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Roger Zelazny - AUTO-DA-FE

Es reconfortante ponerse uno periódicamente a prueba y descubrir lo firme que es la materia
de que uno está compuesto. Una prueba semejante finaliza con este libro. La tentación de
empezar esta antología con la A—de—Asimov y terminarla con la Z—de—Zelazny era casi
suficiente para hacerle a uno babear de delicia. Pero he reservado el cierre del volumen para
"Chip" Delany, por razones que explicaré en su introducción, y he adelantado el puesto de
Roger Zelazny un lugar. El factor decisivo fue el reconocimiento Delany necesitaba ser
expuesto. Zelazny ha ascendido ya a la divinidad, y por lo tanto no necesita ninguna mano
que le ayude.
Roger Zelazny es un hombre delgado, de aspecto ascético, de origen polaco—irlandés—
Pennsylvania—holandés, de modales agradables y reservados que ocultan un sentido del
humor que podría ser envidiado por Torquemada. Nació en Ohio, como el recopilador de esta
antología. De hecho, muy cerca: Roger procede de Euclid, Ohio. Es una deprimente ciudad
donde antes había una tienda de helados que te daba tres bolas por nueve centavos, pero
eso era hace mucho tiempo. El comentario de Zelazny a su carrera antes de dedicarse a
escribir es más o menos así: "Elevación rápida hacia la oscuridad en los círculos
gubernamentales como especialista en reclamaciones en la Administración de la Segundad
Social". Frecuentó las universidades de Western Reserve y Columbia. Sólo Dios sabe si
obtuvo algún título, y eso no importa demasiado. El único escritor existente con un uso más
singular de la lengua inglesa es Nabokov. Actualmente Roger reside en Baltirnore con una
esposa excepcionalmente hermosa llamada Judy, que es demasiado buena para él.
Zelazny, autor de historias tan premiadas como He Who Shapes (El que da forrna), A Rose
for Ecclesiastes (Una rosa para el Eclesiastés), And Call Me Conrad (Y llámame Conrad) y
The Doors of His Face, the Lamps of His Mouth (Las puertas de su rostro, las lámparas de su
boca), tiene el mal gusto de ser un glotón para los premios. Su novela Lord of Light (El señor
de la luz) será pronto publicada por Doubleday. A la edad de veintinueve años ha copado ya
un Hugo y dos Nebula, humillando así a las venerables cabezas del género más viejas, más
grises y más sabias que han estado trabajando tres veces más tiempo, cinco veces más
duro, y escrito una veintava parte tan bien. Es algo increíble para alguien tan joven.
Lo cual realmente es una cosa extraña. Porque no hay nada joven en la obra de Zelazny.
Sus historias se hunden hasta las rodillas en la madurez y la sabiduría, en una bravura de
estilo que rompe reglas de las cuales la mayoría de escritores sólo sospechan su existencia.
Sus conceptos son frescos, sus ataques, osados, sus resoluciones, generalmente cortantes.
Eso nos lleva inexorablemente a la conclusión de que Roger Zelazny es la reencarnación de
Geoffrey Chaucer.
Rara vez un autor es tan reconocido y aplaudido en estos estadios de su desarrollo
(particularmente en el inconstante y estúpido campo de la ciencia ficción) como lo ha sido
Zelazny. Constituye un tributo a su tenacidad, su talento y sus visiones personales del mundo
el que, en cualquier lista de los principales autores de ficción especulativa, el nombre de

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Roger Zelazny aparezca siempre de forma destacada. Podemos deleitarnos con la
perspectiva de muchos años de excelentes historias surgidas de su máquina de escribir,
como esta última entrega, considerando el comentario que sigue como una penetrante
extrapolación de nuestra "cultura móvil".
Aún recuerdo el ardiente sol sobre las arenas de la Plaza de Autos, los gritos de los
vendedores de refrescos, las hileras de humanidad instaladas al otro lado frente a mí en el
soleado tendido de la arena, las gafas de sol como cavidades en sus relucientes rostros.
