto tengáis ocasión.
Un batallón de
cazadores apareció en el mismo instante. Magníficamente equipado, no carecía de
nada. Hasta tenía dos grandes camiones aljibe.
-¿Adonde
vais? -preguntó el mayor de la pelliza blanca.
-Orden
de concentración en el meandro del Don -respondió el teniente con importancia.
-Orden
anulada. Os ponéis, en posición aquí; vamos a indicaros el sitio.
-Lo
siento, querido camarada -dijo el teniente, mirando con visible desprecio al
oficial de Gendarmería-. Mis órdenes son de reintegrarme al meandro del Don, y
las cumplo.
El mayor sacó
la pistola y le apuntó.
-Toma
usted posición aquí, o de lo contrario le hago ahorcar por desertor. Yo estoy a
las órdenes del O.B. (Mando supremo).
El teniente
palideció, perdió su arrogancia y bajó lentamente de su oruga.
-Helmer,
enseña al teniente el sitio donde debe enterrarse -dijo el mayor con desprecio.
-Camarada
-tartamudeó el teniente-, hay que comprender...
-Comprendo
de maravilla. Entiérrese antes de que le aplaste un «T 34». El meandro del Don
no conduce a ninguna parte.
Durante seis
horas estuvimos allí parando una riada de fugitivos de todas las armas. Cada
cual sólo tenía una idea: abandonar la marmita de Stalingrado, lejos de los «T
34» que atacaban y de la infantería siberiana. Algunos, cuando les parábamos,
amenazaban con todos los castigos y gritaban «Misión especial»; otros usaban de
súplicas, pero la Gendarmería no tenía piedad. Papeles y órdenes eran inútiles,
y si se ponían demasiadas pegas, estaba el piquete de ejecución...
Al cabo de un
rato, Porta y yo logramos, sin embargo, salir de las garras del mayor, no
ciertamente por favor especial, sino porque la previsión de Porta le había
hecho llevar órdenes selladas por el O.B. Ese tipo de firma hace ablandar hasta
al más sanguinario de los perros de presa.
Despreocupado,
Porta silbaba mientras el anfibio corría alegremente por la carretera de
Kuperósnoie. Hacía un frío tremendo. Yo dormitaba, con el abrigo en la cabeza,
y entramos en una tempestad de nieve. Por dos veces, el vehículo se atascó y
hubo que sacarlo a fuerza de pala. En la carretera, nadie, ni un alma, y a
trechos, los montones de nieve eran tan altos que rebasaban los postes
telegráficos.
Bastante lejos
de Kuperósnoie hubo que bordear columnas de caballería cuyas cabalgaduras
relinchantes se sostenían con mucha dificultad sobre el pavimento helado.
-¿De
dónde vendrán esos pencos? -preguntó Porta muy extrañado-. Abre el apetito ver
tantos bistecs vivos; me gusta mucho la carne de caballo.
Los caballos
echaban nubes de vapor. Se olía a cuero mojado. De pronto, dos caballos se
encabritaron cortando el camino y un oficial llegó al trote gritando algo
incomprensible. Después de la caballería, aparecieron obuses con sus cortos
cañones apuntando hacia las nubes de nieve que desfilaban. Luego, unas columnas
de exploradores con bulldozers y palas mecánicas. Toda aquella gente iba en la
dirección de donde veníamos nosotros.
-¡No
es posible! Nos mandan refuerzos -exclamó Porta- ¿Has visto ese material? Nuevo
y flamante. Se diría que son rumanos.
Durante dos
horas hubo que continuar bordeando aquellas enormes columnas, una división al
menos, y Porta hacía alegres señales a los cazadores esquiadores, cuyos
vehículos estaban erizados de esquíes.
De golpe,
frenó tan bruscamente que el coche dio media vuelta patinando sobre el camino
helado.
-¡Te has vuelto loco! -grité agarrándome
al tablero de mando.
En mitad del
camino estaba un oficial que empuñaba un letrero de STOP. Porta se agachó sobre el volante y el coche aceleró en la
dirección opuesta.
-¡Son los rusos! -chilló Porta.
«Stoí! Stoí!» Se oían gritos detrás de nosotros y sonaban tiros. Porta
conducía a una velocidad infernal, haciendo slalom entre altos árboles, a lo
largo de un estrecho sendero de bosque. Por fin paró, sacó de la caja de
herramientas dos gorros de pieles rusos y dijo jadeando:
-Vale
más escamotear el tocado de Hitler. ¡Suerte que he podido vislumbrar a ese
oficial Iván, que si no era nuestro último pedo!
-¡Larguémonos!
-dije mirando con terror detrás de mí.
Nos colgamos
los «M.P.I.» sobre el pecho, con los cuellos alzados y los gorros de pieles con
estrella roja sobre la frente, como verdaderos soldados rusos, pero con bombas
al alcance de la mano mientras continuábamos a bosque traviesa. Poco después,
volvimos a la carretera, que seguía llena de columnas en marcha. Porta dobló
por un camino lateral y, de pronto, el motor falló, y se paró a unos metros de
la carretera. El pelirrojo bajó tranquilamente y levantó el capó con la mayor
naturalidad. Una división cosaca pasaba por la carretera cantando. Son de lo
más romántico los cosacos cantando, y sus caballos relinchando, pero por el
momento aquel romanticismo me helaba de terror. Empuñando la pistola, vi a
Porta limpiar las bujías y examinar el carburador y el encendido, mientras me
quitaba la calavera del cuello de la guerrera y la pisoteaba. Aquellos chismes
de plomo habían causado la muerte de muchos soldados de carros. Siempre nos
tomaban por la división de Eicke (división de la muerte).
-¿Tienes
miedo de Iván? -dijo Porta burlonamente-. De nada sirve quitarse ese
chirimbolo; si nos cogen, de todos modos nos liquidan a causa de nuestros
gorros y de nuestras «M.P.I.» rusas. Y si no me engaño, tu bayoneta está
afilada. En la Primera Guerra Mundial ya se fusilaban soldados por eso. Sólo
saldremos del paso con astucia, y no somos más tontos que esos salvajes de ojos
oblicuos.
Un brigada de
Artillería salió de la maleza y se nos acercó.
-Zdrávstvuite
(buenos días).
-Zdrávstvuite!
-contestamos presurosamente.
Con aire
interesado dio lentamente la vuelta al vehículo.
-Hitler mashina -dijo con ancha sonrisa y dando una patada a la rueda
delantera.
-Da
(sí).
-Joroshi?
-Da.
El brigada se
echó a reír y dio un manotazo a Porta, inclinándose sobre el motor. Porta le
golpeó los dedos con una llave para impedirle que desmontase el delco.
-Yálovka
-dijo el ruso limpiándose los dedos llenos de aceite en su largo capote de
artillero.
Era la mar de
charlatán y nosotros contestábamos Da
o Niet a bulto. Porta le tendió un
cigarrillo de grifa, lo cual le hizo brincar de contento. ¿Dónde los habíamos
conseguido?
-Yeniseisk
-respondió Porta sin reflexionar dónde estaba la ciudad en cuestión.
-Yo
soy de Chita -explicó el brigada-, y detesto a los moscovitas. Hablan el ruso
como cerdos. Vosotros, los de Yeniseisk sois difíciles de entender, pero al
menos sois buenos chicos, no orgullosos como ellos. Debían de haberlos matado a
todos durante la revolución.
Porta
consiguió por fin poner el coche en marcha y yo suspiré de alivio, pero,
desgraciadamente, apenas recorridos diez metros nos hundimos en un montón de
nieve.
-Se camina mejor con caballos en época
de nieves -se guaseó el brigada.
Los tres,
agachados y empujando con el hombro, no conseguimos nada, pues las ruedas
patinaban mucho.
-¡Esperad!
-gritó el brigada, desapareciendo bajo los árboles.
-¿Qué
querrá ahora ése? -dije en el colmo del nerviosismo.
-Buscar
compañeros para que le ayuden -respondió Porta irónicamente-. Los rusos siempre
han pasado por ser de lo más amable.
-¡Dejemos
el coche aquí y larguémonos!
-¡Un
poco de calma, caray! Coge la ametralladora, y si hacen el tonto te los cargas.
¡No van a volver con todo el Ejército Rojo!
-¿Has
comprendido todo lo que ha dicho?
-¡Claro
que no! Tampoco nos ha comprendido él, pero, ¿qué tiene de extraño? Rusia es
inmensa. Hay muchos dialectos, y las pequeñas repúblicas se detestan entre sí.
¡Suerte que no dije que veníamos a de Chita! Estuve a punto.
-¿Dónde
queda Yeniseisk?
-Ni
idea, pero el comisario que nos cargamos el otro día era de allí, por lo tanto
queda en Rusia.
El brigada
volvía con tres hombres.
-Davái!
Davái! -gritó fogosamente.
En un abrir y
cerrar de ojos, el coche salió del atolladero.
-Dotsvidania!
(hasta la vista) -gritaron a coro mientras nos largábamos sin pararnos en
barras.
Otra columna
de infantería rusa, y luego nos hicieron signo de arrimarnos para dar paso a un
coche de Estado Mayor. En un cruce, un teniente general observaba a las tropas
que pasaban frente él.
-Sigamos a pie -dije muy nervioso-. ¡No
se fijarán en nosotros! Si no, ¡presiento que habrá follón!
-No
digas bobadas. ¿Quién puede creer que dos héroes alemanes están lo bastante
locos como para pasearse en «Volkswagen» en plena mitad de las líneas enemigas?
Nos toman por dos rusos que han robado un trineo a Hitler.
Bajamos la
garganta de Boliov procurando salirnos de la carretera principal por otra
lateral, pero unos gendarmes nos hicieron volver con gesto rabioso a la
carretera. No había más remedio que continuar.
Cerca del
Volga, se veían dos grandes barcazas volcadas. Por fin logramos colarnos en una
calle transversal en medio de los gritos roncos de varios soldados.
-¿Qué chillan? -dije aterrado.
-Que vayamos con cuidado. Eso lleva
hacia los alemanes, ¡figúrate!
Con alivio,
Porta se quitó el gorro ruso, que tiró al fondo del coche.
Por fin,
fuimos detenidos en un puesto alemán. Los artilleros, estupefactos, nos
preguntaron de dónde veníamos y quedaron tan poco convencidos de nuestras
explicaciones, que nos llevaron al jefe de la compañía. Necesitamos dos horas
de verborrea para obtener finalmente permiso para regresar a nuestro
regimiento.
Cuando
llegamos, vimos que el pánico reinaba en todas partes. Circulaban las más
siniestras noticias. Se decía que los rusos habían roto el frente en varios
sitios.
Adueñémonos del poder. No lo
devolveremos jamás, cualesquiera sean los medios necesarios para conservarlo.
Joseph Goebbels, ministro de
Propaganda, a Ernst Thaelmann - 3 de enero de 1932.
Dos jinetes trotaban rápidamente por una senda del
Tiergarten que, a aquella hora, estaba desierto. No habían dado aún las siete
de la mañana. Eran el obergruppenführer Heydrich y el almirante Canaris.
-La
idea de meter a unos cuantos prisioneros con uniforme polaco y de organizar un
atentado contra la estación de radio de Gleiwitz
es excelente -dijo Heydrich-. Eso nos dará una buenísima razón para atacar
Polonia.
-Sí, he oído hablar de eso
-replicó Canaris, con el semblante hermético-, pero no soy de igual parecer y
no creo que pueda guardarse secreto un subterfugio tan degradante.
-¡Oh!, no pase cuidado. ¡Ninguno
de los prisioneros sobrevivirá a la operación! -se burló Heydrich.
-Sin embargo, se ha prometido la
libertad a quienes salgan del paso, pues todos serán voluntarios.
-Es muy posible, pero resulta una
promesa imposible de cumplir. Por lo demás, está usted más enterado que yo,
almirante. Según me ha dicho uno de sus próximos colaboradores del Servicio de
Informaciones, la idea procede de éstos. Entonces usted sería el encargado de
ese desagradable asunto -dijo, mirando triunfalmente al pequeño almirante
ensombrecido.
El almirante puso su caballo al paso, le acarició el
cuello y se volvió lentamente hacia el temible jefe de los RSHA.
-No,
obergruppenführer,
mis Servicios no se ocupan de este caso.
Heydrich dio media vuelta. Se oía un pájaro
carpintero picotear un tronco. El nazi se golpeó las botas con la fusta y
contempló a su compañero con una mirada de ave de presa.
-¿Puede
saberse el porqué? El Führer ha aprobado la idea.
-Justamente. Porque no es mía
-replicó secamente el almirante-. Ha sido puesta a punto sin que yo lo supiera
en uno de mis servicios.
-De todos modos será de su
incumbencia -prosiguió irónicamente Heydrich-. Es usted responsable de lo que
inventan sus subordinados. Ayer mismo hablé de eso con el reichsführer y el reichsmarschall, y ambos estaban de acuerdo conmigo. Ese
asunto sólo le atañe a usted.
Canaris encendió despacio un cigarrillo observando
al cínico jefe de la Seguridad del Reich.
-Despídase
de eso, señor Heydrich. Puede usted imaginar que hace tiempo temo que me
endosen ese acto. Figúrese que también yo estoy bastante bien informado, pues
he tenido con el Führer, y muy recientemente, una conversación franca y me da
completa razón. Ese método tan desagradable no tiene nada que ver con el contraespionaje,
y escandalizaría al Ejército entero. El Führer opina igual que yo. Eso atañe al
RSHA, es decir a usted, obergruppenführer.
Trotaron en silencio un rato y, luego, Heydrich se
inclinó hacia el almirante.
-Almirante
Canaris, es usted un viejo zorro. ¡Le admiro, palabra! Pero no esté demasiado
seguro de sí mismo. Ocurre que los zorros también son cazados.
Y se alejó a galope corto hacia el «Mercedes» negro
que le aguardaba en una alameda.
UN CONSEJO DE GUERRA VOLANTE
Cierta noche,
un «HE in» aterrizó en un campo cerca de Stalingrado, y nadie en el VI Ejército
sospechaba qué pasajero llevaba.
El aterrizaje
fue también secreto. Únicamente lo presenciaron algunos oficiales del
regimiento de paracaidistas MATUK. El aparato, inmediatamente camuflado, era
casi invisible en el terreno, y los paracaidistas que lo rodeaban tenían orden
de disparar sobre quienquiera se acercase a él.
El primer
pasajero que bajo era un individuo larguirucho y delgado, Theodor Eicke, jefe
supremo de los campos de concentración, comandante de la 3.a
división Panzer, llamada división de la calavera. La desfachatez y la
brutalidad de aquel personaje irritaban hasta al propio Führer, de suerte que
la división de la calavera había sido privada de permiso por toda la duración
de la guerra. Tras los talones de Eicke apareció una sección de SS,
especialistas en liquidaciones. Eicke y sus esbirros subieron a un trineo
motorizado del regimiento de paracaidistas cuyo conductor habitual se vio
obligado a ceder el sitio al oberscharführer
Henzel, El Verdugo, como le llamaban
en Dachau.
En una nube de
nieve, el trineo y sus siniestros ocupantes corrieron hacia Stalingrado para
visitar el Estado Mayor del Ejército en el sótano antes ocupado por la NKVD.
Habían cambiado las letras WL (Ejército del Aire) por la sigla de las SS. Eicke
no hacía nada a medias. Los presos de Dachau hubiesen podido dar testimonio,
desde el canciller austriaco Kurt von Schuschnigg, que había ocupado el bunker
de los «Especiales», hasta el último de los judíos sacado de los barrios
miserables de Berlín.
La llegada
inopinada de Eicke al Estado Mayor del VI Ejército sembró el pánico. Su jefe,
general Paulus, que ocupaba el despacho de un ex carcelero de la NKVD, se
levantó espantado pero tendió educadamente la mano a Eicke, que permanecía en
pie con las piernas separadas en la entrada de la estancia. Eicke ignoró la
mano extendida y miró con altivez al general jefe cubierto con dos capotes sin
cinto. El nazi vestía correctamente un impermeable de cuero negro sobre el capote
gris perla de buen corte.
-¿Quién
diablos es usted? -preguntó Eicke con desdén, fumando lentamente un largo
cigarro
-General
del Ejército Paulus. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
-¡Honor!
Ésta sí que es buena -se burló Eicke- General, soy el SS obergruppenführer Theodor Eicke, que viene aquí en calidad de
representante del Führer para ver lo que hacen ustedes. ¿Hacen la guerra o se
toman unas vacaciones de invierno?
El general
Paulus, de finas manos de cirujano, de modales impecables, no dio crédito a sus
oídos.
-Al
verle, general, he creído ver a un prisionero bolchevique calentándose sus
viejos huesos en un capote alemán. ¡No se parece usted nada a un soldado del
Reich! ¿Qué hacen ustedes de la disciplina por aquí? Lamentaría tener que
informar al Führer de que han renunciado ustedes a vencer.
-¡No
tolero ese tono! -estalló Paulus cuyas manos temblaban.
No era un
hombre demasiado combativo, pero el general Schmidt, jefe de Estado Mayor del
VI Ejército, se soliviantó. Era un oficial de todo punto contrario al general
Paulus, hombre duro y seguro de sí mismo.
-¡SS
gruppenführer, falta usted a la
disciplina! ¡Me quejaré!
-Todo
el mundo tiene derecho a quejarse -se burló Eicke-, pero, ¿a quién? Si es al
Führer, entonces quéjese usted ante mí mismo, pues le represento en
Stalingrado.
Se sacó un
documento del bolsillo y lo arrojó sobre la mesa con malvada sonrisa. Era una
otorgación de plenos poderes firmada «Adolf Hitler», que concedía carta blanca
a Theodor Eicke para celebrar consejos de guerra en la «caldera» de
Stalingrado.
-¿Qué
desea saber el Führer? -preguntó Paulus con tono que denotaba ansiedad-. Recibe
mis informes telegráficos sobre todo lo que pasa aquí. Le he propuesto una
brecha con todos los medios de que disponemos. El general Schmidt tiene un plan
excelente. Sólo esperamos la autorización del Führer para poder salvar todavía
más de la mitad del VI Ejército.
Eicke, que
odiaba al Ejército y a todo el cuerpo de oficiales, gozaba del terror que
visiblemente inspiraba.
-El
Führer desea que logren ustedes la victoria, nada más. Les han dado tiempo de
sobra, ¡palabra! ¡Si mi división estuviera aquí, todo este asunto habría
terminado hace tiempo! No se trata de hacer una brecha; ésas son palabras que
camuflan una derrota. No se huye ante primates soviéticos; se les destruye. El
Führer desea que liquidéis a esas hordas, aquí, a orillas del Volga. ¿Cómo? Eso
es cuenta de ustedes, por eso le han nombrado general del Ejército.
-¿Tiene
usted alguna proposición que hacer? -preguntó Schmidt, que miraba con asco a
aquel sórdido personaje.
-Perfectamente
-tronó Eicke-. Echad a los bolcheviques de Europa. El VI Ejército consta de 25
divisiones en activo, 600.000 hombres y 800 carros. ¿Qué demonios más quiere?
¡Con una fuerza tal pueden ganarse cinco guerras mundiales! ¡Si es que se
quiere, desde luego!
El general
Huber, una de cuyas mangas colgaba vacía, se levantó enfurecido.
-¡No
acepto su insolencia! ¡No está usted aquí en un campo de concentración, sino
delante de unos generales!
El SS sonrió
desde lo alto de sus dos metros. Lentamente, sopló el humo de su cigarro a la
cara del célebre general de Infantería manco.
-¿Es
usted el general Huber? He aquí lo que le transmite el general Burghof (jefe de
personal del Ejército).
El general
Huber palideció. Eicke le tendía la orden de presentarse en el Cuartel General
del Führer, la madriguera de Prusia oriental. ¿Qué significaba aquello? Le
quitaban el mando de la16.a Panzer. ¿Sería la ejecución, la
destrucción de toda su familia o, por el contrario, un ascenso? Inseguro, miró
al SS triunfante y volvió a sentarse pesadamente para no volver a tomar ya
parte en la conversación. ¿Para qué apoyar ahora a los generales presentes? El
VI Ejército sólo tenía generales muertos aunque siguieran respirando. La verdad
pertenecía a aquel nazi de solapas blancas, con los plenos poderes del Führer
en su bolsillo.
El general
Paulus callaba; era un hombre que no deseaba más que una cosa: vivir en buena
armonía con todo el mundo. Adoraba sus libros, sus autores clásicos, a
Schopenhauer, a Kant y más aún, a su perro. Eicke no tuvo, pues, ninguna
dificultad en personarse cerca de Tsaritsa, en la 71.a división,
cuyo jefe, el general Alexander von Hartmann, estaba ya sobre aviso. Eicke y él
se conocían desde la Primera Guerra Mundial. Von Hartmann era en aquel entonces
jefe de compañía y Eicke, contable. Fue Hartmann quien descubrió su primer
fraude y le mandó a quitar minas en Champaña, lo cual Eicke jamás había
olvidado.
-¡Bueno!
Héroes fatigados -gritó el SS entrando ruidosamente en el bunker del Estado
Mayor-, la victoria parece difícil de conseguir, ¿verdad?
Von Hartmann
se presentó sin rechistar.
-¡Oh!
Hace mucho tiempo que nos conocemos -dijo amablemente Eicke-. No he olvidado el
destino que antaño me reservó usted. -Se puso bruscamente bajo el brazo la
fusta con calavera, de oro macizo, regalo del Führer, y se desabrochó el capote
sobre el pecho cuajado de condecoraciones-. El Führer me ha mandado aquí para
ver qué estáis maquinando. A esos subdesarrollados soviéticos no hay por qué
darles tanta importancia, al fin y al cabo. Deseo inspeccionar su división,
general Von Hartmann.
Encantado de
desembarazarse del latoso, Von Hartmann le mandó al 191.°, que estaba a las
órdenes del capitán Weinkopf. Eicke solicitó circular en trineo motorizado,
pero el oficial de servicio, un teniente de Infantería, se lo desaconsejó
vivamente.
-¿Acaso tiene usted miedo, teniente?
–ironizo el nazi subiendo al trineo de un salto.
El teniente se
encogió de hombros. Si Eicke estaba cansado de la existencia, era cuenta suya;
en cuanto a él, hacía ya tiempo que no esperaba salir con vida de aquel
infierno. Que fuese hoy o mañana, ¿qué importaba? Toda su familia estaba
enterrada bajo una casa arruinada en Colonia, él no poseía más que su equipo, y
aún, pues ni siquiera era suyo, sino de Hitler.
El trineo no
había recorrido más que unos cuantos metros cuando la nieve se puso a saltar en
torno.
-Granadas rusas -dijo el teniente
sonriendo-. Pronto dispararán con la artillería de campaña.
Apenas había
terminado cuando el aire se puso a silbar y a aullar. Eicke se estremeció y se
abrochó el capote a fin de ocultar sus solapas blancas, que parecían atraer los
proyectiles.
-¡Vaya
frío! -murmuró para disimular.
-Hoy
no mucho -replicó con guasa el teniente-. Esta mañana hasta se oían cantar
pardillos, y sólo vienen cuando el tiempo es bonancible. ¿Ve usted aquella
garganta, allí entre las colinas? -continuó-. Bueno, pues cuando se sale, se lo
prevengo, Iván tiene la costumbre de saludarnos con órganos de Stalin.
-Siga
-replicó Eicke, que estaba sudando.
Apenas salidos
de la garganta, el cielo pareció desplomarse sobre ellos. Diez órganos tronaban
al mismo tiempo. Eicke saltó del trineo y echó cuerpo a tierra. El teniente fue
el último en apearse y contempló a los SS tumbados en la nieve.
-¿Siempre
tiran así? -preguntó Eicke con vergonzosa sonrisa.
-¡Oh!
Hoy todavía puede pasar. El otro día, estaban locos. Hicieron migas a todo un
batallón en dos minutos. Fue el día que el capitán se puso al frente del 14.°
regimiento.
-¡Un
capitán como jefe de un regimiento!
-Era
el oficial más antiguo -replicó tranquilamente el teniente-. Los órganos habían
apiolado a todos los demás.
Continuaron a
pie sin decir palabra. Encontraron al capitán jugando a naipes con algunos
soldados bajo tres capotes abrochados juntos y tendidos sobre fusiles rusos.
Unas latas de gasolina servían de mesa.
-Vengo
a inspeccionar vuestro regimiento en calidad de representante del Führer -dijo
bruscamente tras haber esperado en vano un saludo del capitán.
-Por
favor -replicó el oficial-. Los hombres están allá abajo en los hoyos, pero
desconfíe usted, señor SS gruppenführer,
pues mis chicos están nerviosos. Disparan sobre todo lo que se mueve.
-¡Puede
usted meterse su «señor» donde yo pienso! -gritó Eicke- Ese tipo de expresión
burguesa lo hemos suprimido entre los SS. ¡Recuérdelo!
-Es
muy posible -dijo el capitán con indiferencia-. No sé nada de las SS. Estoy en
el Ejército.
-¡Sí!
Y con la victoria en la mano, ¡sólo que jugamos a las cartas! Y tú -dijo a uno
de los soldados-, ¿qué haces en el regimiento?
-Destructor
de carros -gruñó el soldado, sin decir que la víspera había hecho polvo doce «T
34» con bombas de mano y minas.
Apenas contaba
diecinueve años, pero era un experto contra los carros. No le enseñaron otra
cosa, y no encontraría empleo en tiempo de paz.
-Una
vez más, desconfíe usted de los tiradores de primera, gruppenführer -gritó malvadamente el capitán viendo a Eicke
alejarse rodeado de sus esbirros-. Matan a todo lo que se asoma. Ayer le tocó a
un mayor.
A gatas, Eicke
reptó hacia los primeros hoyos. El tiroteo empezaba de nuevo. El oberscharführer Willmer tenía la cara
partida por un casco de metralla. El scharführer
Ewinger cayó con un agujero entre ceja y ceja, justamente bajo la visera del
casco. Un soldado se miró la pierna arrancada sin entender nada; ¡ni siquiera
dolía! Del muñón desgarrado manaba la sangre.
-¡Jesús! -gritó involuntariamente Eicke.
El verdugo de
los judíos de Dachau pedía auxilio a un judío, pero pasó por encima del
moribundo sin mirarle. ¿Para qué sirve un soldado que sólo tiene una pierna? La
tempestad del Kazajstán le serviría de mortaja. Eicke se tumbó junto a un grupo
que servía una «SMG». El tirador era un suboficial de la activa del 41.°
regimiento de Infantería y miró con inquietud las solapas blancas del SS.
-Cuidado -dijo-. Ayer se cargaron a un
general que se había adelantado demasiado.
Eicke,
bastante incómodo, ganó el hoyo donde se agazapaba un joven teniente con cara
de anciano.
-Gruppenführer, hace lo menos ocho días
que no comemos caliente. La Intendencia nos sabotea.
-¡Nada
caliente hace ocho días! ¿Dónde están vuestras cocinas de campaña?
-¿Cocinas
de campaña? -El teniente se rió amargamente-. En la compañía, de vez en cuando,
se mata un animal. ¡Así es como sobrevivimos!
-¡Gratwohl!
-gritó Eicke a uno de sus esbirros-. ¡Arrégleselas para que el intendente de la
división sea ahorcado! Voy a poner orden en las cocinas de campaña.
-¡Mi
teniente! -gritó un suboficial- ¡Iván ataca en masa!
El teniente se
caló el casco, empuñó su fusil ametrallador y, mientras corría, descapsulaba
granadas. El ataque fue contenido, pero Eicke se quedó estupefacto. Nunca había
visto la guerra desde aquel ángulo. El joven teniente se agachó en el refugio y
examinó su mapa extendido en el suelo.
-¿Puede
usted sostener la posición, teniente?
-No
lo sé, obergruppenführer. La guerra está perdida, pero no depondré las armas
hasta que me lo ordenen.
-¡Puedo
hacerte fusilar por derrotismo! -rugió Eicke- ¡La guerra no está perdida,
recuérdalo, teniente!
-¡Oh!
-dijo el joven teniente sonriendo con cansancio-. El Führer ha dicho que íbamos
a hacer la guerra contra unos subdesarrollados, ¡y hasta ahora nunca he visto
más que temibles especialistas! El Führer ha subestimado a los rusos y repito
que la guerra está perdida.
Retumbaron
tres disparos y el joven se desplomó a los pies de Eicke. El nazi continuó su
inspección hacia el 9.° regimiento de Carros.
-¿Dónde
están vuestras cocinas de campaña? -preguntó Eicke-. No se puede hacer la
guerra sin cocinas de campaña.
El brigada le
explicó que mandaban comandos de suministro. Éstos atacaban a las columnas de
Intendencia, mataban a los caballos y hacían estofados con ellos.
-Los hígados humanos también se comen, a
veces. No son malos.
El obergruppenführer se quedó sin aliento y
no volvió a hablar de cocinas de campaña. Los soldados de Stalingrado se habían
vuelto caníbales.
-¿Por
qué no atacáis? -dijo, gritando a un anciano mayor, jefe de batallón, quien
visiblemente ya no podía más.
-¿Atacar
dónde? -gritó el mayor-. Los rusos están en todas partes. ¡Mando este batallón
cuyos efectivos apenas equivalen a los de una compañía!
-¡Saboteadores
del Ejército! -vociferó Eicke escupiendo de rabia.
El mayor fue
atado a un árbol y fusilado instantáneamente. Un comandante de Ingenieros voló
su parque de exploradores sin haber tenido orden de hacerlo, porque los
siberianos llegaban a sus pontones. Fue fusilado por sabotaje. Y la cacería
continuó. El coronel Jenk, del 9.° de Infantería, abandonó su posición sin
haber recibido órdenes. Fue colgado de las aspas de un molino. En la cueva de
un hospital improvisado, quitaron a bulto los vendajes a 200 heridos. De entre
ellos, 197 no tenían nada; la mayoría eran oficiales de Intendencia. Fueron
liquidados acto seguido. Y la cacería continuó. Fusilaron a médicos y a
oficiales, y se ahorcó a los criminales. Las mujeres que robaban comida a los
soldados corrieron la misma suerte.
El regimiento
escogido italiano «Savoia» fue una presa inesperada: 68 oficiales se ganaron un
tiro en la nuca por pillaje de almacenes a fin de que sus propios saldados no
murieran de hambre, pues los alemanes no les daban ni una miga de pan
El viento del
infierno sacudía la caldera de Stalingrado.
El mayor
general Blome, de Cazadores, confesó haber guardado gasolina para su coche: le
rociaron con ella y ardió como una antorcha. En la estación de Tsaritsa, niños
rumanos mendigaban pan: orden de matar a los niños a culatazos, y los soldados
rumanos se encargaron de ello. Eran tan crueles para con los débiles como
humildes ante los poderosos. Los aborrecíamos. Un jefe de escuadrón rumano
saludó servilmente a Eicke, lo cual no le impidió columpiarse un instante
después colgado de un árbol.
-¡Vaya pandilla! -se burló Eicke-.
¡Todos juntos! Afortunadamente hemos venido nosotros.
El capellán
castrense Roske, de la 44.a División, había dicho, tres días antes,
un sermón sobre Jesús de Nazaret. ¡Jesús era judío! ¡Nazaret, una localidad
judía! El pobre sacerdote fue denunciado y colgado de los pies y desollado como
en la tabla de la carnicería. Durante cinco días se columpió con su cruz
colgada de un cordón morado. Se valían de él como de poste de señalización:
«Cuando llegues adonde está el cura, doblas por la derecha y luego sigues
recto.»
Dondequiera
apareciese Eicke, la muerte entraba con él.
Un mayor de
Infantería relevó a su batallón bajo su propia responsabilidad para salvar al
resto de sus hombres. El mayor, con ambas piernas amputadas, fue evacuado en
avión. Por un telegrama de Eicke, fue enviado a Torgau y fusilado, atado a su
camilla.
Hitler aprobó
enteramente el informe de su representante y discutió acerca del VI Ejército
tomando un vaso de leche. El Führer ignoraba el alcohol y su vida era
espartana. Muy lejos de él, en Stalingrado, un ejército entero estaba a punto
de ser aniquilado.
Dios ha enviado a Hitler para que
pueda ayudar al pueblo alemán a poner orden en Europa.
August Wilhelm, príncipe de Prusia, en un
banquete dado por la Asociación de Oficiales el 16 de junio de 1936.
El 20 de diciembre, durante una espantosa tempestad
de nieve, el soldado Blatt y el infante Wenck fueron mandados a Gumrak a buscar
suministro para su batallón. Aquel suministro consistía, a mediados de
diciembre, en diez gramos de pan, diez gramos de confitura y un cuarto de litro
de sopa aguada hecha con huesos de caballo, por hombre.
El infante Paul Wenck, de dieciocho años de edad,
siempre había tenido un apetito enorme y nunca conseguía aplacar su hambre.
Hasta entonces, cambiaba su ración de cigarrillos por pan, pero se hizo
imposible frente a Stalingrado. Nadie vendía ya el pan y no había cigarrillos.
Tras una espera de una hora, los dos soldados
recibieron 225 chuscos para su batallón.
-225
-dijo Blatt confiando a Wenck la custodia del precioso cargamento-. Están
todos; vete con cuidado.
Necesitaron ocho horas para regresar a su batallón.
Los caballos hambrientos tropezaban sin parar en el camino; por fin, al
amanecer, llegaron a Tsaritsa.
El furriel del batallón recibió el cargamento y se
apresuró a controlar el número de panes; encontraron 224, cuando debía haber
225. Los jóvenes soldados negaron obstinadamente haber robado nada y, encima de
ellos, nada encontraron. Pero en el vehículo descubrieron el pan envuelto en la
guerrera de camuflaje del soldado Wenck, que estaba escondida en el fondo de la
caja de herramientas. Y Wenck tenía la llave.
El
consejo de guerra se celebraba en una cueva. Desesperado, enfermo y pálido, el
muchacho compareció ante los jueces. La acusación era suficiente para motivar
una condena conforme a las instrucciones del general Paulus con fecha 9 de
diciembre de 1942.
-¿Por
qué robó usted ese pan? -preguntó el presidente sin mirar al chico, que flotaba
dentro de su uniforme.
-Tenía hambre. Hacía tres días
que no había comido nada y tenía mucha hambre.
-Todos tenemos hambre en
Stalingrado, pero no robamos el pan por eso.
Los jueces se retiraron para deliberar. El infante
Wenck incurría en el delito estipulado en la cláusula del 9 de diciembre: «Los
merodeadores serán fusilados inmediatamente.» Pero el infante Wenck no era
ningún merodeador; era sólo un soldado de dieciocho años hambriento entre dos
gendarmes mucho mejor nutridos, y no sospechaba que se vería llamado a pagar un
chusco con su bien más valioso: la vida. Un chusco de 35 pfennigs. Los jueces
volvieron: «En nombre del pueblo alemán, el soldado de Infantería Paul Wenck es
condenado a ser fusilado por robar el suministro del Ejército.»
Durante algunos segundos, reinó un silencio de
muerte en la sala. Luego, el pobre chico se puso a gritar, a suplicar, a gemir.
Un culatazo le hizo callar. Al día siguiente, 4 de diciembre, le arrastraron a
la fosa y le fusilaron. En el piquete se encontraba el soldado Blatt. Como la
tierra estaba más dura que el mármol, cubrieron simplemente el cadáver con
nieve, y, por no derrochar municiones, se decidió que, a partir del 25 de
diciembre, los ladrones ya no serían fusilados, sino ahorcados.
UN PASEO CON LOS MARISCALES
Estábamos
jugando a cartas con la baraja de El
Viejo, sucia pero honrada, pues El
Viejo nunca hace trampas; eso todo el mundo lo sabía. Porta y el
legionario, por una vez, perdían hasta las pestañas, pero Hermanito ganaba mientras la cueva retemblaba bajo el fuego de la
artillería pesada. Todo el día, los órganos de Stalin habían tronado.
-¡Vaya
follón! -rabiaba Hermanito-. ¡Si por
lo menos esos mierdas parasen su música! No hay modo de concentrarse para echar
la carta buena.
-¿Sabéis
la noticia? -dijo de golpe Heide-. Ayer fusilaron a un mayor que quería darse
el piro con toda la compañía. Naturalmente, topó con una guardia, ¡el muy
cretino! ¡Ha sido el piquete de ejecución más bonito que he visto hace tiempo!
Biblia, tambor y oberleutnant con
sable al cinto para dar la orden. Ni que decir tiene; ¡era estupendo!
-¡Oh!
Lo que es yo -dijo Gregor-, generales así no me hacen efecto. Los he visto a
montones. He sido chofer del generalfeldmarschall
Von Kluge. Pero no me gustaba nada la atmósfera con Von Kluge. Había que ver lo
que se conspiraba. Atentado contra Hitler y tal. Se repartían los cargos de
ministros. ¡Por poco me ofrecen uno!
-¿Y
no lo denunciaste al SD? -preguntó Heide frunciendo las cejas.
-¡No
estoy loco! ¡Fíjate si llego a denunciarles! ¡Si no me hubiesen creído, el
presidente del consejo de guerra también es un general, muchacho!
-Te
habrían cortado el cuello -afirmó Porta-. También yo conozco bastantes
traiciones, pero prefiero mis préstamos de dinero. Cuando no los del montón nos
metemos en lo que no nos importa, somos los que cascamos.
-¡Sois
todos unos acojonados! -dijo Heide con asco.
-¿Lo
descubres? -se carcajeó Porta-. ¡Yo sólo necesité dos días de marcha bajo las
banderas de Adolf henchidas de honor y de gloria para saber que el tronco del
roble de Wotan sonaba a hueco!
-¿Y
luego? -preguntó El Viejo con
impaciencia-. ¿Qué te pasó con Kluge?
-¡Bueno!
