«Estamos
tan lejos de conocer todas las fuerzas de la naturaleza y sus diversas formas
de actuar, que sería vergüenza de filósofo negar la existencia de esos
fenómenos en base a su enigma para los conocimientos actuales. Nosotros estamos
obligados sólo a investigar los fenómenos, y mientras más minuciosamente lo
hagamos, más difícil será reconocer su existencia».
P. S. Laplace
Jugaban
perezosamente; frente a cada jugador se amontonaba la misma cantidad de fichas
multicolores, a pesar de que llevaban ya tres horas de juego. Alrededor de la
mesa se hallaban cuatro individuos, ni más ni menos, tal como lo exigía el
poker clásico. Los cuatro eran pasajeros del «Tuscarora», coloso transoceánico
que hacía su travesía regular desde Europa a Australia. Habiéndose conocido por
la mañana, se reunieron por la tarde en la mesita más apartada del pequeño
salón y, desde allí, observaban con indiferencia las sombras de los bailadores
de la sala contigua.
El mayor
de ellos, grueso y vestido con un traje gris, elegante, tenía cerca de
cincuenta años. Por algunos indicios era posible acertar su antigua profesión:
ex marinero. Lo corroboraban, el tabaco especial con el cual llenaba de tiempo
en tiempo su pipa, el modo de andar y algunos términos profesionales de los
marineros que se infiltraban de vez en cuando en su conversación.
El
segundo de ellos, joven y de aspecto enfermizo, miraba asustado las cartas que
sostenía en las manos. Cuando le caía una buena combinación, sus dedos movían
inquietos las fichas.
—Usted
debe jugar con máscara —dijo entre dientes el marinero—. Por la expresión de su
rostro conozco las cartas que tiene.
El
hombre sentado a su izquierda rióse con indulgencia. Por sus movimientos
rápidos al dar las cartas y su rostro impenetrable durante las jugadas, era
posible adivinar en él a un verdadero jugador. Fumaba continuamente uno y otro
cigarrillo.
El
cuarto, alto y de contextura atlética, jugaba con indiferencia como si no le
importara el resultado del juego.
De
súbito, empezó a ser presa de todos esa tensión que preludia a las grandes
partidas. Los jugadores aumentaron la banca tres veces consecutivamente y
ninguno salió del juego.
—Diez
—dijo tímidamente el joven caquéctico, y sus dedos se agitaron convulsos.
—Respondo
a sus diez y aumento a doscientos —dijo el banquero repartiendo hábilmente las
cartas.
El
marinero, sin vacilaciones, aumentó la puesta hasta quinientos.
El joven
atlético agregó:
—Nivelo.
Y calló.
Todos
aumentaron de nuevo la puesta. En medio de la mesa crecía el montón de fichas.
Esta era una gran banca.
El joven
flaco de dedos inquietos fue el primero de ellos que no pudo dominar sus
nervios. Salió del juego. Tras él se entregó otro, que sospechaba la gran
jugada que tenían en manos el marinero y el deportista. Su intuición de jugador
no le engañó.
—Doscientos
—dijo el marinero.
—Nivelo
—dijo su contrario.
—¿No
desea agregar algo más a la puesta? —inquirió desilusionado el marinero.
—No
—respondió el deportista— ¿Qué tiene?
—¡Poker!
Cuatro ases —exclamó el marinero enseñando las cartas y recogiendo las fichas
de la banca.
—Y yo
tengo una escalera de color —afirmó el deportista mirando tranquilamente al
marinero—. Una escalera de color de corazones.
—¡No
puede ser! —exclamó agitado el marinero, mientras comprobaba las cartas de su
contrario.
Efectivamente,
era una escalera de color, fenomenal: cinco cartas seguidas desde el nueve
hasta el rey de un mismo color y palo.
—Asombroso.
En mis treinta años de jugador es la segunda vez que veo derrotar a cuatro ases
con una escalera de color de corazones.
El
deportista recogió las fichas y cuidadosamente hizo con ellas torres. Frente a
los otros ya no quedaban casi fichas. Esta banca lo engulló todo.
El
marinero seguía inquieto:
—Pero
¿por qué no aumento la apuesta, si yo de todas maneras me hubiera lanzado hasta
el final con mis cuatro ases tontos? Usted hubiese podido dejarme en cueros.
—¿Para
qué? —contestó a modo de pregunta el atleta.
—De eso
modo no podrá conseguir nada en la vida —afirmó severo el marinero—. No hay que
dejar pasar así a la suerte. Quién sabe cuando ella volverá de nuevo. No se le
debe tentar.
El
deportista se rió, mostrando una agradable sonrisa infantil.
—Es
probable, que tenga razón —respondió él—. Hasta creo que así es, mas, a veces,
cambio esas reglas de juego.
—Hace
mal —afirmó el marinero—. Algún día lo lamentará.
El baile
de la sala contigua había concluido y la gente iba llenando lentamente el salón
donde charlaban ellos. Los camareros distribuían botellas por las mesas de los
concurrentes.
