Cerdo
I
Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo
en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron
por nombre Lexington.
En cuanto la madre regresó del hospital, con él
en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un
restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.
Su marido la besó con ternura y le dijo que una
mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde
quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de
un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.
«No», respondió ella, pero daba igual.
Así que aquella noche los dos se pusieron ropa
de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber
dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa
por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. Cada uno se comió un
langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a
un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante
varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían,
admirados, cada uno de los rasgos fisicos de su encantador hijo recién nacido.
Volvieron a su casa, situada en el East Side de
Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó
los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado
en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase
la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que
estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el
marido.
Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó
nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto.
Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera
(McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer
piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. La
mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a
solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Sólo hacía dos días que la conocían,
y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se
estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la
hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a
oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar
tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.
—No usa almohada —dijo el marido—, así que no
te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.
Con tanto champán se sentía muy valiente; se
agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó.
Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del
comedor, que estaba en el piso bajo.
—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de
la paga de McPottle.
Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó
una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después
levantó la ventana.
—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y
tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.
Con este movimiento, la gran boca roja de ella
quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia
que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos
apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que
siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacia ruidos
guturales, como si estuviera tragando algo. Por fin, el marido le dio la vuelta
y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana
abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía
silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y
tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el
marido y la mujer, revólver en mano.
—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos
arriba!
Pero al marido le era imposible cumplir la
orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al
suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la
casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo
que siguió empujándola galantemente para que entrara. Los polis, que habían
recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de
que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un
blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos
cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.
Y así es como quedó huérfano el pequeño
Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.
II
Los familiares se enteraron de la muerte de la
pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la
mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la
funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota
en sendos taxis. Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo
en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían
qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.
En seguida se puso de manifiesto que ninguno
estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se
prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi
irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no
ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no
podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se
fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando
el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente.
Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa
estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni
un céntimo.
A las seis de la tarde seguían discutiendo como
locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo
apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni
darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o
jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de
hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. Y aún más, añadió,
asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y
todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia
tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño,
arranco a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la
criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían
allí sentados y sonreían con alivio. McPottle, la niñera, contemplaba la escena
en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los
brazos cruzados sobre la pechera almidonada.
Y así fue como Lexington, a los trece días de
edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con
su tía-abuela Glosspan en el estado de Virginia.
III
La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando
pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan
vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado,
pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían
chispitas al mirar. Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco,
porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba
amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia
de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora
virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan
era ambas cosas.
Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe
duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una
casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo
más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín,
tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.
Y ahora también tenía al pequeño Lexington.
Era una vegetariana rigurosa y consideraba el
consumo de carne no sólo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel.
Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura,
nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería
sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón
murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan
triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.
No tenía ni la más elemental noción sobre niños
pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de
Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a
Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de
imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía
desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le
cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.
—Esto no tiene nada de particular —dijo,
tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular. Y,
curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño
Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía
hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo
miraba, y lo cubría de besos todo el día.
IV
Cuando cumplió seis años Lexington era un niño
guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era
listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los
huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla,
sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la
montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía
Glosspan.
Pero no podía soportar la idea de mandarlo
lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él,
aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero
tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo
obligarían a comer carne desde el primer día.
—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una
ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la
cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.
El niño se la quedó mirando con sus grandes
ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico -dijo.
—Y lo primero que haría sería enseñarte a
cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.
—Te guste o no, tendrás que aprender algún día
—dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la
gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance
con el doble de habilidad.
—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las
personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza
con desagrado.
—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.
El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los
comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueran, bonito. Los matan.
—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un
cuchillo.
—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.
—¡Vacas! —exclamó el niño-. ¿Como Daysy, o
Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.
—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más
les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les
encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.
—¿Y también se comen los cerdos?
—Les chiflan.
—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el
chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.
—¿Pollos?
—A millones.
—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a
la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?
Poco después empezaron las clases. Cubrían
cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última
era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró
en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. Era un
cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y
era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar
en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una
sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir
la existencia de una hojita de salvia. A la tía Glosspan todo esto le resultaba
un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué
hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para
el chico.
—Es una auténtica bendición contar con un
jovencito como tu para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.
Al cabo de dos años abandonó por completo la
cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la
casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.
Con la cocina a su disposición, Lexington
empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le
interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad
imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.
—Empezaré por un souffle de castañas -dijo.
Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma
noche. Fue un éxito clamoroso.
—¡Eres un genio! -exclamó la tía Glosspan, saltando
de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!
De ahí en adelante raro era el día en que no
presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de
Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût
vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas
rellenas de col, chalotas à la bonne
femme, mousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso
tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea
y muchas otras delicias. La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado
platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al
porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida,
relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.
—¿Qué vas hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.
—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí
—decía, aspirando con fuerza.
Y entonces salía aquel niño de diez años con
una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso
hecho enteramente con chirivías e hierbas.