No hacían más que conspirar contra Adolf y su pandilla, desde el asesinato a
pistola limpia hasta la bomba debajo del culo. Había incluso un chalado, Von
Boselager, teniente coronel de Caballería, que proponía arremeter sable en
ristre contra Hitler al frente de su regimiento. La dificultad era el
transporte secreto de 8.000 motores de avena desde Rumania hasta la madriguera
de Prusia oriental. ¡Menudo! Aun con el más experto en camuflaje, 8.000 pencos
ante las narices de la Policía secreta mejor del mundo, ¿os dais cuenta? Mi
general dijo la única cosa sensata: que no quería saber nada de ninguna manera,
por lo que prefería ser fiel a Adolf con todo y prometer el secreto, pero
aquellos caballeros no debían contar con él. Claro que dio palabra de callarse,
pero unos días después estuvo a pique de encontrarse en un buen fregado con los
conjurados. Si hubiese sospechado algo me habría hecho dar de baja por
enfermedad. Entonces, aquel día, mi general y yo corríamos por la carretera
general de Kiev, uno de los fiascos de Stalin. Los rusos todavía no saben cómo
se construyen carreteras decorosas. ¿Conocéis ésa? Hay un recodo mortal justo
antes de la aldea de Diubendiev. El viraje suicida, como dicen en el país. Se
divierten como locos con ese viraje. Los domingos, se sientan en la cuneta y no
tienen más que esperar. Jamás hay decepción: montones de comisarios se han roto
la crisma mucho antes que los turistas alemanes.
»Mi generalfeldmarschall ese día estuvo muy
huraño. Sin parar, golpeaba con su bastón en el cristal de separación para que
yo acelerase. No sospeché que andaba buscando el accidente tras haber dado la
palabra que le habían sonsacado pero que aquello me pudiese costar la vida a el
¡le importaba un pito! Así es que, a 160, abordamos el viraje mortal. Me vais a
creer, si os la gana, pero ¡el muy canalla se reía! Un segundo después, el 16
cilindros se había convertido lata de conserva. Desperté en el hospital detrás
de un muro de escayola, y atendido por una chica encantadora, no os digo más.
Dos meses después salí y me presenté en el Estado Mayor, pero ahí dijeron que
debía desaparecer antes de diez minutos. Mi generalfeldmarschall
debía de estar a tras su muralla de escayola; al menos así lo espero por él.
Entonces se encargó de mí el generaloberst
Lindemann, especialista en ejecuciones. Me paseaba en uniforme de paracaidista
con emblema sobre el pecho. Un sargento que había conocido bien a Lindemann me
contó esta historia: en 1936, tuvo lugar el gran desfile del nuevo Ejército
alemán. Cuando el cuerpo del general desfiló ante él, ¡querréis creer que
rompió a llorar pensando en todos los muertos de Verdún y del Somme! ¡Se
figuraba que eran cadáveres de gris los que desfilaban! ¡Mira que son curiosos
los graduados! ¡Muy difíciles de entender!
-También
yo estuve en el Cuartel General -aseguró de pronto Hermanito, ante la estupefacción de todos.
-¿Tal
vez eras jefe de Estado Mayor? -preguntó Porta soltando una carcajada.
-¿Es
que quieres que te dé un puñetazo en la jeta? Cuando digo que estuve en el
Estado Mayor, es porque es cierto. De ordenanza del general de Caballería
Knochenhauer. Murió, se suicidó. Pero valiente, ni que decir tiene; me salvó el
pellejo. Entonces yo estaba en el 15.a Panzer, en Sagan. Un día
caigo del carro y me quedo aferrado a la oruga. Mi bota ha quedado cortada y al
día siguiente voy al médico e indico que ya no tengo pie. Aquel médico no podía
aguantar a los soldados enfermos; se decía que ya había dejado espicharla a dos
tíos. Uno decía que tenía difteria, pero había que inventar algo mejor para
engañar a aquel carnicero. Al cabo de tres días, acabó por cansar al hombre de
la difteria suministrándole aceite de ricino en lavativa; el tío dijo que
estaba curado, pero era tan terco que la palmó durante el ejercicio de la
mañana. El otro era un pedazo de tonto de soldado que se dio de baja por
enfermo un lunes por la mañana. ¡Como para pretender que pueden cocerse huevos
bajo las nalgas al aire hasta con 40 de fiebre! Todo el mundo se encuentra malo
el lunes por la mañana, hasta Rockefeller, ¿verdad? Así es que aquel memo de
soldado escogió la apendicitis. El sepulturero le endilgó tres termómetros: uno
bajo el brazo, otro en la boca y un tercero en el ojete, pero con gran sorpresa
del médico, el chico tenía fiebre de verdad. «¡Confiesa cuántos terrones de
azúcar mojados en gasolina te has tragado!» El soldado seguía gimoteando que se
sentía malo. Entonces, el médico se puso furioso y le amenazó con consejo de
guerra. Pero el simulador se las compuso tan bien que algo le reventó en la
tripa y palmó a la vista de todo el mundo.
ȃl sanitario
del hospital de campaña me desaconsejó que fuese al proveedor del crematorio
con mi pierna. Me propuso poner yodo en ella y darme un permiso de tres días de
servicio en el interior, con derecho a solicitar tres más, pero aquello me
dolía mucho y, sobre todo, estaba poniéndose de un color tan raro que preferí
ir a ver al carnicero. ¡Vaya, hombre! ¡Si llego a prever lo que siguió, no le
habría enseñado la jeta! La misma noche estuve arrestado por simulación, pero
los dos centinelas del pasillo eran amiguetes de mi regimiento y me daban
pedazos de chusco. Luego, tuve la suerte de que me pusiesen a pelar patatas.
¡Con una situación semejante, uno se zafa de tres guerras mundiales!
Desgraciadamente, mi pierna empezaba a sanar y era muy molesto, pues el día del
consejo de guerra ya no quedaba nada por ver. ¡No tardó! Me condenaron a ir a
Torgau y me metieron en el ala azul con Gustav
de Hierro. El día en que había calculado que me fusilarían, Gustav vino a
mi celda y me dijo que liase mi petate. Me mandaron donde el comandante del
Ejército, general Knochenhauer, quien estaba muy apurado sentado a su
escritorio. Me miró largo rato, lo cual me desconcertó.
»-Entonces,
¿tú eres el tío que pretende tomarle el pelo al Ejército? ¿Y sigues diciendo
que tenías la pierna mala o confiesas que era un cuento?
»Repetí que me
habían medio chafado la pierna.
»-De verdad,
eres de lo más cabezota que he visto, pero ya que quieres hacerte el listo, te
mando a un radiógrafo. Solamente para que te convenzas de que no tienes nada.
Después, te fusilarán.
»Así que fui
al radiólogo aquel, que era muy simpático y además médico jefe, y luego me
metieron de nuevo en chirona, pero algunos días después un compinche llegó
corriendo:
»-Estás en
libertad. Has de presentarte dentro de una hora al comandante del Ejército con
uniforme de campaña.
»Me presenté
en la compañía de Estado Mayor, donde el brigada examinó todos mis ojales;
luego en el batallón, luego en el regimiento, luego en la brigada, y luego en
la división, donde el jefe de Estado Mayor, coronel Badenzky, me pasó revista
de pies a cabeza. De pronto, notó que no llevaba mi entorchado de tirador de
primera, pero que lucía calcetines SS con dos listas blancas arriba. Los del
Ejército tenían tres. Rápidamente, fuimos al almacén y pedimos un par de
calcetines con tres listas. Desde la división, me largué al Cuerpo de Ejército,
donde el general Lubke me contempló de arriba abajo criticando todo cuanto se
había hecho. Pero ya no había tiempo para cambiar nada. Por fin, me presenté
ante el general Knochenhauer con un taconazo que se oyó a través de todo el X
Cuerpo de Ejército. ¿Y quién creéis que se asomó a la puerta? El simpático
médico mayor con todos sus retratos radiográficos. Declaró que yo tenía un
hueso roto y que no era ningún simulador. El mayor que me había mandado a
consejo de guerra ya estaba en camino para el frente con una calificación de
censura. El general Knochenhauer me tomó de guardaespaldas y me dio dos
esclavos para la faena pesada. ¡Puedo decir que me salvó, en verdad, el
pellejo!
-¿Os
habéis fijado -dijo Porta- en que un oficial cambia totalmente cuando ha pasado
el grado de mayor? Se vuelve muy apretado de pinta igual que unas bragas de
mujer 38 en un culo 46, y endereza las orejas como un caballo furioso. Luego,
cuando pasa de coronel a general de brigada y recibe los entorchados colorados
vuelve a ponerse muy diferente. ¡Ni su madre le reconocería! Sus ojos ya no son
ojos, sino rayos X, y condena a muerte como si dijese adiós después de haberse
comido el cocido. Cabe apostar a que ya no se sienta en la cagadera del mismo
modo...
En aquel
instante, retumbó un grito en la posición:
-¡Alerta! ¡Alerta! ¡Ahí viene Iván!
El amor a la libertad no es
acentuado, en Alemania.
Madame
de Staël – 1810.
El 8 de noviembre de 1942, se oyó en Europa una voz
ronca y brutal que millones de altavoces hacían repercutir. Era Adolf Hitler
que estaba hablando en el Buergerbraukeller, de Munich.
-Si Stalin había imaginado que
iba a atacarle en el centro del frente, debe estar muy decepcionado. Nunca
pensé en atacar en el centro; quería llegar al Volga y lo he hecho. Ocurrió en
un sitio preciso que, por casualidad, lleva el nombre de Stalin...
Los altavoces estuvieron a pique de reventar con los
furiosos Sieg Heil! Sieg Heil! De los presentes.
-Quería,
pues, una ciudad a orillas del Volga. Esa ciudad es nuestra. Sólo nos resta
conquistar algunos enclaves.
Nuevos aplausos estruendosos. El Deutschland
über alles surgió de todas las gargantas.
Diez días después, el comandante jefe del VI
Ejército recibía en el Gran Cuartel General el siguiente telegrama:
«Orden al VI Ejército de abandonar Stalingrado
propiamente dicho y de enterrarse en lo que en adelante se llamará la fortaleza
de Stalingrado. Ordeno que se luche hasta el último hombre y el último
cartucho. No debe pensarse en ninguna capitulación. Quien capitule o abandone
sin órdenes la fortaleza será considerado como un traidor. Cuento con que el VI
Ejército y sus jefes combatirán como héroes wagnerianos.»
ADOLF HITLER.
LOS TRAIDORES
Un encantador
domingo de enero, de cielo azul casi sin nubes, sobre Stalingrado, la asombrosa
ciudad medio oriental, medio europea. Miles de alemanes, de húngaros, de
italianos, de rumanos y de eslovacos se apiñaban en las calles con mujeres del
brazo. Todo parecía tan sosegado que hacía pensar en una ciudad de guarnición.
Los combates arreciaban más al Norte, pero no se oía nada en Stalingrado mismo.
En una casa
situada frente a las islas Sarpinski celebraban una conferencia secreta
oficiales de la división Viena, todos austriacos.
-¡Maldito
sea el día en que los soldados de Hitler nos invadieron! ¡Sentimos nostalgia dEl Viejo Imperio austrohúngaro! -Y el
mayor general Lenz se sopló su décima copa de champaña-. Nunca me han gustado
los prusianos -dijo en dialecto vienes.
Él y sus
compañeros habían olvidado, por lo visto, su entusiasmo cuando, en 1938,
trocaron sus uniformes gris claro austriacos por los verdegrís alemanes. Habían
olvidado que soñaban con un nuevo Estado dentro de la Gran Alemania. ¡Tampoco
se preocupaban de recordar cómo se divertían extendiendo listas de gentes cuya
raza no era pura o que políticamente parecían sospechosas! Pero, claro, ¡no
había más remedio! ¿Qué otra cosa podían hacer, si no? De modo que, en Austria,
todo el mundo acudió en socorro del vencedor. Hasta los rojos, que cantaban:
Hoy es Alemania
la que nos pertenece.
Mañana será toda la Tierra...
El coronel
Taurog extendió pues, sobre la mesa un mapa de Estado Mayor.
-Caballeros,
la situación en Stalingrado es desesperada. El ejército de socorro de Hoth ha
sido derrotado cerca de Kotiélnikovo. Los rumores relativos a la llegada de un
ejército SS no son más que pura fantasía. Esperamos ser sometidos dentro de
poco al racionamiento del frente, y entonces comenzará el hambre. Nuestra única
esperanza estriba, pues, en los rusos. -Palmoteo dos carteras de piel henchidas
de documentos-. Aquí tengo todos los planos de posiciones de defensa. Si los
rusos les echan mano, podrán romper muy fácilmente nuestras, líneas gracias a
la colaboración que les brindamos. Cabe prever que nuestro gesto nos valdrá un
trato decoroso, y me equivocaría mucho si los rusos, en el fondo, no
necesitasen gentes como nosotros contra la peste hitleriana.
Sin embargo,
los sentimientos antinazis de Taurog no le impedían, entretanto, firmar cuatro
órdenes de ejecución contra soldados desertores.
-Es
menester que estos papeles lleguen al general Rokosovski -exclamó el mayor
general Lenz-. No podemos continuar en esta casa de locos donde reina ese cabo
de Bohemia. Por mi parte, he adjuntado a esos documentos una lista de los
oficiales que sé son enemigos declarados de los rusos y garantizo a Rokosovski
nuestra total colaboración.
El mayor
general Lenz olvidaba, a su vez, que había hecho recoger a ocho mil mujeres
rusas en Sebastopol para mandarlas a los campos de concentración alemanes.
Callaba igualmente que el general Taurog tenía treinta y cinco «esclavos»
polacos en su finca de la Baja Austria, cada uno comprado por cincuenta marcos.
La cotización era de treinta y cinco marcos para un ruso en buen estado, pero
entonces había que tener en cuenta una propina destinada al guardián del campo.
Por último, tampoco decía nada de que el coronel Kurz, de la división vienesa,
había hecho fusilar recientemente a cuatrocientos setenta y seis prisioneros
rusos en el campo de Karpovka por robo de patatas.
Pero aquellos
caballeros se consideraban demasiado distinguidos como para hacer personalmente
su asquerosa tarea de traidores, que iba a costar la vida a miles de soldados,
por lo que la encomendaron a un feldwebel
de la Policía militar. Aquel Judas de Stalingrado se fue en un elegante
«Mercedes» negro, provisto de un salvoconducto que abría todas las puertas.
En efecto,
nadie receló del gran coche de Estado Mayor, pero tres kilómetros al norte de
Kachlínskaia topó con una sección rusa de reconocimiento que, pese a la bandera
blanca, se dio prisa en saquear el coche, empezando por los relojes.
Llegó por
último un teniente que hablaba alemán e hizo mandar a los dos traidores a la
división rusa de Losnói, donde fueron interrogados por cuatro oficiales de
Estado Mayor.
Pese a los
documentos, los rusos temieron una trampa. Un asunto semejante, declararon, les
costaría a los alemanes miles de vidas.
-Es
muy necesario que algunos paguen para que los demás puedan vivir -dijo el
austriaco con una sonrisa tan cínica, que hasta los mismos oficiales rusos
tuvieron arcadas de asco.
Pero aquella
sonrisa también les tranquilizó. Gentes como aquel feldwebel Bran las conocían ya en casa.
Sólo después
de haber examinado detenidamente los documentos y haberlos comparado con sus
propias informaciones, mandaron a los traidores al general Rokosovski, en
Alexándrovna, donde estaba asimismo el general Yeremenko. Fijaron una señal. Si
los rusos aceptaban el trato, dispararían balas trazadoras desde un avión. Los
oficiales contestarían con dos cohetes rojo y amarillo. Contando con aquella
respuesta, Bran y su acólito volvieron a las líneas alemanas, donde fueron
recibidos por el general Taurog como hijos pródigos.
Al día
siguiente, a las cinco de la tarde, un «Iliushin» mandó la señal convenida
sobre Stalingrado y, dos días más tarde, los rusos intentaban abrir brecha a la
altura de la 3.a división MOT para coger de flanco y rodear a la 24.a
división blindada y a la 60.a división MOT. Cerca de Dubovka, el
general Vasílievski había agrupado tres mil carros para el ataque, a los que
debían seguir sesenta mil cosacos, pues la Infantería corriente se consideraba
demasiado lenta. Divisiones motorizadas del Ejército de la Guardia debían
detener a las divisiones alemanas a lo largo del Volga. Seis divisiones de
Infantería y una división blindada: en total, cien mil hombres.
Mientras
tanto, los traidores daban el último toque a su plan. Taurog agrupaba a sus
gendarmes, al personal de cárceles, a los sanitarios y a los exploradores, y
armaba a toda aquella gente a fin de disparar por la espalda a las tropas
alemanas tan pronto atacasen los rusos. Pero el Destino quiso que todo
ocurriese de una forma diferente. El teniente coronel Hinze, de la 100.a
división de Cazadores, tuvo de pronto tales remordimientos que fue a confesarse
con su capellán castrense. Éste, espantado y haciendo caso solamente a su deber
de soldado, se apresuró a ver al comandante de la 14.a división
Panzer, general Lattman, quien mandó arrestar al teniente coronel. Ya durante
el primer interrogatorio, Hinze reveló todos los nombres de sus cómplices.
El general
Taurog y el general Lenz fueron ahorcados en la basílica Alexandra; a los otros
les fusilaron en plena calle y sobre todos los cadáveres colgaron un letrero:
SOY UN TRAIDOR QUE HA CONSPIRADO A FAVOR DE LOS SOVIETS.
Al día
siguiente comenzó la ofensiva rusa con una cortina de artillería como nunca
habíamos visto. El cielo, la tierra, el río, todo ardía. La 34.a
división MOT quedó destrozada en una hora. Un regimiento de Infantería, con sus
baterías, fue volatilizado. Hombres arrojados fuera de los bunkers y las
trincheras eran barridos sobre la nieve como hojas en la tempestad. Algunos,
enloquecidos, aullaban y sollozaban. El acero y el humo brotaban literalmente
de la tierra revuelta. Un machaqueo tan espantoso que parecía imposible
sobrevivir a él y, sin embargo, aún seguíamos con vida cuando los carros
llegaron frente a una horda de cosacos que lanzaban alaridos y blandían miles
de sables.
La 16.a
división impidió que la terrible cuña rusa penetrase en Stalingrado. Porta, Hermanito y yo estábamos tumbados en una
cuneta en medio de cientos de cadáveres ensangrentados que iban enterrando unos
soldados cuando el ataque comenzó. Toda la noche estuvimos tumbados, oyendo
rechinar cadenas y galopar caballos. No resultaba difícil parecer muertos,
tanto nos habían manchado de sangre los cadáveres. Sólo al día siguiente,
cuando hubo silencio otra vez, reanudamos el camino de Stalingrado. Un
prisionero ruso, que se había hecho el muerto al mismo tiempo que nosotros, se
negó a dejarnos. Le dijimos que se largase a sus líneas, pero no quiso en
absoluto.
-¡Si regreso, me van a fusilar! Ha dicho
el továrishch Stalin que está
prohibido caer prisionero.
-Es una mierda -afirmó Porta.
El ruso no le
contradijo.
Hasta perderse
de vista, cadáveres congelados, vehículos chafados, cañones patas arriba,
material calcinado, uniformes, armas. En una oficina abandonada de prisa y
corriendo encontramos máquinas de escribir y todo lo necesario para equipar al
personal de una industria. ¡Había de todo, de todo! Ropas de invierno, pellizas
nuevas flamantes, botes de fieltro, gasolina, armas. ¡No dábamos crédito a
nuestros ojos! Mientras carecíamos de lo estrictamente necesario y casi había
que pedir permiso para disparar un tiro, allí rebosaban de material. ¡Era
absurdo!
Porta, siempre
práctico, trocó sus ropas llenas de piojos por otras nuevas y pellizas blancas.
Se lo ofrecimos al prisionero ruso, pero estaba muy desmoralizado y seguía
gimoteando que los suyos le fusilarían y que deseaba que la fortaleza de
Stalingrado resistiese todavía cien años. Era imposible prometérselo.
Al anochecer,
nos largamos los cuatro y Porta nos inscribió en un hospital de campaña tan
repleto que ni siquiera un regimiento de la Gestapo hubiese podido registrarlo.
Pero al tercer día todo se fue al traste. Porta fue pillado en flagrante delito
de saqueo y le metieron en una cueva custodiada por un anciano sanitario, en
espera del consejo de guerra.
La misma
noche, Hermanito estranguló al
imbécil del enfermero que quería oponerse a la fuga de Porta y nos metimos en
el bosque más próximo. Un capellán castrense compasivo nos llevó en su coche
anfibio, pero tres aviones de caza picaron sobre nosotros, y el cura, que no
había podido apearse rápidamente, fue muerto. Inmediatamente después, una
patrulla de gendarmes motorizados nos detuvo por desertores. Todo iba de mal en
peor. Nos encerraron en un desván con cincuenta más y nos dijeron que estábamos
en manos de uno de los célebres consejos de guerra ambulantes.
En dos
minutos, pena de muerte; aquello iba de prisa. Un feldwebel de la Gendarmería colgó una ficha roja en nuestros
uniformes. La mayoría de prisioneros del desván lucían fichas rojas, salvo, dos
que las llevaban verdes: aquéllos irían a la cárcel.
A cada momento
se abría la puerta y dos gendarmes acudían a buscar un tío que ejecutar;
cada-vez, echaban una ojeada en torno con una sonrisa que daba escalofríos.
-Oye, tú; pareces cansado. ¡Hala, vente
con nosotros!
Así se
llevaron a un suboficial que, sencillamente, parecía estar alegre. La puerta se
cerraba tras el grupo, y se podía contar hasta cincuenta y tres antes de la
descarga. Un oberfeldwebel al que se
llevaban se tiró por la escalera sobre los dos perros de presa; mató a uno,
pero a su vez quedó gravemente herido y le fusilaron tumbado.
Nuestro turno
no iba a tardar.
De golpe,
retumbaron unos cañonazos y se oyó un conocido ruido de orugas. Ladró una
ametralladora y luego se hizo el silencio. Hermanito
trepó al techo y apartó el chamizo: toda la aldea estaba ardiendo, y no se
veían más que cadáveres sembrando las calles y cosacos que galopaban. Un
oficial sin gorra ni capote, que visiblemente trataba de esconderse, fue
abatido por un sable resplandeciente.
-¡Larguémonos!
-exclamó Porta-. Iván está haciendo limpieza. Si nos entretenemos, estamos
aviados.
Hermanito y un alto feldwebel de Artillería echaron la
puerta abajo y encontraron en la escalera a un gendarme que tenía un balazo en
la cabeza. Hermanito se apoderó de su
fusil ametrallador y ya nos íbamos disparados hacia afuera cuando el feldwebel nos gritó:
-¡Alto,
imbéciles! ¡Así no llegaréis lejos! ¡No tenéis papeles y os paseáis con
vuestras fichas de condenados a muerte sobre el estómago! No se puede ser más
idiota. El primer comando os pondrá contra el paredón.
Evidentemente,
el sentido común hablaba por boca suya; sin papeles siempre está uno perdido en
la milicia.
-¡Por aquí! -ordenó duramente indicando
una puerta que echó abajo de un puntapié.
Un disparo de
fusil ametrallador en torno de la estancia y dos perros de presa se
desplomaron. ¡En un armario están nuestras cartillas militares y nuestras
tarjetas de identidad! El feldwebel
nos ordenó que inundáramos la estancia de gasolina. Lanzamos una granada con el
seguro quitado a un bidón de gasolina, y rápidamente todo se puso a arder.
-¡Salvados!¡No
hay testigos en contra si nos pillan!
-¿Te
vienes con nosotros? -preguntó Porta-. Pertenecemos a una buena compañía.
-¡Oh,
no! Soy viejo, un viejo CA, y estoy hasta la coronilla de la guerra y de todo.
Me voy con los rusos; prefiero acabar en un campo de prisioneros. Allí no puede
ser peor que aquí.
-Te
fusilarán, muchacho, o te arrastrarán detrás de un caballo como ya he visto
hacerlo.
-Hay
que esperar un poco a que eso se calme. La vida del prisionero siempre es un
momento agradable en la guerra.
-Eso
es cosa tuya -dijo Porta con expresión pensativa-. Yo también espero una ocasión
para largarme al oeste del Don.
-Lo
que es eso, créeme, nunca lo conseguirás. Antes de veinticuatro horas te habrás
helado en la estepa; ni los lobos pueden con ella. Esos bichos se acercan a las
aldeas para atacar a las gentes como los animales, y ya han empezado aunque el
invierno no sea muy duro. ¡Pero aguarda, que, cuando se esté a cincuenta grados
bajo cero, podrás hablar de frío! Entonces pedirás llorando un campo de
prisioneros, te lo digo yo.
Una compañía
de soldados rumanos llegaba en el mayor desorden. Tras extensas peroratas, se
decidieron a acompañar al feldwebel
hasta los rusos. Sólo unos veinte nos negamos, y les vimos desaparecer detrás
de las colmas. Nunca hemos sabido qué fue de ellos.
Mezclados con
masas de soldados fugitivos, armados o desarmados, enfermos o heridos, topamos
de nuevo en Rotokina con caras conocidas. La compañía estaba allí y, una hora
después, hubo que hacer frente a un ataque ruso al arma blanca. El ataque fue
rechazado, pero un violento fuego de artillería empezó y nos dieron orden de
abandonar la posición tomada para replegarnos al sur de Kotlubán.
Un Gobierno debe cuidar de que un pueblo no
desaparezca en la embriaguez del heroísmo.
Adolf Hitler, Mein Kampf.
El comandante de la 71.a división de
Infantería, general Von Hartmann, había dado orden de construir una población
subterránea cerca de Tsaritsa. La obra fue llevada a término gracias al
batallón de ingenieros 578. Dos mil paisanos rusos, en su mayoría mujeres y
niños hechos prisioneros por la gendarmería de la división, pusieron manos a la
obra, y el 75 por ciento murió de fatiga y de hambre. La aldea fue llamada
«Hartmannsdorf».
En todo el VI Ejército cundían los más insensatos
rumores a propósito de aquella lujosa población. El bunker del general que,
según decían, constaba de cuatro piezas, estaba amueblado con alfombras de
precio, arañas y cuadros, todo ello procedente de los museos de Stalingrado. La
17.a división de Infantería, que fue la primera en entrar en la
ciudad, tuvo tiempo de saquear todo lo que quiso.
En la aldea subterránea podía verse igualmente una
harinera con dos silos, una planta avícola que constaba de seis mil gallinas,
un establo con mil doscientas treinta y cinco vacas, una lechería y una
panadería. Además, una cuadra con ciento treinta y ocho pura sangre rusos. El
general y su Estado Mayor practicaban la equitación todas las mañanas en la
campiña que circundaba Tsaritsa. Cuando los soldados gravemente heridos, medio
muertos de tifus y de hambre, se arrastraban en la ciudad, no daban crédito a
sus ojos.
Aquel estado de cosas duró hasta mediados de enero
de 1943, pero entretanto, la 71.° división de Infantería se había derretido
como mantequilla a la lumbre, y fue entonces cuando el general Hartmann decidió
atacar las posiciones rusas. Por lo demás, no le incumbía a él la
responsabilidad de tantos muertos, sino a las órdenes que había recibido.
-Un
general de división -decía- no es más que un peón en un gran tablero.
EL SUICIDIO DE LOS GENERALES
El capitán
Glaser les hizo señal de acercarse, aunque las órdenes fuesen de disparar a los
parlamentarios enemigos. El mayor ruso, a quien custodiaban dos suboficiales,
medía dos metros. Los galones amarillos que cruzaban su pecho brillaban al sol
de invierno. Su rostro parecía de acero y sus ojos azules eran tan implacables
como el invierno ruso. Uno de los suboficiales nos lanzó un saco blanco lleno
de provisiones.
-Regalo
de la 3.a división blindada de la Guardia soviética. Tengo orden de
proponeros la capitulación. Esta oferta es valedera hasta las 18 horas; si es
rechazada, alrededor de medianoche tendrá lugar un ataque en masa apoyado por
carros. Capitán, usted comprende lo que eso significa.
No era
únicamente el capitán quien comprendía el sentido de aquellas palabras, sino
todos nosotros. No resultaba difícil, por lo demás.
-A
partir de medianoche, ya no haremos prisioneros, y nadie tendrá ya esperanza de
rendirse -añadió el mayor sonriendo.
El capitán
Glaser bajó la cabeza. También él comprendía perfectamente: era el fin de «la
fortaleza de Stalingrado», de un modo u otro.
-Si
la oferta de capitulación es aceptada continuó el mayor-, cada soldado recibirá
las raciones de las unidades combatientes rusas. Los enfermos y los heridos
serán auxiliados. Sabemos que carecéis de todo.
Formábamos
corro en torno de los parlamentarios y Porta ya estaba haciendo tratos: grifas
a cambio de opio. Algunas fotos pornográficas cambiaban de manos; fotos
privadas, garantizadas, naturalmente.
-Tenemos
de todo -prosiguió el ruso-. Aceptad y seréis tratados como soldados. No está
tan mal, ya veréis.
-La
proposición será transmitida a escala de la división.
-Esperemos
que vuestro general Von Hartmann se muestre razonable.
Los rusos se
retiraron, y el capitán Glaser se fue a la división, junto a la línea de
ferrocarril, frente a Orlovka. En torno a una mesa de tablas desbastadas estaba
reunido un grupo de generales: Pfeffer; Von Hartmann, comandante de la 71.a
división de Infantería; el fogoso Stempel, comandante de la 176.a
división de Infantería; el coronel Crome y el jefe de Estado Mayor del IV
Cuerpo de Ejército.
-A
mi juicio -declaró el general Von Hartmann-, los oficiales alemanes sólo
tenemos un deber: resistir hasta el final y luego suicidarnos. Sería un final
muy hermoso.
-¿Y
los soldados de quienes somos responsables? -preguntó el coronel Crome, que a
los dieciocho años había ganado sus estrellas de teniente ante Arras, al frente
de una sección de asalto.
Llevaba al
cuello la corbata Pour le Mérite, y
cuatro hileras de condecoraciones le cruzaban el pecho.
-¿Y nuestros soldados? -preguntó con
obstinación el coronel Crome.
Si los
generales presentes hubiesen podido sospechar sus ideas, habría sido fusilado
sobre la marcha.
-Crome
-dijo el general Pfeffer, -los jefes no tenemos derecho a pensar en los
soldados, pero soy contrario al suicidio. No se confunda usted, que no es
miedo. Propongo, por el contrario, que ataquemos a la bayoneta al frente de la
infantería. Será para admiración de las generaciones futuras. Alemania no posee
ni un solo monumento a la gloria de generales cargando a la bayoneta; seremos
los primeros y ese monumento nos lo erigirán a nosotros.
-¡Perfectamente!
-exclamó el general Stempel-. Así es como debemos terminar y daré las órdenes
pertinentes. Avanzaremos con el sable, desenvainado detrás de tambores y
trompetas. Caballeros, propongo que nos pongamos el uniforme de gala, ese que
trajimos para la victoria. Puesto que Dios nos niega esa victoria, esos
uniformes serán nuestras mortajas de gloria.
En aquel
preciso instante llegó el capitán Glaser. Un feldwebel arrojó sobre la mesa el saco de provisiones ofrecido por
los rusos.
-El
general Vorónov, de la 3.a división blindada de la Guardia, ofrece
la capitulación honrosa -dijo-. Los rusos desean parar esta vana efusión de
sangre. De ahí esa proposición de capitulación honrosa. Los oficiales
conservarán sus armas, y los heridos y enfermos serán auxiliados según las
reglas del Servicio de Sanidad ruso.
-¿Qué
contiene ese saco? -preguntó con repugnancia el general Stempel.
-Salchichas
y pan. El parlamentario ruso me ha rogado informe a los jefes del Ejército que
las condiciones de la capitulación permanecen valederas hasta las 18 horas.
Sobre medianoche, habrá que contar con un ataque y los rusos ya no darán
cuartel.
Un silencio de
muerte reinó en el bunker. Luego, el general Pfeffer golpeó la mesa con su
fusta y gritó a voz en cuello:
-¿Cómo
os atrevéis a hacernos semejantes proposiciones? ¡Una capitulación! ¡El IV
Cuerpo ha recibido la orden de defender al sector del Sudoeste, y resistiremos
mientras yo viva! ¡Lucharemos hasta el último hombre y hasta el último
cartucho! -vociferó con los ojos inyectados en sangre.
Von Hartmann
contempló con mirada satánica al capitán Glaser.
-¡Capitulación!
-dijo entre dientes-. ¡Se atreve usted! ¡Una capitulación frente a
subdesarrollados rusos!
-Ni
hablar -dijo altivamente Stempel-. Somos oficiales prusianos aunque, por el
momento, sea un cabo de Bohemia quien mande. No nos rendiremos; antes morir.
-Golpeó con la fusta el pecho del capitán Glaser-. Y, por lo demás, ¿cómo es
que habéis tenido la audacia de recibir a unos parlamentarios rusos? ¿Acaso no
conocéis las órdenes del OB de disparar sobre todo parlamentario enemigo?
-Sí,
mi general; es verdad -balbució el capitán Glaser-, pero yo creí...
-¿Creyó
usted? ¡Su deber de oficial es obedecer! ¿Entendido? Así que se trata de
sabotaje de órdenes. Ha recibido usted a unos parlamentarios enemigos y no les
ha disparado según las órdenes.
El general
Pfeffer se inclinó sobre la mesa y miró malvadamente al capitán Glaser.
-Bueno.
Ya comprende usted lo que eso significa, ¿verdad, capitán? ¡Cuádrese! -El
general se tocó con la gorra galoneada de oro-. En nombre del Führer y en
nombre del pueblo alemán, queda usted condenado a ser fusilado por sabotaje de
órdenes, pues no disparó a los parlamentarios enemigos.
Los generales
saludaron. Era el reglamento. Disciplina de hierro, nada de sensiblería. Vieja
tradición prusiana, según el espíritu de Federico el Grande. El coronel Crome desarmó al capitán Glaser y llamaron a
la guardia. Pasaron unos minutos. Sonó una descarga. En la nieve sucia cayó un
cadáver acribillado a balazos sobre el que veló la pálida luna. Un grupo de
soldados fatigados y hambrientos se volvieron con indiferencia, pisoteando la
nieve. Estaban demasiado cansados para preocuparse del muerto. Se mataba para
no ser muerto.
-Hay que hacer algo, de todos modos
-dijo el coronel Crome, tamborileando sobre la mesa.
-Desde luego. Hay que hacer algo.
El general
Stempel cogió el teléfono y dio orden a su división de atacar las posiciones
rusas.
-¡Atacad
a los rusos a toda costa! -gritó al aparato.
-¡Si
quieres atacar a Iván, hazlo tú mismo, pedazo de mierda! -respondió una voz
agria, y alguien cortó la comunicación.
Stempel no se
había dado cuenta aún de que su división estaba compuesta entonces por sesenta
hombres mandados por un teniente. La voz era la de un sargento en activo quien,
el año siguiente, ascendería a mayor en el Ejército Rojo.
Stempel se
puso lívido y se tambaleó fuera del bunker. Sus ordenanzas le ayudaron a vestir
el uniforme de gala: pantalón gris perla con lista rojo sangre, guerrera verde
con galones de oro. Se dejó caer en la cama y llamó a sus dos oficiales de
ordenanza a quienes dictó las últimas líneas de su parte.
«Mi división
me ha traicionado, por lo que escojo la muerte. No hay otra solución. Viva el
Führer, viva la Gran Alemania. Sé que no habremos muerto en vano en
Stalingrado. La Historia nos hará justicia.»
Se metió el
cañón de la pistola en la boca y disparó. Los oficiales de ordenanza saludaron,
con los ojos llenos de lágrimas.
Dos horas más
tarde, un grupo de generales avanzaba por la estepa cubierta de nieve; relucían
las pasamanerías doradas, y las anchas listas rojas se destacaban violentamente
sobre la inmensidad blanca.
-Es
cuestión de apretarse el culo -dijo Porta al ver a los oficiales-. La reserva
sube a las líneas. ¡Si Iván se da cuenta de que esos imbéciles de condecorados
atacan, nos van a dar para el pelo!
-Eso
no me huele nada bien -murmuró El Viejo-.
¡Con esos tíos nunca se sabe!
El teniente
Keit, recién salido de la Escuela de Guerra, dio un taconazo ante el general
Von Hartmann.
-Mi
general, la 71.a división de Infantería: tres oficiales, dieciocho
suboficiales, doscientos nueve hombres.
-Gracias,
amigo mío, gracias -interrumpió el general Von Hartmann-. Ahora, usted y sus
hombres van a hacer por modo de caer como verdaderos héroes alemanes. La
Historia lo exige de ustedes.
-A
sus órdenes, mi general -dijo el teniente irguiéndose altivamente.
Los generales
avanzaban por la tierra de nadie sin preocuparse lo más mínimo del peligro.
-¡Están
chalados! -murmuró Porta-. ¡No saben que todo eso está lleno de tiradores de
primera! ¡Podían haberse enterado, aunque siempre están metidos en sus
madrigueras!
El general Von
Hartmann agitó el fusil que llevaba al hombro como un cazador. Su rudo
semblante no denotaba la menor turbación. En todas partes se veían soldados que
levantaban la cabeza con precaución; era de reconocer que la escena no
resultaba trivial. ¡Generales en primera línea!
-¡Camuflaos todos! -mandó el general-.
Somos nosotros quienes combatimos.
Amartilló su
fusil y disparó de pie. Un soldado ruso voló por el aire. En cinco minutos, el
general Von Hartmann hizo diana cinco veces con un fusil corriente.
-¡Eso
es estupendo! -comentó Porta que entendía mucho-. ¡No sabía yo que los
graduados tirasen tan bien con las armas de los soldados rasos!
Al lado de Von
Hartmann estaban los generales Pfeffer y Wultz, este último comandante de
Artillería. Tiraban sobre todo lo que asomaba; hasta pudo verse a Wultz soltar
una carcajada al cargarse a un soldado ruso.
Pero en torno
a los generales, la nieve comenzaba a levantarse agitada por la metralla; sólo
ellos parecían no percatarse de nada y discutían de los tiros tan
tranquilamente como si estuviesen de cacería. Von Hartmann contaba ya
veintiséis víctimas en su cuadro, Wultz nueve y Pfeffer iba en cabeza con
treinta y una.
Hacía más de
un mes que la radio alemana clamaba que los generales luchaban codo con codo al
lado de los soldados. ¡Dios sabe lo que aquello nos movía a risa! Y he aquí que
era verdad... ¡Vaya noticia sensacional!