De
súbito, una mujer gritó desde la mesa vecina, en tanto que señalaba hacia un
punto del salón:
—¡Un
ratón! ¡Acabo de ver un ratón allí!
Uno de
los camareros se lanzó hacia la cortina. Tras ella se hallaba sentado un gatito
gris.
—En el
«Tuscarora» no hay ratones —replicó con orgullo el camarero.
—Esto
sólo me hubiera tranquilizado —farfulló el marinero—. Se está más tranquilo
cuando en el barco hay ratones. Estos poseen el extraño sentido de prever la
catástrofe. Cuando ésta es inminente, ¡abandonan el barco!
—¡De qué no hablan los hombros cuando están
solos! —dijo a su marido una mujer de la mesa contigua—. Estos ya están
hablando de ratones.
—Recuerdo
ahora la asombrosa historia que me sucedió —dijo el marinero—. Hace unos años
yo era capitán y dueño... Escúchenme, ¿no necesitan Uds. saber cómo se llamaba
el barco? ¿Eh? Bien... Transportaba todo lo que me proponían, pero esto no me
daba casi ninguna ganancia. En el barco trabajaban dieciocho hombres y todavía
me asombra cómo se las ingeniaban para poder comer con los céntimos que les
daba. Seguramente, los únicos que estaban satisfechos con el barco eran los
ratones. Una cantidad enorme de ellos se había apoderado del barco.
El
marinero bebió un poco de coñac y continuó:
—Cierta
vez me tropecé con uno de mis amigos, que trabajaba en una compañía de seguros,
y decidí asegurar mi barcote. En la compañía, como es natural, no sabían que él
era mi amigo. Lo aseguramos. Al otro día debíamos levar anclas. Fue cuando
convenimos, mi amigo y yo, hundir la goleta a diez millas del puerto de
destino. En mi barco había una ballenera para la tripulación. Como ustedes
pueden deducir, mi amigo y yo éramos los únicos que sabíamos del eventual
hundimiento, pues sólo así podíamos evitar conflictos. Cuando a la mañana
siguiente me dirigía al barco, vi algo que me heló la sangre. Cualquier
marinero hubiera experimentado lo mismo que yo en caso de ver lo que sucedía:
de la nave salían corriendo los ratones. Huían por los cables y se tiraban por
la borda al amarradero. Salían asustados por todas las ranuras del barco y se
lanzaban al agua, para nadar hacia el muelle. A los pocos segundos en el barco
no quedó ni uno. Los marineros tenían un aspecto fúnebre. A poco, dijeron que
no saldrían a alta mar porque a la nave le ocurriría una desgracia. Dos de
ellos y el contramaestre bajaron a la bodega para comprobar si había o no
averías; los otros permanecieron inactivos. Quedé confuso y esto lo notaron
ellos. Luego, después de convencerlos, salimos a alta mar. Lo que sucedió
después fue muy simple: por la noche abrí el kingston o la toma de agua, y por
la mañana llegamos a la playa en la ballenera. Luego recibí al segundo. La
gente habla mucho sobre el instinto de los animales. Y sin embargo, sobre la cuestión de que si mi barco iría al
fondo del mar aquella noche, lo sabíamos únicamente mi amigo y yo. ¿De que
formas pudieron adivinar esto los ratones?
El
marinero observó victoriosamente a sus interlocutores.
Todos
callaban.
Al fin,
el joven de aspecto enfermizo afirmó:
—En todo
eso hay cierta mística. En esto, si Ud. quiere saberlo, hay algo sobrenatural.
—¿Está
usted seguro de que esa historia ocurrió tal como nos la ha contado? —inquirió
sonriendo el jugador de poker.
—Oiga,
joven —interpeló severo el marinero, apartando su vaso hacia un lado—, no me gusta su tono. ¿Es que Ud. no
está acostumbrado a conversar con personas decentes?
El
jugador de poker se levantó agresivo, pero fue detenido por la mano que le puso
en el hombro el atleta, quien suplicó:
—¡Calma!
¡No llagan ruido, por favor! Observen cómo nos miran. Yo le creo —agregó,
dirigiéndose al marinero—. Usted no se imagina lo mucho que le creo. Nunca
había tenido tanta fe en cosa alguna como en lo que acaba de contarnos. Le doy
crédito a sus palabras, porque conozco un caso muy parecido, que me sucedió...
¡Caramba! —exclamó riéndose inesperadamente—. Algunas veces deseamos contar lo
que no nos atrevemos a relatar ni a nuestro mejor amigo... Y bien, ¿cómo
empezaré? ¿Han oído mencionar el nombre de Santo di Chaves? —inquirió.
—¡Vaya!
¡Qué pregunta! —exclamó asombrado el jugador de poker—. No sólo lo he oído
mencionar, sino que estoy sordo de tanto oírlo. La última vez que lo oí fue
hace ya cosa de una semana. Ese nombre pendía sobre el estadio, lanzado por las
gargantas de cien mil aficionados, al marcarse el tercer gol en la portería del
equipo «Broks». ¡Amigo, mejor será que pregunte algo más difícil! Ese nombre lo
ha oído todo el mundo.
