En cierta ocasión de mi vida
tomé una fuerte dosis de haschich que me puso a la muerte. Voy a contar lo que
sentí: 1° para instrucción de los que no conocen prácticamente la droga; 2°
para los apologistas de oídas del célebre narcótico.
La cuestión pasó en 1900.
Diré de paso que para esa época yo había experimentado el opio -en forma de una
pipa de tabaco que, a pesar de la brutal cantidad de opio (1 gramo), no me hizo
efecto alguno; habíame saturado -toda una tarde- de éter, con náuseas,
cefalgia, etc.; sabía de memoria el cloroformo que durante un año me hizo
dormir cuando no tenía sueño, cogiéndome éste a veces tan de improviso que no
tenía tiempo de tapar el frasco; así es que más de una noche dormí ocho horas
boca abajo, con 100 gramos de cloroformo volcado sobre la almohada. Al
principio lo respiraba para alucinarme gratamente, lo que conseguí por un
tiempo; después me idiotizaba, concluyendo por no usarlo sino en insomnios; lo
dejé. Y un buen día llegué al haschich, que fue lo grave.
Los orientales preparan el
haschich con extracto de cáñamo y otras sustancias poco menos que desconocidas.
En estas tierras es muy raro hallarle; de aquí que yo recurriera simplemente
al extracto de cannabis indica, base activa de la preparación (en la India,
las gallinas que comen cáñamo se tornan extravagantes).
Un decidido amigo -empleado
de farmacia- me proporcionó lo que le pedía: dos píldoras del extracto graso
(0,10 centigramos cada una) y un polvo inerte cualquiera. Fuime a casa con mis
dos bolillas; hallé en ella a un segundo amigo, estudiante de medicina por
aquel entonces. Yo vivía en un cuarto de la calle 25 de Mayo núm. 118, 22°
piso, Montevideo. Subí los escalones de cuatro en cuatro: ¡por fin iba a
conocer el haschich! Mi amigo -era Alberto Brignole- se dispuso a la cosa, y
tomé las dos pildorillas; una copa de agua tras ellas me pareció bien. Era la
11/2 p.m. Brignole leía en cualquier parte; yo hice lo mismo, aunque
farsantemente, atento a la mínima sensación reveladora. Pasó una hora: nada.
Pasó otra hora: absolutamente nada. Me levanté contrariado, parecíame una
ridiculez eso del haschich.
-¿Nada? -me preguntó
Brignole levantando los ojos del libro.
-Nada -le respondí. Y como
estaba dispuesto a saber lo que de cierto había en la pasta verde, bajé y subí
de nuevo a la farmacia. Hice preparar dos nuevas bolillas de 0,50 gramos cada
una. El sensato amigo me recomendó suma discreción, arrancándome la promesa de
no tomar sino una: la otra, otro día. Pero como yo estaba más que dudoso de su
eficacia, lo primero que hice en llegando al cuarto fue tomar las dos píldoras
de golpe. 1 gramo que, agregado a los 0,20 de la hora anterior, hacía en total
1,20 de haschich en forma de extracto graso de cáñamo índico.
Comencé a tocar la guitarra
contra la mesa, esperando. Eran las 3 p.m. A las 31/2 sentí los primeros
efectos.
He reconstruido mis
recuerdos -muy precisos por otra parte- con las notas que Brignole tomó a las
41/4 a.m., cuando estuve fuera de peligro. Ambos coincidimos en todo; él
recuerda perfectamente lo que le dije en las trece horas de haschich, pues una
de las características del cannabis es conservar la inteligencia íntegra aún en
los mayores desaciertos.
Hacía media hora que jugaba
con la guitarra, cuando comencé a sentir un vago entorpecimiento general,
apenas sensible.
-Ya empieza dije sin
levantar la cabeza, temeroso de perder esa prometedora sensación. Pasaron cinco
minutos. Y recuerdo que estaba
ejecutando un acompañamiento
en mi y fa, cuando de pronto y de golpe los dedos de la mano izquierda se
abalanzaron hacia mis ojos, convertidos en dos monstruosas arañas verdes. Eran
de una forma fatal, mitad arañas, mitad víboras, qué sé yo; pero terribles. Di
un salto ante el ataque y me volví vivamente hacia Brignole, lleno de terror.
Fui a hablarle, y su cara se transformó instantáneamente en un monstruo que
saltó sobre mí: no una sustitución, sino los rasgos de la cara desvirtuados, la
boca agrandada, la cara ensanchada, los ojos así, la nariz así, una
desmesuración atroz. Todas las transformaciones -mejor: todos los animales-
tenían un carácter híbrido, rasgos de éste y de aquél, desfigurados y
absolutamente desconocidos. Todos tenían esa facultad abalanzante, y aseguro
que es de lo más terrible.
Me puse de pie: el corazón
latía tumultuosamente, con disparadas súbitas; abrí los brazos, con una
angustia de vuelo, una sensación calurosa de dejar la tierra; giraba la cabeza
de un lado a otro. No veía más monstruos. En cambio, tenía necesidad de mirar
detenidamente. todo, una atención sufridora que se fijaba en cada objeto por
diez o veinte segundos, sin poder apartar la vista. Al arrancarme de esas
fijezas, disfrutaba como de un profundo ensueño, con difusas ideas de viajes
remotos. Gradualmente asá, llegué a una completa calma. Eran las 4 p.m. Toda
sensación desapareció. Pero a las 41/4 comencé a reírme, largas risas
sofocadas, sin objeto alguno. Eran más bien fastidiosas por el sinmotivo. A las
41/2, normalidad absoluta. Y creía ya todo pasado, cuando a las 5 sentí un
súbito malestar con angustia. El corazón saltó de nuevo, desordenadamente.