El general Von
Hartmann fue el primero que cayó soltando un gemido; se incorporó con
dificultad, apoyó el fusil en el muslo y disparó. Hizo otra víctima más pero
una granada estalló justo delante de él y le tiró atrás como un paquete gris,
hecho un ovillo sobre la nieve.
El general
Pfeffer cayó de bruces como una tabla, reclinando la cabeza sobre el talud de
la trinchera, pero su gorra con galones dorados rodó ante él y un ruso la asió
con la punta de su bayoneta. No todos los días se conseguía una gorra de
general. Hubo que ir a buscar al general Wultz mortalmente herido, lo cual le
valió un balazo en la cadera al soldado Borch. El teniente Keit pidió dos
voluntarios para ir a buscar los cadáveres de los otros generales: no se
presentó nadie.
¿Para qué
arriesgar la vida por un pez gordo muerto? Hacía mucho tiempo que aquello ya no
convencía. Y que nos tildaran de cobardes nos daba igual. Así que el teniente
fue personalmente con un sargento. Una bala tumbó al sargento, y durante la
noche fuimos a recoger los cadáveres.
Por la mañana
tuvo lugar el ataque que los parlamentarios habían anunciado.
Los «T 34»
llegaron en apretada formación y pulverizaron nuestras posiciones. Detrás de
los carros, una muralla de infantes con bayoneta calada y fusiles
ametralladores. Sólo quedaron jirones de la 16.a división Panzer,
única división superviviente del IV Cuerpo. Y nuevas unidades rusas no paraban
de cruzar la línea de ferrocarril.
Los escasos
supervivientes, de los que formábamos parte, botaban de un embudo a otro,
bañados en sudor, cayéndose de fatiga bajo el peso de las armas. Las granadas
diríase que pesaban una tonelada, y el correaje cortaba nuestros hombros
doloridos. Desesperado, me tiré al suelo; había perdido mi casco de acero,
chafado por las orugas de los carros, y hundí la cara en la nieve.
-¡Vamos, levántate! -Gregor me sacudió-.
¿Estás cansado de vivir? ¡Te digo que te levantes!
Me llevó la
ametralladora un trecho de camino y nuestras piernas caminaron solas con un
movimiento automático. Nos situamos detrás de un talud de nieve; el retroceso
del arma nos lastimaba el hombro, pero los siberianos titubearon un instante.
-¡Larguémonos! -gritó Gregor dándome una
palmada en la espalda.
Detrás de
nosotros rugían los «T 34», atronando con sus cañones; al estallido de las
granadas volaban miembros desprendidos. Nos arrojamos al primer hoyo, pero uno
de los monstruos blancos se acercó a toda velocidad. Se paró; el cañón giró,
disparó y sentimos el aire que producía.¡Pero el monstruo continuó hacia
nosotros! ¿Estaría llorando? ¿O acaso grité? No supe nada. El terror me
paralizó. Las anchas orugas revolvían la nieve, la tierra helada retembló bajo
veintiséis toneladas de acero que se aproximaban a una velocidad de locura.
Deberíamos salir del hoyo, pero estábamos tan petrificados que contemplamos con
ojos extraviados al monstruo que iba a hacernos papilla.
Gregor me
agarró la mano y nos apretamos uno con otro como dos niños aterrorizados.
Aquella vez era el fin. El carro estaba sólo a diez pasos, y en el mismo
instante el sol desapareció en el crepúsculo de invierno. Me mordí los labios
hasta sangrar, contemplando el vientre del carro. Gritos atroces se elevaron
del hoyo contiguo. Lentamente, aquel vientre se acercó. ¡Nos tocaba a nosotros!
En una fracción de segundo, me quité una mina magnética del cinto y Gregor la
lanzó bajo el vientre del monstruo, justamente bajo el asiento del conductor.
Nos acurrucamos en el fondo del hoyo apretándonos los oídos con las manos y
rogando a Dios que la mina hubiera quedado enganchada. Las orugas parecían
hundirse cada vez más y, de golpe, una explosión formidable, ¡un mar de llamas!
Veintiséis toneladas de acero se levantaron por el aire y recayeron en una
lluvia de restos.
Otro «T 34».
Nos rebasó. ¡Pero estaba tan cerca que casi pudimos tocarlo! Piernas caqui lo
seguían corriendo; era la Infantería rusa. Un par de piernas se paró junto a
nosotros y recibí un doloroso puntapié en el vientre, pero me hice el muerto;
una suela claveteada caminó sobre la nuca de Gregor cuya cabeza se hundió en la
nieve.
-Chort
vosmí! -rugió el soldado ruso,
saliendo de nuevo a todo correr.
Pero, ¡qué nos
importaban las peores injurias! Me ganó la locura, una locura que Gregor calmó
a puñetazos. En Stalingrado, no cabía tener ataques de nervios. En todas partes
siluetas fornidas, caras anchas, ojos oblicuos siberianos. Cuando uno de los
nuestros levantaba los brazos, el fusil ametrallador escupía. «No se harán
prisioneros.»
Los generales
que hubiesen podido salvarnos habían muerto, pero no sabían nada del frío, del
hambre que retuerce las entrañas, de una oruga de «T 34» sobre sus cabezas, del
aire cortante como el acero que abrasa los pulmones, de los atroces dolores de
una pierna helada roída por la gangrena.
Los hombres de
Siberia corrían hacia nosotros y les veíamos perfectamente: uniformes
acolchados, grandes gorros de piel oscura sobre el rostro morado de frío.
Corrían pesadamente como campesinos que siembran en invierno, pero no era un
capazo lo que llevaban en la mano, sino un fusil ametrallador, cuyo cañón
relucía. En sus oídos retumbaban aún el grito de Iliá Ehrenburg:
«¡Matad,
guardias rojos! Ningún alemán es inocente, ni los vivos ni los que no han
nacido aún. Exterminad para siempre a esa raza fanática. ¡Matad, guardias
rojos! ¡Al ataque! »
Como un
demente, emplacé mi ametralladora y disparé, disparé. La larga cinta fue
rápidamente consumida por el arma. Pero los hombrecillos morenos se pararon de
golpe, abriendo mucho los ojos de estupor. No pensaban morir en plena victoria.
El peor enemigo de Hitler no
puede negarle los beneficios conseguidos ya de una civilización renovada.
The Times.
Londres, 24-7-1933.
Como un hombre borracho perdido, el teniente coronel
se tambaleaba al avanzar; sus escasos cabellos grises se le desgreñaban sobre
la frente, de una herida en la cara le brotaba sangre, una de sus charreteras
doradas había desaparecido, y llevaba las manos atadas a la espalda con alambre
de espino. Detrás de él iban un teniente, un mayor, un pagador cuyas manos
estaban igualmente atadas.
Un grupo de SS, fusil en ristre, hostigaba a los
condenados, y sobre sus gorros de cuartel gris perla el claro de luna plateaba
la siniestra calavera. En medio de la plaza se alzaba una encina, y bajo la
encina había colocadas cuatro sillas; algunos soldados soñolientos sacados de
las chabolas formaban dos filas en torno del árbol.
Un SS sturmbannführer se dirigió a los cuatro oficiales que iban
a morir:
-¡Cobardes!
Si tenéis algo que decir, daos prisa, pues nosotros la tenemos.
El teniente coronel temblaba como una rama en la
tempestad.
-Soy
inocente, ¡creedme! No he hecho más
que cumplir con mi deber y siempre he deseado solamente una cosa: hacerlo
correctamente.
-Desde luego -se burló el SS-.
Correctamente para ti, pero no para el Führer. Y tú, guerrero de salón -dijo
dirigiéndose al mayor, que le miraba con frío odio en sus ojos azules-, ¿tú
también querías solamente cumplir con tu deber?
-¡Monstruos! -masculló el mayor-.
¡Vosotros, bandidos, sois los verdaderos enemigos de Alemania, partida de
asesinos!
-¡Listos! -chilló el SS, que se
había puesto lívido.
Obligaron a los condenados a subirse a las sillas,
manos expertas les pusieron un nudo corredizo en torno al cuello y luego
tiraron de las sogas. Un oberscharführer de dos metros de estatura derribó las
sillas de un puntapié, dio un paso atrás y contempló su obra con satisfacción.
Aquel Gustav Kleinkamp era un verdugo reputado que se jactaba de poseer el
récord mundial de ahorcamientos. Era el mejor de los «especiales» del comando
KZ del SS gruppenführer Theodor
Eicke, un genio en materia de ejecuciones. Había mandado poner en los vehículos
de su división: «No queremos prisioneros sino cadáveres», frase que había
encantado a Eicke, pero no al general Model, comandante jefe, quien exigió que
se borrase inmediatamente aquella leyenda.
Model era el único general del que Eicke tenía un
miedo tremendo. En todo el Ejército circulaba el rumor de que Eicke, un día,
aquejado al parecer de un estreñimiento que ningún médico conseguía sanar, se
personó en el Cuartel General de Model. Cinco minutos de conversación con e1
pequeño general de gran monóculo pudieron con el famoso estreñimiento.
-¡Ya tenéis a vuestro comandante
y su Estado Mayor colgados por traidores! -gritaba el sturmbannführer a los infantes soñolientos-. Será el
destino de todos aquellos que no defiendan cada centímetro cuadrado de terreno
según las órdenes del Führer. ¿Entendido?
En el gran camión parado en la plaza de la ejecución,
se destacaba la silueta de Theodor Eicke del II Cuerpo blindado SS. Ya el 26 de
mayo de 1940 cometió su primer crimen de guerra mandando fusilar a cien
prisioneros británicos en una granja de Bélgica. El generalfeldmarschall Busch le echó una bronca terrible por
aquella falta grave cometida contra el Derecho de gentes, y entregó al monstruo
a un consejo de guerra. Pero Himmler, intervino. Aunque no le tenía ninguna
simpatía al comandante de su guardia, no quería ninguna tacha en el honor de
los SS.
-¡Señor!
-exclamó-. ¡Cuánto cuento por esos ingleses! Por lo demás, ¿qué estaban
haciendo en el frente? Podían haberse quedado en su isla.
UN 25 DE DICIEMBRE
Hacía cinco
días que la tempestad de nieve arreciaba en el Volga. Era la terrible tempestad
del Kazajstán. Venía de muy lejos, del extremo límite de Asia, y el viento
cobraba una velocidad loca al pasar por la estepa. Aquel viento favorecía a los
rojos, y la tempestad del Kazajstán arrastraba a la muerte.
Estábamos
agazapados en un bunker a orillas del Volga escuchando la tempestad: rostros
grises y cansados bajo los cascos de acero pintados de blanco. Teníamos hambre.
Y hacía mucho tiempo ya.
El mariscal
Goering había prometido a Hitler que el VI Ejército sería aprovisionado por la
Aviación, pero hablaba de aparatos que ya no existían. ¿Acaso esperaba la ayuda
de los ángeles? Era la única con la que podía contar, pero, por el momento,
Dios parecía estar de parte de los rojos, y el empecinado anticomunista de
Londres, el señor Churchill, simpatizaba con las gentes del Kremlin a fin de
que les sacasen las castañas del fuego a sus compatriotas.
«STALINGRADO,
FOSA COMÜN. CADA MINUTO MUERE UN SOLDADO ALEMÁN», vociferaban a todo lo largo
del frente los altavoces soviéticos. Se moría, sí, pero no en combate. Se moría
miserablemente de hambre y de frío; nos arrastrábamos por un camino y caíamos
muertos; nos escondíamos en un hoyo de la estepa murmurando palabras
incomprensibles y moríamos; nos desplomábamos sobre el cañón helado del carro
sin gasolina y moríamos; nos metíamos en un bunker a resguardo de la tempestad
y moríamos. El jefe de la compañía, reclinado sobre el parapeto de la
trinchera, daba sus últimas órdenes y moría.
«STALINGRADO,
FOSA COMÜN. CADA MINUTO MUERE UN SOLDADO ALEMÁN.» La saeta de los segundos
corría: Stalingrado, fosa común. Cada minuto muere un soldado alemán.
Cuando nuestro
grupo, muerto de hambre, estuvo a pique de sucumbir, Porta cargó al hombro un
fusil ruso con bayoneta calada, hizo una señal a Hermanito, se metió bajo el brazo un viejo saco de yute, y le vimos
desaparecer silenciosamente en la tierra de nadie revuelta. Suficientemente
astutos para rehuir a la Policía militar que acechaba gente que fusilar,
siempre regresaban con algo en el saco. A menudo huesos de caballo un poco podridos,
pero cuando se sabe preparar ese tipo de cosas siempre se saca una sopa que
permite sobrevivir. Una noche, volvieron con treinta y siete latas de conserva
y medio pato birlado a los rusos. Claro que no era su intención, ir a meter las
narices en casa de Iván, pero la casualidad les llevó a una casa de Spartákov,
y aquel yantar nos costó dos muertos de indigestión.
-Qué
vida más rara -filosofó Porta-. ¡O nos desinflamos porque no tenemos nada que
meter en la barriga, o reventamos porque hemos metido demasiado!
Nuestro bunker retemblaba bajo el terrible fuego
artillero. La muerte barría todas las posiciones alemanas a lo largo del frente
del Volga. La cota 102, convertida en volcán, se volatilizaba en llamas y humo,
y quienes no encontraban refugios se veían arrojados fuera de los hoyos y de
las trincheras como si fuesen hojas secas. La presión del aire asfixiaba a la
mayoría; otros se incorporaban, deliraban y caían como borrachos perdidos;
otros más se volvían locos y, bajo la lluvia de granadas, corrían embutidos en
sus largos capotes riendo como dementes.
Ya no éramos
un regimiento, apenas una compañía; el último resto del frente; una mezcla
indecible de todas las armas.
Hacía poco
tiempo que un SS unterscharführer se
había unido a nosotros y se tiró agotado en la cama, lo cual enfureció a Porta.
Aquella cama era su propiedad personal, la había encontrado un día en un chalet
abandonado, y a partir de entonces la llevábamos con nosotros a todas partes.
Porta la alquilaba por horas.
-Es
mi cama, hermano, ¡y que yo sepa no te la he alquilado! Quítate de ahí -dijo a Hermanito, que levantó al SS como si
fuese una pluma y lo tiró al suelo.
El unterscharführer, con la mirada henchida
de odio, se acurrucó en el suelo y quedó dormido inmediatamente, pistola en
mano.
De repente, la
puerta de nuestro refugio se abrió de un puntapié. Apareció un general SS con
largo capote, empuñando un fusil ametrallador. Con la cara morada bajo el gorro
de piel, se puso en jarras en mitad de la estancia, nos contempló uno tras otro
y luego dio otro puntapié a un casco de acero que salió volando hacia la cabeza
de alguien.
-¿Entonces?
Cachos de berzotas. ¿Acaso creéis que vais a vivir eternamente? ¿Quién es de
vosotros el de más edad?
-Brigadenführer! Oberfeldwebel Beier, del 27.a regimiento Panzer -dijo El Viejo-. Presentes: un oberfeldwebel, siete suboficiales,
cuarenta y tres hombres. Armamento: un lanzagranadas, dos «SMG», seis «LMG», un
lanzallamas. Municiones ignoradas.
-¿Acaso
no sabéis que la cantidad de municiones debe saberse a cada momento? -Sin
aguardar respuesta de El Viejo, el
general continuó-: ¿Y a qué se debe que estéis aquí? ¿Dónde está vuestro
regimiento?
-El
regimiento ya no existe, brigadenführer
-respondió El Viejo-. Ha quedado
enteramente destrozado. Los que no han muerto son prisioneros.
-¿De
dónde viene ese unterscharführer SS?
-preguntó el general indicando al SS.
-Brigadenführer, el unterscharführer Krahl se presenta: procede del regimiento escogido
de exploradores.
-Entonces,
vuélvase a su batallón: aquí no tiene nada que hacer.
-Debe
estar usted en un error, brigadenführer
-se burló el SS haciendo un gesto significativo-. Nuestra compañía de héroes se
encerró ayer en Rínok y los amiguetes de enfrente sólo necesitaron media hora
para liquidarnos. Yo me hice el muerto y soy el último.
-¡Póngase
de pie, unterscharführer, cuando
hable con un oficial! El consejo de guerra determinará cómo se escapó usted de
su sección. Por el momento, se quedan conmigo usted y los demás marranos con
quienes está usted asociado. Hago saber que el primero que chaquetee será
colgado de la primera rama que se encuentre. ¡Cartillas militares! -ordenó
sacándose del bolsillo un gran cigarro puro negro.
Julius
Heide se apresuró servilmente a darle lumbre.
-¿Dónde
abandonasteis vuestras posiciones? -preguntó el general, que espiaba a El Viejo mientras desenrollaba un mapa
sobre la cama de Porta.
-Cerca
de Kotlubán, brigadenführer.
-
¡Kotlubán! -murmuró el general-. ¡Cincuenta y tres kilómetros! -Marcó unos
cuantos puntos en el mapa-. Oberfeldwebel,
eso es Kotlubán y ése el regimiento de la Guardia soviética. El regimiento de
usted se encontraba cerca del bosque de los Tártaros, de espaldas al Volga, ¿no
es así?
-Sí,
mi general. Pertenecíamos a la 16.a división Panzer, cuya posición
terminaba en la cuña situada al norte de Kotlubán.
-En
efecto -dijo el SS muy escéptico-. Entonces, haga el favor de explicarme cómo
pudieron ustedes cruzar las posiciones del regimiento de la Guardia, pues
supongo que no cuentan ustedes con pasaportes especiales firmados por el
general soviético. ¿Acaso no sabe deducir en seguida que sus hombres
chaquetearon?
-Brigadenführer -dijo El Viejo apretando los labios-, aquí
nadie chaquetea. Eso lo dejamos para los señores oficiales. Nuestro jefe de
sección, teniente Reiniger, de la7.a división de Infantería, que
había tomado el mando de nuestro regimiento, es el único que se largó. Se largó
con los rusos revelando nuestra posición al comisario del 736.° siberiano, y
sabemos que...
-¡Cállese!
-gritó el general abofeteando a El Viejo
con los guantes.
El SS unterscharführer, enfurecido, se arrojó
con la bayoneta en ristre sobre su general.
-¡Canalla!
-gritó, sin poder contenerse.
Con
una llave de judo, el general le derribó, desenfundó la pistola y le mató de
dos tiros.
-¿Hay más que estén hartos de la vida?
¡Que den un paso al frente!
Los ojos nos
brillaban de ganas de matar; el odio nos ahogaba, pero hacía demasiado tiempo
que éramos esclavos prusianos, para obrar. Había un general, un dios, que podía
hacer de nosotros lo que quisiera.
-¡Tomad las armas! En columna de a uno
detrás de mí.
Tomamos
posición a lo largo de la vía férrea Stalingrado-Pitomnok. Sin formalidades, el
general SS se apoderó de una batería del «8,8» cuyos tres únicos supervivientes
quedaron incorporados a nuestro grupo, y luego esperamos, esperamos, el frío
era atroz, pero el general nos hostigó sin parar. Se tapó las orejas con su
cuello de visón.
¡En cuanto
anocheció llegaron los «T 34»¡ Treparon por el talud como grandes chinches
blancas, y luego salvaron la vía férrea sin encontrar resistencia. Nuestros
infantes huyeron de sus hoyos y semejaban puntitos grises en la nieve
inmaculada, pero las chinches con orugas rugían, les alcanzaban, les
arrollaban. Los grandes cañones giraban como dedos fuera de las torretas bajas,
de aspecto de puños cerrados. Las cadenas rechinaban. En una nube de nieve,
bajaron por el balasto en formación apretada.
Agazapados
detrás de nuestros «8,8» camuflados, esperamos. Los primeros carros estaban a
ochocientos metros y la verdad era que les costaba mucho arrollar a unos
cuantos desventurados soldados de Infantería desparramados. La espera, durante
un ataque de carros, es algo verdaderamente de espanto. Son menester nervios de
acero para estar detrás de una batería de anticarros. Si se falla el blanco, la
muerte es segura.
Se acercaban,
cobraban velocidad. En las escotillas de las tórrelas abiertas, vimos asomar a
los jefes de las dotaciones, que, evidentemente, no temían ninguna resistencia.
-¡Fuego! -ordenó El Viejo.
Cuatro cañones
mugieron al mismo tiempo. Los primeros «T 34» brincaron con un ruido de trueno,
y ahora el miedo, el atroz miedo, había desaparecido. Ni siquiera notábamos el
frío. Los gestos repetidos mil veces se habían vuelto automáticos; los cañones
tronaban, los carros retrocedían, brotaban llamas fuera de las torretas, el
metal en fusión salpicaba con rachas de fuego el cielo. Y los hombres se
tornaban momias negras. Era la muerte del soldado de carro. Diecinueve «T 34»
fueron presa de las llamas y un inmenso hongo de color negro de tinta se elevó
hacia el cielo gris.
Un instante de
respiro. Luego, otra oleada de «T 34» llegó, esta vez recto sobre la batería.
Los cañones dispararon con la energía de la desesperación -o ellos o nosotros-
pero las municiones se agotaron.
Los rusos
habían localizado ya la batería y avanzaban despacio en medio de una lluvia de
granadas. El duelo a muerte llegó al paroxismo. Un artillero de diecisiete años
se retorcía en la nieve, con la columna vertebral rota, y sus gritos casi
dominaban los cañonazos, pero nadie acudió en su auxilio. ¡No había tiempo!
Repetidas veces, una lengua de llamas amarillas indicaba que un coloso seguía
aún en condiciones de fastidiar, y nuevos monstruos salvaban ya el talud.
Nuestros
infantes huyeron y se tumbaron detrás de la batería, donde se creían a
resguardo. ¡Desgraciados! Salieron del infierno para caer en las brasas. Aquí
las granadas caían con una precisión minuciosa. El duelo se hizo furioso. Ya no
éramos hombres sino máquinas que ejecutan automáticamente su tarea diabólica.
Los alaridos de los heridos se juntaban con los aullidos roncos de los «8,8».
El gordo Paul,
de Colonia, se desplomó con el pecho atravesado; el cabo Duval, de Sauerland,
cayó con el brazo derecho arrancado; el suboficial Scheibe, de Wupperthal,
quedó con ambas piernas cortadas a la altura de las rodillas; una granada
convirtió al cazador Weiss, de Breslau, en un magma indecible. Y los carros
siguieron avanzando...
Un disparo
certero alcanzó el cañón de Gregor y lo reventó. El largo tubo voló hecho
añicos y decapitó al cargador, cuyo cuerpo permaneció en pie un instante aún,
con la sangre manando como un chorro de agua. ¡ Gregor perdió el control de sus
nervios! Se veía, se veía como un loco enjugándose la cara bañada en sangre, y
luego cayó de rodillas y todo el cuerpo le retemblaba de sollozos.
¡De repente,
los carros vinieron hacia el Sur y el retumbo se alejó! ¡No damos crédito a
nuestros ojos! ¿Por qué? ¿Por qué se iban? ¡La batalla casi había terminado, y
estábamos allí, alelados, silenciosos, pero con vida! En medio de cadáveres
ensangrentados que ya se atiesaban en el frío negro.
Todo giraba en
torno mío, el vapor de salitre abrasaba los pulmones, y contemplé sin poder
mover ni un dedo al infante de Marina que curaba al legionario, alcanzado en la
frente por una esquirla de granada. ¡Vaya suerte! Por una vez, llevaba el casco
puesto; de lo contrario, se hubiese quedado sin cabeza.
Pero vimos
acudir al general SS, que caminaba por la nieve con algunos soldados
silenciosos.
-Volad los cañones. Reunión allá, en el
desfiladero.
Colocamos las
cargas de dinamita. Porta encendió la mecha y nos fuimos hacia el punto de
reunión. A cierta distancia, una explosión monstruosa: la batería había
desaparecido, y al cabo de algunas horas la nieve lo habría cubierto todo.
Estábamos a 38
grados bajo cero; un viento mortífero barría la estepa y nos arrojaba
carámbanos a la cara. En todas partes a donde se mirase, no había más que
cadáveres rígidos, con brazos y piernas vueltos hacia el cielo. En cabeza de
nuestra lamentable columna, caminaba el general silencioso y malvado. Cuando el
viento levantaba los faldones de su largo capote asomaban las tiras blancas de
los SS. Estaba loco. Hacía tiempo que nos habíamos dado cuenta de ello; era un
demente que trataba de morir en combate y, visiblemente, deseaba llevar consigo
a la muerte al mayor número posible de soldados.
Nos enterramos
en el meandro del Volga, al pie de las colinas que forman una especie de
triángulo. Pero desde el sitio donde estábamos podían verse largas columnas en
marcha que cruzaban el río helado, y a partir del día siguiente comenzó el
machaqueo de la artillería pesada. En cuatro ocasiones la deflagración me lanzó
fuera de la trinchera; la última vez, Porta me fue a recoger y me quedé tan afectado
que no pude tenerme en pie.
La sección
contigua a la nuestra fue rociada con granadas de aire comprimido cuyo efecto
es inimaginable. Hasta las ruinas volvieron a arder. Un hedor a carne abrasada
impregnó nuestros uniformes hasta el punto de darnos arcadas.
-Es increíble que eso pueda arder aún
-dijo el marinero acurrucándose en el fondo de la trinchera.
Lucía aún su
gorra de marinero, con las cintas que cuelgan atrás.
Me deslicé
bajo algunos bloques de hormigón y emplacé mi ametralladora en una estrecha
hendedura, con el instinto seguro de los soldados del frente. Nos repartimos en
silencio un trozo de pan duro. ¡Se necesita tener desde hace mucho tiempo el
hambre en el vientre para apreciar el sabor del pan duro!
La niebla del
Volga subió hacia nosotros al mismo tiempo que las columnas en marcha. ¡Y, de
repente, atacaron! Siberianos, demonios nacidos en el hielo y la nieve, que
semejaban oseznos, con sus uniformes acolchados.
-¡Hurra por Stalin!
Del otro lado
de nuestra posición, la trinchera fue arrollada; ¡quedaríamos copados! A través
de la rendija del hormigón, vimos correr botas de fieltro; la ametralladora
contigua crepitó. Los siberianos cayeron como moscas, huyendo a través de las
colinas pisoteando muertos y heridos.
-¡Bayoneta calada! -ordenó el general-.
¡Adelante!
Echó a correr
al frente, embistiendo como una fiera y cargándoselo todo con su fusil
ametrallador. Esta vez, entre los siberianos cundía el pánico.
-Alá Akbar! ¡Viva la Legión! ¡Viva la
muerte! -vociferó el pequeño legionario, corriendo en pos del general.
Borrachos de
sangre, pisoteamos a los heridos, despanzurramos y degollamos, en un cuerpo a
cuerpo tan espantoso que el propio diablo debió estremecerse. Los rusos,
acuciados por sus comisarios políticos, contraatacaron, y cayeron a cientos.
Sus posiciones fueron invadidas y demolidas, y sus bunkers, tomados.
¿Suministro? ¡Gracias a Dios! Porta devoró como un loco todo lo que pudo, y Hermanito engulló un pedazo de tocino
gigantesco. Arramblamos con todo cuanto se nos puso a tiro y nos largamos, pues
los rusos volvían a bombazo limpio. El general, ayudado por un teniente
desconocido, estaba tumbado detrás de un «SMG». Estaba loco, pero a buen seguro
que no era ningún cobarde, sólo que nos encontrábamos en unas ruinas de las
cuales no podíamos salir porque los siberianos estaban ya encima de nosotros y
se acercaban lentamente, armados con lanzallamas, lo cual nos puso la carne de
gallina... De golpe, Heide se irguió, reptó a través de los lienzos de pared,
llegó detrás del primer grupo de siberianos y los roció con su lanzallamas...
Diez minutos más tarde y nosotros ya no hubiésemos existido.
Detrás del
Volga, se oyó de repente el rugido de las baterías pesadas, un retumbo
prolongado Y aterrador que hizo retemblar el suelo a kilómetros de distancia.
Disparaban sobré nosotros con sus terribles granadas de aire comprimido que
desgarran los pulmones.
¡Escapar!
¡Escapar! Ante todo, agazaparse en el fondo de un hoyo. Topé con Porta, y el
soplo mortífero nos alcanzó. Quienes no huían con bastante rapidez echaban los
pulmones por la boca, todo cuanto se hallaba en la superficie del suelo quedó
volatilizado por aquel viento de muerte era preciso hacinarse en el fondo de un
cráter estarse quieto y morder la culata del fusil, si se quería tener una
posibilidad de salvar la vida. Hasta nuestras necesidades naturales había que
hacerlas tumbados; ¡más valía llenarse los pantalones que verse estallar los
pulmones!
Y aquello duró
toda la noche. Nadie dudó ni por un instante de que habíamos perdido una guerra,
pero nadie habló de renunciar a batirse. ¡Aun en aquella insondable miseria, la
vida se nos había tornado preciosa; nunca hablábamos del pasado, solamente del
porvenir! Y sin creer en él... La vida se había vuelto para nosotros tan breve
que cada minuto se llenaba de una intensidad insospechada. Nos moríamos de
frío, de hambre, de miedo, pero todavía pudimos regalarnos con un faisán que
correteaba por los campos ensangrentados. Nadie disparó. Hubiera sido un
asesinato, y aunque despanzurrásemos hombres a cada paso, ninguno de nosotros
se consideraba un asesino.
De pronto,
tres «JU 52» desembocaron por el Oeste y horadaron las nubes bajas buscándonos,
no cabía duda. Trazaron grandes círculos, indiferentes a los cañones rusos, y
he aquí los paracaídas amarillos, en cuyo extremo se columpiaban los grandes
contenedores de suministro. ¡Ver aquello nos volvió locos! Había que arriesgar
la vida para ir a buscarlos, pero todo el mundo se apresuró. ¿Qué había en los
contenedores? Todos nos relamíamos ya...
-¿Qué
diríais de un lechón asado? -gimió Porta, que se moría de hambre.
-Nunca
más hablaré mal de nuestra Aviación -prometió el marinero, solemnemente.
Con manos
temblorosas, deshicimos las envolturas de los contenedores de aluminio, cada
uno de los cuales tenía capacidad para el suministro de una compañía entera.
¡Niños descubriendo el árbol de Navidad, tras un mes de espera, no hubieran
sido más felices que nosotros!
Pero las
espaciosas cajas no contenían ni lechón, ni aves de corral, ni patatas; ¡ni
siquiera un cacho de pan! Cada una de ellas estaba abarrotada de polvos contra
los piojos, de papel de escribir y de una colección de fotos en colores de
Hitler, Goering, Goebbels ¡Es de imaginar nuestra absoluta desesperación!
Las fotos
nazis fueron arrojadas al viento de la tempestad, que las llevó hacia los
rusos.
-¡Para vuestras letrinas! -gritó Porta
con rabia-. ¡Y limpiaos el trasero con ellas!
Tras las
imágenes, le tocó el turno al polvo insecticida. Todo apestaba a insecticida;
kilos de polvos se extendieron como una nube sobre el Volga al mismo tiempo que
nuestras maldiciones. La medida se había rebasado. Incluso Hermanito escupió su rabia.
-¡Dios castigue a Adolf!
Si, Dios
castigue a Adolf. Al alba, abandonamos las posiciones en medio de una tempestad
de nieve que por lo menos tenía la ventaja de ocultarnos a la vista del
enemigo; harían falta varias horas para descubrir que ya no estábamos allí. En
la carretera de cinturón de Olovka, el general mandó emplazar una barrera para
detener a los fugitivos que irrumpían a bandadas procedentes de la fábrica de
tractores. Hubo alaridos de indignación, pero no dieron mucho resultado. Los
comandos de caza estaban en funciones, y el general SS no conocía la compasión.
Dos oficiales recalcitrantes fueron abatidos de un balazo en la nuca, y un
capitán de Artillería fue apaleado mortalmente y abandonado sin sentido in situ.
Salimos al
ocaso, esta vez en columna respetable. A veinte kilómetros de distancia, en un
repliegue del terreno, descubrimos un regimiento, pero de cadáveres; los huesos
congelados asomaban de la nieve, y cuervos graznadores picoteaban los cráneos.
Era una visión indecible. «Stalingrado, fosa común. Cada minuto muere un
soldado alemán.»
Un gran bunker excavado en la roca nos sirvió de
refugio. Sobre una mesa quedaba aún una luz de carburo que El Viejo encendió. La luz viva y macilenta brotó. ¡Cadáveres,
siempre cadáveres! Rostros retorcidos, amontonados unos sobre otros en el
suelo. En una silla, un teniente coronel, con la cabeza inclinada hacia atrás y
la nuca horadada por una bala. Los NKVD pasaron por aquí antes que nosotros. En
una mesa de operaciones yace un médico con la garganta cortada y en un rincón,
dos enfermeras con el vientre al aire.
-Despanzurradas -comprobó Porta quien,
de todos modos, dio vuelta a los dos cadáveres.
Los asiáticos
pasaron por aquí y siguieron perfectamente el consejo de Iliá Ehrenburg.
«Matadlos los donde les encontréis, y hasta en las entrañas de sus madres.»
Agotados, nos
arrojamos sobre sacos de paja ensangrentados, apestosos, con un deseo nada más:
dormir. El general se desplomó en un taburete junto a la pared del roquedal.
Examinó su fusil ametrallador, contempló con aire pensativo los cadáveres, y
luego la cabeza se le cayó, las manos se le abrieron y el arma se le cayó al
suelo. Dormía, como todos nosotros.
¡De golpe,
despertamos sobresaltados! ¿Cuánto tiempo habíamos dormido? Nadie lo supo. El bunker retembló. En el fondo del
repliegue de terreno, rugían motores y rechinaban orugas. ¿Nos abandonarían los
nervios? Eran carros.
El Viejo apagó
bruscamente la lámpara de acetileno y nos hacinamos aterrorizados en la
oscuridad. Los carros avanzaban, muy cerca del bunker. Apenas si nos atrevíamos a respirar. Se alejaron... Iban en
dirección de Gumrak. Volvió a caer el silencio sobre los muertos y los vivos.
El general se
caló la capucha sobre el gorro de pieles y se abrochó el largo capote.
-Coged las armas y seguidme.
Nos llevamos
todo lo comestible, incluido un trozo de carne extrañamente blanca que, según El Viejo, era humana. Porta mordió un
buen be cado de ella.
-¡La
mar de buena! ¡Debe ser de trasero de general! ¡Si esto es manduca humana,
andad con cuidado cuando yo tenga demasiada hambre!
-¡En
marcha! -gritó el general, empujándonos con su fusil ametrallador.
Dejamos el bunker para enterrarnos al noroeste del
ferrocarril, a unos cuantos kilómetro; de Pestianka. A lo lejos, un cohete se
elevaba en el cielo y, poco después, se produjo un nuevo ataque en oleadas
apretadas, marchando como en desfile, grupo tras grupo, con la bayoneta calada
al modo particular de los rusos. Hostigados por sus comisarios políticos, caían
de todos modos como bolos, pero arrojaban los muertos sobre las alambradas y se
valían de ellos como puentes.
Yo estaba
tumbado en mi hoyo de nieve bajo los restos de un bulldozer americano; delante de mí, llegó un tirador siberiano a
quien vi perfectamente. Cara ancha, morado de frío, coronada por un gorro de
pieles con la estrella roja. Yo tenía la cruz de mi visor justo bajo la
estrella. El tiro restalló malvadamente, y la cara del ruso reflejó una especie
de estupor. No comprendía aquel sargento de una aldea siberiania por qué debía
morir junto al Volga, un río cuyo nombre apenas conocía. También a él le
hubiese gustado volver junto a sus vacas y sus caballos, pero estaba tendido
allí, en la nieve, bajo los mugidos de la tempestad del Kazajstán. En
primavera, cuando saliera de la blanca mortaja, un bulldozer le empujaría junto
con otros cien mil cadáveres más hacia una fosa común, donde quedaría confundido
con todos los desperdicios de las repúblicas soviéticas.
Retrocedimos
más a lo largo de la vía. Desde un embudo de granada, un oficial pedía socorro,
un hombre jovencísimo con cara de anciano. Antes de pasar por encima de él,
eché un vistazo a sus piernas: una masa sanguinolenta. No se podía hacer nada
por él.
-¡Llevadme con vosotras! -suplicaba-.
¡No me abandonéis! ¡Llevadme, camarada!
-¡Mi capitán, dése usted prisa en morir!
Y le metí la
pistola en la mano, antes de correr a reunirme con los demás.
Desde un
matorral, percibí un «T 34» que llegaba contoneándose por la vía. El capitán
ruso descubrió al capitán herido, hizo girar su monstruo blanco y pasó por
encima del montón gris. Todavía más se paró y giró en redondo. Cuando arrancó
de nuevo, ya no quedaba montón gris. El ruso soltó una carcajada. ¡Un cochino
fascista menos! ¡Adelante, soldados rojos, adelante! ¡Matadles hasta en el
vientre de sus madres! Iliá Ehrenburg podía ufanarse de ser escuchado; era un
buen escritor, un amigo del verdugo Stalin.
Porta y yo nos
abalanzamos al mismo tiempo sobre un «T 34» que llevaba un banderín rojo
ondeando en la torreta; lo arrancamos y lo pusimos sobre el cristal para cegar
el carro. Las escotillas se abrieron y, como un jabalí presa de pánico, el
carro corrió ante nosotros. Lluvia de granadas en la torreta abierta.
Una explosión,
un infierno de llamas, pedazo de acero que caían.
Stalingrado,
fosa común. A cada momento moría un soldado alemán, y allá, muy lejos, en Prud
oriental, reinaba un loco que gritaba: «Continuaremos hasta el último hombre.»
Desgraciadamente, para nosotros, simples soldados, aún había oficiales que le
obedecían por un sentimiento aberrante de deber militar.
El 24 de
diciembre, estábamos frente a Dimitrijovka, pero ninguno de nosotros pensaba en
la Navidad.
A las siete en
punto, Iván atacó con masas de Infantería en las cuales causamos estragos, pero
el ataque no cesó, ni mucho menos, hasta las tres de la tarde. Luego, de golpe,
se acabó. Ni un tiro, ni un ruido; un silencio absoluto. Un tren ardía en el
balasto. Porta, preocupado, se preguntó qué significaba aquel silencio. En el
horizonte no se veía nada; únicamente la nieve que caía arremolinada y espesa
empujada por el viento. ¿Qué pasaba? No tardaríamos en saberlo.