—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía
mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de
cocina.
El niño la miró desde el otro extremo de la
mesa masticando lentamente chirivías.
—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he
enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las
dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.
—Muy bien -dijo el niño-. Lo haré.
Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir
la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su
vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.
Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete,
había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.
Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente
por la trágica muerte de tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y
Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía
tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo
encogido, formando complicados nudos. Era una visión espantosa, y el agitado
joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber
qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de
agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero sólo sirvió para
intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.
—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras
pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan
rápido, y así, de repente! Si hace sólo unas horas parecía estar estupendamente
y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de
setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...
Después de sollozar con amargura durante varios
minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró
detras del establo.
Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas
de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de tía
Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:
«Querido muchacho —decía la
carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que
tenias trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de
zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a
ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo
a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará
todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para
el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues
allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas
culinarios y vegetarianos, y que silgas trabajando en ese gran libro hasta que
esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que
te quiere, Glosspan.»
Lexington, que siempre había hecho lo que le
ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia
y bajó al pueblo, donde vivía el médico.
—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios
mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene
usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.
—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó
el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.
—¿Cuanto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.
—Entonces, está muerta —declaró el médico—.
Aquí tienes el certificado.
VI
Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York
para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos,
alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a
la gran ciudad.
—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a
su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta
Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen
en lo más mínimo a tía Glosspan.
En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se
parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un
hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color
magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban
destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho
estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su
tía.
—Supongo que sabrá usted que su querida tutora
era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?
—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?
—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha
dejado todo a usted.
El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su
silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a
escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para
rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio
favorito, que le producía un extraño placer.
—Naturalmente, tendré que descontar el
cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aún así le quedan a usted
doscientos cincuenta billetes de mil.
—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es
fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?
—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted
la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los
recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de
que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.
—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas
personas un pequeño honorario.
—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.
—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un
inspector de impuesto ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.
—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí?
—preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que
restar los gastos del funeral.
—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es
que no lo sabía?
—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo
detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y
qué?
—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann
pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que
dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su
herencia hasta que haya pagado a la funeraria.
—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que si, y además muy buena. Una de
nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla
a toda costa.
El señor Zuckermann, junto con un grupo de
médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía
una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una
fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para
posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era,
a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía
tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los
tenderos.
—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así
—dijo-. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.
—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo
único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.
Se hizo el silencio. El señor Zuckermann
suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo
a escondidas.
—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo
relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números
redondos.
—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.
El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le
dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos
menores y que éste a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir
por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después
estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su
ayuda y salió del despacho.
—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al
llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique
mi libro, y después tendré mucho más.
Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia
dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo,
contemplando la ciudad.
—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el
aire—. Es insoportable.
Sus delicados nervios olfativos, adiestrados
para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían
torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.
—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me
destroce la nariz —se dijo-. Pero antes habrá que comer algo. Estoy
desfallecido.
El pobre chico no había tomado más que hierbas
y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por
una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos
de salsifí bien jugosos.
Cruzó la calle y entró en un pequeño
restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el
único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto,
inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.
Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón
y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo.
En mis diecisiete años de vida sólo he probado los guisos de dos personas: los
de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió
calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a
punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré
alguna idea útil para mi libro.
Un camarero salió de las sombras, se acercó a
Lexington y se detuvo junto a su mesa.
—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—.
Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por
cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas
hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un
método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.
El camarero ladeó la cabeza y miró
detenidamente a su cliente.
—¿Quiere usted puerco
asado con col? Es lo único que nos queda. (El
protagonista desconoce la palabra que se emplea en inglés para designar al
cerdo cocinado, paré, que es distinta de la que se utiliza para el animal vivo,
pig.
<N. da la T.>)
—¿Asado de qué?
El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un
pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si
restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de
líquido.
—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar,
secándose las narices.
—No tengo ni la más remota idea de lo que es
—contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un
libro de cocina, sabe usted, y yo...
—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y
desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió
una voz.
El camarero desapareció. Lexington cogió de la
mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis
años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros
instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a
abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.
El camarero volvió al poco tiempo con un plato
en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente.
Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo
sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma,
y le temblaban.
—¡Pero esto es una auténtica maravilla!
—exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!
El camarero retrocedió un paso, observando con
curiosidad a su cliente.
—¡En mi vida había olido una cosa tan
deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el
tenedor—. ¿De qué está hecho?
El hombre del sombrero marrón se le quedó
mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba
hacia la cocina.
Lexington cortó un trocito de carne, la empaló
en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A
continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos
entrecerrados y el cuerpo en tensión.
—¡Es fantástico! —exclamó— ¡Es un sabor
completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuanto me gustaría que
estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero,
venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!
El asombrado camarero le observaba desde el
otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.
—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo
—dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.
El camarero volvió a la mesa con precaución,
agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos.
Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.
—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío?