Aún recuerdo los aromas y los colores: los rojos, azules y amarillos, el omnipresente olor de
los vapores de petróleo en el aire.
Aún recuerdo aquel día, aquel día con su sol en medio del cielo y del signo de Aries,
ardiendo en aquel inicio del año. Recuerdo los pequeños pasos de los bombistas, las
cabezas echadas hacia atrás, los brazos agitándose, la deslumbrante blancura de sus
dientes enmarcada en unos labios sonrientes, los trapos asomando como coloreadas colas
por los bolsillos traseros de sus monos; y las bocinas…, recuerdo el resonar de mil bocinas
por los altavoces, intermitentemente, a golpes, una y otra vez, y de nuevo, y luego una
vibrante nota final, sostenida, para romper los tímpanos y el corazón con su infinita potencia,
su pathos.
Y luego el silencio.
Lo veo de nuevo, como lo vi aquel día hace tanto tiempo…
Él entró en la arena, y el grito que resonó sacudió el cielo azul sobre sus pilares de mármol
blanco.
—¡Viva! ¡El mechador! ¡Viva! ¡El mechador!
Recuerdo su rostro, oscuro, triste y sabio.
Largo de mandíbula y de nariz, su risa era como el rugir del viento, y sus movimientos, como
la música del theramin y del tambor. Su mono era azul y plata, ajustado y adornado con
galones de oro, y bordado por todas partes con trenzas negras. Su chaquetilla estaba
engalanada con abalorios y resplandecientes lentejuelas sobre el pecho, los hombros y la
espalda.
Sus labios se curvaron en la sonrisa de un hombre que ha conocido mucha gloria y ha
retenido el poder que le aportará mucha más.
Avanzó, girando en un círculo, sin proteger sus ojos del sol.
Estaba por encima del sol. Era Manolo Stillete Dos Muertos, el mejor mechador que el
mundo había visto nunca, botas negras cubriendo sus pies, pistones en sus muslos, dedos
con la discreción de micrómetros, halo de oscuros rizos sobre su cabeza, y el ángel de la
muerte en su brazo derecho, allí, en el centro de aquel círculo de la verdad manchado de
grasa.
Agitó una mano, y el grito se elevó de nuevo.
—¡Manolo! ¡Manolo! ¡Dos Muertos! ¡Dos Muertos!
Tras dos años de ausencia del ruedo, había elegido aquel día, el aniversario de su muerte y
retirada, para volver…, porque había gasolina y metilo en su sangre, y su corazón era una

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bruñida bomba rodeada de deseo y coraje. Había muerto dos veces en la arena, y dos veces
los médicos lo habían resucitado. Tras su segunda muerte se había retirado, y alguien dijo
que era porque había conocido el miedo. Aquello no podía ser cierto.
Agitó la mano, y su nombre resonó sobre él.
Las bocinas sonaron una vez más: tres largos acordes.
Luego se produjo de nuevo el silencio, y un bombista vestido de rojo y amarillo le trajo la
capa y le quitó la chaquetilla.
El dorso aluminio brillante de la capa llameó al sol cuando Dos Muertos la hizo girar.
Entonces llegaron las últimas y cortas notas.
La gran puerta se abrió hacia arriba y hacia dentro en la pared. Dobló la capa sobre su brazo
y se enfrentó a la abertura.
La luz de encima era roja, y desde la oscuridad le llegó el sonido de un motor.
La luz cambió a amarillo, luego a verde, y hubo el sonido de un precavido cambio de
marchas.
El coche apareció lentamente en el ruedo, se detuvo, avanzó un poco más, se detuvo de
nuevo.
Era un Pontiac rojo, el capó retirado, su motor como un nido de serpientes, silbando y
agitándose tras el brillo circular de su invisible ventilador. Las alas de su estabilizador giraron
y giraron, y finalmente se clavaron en Manolo y su capa.
Había elegido uno pesado para empezar, lento en el giro, para que le diera la posibilidad de
desentumecer un poco sus miembros.