El 25, a las
tres en punto, cinco «T 34» traspusieron la vía sin acompañamiento de
Infantería. Desde el altavoz colocado en el primer carro, resonaba música
militar. En perfecta formación se dirigieron hacia la 3.a sección y
no pudimos a nada contra ellos: no teníamos cañones antitanques; ni siquiera
cócteles Molótov.
Se desviaron
y, primero, fueron hacia la 2.a sección. El altavoz entonó la marcha
de Radeski. Los carros se pararon, cada uno en un hoyo de nieve, se hundieron
girando sobre sus ejes y luego arrancaron de nuevo. El soldado que estaba
agazapado gritó de miedo antes de que las treinta toneladas de acero le
acallaran y le hicieran papilla. Así durante doce hoyos de nieve: 12 hombres.
Y, luego, los carros desaparecieron como llegaron, en una nube de nieve.
Silencio de muerte. Ni un tiro de fusil, únicamente la tempestad que aullaba...
Al día
siguiente, a las tres en punto, ¡allí estaban! En cabeza, un «T 34» rojo vivo,
bandera al viento; la misma música militar difundida por el altavoz; la misma
precisión que la víspera sobre cada hoyo, en el cual se agazapaba un hombre que
en un segundo, ya dejaba de ser un hombre. Nos tapamos los oídos por no
escuchar los alaridos. Sólo nos restaba aguardar nuestra vez.
La noche
blanca del invierno cubría la estepa. Diríase que se oían sin cesar gritos de
heridos, pero no, sólo era la tempestad del Kazajstán que aullaba a la muerte.
Algunas
granadas de mortero cayeron sobre el talud de nieve detrás de nosotros. El
altavoz de la propaganda rugió: «¡Fascistas alemanes! ¡Cochinos capitalistas!
¡A las tres vendremos a aplastaros!»
Porta sonrió y
saludó con su chistera amarilla.
-¡Es
muy agradable saber que nos hemos vuelto capitalistas!¡Gregor, mi «Cadillac»,
que me voy a la Costa Azul!
-¡Camaradas!
-gritó de pronto el altavoz-. Soy el suboficial Buchner, de la 23.a
división Panzer. ¡Venid libremente con nosotros y demostrad que sois amigos del
pueblo! ¡Rechazad vuestra esclavitud! Escupid a vuestros amos capitalistas.
-¡Ya
lo sabemos, ya lo sabemos! -se carcajeó Porta.
Lo prometían
todo, hasta chicas. La Unión Soviética, aquel paraíso de proletarios, tenía
todo lo necesario para ser feliz, por lo menos eso decían ellos.
Pero al día
siguiente, a las tres, ¡allí estaban! Ante la posición, se veían dos bultos
grises, dos tíos que habían creído en la felicidad soviética y a quienes el
general se había cargado.
Aterrorizados,
vimos acercarse a los cinco «T 34». ¿A quién iba a tocarle aquel día?
Bajaron por la
nieve y se atascaron, pero se liberaron rechinando. Música de baile. No creo
que exista en el mundo nada que yo odie más que un «T 34» blanco, aquella fiera
que bramaba, aquel autómata mortífero.
Porta, en su
hoyo, tocaba la flauta como inspirado y podía verse su sombrero amarillo
destacando sobre el blanco de la nieve. Era imposible enterrarnos más profundamente.
Las herramientas no servían de nada, y la tierra estaba dura como el granito.
Por lo demás, la tempestad del Kazajstán se encargó de sepultarnos.
Los «T 34» se
acercaron con un bramido ensordecedor. Algunos hombres trataron de huir, pero
fueron abatidos por las ametralladoras o muertos por nuestros oficiales.
¡Deserción! ¡Cobardía ante el enemigo!
Por un
diminuto agujero en la nieve, contemplé a la muerte que se acercaba lentamente.
¡Si por lo menos hubiera tenido un cóctel Molótov contra aquellos asesinos,
pero no! ¡Sólo nuestras manos vacías!
A unos metros
de mí, pasó el primer «T 34», con las escotillas cerradas, pero yo sabía que
detrás de las troneras unos ojos acechaban para matar. Toparon con el grupo
contiguo, camaradas de mucho tiempo atrás. El pequeño suboficial Wilmer,
comandante del grupo, poseía una tienda de comestibles en Düsseldorf y se
alistó por cuatro años en 1936. Recibió de golpe su paga de cuatro años,
gracias a la cual pudo pagar a todos sus acreedores, ¡pero nunca comprendió por
qué no le mandaron a casa una vez cumplido su compromiso! Cuando estábamos
frente a Amberes, escribió a Hitler, pero no le contestaron.
El sirviente
de la ametralladora era el gran Bóhmer, de Colonia, que tenía como ayudante a
un contable gafudo de Lübeck. Otro era de Hamburgo y soñaba con ser importante
en los ferrocarriles; también estaba el estudiante de filosofía que nunca
entendió nada de la disciplina militar ni pudo aprender el paso de desfile;
pero, en cambio, el aprendiz mecánico Neumunster, lo conocía perfectamente y
aspiraba a suboficial. El coronel Hinka se lo había prometido. Sólo que estaba
allí, con los del grupo condenados a muerte que esperaban ser aplastados por
las orugas de un «T 34». El primer monstruo se detuvo sobre el hoyo de Wilmer,
se hundió lentamente y transformó a los hombres en un magma sangriento. El que
era aficionado a los ferrocarriles chilló más rato que los demás.
-¡Muérete ya, cretino! -gritó Heide,
histérico, tapándose los oídos.
El carro
siguiente estaba ya encima del estudiante de filosofía; el alarido se apagó
progresivamente en la nieve. Dios del cielo, ¿eres sordo? ¿Cuánto tiempo ibas a
soportar aquellos gritos? ¡En nuestro cinto estaba escrito Gott mit uns, pero
Tú estabas seguramente contra nosotros para infligirnos tales torturas!
-¡Malditos sean! -gritó El Viejo, desesperado, ocultándose la
cara entre las manos.
Impotentes, presenciamos el destrozo sucesivo de nuestros
camaradas. Y al otro día, a la misma hora, aparecieron de nuevo en la cima del
basalto. Grandes chinches que se contoneaban sobre la nieve, con las escotillas
bien cerradas y difundiendo música por altavoz. En aquella ocasión, fueron
hacia el grupo 4, el del infante de Marina. Pero éste no quiso dejarse aplastar
y se arrastró por la nieve blanda, como un nadador.
-¡Debe de jalar nieve! -dijo Hermanito con cierta admiración-. ¿Cómo
se las apaña?
Su camarada,
el alto contramaestre de torpedos, corrió rectamente con su uniforme azul. El
«T 34» rojo sangre le persiguió, las orugas le aferraron, le arrancaron los
brazos y se los arrojaron al aire. Luego el carro se paró sobre el cuerpo
jadeante. ¿Es que no había seres humanos dentro de aquellos monstruos? ¡Oían
los gritos igual que nosotros! La horrible bestia roja viró y el grito se tornó
estertor humano. El contramaestre de torpedos había muerto.
Por aquel día,
todo había concluido.
Derrengados,
sin tenernos en pie, nos dejamos caer en nuestros hoyos. Pero justamente antes
del crepúsculo, y por segunda vez aquel día, ¡volvieron! Aquella vez, palmábamos
todos. El primero a quien aplastaron fue al teniente de la reserva, profesor en
Munich. Con un gesto pueril de defensa, le vimos extender los brazos ante sí,
pero el 30 toneladas, despiadado, bajó lentamente...
¡Nos tocaba a
nosotros!
El primero en
botar en su hoyo fue Porta, seguido por el gato, que maullaba contra los «T 34»
hundiéndose en la nieve blanda. Presa de Pánico, Gregor escapaba desarmado. El
general pareció reflexionar un instante, y luego botó a su vez. Todo el mundo
huía, ¡con la cabeza gacha, sin pensar en que aquello era deserción!
¡Sabotaje a
las órdenes del Führer! Había que luchar hasta el último soldado; hasta el
último cartucho.
Detrás de
nosotros se abalanzaron los colosos, que alcanzaron a quienes quedaban
atascados. Después, giraron sobre sí mismos y chafaron bultos grises que
lanzaban alaridos.
Era la guerra.
Muchas personas han visto carros en desfile, pero, ¿saben lo que es estar
tumbado en la nieve con un frío mortal y ver cómo aplastan a los camaradas de
uno? Repetidas veces los monstruos quedaban atascados también, pero se libraban
de la presión blanca, y las llamas de los tubos de escape se veían sobresalir
varios metros por atrás. Todavía estaban a quinientos metros.
Sin aliento,
corrí como pude, me caí, grité... Lloré presa de un terror increíble. Cuando
respiré, el aire helado me dañó. Parecía acuchillarme los pulmones. Me sangraba
la nariz enrojecida por la nieve, y me di de bruces en un montón blanco donde
quedé aprisionado como por una mano de hierro. Detrás de mí, ¡aquel horrible
ruido de motor! ¿De veras un carro de 30 toneladas perseguía a un solo soldado?
La nieve me aguantaba y la muerte ya estaba sobre mí.
De pronto, un
brusco empujón me sacó de la insondable mortaja.
-¿Qué pasa, imbécil? -tronó la voz de Hermanito-. ¿Te das prisa, o qué?
Porta nos
adelantó brincando, con el gato en sus talones. Detrás de nosotros, los «T
34»... ¿Por qué no tiraban? Era curioso. Estaban decididos a aplastarnos; en
cuanto a tortura, resulta más refinado.
Llegamos no sé
cómo a un desfiladero muy estrecho entre colinas bastante altas, un desfiladero
lleno de chatarra en la que yacían todos los desperdicios de Staíingrado. Los
carros debían de habernos abandonado y, sin fuerzas ya, nos desplomamos en
medio de incontables desechos.
-La basura militar -dijo el pequeño
legionario-. Eso lo he visto ya en Sidi-Bel-Abbés.
No existía
ninguna colonia francesa donde el eterno soldado, el cabo primero Alfred Kalb,
no se hubiera batido. Dos veces al día, se arrodillaba y rezaba con la cara
vuelta hacia la Meca, pues creía férreamente en Alá. Era un soldado fanático.
Le importaba un pito contra quién luchaba; iba adonde le mandaban, pero seguía
creyendo que luchaba por Francia incluso allí, en Stalingrado. Afirmaba que
estábamos luchando por Francia, para que se liberase de las hordas soviéticas.
Tenía la cara fea. Además de su gran chirlo, lucía los tatuajes de los
cabileños y la bomba de siete puntas de la Legión incrustadas en la piel. Ya se
ponía a limpiar su ametralladora, cuando nosotros, indiferentes a todo, nos
tumbamos.
-¡En pie! -gritó el general SS-. Y no vayáis a creer
que la guerra ha terminado. Más tarde pagaréis vuestra huida inmunda.
Olvidaba
haberse largado a su vez, pero era general, lo cual hacía variar mucho las
cosas.
Los «T 34»
habían desaparecido. La tempestad ahogó a lo lejos el rugido de los motores.
-¡A formar, derecha! ¡Vista al frente! ¡Los jefes de
sección, en cabeza! -ordenó con voz firme el general loco.
-¡Habrá
que solicitarlos a la fosa común, imbécil de galones blancos! -gritó una voz.
Pálido, el SS
entró en nuestras filas y ordenó que el culpable se denunciara. Se elevó una
risa burlona. El general agarró a Hermanito
por el cuello.
-¡Usted
ha sido quien ha gritado, perro! -chilló aplicando el cañón de su pistola en la
tripa de Hermanito-. Confiese, o
disparo dentro de tres segundos. ¡Uno... Dos...! -dijo el loco.
En aquel
momento, salió de las filas un suboficial de Infantería, con cuello y cabeza
envueltos con un vendaje sanguinolento y él uniforme hecho trizas. En una de sus
manos, la carne no era más que una honda quemadura. Era el único superviviente
de toda una sección destruida por los lanzallamas rusos.
-¡He sido yo quien ha gritado, general de brigada, y
añado: no es usted más que un asesino, como todos los generales de Stalingrado!
Con el dorso
de la mano, el loco pego al herido en la boca. El suboficial se tambaleo y cayo
buscando con su mano válida la pistola, pero rutes de que lograra
desenfundarla, la cabeza le tronó por los tiros de metralleta del general.
-Luego
me encargaré de usted -le dijo a Hermanito-.
Hace rato que me molesta, y por el momento le aconsejo que se este quieto, pues
de lo contrario le pasará lo que al amotinado ese. Ahora, busque a un
voluntario y vuelva a la posición para ver si quedan supervivientes. Luego, se
reúne con nosotros en Gumrak. ¡Y no se imagine que me voy a conformar con
partes amañados! No le quito a usted ojo. ¡Largo de aquí! Te presentas
voluntario -me dijo Hermanito,
designándome.
-¡Eso
sí que no! Un voluntario es quien se declara voluntario.
-¡Entonces,
te ordeno que te presentes voluntario, y creo que no vas a tener ganas de que
te ahorquen por desacato a la autoridad!
A grandes
zancadas, el muy canalla se puso al lado del general y declaró que me
presentaba voluntario, ¡pero juré que me las pagaría!
-Me traerá usted la cama -ordeno Porta-. Se quedó ahí
donde estábamos escondidos. La olvidé cuando nos largamos.
-Será
sólo si me viene en gana -dijo el gigante con altivez-. Los berlineses tenéis
el trasero tan alto que podéis cagar en los buzones de correos, pero aquí hay
que volver al suelo.
-No
te das cuenta de que Berlín es Alemania. ¡Vosotros estáis aún en la época de
los pantanos! ¡Ni siquiera tenéis un teatro de la opera!
-¡Eso
ya es demasiado! -gritó Hermanito-.
¡Que no tenemos ópera!¡Yo he sido tramoyista!
-¡Bah!
¡Una cervecería hedionda para gentes con zuecos! Bueno; está bien. No me
traigas la cama; no eres capaz.
-Ya
te enseñaré yo, perro de berlinés. ¿Y tu. -me dijo zarandeándome-. ¡Andando,
acojonado! Vamos a buscar una cama.
Corría tan de
prisa por la nieve, que yo no podía seguirle, pero cada vez que me tumbaba, con
una punzada en el costado que me traspasaba, él retrocedía para agarrarme,
amenazándome con hacerme ahorcar.
-Te mandaré ahorcar, canallita.
¿Entendido, guiñapo sueco?
En su mollera
obtusa, sueco o danés venia a ser lo mismo. Aquello se bañaba en una niebla de
alcohol desde que nació.
En la posición
no quedaba nadie con vida. Hacinamientos ensangrentados. Los «T 34» no fallaron
ni un solo hombre, y también arrasaron el refugio donde estábamos. El famoso
lecho estaba hecho migas, pero Hermanito,
concienzudo, recogió todos los restos cuidadosamente. ¡Le miré con rabia!
Estaba completamente chalado. Y he aquí que una ametralladora se puso a
disparar, cornpletamente indiferente a las balas que silbaban en sus oídos,
injurió a la ametralladora con todos los apelativos que sabía. ¿Le había oído
el tirador? ¡En cualquier caso, el tiroteo cesó! Pero se encendió un reflector
que inundó de luz al gigante que acababa de recoger los pedazos del dosel. Se
oyó gritar algo incomprensible a los rusos, con grandes carcajadas. Me apreté
contra la nieve cubriendo a todo el mundo de maldiciones.
-¡Apagad
esa maldita linterna, perros rojos! -chilló Hermanito-
¡Me deslumhráis con esa luz infernal!
Nuevas risas
de los rusos, que apagaron el reflector. Salté fuera de mi hoyo y nos largamos
antes de que la cosa se pusiera peor. Los pedazos de cama estaban todos, y
encontramos al grupo de combate en Gumrak.
-¡Toma -dijo el gigante-, ahí tienes tu piltra de
putas!Te hago observar que he estado en peligro de muerte a causa de esa
maldita piltra. Los Ivanes me han alumbrado con una gran linterna, pero han
tenido mucho miedo cuando he gritado. ¡Ahí me conocen! ¿No es verdad Sven?
El SS brigadenführer Paul Augsberg se presentó ante el general
del Ejército Paulus, en el CG instalado en el edificio de la GPU.
-Mi
general -dijo con tono seco el oficial SS-, hay que dar la orden de hacer
brecha en las líneas rusas. Continuar así la batalla es pura locura. Me encargo
de efectuar la penetración al frente de un grupo de carros, y tenemos
suficiente artillería pesada para permitirnos romper el cerco. Es menester
hacerlo cerca de Kaslanovska, donde el frente enemigo es muy estirado. Tenemos
muchas probabilidades de pasar.
-General Augsberg -respondió
sonriendo Paulus-, es absolutamente imposible. El Führer ha prohibido cualquier
brecha.
-Entonces, capitule usted, ¡qué
demonio! -General Augsberg, eso no es menos imposible. El Führer ha prohibido
cualquier capitulación.
El SS se inclinó sobre la mesa. Sus ojos echaban
chispas.
-Entonces
¿ha decidido usted volver locos a los hombres, hasta que vuelvan sus armas
contra sus jefes?
-No tema usted, Augsberg, la cosa
no llegará a tanto. Los soldados alemanes nunca se rebelan; obedecen. Toda
nuestra alta civilización alemana se basa en una obediencia ciega, y esa
disciplina justamente nos dará la victoria, aunque, por el momento, nos parezca
muy oscura. No se desmoralice usted, pues. Los alemanes nunca hacemos nada a
medias.
-Desde luego -murmuró el general
SS-. La derrota que estamos sufriendo aquí, en Stalingrado, nunca ha tenido
equivalente.
Sin tender la mano a su superior, abandonó el
Cuartel General y se apresuró a lo largo de los grandes pasillos de la GPU,
siniestro edificio donde cientos de heridos cubiertos de sangre y tumbados en
el mero suelo se morían sin ningún auxilio médico. Se detuvo un instante en el
patio alumbrado con reflectores, y contempló fijamente, la muralla de cadáveres
helados que se hacinaban, como una barricada, en torno del Cuartel General.
Continuó por el sótano contiguo al teatro, abarrotado de moribundos, algunos de
los cuales seguían en las mesas de operación abandonados por sus cirujanos. En
todas partes yacían miembros amputados. En un rincón, estaba el general Von
Daniels, alelado, con los ojos llenos de lágrimas; su división, la 176.° de
Infantería, había quedado totalmente destruida. Ni uno de sus 17.000 hombres
había podido salvarse, y él lloraba por sus esperanzas. Augsberg le contempló
fijamente un instante sin decir palabra y prosiguió su camino.
Encontró a oficiales de alta graduación que se
deslizaban, con una mochila al hombro, a lo largo de los muros como si fuesen
ladrones. Eran oficiales que habían exigido a sus tropas combatir hasta el
último hombre. Se habían negado a retroceder un paso en las situaciones más
desesperadas y mandaban a la Policía militar hasta los hospitales para obligar
a los heridos a reanudar la lucha. Ahora huían hacia la retaguardia, tratando
de cruzar el Volga helado, lejos de los combates perdidos y de los montones de
cadáveres.
El SS atravesó reptando ruinas negras de humo: más
cadáveres, montones de cadáveres, pero, de pronto, en medio de aquella ciudad
muerta, retumbaron voces y pasos de rezagados. Una columna de soldados
harapientos, extenuados, desfilaba ante él en fila india, camino de no se sabía
qué línea de combate. Iban a arrojarse sobre la nieve y a disparar a bulto sin
saber siquiera sobre qué.
Por
la mañana, el general Augsberg regresó al batallón de fortaleza. Su rostro era
de piedra, su monóculo brillaba y sus labios se apretaban en una línea brutal.
Arrojó ante nosotros un saco de provisiones y luego, sin decir palabra, se
sento en un taburete, vació sus bolsillos de todos los papeles y los quemó en
un montoncito.
LA RETIRADA
-Bueno -dijo Augsberg, con tono que no admitía
réplica-. Tengo intenciones de sacaros de este infierno. Podéis seguirme o
quedaros. Sólo nos llevaremos las municiones y las armas. Os desligo del
juramento a la bandera y, si me seguís, no tengo nada que prometeros. Pero si
os quedáis, os consumiréis en una prisión rusa y ya sabéis cómo tratan los
rusos a sus prisioneros. En caso de lograr nuestro empeño, algunos de vosotros
tendrán, sin duda, la suerte de llegar a las líneas alemanas, al otro lado del
Don. Están a ciento veinte kilómetros: dos o tres jornadas de marcha en
guarnición, pero aquí será duro, no lo dudéis. Una marcha hacia la muerte.
Únicamente los más fuertes de vosotros tienen posibilidad de salvarse. Eso es
todo cuanto tengo que deciros.
Dio media
vuelta y se fue hacia el Oeste, cara al sol que rojeaba. El Viejo fue el primero en levantarse y, columpiándose sobre sus
piernas arqueadas, se puso en seguimiento del general SS. Uno tras otro, nos
fuimos levantando lentamente. Una columna bastante larga, aproximadamente
ochocientos uniformes gris hierro, de todas las parroquias, incluidos dos
aviadores cuyo «Cóndor» había sido derribado. Seguían luciendo sus maravillosos
uniformes de cuero y las botas cortas de piel de foca. Detrás de mí avanzó el
infante de Marina. A él todo lo que le quedaba era su gorra con cintas; el
resto de su atuendo era ruso, tomado de un cadáver.
Llevaba mi
ametralladora al hombro, pero como el trípode me estorbaba, de un puntapié lo
mandé a rodar por la nieve.
-Estás loco, amiguito -dijo el
legionario-. Esas patas las vas a necesitar. Peor para ti.
Ya estábamos en camino. Por dos veces pasamos los meandros
del río Karpovka y alcanzarnos la carretera general de Stalingrado a Kalach.
Largas columnas de «T 34» con las dotaciones sobreexcitadas estaban en marcha
hacia Stalingrado. Un tren blindado hecho migas estaba parado en la vía, sus
vagones desparramados y la locomotora puesta patas arriba en un campo. Augsberg
levantó la mano; era la señal convenida para camuflarse.
-Brigada
-le dijo a El Viejo- tome el grupo de
la derecha y sea el primero en saltar por encima de la carretera. Si es
necesario, hágase cubrir por sus fuegos. Dirección Llariónovski, donde habrá
reunión.
-¡Seguidme!
-gritó El Viejo.
Sin resuello,
corrimos por la llanura. Me caí dos veces y deseaba quedarme en el suelo.
¡Dormir! Sólo tenía un deseo: dormir. Ya no podía más. Pero, brutalmente, el
legionario me empujó hacia delante. Él era infatigable, formado como estaba en
los combates del desierto, y mis lágrimas, mi furor y mi desesperación le
dejaban completamente insensible. Seguimos un camino bordeado a ambos lados por
una línea de camiones volcados de los que se elevaban horrendos cuervos. En los
vehículos, cadáveres congelados: eran ambulancias alemanas ametralladas por
blindados rusos. Algunos cadáveres tenían el cráneo roto; ya conocíamos
aquello. El cerebro había sido arrancado por camaradas que se morían de hambre,
cuando la ración individual se reducía a cuatro guisantes en conserva y dos
gramos de pan. Un médico nos enseñó que un cerebro de hombre era sumamente
nutritivo, pero el propio Hermanito,
que lo probó, se vio obligado a vomitar el seso de un coronel, ¡príncipe de
sangre, además!
Era menos
horrible comer ratas, a condición de encontrar sal para espolvorear la carne.
Durante mucho tiempo, hubo que caminar en medio de carros rusos y de la
infantería; de vez en cuando, Augsberg se sentaba con cansancio en un talud de
nieve y miraba sin decir palabra hacia el Oeste, donde las colinas del valle
del Don habían de asomarse.
-Hay
que tomar la dirección de Peskovatka -explicó el general a El Viejo-, y luego recto hacia el meandro del Don, donde pienso
encontrar el frente alemán, pero cruzar el Don puede resultar también muy
difícil.
La llanura
pareció interminable. Sobre nosotros brillaba un cielo de un color azul helado,
y en torno sólo teníamos nieve, la nieve que resplandecía como cristal. Ni un
árbol, ni una mata, ni siquiera un tallo de hierba.
Los ojos
empezaban a dolerme como si me clavasen un cuchillo; ya no veía nada, el
reflejo de la nieve me cegaba, tropecé y me froté los ojos con aquella nieve
que abrasaba. Botas negras resbalaron ante mí; ya no era más que uno de los que
se quedarían tumbados entre el Volga y el Don. ¡El Don! Bonito nombre, tan
corto, tan dulce, pero el Don es un río ruso despiadado que extiende durante el
invierno una humedad de hielo y durante el verano, un vapor pestilente. En
Rusia, el enemigo número uno es la naturaleza. Ay de aquel que no esté armado
contra la inflexible naturaleza rusa. El soldado soviético ha nacido con
esquíes o con botas, ¡pero nosotros! Nosotros, soldados de Hitler, ¿qué
podíamos hacer en aquel terrible país? Me incorporaron. El Viejo y Hermanito se
inclinaron sobre mí.
-¿Qué te pasa, Sven? -preguntó El Viejo con su calma habitual.
-Esa nieve que me vuelve loco. ¡Me
duelen mucho los ojos! ¿Por qué es tan blanca esa nieve?
-¿Qué color quieres que tenga? ¿Has
visto alguna vez nieve negra?
Me pusieron de pie y Porta me alargo su cantimplora. Me
erguí. La ametralladora parecía mas ligera gracias al vodka. Cuando se tiene la
experiencia del invierno ruso o de su tórrido verano, ¡cómo se comprende esa
afición a la vodka!
Divisamos una
aldea formada de chozas decrépitas. Mandaron al legionario y a algunos hombres
de exploración y nos tumbamos en la nieve para esperar. ¡Ahora era cuando el
trípode de mi arma me hacía falta! Media hora más tarde, compareció el
legionario y nos hizo signo de avanzar. La aldea había sido abandonada
apresuradamente por todos sus habitantes salvo uno, un gato blanco que maullaba
de hambre y sobre el que saltó el gato de Porta, que lo mató para comérselo.
Hasta ahí llega la guerra.
En las chozas
desiertas había juguetes, un coche de bomberos de plomo, una muñeca de trapo,
y, en un establo, cinco cadáveres helados con un tiro en la nuca.
-Nagán -comprobó Porta con autoridad-.
Los hermanos de la NKVD es evidente que han pasado por aquí.
En una bodega,
toda una familia colgaba del techo, y había que apartar los cadáveres para
ponerse en búsqueda de algo comestible. Los ahorcados no nos interesaban. Porta
encontró un garrafón, que olisqueó con recelo. Luego echó un trago, eructó de
satisfacción y alargó el recipiente a Heide, quien tosió, se atragantó y se
puso morado.
-¡Vaya tea! -tartamudeó, resollando-. ¡Vaya tea!
¡Estoy de nenúfares hasta los huevos!
-¡Es
fuego! -gimió El Viejo-. ¿Qué debe de
ser eso?
-Samorjonka -se guaseó Porta-. El licor
de Stalin para guerreros fatigados. Dos garrafones bastan para una compañía y
luego, se arremete contra los carros con los puños desnudos. La samorjonka se hace así: maíz, remolacha
y patata...
-¿Qué
remolachas? -preguntó El Viejo-. Hay
muchas clases.
-Y tu cabeza es una de ellas -gruñó Porta de mal
humor-. Luego, se mete todo en un tonel y se deja pudrir. Hace falta un mes
para que fermente; la espuma se la das a los cerdos. Se ponen muy tiernos de
carne con un sabor picante la espuma. La samorjonka
es la bebida secreta de Stalin. Los cristianos poseen tres cosas que les dan
fuerza, según dicen los misioneros: amor, fe y esperanza. Suena bien, pero con
Iván eso no vale de nada. Los rojos se cagan en la fe, en la esperanza y en el
amor, y mandan a sus misioneros a las minas de plomo, donde pueden continuar
esperando. En lugar de eso, José Stalin ha inventado la samorjonka para dar vitalidad. Por lo demás, José es un nombre
judío; es una garantía de astucia.
-Entonces, José Porta, lo siento por ti -gritó Heide-.
¿No sabes que el Führer ha ordenado que todos los nombres judíos deben ser
cambiados?
-El nombre sólo no hace al judío -afirmó Gregor
echando otro trago-. José Stalin quiere tan poco a los judíos como José
Goebbels en Berlín, pero tiene su manera propia de liquidar a los no arios. Los
judíos de Stalin son carne de cañón; los de Adolf, ganado. Tiene menos gracia.
Nadie puede ver a los judíos, aquí en el Este. ¿Os acordáis del polaco que
tenía a un judío encadenado en su finca a guisa de perro de presa? Los soviets
les aborrecen más aún que nosotros.
-Entonces, ¿por qué demonios luchamos entre nosotros
-gritó Heide con rabia-, ya que estamos de acuerdo para suprimir a los judíos?
-Los
alemanes no entendemos nada de nada -dijo El
Viejo chupando su vieja pipa-. Le hemos hecho un estupendo favor a Stalin:
la Tierra entera habla de nuestros campos de concentración y nadie habla de los
de Stalin, que son tan horrendos como los nuestros. Los alemanes son unos
imbéciles con su manía de hacerlo todo hasta el fin. Ninguna imaginación; por
eso perderemos esta guerra como todas las demás, porque tenemos el don de
complicar todo lo que es sencillo. ¿Qué hacen los rusos para desembarazarse de
los judíos? Mandan a esos narigudos a los comandos de la muerte. Nada de
asesinatos como en casa, sino la muerte del héroe. ¡Habría que pensarlo!
-¡Frases
antinazis! -chilló Heide, que estaba completamente borracho-. Brigada Beier, le
haré arrestar por la Policía militar.
Perdió el
equilibrio y se desplomó sobre la estufa:
-¡Socorro! ¡Estoy herido! ¡Ambulancia!
-¡Basura!
-tronó Hermanito meando encima de él.
-Gracias,
camarada -gimió Heide-. Está muy bien eso de haberme llevado bajo la lluvia;
reconforta.
Y se quedó
dormido con un gorro ruso sobre la nariz.
Había olvidado
completamente dónde estábamos. Lejos, detrás de las líneas rusas. Abandonados
de todos. Ningún explorador polar hubiera podido sentirse tan aislado. Al
despuntar el día, nos despertaron los cantos discordantes de Porta y los más
desafinados aún de Hermanito. Pero,
de pronto, la puerta se abrió de golpe y, ¿qué vimos en su marco? ¡Al general
SS seguido del ayudante médico!
-¡No parece que os estéis aburriendo! -dijo con aire
salvaje, mirando a través de su monóculo, que relucía como un ojo malvado-. ¿No
se presenta usted, brigada?
El Viejo se incorporó
con dificultad, se abrochó el capote de través y se puso el fusil al hombro
torpemente.
-Mi general -tartajeó-, el brigada Willie Beier sigue
aquí con todos los chicos de la guerra, ¿verdad?
-¡Cerdo!
-chilló el general, y agarró a El Viejo
del cuello para echarle afuera.
Porta
desapareció prontamente. Hermanito y
el legionario se deslizaron detrás de la estufa. Gregor y yo aterrizamos en la
nieve al lado de El Viejo.
-¡Ese
jefe SS no tiene nada de distinguido! -hipó El
Viejo, quien aquella vez estaba borracho como una cuba.
Por último,
todo el mundo estuvo listo para salir, pero no antes de haber recibido una
bronca fenomenal de nuestro jefe.
-¿Por
qué se mete con nosotros? -pregunto ingenuamente Hermanito-. ¡Si somos la mar de simpáticos! Hasta él nos ha
relevado de nuestro juramento a la bandera. ¡Nunca llegaría hasta Hitler sin
nosotros!
-Armas
al hombro -mandó el general-. En columna detrás de mí.
Solamente la
mitad de la columna poseía botas de nieve. Escasos soldados tenían esquíes,
entre ellos Porta, naturalmente. Fue el primero en llegar al Don, y le vimos
bajar de nuevo hacia nosotros en una nube resplandeciente.
-¡El Don! -gritó-. ¡Pero hay menos
prusianos que en mi ojo!
El general se
detuvo, miró largo rato con los prismáticos y no vio nada. Nieve, solamente
nieve. Pensativo, se mordía los labios; ¿dónde estaban el trueno de los
cañones, los ruidos de la batalla? Allí reinaba un silencio absoluto.
Únicamente la tempestad del Kazajstán, que aullaba al pasar sobre el Don
helado. Nada de frente, nada de cohetes para alumbrar aquel desierto
deslumbrador que cegaba. Allí no había más que un enemigo: el despiadado
invierno ruso. El general echó una ojeada atrás sobre una larga columna gris,
muda, desesperada; los hombres se dejaban caer en la nieve. ¡Qué aplastante
decepción! ¿Dónde estaban los nuestros? Entonces, ¿no se encontraban junto al
Don, como decía todo el inundo?
Se veía un
carro «P 4» casi enteramente cubierto de nieve, abandonado por el ejército
blindado de Mannstein, que debía socorrernos en Navidad. Algunas latas de conserva.
Los cañones estaban intactos. En el puesto de mando, los documentos de a bordo.
El carro pertenecía a la 23.a división Panzer.
-Los mandaremos a Torgau -Dijo Heide metiéndose los
papeles en la guerrera.
-Si
por lo menos tuviésemos un cacho de cadena -murmuró Porta, examinando el carro
minuciosamente-. ¡No veo por qué lo han abandonado! Parece en buen estado,
salvo esa cadena.
La sección de
exploradores llamada por el general acudió a las órdenes de un joven teniente
de Ingenieros. Tras ocho horas de duro trabajo, repararon la oruga estropeada.
Porta se subió al asiento del conductor, pero no había bastante corriente para
arrancar. Todo el mundo se puso a empujar el vehículo y, lentamente, el carro
salió de su atolladero de hielo. Nos apartábamos prudentemente de las temibles
orugas ensambladas con casquillos de granadas. El general mandó ponerse en
marcha tras el «P 4» en cabeza.
-Doctor Heim -dijo al médico-, es usted responsable de
que ningún hombre válido suba a ese carro. El que pueda andar y se niegue a
hacerlo, que se quede aquí. Brigada Beier, tome usted el mando del carro y a
cualquier hombre que intente subirse sin autorización se lo carga usted. El
cabo Porta será su conductor, el sargento Heide, tirador de frente y radio;
sargento Gregor Martin, tirador de torreta. -Buscó con los ojos al sargento de
transmisiones de Artillería de pies ensangrentados-. ¿Entiende usted de cañones
de carro? Bueno. Entonces, el cañón es cosa suya.
-Sí,
mi general -dijo con alivio el sargento de Artillería, muy contento de no tener
que seguir andando.
Sus pies no
eran más que una masa sanguinolenta; los últimos veinte kilómetros los recorrió
con dos fusiles por muletas.
Bajamos con
muchos resbalones hacia el río helado. El carro estaba a punto de volcar
patinando en el hielo. ¡Vaya terror! ¡Si se rompían las orugas! Pero Porta era
un experto y sabía manejar un artefacto de aquel tipo como nadie. Debíamos
esperar solamente que el hielo aguantara bajo las tres toneladas de acero, pues
el Don jamás queda helado a fondo. Se oyó rugir la corriente bajo el caparazón
cuajado. Todo el mundo se apeó salvo Porta y, desde la otra orilla,
contemplaban con ansiedad el carro que serpenteaba por la superficie rugosa.
Avanzaba despacio, se alzaba sobre enormes bloques de hielo, recaía en una
lluvia de cristales y, por fin, llegó Porta a la otra orilla.
Los ojos me
dolían cada vez más, pese a las gotas del médico. ¡Si al menos tuviésemos
cazadores alpinos entre nosotros! Pero el Alto Mando alemán no había previsto
gafas de nieve para los simples pipiolos.
-¡El
mayor hatajo de idiotas que nunca ha declarado una guerra! -había dicho poco
antes El Viejo, y El Viejo nunca habla porque sí-. Nos han
mandado a Rusia casi sin equipo y lo sabían. Durante diez años, los oficiales
alemanes fueron profesores en la Escuela de Guerra rusa y colaboraron en el
equipo de invierno del Ejército ruso. ¡Pero a nosotros nos envían sin nada!
Al cabo de
seis horas de marcha, borrachos de fatiga, los hombres se derrumbaron donde
estaban, para una pausa de media hora.
-Cuidado
con el «LMG» -avisó Hermanito cuando
me vio arrojar el arma en la nieve-. Podemos necesitarlo antes de lo que
creemos. ¿Tienes aceite antihielo? El legionario posee un litro entero, lo he
visto cuando hemos sacado el «P 4».
-Nunca
me lo dará -dije, demasiado cansado para luchar.
-¡A
mí, sí! -declaró el gigante, volviendo al poco- ¡Estaría chalado! Me lo ha dado
y sin protestar, gratis, y eso que me tenían muy dicho que los franceses nunca
dan nada. -Se detuvo bruscamente y aguzó el oído- ¡Un avión! -rugió mirando al
cielo sin nubes-. ¡Uno de los nuestros! Un «Focke Wulf».
Gregor agarró
un cohete y lo lanzó hacia el avión. El aparato viró y volvió sobre nosotros a
doscientos metros. La dotación nos hacía señales y se veían distintamente las
cruces negras bajo las alas ¡Bailábamos de dicha! ¿Aterrizaría? Pero el piloto
no pensaba aterrizar. Un casco de acero cayó del avión. Un soldado vestido de
cuero hizo otra señal y todo desapareció en el horizonte. En el casco habían
metido un mensaje: «Camaradas, volveremos. Cuando nos oigáis, poneos en cruz o
disparad dos balas trazadoras rojas.»
-¡Vendrán a buscarnos! –dijo con júbilo Gregor-
¡Cuatro «JU 52» con esquíes y todo el mundo se larga!
-Imposible -declaró uno de nuestros aviadores-. Quizá
se pueda aterrizar aquí con un aparato vacío. A todo estirar. Pero despegar de
nuevo lleno, eso no es factible.
-Sí
-dijo El Viejo-, sólo tenemos una
posibilidad de salir del paso. El Don ha sido una decepción, pero al próximo
río encontraremos a los nuestros.