—preguntó.
—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con
qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré
otros cien.
—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es
puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?
—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el
camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo
que es y déjese de misterios.
—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en
el horno y ya está.
—¡Cerdo!
—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?
—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el
joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne
de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y,
sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he
probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me
hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.
—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el
camarero.
—¿Usted cree?
—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace
muy bien o no hay quien se lo coma.
—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que
es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete
de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha
preparado esta carne.
El camarero llevó a Lexington a la cocina
inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor
con una erupción en el cuello.
—Esto le costará otros cien —dijo el camarero.
Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al
cocinero.
—Mire, he de admitir que me ha dejado muy
confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted
completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba
preparado con carne de cerdo?
El cocinero alzó la mano derecha y se puso a
rascarse la erupción del cuello.
—Bueno —respondió mirando al camarero y
haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era
carne de cerdo.
—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.
—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy
despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo
de carne humana.
—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.
—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas,
porque saben igual.
—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.
—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda
mucha carne de ésta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.
—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir
una de la otra. Son las dos muy buenas.
—El trozo que acabo de comer era sencillamente
extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el
cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy
casi seguro.
—¿Completamente seguro?
—Pues si.
—En ese caso habrá que pensar que tiene usted
razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien
dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.
El cocinero, tras guardarse el dinero, inició
una descripción colorista de cómo usar una talada de cerdo, mientras el joven,
que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa
de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.
Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?
—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.
—Para empezar, hay que contar con una buena
pieza de carne —añadió el cocinero—. En
eso consiste la mitad del secreto.
Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no
queda asqueroso por muy bien que se cocine.
—Enseñeme a hacerlo —dijo Lexington—.
Despiéceme uno ahora para que aprenda.
—En la cocina no matamos cerdos —dijo el
cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.
—¡Pues deme la dirección!
El cocinero le dio la dirección, y nuestro
héroe, tras deshacerse en
agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se
dirigió al Bronx.
VII
El matadero era un edificio grande de ladrillo,
de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de
almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE
VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado
por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba
el edificio.
Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON
GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se
encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES).
Entró tras llamar educadamente a la puerta.
En la sala de espera había seis personas
delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once
años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de
miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que
miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. Lexington
pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se
lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa
y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron
mirando como si se tratara de un loco.
Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara
sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.
La madre y los dos chicos se levantaron y
salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El
siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y
lo siguió afuera.
Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron.
Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba
una cesta de mimbre con comida.
—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la
mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.
Entraron algunas personas más y tomaron asiento
en las sillas de madera de respaldo recto.
El guía regresó por tercera vez al cabo de poco
tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.
—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando
el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.
—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington,
saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi
querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.
—Yo sólo explico los preliminares —dijo el
guía—. Después le pondré en manos de otra persona.
—Lo que usted quiera —replicó el joven,
fascinado.
En primer lugar visitaron una zona amplia
rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban
varios cientos de cerdos.
—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y
por allí entran.
—¿Dónde?
—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado
de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el
corral de encadenado. Por aquí, por favor.
Tres hombres con altas botas de caucho
conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se
acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.
—Mire cómo los amarran —dijo el guía.
Por dentro, el cobertizo era simplemente una
habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con
ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un
metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba
bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto,
hacia el piso superior del edificio principal.
Los doce cerdos estaban amontonados en el
extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres
con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el
animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la
cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a
un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. El cable siguió
moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás
y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se
cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres
patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero
fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde
el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente
y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.
—Es un proceso realmente fascinante —dijo
Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el
momento en que subía el cerdo?
—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O
la pelvis.
—¿Y eso no importa?
—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—.
Los huesos no se comen.
Los hombres con botas de caucho no paraban de
encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo
entre fuertes gruñidos de protesta.
—Esta receta no consiste solamente en recoger
hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa
así.
En ese momento, mientras Lexington miraba el
último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le
acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al
tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. Al momento
siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo,
nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso
de cemento del corral de encadenado.
—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha
enganchado una pierna!
Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco
segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia
arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado
por un tobillo y culebreando como un pez.
—¡Socorro! —gritó-. ¡Socorro! ¡Ha habido una
terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!
El guía se quitó el puro de la boca y miró
serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada.
Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente
grupo de cerdos.
—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme
bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!
Pero ya se acercaba al piso superior del
edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por
un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral,
esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con
manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo,
estaba el matarife.
Lexington le vio del revés y sólo breves
segundos, pero aún así observó inmediatamente la expresión de paz y
benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la
sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo
concebir esperanzas.
—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.
—Con mucho gusto —replicó el matarife y,
cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la
derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.
El cinturón continuó moviéndose y Lexington con
él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en
los ojos, pero aún veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en
una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de
agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el
vapor, que bailaban blandiendo largas varas. Le pareció que la cinta
transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno
tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes
blancos en las patas delanteras.
De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho
sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de
sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.