Los tambores del cerebro del Pontiac, que nunca antes habían registrado un hombre,
estaban girando.
Luego la conciencia de su clase hizo presa en él, y avanzó.
Manolo hizo dar un molinete a su capa y pateó un guardabarros cuando pasó rugiendo por
su lado.
La puerta del gran garaje se cerró.
Cuando alcanzó el lado opuesto del ruedo, el coche se detuvo, aparcado.
Gritos de disgusto, silbidos e insultos brotaron de la multitud.
El Pontiac seguía aparcado.
Dos bombistas, portando cubos, salieron de detrás de la barrera y lanzaron barro contra su
parabrisas.
Entonces rugió y persiguió al más próximo, golpeando contra la barrera. Luego se volvió
bruscamente, miró a Dos Muertos y cargó.
La verónica del mechador transformó a éste en una estatua bordada de plata. El entusiasmo
de la multitud fue enorme.

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El Pontiac se volvió y cargo de nuevo y me maravillé de la habilidad de Manolo, porque había
dado la impresión de que sus botones rayaban la pintura color cereza de los paneles
laterales del vehículo.
Luego éste hizo una pausa, giró sobre sus ruedas, rodó en un círculo en tomo al ruedo.
La multitud rugió cuando pasó cerca de ella y dio otra vuelta.
Luego se detuvo de nuevo, quizás a unos veinte metros de distancia.
Manolo le volvió la espalda y saludó a la multitud.
De nuevo los gritos y la repetición de su nombre.
Hizo un gesto a alguien detrás de la barrera.
Salió un bombista trayéndole su llave inglesa cromada, sobre un almohadón de terciopelo.
Entonces se volvió de nuevo hacia el Pontiac y avanzó hacia él.
El coche permaneció allí, estremeciéndose, y el hombre hizo saltar el tapón de su radiador.
Un chorro de vapor se alzó en el aire, y la multitud aulló. Entonces Manolo golpeó el frente
del radiador y cada uno de los guardabarros.
Le dio nuevamente la espalda y se mantuvo inmóvil.
Cuando oyó el crujido de la caja de cambios, se volvió de nuevo y, con un elegante pase, lo
dejó pasar, no sin antes golpear un par de veces su maletero con la llave inglesa.
El coche se dirigió al otro extremo del ruedo y aparcó.
Manolo alzó su mano al bombista al otro lado de la barrera.
El hombre con el almohadón saltó y corrió hacia él, llevándole el destornillador de mango
largo y la capa corta. Se llevó consigo la llave inglesa, así como la capa larga.
De nuevo se hizo el silencio en la Plaza de Autos.
Como si captara todo aquello, el Pontiac se volvió una vez más e hizo sonar dos veces la
bocina. Luego cargó.
Había manchas oscuras en la arena allí donde su radiador había soltado agua. Su tubo de
escape se alzaba tras él como un fantasma. Cargó a una terrible velocidad.
Dos Muertos alzó la capa ante él y descansó el extremo del destornillador sobre su
antebrazo izquierdo.
Cuando parecía que sin duda alguna iba a ser atropellado, su mano salió disparada hacia
delante, tan rápida que los ojos apenas pudieron seguirla, y él saltó a un lado mientras el
motor empezaba a toser.
El Pontiac siguió adelante por efecto de la inercia, giró bruscamente sin frenar, volcó de lado,
se deslizó hacia la barrera y empezó a arder. Su motor tosió de nuevo y murió.
La Plaza se agitó con los vítores. Concedieron a Dos Muertos los dos faros y el tubo de
escape. Los alzó ante él y avanzó en un lento paseo en tomo al perímetro de la Plaza.
Sonaron las bocinas. Una dama le arrojó una flor de plástico, y él le hizo llevar por un
bombista el tubo de escape, indicándole que le preguntara si quería cenar con él. La multitud

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le vitoreó más fuertemente, porque era bien sabido que era un gran mujeriego, y en aquellos
tiempos de mi juventud no era algo tan poco usual como lo es hoy en día.