-¿Y
cuál es el próximo río? -se guaseó Porta ¿El Rin, quizás? A diez minutos de
aquí, verdad? A mí me falla el corazón y el hígado desde que tenía seis años,
¿cómo quieres que trote hasta el Rin? ¡Ah! ¡Justamente mi corazón! -gimoteó de
pronto llevándose la mano al costado derecho de su pecho antes de tumbarse en
la nieve.
-¿Qué
pasa? -preguntó el médico, alarmado por los gritos lastimeros de Porta.
-Enfermedad
de corazón -respondió Hermanito-. ¿El
doctor no tendría un poco de alcohol? Eso siempre es útil.
-¿Simulación?
-preguntó el médico mirando con expresión desconfiada a Porta, que fingía
ahogarse.
El
desventurado no sabía qué creer; venía directamente de la Facultad de Medicina
de Gratz, y Stalingrado era una escuela mucho más difícil. Pero el general y el
teniente de Ingenieros, que se habían acercado, contemplaron a Porta un
instante en silencio.
-Vamos, en pie -ordenó el general-.
¡Basta de pamplinas!
-¡Vodka! -gimió Porta.
El teniente le
alargó su cantimplora, riendo.
-Gracias, mi teniente, me ha salvado
usted la vida. ¡Pediré a Adolf que le dé la medalla de salvamento!
Los dos
oficiales dieron media vuelta, pero el médico seguía sin entender nada:
-Debería usted ser desmovilizado -dijo
ingenuamente.
Naturalmente,
Porta no dijo nada en contra. Mientras tanto, nos enterramos para pasar la
noche. A lo lejos retumbaban amenazadores ruidos de motores.
-Camiones pesados -dijo el legionario-. Si pudiésemos
birlar unos cuantos y un carro, pronto estaríamos en casa.
Porta le miró
irónicamente:
-Entonces pon un anuncio en Estrella roja. Era lo que
se hacía siempre en Berlín cuando se necesitaba algo.
Al Este, el
cielo era rojo morado: era Stalingrado, que seguía ardiendo. Al Norte, enormes,
relámpagos cruzaban el horizonte.
-Artillería -dijo Heide, muy seguro de
su experiencia.
-¡Pero si es imposible -replicó el
legionario-, nadie combate ya ahí!
-Entonces, mala suerte. ¡Juguemos!
-Sería mejor que durmieseis -declaró el
teniente de Ingenieros, asomándose a la puerta.
Pero ya nos
había pillado el demonio del juego. Imposible dejarlo, y todo el mundo puso su
firma en el libro negro de Porta, que hacía préstamos a un interés siempre tan
exorbitante,
Por lo que, al
otro día, nos presentamos todos para salir derrengados, con los ojos
enrojecidos y de muy mal humor.
-Coged las armas -mandó el teniente con
tono perentorio-. ¡Adelante! El «P 4» en cabeza.
Porta pasó
altivamente y saludó con su sombrero amarillo fuera de la torreta.
-¿Creéis
que todavía queda lejos Alemania? -preguntó Hermanito,
que comenzaba a no aguantar más.
-¿Lejos?
-dijo Gregor-. ¡Tan lejos que sólo pensarlo le hace polvo a uno!
Un rugido
profundo y melodioso le respondió. ¡El avión! Se lanzó el cohete rojo y el
aparato, un «HE 111», viró; abrieron las portezuelas y bajo las alas colgaron
los contenedores de suministros. Los paracaídas se desplegaron. ¡Ya no había
cansancio! Nos abalanzamos hacia la llanura para recuperar los preciosos
fardos. ¡Salchichas, cordero ahumado, enormes jamones, pan, pan negro de
soldado, sardinas! Las bayonetas servían de tenedores. Pero el general ordenó
que todo se juntara y racionara cuando El
Viejo le tendió un mensaje hallado en uno de los contenedores:
A
siete kilómetros al noroeste del ferrocarril Nij-Chírskaia-Zernis, fuertes
concentraciones de caballería. Avancen con precaución. La vía
Kamenski-Stalingrado ocupada. Puentes custodiados por carros. Nutridas
formaciones avanzan de Oeste a Sur. Kalitva ocupada por el enemigo. Puentes
imposibles de forzar sin armas pesadas. Violentos combates cerca de Aidar.
Unidades de caza operan en la llanura. Sección enemiga más próxima, treinta
kilómetros Norte. Punto.
-¡Cretinos! -exclamó el general Augsberg-. Ni palabra
sobre la posición de los blindados alemanes. ¡Dónde están los rusos bien lo
descubriremos nosotros mismos!
Y alzó el puño
en dirección del avión que se alejaba. Vi a El
Viejo como encogido, extraviado, con los ojos clavados en el horizonte.
-La espicharemos uno después de otro -dijo con voz
campanuda-. Nos han tachado del Ejército. Sin duda ha sido ése nuestro último suministro.
El general se
echó el fusil ametrallador al hombro y levantó su puño cerrado:
-¡Grupo de combate, marchen!
Y la retirada
continuó. El frío nos mordía en el rostro y penetraba en los huesos hasta la
medula. Nubes negras se juntaban, amenazadoras, y el viento se levantaba; venía
del Este, como si quisiera echarnos de la estepa, de las estepas de Rusia,
donde nada tenemos que hacer. Es un viento que corta las carnes como una hoja
de afeitar y pone la tierra tan dura como el mármol De pronto, surgió una
columna de avituallamiento arrastrada por caballos. Los soldados de
transmisiones se arrojaron al suelo o tomaron posición en la cuneta. Nuestro
carro viró y se escondió detrás de una muralla de nieve; si era descubierto,
¡un regimiento de blindados nos pisaría los talones!
-Stoí!
-gritaron los rusos-. I di siudá
(Venid acá).
Animándose,
calaron la bayoneta. ¡Aquel encuentro con el enemigo era, evidentemente, una
gran ocasión! No todos los días un soldado de transmisiones podía hacerse el
héroe.
Un alto
oficial salió de la línea de tiradores y caminó hacia nosotros apuntándonos con
la pistola.
-Ruki
vierj! Ruki vierj! (¡Manos arriba!)
-¡Que el diablo te lleve! -gruñó Hermanito, alzando su arma.
El ruso se
desplomó y sus hombres se pararon en seco. Saltamos al fondo de un nevisquero y
la ametralladora tableteó. Los rusos se desplegaron corriendo hacia la
carretera, pero muchos quedaron tumbados, como montoncitos oscuros yacentes
sobre la nieve. Porta estaba detrás del carro, armado de un fusil con visor que
manejaba como un as; un fusil de balas explosivas. Si una bala daba en el
hombro, el brazo quedaba arrancado. Stalin no se preocupaba demasiado de los
convenios internacionales.
Un comisario, knut en mano, mandó de nuevo a los
hombres al ataque, y el miedo del comisario era mucho mayor que el inspirado
por nosotros.
-¡Cúbreme! -gritó un explorador provisto
de lanzallamas, asomándose.
Una larga y
atroz llama avanzó hacia los rusos. El explorador reía cruelmente y cargó otra
vez petróleo en el depósito.
Nadie quería a
los exploradores lanzallamas, los verdugos de la guerra, pero cuando las cosas
se ponían mal, valía más tenerlos consigo. Ni de guarnición íbamos nunca a sus
cuarteles. Todos eran profesionales y nunca vi sonreír a un explorador
lanzallamas, ni a una chica bailar con alguno de ellos. Las charreteras negras
con una llama amarilla bordada horrorizaban a todo el mundo.
El explorador
me saludó llevándose dos dedos al gorro y corrió hacia otra parte para
carbonizar a más víctimas. De repente, el ataque se paralizó. Volvió el
silencio sobre la estepa. En la carretera, los caballos pisoteaban la nieve, y
la noche envolvía despacio el país del Don.
El general se
tumbó agotado a nuestro lado; sus labios helados sangraban.
-A las 23 horas nos largamos. Dirección
Oeste. Reunión en Chir; sólo son 60 kilómetros,
-¡Vaya, hombre! -me dije-. ¿Por qué no
en Nueva York? ¡Nunca llegaremos allí!»
Nuevo ataque.
El comisario ruso aullaba de rabia. Mi «LMG» crepitó y me maldije por haber
tirado el trípode, pues el arma costaba de aguantar. Hermanito, irritado, me la arrancó, porque yo siempre tiraba
demasiado corto. Enrolló la correa en torno de su cuello y, sin cuidarse de la
metralla enemiga, se levantó disparando de costado. Borracho de ganas de matar,
gritaba. De pronto, la cinta se agotó.
-¡Municiones, cretino!
Bajé corriendo
por la nieve, agarré la caja de municiones y, presa de pánico, manejé
torpemente el cargador. Hermanito me
empujó con brutalidad; él no sabía lo que era el miedo. ¡Demasiado tonto para
aquello! El ataque remitía, los rusos se agazapaban y dos infantes desconocidos
que disparaban con ametralladora se colocaron en posición cerca de nosotros.
Eran viejos soldados experimentados: estuvieron en Moscú.
A lo lejos,
gritos: «¡Sanitarios, sanitarios!»
Llegó el
médico apresuradamente con su gran bolsa de medicamentos al hombro. En todas
partes sonaban aquellos gritos lastimeros y nadie podía hacer nada por nadie.
También los heridos rusos se desangraban moribundos en la estepa. El infante de
Marina tuvo un rasguño en el brazo y le metimos un apósito en la herida, lo que
le arrancó gemidos, naturalmente; pero el legionario me miró: el contorno de la
llaga ya estaba amoratado. ¿Habría que amputarle?
-Suerte tienes que no haya sido una bala trazadora
sino un proyectil pasado de moda -dijo Porta a manera de consuelo- De lo
contrario, el brazo se te habría soltado.
A todo lo
largo de la posición cundió la orden del general:
-Reunión en Chir.
-¿Y
qué es eso de Chir? -preguntó Hermanito.
-Un
río -respondió El Viejo con expresión
pe cansancio-. En Rusia se va de río en río, ¡y hay muchos!
Nos quedamos callados, con la mirada extra. Un frío inhumano
nos roía los huesos; corrían nubes sobre la luna y la noche se alumbraba
débilmente con la reverberación de la nieve. Para huir, el tiempo era bueno.
A lo lejos, un
alarido extraño.
-Los
lobos -murmuró el infante de «SMG».
Oíamos
relinchar en la carretera a los caballos inquietos; tenían más miedo de los
lobos que de los hombres. Y, en aquel momento, un cohete trepó hacia el cielo.
-¡Vienen por la carretera! -gritaron al otro extremo
de la posición.
-Abandonad
las armas pesadas -mandó un sargento de Artillería-. Vosotros dos, cubrid la
retirada -nos dijo a Hermanito y a
mí.
Y echó a
correr con la «SMG».
Vigilé el
reloj con angustia. Pasaron los segundos. Diez minutos todavía.
-Larguémonos
también -dijo Hermanito-. Han
olvidado darnos las gracias. ¡Más vale un cobarde vivo que un héroe muerto!
En torno a
nosotros reinaba un silencio aterrador; no nos atrevíamos ya a hablar en voz
alta, y quité el seguro de mi fusil ametrallador.
El miedo me
apretaba la garganta.
-¡Un ruido! -murmuró de pronto el
gigante, pegando su boca a mi oreja.
Todo el mundo
sabía que su oído era extraordinario. Percibía la respiración de un gorrión a
dos kilómetros. Escuché y oí. Un crujido extraño en la llanura, pero vi de qué
se trataba: el enemigo estaba cavando una zanja hacia nosotros.
-¡Van a saber lo que es bueno! -juró el
gigante.
Juntó tres
granadas y se arrastró un trecho. Una explosión, gritos...
-¡Larguémonos! Ya es hora, si no, la
espicharemos como héroes dentro de un ratito.
Alcanzamos a
los camaradas cerca de un riachuelo helado. Corrían pesadamente por la nieve y,
de pronto, el infante de la «SMG» gritó y se desplomó: una bala perdida se le
había llevado la espalda. No hay nada que hacer cuando se es alcanzado por esas
balas explosivas. Yo estaba bañado en sangre. ¿Cuánto tiempo llevábamos
corriendo? No lo sé. Pero hubo que pararse y tumbarse, agotados, en la nieve,
con esas terribles punzadas de costado que le traspasan a uno como espadas. En
la llanura retumbaban tiros aislados.
-Iván está de limpieza -comprobó el
legionario- El nagán trabaja.
Alguien
gritaba y se lamentaba. Un grito. El grito terminó en un estertor. Y la
retirada continuó, hacia el Oeste, lejos de los naganes asesinos. Toda la noche marchamos, marchamos. Algunos
renunciaron y se tiraron al suelo helado o se acurrucaron como bolas grises
para morir de frío rápidamente.
-¡Victoriosa retirada del VI Ejército!
–se guaseó el legionario-. ¡Ven, dulce muerte, ven!
Me paré un
instante para mirar detrás de mí. Entonces, aquello era lo que quedaba de un
ejército de casi un millón de hombres: apenas trescientos fugitivos extenuados,
desesperados, muchos de los cuales no tardarían en renunciar a seguir. Pero
morir helado no resultaba terrible; un nagán
en la nuca era mucho peor, y eso aún preferible a ser crucificado sobre una
puerta o castrado con tenazas de herrero, pequeño placer refinado de ciertos
regimientos cosacos. Ése fue el destino de muchos soldados de Stalingrado.
Yo era un
soldado viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Sabía que lo más importante
de todo en el mundo era conservar las armas en buen estado. Ante todo, ante
todo, no caer prisionero. Llevaba mi «LMG» bajo el brazo; en el bolsillo, una
granada, y quienes quisieran atraparme se irían a la eternidad conmigo. Porta
tenía una pistola «Walter» atada en la manga; levantando el brazo, podía
dispararla a distancia. En cuanto a Hermanito,
escondía en su guerrera dos paquetes de plástico que podía hacer estallar
mediante un dispositivo de su invención. ¡Ante todo, no caer prisionero! En
tanto que «regimiento especial» no podíamos esperar piedad alguna del
adversario, y era curioso que el regimiento de los PU (políticamente dudosos),
fuera, en ambos bandos, tratado más duramente que los regimientos políticos.
-Comunistas
y nazis tienen la misma mentalidad -dijo El
Viejo-. A los designados como dudosos por los nazis tampoco los comunistas
les tienen consideración.
Así que cualquier
soldado PU era inexorablemente liquidado fuera la que fuese su insignia, cruz
gamada o estrella roja; he aquí por qué los hombres de los PU alemanes o rusos
no se rendían jamás. Únicamente se pasaban al enemigo los miembros de
batallones disciplinarios: dicho de otro modo, los criminales y delincuentes
comunes que eran sacados, de la cárcel para incorporarse obligatoriamente.
«Ese
Adolf Hitler es un hombre curioso. ¡Jamás llegará a canciller; a lo sumo a
ministro de Comunicaciones y aún es harto dudoso! No es más que un bohemio
vanidoso que procede del arroyo, ¡Que tanta gente le tema es algo que no
entiendo! Dentro de un año, todo lo más, será olvidado, y en cuanto a su
Partido de jóvenes maleantes, nadie hablará siquiera de él.»
Presidente
del Reich Hindenburg, durante una conversación con el general Schleicher y el
obispo de Munster.
14
de febrero de 1931.
El 1.° de octubre de 1933, cuando instalaban el
campo de Dachau, el inspector general de los campos KZ, SS standartenführer Theodor Eicke, hizo la siguiente arenga a
su regimiento, el famoso y siniestro regimiento T. (Tod: muerte).
-Tolerancia
y humanidad son signos de flaqueza. El hombre que no se siente capaz de
degollar a su madre o de castrar a su padre, es un blandengue. Nuestra
profesión de fe nos hará fuertes. Usaremos sin vacilar los medios más brutales,
pues sería mejor liquidar a diez inocentes que dejar escapar a un solo
culpable. El ciudadano corriente que va tirandillo nunca nos comprenderá; su
imaginación no llegará jamás hasta nosotros, por lo que todo cuanto hacemos en
nuestros campos contra seres infrahumanos y políticamente asociales debe
permanecer rigurosamente secreto. Vosotros, mis soldados de mi división T,
debéis endureceros como granito. Que la sangre no sea más penosa de ver para
vosotros que el agua, Gozad del asesinato de intelectuales, de traidores.
Destruid a los soñadores librescos, quemad sus obras. ¡Aplastad todo eso! El
Estado nacionalsocialista cuenta con tres enemigos jurados: curas, judíos e
intelectuales. Si no encontráis nada que echarles en cara, inventadlo; no les
soltéis; llevad siempre con vosotros folletos clandestinos para depositarlos en
casa de ellos, y llamad inmediatamente después a los chicos de Heydrich. El fin
justifica los medios, tal es nuestro lema. ¡Quienes entren vivos tras las
alambradas de nuestros campos, saldrán muertos de ellos, pero dadles primero
tiempo de apreciar la estancia que les reservamos!
»Todavía hay, y bien situadas, hasta en la Gestapo,
personas que no quieren comprender que estamos en plena era de sangre. Esos
imbéciles han fabricado reglamentos de humanidad y de corrección. Limpiaos el
trasero con esos reglamentos, pero no os dejéis camelar, eso es todo.
¡Paciencia, soldados de la Muerte! Un día, todos los traidores, sin excepción,
estarán en los campos con uniformes a rayas, ¡y ese día aprenderán a
conocernos!
DANZAS CON LOS CALMUCOS
Hacía cinco
días que nos debatíamos en una tempestad tal que no veíamos a cincuenta
centímetros al frente, por lo que sólo percibimos la aldea cuando ya estábamos
metidos en ella.
Porta evitó
por los pelos arrollar una choza con su «P 4», pero todos empuñamos las armas,
pues una aldea aislada sólo podía albergar enemigos. El «P 4» retrocedió, con
su largo cañón listo para disparar. El legionario, de un puntapié, abrió la
puerta de la cabaña, y una racha de calor nos dio en la cara como un puñetazo.
Percibimos en
una sala baja a un grupo de paisanos que nos contemplaban con terror. En medio
de ellos, una anciana sentada en un taburete de ordeño, tenía en el regazo un
bol lleno de pipas de girasol; detrás de la gran estufa, asomaban caras,
asustadas, de niños. La experiencia les había enseñado que nada bueno cabía
esperar de un soldado, fuera el que fuera su uniforme.
-Ruki vierj! (¡Manos arriba!) -grité
nerviosamente encañonando con la pistola a un muchacho con pelliza de cordero
hecha jirones y pantalón alemán.
Se puso en pie
despacio, con el brazo sobre la cabeza. Gregor le cacheó. No portaba arma
alguna. El legionario se acercó a la estufa, pero en ella no halló sino niños
llorosos plagados de piojos.
-Alabado sea Dios, ¡habéis vuelto, alemanes! -dijo un
anciano tendiéndonos amistosamente la mano-. ¡Ya sabíamos que volveríais!
Bábushka ha muerto...
-¿Quién
demonios es Bábushka? -gritó Hermanito-.
¿Acaso ya habíamos estado aquí? ¡Todos esos malditos poblachos rusos se
parecen! ¡Mátale ya a ese viejo cabrón! No me gustan las gentes que te dan la
mano por hacer ver que te tienen amistad en seguida; es la táctica de los de la
Gestapo cuando quieren enchiquerar a alguien, y ya sabemos a dónde conduce eso.
La aldea fue
registrada rápidamente. Ni un soldado soviético; sólo paisanos calmucos.
Encendieron lamparitas ante los iconos y nos invitaron a tomar té. El samovar
cantaba alegremente.
-¡Estupendo!
-dijo Hermanito soplando en su taza-,
pero un trago de ron lo mejoraría.
-Te
vas a tomar ese té tal como está -replicó duramente el legionario-, si no te
parto la cara. Ese té es sagrado; es el de la hospitalidad.
El legionario
no soportaba que se menospreciase lo sagrado. Y, de pronto, me avergoncé del
«LMG» que llevaba bajo el brazo; lo dejé en el suelo, pero, con gran disgusto
mío, una anciana lo llevó con precaución junto a la estufa ¡No me gustó nada
aquel gesto; me sentía desnudo!
-Gospodín, somos vuestros servidores
-dijo Porta inclinándose con deferencia delante del stárosta de la aldea.
Acto seguido,
los calmucos se apresuraron a ofrecerle presentes que él les agradeció en
bastante mal ruso; vimos que les ofrecía su fusil ametrallador.
-¿Te
has vuelto loco? -dijo Hermanito con
estupor.
-Cállate
ya y haz lo que te digo -murmuró Porta-. No sigas elogiando sus porquerías
porque si no, esperarán regalos de mucho más valor a cambio, y perderás la faz
si no puedes ofrecer nada mejor.
-¡Esa
Rusia! -murmuró El Viejo-. ¡Extraña y
misteriosa Rusia! ¡En un sitio te pegan un balazo en la nuca, y al lado te
acogen como a un príncipe! ¡Y es éste el país que Adolf, como campesino
austriaco, imagina poder conquistar! ¡Vaya demencia!
Tras el bol de
té de bienvenida, las mujeres recogieron la gran mesa puesta sobre rollizos de
leños y la cubrieron con un maravilloso mantel bordado, herencia de
generaciones antiguas. Nos sirvieron vino de los calmucos en grandes
recipientes calentados al fuego, y una oveja asada al espetón traída por dos
muchachas que la dejaron ante el stárosta.
Éste desenvainó un afilado sable de cosaco que blandió por encima de su cabeza.
Hermanito, cada vez más inquieto,
palpaba su nagán.
-¡Imbéciles! ¡Os dejáis tomar el pelo
por esos malditos rusos!
Con su sable
resplandeciente, el stárosta cortó la
cabeza de la oveja, la subió muy arriba y la colocó solemnemente delante de
Porta. Todo el mundo estaba sentado en la tierra apisonada, pero Porta había
tenido derecho a un cojín bajo el trasero, homenaje particular ofrecido a los
invitados de marca. Cuatro muchachas vestidas de blanco que simbolizaban el
invierno llegaron bailando, seguidas de otras cuatro vestidas de azul que
simbolizaban la primavera. Hermanito,
al ver a las muchachas, se puso en pie, inmenso y ancho, arremangándose los
brazos de gorila y riendo de deseo.
-¡Un poco de modos, cretino! -rugió el legionario
obligándole duramente a sentarse de nuevo-. ¡Aquí no estás en ningún burdel!
El gigante se
sentó poniendo hocicos. Para él, las chicas que bailaban eran caza que se
ofrecía, si no, ¿por qué bailaban? La danza era la gimnasia preparatoria de la
cama. Entretanto, Porta sacaba el seso de la oveja, lo partía en dos mitades y
tendía una al anfitrión y la otra a su hijo mayor. Un murmullo de admiración se
elevó; los presentes veían claramente en él a un gran señor.
Las jarras
llenas pasaban y volvían a pasar. Eructamos educadamente. Pero Porta no resultó
realmente un gran hombre hasta que hubo rajado la oreja derecha de la oveja
para tenderla a la hija mayor. Era el colmo de los buenos modales. Luego, una
anciana nos contó lo ocurrido antes de nuestra llegada. Una sección de
Caballería a las órdenes de un comisario con gorro de pieles blanco había
llegado a la aldea, y lo primero que vieron fue una camisa parda que estaba
puesta a secar detrás de la choza de Bábushka.
-Una camisa SS -dijo el legionario-.
Efectivamente, no fue ninguna suerte.
El comisario
arrancó la camisa y la hizo pisotear por su caballo, mientras dos NKVD
encontraban a Bábushka escondido en el gran horno donde, en 1917, había
escondido ya a soldados trotskistas.
-Primero
ahorcaron a mi hijo diciendo que hubiese debido reunirse con Piotr, el hijo del
vecino, que ahora es comisario en el Norte, cerca del mar de hielo. Luego
colgaron a Bábushka detrás del aprisco del koljós. También detuvieron a otras
personas que habían birlado calcetines o uniformes alemanes; tres ancianos que
habían partido leña para una cocina de campaña fueron degollados y nos han
prohibido enterrar los cadáveres, que siguen ahí, bajo la nieve. Es bueno que
hayáis vuelto, germanski, no hay que
fusilar a los comisarios, sino traérnoslos; ¡nos encargaremos de ellos!
Mientras Porta
y Hermanito se llevaban a dos chicas
que no parecían demasiado asustadas, me quedé dormido a la mesa. La anciana me
acarició la frente; su hijo tenía mi edad cuando le ahorcaron... ¡Si al menos
la guerra hubiese podido terminar en aquel instante! ¡No tener que seguir
matando! Me quedaría eternamente allí y me dormiría por las noches con la
rugosa mano de una anciana sobre mi frente.
Al día
siguiente por la mañana, a la hora de salir, la pobre mujer me entregó una
pierna de carnero asada.
-Dios te ampare, hijo mío...
Todos los
aldeanos siguieron nuestra columna durante un trecho haciéndonos signos de
adiós. Pero nadie se atrevió a cruzar el río. En la orilla Oeste, todo iba de
mal en peor: comisarios que portaban naganes
en el extremo de una correa.
-Eso lo he vivido en Indochina -dijo el legionario-.
Se dice adiós a los enemigos y se hace matar por los amigos. ¡Que Alá proteja a
esas gentes si los comisarios rusos se enteran de nuestro paso!
Y prosigue la
retirada. En un bosque, todavía luchamos contra unos cosacos perdidos, como
nosotros, en la tempestad de nieve. El asunto sólo duró unos cuantos minutos.
Los cosacos fueron liquidados y sus caballos galoparon relinchando por la
estepa, con las sillas vacías y los estribos al viento.
¡El Chir! ¡Por
fin el Chir! ¿Dónde estaban nuestras líneas? ¡Decepción indecible! ¡Estábamos
tan seguros de encontrar allí a los nuestros! Pero nada, ¡absolutamente nada!
únicamente la tempestad del Kazajstán que aullaba.
Ya no podíamos
más. Hasta los más optimistas estaban agotados; incluso el general Augsberg se
desplomó tapándose la cara con las manos.
-¡Señor! -murmuró-. ¡Ayúdanos! Por
piedad, ayúdanos.
Olvidaba que
entre los SS estaba prohibido creer en Dios.
Ningún
cañonazo. La artillería calló. No se oía sonido alguno de los que revelaban
dónde estaba el frente, y es que se oían a cien kilómetros. ¡Inmensa Rusia!
¡Inmenso país capaz de aniquilar a un ejército entero!
-Brigadenführer -dijo el teniente de
Ingenieros con angustia-, ¡no puede renunciar! ¡No puede usted abandonarnos!
-¡Dejadme
en paz! -gritó el general Augsberg-. Dejadme en paz. Ya no puedo más.
-Brigadenführer, hemos puesto nuestra
confianza en usted. Usted ha prometido sacarnos de aquí.
-¡Váyase!
-chilló el general al oficial testigo de su flaqueza.
Se irguió, con
la cara petrificada, se ajustó el monóculo y contempló al brigada que se cubría
con la bufanda azul de lana hecha por su madre y llegada en el último correo de
Stalingrado.
-¡Columna: de frente, marchen! -ordenó
con los labios apretados.
El Chir fue
salvado.
-El
próximo río es el Kalitva -dijo El Viejo-.
Sin embargo, ¡es inimaginable que los nuestros estén más allá!
-Después
del Kalitva, está el Aidar -replicó el legionario jadeando-. Luego vendrá el
Oskol y, entonces, sólo quedan doscientos kilómetros para llegar al Donéts.
-¿Y
quién dice que el frente esté en el Donéts? -pregunté-. Ninguno de nosotros
tendrá fuerzas para continuar hasta el Dniéper, y olvidáis la cantidad de
riachuelos que hay entre los grandes ríos. ¡Yo ya no aguanto más!
A mi lado se
arrastraba un brigada. Era el último superviviente de la «División de la
Suerte», una de las más célebres unidades del Ejército alemán. El capellán
castrense de la división declaró en un sermón poco antes de la batalla de
«Octubre rojo» que nada se hacía sin la voluntad de Dios. ¿Por qué había
permitido Dios a la «División de la Suerte» que fuera aniquilada por los
lanzallamas rusos en Stalingrado? La mayor parte de efectivos procedía de las
misiones del norte de Alemania, y todos los servicios religiosos eran
escrupulosamente seguidos.
Detrás de
nosotros, trotaba el tesorero pagador de la división de Viena La división «Gran
Alemania». Nunca se cansaba de hablar de las mejoras que introduciría en su
hotel el día que regresara a Viena; antes, jamás se rebajaba a hablar con un
inferior, y ahora discutía del porvenir con Porta, que le aconsejaba instalar
un bar con un burdel clandestino.
-Eso es lo único que da beneficios
-declaró Porta con aplomo.
Pasamos la
noche en una aldea abandonada cuyas chozas sólo eran ruinas calcinadas; en una
cuadra yacía un caballo muerto congelado, pero su carne, descongelada gracias a
Porta y vendida como vaca, en seguida encontró compradores. Un sargento incluso
dijo que era la mejor carne que había comido nunca.
-¿Se pueden comer hombres? -preguntó Gregor mirando de
soslayo a un gordo suboficial que pasaba con aire distraído.
-Todo
se jala -respondió Porta-. En el campo de prisioneros rusos de Paderborn, había
un mercado de hígados humanos. Rigurosamente prohibido, desde luego, pero todo
el mundo lo sabía y no decía nada. Lo importante siempre es sobrevivir.
Por la mañana,
reanudamos la marcha, pero el «P 4» dijo que nones. El motor se había quedado
congelado, y como no teníamos nada con qué repararlo, no hubo más remedio que
abandonarlo en la aldea.
La tempestad
arreció. ¿Dónde estaba el frente? Todo el mundo aguzó el oído para captar algún
ruido que revelara el frente. Porta dijo que ya no estaba en Rusia, sino junto
al Rin, pues el Rin ha solido decidir el destino de Alemania, y era allí, decía
él, donde Adolf se jugaría las últimas cartas.
Continuó la
retirada, pero la columna sólo constaba ya de trescientos hombres. Habíamos
dejado a casi quinientos en la estepa: miembros helados, disentería, tifus,
agotamiento mataron a la mayoría de ellos. Aunque eran de temer a los comandos
de caza de la NKVD, encendimos un gran fuego. Era peligroso, desde luego, pero
el abominable frío ruso nos hacía polvo. Porta encendió un cigarrillo de grifa
que dio la vuelta a nuestro grupo, pero apenas estaba terminado cuando se oyó
una orden.
-¡De frente, marchen!
Un sargento no
se puso en pie.
-Anda, vamos -dije- Si te quedas ahí, te
mueres.
-¡Ya no puedo más! -gimió él apretándose
el vientre con las manos.
Era un viejo,
uno de los últimos llamados, y por esa razón le nombraron cartero militar. Hizo
ya la Primera Guerra Mundial. Contemplé el bulto gris en que se había
convertido quien, sólo unas semanas atrás, era un funcionario harto arrogante.
-Vamos -prosiguió Gregor-, ¡no vas a abandonar aquí!
Estamos casi en la meta. ¿No oyes el cañón?
-¿Cañón?
-dijo el hombre con dificultad-. No me engañes, por favor. No oigo ningún
cañón.
-Entonces,
espíchala - dijo Gregor con indiferencia.
Me incliné
sobre el anciano:
-Anda, vamos.
-No
puedo más -dijo sollozando-. Tú eres joven, date prisa en alcanzar a los demás.
Yo soy viejo y estoy muy cansado; déjame morir.
-¿Qué
hacéis ahí? -preguntó el teniente al pasar-. Seguid a la columna.
Indiqué en
silencio el bulto gris en la nieve. Se encogió de hombros:
-Disentería. Dejadle, no hará ni una hora de marcha.
¿Por qué diablos no se ha quedado en Stalingrado?
Sacó la
pistola, contempló un momento al desventurado, luego volvió a enfundar el arma
y se marcho a grandes zancadas.
-Camarada -dijo el moribundo, tendiéndome mi mano- si
sales de ésta, manda eso a mi mujer, dile como hemos sido traicionados en
Stalingrado.
-Prometido.
-Le estreché la mano-. Diré a todos, y no sólo a tu mujer, que esos malditos
nos han mandado a la perdición.
-¿Estás
ahí, cobardica? -Era la voz de Heide, que sonaba detrás de mí-. Te buscamos.
¿Qué andas haciendo aquí?
-¿No
lo ves? Se muere.
-¿Y
qué más da? Hay otros. -Me metió el «LMG» en la mano, y su rostro era duro como
la piedra-. Toma tu regadera. Eres soldado, no cura.
Caminamos toda
la noche, el día siguiente y hasta el otro. Bajamos márgenes de ríos, nos
arrastramos por las estepas, nos hicimos trizas en los bosques. ¡Rusia, inmensa
e implacable Rusia! Detrás de nosotros merodeaban los NKVD, los hombres de
gorros verdes marcados con una cruz, pequeños siberianos que sabían cazar al
hombre durante semanas.
El infante de
la SMG cayó de pronto como un paquete, tan rápido que tropecé con su cuerpo. No
cabía duda; rostro congestionado, febril, el cuello sembrado de puntos rojos.
Apestaba. Tifus. Le zarandeé, pero estaba inconsciente. Entonces saqué su «08»
de la funda metálica y dejé el arma junto a él. No habíamos hecho mucho camino
antes de que sonara un disparo.
Vivaqueamos en
un bosque, donde nos sepultamos en la nieve; la mayoría de nosotros se quedaron
dormidos inmediatamente, pero nuestro grupo se reunió en torno de un fuego.
Porta asó carne de caballo, Hermanito
tenía una bolsa de sal, Gregor preparó unas cuantas cebollas, yo unas patatas y
El Viejo, un poco de leche en polvo.
¡Un yantar de rey! Algunos cigarrillos troceados, y la moral se elevó todo lo
posible. ¡Es menester tan poco para ser feliz!
El fuego nos
calentaba las plantas de los pies e incitó a Porta a quitarse las botas. Su
dedo gordo estaba amoratado. Con espanto, nos apresuramos a quitarnos también
los zapatos, pues no hay nada tan traidor como un miembro helado, y nos
frotamos con nieve aunque dolía muchísimo. Llamado en socorro, el médico exigió
un examen general de los pies, y, cuando llegó al general Augsberg, comprobó
que su pie izquierdo se ponía amoratado. Cura de caballo que hizo blasfemar de
dolor al general, mientras los sufrimientos eran buena señal; en cambio, un
soldado cuya parte baja de la pierna se amorataba afirmó no sentir nada en
absoluto, y la pierna empezó a olerle mal.
-Tendré que amputarle, si quiero salvarle la vida
-musitó el médico a Augsberg-. Pero, cómo transportar a un amputado?
El
general desvió la mirada con expresión sombría y se fue sin decir palabra.
De pronto,
vernos a Hermanito sobresaltado
mirando hacia un bosque lejano:
-¡Hay algo que se mueve allá!
Escuchamos,
con los nervios a flor de piel... Nada.
-Error -dijo Porta, apagando de todos
modos el fuego.
-¡Te digo que hay algo en la maleza,
caray!
Un crujido.
Los extraordinarios oídos de Hermanito
no le habían engañado y ya le teníamos en el suelo con el «MPI» a punto de
disparar. Con todos los sentidos despiertos, acechamos en la oscuridad. De
nuevo, una rama crujió en la espesura... No cabía duda. Algo se dirigía hacia
nosotros y, con seguridad, se trataba de hombres. Los animales no hacen ruido
más que una vez, eso lo sabíamos; conocíamos aquel desierto con todas sus
costumbres y sus rumores... También nosotros nos habíamos vuelto bestias.
Estaban aún muy lejos, pero, en un bosque absolutamente silencioso, el menor
ruido se oía de noche a distancias enormes.
-¡Iván!
La palabra
susurrada pasó de un hoyo a otro, y bastó para hacer olvidar inmediatamente
disentería y agotamiento. ¡Todo menos caer vivos en manos de la NKVD! Habíamos
visto demasiados cadáveres torturados para esperar una humanidad cualquiera de
los hombres de gorros con cruces verdes. El ruido se precisó. Seguramente
huestes de siberianos del NKVD, armados de metralletas «Kaláshnikov» y de
largas nagaikas atadas a la muñeca.
Debían de haber seguido nuestro rastro en la nieve y sabíamos que aquellos
soldados de la lejana Siberia jamás abandonaban una pista. Habían nacido para
la caza del hombre.
Se oyeron
voces, roncas voces rusas.
-Germanski...
Iob Tvoiemad.
-¡Larguémonos!
-murmuró Hermanito, incorporándose-
Odio a los NKVD.
-Demasiado
tarde -replicó el legionario alcanzándole-. Esos malditos nos seguirían al fin
del mundo: o ellos o nosotros, no hay elección. Conozco eso desde el Rif;
aquellos malditos beréberes nos acechaban en todas partes. Un día nos
aguardaron en la nueva carretera Casablanca-Marrakech, detrás de los matorrales,
y mataron a toda la compañía. Sólo nos salvamos cuatro.
Un grupo de
fantasmas blancos pasó por la maleza sobre esquíes silenciosos. Bajo las
máscaras blancas, adivinamos los oscuros ojos que acechaban a través de las
aberturas. El terror me oprimió la garganta; sólo la disciplina prusiana me
impidió disparar y cargarme a los fantasmas. Una alta silueta conducía el
grupo, con la nagaika a la muñeca. En
el gorro blanco, la estrella roja con la hoz y el martillo. Un comisario
político.
-¡Perros, adelante! -ladró indicando
nuestra dirección.
-Rendiós -murmuró Hermanito, loco de miedo, quitando el seguro a una granada.
-Davái,
davái! -siguió gritando el comisario,
mientras hostigaba a sus exploradores perplejos.
Los esquíes
resonaron ahora sobre la nieve endurecida; los hombres parecían demonios a los
que solamente brillaban los ojos. El legionario, que notó mi inquietud, me
apretó la mano... Afortunadamente, había cambiado mi viejo «LMG» por un modelo
nuevo, flamante, lanzado el otro día en paracaídas.
¡Un tiro
desgarró el silencio! El comisario se tocó el pecho y se desplomó. Uno de los
nuestros había perdido la cabeza y había disparado, al menos con eficacia.
Silbido estridente del general... Ruido atronador. Una alfombra de fuego rodó
sobre la llanura; desde la espesura resonaron los fusiles ametralladores y la
corteza de los árboles saltó hasta nosotros. Pero los fantasmas desaparecieron.