Sentí un frío desolado, y entonces fue lo más terrible de todo: una sensación
exacta de que me moría. La cabeza cayó. Al rato volví en mí, quise hablar, y de
nuevo el colapso de muerte: la vida se me iba en hondos efluvios. Reaccioné
otra vez; la fijeza atroz de las cosas me dominaba de nuevo. Quería moverme y
no podía; no por imposibilidad motora, sino por falta de la voluntad: no podía
querer. Y aunque el yo se me escapaba a cada momento, logré detenerme un
instante en esto: la dosis máxima de extracto graso de haschich es 5 gramos; de
extracto alcohólico, 0,50 gramos. Ahora bien: recordé haber leído en el tarro
de la farmacia; extrait alcoolique... Yo había tomado 1,20 gramos, lo
suficiente para matar a dos individuos.
Brignole, entre tanto, había
salido.
Quedé solo en el cuarto.
¡Qué veinte minutos! Salí al balcón, tambaleándome, desesperado de morir. Al
fin no pude más y me senté en la cama, echado contra la pared, cerré los ojos,
creyendo no abrirlos más. La dueña de la casa entró con una taza de café, por
indicación de mi amigo. Recuerdo que pasó un largo minuto antes de darme cuenta
de que la taza era para mí. Otro minuto perdí en poder querer coger la taza,
ante la inquietud de la servidora asustada. El café estaba hirviendo; me
abrasó la garganta.
Brignole subió; tomé medio
frasco de tanino. Y al ardor intolerable que el veneno me causaba en el
estómago y en la garganta reseca, se añadió el del café y tanino...
Todo mi cuerpo pulsaba
dolorosamente, sobre todo la cabeza. Volaba de fiebre. A las 7 p.m. llegó un
médico y se fue: no había nada que hacer. Todas las cosas entonces se transformaban,
una animalidad fantástica con el predominio absoluto del color verde continuaba
abalanzándose sobre mí. Cuando un animal nos ataca, lo hace sobre un solo
punto, casi siempre los ojos. Los del haschich se dirigían intensamente a todo
el cuerpo, con tanta importancia al pie como los ojos. El salto era
instantáneo, sin poderlo absolutamente evitar.
Un calentador encendido,
sobre todo, fue el atacante más decidido que tuve toda la noche. A ratos me
escapaba al medio del cuarto, desdoblándome, me veía en la cama, acostado y
muriéndome a las 11 de la noche, a la luz de la lámpara bien triste.
Me costaba esfuerzos
inauditos entrar en mí. Otro de los tormentos era ver todo con cuádruple
intensidad: de igual tamaño, igual luz, pero con cuatro veces más visión. Esta
sensación, sobre todo, no es comprensible sino sufriéndola.
Como parece que a las 2 de
la mañana recrudecieron los síntomas, mi amigo se sentó al lado de la cama,
observándome disimuladamente, y por media hora me atormentó con su presencia, transformado
en un leopardo verde, sentado humanamente, que me atisbaba sin hacer un movimiento.
Transcribo las notas de
Brignole:
1" período, a las 31/2
p.m.
Sensación de angustia. Ideas
terroríficas, visiones de monstruos. Imposibilidad de hablar por alejamiento
de espíritu. Necesidad de mirar atentamente una cosa y, una vez fijada,
sensaciones diversas y alucinatorias motivadas por ese objeto. Dificultad para
sustraerse a esas sensaciones, pero con conciencia de su anormalidad y deseos
de evitarla.
2° período, a las 4 p.m.
Normalidad completa.
3" período a las 41/4
p.m.
Accesos de alegría, risas
sin causa, etcétera.
4° período, a las 41/2 p.m.
Normalidad.
5° período, a las 5 p.m.
Sensaciones de malestar.
Angustia. Palidez del rostro. Pulso rápido. Latidos tumultuosos del corazón.
Enfriamiento de las manos. Sensaciones de acabamiento y muerte próxima.
Abatimiento profundo. Imposibilidad de hablar. Dificultad para querer moverse.
Inteligencia demasiado lúcida. Entorpecimiento de todo el cuerpo. Sensibilidad
conservada. Gran ardor de garganta y estómago. Sequedad de garganta. Pulso: 140
pulsaciones por minuto. Dilatación enorme de la pupila.
A las 8 p.m. Mayor
tranquilidad. Pulso normal. Transpiración copiosa. Calor extraordinario de la
piel.
A las 11 p.m. El mismo se
siente mejor. Mayor tranquilidad. Síntomas estomacales y psíquicos
disminuidos. Menor calor de la piel. Transpiración disminuida. Pulso menos
frecuente y algo más débil: 106 por minuto.
A las 12 3/4 p.m. Pulso: 108
por minuto.
De 11/2 a 31/2 a.m. Pulso
140. Transpiración enorme. Recrudecimiento de todos los síntomas.
A las 4 a.m. Pulso
descendido a 100 por minuto. A las 5 a.m. Continúa mejorando.
FIN