El siguiente era el Chevrolet azul; jugó con él como un niño juega con un gatito,
atormentándolo hasta la locura, y luego parándolo para siempre. Recibió los dos faros. Para
entonces el cielo se había nublado un poco, y sonaban a lo lejos algunos truenos.
El tercero era un Jaguar XKE negro, que requieren la mayor destreza posible y no
proporcionan sino un brevísimo momento de la verdad. Había sangre además de gasolina
sobre la arena antes de que lo despachara, porque su retrovisor lateral salía más de lo que
parecía, y hubo una línea rojiza a lo largo de las costillas del mechador antes de que acabara
con él. Sin embargo, le arrancó su sistema de ignición con tanta gracia y arte que la multitud
hirvió en torno a la arena, y hubo que avisar a los guardias para que los hicieran retroceder a
golpes de porra y aguijones eléctricos y los condujeran de vuelta a sus asientos.
Después de todo aquello, ya nadie podría decir que Dos Muertos había conocido alguna vez
el miedo.
Se levantó una fría brisa; compré un refresco aguardé al último.
Su último coche salió a toda velocidad cuando la luz estaba todavía amarilla.
Era un Ford descapotable color mostaza. Cuando pasó por su lado la primera vez, hizo sonar
la bocina y puso en marcha los limpiaparabrisas. Todo el mundo aplaudió, porque aquello
quería decir que tenía temple.
Luego se detuvo en seco, puso marcha atrás, y retrocedió hacia él a más de setenta por
hora.
Manolo se salió de su camino, sacrificando la gracia a la rapidez, y el coche frenó en seco,
pasó a primera y avanzó de nuevo.
Dos Muertos agitó la capa, y le fue arrancada de las manos. Si no se hubiera echado hacia
atrás con toda rapidez, habría recibido un buen golpe.
Alguien gritó entonces:
—¡Está fuera de alineación!
Pero el mechador se puso en pie, recuperó su capa y lo enfrentó de nuevo.
Se habla aún de los tres pases que siguieron. ¡Nunca se había visto flirtear de tal modo con
el parachoques! ¡Nunca en toda la Tierra se había visto un encuentro como aquél entre
mechador y máquina! El descapotable rugió como diez siglos de muerte aerodinámica; el
espíritu de san Detroit se sentaba en el asiento del conductor, sonriendo, mientras Dos
Muertos se enfrentaba a él con su capa forrada de aluminio, citándole y reclamando su llave
inglesa. El coche protegió su sobrecalentado motor e hizo subir y bajar los cristales, arriba y
abajo, arriba y abajo, aclarando su tubo de escape con ruidos como de cisterna de water y
mucho humo negro.
Entonces empezó a llover, lentamente, suavemente, y el trueno se acercó a nosotros.
Terminé mi refresco.

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Dos Muertos nunca había utilizado su llave inglesa con el motor antes, sólo con la carrocería.
Pero esta vez la lanzó. Algunos expertos dicen que apuntaba al distribuidor; otros, que
intentaba romper la bomba de la gasolina.
La multitud lo abucheó.
Algo viscoso goteaba del Ford sobre la arena. La línea roja se estaba ensanchando en el
costado de Manolo. La lluvia seguía cayendo.
No miró a la multitud. No apartaba sus ojos del coche. Alzó la mano derecha, con la palma
hacia arriba, y aguardó.
Un jadeante bombista colocó el destornillador en su mano y se alejó corriendo de vuelta a la
barrera.
Manolo se echó a un lado y aguardó.
El coche saltó hacia él, y el mechador golpeó.
Hubo más abucheos.
Había fallado la muerte.
Nadie se fue, sin embargo. El Ford empezó a dar vueltas en torno a él en círculos cada vez
más cerrados, con su motor ahora humeando. Manolo se frotó el brazo y recogió el
destornillador y la capa que había dejado caer. Hubo más abucheos cuando lo hizo.
De pronto el coche estuvo sobre él, con su motor en llamas.