En la nieve yacían seis cadáveres blancos que la nieve cubría ya con nuevos
copos. Ningún ruido. Nadie diría que unos hombres se estaban acechando para
matarse entre ellos.
-Brigada Beier -murmuró el teniente- entre usted en el
bosque con su sección; nosotros le cubriremos. Se trata de rodear a los NKVD
para destruirlos hasta el último. Nada de cuartel. Orden del general.
-¡Siempre
nosotros! -gruñó Porta-. ¿Por qué hemos de ser los únicos que le cubran la
retirada a Adolf? ¡Como para creer que la guerra se iría al traste si no
estuviésemos nosotros!
-Tienes
razón, como siempre, hermano -abundó el legionario, poniéndose un cuchillo
entre los dientes.
-Callaos y seguid el movimiento -gruñó El Viejo detrás de nosotros.
Entretanto,
cruzamos el bosque sin haber visto rusos.
-Están
metidos ahí -dijo Hermanito indicando
un espeso matorral-. Acabo de oír a un Iván echarse un pedo.
Hicimos un
movimiento envolvente detrás de los rusos, cuya atención seguía fija en nuestra
antigua dirección. Sin ruido, calé la bayoneta. Porta fue el primero en saltar
al matorral y decapitó al centinela de un palazo.
-Alá
el Akbar! -rugió el legionario arremetiendo-. ¡Viva la muerte!
El estupor
paralizó a los NKVD, que no se esperaban la muerte por la espalda. Matamos sin
piedad, al igual que ellos si hubiesen debido matar. El legionario sujetó a dos
prisioneros que habían levantado los brazos. Ojos almendrados en rostros anchos
e implorantes.
-¡Lo siento! Es la guerra.
Y los dos
cuerpos se desplomaron, con el pecho agujereado.
Júbilo de Hermanito que se hizo con otros nueve
dientes de oro y agitaba su bolsa de cuero ante la nariz de Porta, muy despechado.
Nunca gusta ser superado por un discípulo; la bolsa se sumió en un escondite
seguro en la camisa del gigante ¡y ay de quien intentase buscarla!
En el
horizonte, el día asomó como un delgado hilo gris detrás del bosque que se
tornaba un muro negro, amenazante y vengador. El Sol subió y abrasó el desierto
de nieve; la superficie color sangre emergió de la extensión inmaculada el
cielo se iluminó, se tornó de un azul resplandeciente, y era tan bello que nos
paramos un instante. ¡Qué maravilla! La flauta de Porta cantó la bienvenida al
sol. La alfombra de cristal brillaba con todas sus luces. Mas, ¡ay!, los ojos
me dolían tanto que hojas afiladas parecían traspasarme el cráneo. Y me
sobrecogió un terror ante tamaña belleza, al ver aquella blancura transformarse
para mí en algodón gris; círculos grises bailaban ante mi retina. ¿Me volvería
ciego? Frotarme los ojos con las manoplas no hacía sino agravar el daño.
El Viejo, compadecido,
me rodeó los hombros con su brazo; también él estuvo a punto de quedar cegado
por la nieve y sabía lo que yo sufría. Uno de nuestros herreros murió por la
tarde. Pertenecía a la 1.a División de Caballería, pero todos los
buenos caballos habían sido muertos y comidos después de que la división fuera
arrollada por los «T 34». Aquel día, el único superviviente murió en la nieve y
sabíamos que poseía gafas especiales. ¡Sólo que tardaba tanto en morir!
-Mátale -propuso Hermanito-. Se habrá acabado.
Estuvimos a
punto de hacerlo, pero exhaló el último suspiro y me apoderé sin el menor escrúpulo
de sus gafas. ¡Qué suerte! ¡Gafas para la nieve, tan raras! Únicamente los
rusos tenían aquel tipo de cristales proporcionado por los americanos, pues
desde la primavera de 1942 trocaron todo su viejo equipo con material de primer
orden venido de los Estados Unidos directamente.
Me hizo el
efecto de haber recibido ojos nuevos, y me apresuré a acudir al médico a fin de
que inscribieran las gafas en mi cartilla, pues de lo contrario (¡Oh,
irrisión!) podría topar con dificultades...
-No me atrevo -protestó el médico-. Hace falta un
examen médico para tener gafas especiales.
-Pero, ¡está usted loco! -gritó el teniente-. ¡Ese
hombre está casi ciego! ¡Cualquiera puede notarlo!
-Sí!
pero el reglamento... -tartamudeó el medico-. El reglamento debe ser observado.
-¡Señor
-gritó el teniente con rabia-, tenga piedad de estos cretinos de alemanes! ¡No
pueden vivir sin reglamento! Las gentes como usted, adictos a Brünig, también
trabajaban para Ebert, aclamaban a Hindenburg, ¡y hoy le lamen el culo a Hitler
en espera de Stalin! Pues hace falta un reglamento...
El médico se
echó atrás asustado, y miró al teniente con sus grandes ojos azules tan
ingenuos.
-¡Cuidado con sus palabras, camarada! ¡Como le oiga el general...!
-¡Cállese
ya! -gritó el teniente, que temblaba de cólera-. ¡Nadie se atreve a decir lo
que piensa mientras esté ahí ese cabo de Bohemia! Mi padre era capitán de la
Guardia en 1916 y resultaba ridículo con su chisme de ulano en el coco, ¡pero
tampoco nadie se atrevía a decírselo! ¡Hoy está en el Ministerio de Propaganda
y no se atreven a decirle que sirve a Adolf! Los buenos alemanes no sirven al
Partido, ¿no es verdad? ¡Sirven a Alemania, pero afortunadamente con un
reglamento nazi!
«Si la piedra cae sobre el
cántaro, lástima por el cántaro. Si el cántaro cae sobre la piedra, lástima por
el cántaro. Siempre lástima por el cántaro.»
Talmud.
Orden del día
dirigida a todas las divisiones por el comandante del VI Ejército, generaloberst Friedrich Paulus.
Cuartel
General del Ejército 25/11/1942.
«El que suscribe, comandante del VI Ejército.
»En tanto que un soldado, proclamo que es perder el
honor ser hecho prisionero. El deber de un oficial es, pues, suicidarse tan
pronto vea su posición desbordada por los elementos enemigos sin ningún medio
de continuar el combate. Si se deja coger vivo, no es digno ya de llevar el
uniforme de oficial; sólo puede ser considerado como un desertor, y debe
esperarse a presentarse ante un tribunal de honor tras el fin de las
hostilidades.
»Esto vale igualmente para los suboficiales y los
soldados. Rendirse es una cobardía. Nuestro jefe supremo, Adolf Hitler, exige
de sus oficiales, suboficiales y soldados del VI Ejército que luchen como
héroes wagnerianos en la fortaleza de Stalingrado. Quienes se constituyan
prisioneros serán expulsados de las filas.
»Heil Hitler!
«Paulus, general del Ejército.»
El mismo día, cuatro oficiales superiores abandonaron
la fortaleza de Stalingrado: el general de Ingenieros Jaenecke, comandante del
4.° Cuerpo de Ejército, fue evacuado por avión como herido; le había caído una
viga en la cabeza y bendecía su enorme chichón. El general Pitkert y el general
Hube se fueron por el aire siguiendo órdenes de la dirección de personal. El
mayor general Berger emprendió el vuelo sin órdenes. Al aterrizar en Warnapol,
fue detenido por dos generales y condenado a muerte por deserción. Dos horas
más tarde, le fusilaron detrás del cobertizo.
Cerca de Stalingrado, un intendente general se hizo
volar con todo su personal en el momento que la Infantería rusa penetraba en la
posición. En el hospital de Baburkin, un cirujano y sus cuatro ayudantes se
disponían a operar cuando de pronto, los «T 34» irrumpieron en la calle.
Apresuradamente, los médicos arrojaron un puñado de tierra en los vientres
abiertos, un paquete de granadas en las salas abarrotadas y luego se levantaron
la tapa de los sesos. Los rusos sólo encontraron cadáveres.
Lo que quedaba de la 30.a división MOT
fue aplastado, cerca de Katlovska, por cuatrocientos «T 34». Un teniente y
cinco hombres se salvaron en el último instante; una hora después, eran
alcanzados por una patrulla de Policía militar y fusilados los seis por
sabotaje de órdenes. Habían abandonado la posición de Katlovska sin
instrucciones.
PRISIONEROS DE LA NKVD
Otra tempestad
procedente de las profundidades de Siberia nos dio como un mazazo, hasta el
punto de arrojarnos al suelo. Un huracán de nieve como nunca había visto. El
frío era tal, que las lágrimas, al resbalar sobre nuestras caras, se helaban
inmediatamente.
Continuar
aquella retirada sería locura. Había que cavar refugios. Durante cuatro días,
la tempestad empujó la nieve ante sí en inmensos montones, pero en los raros
momentos de calma el silencio era tal, que el menor ruido de acero nos hacía
estremecer de terror y sentíamos volvernos locos.
Luego, la
tempestad arreció; árboles arrancados de cuajo eran arrojados al aire; una
horda de lobos, barridos por la nieve, fue a parar contra un bosque. Dos días
más bajo aquel huracán de infierno, y luego la tempestad amainó lentamente.
Acabados,
derrengados, nos arrastrábamos detrás del general Augsberg, quien nos echaba
para delante sin piedad. Pese a su cansancio, seguía caminando tan erguido como
un cirio en primera fila de la columna.
-¡Los rusos! -exclamó bruscamente El Viejo indicando la llanura.
A dos
kilómetros, aproximadamente, pasaba una larga columna de carros pesados que,
durante horas, desfilaron en dirección Oeste.
-Van hacia el Oeste -dijo Heide categórico-. Y el
Oeste es el frente, es Alemania.
-Sí
-gritó Gregor-, pero también Francia y América. ¡Puedes llegar al Japón y
volver, como sigas un rato más!
La discusión degeneró en bronca y luego en reyerta,
estábamos tan nerviosos que seguramente habría habido muertos de no intervenir
el teniente. Hacía ya cincuenta y seis días que caminábamos, y mucho tiempo que
habíamos rebasado todos los límites que impone la civilización.
Una mañana, al
alba, nos encontramos ante el río Oskol, en cuya orilla opuesta se divisaba la
población de Kubiansk, un gran burgo. Allí encontraríamos calor y suministro,
cosas ambas que necesitábamos mucho, pero también podían estar los rusos.
-Brigada Beier, quédese atrás con sus secciones, a
este lado del río, y nos cubre usted -ordenó con tono breve el general
Augsberg-. Nosotros entraremos en la población y os haremos una señal para que
acudáis tan pronto el terreno quede limpio, si ha lugar a ello. Si nos disparan
durante la travesía, no se mueva usted hasta que sepamos lo que ocurre allí.
Fue el primero
en bajar la margen, y sus hombres avanzaron en formación de tiradores hacia el
burgo. De pronto, tiros de fusil, y luego se desató el infierno.
-¡Iván! -chilló Porta tumbándose detrás
de la ametralladora.
¡Allí estaban!
Salían de la aldea vestidos con pellizas pardas y haciendo restallar armas
automáticas; la nieve salpicaba. En un instante, el general, el teniente y
todos los demás fueron desarmados y capturados.
-Me
lo temía -dijo El Viejo-. Una
población grande como ésa forzosamente debía estar ocupada. Ahora se trata de
salir de aquí.
Encendió
despacio la pipa, sin darse ninguna prisa, apretó el tabaco con el pulgar antes
de poner la tapadera y se tiró de la oreja. Nosotros nos sentimos de repente
solos, al ver desaparecer a nuestros camaradas rodeados de soldados siberianos.
-¡Larguémonos! -dijo Heide-. No podemos hacer nada por
ellos. Antes de una hora, serán fusilados.
-Si
necesitase tu parecer, te lo pediría -replicó con calma El Viejo-. De todas formas, no nos largaremos dejando a los
camaradas en manos de ésos. Atacamos el pueblo y les liberamos. Bien se lo
debemos a Augsberg; de no ser por él, nunca habríamos llegado aquí.
El Viejo se levantó:
bajito, fornido, arqueando las piernas y con la corta pipa apretada entre sus
dientes.
-Dos voluntarios para un reconocimiento.
-Siempre
me ha interesado saber que hace Iván cuando se cree solo -replicó simplemente Hermanito, dándole con el codo a Porta.
Los dos desaparecieron en la penumbra de la amanecida. Dos
horas más tarde regresar, el gigante con un cerdo muerto a cuestas.
-Se
lo hemos cogido en las narices a dos Ivanes -dijo Porta tirando el cochino a
los pies de El Viejo-. Los nuestros
están en una cochiquera vacía con dos centinelas a la puerta.
-Pero,
¿y los rusos? -prosiguió el Viejo con
impaciencia-. ¿Cuántos son? ¿Una compañía? ¿Un batallón?
-En
cualquier caso, un batallón de «tías»-dijo Porta-. Está lleno de mujeres
uniformadas, ¡y tan feas que hasta un babuino en celo titubearía en echárseles
encima! Es una sección de suministro. Bajo los árboles hay camiones cargados de
granadas.
-¡Aficionados!
-prosiguió con desdén, Hermanito-. Ni
siquiera centinelas dobles. Deben sentirse la mar de seguros.
-Es
exactamente lo que he pensado –dijo El
Viejo, quien nos separó acto seguido en formación de ataque.
Porta se puso
al frente del nuestros y nos metimos en un bosque donde la oscuridad era de
tinta. Gregor, que aborrecía los bosques temblaba de miedo y se pegaba a Porta
y a mí.
-No
te cagues en los calzones antes de que eso empiece -dijo apaciblemente Porta-.
No hay nada mejor que un bosque. Te arrimas a un árbol y nadie puede verte. Un
bosque siempre ha sido un refugio.
Seguimos
deslizándonos en silencio. Yo tenía tanto miedo como Gregor y preferiría
arrastrarme.
-¡Vaya guerra de asquerosos! -murmuró el marinero-.
¡Pensar que quise verla de cerca! Es más fuerte que nosotros, verdaderos
germanos, que queremos seguir adelante y siempre nos caemos de culo atrás.
-¿Habéis
notado lo simpáticos que son los oficiales hace algún tiempo? ¡Es una buena
señal de que estamos camino de perder la guerra mundial!
-¿Dónde diablo
están los otros? -musitó Gregor, que se paró a escuchar.
Silencio de
muerte. Sin hacer más ruido que los animales, continuamos, armas en ristre; las
zarzas arañaron los uniformes, nos pelamos de miedo y vimos a un mogol, con
pelliza, detrás de cada matoral. En aquel maldito país no se luchaba solamente
contra hombres sino contra toda una naturaleza hostil. Porta tropezó, cayó de
cabeza y perdió la ametralladora. Estaba tan furioso que golpeó un árbol con su
pala, pero nadie se atrevió a reír, aunque la cosa tuviera muchísima gracia.
De pronto, un
ruido de infierno. ¡Como si todo el bosque se viniese abajo sobre nosotros! Una
nube de cuervos voló junto a nuestros oídos graznando porque tenían tanto miedo
como nosotros.
-¡Malditos pajarracos! -gruñó Porta- Todo el Ejército
Rojo va a ser alertado.
-¡Vaya
follón estáis armando! -musitó El Viejo,
que asomó entre los árboles.
-¡Nosotros
no! -protestó Hermanito-. Son esos
malditos pájaros soviéticos. ¡Como les pille, sabrán quién soy yo!
El sol distaba
de haber salido y empezaba a nevar de nuevo; en cuanto a tiempo, teníamos
verdadera suerte. Por fin, en la linde del bosque, se destacó la aldea y todo
el mundo se escondió para aguardar al grueso de la tropa. Hermanito preparó las granadas, tres granadas en torno de una
botella de fósforo, y puso una pila de ellas bajo la nariz de Heide.
-¡Toma, gandul! Buena droga contra el
dolor de cabeza.
-¡Cabrón! -gruñó Heide quien, a su vez,
preparó las minas.
Llegó un
sargento que cargó con un aparato fumígeno.
-Hay que echarle el resto -dijo con tono breve-. Todo
debe ir de prisa si os importa el pellejo. Vosotros dos -ordenó a Gregor y a
mí– de centinelas junto a la cochiquera. Ahí están seis viejos que aguantan el
fusil con dificultad. Tan pronto nos demos el piro, haga humo. Este grupo abre
la retirada.
¡Silbatazo!
Era la señal de ataque. Las cargas de explosivos penetraron por las ventanas,
hubo gritos, disparos, y una explosión pareció que levantaba el suelo bajo
nuestros pies. Corrí a través de las calles en llamas del burgo; escupían
ametralladoras, se desplomaban sombras, gritaban mujeres que corrían dando
vueltas en torno de las llamas. Detrás de un camión volcado, tableteaba la
«MG». Una botella de fósforo lanzada a la escuela levantó el techo del
edificio. Seguimos avanzando a lo largo de la calle mayor y nos metimos detrás
de una cosechadora «Mac Cormick», regalo de Estados Unidos, el país bienhechor
del comunismo.
Cayó un
explosivo sobre la plataforma de un camión cargado de granadas. La expansión
nos arrojo al suelo, y el pesado camión quedó volcado sobre una segadora en un
geiser de llamas. Se produjo un volcán,
-¡Dios del cielo! -gritó el teniente, que acababa de
ser liberado-. ¡Estáis haciendo polvo el burgo!
-¡La
que estalla es la pólvora de ellos, únicamente, pero le juro que es de buena
calidad!
El incendio
hacía estragos y las chispas se extendían kilómetros en la estepa.
-¡A pasar lista! -mando Augsberg, cuyo
rostro estaba lleno de quemaduras.
Contamos
catorce muertos y nueve heridos, entre los cuales, desgraciadamente, hubo que
abandonar a siete hombres que de todos modos morirían durante la marcha. Tras
lo cual, el general nos echó para delante con impaciencia. El incendio daría la
alarma a otras unidades rusas. Se trataba de ir aprisa, y la retirada se reanudó
al instante.
En algún
sitio, lejos delante de nosotros, discurría el Donéts. «Hasta ahí y no más
allá», decimos, pero ya se había dicho con respecto al Don, y a partir de
entonces seguimos al infatigable general Augsberg.
No obstante,
gruñimos, las órdenes fueron ejecutadas con una lentitud provocante y un
soldado llegó a amenazar con darle de bofetadas al teniente de Ingenieros.
Entonces retumbó, implacable el silbato estridente del general. Conocía el
infalible medio de restablecer la disciplina. Los alemanes son un pueblo de
esclavos que obedecen al silbato y al chillido. Todo alemán de alguna
importancia posee un silbato, un pequeño silbato de plata colgando de un cordón
gris. Un trozo del cordón debe asomar por el borde del bolsillo a fin de que todos
reconozcan, por esta señal, a un superior.
Un silbato es
capaz de hacer saltar de una buena cama a todo un ejército; ha mandado
generaciones a la muerte. El alemán que no obedece al silbato no existe; hasta
en los parvularios las órdenes se dan a pitidos. La instrucción militar se hace
con silbato; la circulación se regula con el silbato del guardia, y sin silbato
Alemania está perdida. Ya pueden haberles quitado los vencedores a los alemanes
sus uniformes, sus armas; han podido hacerles derramar lágrimas de sangre y
doblegarles: ¡pero el silbato ha vuelto a poner en pie a ese pueblo!
En cuanto al
chillido, equivale al silbato. En el 7.° regimiento de Caballería de Breslau,
atacamos carros polacos a sablazos porque nuestro sargento Braun chillaba; un
camarada y yo pusimos en pie a un caballo que rehusaba dejarse herrar, porque
el sargento chillaba; estuvimos dos meses en el hospital con tendones
desgarrados, pero los tendones sanaron muy pronto gracias a los chillidos del
sargento. Los médicos nos declararon útiles para el servicio auxiliar, pero los
chillidos del sargento cambiaron la fórmula en «útiles para servicio armado».
Alemania es esto. Silbato y chillidos. Lo sé, he vivido en Alemania muchos
años, y pese a todo amo a ese pueblo que debe ser conducido a latigazos como
las fieras por su domador.
El general se
detuvo en la linde de un bosque que no figuraba en los mapas alemanes. En la
mayoría de casos, los mapas alemanes referentes a Rusia estaban plagados de
errores. El general, irritado, guardó el mapa y pidió dos voluntarios, Gregor y
yo nos presentamos para ir a explorar
Nos habíamos
adentrad ya bastante en el bosque, que parecía vasto, cuando de pronto fuimos
rodeados por un grupo de hombres con uniformes extravagantes. No tuvimos más
remedio que levantar los brazos.
-¿De dónde venís? -preguntó un tío con uniforme rumano
sin galones, y considerando que tardábamos demasiado en contestar, nos golpeó
brutalmente en la cara.
Eran elementos
del ejército Vlásov, que trabajaban detrás de las líneas rusas y eran conocidos
por su crueldad. Amenazados de muerte si no les hablábamos rápidamente, les
dijimos lo que querían saber, sin informarles de dónde se hallaba el resto del
grupo de combate. Nos ataron las manos al cogote con alambre de espino, lo cual
dista de ser cómodo cuando hay que andar, y al cabo de tres días de marcha,
llegamos a una aldea, muy lejos en el bosque. Durante el trayecto, los
guerrilleros se hicieron con el suministro arrojado por los alemanes en
paracaídas y, tras habernos liberado las manos, nos obligaron a arrastrar el
trineo de las municiones.
En un abeto se
columpiaban dos cadáveres: Un teniente ruso y un sargento alemán. Los
guerrilleros de Vlásov hacían la guerra a todo el mundo. Pero a la noche
siguiente, gran zafarrancho. Todo el mundo se largó. A lo lejos retumbaban
cañonazos, pero antes de abandonar la aldea, aquellos brutos se entregaron a
dos operaciones. Atiborraron las chozas de cargas explosivas, y luego colgaron
por los pies a dos mujeres lanzagranadas rusas. Proseguimos la marcha por el
bosque. Gregor y yo seguimos arrastrando el pesado trineo de municiones, nos
las apañamos para quedarnos rezagados, y nuestros guardianes, que solo pensaban
en huir, nos olvidaron de tal suerte Que pudimos tumbarnos en la nieve hasta
que dejamos de oírles. Entonces huimos a todo correr también en dirección
contraria.
Pequeño alto en un camino marcado con hondas huellas de
ruedas; nos tiramos al suelo y devoramos una patata sacada del bolsillo de
Gregor. ¿A dónde iríamos? ¿Qué debíamos hacer?
-Stoí,
ruki vierj!
La terrible
orden retumbó de golpe detrás de nosotros. Una orden siempre seguida de una
descarga si no es obedecida inmediatamente. En un abrir y cerrar de ojos, ya
estábamos en pie, manos arriba. Detrás de nosotros la nieve crujió bajo botas
de fieltro. Una cara colorada y agrietada nos miró triunfante.
-Germanski,
vaina kaput! -se burló.
Era un soldado
de Transmisiones con la cruz en el gorro, pero no menos peligroso ni menos
cruel que un NKVD profesional. El hombre nos cacheó y se apoderó de la navaja
de Gregor.
-¿Arma
secreta de Hitler? -dijo soltando una carcajada-. Hitler kaput. Germanski tontos.
Gran Stalin inteligente.
Nos llevó a la
aldea donde estaban los cuarteles de su división, y de guasón brutal se
transformó en cabo de varas ante los ojos amenazadores de su comisario.
-Davái,
davái! -gritó a fin de hacerse valer,
empujándonos con su fusil.
Nos entregaron
a una patrulla cuyos hombres nos pincharon alegremente con sus bayonetas, pero
aquella entrada triunfal sólo se destinaba a dos desdeñables soldados de Carros
alemanes que ni siquiera valían una carga de pólvora. A culatazos y a
puntapiés, nos metieron en una oficina donde un anciano mayor estaba rodeado
por algunos oficiales con charreteras-azules de Transmisiones.
-Chort! -gritó el anciano abofeteándonos
con el dorso de su mano, exactamente como el comandante SS de Fagen.
Son todos
iguales, salvo en el uniforme.
Sus chillidos
valían por los de un suboficial alemán. Se congestionó, nos escupió en la cara,
y cuando quise enjugarme la mejilla, recibí un puñetazo en la boca.
-Voiennoplenni (prisioneros de guerra), kaput! -ladró arrancando las águilas de
nuestros uniformes-. ¡Comedlas!
Por supuesto,
obedecimos. No es muy terrible comer un pedazo de tela y pueden exigirse cosas
peores de un prisionero de guerra. Estábamos bien enterados. Cuando el hombre
terminó de vociferar, nos metieron en un almacén de patatas que apestaba. Al
menos, allí había algunos tubérculos podridos que nos tragamos, y Gregor afirmó
que contenían muchas vitaminas.
Nos parecía
estar allí desde una eternidad, cuando un soldado nos alargó una indecible sopa
de pescado.
-Iob
tvojemad! -se burló el canalla escupiendo en la sopa.
No sospechamos
siquiera que cuando un soldado ruso piojoso escupía en nuestra sopa, el
mariscal Paulus se sentaba a una mesa bien servida en un antiguo castillo de
los zares, a unos cuantos kilómetros de Moscú. A su izquierda, su jefe de
Estado Mayor, generaloberst Schmidt,
recién ascendido, y a su derecha el teniente general Bábich, del Ejército Rojo.
En el extremo de la mesa presidía el implacable general Lattman con uniforme
negro de los Carros, el futuro jefe de Policía de la Alemania del Este. También
estaba presente el general Von Seydlitz, que conversaba con él comisario
político mayor general de la NKVD, cuyo padre fue quemado en Kronstadt, en las
calderas de un acorazado, por marineros rojos amotinados...
-Mañana os fusilan -se guaseó nuestro carcelero
derramando adrede la mitad de nuestra escasa sopa.
-¡Los
mismos sinvergüenzas en todas partes! -gruñó Gregor, cuyo apetito, igual que el
mío, se agudizaba por haber comido un poco.
Pasó tiempo.
¿Era de día o de noche? No nos enterábamos en aquel rincón oscuro, pero
pensábamos que debía ser de día cuando nos trajeron por segunda vez la
indecible sopa. Encontraron mil vejaciones refinadas: por ejemplo, derramaron
un poco de sopa y nos obligaron a lamerla en el suelo, o bien una rata muerta
flotaba en la marmita. Al punto que habíamos llegado, aquello no nos quitaba el
apetito.
-¡Vaya cerdos! -exclamó Gregor-. ¡Como
les pesque cuando esté del buen lado de un «MPI»!
-No te excites. Los nuestros son igualitos. En Kiev he
visto a los SS alinear a miles de mujeres ante las fosas, y ellas mismas habían
de quitarse la estrella amarilla de sus ropas antes de ser fusiladas. Es
solamente un anticipo de lo que nos espera si perdemos la guerra. Se han
cometido barbaridades en nombre del pueblo alemán, y seremos nosotros los de
abajo, quienes paguemos.
Se abrió
violentamente la puerta. Dos NKVD, con la cruz verde en el gorro, nos hicieron
salir de una forma tan brutal como los SS.
Nos metieron
en un camión cargado de municiones, nos sentamos sobre las granadas y
escondimos las manos en las mangas. ¡Menudo frío iba a hacer en la llanura! En
el momento de arrancar, otro NKVD subió a nuestro lado.
-¡Relojes, estilográficas! ¡En Kolimá ya
no lo necesitaréis!
Pero como ya
nos lo habían quitado todo y no nos quedaba nada, nos ganamos unos puntapiés
furiosos.
-Igualito que los nuestros -murmuró Gregor con una mirada
asesina hacia el NKVD-. ¿Te acuerdas del día que prendieron fuego a las largas
barbas de los judíos en Galitzia porque se negaban a entregar los relojes y el
dinero? ¡Comunistas o nazis, son de la misma calaña!
El camión
avanzó lentamente por la carretera helada y sólo se detuvo para llenar los
depósitos colocados en la plataforma; desde luego, nos tocó a nosotros manejar
los pesados recipientes. Después, en una población bastante grande, nos
entregaron contra recibo, como si fuésemos ganado, y por fin llegó la noche, el
instante fatídico del interrogatorio.
-¿De dónde venís? -preguntó una mujer con galones de
capitán, que era intérprete de un teniente coronel NKVD medio borracho.
-Stalingrado.
-¿Nos
tomáis por imbéciles? En Stalingrado todos han muerto, lo pone la Pravda. Vamos, ¿de dónde venís?
-Stalingrado,
VI Ejército -respondimos al unísono.
-¡Basta
de mentiras, perros! Hay setecientos kilómetros de Stalingrado aquí, y todo el
país está controlado por el Ejército Rojo.
-Es
la verdad, sin embargo -dije.
-¡Cállate!
¡No te preguntan nada! -gritó la mujer pegándome en la boca con su látigo.
Era peligrosa
y podía hacernos matar si le apetecía. Despacio, encendió una papirosa entre sus labios pintados y me
sopló el humo en la cara.
-Entonces, ¿estabas en Stalingrado? ¿En qué división?
-16.a
división Panzer.
-¿Quién
era tu comandante?
-Teniente
general Angern.
-¡Es
mentira! -murmuró ella, estupefacta. Apenas tradujo cuando el oficial borracho
se levantó de un brinco y me golpeó en el vientre con el mango de su látigo.
-¡Perros
embusteros!
-Os
toma por espías -dijo riendo la intérprete-. No habéis estado nunca en
Stalingrado, ¡confesadlo! Sois unos saboteadores fascistas y unos espías.
-Venimos de Stalingrado -dijo Gregor con cansancio.
-Bueno.
Os haremos cantar. ¿Dónde luchaba vuestra división, en Stalingrado?
-Frente
a «Octubre rojo».
-¿A
qué Ejército pertenece la 16.a división Panzer?
-51.°
ejército blindado.
-¿Y
a quién teníais enfrente? Sólo podréis contestar si estuvisteis.
-74.a
división blindada del IV Ejército de la Guardia soviética.
-¡Eso
no es posible! -dijo la mujer, pegando de nuevo a Gregor-. Entonces, ¿cómo
habéis llegado hasta aquí? La NKVD ha atrapado a todos los cochinos fascistas
que rompieron el cerco de la zona de Stalingrado. No se ha escapado nadie.
-Formamos
parte de un grupo de combate conducido por un general SS.
El teniente
coronel se levantó y derribó su silla de un puntapié; se tomó otro trago de
vodka, se echó el gorro de pieles atrás y la traducción de nuestras respuestas
le sacó visiblemente de quicio.
Lo
comprendimos perfectamente. ¡Si le convencíamos de que llegábamos de
Stalingrado era evidente que su Policía carecía de la eficacia deseada!
Sabíamos asimismo que ciertos NKVD perderían sus galones tan pronto el informe
llegará a Moscú, y el teniente coronel no tenía ninguna gana de ser destinado a
primera línea en una sección de Infantería. Como pudimos darle los nombres de
todos los oficiales del 27.° Panzer acabamos por convencerle de que, en efecto
veníamos de Stalingrado.
-Así que estabais en un grupo de combate
¿Y dónde están los demás?
-Por ahí -dijo Gregor con un gesto vago-. Unos en el
Don, otros en el Chir, por la estepa. Cuando venga la primavera les veréis
salir de la nieve; los últimos desaparecieron en un bosque. Somos los dos
únicos supervivientes.
Silencio de
muerte.
-¡Fantástico! -murmuró el oficial, y le dijo algo al
oído a la intérprete.
-Esta
vez os creemos -dijo ella-. Pero sois unos criminales que habéis infringido la
ley soviética cruzando nuestras fronteras armados. Eso puede costares la cabeza
o veinticinco años de trabajos forzados. Os trasladarán a otro sitio, y por mi
parte pienso que seréis fusilados.
Nos hicieron
firmar una declaración reconociendo que habíamos atacado con armas en la mano a
la Unión Soviética. ¡Muy difícil negarlo! Al día siguiente nos fotografiarían y
tomarían nuestras huellas dactilares. Por lo tanto, ya éramos criminales de
Estado reconocidos. Un sargento nos dijo burlonamente que gozaríamos de un
trato especial. Frase harto sabida. Es un eufemismo para decir «ejecución», y
suena mejor. Nos empujaron brutalmente a un coche «Willys Knight», y al lado
del chofer se sentó un viejo sargento condecorado de la Primera Guerra Mundial.
Sin duda una herencia de la Policía zarista. Los regímenes se suceden, pero los
policías permanecen.
Delante de
nosotros, en el banquillo, un cabo, con su «MPI» en posición de tiro. Fumaba
sin parar buenos cigarrillos moscovitas, verdaderos cigarrillos NKVD, no las majorkas ordinarias que hieden a dos
kilómetros; aquéllos los reservaban a los pipiolos, pero los graduados
soviéticos sólo fumaban «Estrella Roja».
No dudamos de
que nuestro destino se cumpliría aquella misma noche. Seguramente nos
fusilarían pues habíamos cometido un crimen imperdonable forzando el cerco de
Stalingrado. Si aquello se supiera, Stalin perdería la faz. Los dictadores y
sus esbirros son todos muy puntillosos sobre su reputación.
El viento nos
cortaba la cara mientras el coche corría durante horas. Nadie hablaba. Tomamos
la carretera Moscú-Oriol-Járkov. Al Noroeste, el horizonte se enrojeció y
percibimos un débil retumbo que aumentó y disminuyó sucesivamente: ¡el frente!
Por la mañana,
el coche dejo la carretera y tomó un camino estrecho; los dos guardias se
durmieron; frente a nosotros, el cabo soñoliento dejó caer su «MPI»... Gregor
metió el pie en la correa y tiró el arma hacia nosotros. El coche traqueteó y
el chofer blasfemó. El cabo roncaba en su sueño y se retrepó más cómodamente en
su banquillo. A toda velocidad del «Willys» nos acercamos a un bosque.
Gregor empuñó
el «MPI»... Sin ruido, quitó el seguro y metió la culata bajo el brazo... Había
de ser entonces o nunca. No oí el disparo; solo vi las llamas que salieron de
la boca del arma.
El chofer
quedó decapitado por el reborde de acero del parabrisas y el viejo sargento
cayó hacia atrás soltando un grito. Yo fui despedido del vehículo, que dio una
vuelta de campana y se estrelló contra un árbol, ¡y vi a Gregor que salía del
«Willys» aplastado, armado de un fusil ametrallador con varios cargadores!
Pero si nos
encontraban allí, la muerte era segura, y ya se oía ruido en la carretera. Nos
apoderamos de los dos gorros de pieles de los muertos y nos los calamos, lo
cual nos puso la carne de gallina.
-¡Si Iván nos pilla así, estamos aviados!
-De
todas maneras estamos aviados, y por lo menos así tendremos las orejas
calientes. Además, ¡esos brutos son capaces de cagarse de viendo los gorros con
las cruces verdes!
Corrimos a través de una espesa maleza. Las espinas nos
arañaron la cara, pero no sentimos siquiera dolor. Sólo me obsesionaba una
idea: estar lo más lejos posible de los tres cadáveres ensangrentados de
nuestros guardianes.
Una vez fuera
del bosque, nos tumbamos agotados en la nieve; punzadas de costado atroces me
traspasaban y los ojos me dolían. Delante de nosotros estaba la carretera
Járkov-Moscú; en el horizonte, se adivinaba el mar de fuego del frente; el aire
estaba henchido de rumores sordos. Allá abajo, el infierno. En la carretera,
largas columnas de camiones iban hacia el Oeste y eran otras tantas lucecitas
centelleantes en el camino helado. Gregor me alargó un cigarrillo y un pedazo
de tocino ahumado robado a los cadáveres.
-La carretera lleva derecha al frente -dijo-. Hay que
llegar a él; recelarán de nosotros si recorremos los campos sin rumbo.
-¿Crees
en verdad que es mejor andar abiertamente en medio de ellos?
-Naturalmente,
y además no tenemos elección. Por la carretera, nadie se fijará en nosotros,
con el «Kaláshnikov» en el pecho y la cruz verde en el gorro, pero si corremos
por los campos, inmediatamente llamaremos la atención.
Emprendimos,
pues, el camino entre la fila de «Studebaker» y de «Willys». En sus portezuelas
se veían aún las marcas de las estrellas blancas US, sustituidas por la hoz y
el martillo. Los motores rugían; y a las ventanillas de las cabinas se asomaban
los rostros cansados de los conductores, que nos tomaban por una patrulla NKVD.
Y justamente antes de un cruce, ¡allí estaba el control NKVD! Pararon a todos
los soldados que iban a pie, pero, al parecer, los camiones pasaron casi sin
tropiezos.
En menos
tiempo del que hace falta para decirlo, nos agachamos en la cuneta detrás de
una mata, traspasados hasta los huesos por un viento glacial. Gemí, hasta tal
punto que ya no podía más:
-¡Nunca podremos escaparnos de ellos!
-Hay
que subir a un camión -dijo Gregor entre dientes-. Es nuestra única
posibilidad.
-¿Cómo
quieres hacerlo? ¡Van a diez metros unos de otros! ¡El siguiente dará en
seguida la señal de alarma!
-¿Puedes
proponerme algo mejor?
Tenía razón
él. Durante una hora seguimos allí; tumbados, acechando una ocasión, y de
pronto la columna se paró. Un «Molótov», con todas las cadenas fuera, pasó
traqueteando; en un abrir y cerrar de ojos nos agarramos a la portezuela
trasera y nos dejamos arrastrar. Luego Gregor trepó y me tendió la mano para
auparme a mi vez en el momento mismo que iba a soltarme. ¿Cómo conseguí
encaramarme? No lo supe, pero de pronto sentí debajo de mí la rueda de repuesto
del camión. ¡Todo me dolía mucho! Aquel camión «Molótov» fue uno de mis peores
recuerdos.
¡Pronto! Había
que esconderse bajo algunos sacos, pues ya el camión llegaba al terrible cruce.
Un NKVD gritó algo al chofer; el coche frenó, el motor se caló y nos sopló
aceite caliente en la cara; restallaron portezuelas. ¡Se oyó un ruido de acero!
Gregor empuñó su «MPI»...
-¡No irás a disparar! -murmuré con terror-. Si disparas, se
acabó.