Algunos dicen que Manolo golpeó y falló de nuevo, perdiendo el equilibrio. Otros, que
empezó a golpear, cogió miedo y retrocedió. Por último, hay quien dice que, quizá por un
instante, sintió una fatal piedad hacia su valeroso adversario, y aquello retuvo su mano. Yo
digo que el humo era demasiado denso para que nadie pudiera ver con seguridad lo que
había ocurrido.
Lo cierto es que el coche hizo un giro y el hombre cayó hacia delante, y fue arrastrado sobre
aquel motor, ardiendo como el catafalco de un dios, para ir al encuentro de su tercera muerte
mientras ambos se estrellaban contra la barrera y desaparecían entre las llamas.
Hubo muchas disputas acerca de aquella última corrida, pero, lo que quedaba del tubo de
escape y los dos faros fueron enterrados con lo que había quedado de él, bajo la arena de la
plaza, y hubo muchos llantos entre las mujeres que lo habían conocido. Yo digo que no
puede haber tenido miedo ni sentido piedad, porque su fuerza era como una ristra de
cohetes, sus muslos eran pistones, y los dedos de sus manos tenían la discreción de
micrómetros; su pelo era un halo negro, y el ángel de la muerte rondaba por su brazo
derecho. Un hombre así, un hombre que ha conocido la verdad, es más poderoso que
cualquier máquina. Un hombre así está por encima de todo excepto el poder y la gloria.
Ahora sin embargo está muerto, por tercera y última vez. Está tan muerto como todos los
muertos que hayan muerto nunca ante un parachoques, bajo el morro, entre las ruedas. Y
está bien que no pueda volver a levantarse, porque digo que ese último coche fue su
apoteosis, y cualquier otra cosa sería un anticlímax. Una vez vi una brizna de hierba
creciendo entre las hojas de metal del mundo en un lugar donde habían quedado algo
separadas, y la destruí porque sentí que debía de sentirse muy sola. A menudo he
lamentado haber hecho eso, porque arranqué la gloria de su unicidad.

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Durante todo el camino de vuelta a casa pensé en ello, y los cascos de mi montura
resonaban sobre el suelo de la ciudad mientras cabalgaba bajo la lluvia hacia el anochecer,
aquella primavera.
Ésta es la primera vez que tengo ocasión de dirigirme a los lectores de una de mis historias,
directamente y no por medio de nuestro juego mimético. Aunque acepto la noción de que un
escritor debería presentar un espejo de la realidad, no creo necesario que deba ser del tipo
que uno utiliza para mirarse mientras se afeita o se depila las cejas, o ambas cosas a la vez
si se da el caso. Si debo llevar a todas partes un espejo, para enfocarlo a la realidad si
alguna vez la encuentro, no hay razón para que no disfrute la carga tanto como me sea
posible. Mi forma de hacerlo es cargar con uno de esos espejos que uno podía ver en las
casas de la risa, en los tiempos en que aún existían las casas de la risa. Naturalmente, nada
de lo que refleja es tan atractivo o tan sombrío como puede llegar a serlo ante el ojo
desnudo. A veces parece más atractivo, o más sombrío. Uno no lo sabe realmente, hasta
que prueba el espejo deformante. Y es terriblemente difícil mantener fija esa resbaladiza
cosa. Un parpadeo y —¿quién sabe?— tiene usted sesenta centímetros de altura. Un
estornudo, y que el Buen Señor Dios les sonría. Vivo en un miedo mortal de dejarlo caer. No
sabría qué hacer sin él. Vivir más alegre, probablemente. De todos modos, amo mi fría y brillante carga. Y no voy a decir nada de la precedente historia, porque si ella misma no ha
dicho todo lo que se suponía tenía que decir, entonces es culpa mía, y no voy a intentar
dignificarla con más palabras. Cualquier error es siempre atribuible al espejo—a la forma en
que yo lo estoy sujetando, o a la forma en que ustedes se están mirando en él—, así que no
me culpen. Yo simplemente trabajo aquí.