Una cabeza con
gorro de pieles se asomó detrás de la portezuela trasera, echaron un vistazo a
los grandes cestos de granadas, y luego el hombre desapareció. Dejaron pasar
una columna de carros «T 34»; después, artillería pesada; luego, otros
vehículos. Horas y horas. Soldados de Transmisiones pataleaban en torno de
nuestro camión para calentarse; hacía tanto frío que nunca supe cómo no nos
quedamos congelados in situ.
Y, de pronto,
retumbó el famoso silbato puesto en uso en el Ejército Rojo. Broncos alaridos;
los motores roncaron y la columna arranca. Justamente detrás de nosotros asomó
el radiador característico de un «Studebaker». Sus faroles camuflados brillaban
débilmente como si el coche se avergonzase de estar allí, en una carretera
soviética, con un mogol a su volante.
El bramido de
la artillería aumentó; el frente ya no estaba muy lejos, ¡aquel frente que
tanto hemos buscado de río en río! La columna se paró para repostar, y bidones
vacíos cayeron a nuestro lado. ¡Eran jerrycan
marcados todavía con una estrella blanca! Uno me cayó en la cabeza y me dejó un
instante sin conocimiento, pero me despertaron unas explosiones. Estallaban granadas
en el borde del camino; ¡era el límite del tiro de la artillería alemana!
-¡Dios nos ampare! ¡Si bombardean nuestro camión, adiós todo
el mundo!
El tiroteo
aumentó de intensidad a cada momento y el camión aceleró, pues el chofer tenía
miedo. ¡Todo el mundo tendría miedo bajo un fuego de artillería con veinte
toneladas de granadas en el camión! Volar con un camión de municiones no tenía
nada de glorioso y, sin embargo, aquellos conductores eran auténticos héroes
aunque nunca les condecorasen. Día tras día, semana tras semana, un mes y otro,
en una guerra que duraba años, los camiones militares circulaban con sus
cargamentos de municiones por carreteras bombardeadas. Ni siquiera les
considerábamos como nuestros. Cuando dejaban de conducir porque los nervios les
fallaban les endilgaban una pala y entonces debían desescombrar los caminos
para los transportes de granadas. Nunca había orden de marcha para los
trabajadores del Ejército, ninguna bandera, y eran necesarios como el tirador
detrás de su ametralladora. Su paga era la de guarnición, sin siquiera el
suplemento de diez marcos otorgado al combatiente. Dos marcos y cincuenta
pfennig cada diez días. ¡No bastaba ni para ir a un burdel militar de cuarta
categoría!
Adelantamos
algunas baterías de cañones de largo alcance. La tierra retembló bajo su
tronar. ¡Qué estruendo! De la boca de los cañones salía un inquietante
resplandor verde, pero los sirvientes parecían burlarse de aquellas armas
colosales. Las baterías lanzaban la muerte muy lejos, detrás de las líneas
alemanas.
Brusca parada
de la columna... Gritos y llamadas. Un resplandor iluminó de pronto la noche.
Los toldos de algunos vehículos se inflamaron, y los soldados corrieron,
despavoridos.
-Larguémonos antes de que la caja vuele -dijo Gregor-.
¡Habrá una explosión en cadena!
-¿Y
el chofer detrás de nosotros? ¡Dará la alarma!
-¡Que
te crees tu eso! Con nuestras cruces verdes en el coco, será él quien se
largue. ¡Pronto! De lo contrario, nos vamos a la Vía Láctea.
Saltamos y
topamos con un artillero estupefacto que explicaba cosas incomprensibles
mostrando los vehículos en llamas. Contestamos conforme pensamos que
contestaría un Iván:
-Iob
tvojemad!
El artillero
soltó una carcajada y desapareció a todo correr; un oficial gritaba órdenes,
los conductores intentaban hacer marcha atrás en sus camiones, un gran vehículo
con remolque patinó y se atravesó en la carretera... La confusión llegó al
colmo.
Galopamos
hacia la batería pesada que tronaba sin parar hacia el Oeste, y adelantamos a
un mayor al que saludamos a la rusa; se llevó dos dedos a la gorra sin
mirarnos, como si no existiéramos.
En el mismo
instante, una explosión monstruosa cubrió el ruido del cañón. Rugió el
infierno. Un maremoto de aire ardiente se abatió sobre nosotros y nos cubrimos
rápidamente de nieve para rehuir aquel calor de horno. Explosiones en cadena,
pedazos de camiones y restos humanos fueron arrojados hacia el cielo y
recayeron sembrando los campos.
Se acabó.
Gregor y yo intentamos apresurarnos en una montaña de nieve blanda donde cada
paso era un tormento. Si caíamos, la nieve nos retenía como un pulpo. Pesados
proyectiles silbaban sobre nuestras cabezas. Ahora llegaba el último instante
de nuestra odisea, y no el menos espantoso. Aquella zona entre la artillería y
la HKL hormigueaba de Policía militar, chacales siempre persiguiendo caza que
fusilar.
Amanecía. Era
preciso esconderse otra vez y esperar la noche. La noche, nuestra amiga... Nos
enterramos en la nieve usando a guisa de palas las culatas de los «MPI»; cuando
el hoyo era bastante profundo, nos cubrimos de nieve, pero en Rusia, ¡hasta el
día de invierno corto nos parecía eterno!
Pasó una
patrulla muy cerca de nosotros: correajes que rechinaban, cascos que chocaban
con las fundas de las máscaras. No nos vieron. Cuando cayó la noche, salimos de
nuestro hoyo y pateamos para reanimar nuestros miembros entumecidos; otro
cigarrillo NKVD, un postrer trozo de tocino y un cacho de pan de maíz empapado.
A lo lejos, el tableteo de las ametralladoras.
El frente
estaba agitado; rechinaba como un animal herido; lo sentíamos en cada uno de
nuestros nervios. Iba a desencadenarse un ataque al amanecer; un soldado no se
engaña en eso. Dimos con un refugio: era un cañón, una de cuyas ruedas había
quedado arrancada. Los sirvientes, artilleros alemanes, estaban muertos o
moribundos. El joven teniente tenía las dos piernas rotas y la nieve en torno
suyo se ponía roja. Sin parar, el terreno se iluminaba con el mortal resplandor
de las granadas de magnesio.
Con
precauciones de indio, había que reptar en medio de un caos indecible: en todas
partes carros calcinados, cañones de todos los tamaños destrozados, miles de
cadáveres, algunos colgados de los árboles como fantasmas; y sobre aquel
horror, nubes de cuervos bien nutridos, sepultureros alados de los ejércitos.
En todas
partes brillaba el fuego de los cañones, y las balas trazadoras cruzaban la
oscuridad. Una patrulla rusa paso tan cerca que hubiéramos podido tocar a un
hombre alargando los brazos. Los nervios iban a fallarnos, sentí que un sollozo
me subía a la garganta y me dieron ganas de gritar, ¡de gritar mi miedo
reprimido! Pero tuve que apretar los dientes y me apresuré tras de Gregor, que
saltaba de hoyo en hoyo. A menudo, un cadáver amortiguaba la caída. Pero,
¿dónde estaban las posiciones alemanas?
-¡Por fin! -gimió Gregor, muerto de fatiga, agarrándome del
brazo.
¡Las primeras
alambradas! Estaban medio destrozadas, y si hubo minas, debieron haber
estallado hacía tiempo. Como serpientes, reptamos bajo los alambres de espino.
Con precaución, podía haber corriente de alta tensión. Y después, nuevamente
tuvimos que arrastrarnos hacia nuestras posiciones. Ante todo, no correr,
porque nos tomarían por rusos; ni llamar en alemán, porque no nos creerían.
Hubo demasiados engaños de ese tipo, y ya no había quien se los tragara. En el
frente, un soldado dispara siempre una vez de más, mejor que una vez de menos.
¡Una
trinchera! Rodamos dentro de ella. ¡Salvados, estábamos salvados! Besé la nieve
de contentó. ¡Vaya odisea! Y luego, por fin, unos pasos pesados, un tintineo de
armas. Abrí la boca para llamar en la lengua de mi país. ¡Voces rusas! Botas de
fieltro caminaban sobre Gregor y sobre mí, que permanecimos quietos como
muertos.
-Iob
tvoiemad! -se guaseó uno de los brutos golpeándonos con su culata.
Mi corazón
dejó de latir, pero los rusos pasaron y, temblando aún, seguimos reptando hacia
nuestras líneas.
Lentamente, la
luz subió al Este, el fuego de artillería se hizo inaguantable, y la muerte
parecía aullar en la atmósfera. Toda la región era una marmita hirviente donde
la tierra, la nieve, los cañones, los restos de carros, los hombres sin
miembros y los miembros arrancados volaban y recaían para ser vueltos a lanzar
al aire. Y sobre aquel paisaje de pesadilla, un vapor verdoso y hediondo.
Al cabo de
unas horas, el tiroteo remitió. Agazapados en un profundo embudo de granadas,
estábamos en compañía de un obús de cincuenta y dos centímetros sin estallar,
uno de aquellos obuses cuyo soplo le arrancaba a uno la ropa. Y escupimos
encima; eso traía suerte, según Porta. Suerte, que mucha falta nos hacía en
aquel estante, mientras contemplábamos ansiosamente el no man’s land.
-Anda, vente -dijo Gregor-, hay que acabar una vez. -Y
botó por encima del terreno cuajado de cráteres- Esta vez, las líneas ya quedan
lejos.
Y de golpe,
surgiendo de un repliegue de terreno, enorme, amenazados, cruz negra sobre el
blanco sucio de la torreta, ¡otra más! Un carro El largo cañón del «10,5» nos
acusó con dedo asesino. El ruido de las orugas nos daba frío en la espalda. En
el blindaje delantero, la calavera era un «Tigre», un carro SS.
-Nicht
schiessen! Wir sind deutsch! (No tiréis
somos alemanes) -gritamos con los brazos levantados.
Los motores
giraban a gran velocidad; el carro se encabritó ante un desnivel de terreno
aplastó los restos de un cañón de campaña y pesadamente, recayó removiendo la
nieve con sus orugas. Los cañones de las ametralladoras apuntaron hacia
nosotros. No había más que una posibilidad entre cien de que los sirvientes no
disparasen...
Seguimos en
pie, con las manos en la nuca. ¡Sobre todo no darles miedo! La escotilla de la
torreta se abrió con un ruido metálico, los tubos de escape nos soplaron en la
cara y apareció un rostro cubierto de hollín bajo una gorra gris. En el hombro,
los cordones blancos; en las solapas, la calavera: la división T del SS obergrupperrfúhrer Eicke.
-Heil
Iván! -gritó el oficial-. ¿A dónde vais, subdesarrollados ?
Nos apuntó con
su fusil ametrallador, y los dientes le relucían, blancos, en el rostro
tiznado. El más pequeño fallo, y nos mataba.
Sin aguardar
respuesta, nos hizo una señal.
-Subid aquí, pedazos de cerdo, ¡y sin rechistar o disparo!
-ordenó.
Trepamos
apresuradamente al carro, con las manos en el cogote, y rodamos hacia la
trasera. Una orden ronca. El coloso viró. Tres «Tigres» más, también de la
división T, aparecieron en una nube de nieve, y el nuestro volvió hacia las
posiciones alemanas. Jóvenes SS nos sacaron riéndose del vehículo, nos
empujaron, nos palparon... ¡Animales raros!
-¡Hala, desembuchad, rojos subhombres, antes de que os
mate! -amenazo el oficial.
-¡Somos
alemanes! -dije, y en seguida me di cuenta de la falta que había cometido: debí
haber dicho «soldados alemanes».
-¡Alemanes!
-chilló el obersturmführer lleno de
rabia-. Cerdos comunistas o traidor a la patria, ¡eso es lo que sois! Atadles
con alambrada en la delantera del carro.
-¡Pero
estáis locos! -gritó Gregor, esta vez fuera de sí-. Venimos de Stalingrado, una
ciudad que vosotros no conocéis, ¡enchufados! ¡Somos todo lo que queda del VI
Ejército!
Un silencio
increíble acogió aquellas palabras.
-¿Y
cómo es que lleváis esos andrajos soviéticos? -preguntó en voz baja el obersturmführer.
-No
ha habido más remedio que liquidar a unos cuantos NKVD para pasar -respondió
brutalmente Gregor-. ¡Se hace lo que se puede!
-¡Quitaos
los gorros! -mandó el SS-. Solamente verlos me dan ganas de vomitar.
Nos arrancó
los gorros con cruces verdes y los pisoteó furiosamente sobre la nieve.
«Si algunos cientos de mujeres
rusas o polacas mueren de fatiga durante la construcción de zanjas anticarros,
sólo me interesan en la medida que su falta retrase la defensa del Ejército
alemán.»
Heinrich
Himmler durante una entrevista secreta con los oficiales SS en Posen.
4
de octubre de 1943.
El general Roske, comandante del 14.° Cuerpo de
Blindados, estaba delante del general Paulus en el Cuartel General instalado en
el lugar de la antigua y siniestra prisión de la GPU. Púdicamente, los rusos
denominaban al horrendo edificio «Comisaría de Asuntos interiores». Paulus
estaba pálido; el lado izquierdo de su cara se estremecía a resultas de un tic
perpetuo; fumaba sin parar y la frente le chorreaba sudor.
-Roske
-dijo-, me alegro de verle. Se decía que había caído usted en combate; ¿sabe
que contamos ya siete generales muertos? Somos el único Ejército que ha tenido
tantas pérdidas en generales. Cuando la lucha haya terminado en la zona de
Stalingrado, puede que el VI no tenga ya ni un solo general; hemos cometido
enormes errores, pero la experiencia instruye.
-Mi general, ¿sabe lo que pasa en
el campo fortificado? -preguntó Roske- Las tropas viven como bestias. Hay
soldados que comen los cadáveres por no morir de hambre, cunde la desbandada, y
ya no existen las divisiones. La 30.a división Panzer, la 175.°
división de Infantería y la 24.a división Panzer están aniquiladas.
Los heridos mueren por falta de cuidados. Los hospitales carecen de
medicamentos. ¡Ni siquiera hay aspirinas, mi general! No queda más que una
solución: capitular.
-Lo sé, lo sé, pero el Führer ha
prohibido esa capitulación que es nuestro único recurso y, en tanto que
soldados, debemos obedecer. Salude a sus hombres de mi parte, Roske. Si puedo
hacer algo por usted, avíseme.
Dos horas más tarde, el general Paulus mandaba este
telegrama a su jefe:
«Al Führer.
«Para el aniversario de su toma del poder, el VI
Ejército saluda a su Führer. La bandera de la cruz gamada sigue ondeando sobre
la fortaleza de Stalingrado. Nuestro combate será para las generaciones futuras
el ejemplo brillante de que ni siquiera en una situación absolutamente
desesperada debe capitularse. Creemos en la victoria y saludamos a nuestro
Führer.
»Heil Hitler!
»Paulus,
comandante del VI Ejército.
»Stalingrado, 29 de enero de 1943.»
DE REGRESO EN LAS LÍNEAS ALEMANAS
Nos
transportaron a Járkov en un vehículo anfibio y nos entregaron al batallón de
formación de reserva de la 167.a, acantonada en el cuartel de
Djinski, en las alturas frente a Nova Bavaria.
Un brigada nos
mandó al almacén para recibir firmes nuevos y armas. El personal del almacén
nos dijo que todos los que llegaban Stalingrado se acantonaban allí, en el
167.° batallón de reserva. Llegaban todos los días, después de ser equipados,
había que presentarse en la oficina de Policía secreta, donde el interrogatorio
corría a cargo de un joven capitán de Estado Mayor que empezaba por controlar
nuestras identidades.
-¿Cómo habéis salido de Stalingrado?
-Un
SS brigadenführer nos agrupó y nos
condujo -respondió Gregor-. Formábamos un grupo de combate de ochocientos
hombres, aproximadamente.
-¿En
qué fecha? -preguntó amistosamente el capitán hojeando unas carpetas.
-Sería
el 26 ó 27 de enero.
-Entonces,
¿todavía se luchaba en la fortaleza cuando el SS brigadenführer se llevó el grupo de combate?
-Sí,
todavía se luchaba en ciertos sitios -dije inocentemente-. Los rusos se
disponían a atacar las posiciones del «Teatro Nuevo» y de la plaza de los
Muertos.
-¿Y
nadie protestó de la idea de aquella brecha? -preguntó el capitán muy
sonriente, ofreciéndonos un cigarrillo-. Quiero decir, ¿al menos los oficiales
allí presentes?
-No,
mi capitán. Sólo teníamos una idea: huir de aquel infierno, pues la batalla
estaba perdida. Estábamos todos condenados a muerte. No sabe usted, sin duda,
lo que significa caer en manos de los rusos.
-Comprendo
-murmuró el capitán encogiéndose de hombros-. Así que el brigadenführer Augsberg tomó el mando del grupo de combate, y
ningún oficial protestó contra aquella toma de mando. ¿Era, sin embargo, un
oficial extranjero, perfectamente desconocido?
-¡Oh!
¡Había tanta confusión! Ya no éramos más que un tropel procedente de todas las
divisiones posibles. Augsberg se encontró allí y tomó el mando. Sin él, nadie
se salvaba, y era un oficial al que resultaba imposible desobedecer.
-¿No
os disteis cuenta de que era un desertor? Teníais de todo, armas, municiones;
formabais un grupo de combate potente. ¿Por qué no seguisteis luchando contra
los rusos?
-Señor
era inimaginable, y obedecimos al brigadenführer
-respondió Gregor, quien seguía sin entender nada del sentido de aquel
interrogatorio.
El capitán se
golpeó las botas con la fusta y sonrió con expresión de superioridad.
-¡Era vuestro deber, sin embargo, protestar!
¡Hubieseis debido detener a aquel curioso General!
-Mi
capitán -dije quedamente-, jamás he oído a un soldado raso protestar delante de
un general.
-¿Habéis
luchado contra grandes fuerzas rusas por la parte de Gumrak? -continuó el
capitán, quien evidentemente conocía el tema-. Cuando terminó aquel combate,
¿qué hicisteis?
-¡Nos
largamos! -se burló Gregor-. Y a todo correr, hacia el Don.
-Los
soldados alemanes no huyen –replicó duramente el capitán-. Es cobardía.
¿Entonces, toda vuestra marcha tras haber desertado en Stalingrado -recalcó la
palabra «desertado»- no fue más que una huida hacia el Oeste? ¿El brigadenführer no dio orden de atacar
las posiciones rusas, de destruir los almacenes, los transportes?
-No,
mi capitán; él deseaba, como nosotros, volver cuanto antes a las líneas
alemanas.
-¿Qué
hizo el médico del grupo de combate con los heridos y los enfermos? ¿Operaba?
¿Se ocupaba de su evacuación?
-Era
materialmente imposible transportar a nadie, mi capitán, y el médico tampoco
podía operar en condiciones tan espantosas.
-¿Así
es que abandonó a enfermos y heridos en la nieve? -preguntó el oficial, cuya
mirada se ensombreció-. ¿Nadie protestó, ni siquiera el brigadenführer?
-¡No podía hacerse nada, mi capitán, absolutamente
nada! Cada cual conseguía a duras penas arrastrarse a sí mismo; estábamos
agotados, enfermos y hambrientos. ¡Llevarse heridos era imposible!
-¿Imposible?
-repitió el capitán con regodeo-. Eso deje que otros lo juzguen. Continuemos:
¿hubo alguien que hablase con desprecio de la dirección de la guerra o del
Partido?
-¡Nadie,
mi capitán! -gritamos al unísono los dos.
-¿Estáis
muy seguros? -preguntó él, escéptico. Se levantó, se estiró el uniforme gris
claro y metió los documentos en una gran cartera de mano-. Si tenéis cartas
entregadas por moribundos, dádmelas.
-No
tenemos ninguna, mi capitán -respondió Gregor-. Los rusos nos lo quitaron todo
cuando fuimos hechos prisioneros.
-¿Revelasteis
a los rusos detalles referentes a vuestra fuga?
-No,
mi capitán; sólo dimos nuestros nombres y el de nuestras unidades.
-¿Y
la NKVD se conformó con ello? -Sin aguardar respuesta continuó-: Prohibido a
los dos hablar de este interrogatorio y sobre todo de Stalingrado. Si alguien
os pregunta denunciadle inmediatamente a la GEFEPO (Policía secreta de
Campaña).
Una hora más
tarde, un «Mercedes» que enarbolaba banderín del Cuartel General salía del
cuartel. Se llevaba al capitán. Cuando entramos en la 1.a compañía,
el estupor paralizó a nuestros camaradas.
-¡Pero, hombre! -gritó Porta- ¡Es el no va más! ¿Dónde
os metisteis en aquel bosque? Os esperamos dos horas, pero en seguida comprendí
que os topasteis con unos Ivanes y no queríais compartir el caviar con los
compañeros!
-¡Hijos
míos! ¡Hijos míos! -exclamó El Viejo
arrebatado-. ¡Os creíamos muertos hace rato!
-Están
reformando el VI Ejército -declaró sin preámbulos Barcelona, que había tenido la suerte de curarse-. ¡Dios sabe de
dónde sacarán toda esa carne de cañón! ¡Alemania debe ser pasada con
aspiradora!
-Cuanto
antes quede vacía, tanto mejor -abundó Porta-. ¡La guerra terminará y
cambiaremos el disco! El color pardo empieza a ponerme nervioso.
-Sí,
la guerra terminada -dijo pensativamente El
Viejo-. ¿Qué impresión causará eso?
-En
cualquier caso, puedo deciros una cosa -interrumpió el legionario-. Después de
la guerra del Rif volvimos al cuartel y añoramos la guerra. ¡Aquello, al menos,
era la buena época!
-A
propósito -dijo Gregor-, ¿qué ha sido de Augsberg, el teniente y el médico?
-Podías
haberlo adivinado -respondió El Viejo-.
¿No os ha interrogado un capitán de Estado Mayor?
-¿Están
arrestados? -exclamé con estupefacción.
-¿Pues
qué? En un Ejército, la disciplina es necesaria. Augsberg salió de Stalingrado
contra las órdenes de Hitler, y el teniente y el médico igual. Serán degradados
los tres y mandados a Dirlewanger, ya lo veréis; apuesto cualquier cosa.
-¡Pero
es de locos! ¡Cualquier ser humano razonable se habría ido de aquel osario! ¡No
hemos desertado, sino que volvíamos hacia las líneas alemanas!
-No
tienes por qué comprender -dijo Porta-. Solamente los peces gordos comprenden.
Cuando te dicen que vayas hacia el Este, aunque tengas que dar diez veces la
vuelta a la Tierra, no tienes más que ir.
Durante un
rato nos entretuvimos contemplando la riada continua de los recién llegados.
Pese a todo, los soldados de Stalingrado eran considerados como semidioses, y
nos aprovechamos de ello con creces: regalos y propinas eran indispensables para
que nos dignáramos hacer a los «nuevos» una existencia soportable. ¡De aquella
forma, la guerra podía perfectamente durar diez años!
Un día que
Porta y yo pasábamos delante del antiguo almacén central, un gordo intendente
general corrió detrás de nosotros y agarró a Porta del hombro.
-¡Por fin le veo, Hauber! ¿Dónde se ha metido estas cinco
horas, cacho de chaqueteador?
Porta,
asombrado, contempló un segundo unas gruesas gafas casi opacas, y luego se dio
cuenta instantáneamente de que el hombre aquel era medio ciego y le confundía
con otro. El instinto del pelirrojo le sugirió a la par las ventajas de una
equivocación semejante.
-¡Todavía no se ha enterado usted de que estamos en
guerra, maldito gandul! -gritaba el hombre-. ¡Tome su camión, pero que de
prisa, y acuda a recibir órdenes!
Oculto detrás
de un árbol, esperé el resultado de los acontecimientos, oyendo vociferar al
gordo intendente. Un cuarto de hora más tarde, Porta, radiante, salía al
volante de un gran camión y me hacía subir a su lado.
-¡En marcha! Vamos a buscar suministro para ese
cretino con gafas. Es un chalado, pero con seguridad algo pescaremos. ¡Menuda
ocasión!
A toda
velocidad, fuimos hacia el almacén, donde Porta enseñó descaradamente su orden
de requisa.
-¿Quiénes sois? -preguntó con recelo el sargento
encargado-. ¿Por qué no viene Hauber personalmente, como siempre?
-Informo
al sargento de que está enfermo -dijo Porta dando un taconazo-. Caso agudo
producido bruscamente. Por eso le han evacuado rápidamente en el tren
sanitario.
El sargento
selló la orden y Porta firmó sin el menor escrúpulo. Recibimos primero un lote
de alfombras y luego un lote de uniformes, lo cual colmó el furor de Porta. En
el tercer almacén, quinientos fusiles ametralladores. El pelirrojo no acababa
de rabiar. Pero en el cuarto y último almacén, todo anduvo mejor: fardos de
conservas se apilaron en el camión.
-En cuanto a los diez cajones de vodka, los tendréis
en el almacén 36, a donde acabo de telefonear -dijo el sargento a Porta, quien
tuvo ganas de besarle.
Una vez
entregada la vodka, nos paramos en una callejuela, en casa de un ruso desertor
amigo de Porta. Todo lo comestible fue escondido en una cueva, y en cuanto al
camión, lo llevamos fuera de la ciudad donde, a bombazos, simulamos un ataque
de guerrilleros. Era el mejor medio de impedir cualquier indagación.
Una sesión de
borrachera por todo lo alto se produjo, como de costumbre, en el
acuartelamiento, mientras los más locos rumores cundían por las calles. Decíase
que los rusos habían roto el frente norte y que se luchaba en las antiguas
tierras alemanas. Se hablaba también de retirada estratégica, lo cual, en todas
las lenguas, significa retirada precipitada. Seguramente algo ocurría, pues día
y noche los transportes tomaban la carretera de Biélgorod y de Oriol. Para
colmo de ironía, nos mandaron seguir cursillos, ¡a nosotros, expertos!, sobre
la forma de demoler un carro. ¡Nosotros sí que podríamos darles lecciones!
Después,
regresamos al cuartel de Nova Bavaria, transformado en un verdadero hormiguero.
Se limpiaba todo, se cambiaba el material viejo por nuevo, se fregaba, y todo
el mundo birlaba todo cuanto podía ser birlado, tanto más cuanto que nos íbamos
(parece ser) a Berlín, a fin de reforzar el regimiento de la Guardia. Nos lo
creíamos todo, porque nos gustaba que así fuese. Por lo que, desde el amanecer
al crepúsculo, hacíamos instrucción, y acabamos por creernos reclutas en
tiempos de paz.
-Ya sé -dijo Porta-. ¡Capitularemos y hacemos
instrucción para recibir a Stalin conforme a las tradiciones del Ejército
prusiano!
Heide, por el
contrario, pretendía que la paz estaba concluida en el Oeste, y que el rey de
Inglaterra y el presidente Roosevelt estaban de camino para venir a vernos.
Todo era fantástico, ¡pero había quien empezaba ya a aprender rudimentos de
inglés! Y, sobre todo, acabamos por añorar la tranquilidad de las trincheras...
Por fin una
noticia segura, y fue Heide, naturalmente, quien la trajo: ¡se esperaba la
visita de Hitler! De momento, estupor general. Luego, una inmensa carcajada.
¡El Führer venir a vernos, a nosotros, la basura de las trincheras! ¡Imposible!
La broma era demasiado pesada.
-Al
fin y al cabo -dijo El Viejo
resoplando-, quizá quiera venir a ver a los resucitados de Stalingrado; es
posible.
-Eso
no me gusta nada -gruñó Hermanito-.
Prefiero desminar, ¡resulta menos peligroso que tratar con los peces gordos!
Pero se
confirmó que la noticia era cierta. Inmediatamente, diríase que el diablo en
persona volaba por el cuartel. Sobrecogidos, oficiales y suboficiales chillaban
como poseídos órdenes inmediatamente seguidas de contraórdenes, y todo el mundo
estaba a punto de llegar a las manos porque nadie se ponía de acuerdo acerca
del orden en que debían ejecutarse.
Sobre la
medianoche, alineados en tres filas esperamos... La Guardia imperial no habría
relucido tanto como nosotros. Dos sargentos, apostados al final de la calle
como vigías y provistos de lámparas intermitentes, se encargaron de anunciar
los vehículos. Aquello duró tres horas, el nerviosismo iba en aumento. Hubo
hombres que se desmayaron y cayeron como postes fuera de las filas.
¡Por fin llegó
el momento fatídico!
En cabeza,
tres cabriolés «Horsch» se metieron ruidosamente en el patio. Se apearon de
ellos unos oficiales SS que formaron un cordón, pistola en mano; luego, cuatro
camiones atestados de soldados LSSAH (guardaespaldas de Adolf Hitler) que
formaron dos nuevas hileras, con «MPI» en posición de tiro. Otra fila de
inmensos coches particulares cruzaron rápidamente el portal. Oficiales SS
corrían en todos sentidos, controlaban, gritaban, aullaban, rugían, amenazaban
con consejos de guerra, con la Gendarmería de campaña, con la Gestapo, con la
horca, con Torgau, con batallones disciplinarios, ¡con todo!
Un instante de
calma. Todo el mundo respiró. A lo lejos suena un claxon charanga.
Los oficiales
se paseaban por el patio con una ansiedad indecible. Un SS dejó caer su «MPI»,
que produjo un ruido de trueno; un gato maulló de miedo en el alero de la
muralla, el jefe de compañía tuvo un ataque de nervios y mandó arrestar el
gato, y cinco hombres se precipitaron para agarrar al animal, que les escupió
su desprecio en la cara y desapareció con la cola erizada.
Dos «Mercedes»
especiales desembocaron entre una nube de nieve y se pararon delante de nuestro
comandante. Solapas rojas y galones dorados rivalizaban de brillo con las
condecoraciones, tintineaban espuelas, resonaban sables, los monóculos lanzaban
destellos. Del primer coche bajó el generalfeldmarschall
Von Mannstein con todo su Estado Mayor; del segundo, el general del Ejército
Guderian, inspector general de los Blindados, que estaba muy resfriado, tenía
la nariz colorada y se sonaba sin parar.
Nuestro jefe
presentó el regimiento al general del Ejército. Órdenes estrepitosas, ejercicio
de fusiles, pies que corrían, taconazos, alaridos, amenazas, blasfemias. El
perro del regimiento fue apaleado porque olisqueaba caca de gato. Un sargento
tuvo un soponcio. Revista de las tropas: rompieron un cinto y una cartuchera;
el sargento del almacén se desplomó temblando cuando el desventurado soldado
corrió para cambiar de correaje. El general Guderian presentó el regimiento al generalfeldmarschall Von Mannstein:
nueva revista. Aquella vez, quitaron un casco de acero al que le faltaba el
águila; era de la 2.a compañía. El comandante del regimiento lanzó
miradas asesinas al jefe de la compañía, quien mataría de buena gana a
cualquiera. Más órdenes, nuevos ejercicios y, otra vez, a esperar...
En la calle,
una mujer rusa gritó: « ¡Se vende pescado!», justamente frente al portón. El stick de Von Mannstein tuvo movimientos
nerviosos. Todo el mundo sabía que el Führer aborrecía el pescado. Cuatro SS al
galope echaron a la vendedora de pescado, y luego una nueva fila de coches
atiborrados de SS llegó a toda velocidad.
¡Y por fin,
por fin, apareció el gran «Mercedes» negro que conducía a Adolf Hitler!
-¡Regimiento, derecha, marchen! -rugió el comandante
con voz tan ronca que se quebraba-. ¡Vista al frente! ¡Atención! ¡Presenten,
armaass!
Hitler se apeó
despacio, levantando mucho las piernas según solía cuando revistaba a las
tropas; lo cual hacía pensar en una extraña danza. De su rostro sólo se veía la
nariz y el bigote; el resto quedaba oculto por la sombra de la gorra y el alto
cuello. El comandante presentó su unidad al Führer, quien saludó con un gesto
de la mano.
-2.° regimiento de Carros... -empezó (evidentemente
nos confundía con otro regimiento, pero nadie se atrevió a hacérselo notar)-.
¡Os doy las gracias, soldados, por vuestro coraje y vuestra valentía! Sois el
orgullo de Alemania. Cuando hayamos ganado la guerra, seréis recompensados ¡Heil, soldados!
Un alarido
general: Heil Hitler!, hizo vibrar
los cristales. Seguido por los generales y oficiales del Estado Mayor, Hitler
pasó a trote corto delante de las tropas. Hizo preguntas a algunos soldados y
continuó su camino sin esperar las respuestas. Paró un instante delante de
Porta sin decir palabra.
En siete
minutos y medio, todo terminó. ¡un récord! Von Mannstein, que echaba tripa y
tenía cierta edad, seguía visiblemente con dificultad. Sin estrechar la mano a
nadie, Hitler se metió dé nuevo en su «Mercedes», que arrancó, seguido por un
largo cortejo. La visita entera duró once minutos.
Decepción
general. Era más bajito de lo que pensábamos, casi cómico. Todo parecía
demasiado grande para él: la gorra, el gabán, las botas, el bigote, ¡todo! A Hermanito le pareció un payaso. Y cuando
un poco más tarde nos reunimos en las letrinas para jugar a los naipes, todo el
mundo estaba de acuerdo: el Führer parecía un payaso.
-¡Mecachis!
-murmuró Hermanito-. ¡Pensar que un
hombre tan grande cabe en un tamaño tan pequeño! No hay quien lo entienda.
¿Cómo puede impedir que los italianos coman spaghetti
y exigir a los franceses que beban cerveza alemana?
-Quién
sabe -dijo El Viejo pensativo-. Por
lo demás, sería idiota, ¡pero no se puede jurar nada!
-¿Acaso
es tanto como Dios? -prosiguió Hermanito
estupefacto.
-Casi.
Al parecer le dijo a un obispo que Dios pudo crear a los hombres, pero que él
se encargaba de destruirles. Por lo demás, déjanos en paz con tu Hitler, y da
cartas.
-Entonces,
puede terminar la guerra, si quiere -continuó obstinadamente Hermanito.
-Sí,
si quiere -dijo suspirando El Viejo-.
¡Y haría bien con quererlo, pues cualquier imbécil puede darse cuenta de que
todo se va al demonio!
«Quienes han sobrevivido a los
combates sólo son los menos valerosos. Los verdaderos héroes han caído en el
frente.»
Adolf
Hitler. 19 de marzo de 1945,
La mañana del 1° de febrero de 1943, el telegrama
siguiente llegaba al Gran Cuartel General:
«Mi Führer:
»El VI Ejército ha mantenido su juramento a la
bandera. Nos hemos batido hasta el último soldado y hasta el último cartucho,
como nos habíais ordenado. El Ejército ya no tiene municiones, ni armas, ni
suministro. Están enteramente destruidas la 14.a división Panzer,
las 16.a y 24.a divisiones Panzer, la 9.a
división de la FLAK, la 30.a división MOT, las 44.°, 71.a
y 176a divisiones de Infantería, la 100.a división de
Cazadores. El VI Ejército saluda a su Führer Adolf Hitler.
»!Viva Alemania!
»Paulus, generalfeldmarschall.»
A las 5.30 del mismo día, el VI Ejército mandaba su
último mensaje por radio: «Los rusos penetran en los bunkers. Lo volamos todo.» El teniente Wultz,
oficial radiotelegrafista, envió por propia iniciativa la señal EI que, en el
lenguaje telegráfico internacional, significa que la estación no seguirá
emitiendo. Luego, con una pala, demolió la estación y después se levantó la
tapa de los sesos.
Pero el comandante jefe, quien sin parar había
gritado: «¡Obedezco, soy soldado!» y quien, sin piedad, había mandado ejecutar
a todos aquellos que no seguían en sus puestos hasta en una situación
desesperada... aquél declaró a su jefe de Estado Mayor que le prevenía de que
los rusos ofrecían otra vez una capitulación honrosa.
-No
quiero saber nada con eso, Schmidt. Haga usted lo que quiera. Rehusó cualquier responsabilidad y
deseo ser tratado como una persona privada. Puede usted encargarse del
Ejército, pero debe usted prevenir a los rusos de que a ningún precio iré a pie
a través de la ciudad. Que pongan un coche a mi disposición y a la de todos los
generales.
El general Paulus se comportó exactamente como
Hindenburg en 1918: rehusó la responsabilidad de una catástrofe nacional, con
cuyo peso cargaba él totalmente.
EL TREN
La estación
era semejante a otras mil estaciones rusas. Algunas flores primaverales medio
marchitas luchaban por su vida. Y había excrementos a la entrada del despacho
del jefe de estación. Todo el mundo maldecía los excrementos, pero nadie se
preocupaba de quitarlos y permanecerían allí hasta que el viento fuese bastante
violento para barrerlos. Campesinos con sus gallinas esperaban el tren hacía
dos días, y para impedir que las gallinas escapasen, les habían roto las patas.
Otro arrastraba un cerdo atado con un correa, un hermoso cerdo a fe mía, todo
blanco y con la cabeza negra. Se llamaba Tania
¡y era tan conocido que nadie se hubiese atrevido a comerlo!
Los trenes no
faltaban desde hacía dos días, al contrario, llegaban muchos, sobre todo con
municiones que iban hacia el Este. Grandes trenes arrastrados por dos
locomotoras, una delante y otra atrás, grandes inmensas locomotoras, de cortas
chimeneas hirvientes y hombres negros de hollín en las calderas. Eran hombres
tan familiarizados con la muerte como nosotros mismos; a la próxima curva,
siempre peligraban volar y cocerse en el vapor hirviente.
Muchos vagones
transportaban muertos, pero, por el momento, eran cañones estropeados que
mandaban a reparar en alguna parte de Alemania por hombres con ropas listadas
detrás de alambradas de espino. Por la vía de la derecha pasaba cada veinte
minutos un tren expreso marcado con una cruz roja. Aquellos trenes eran más
rápidos; transportaban a divisiones enteras de hombres ensangrentados, el
tributo del gran concierto de los cañones.
Estábamos en
ruta para diez días de permiso en un centro de convalecencia. A decir verdad,
no era un permiso como los demás, pues nadie lo conseguía en aquellos momentos.
Los permisos estaban prohibidos para el ganado del frente.
Íbamos a algún
sitio a orillas del mar Negro, hacia un paraje que Porta describió como la
antesala del paraíso: putas y manduca a discreción, y caja de cigarros cada dos
días. Un tren sanitario entró en la estación, un tren largo. Por centésima vez,
un campesino miró el horario y no consiguió comprender que aquel horario caducó
ya en 1940.
-¡Las
12.27! -masculló meneando la cabeza con expresión desesperada-. ¿Qué demonios
le ha pasado a ese maldito tren? ¡Naturalmente, se habrán equivocado de vía!
¡Todo el mundo puede darse cuenta de que son pagados por la finanza
internacional, esos ferroviarios con sus gorras relucientes! Továrishch germanski soldado -dijo volviéndose hacia Porta-, ¿cuándo sale el
próximo tren para Nikópol? ¡Pienso que los alemanes habéis venido para poner un
poco de orden en esos traidores ferrocarriles soviéticos!
-Sale
por Navidad -respondió Porta-. No se enfade ya, Piotr, que estamos en guerra.
Fíjese lo que les debo yo a estos retrasos. -Y le mostró lo que sus enormes
ganancias al juego le había proporcionado-. Rezo a la Virgen de Kazan parque el
retraso dure veinte años más. La guerra amigo mío, es un enorme retraso en una
existencia. Así es que siéntate y aguarda, továrishch
Piotr; el tren sale cuando debe. En la estación hay que tener paciencia.
Pero un oberfeldwebel saltó de un tren mixto que
acababa de parar chirriando lamentablemente
-¡El tren! ¡El tren! -gritó la muchedumbre muy excitada.
Barullo
indescriptible. Todo el mundo corría los niños lloraban, las gallinas
cloqueaban, los perros meaban y ladraban, se gritaban órdenes, se protestaba,
los últimos coches se paraban más allá del andén, la gente se abalanzaba hacia
las portezuelas, el hombre del cerdo se quedó atrapado, unos campesinos le
empujaron, el cerdo gruñó, el hombre gritó tanto como el cerdo y el jefe de
tren sacó la pistola.
-¡Sabotaje! ¡Sabotaje!
Porta saltó
por una ventanilla y aterrizó entre una nube de gallinas con las patas rotas. Hermanito se peleó con tres rancheros y
les golpeó la cabeza con tres gallinas que cloqueaban. Un sargento rumano desenvainó
el sable para darle a Barcelona, que
le llamó «mierda del mar Negro». Los gendarmes del campo acudieron, y las
porras sacudieron a todo el mundo indiferentemente. Un suboficial de Artillería
disparó a bulto y alcanzó al cerdo que chillaba echando a correr como una
granada a través de los vagones, derribándolo todo a su paso.
Todo el mundo
acabó por orientarse, pese a todo. Encerraron al cerdo en los retretes con un
ternero, seis grandes ocas fueron metidas bajo el asiento y a los gendarmes se
les expulsó. El jefe de tren, que casi se había vuelto loco, corría por el
andén y maldecía a Dios y a los hombres. Por fin, el tren arrancó chirriando
sin siquiera esperar la señal del jefe de tren...
-¡Parad! -gritó el jefe de tren, que se había quedado en el
andén-¡Soy el jefe! ¡No podéis salir sin jefe!
Empezó
tropezando con una cesta y luego se cayó cuan largo era por la traidora
zancadilla de un empleado, pero, pese a todo, logró auparse en el estribo del
último vagón.
-¡Vaya
mierda! -exclamó Porta-. Será mejor que se calme, si no eso va a ponerse feo.
Mira, esto me recuerda una historia auténtica. Conocí a un tal Manfried
Katzenmeyer, capitán de Artillería a quien enchiqueraron porque, en la otra
guerra, había mezclado todas las cajas de granadas ¡Os dais cuenta del follón
para la Artillería de Guillermo! Los franceses se apoderan de dos cotas, el kronprinz acude frente a Verdún; total,
el pánico. Entonces, echan al cretino de capitán y le mandan a acompañar a los
oficiales heridos. Después de Guillermo, viene Adolf. Como había necesidad de
imbéciles, al capitán ese le dan un tren, lo que se dice un tren de verdad,
para mandarlo. ¡Os juro que yo no miraba a nadie! Se mandó hacer un uniforme,
sólo os digo eso, tan guarnecido de cordones amarillos que parecía un campo de
tulipanes. ¡Y gritón! En todas las estaciones le tenían más miedo que al
cólera. Le apodaban «el húsar de los retretes» porque los hombres debían acudir
a ellos según el reglamento. Ante todo, el reglamento. Por la mañana después
del rancho y por la noche antes de acostarse: tres minutos y treinta segundos
por hombre y dos hojas de papel. Gris para los soldados, amarillo para los
suboficiales, blanco para los oficiales. En cuanto a los trenes, desde luego no
entendía nada. Un día, ocurrió lo que os estoy diciendo. Su tren paró en una
pequeña estación del otro lado del Donéts. Había allí un tío viejo que se
paseaba con una escoba que le habían dado en 1922. Para darle ocupación, desde
luego; en una revolución proletaria es menester que todo el mundo esté ocupado.
El tío viejo se las sabía todas de todas las ocupaciones: la caballería de
Wrangel, los marinos de Trotski, los Cuerpos francos de Von Golz, los cosacos y
su pequeña revolución particular, sin hablar de la primera ocupación nuestra en
1914. El tío no hacía más que cambiar de brazal y chillaba: «¡Soy de Petsamo!
¡Soy de los vuestros! ¡Viva el zar!¡Viva Lenin! ¡Viva el Kaiser! ¡Viva Rusia!
¡Viva Alemania! ¡Viva la Revolución! ¡Viva todo el mundo!» Así que, aquel día
de 1922, cuando los marinos de Kronstadt llegaron a esa estación perdida, el
comisario dio orden al tío viejo de coger la escoba y no soltarla nunca so pena
de ser enviado a Kolimá. Os juro que ese hombre dormía con ella. Pero hete aquí
que apareció el capitán de los retretes, veintiún años después del comisario
ruso. El tío viejo le miró, apoyando la barbilla en su escoba como suele
hacerse en todos los países, y el capitán le echó una bronca como también suele
hacerse en todas partes Mientras tanto, como quien nada, el tren del capitán
Katzenmeyer arranca sin avisarle y ahí es cuando llegamos a la moraleja del
cuento: en la vida, nunca hay que darse prisa. Las gentes que tienen prisa se
aprietan cuando no es necesario. Eso fue lo que le ocurrió a nuestro capitán
comandante del tren. Se agarra al último vagón, falla el golpe, se cae, se
incorpora asustado, pierde el casco y corre tras de él. El jefe de estación
ruso corría también saludando: «Gospodín
továrishch capitán! -gritaba-. ¡Le
hago observar humildemente que corre usted en dirección contraria!» El capitán,
al ver aquella gorra colorada, se para y saluda dos veces creyendo que es un
general. «¡Cretino! », chilla al darse cuenta de su error. Y hele aquí que sale
corriendo de nuevo detrás de su tren. ¡Mas ay! Mientras le chillaba al jefe de
estación sin dejar de correr, tropieza y se cae de narices frente a los
retretes. El tren traqueteaba tranquilamente en los cambios de agujas en busca
de la vía. De no haberse apresurado se podía alcanzar; pero el capitán galopaba
por el andén, con la lengua fuera y el sable bajo el brazo. Por hacerse el
listo, tomó por un atajo frente a los cobertizos de mercancías, pero un
contrarrevolucionario, seguro, había puesto allí una valla para impedir a los
viajeros que se aventurasen. Saltaba a la vista la valla, sólo que el capitán
Katzenmeyer, comandante del tren 809, no veía más que una cosa: el farol rojo
del último vagón, y hele aquí que se desploma contra las tablas fascistas,
labor de la judería internacional. En aquel momento, tuvo una idea genial,
deslizarse por la valla y pasar, pero como estaba demasiado gordo, ahí le
tienes enganchado, y el ruso le tiraba de piernas para sacarle de aquella valla
fascista... Nuevo salvamento. Entonces el capitán agarra el borde de la valla y
logra aupar sus cien kilos para pasar del otro lado. Desgraciadamente, había
agua donde chapoteaban unos patos. El jefe de estación ruso soltó un grito
burgués: «¡Dios mío!», mientras el capitán se sacudía el agua y perdía su
sable. Y, sin sable, ¡adiós comandante de tren! Fue a buscar el sable, pero se
puso malo: «¡Parad el tren! -gritaba-. ¡No estáis viendo que es un capitán sin
tren, quiero decir un tren sin capitán! ¡Es decir un tren sin comandante y un
comandante no puede circular sin tren! ¡Además, callaos, que me estáis
fastidiando!» Y daba vueltas en torno del jefe de estación estupefacto. En
aquel momento, el telégrafo se puso a funcionar: anunciaban la llegada del
expreso de Dniepropetrovsk.
-¡Santa Madre de Dios! -rugió el jefe de estación-.
¡Detened a ese maldito tren! ¡Mando al capitán en bicicleta!
Los empleados
que no entendían nada se dijeron que estaría borracho, como siempre, y no se
movieron, en tanto que el capitán pedaleaba como un loco entre los raíles.
-¡El diablo se lleve a los alemanes! -exclamó el jefe
de estación fuera de sí-. ¡No pueden dejarse libres las vías ahora para la
bicicleta de un comandante de tren!
»Por lo que se
apresuró hacia la cabina de agujas a causa del expreso anunciado. El capitán
pedaleaba, con el sable bajo el brazo, inclinado hacia delante como un
corredor, y no se dio cuenta de que dejaba la vía recta por una vía muerta que
terminaba en una subida muy empinada. En pleno impulso, la bicicleta bajó la
cuesta, dio un salto mortal como en el circo, recayó sobre los raíles y salió corriendo
en sentido inverso para volver a la vía principal. Al ver aquel bólido, el jefe
de estación saludó, agitó la bandera verde y cambió precipitadamente de agujas
para mandarle hacia otra vía muerta al otro extremo del andén.
Desgraciadamente, la judería internacional había colocado allí un talud de
arena y piedras. ¡Espantoso estruendo! Hubo que reanimar al ciclista con un
trago de coñac y le llevaron a la estación, con el casco de través y el sable
transformado en hoz... En cuanto a la bicicleta, ni se hablaba de ella.
»Desde luego,
había que dar parte, pero a quien? ¿A los ferrocarriles rusos o a los alemanes?
Igual dada. El jefe de estación ya volvía con sus formularios en mano, cuando,
de pronto, no dio crédito a sus ojos. El capitán se había apoderado de una
vagoneta y ya había entrado en agujas. Ahora bien; el expreso estaba en ruta.
El jefe de estación corrió al teléfono y gritó: «Comandante alemán en vagoneta
dirección Dniepr ¡Detened expreso n.° 412!» Otro alarido le respondió
inmediatamente: «Expreso 412 salido. Que os chinchen. ¡Detened la vagoneta!» Un
instante, el desventurado reflexionó, luego puso todas las señales en STOP,
tanto a uno como a otro extremo de la estación, y cambió todas las agujas. Sólo
al cabo de una hora se notó que el hombre había perdido la razón. ¡Eso es lo
que pasa cuando se trata con prusianos! A 90 por hora el expreso entró en la
estación. Fue a parar a una vía muerta y se detuvo un kilómetro y medio más
lejos. ¡Pero desgraciadamente ya no había más vía! Un montón de chatarra fue lo
que encontró luego, y del capitán, el sable y el casco colgados de la
locomotora.
»Aquella
historia hubiese terminado entonces si no hubiese sido cosa de militares, pero
en la mili nada se acaba nunca. El asunto culminó en consejo de guerra, y no
fue ninguna guasa: ¡un expreso y un comandante de tren, figuraos! Ahora bien:
aquel día, los exploradores del Ejército, de conformidad con el plan de
retirada, volaban al sur de Tijoin 260 kilómetros de vías, 76 locomotoras y 16
estaciones. Pero el consejo de guerra condenó a nuestro jefe de estación a
muerte por haberse equivocado de agujas y echado a perder un expreso ruso de
cuatro vagones. Declararon al difunto capitán responsable de los daños
causados, porque había cruzado una señal roja con una vagoneta tomada sin
orden, perteneciente a los ferrocarriles soviéticos y provisionalmente usada
por las autoridades prusianas. Valor de la vagoneta: 3.400 R. M.; bicicleta;
400 R. M; dos tablas arrancadas a la valla: 12 R. M.; arañazos en la pintura de
una locomotora: 16 R. M.; total, con los varios: 4.000 R. M.
»¿Y el tren
que se había quedado sin comandante me diréis? ¡El muy desventurado! Seguía
dando vueltas como un loco. Sin comandante nadie sabía dónde debía ir y por
quitárselo de encima, lo mandaban a todas las vías muertas. Así lo vieron
quince veces en Kiev, tres veces en Berlín, una vez en París, que cruzó sin
parar hacia Ámsterdam y Bruselas; volvió sobre sus pasos en Copenhague porque
no podía continuar hacia Suecia, a causa de estar en reparación el ferry-boat. ¡Armaba el más espantoso
barullo en todas partes! Cinco intendentes se suicidaron, tres desertaron.
Durante dos meses se perdió de vista el tren, y después la gente, pasmada, lo
vio surgir en Munich procedente de Roma, y un imbécil lo mandó a Frankfurt. Los
ferroviarios se volvían locos. Lo habrían mandado a Pequín si hubiera dado luz
verde. ¡Os dais cuenta de lo que costaba todo aquello! Como el capitán había
muerto, hicieron responsable a su mujer, quien sólo encontró un medio: desaparecer.
Se metió, pues, en Andorra, un pequeño país razonable que vive de sellos, de
Bancos y otros asuntos sucios y que vive bien. La mujer del capitán no quiere
oír hablar de tren, pero afortunadamente -terminó Porta- ¡no lo hay en Andorra!
En Vínnitsa, trasbordo,
pero hubo que esperar toda la noche en el andén, y al día siguiente a mediodía
tomamos «el expreso», que se paró en todas las estaciones. Vagones de
mercancías descubiertos, únicos asientos disponibles. Durante las interminables
paradas, altercados con el personal de suministro, que se negaba a darnos las
raciones porque nos faltaban los sellos que la compañía olvidó de poner en
nuestros papeles. En Novoiovsk, el expreso nos dejó y continuamos por una vía
estrecha, arrastrados por una máquina asmática. En Slin, fin de la vía estrecha
que, por lo demás, era provisional a causa de la guerra. Había que atravesar
pantanos para llegar a otra vía llamada principal. Logramos subir a un tren de
municiones y nos sentamos sobre las pilas de granadas pero, por tres veces,
tuvimos que meternos debajo de los vagones a causa de ataques de aviación.
Dos zapadores
con un extintor de mano subieron en Krivói Rog. Uno hacía un año que figuraba
como muerto, y el otro logró desaparecer durante un traslado. Llevaban los bolsillos
llenos de hojas de ruta falsificadas, y hacía ocho meses que recorrían Europa
ante las barbas de la Gendarmería. Como uno cayó en el frente, y así consta, y
el otro desapareció, nadie les buscaba.
Cuatro días
más tarde, llegamos por fin a destino. Un poco desamparados, un poco asustados
vimos desaparecer el tren que se llevaba a nuestros nuevos amigos, pero todo
olía a lilas; ¡era la primavera!
Un gendarme,
con su «MPI» sobre las rodillas, dormitaba en un sillón de mimbre y miraba
recelosamente con los párpados entornados. La terrible placa de los cazadores
de hombres brillaba en su pecho. No era más que un cabo primero, pero habíamos
visto a aquel tipo de suboficial llevar a generales a la horca. Pasamos delante
de él silbando, pues los papeles estaban en regla, pero ojeó ásperamente su
cuaderno, que contenía mil fotografías: Un policía ávido de arresto y servil
ante cualquier poder.
En filas
apretadas, henos aquí paseando por una bonita y pequeña ciudad de casas blancas
con jardincillos. Daba gozo hacer resonar inútilmente nuestras botas
claveteadas sobre el pavimento en aquel silencio inquietante de mediodía.
-Eso no me gusta -murmuró Hermanito-: hay demasiada calma. No da
la sensación de seguridad.
Un borrico que
desembocó bruscamente de una callejuela le hizo botar por sobre una empalizada
y aterrizar con un ruido atronador entre cántaras de leche colocadas allí. Pero
al final de la calle en declive estaba el mar. Con nuestra estupefacción, se
desvaneció de miedo. Palmeras, setos, flores rojas y elegantes cipreses
punteaban aquella costa admirable.
-Pero esa calma -dijo angustiado Porta palpándose la
pistola-. ¡Esa calma no me huele nada bien! ¡Me pone la carne de gallina!
Lentamente,
bajamos hacia el mar tomando instintivamente por la izquierda, como hacen todos
los soldados en país desconocido, y un guardia, con escarapela en el sombrero,
nos mostró el camino de la casa de convalecencia del Ejército. Era un
maravilloso espectáculo de flores desconocidas, de colores brillantes contra el
azul extraordinario del mar; las olas producían un murmullo sedoso.
-¡Es tan hermoso -dijo Hermanito asombrado-, que se diría que
es mentira!
De pronto,
soltó un rugido: dos chicas metiditas en carnes, de pechos provocativos y con
bañadores ceñidos, bajaban hacia la playa.
-¡Virgen Santa de Kazan! -gimió Gregor-.¡Eso es crema para
gato viejo!
Inmediatamente
rodeadas, las chicas recibieron unas nalgadas y Porta les propuso quinientos R.
M. y una botella de vodka por repetir. Furor de las muchachas que, en realidad,
eran enfermeras. Escaparon, corrieron gritando por la playa, y un sargento con
uniforme nuevo flamante surgió, lleno de ardor, de un seto florido. ¡Las chicas
se precipitaron hacia él gritando al asesino! El sargento se cuadró ante
nosotros. Era un sanitario que se tomaba por un general.
-Habéis intentado violar a dos de mis enfermeras, lo
he visto. ¡Os haré mandar a Torgau!
-¡Cacho
de limpiaorinales! -gritó Porta-. ¡Si crees que nos la vas a dar!
-¡Piojoso!
¡En esta guarnición no se aceptan los desperdicios del frente!
-No
lo dudamos -dijo El Viejo con calma-.
No hay más que mirarte, héroe del termómetro.
El sargento se
sacó un bloc y apuntó con el lápiz hacia El
Viejo.
-¿Nombre, unidad? ¡Pedazo de mico!
Porta alzó una
pierna y soltó un pedo atronador, uno de esos que hieden como un ataque con
gases. El viento llevó el pedo en la dirección del sargento:
-Ofensa a un suboficial prusiano -gritó el hombre
fuera de sí-. Le mando detener y le entrego al consejo de guerra.
-Cretino
-dijo El Viejo, desabrochándose la
guerrera de camuflaje que mostró a los ojos del suboficial asombrado la cruz y
las dos estrellas de brigada.
-¡Habría
que decirlo! -murmuró dando un taconazo-. Nunca se sabe lo que ocultan esos
malditos oropeles de camuflaje. ¡El otro día, metí la pata con un coronel; eso
no debería ser permitido!
-¿Tienes
un cigarrillo?
El sargento
regaló un paquete entero de «Junos» y dio lumbre, haciendo como que no veía que
Hermanito palpaba las nalgas de una
enfermera.
-Aquí, en la casa de convalecencia de Zatoka, reina la
disciplina -dijo irguiéndose-. Disciplina de guarnición, pero condiciones de
vida democráticas. Nada de mellas al reglamento. Debéis leer y firmar un
impreso; además, el reglamento figura en todas las habitaciones y salas de
recreo. Así que no lo olvidéis. Disciplina férrea. Siento recordaros que muchos
han sido enviados ya a Torgau.
-¿Cuántas
bajas tenéis entre los sargentos de esta guarnición democrática? -preguntó
Porta riendo.
-Ninguna
-respondió el sargento muy extrañado-. ¿De qué se podría morir?
-Intoxicación
por plomo -respondió amablemente el pelirrojo palpando su pistola.
Hermanito y él ya
andaban en busca de chicas, pero Gregor me hizo una señal de inteligencia que
capté: preferíamos netamente a las enfermeras. Pero existía la prohibición
formal de visitas en los cuartos, y no se podían usar las escaleras. Era el
reglamento. Llegada la noche, contemplamos con ligera inquietud el edificio.
Las enfermeras se alojaban en el cuarto piso. ¡Muy arriba! Me encaramé en los
hombros de Gregor, agarré la balaustrada del primer balcón, flexioné y luego
tiré de Gregor, que se reunió conmigo. El canalón estaba a nuestro alcance.
-¡Esperemos que aguante!
Fui el primero
en pasar, y llegamos al tejado con la espalda sudorosa, aferrados del canalón.
Mirar hacia abajo daba escalofríos. Muy lejos, roca y oleaje; era una caída de
doscientos metros lo menos.
-Solo no mires -dijo Gregor-, si no, no vas a bailar en una
cama dentro de poco.
Sin soltar el
canalón, llegamos por fin a las ventanas de las chicas.
-¡Estáis locos! -dijo la morena, estremeciéndose al pensar
en el regreso.
La habitación
olía bien y la luz era suave. ¡Aquellas chicas sabían de lo que iba! Un poco
intimidados, nos reímos tontamente ofreciendo nuestros regalos: una gran
botella de vodka y una lata de caviar, pero mi gran sorpresa fueron un reloj y
un brazalete antiguos robados a Hermanito
quien, a su vez, los había robado a no sé quién. ¡El gigante juró degollar al
culpable si le encontraba en su camino! Las chicas quedaron embelesadas. Todos
nos sentamos a la mesa ante unas albóndigas, col roja y caviar.
Me arrimé a la
chica morena, que me cogió la mano. La besé en el hombro, pero en el fondo,
estaba terriblemente preocupado. ¡Era peor que la espera antes de un ataque de
infantería! Pero además, ¿por qué había venido? Hacía tanto tiempo que no me
acercaba a una mujer. ¡Y, so pena de ridículo, había que hacer algo, de todos
modos! Afortunadamente, ella tomó la ofensiva; su boca devoró mi boca. ¡Qué
miedo tenía! Con precaución, mi mano se posó sobre su rodilla, y ya sus dedos
se deslizaban sobre mi piel desnuda.
Gregor fue
mucho menos tímido; unas bragas volaron a través de la estancia en penumbra
como un pichón asustado, y las siguió una media que aterrizó sobre la lámpara.
Se elevaron risas ahogadas.
-¡Estás loco! Espera un poco.
Gregor bramaba
de gusto y la rubia protestaba, pero sin reaccionar. La morena me tumbó, se me
echó encima, me besó y yo estuve a pique de desmayarme.
-Me llamo Gertrude -dijo, acariciándome el pelo.
-Y yo, Sven.
Me sentí como
si tuviese cuarenta grados de fiebre.
-Me
he casado dos veces -murmuró ella- Mi primer marido fue muerto en Polonia, y el
otro trabajaba en el Ortskommandantur
y los ingleses se encargaron de él. Toda la calle desapareció en diez minutos.
Bombas incendiarias, según me dijeron.
Mientras
hablaba, me desnudó y me ayudó a desnudarla.
-¡Cariño! –murmuró- ¡Hace mucho tiempo que esto no lo hago
con un hombre!
-Entonces, ¿con quién?
-¿Has tenido muchas chicas? -preguntó
ella sin responderme.
-No creo, o bien ya no me acuerdo. Vengo
de Stalingrado.
-¡Stalingrado! Era terrible, ¿verdad?
-Sí, éramos unos condenados a muerte.
-¡Oh! -gimió ella apretándose más.
Y nos quedamos
agotados uno contra el otro.
-Me han dicho que según quién puede hacerlo cinco días
seguidos. ¡Fíjate! ¡Hacer el amor cinco días seguidos!
-Los
japoneses, dicen, y hasta ocho días con la misma chica.
Sus dedos
volvieron a acariciarme, me besó con pasión y probamos todo cuanto pudimos
imaginar. Y luego, luego, no hubo más remedio que irse. Tomamos el mismo camino
que a la ida con formal promesa de volver, y regresamos a nuestros cuartos
bordeando el hospital psiquiátrico.
En la
oscuridad, dos siluetas: eran Porta y Hermanito
que trotaban con dos botellas bajo el brazo.
-¿Adonde van? -preguntó Gregor riendo-. De todas formas,
vale más no acercarse a ellos.
La noche
siguiente, otra expedición a casa de nuestras amigas y el encantamiento se
repitió. Durante tres días, nuestros camaradas ya no nos reconocían, pero ¡ay!,
un telegrama del regimiento nos reclamó antes de terminar el permiso. Rodeados
de nuestras conquistas, fue una marcha triunfal hasta el tren cuyos únicos
pasajeros éramos nosotros. Aquel tren era un pesebre de caballos. Nos tumbamos
en los pesebres sujetos en las paredes y, aquella vez, lo que nos despertó fue
la caricia de tibios morros... Los pobres animales y nosotros volvimos a la
guerra.
«Lucharemos sin compasión contra
todos los adversarios de la Confederación de Pueblos germánicos. Todos aquellos
que no puedan integrarse en nuestra sociedad serán condenados a muerte sin
ninguna distinción de raza o de religión.»
General
Goering, en un discurso a la Policía, 12 de diciembre de 1934.
Una sección de «T 34» manchados de sangre se abría
lentamente camino a través de los centenares de muertos que sembraban la plaza
del Teatro. En el carro de cabeza, el teniente Yevtienko miraba con
indiferencia a las sombras grises que salían arrastrándose de las cloacas, de
las ruinas, y se alineaban a lo largo de la calle. Un coronel alemán
enloquecido, acogía los carros rusos con el brazo en alto, al grito de Heil
Hitler!
¡Eran
tantos los hombres locos en Stalingrado! Entre ellos, el general de división
Lange, quien se había apoderado de una ametralladora y disparaba sobre las
tropas alemanas que se rendían; aquello costó un millar de muertos antes de que
se le pudiese reducir al silencio. Poco después, un coche, particular negro
pasaba ante la sección de carros avanzando difícilmente en el tumulto de
soldados. En los asientos traseros, dos generales: uno de caqui, el general de
división Polkovnik, del Estado Mayor General soviético; el otro de gris hierro
con solapa escarlata y fusta en mano: el mariscal recién ascendido Friedrich
Paulus. Contemplaba sin pestañear a sus soldados sentados en el suelo de las
sucias calles o esperando con paciencia ser evacuados; no decía palabra de sus
hombres, ni palabra de los 250.000 cadáveres que sembraban las estepas, ni
palabra tampoco de las cien mil órdenes de ejecución firmadas por él durante
los últimos cuarenta y ocho días de la batalla.
El general de Artillería Heinz, ex presidente del
Consejo de Guerra, tampoco se acordaba de ello, pero en el mismo momento en que
el mariscal Paulus cruzaba por la plaza del Teatro, el general Heinz era
apaleado como un mulo porque acababa de robar un pedazo de carne de caballo a
un teniente herido. Llorando y medio lisiado, fue recogido por tres oficiales
rusos y llevado al campo de prisioneros en un edificio del Ejército ruso. Sin
la menor vacilación, denunció personalmente a sus agresores, quienes fueron
juzgados y luego fusilados por los gendarmes alemanes, los cuales continuaban
hasta en la prisión su abominable tarea.
Mientras tanto, en un sótano, bajo las ruinas de la
panificadora donde se había instalado un hospital de campaña, un grupo de
soldados de la 44.a división MOT comía miembros amputados juntados
en un cubo. Después se presentaron todos a lista con el estómago lleno, y se
dijeron que en su vida habían hecho un yantar tan bueno.
El mariscal Paulus conversaba con el general de
división soviético acerca de una planta de flores rojas, amarillas y blancas,
que le interesaba vivamente; aquella planta era comúnmente denominada «cola de
gato», y con ella se hacía la majorka, aquel tabaco pestilente del soldado ruso.
Paulus acababa de recibir diez paquetes de él, y aquel regalo bien acogido le
permitía no mirar a los soldados hambrientos, piojosos y harapientos, que le
señalaban con el dedo cuando pasaba. ¡Ay de él si hubiese debido afrontarles!
Pero se había hecho proteger por los generales rusos; era una precaución
excelente.
LA EJECUCIÓN
Un remolino de
polvo levantado por el viento acogió el camión que penetraba en el gran patio
de la prisión.
La prisión
central de Járkov era una hermosa prisión, ¡y Dios sabe, sin embargo cuantas
habíamos visto! Podían hacerse comparaciones. Ahora bien: era la primera vez
que veíamos una pintada de blanco. Los edificios hechos de bloques estaban
dispuestos en estrella, y frente al número 4, había prisioneros que daban
vueltas corriendo y sujetándose angustiosamente los pantalones con las manos.
En una prisión Militar no le dejan a uno ni cinto ni tirantes; ¡no se pueden
arriesgar a que uno se ahorque antes de ser fusilado!
Aquellos tíos
nos miraron con inquietud, pues no ignoraban la razón de nuestra llegada, pero
aún no sabían de qué se trataba. En el bloque 4 todos los prisioneros eran
condenados a muerte
-¡Armas al hombro, izquierda! -mando El Viejo-. ¡De frente, marchen!
Nadie nos
había dicho a nosotros lo que debíamos hacer, pero nosotros ya lo sabíamos.
Doce hombres, uniforme de campaña, veinticinco balas cada uno, y ahora la
prisión... Éramos el piquete de ejecución.
-¿Por qué, Dios mío, no se encargan los SS de sus
asuntos? -dijo Porta quedamente-. ¡Ése no es nuestro trabajo, ni mucho menos!
-¿A
quién crees que se fusilaran? -preguntó Hermanito-.
Espero que no sea a una chica del telégrafo como la otra vez.
-Cállate
ya, cretino -tronó El Viejo, que
todavía se estremecía recordando aquella ejecución, aunque databa de hacía
mucho tiempo.
Hicimos alto
en un jardincillo detrás del edificio reservado al comandante. La gran estrella
roja seguía reinando sobre el portón y continuaba leyéndose «NKVD» en grandes y
siniestras letras de cobre sobre la puerta; pero la bandera que ondeaba en el
mástil era la del Estado nazi. Una bandera malvada, aunque bella.
En mitad de
una explanada, habían plantado una horca alquitranada de la que colgaban
libremente tiras de cuero. Aguardaban. Una para los tobillos, una para las
caderas, una para los brazos y los hombros. La horca nuevecita olía aún a
alquitrán. Probablemente la antigua había sido destrozada por las balas. Los
gendarmes solían decir que una horca aguanta hasta cuatrocientas ejecuciones,
pero que luego debe ser sustituida.
Un mayor de la
Feldgendarmerie se creyó obligado a
soltar una arenga.
-¡Soldados!
-gritó con voz ronca, palpándose la horrible placa que brillaba al sol-.
¡Soldados! Habéis sido distinguidos para un cometido que no tiene nada de
agradable, lo sé. El Consejo de guerra ha condenado a muerte a tres desertores,
y la Ortskommandantur os ha encargado
del cumplimiento. No sintáis piedad alguna. Esos cerdos se han merecido su
suerte; no son mas que unos cobardes desertores. Vosotros nada tenéis que ver
con ello. Por lo que os aconsejo no hagáis tonterías, si no, os las habréis
conmigo. Si uno de vosotros tiene la desgracia de tirar desviado, pasará a
consejo de guerra, tirad al corazón y que pronto se acabe. ¿Alguna pregunta?
Sin aguardar
respuesta, dio media vuelta a reunirse bajo las lilas con los dos capellanes
castrenses, uno católico y el otro protestante el teniente Betz acogió a El Viejo. Examinó cada fusil,
inspeccionó las cartucheras en las que veinticinco balas en cinco cargadores
asomaban, punta hacia arriba; luego dio un paso atrás.
-Quitad el seguro; comprobad los cañones.
Tintineo de
fusiles. Las órdenes fueron acatadas al segundo. Todos los oficiales nos
miraron. En uno de los chopos, se oyó un pájaro carpintero que picoteaba con
saña.
-¡Carguen! ¡Seguro! ¡Descansen, armas, mes! ¡En su lugar,
descansen!
Durante casi
una hora, estuvimos con el arma descansada. Llegaron numerosos oficiales y se
saludaron ruidosamente. Se oyó al mayor de la Feldgendarmerie. El médico mayor contó un chiste de burdel. Todos
fumaban sin parar. Parecían inquietos y hablaban demasiado alto.
El pájaro
carpintero echó a volar. En su lugar, dos cornejas graznaban en la copa del
chopo. Y, por fin, ocurrió algo...
Del bloque 4
salieron cuatro gendarmes que llevaban a un hombre encadenado que vestía una
blusa raída. El grupo desapareció detrás de una mata de lilas y reapareció
entre los dos grandes arriates que delimitaban el patio
Un silencio de
muerte cayó sobre la plaza. El prisionero de blusa era mucho más alto que sus
guardianes. ¡Augsberg! Era el general Augsberg. Un murmullo se elevó del
pelotón.
-¡Canallas! -bramó Porta-. ¡Vaya canallas!
El grupo se
paró delante del mayor de la Feldgendarmerie,
quien saludó y se volvió hacia el prisionero encadenado.
-SS
brigadenführer Paul Augsberg, tengo
el honor de decirle que su recurso de gracia ha sido negado por el comandante
jefe del IV Ejército. Es usted condenado a muerte por haber abandonado sin
órdenes la zona de Stalingrado. Además del retiró usted de aquel frente a
tropas en perfecto estado de combatir y saboteó así la defensa. ¿Tiene usted
algo que decir antes de la acusación?
-¡Idiotas!
-bramó el general SS.
El mayor se
estremeció e hizo una señal a los capellanes castrenses, quienes se acercaron
al general Augsberg.
-Inútil -dijo altivamente el prisionero.
Entonces,
el mayor de la Feldgendarmerie soltó
un grito histérico:
-¿Listos?
EI sargento
empujó hacia la horca al prisionero que tropezó con sus trabas. Manos diestras
apretaron las correas.
-Yo tiro desviado -gruñó Hermanito.
-Yo también -dije.
-Pelotón derecha, derecha. ¡Apunten!
¡Fuego!
Restallaron diez tiros.
El general
Augsberg se desplomó en sus ataduras y quedó colgado, pero se movía; no había
muerto. El médico, con su estetoscopio que le pendía sobre el pecho, se inclinó
sobre el hombre doblado, luego se irguió y le gritó al mayor, que pateaba
febrilmente un arriate de pensamientos:
-Prisionero no muerto por balas.
-¡Imposible!
- murmuró el mayor con inquietud.
El médico se
secó la cara con el dorso de la mano, se recobró, saludó y dijo
reglamentariamente:
-Mayor, el médico Winckelmann informa que el
prisionero no ha muerto. Ni un proyectil le ha alcanzado en el corazón.
El mayor nos
echó una mirada de furor y se le oyó rechinar los dientes:
-¡Sabotaje de una orden! -chilló-. ¡Otra vez, cerdos!¡Si no,
os atarán a vosotros a la horca!
Y por segunda
vez sonó la voz de mando:
-¡Pelotón! ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Atención! ¡Fuego!
Esa vez todos
apuntábamos al trapo rojo que indicaba el sitio del corazón.
-Prisionero muerto. Sentencia cumplida - pronunció el
médico.
Dos sanitarios
llegaron corriendo con un ataúd de pino, metieron dentro el cadáver y luego
extendieron arena sobre el suelo ensangrentado. Todo estaba listo para la
segunda ejecución. El grupo ya llegaba junto a las lilas: era el teniente de
Ingenieros, pero aquella vez el mayor tenía prisa.
-¿Tiene usted algo que decir antes de la ejecución? Ya
sabe por qué ha sido condenado ¿Desea algún auxilio religioso?
-Daos
prisa -dijo el teniente con los dedos apretados.
El mayor, aliviado, hizo una señal a los gendarmes:
-¡Listos para la ejecución!
El teniente
nos miró amistosamente e hizo un gesto imperceptible con la cabeza para cada
uno de nosotros. El sargento le puso un cigarrillo encendido en la boca.
-¡Apunten!
Temblé tanto
que el fusil se me movía. Cerré los ojos. No quise ver... Ignoré a dónde
disparé... Confié darle al mayor de la Gendarmería.
-¡Fuego!
-Prisionero muerto.
La voz del
médico me llegó de muy lejos. Como en una niebla, vi a los sanitarios salir
corriendo con el féretro y dejarlo caer en una fosa junto al muro. Ya estaban
cubriendo la del general. Muchas fosas se alineaban a lo largo de aquel muro, y
para nosotros no había acabado aún, pero esa vez, sabíamos quién era mucho
antes de acercarse el grupo. Se oyó un grito:
-¡No, quiero vivir! ¡No quiero morir!
Venían
arrastrando literalmente al prisionero, cuyas piernas ya parecían estar
muertas.
-Camaradas! ¡Dejadme vivir, soy inocente!
El mayor
tendió febrilmente al feldgendarme la
capucha negra, que calaron en la cabeza del condenado para ahogar sus gritos.
Uno de los soldados del pelotón cayó de bruces, desvanecido; el mayor,
pateando, hizo una señal y el pastor se acercó al condenado murmurando una
plegaria.
-¡Fuego! -mandó el teniente.
Así fue asesinado también el teniente médico. Creo que de
aquel día data nuestro recuerdo más trágico de Stalingrado. Como siempre
después de una ejecución, estuvimos libres durante el resto del día y cada
hombre recibió un litro de vodka. Pero, ante todo, ante todo, había que ir a
«el secreto», en la oficina de la prisión. Todas las ejecuciones eran
ULTRASECRETAS y, en efecto, resultaba preferible borrarlas de la memoria si no
se tenían panas de darse una vuelta personalmente por el bloque 4.
No sabíamos
que en Berlín, la misma mañana, una mujer había recibido el telegrama
siguiente:
Señora
Elizabeth Augsberg
Berlín-Charlottenburg
Si
desea ver por última vez al soldado Paul Augsberg antes de su ejecución, que
tendrá lugar el 6 de mayo de 1943 a las 8 de la mañana, debe usted presentarse
ante el comandante de la prisión militar de Járkov, Ucrania, el 5 de mayo a las
19 horas. Le es concedida a usted una visita de diez minutos al condenado.
Traiga este telegrama.
Firmado: Mannstein - Generalfeldmarschall
OB IV
Ejército Panzer
Que la señora
de Augsberg hubiese recibido el telegrama tras la ejecución de su marido, no
era culpa de nadie.
El envío de un
mensaje de ese tipo carece de interés estratégico.
FIN