—¡Espere!
¡Espere! —exclamó inesperadamente el marinero—. ¿Por que no lo reconocí antes?
He visto tanto su fisonomía, que jamás pensé que fuese usted el poseedor de
ella. Me parece que veo ahora su fotografía en una caja de bombones o en la
portada de una revista. Y bien, ¿qué desea relatarnos?
Los tres
miraban ahora al futbolista mostrando un gran interés; hasta el joven
enfermizo, quien, a juzgar por su aspecto exterior, no mostraba ningún amor al
deporte.
—Pues
bien —dijo Chaves—, yo soy futbolista, y, como Uds. saben bien, un futbolista
fenomenal. Juego de delantero centro en uno de los mejores equipos del mundo.
Mi manera de jugar se estudia en las escuelas de fútbol. Soy el mejor pagado de
los atletas. Cada una de mis piernas esta asegurada por una gran suma. ¿Acaso
no es verdad? —interrogó inesperadamente.
Los
otros afirmaron con la cabeza.
—Bien
—siguió diciendo—. Quiero decirlos que no merezco nada de eso. ¡Nada! Si
quieren Uds. saber, yo, Santo di Chaves, soy tan futbolista como usted —y
señaló al marinero—, o como usted —indicando al joven enfermizo.
—¡Qué
modestia! —exclamó con ironía el
jugador de poker.
—Está
claro —afirmó el marinero—. Usted desea afirmar que tiene un entrenador
excelente y que le debe mucho a él.
—No
—dijo el deportista—. Mi entrenador no tiene nada que ver con esto. Quiero
advertirles, que son ustedes los primeros que conocerán esta historia. Y les
pido no contársela a nadie, si desean conservar su propia reputación de
personas veraces.
—Sería
interesante saber —farfulló el jugador de poker—, cómo logrará conservar la de
Ud.
—Tengo
la plena convicción de que no dudaran de lo que les contaré —afirmó sonriendo
el deportista.
Bueno,
juzguen por ustedes mismos... Es seguro que cada uno de ustedes tiene recuerdos
de la infancia. Mis recuerdos me traen del pasado aquellos tiempos en que
miraba el fútbol. Lo primero que recuerdo bien es la tensión del estadio y,
tras el gol, el coro de voces de dementes que se levantaba como una explosión.
Y así de día en día. Al estadio me llevaba mi padre, que trabajaba en la
oficina de las apuestas. Yo tenía sólo a mi padre; luego murió, dejándome de
herencia una salud de acero y un amor indestructible al fútbol.
A los
catorce años yo ya era futbolista. Pero antes de serlo, mi padre me había
estimulado a realizar diariamente ejercicios físicos. Desde los cuatro años me
dedique a la natación, desde los diez, al baloncesto y remo. Mi padre me decía
que todos esos ejercicios prepararían mi cuerpo para el fútbol. El deseaba ver
en mí a un verdadero futbolista. Gracias a sus relaciones con el mundo
deportivo, logró que me entrenara el mejor de nuestros entrenadores: Guido
Solekbani. A propósito, tengo la plena seguridad de que Guido me hubiera tomado
de todas maneras como discípulo, porque a los 17 años yo ya era un deportista
ideal.
Yo tenía
seis pies de estatura y pesaba ochenta y seis kilogramos. Cuando me medía el
volumen de los pulmones, rompí dos veces la junta de goma del aparato, antes de
que pudiesen saber que poseía un volumen de más de 8.000 cm3. Podía
correr 100 metros en 10,4 segundos y levantar 100 kilogramos de peso.
En aquel
entonces, como ahora, no bebía ni fumaba. Poseía una reacción instantánea y una
resistencia de caballo. En una palabra, era la materia prima ideal para ser un
gran futbolista.
Guido
Solekbani me tuvo confianza en el acto. Se ocupaba de mí continuamente, aún
después de terminar los entrenamientos generales. Hizo todo lo posible por
hacer de mí un futbolista asombroso. Solekbani es un entrenador formidable;
creó un equipo mejor que ninguno en el continente. Fue él quien inventó el modo
de descansar entre los tiempos. Según este método, los jugadores, cansados y
sudorosos, corrían despojándose de sus ropas desde el campo hasta la piscina
llena de agua caliente y se lanzaban a ella, (Esta piscina era desmontable, lo
que le daba a Guido la posibilidad de llevarla a todos lados.) A los cinco
minutos, el agua caliente era cambiada por agua tibia, casi templada; el baño
se prolongaba durante cinco minutos, luego comenzaban los masajes, que se
continuaban durante tres minutos, y el equipo salía de nuevo al campo con una
energía tal, que el segundo tiempo parecía el entrenamiento precedente a un
juego importante. Este método para descansar, así como otras cosas, fueron
inventados por el propio Guido. Su equipo era el mejor de todos los que tuve la
oportunidad de observar. Repito de nuevo; Guido me tenía mucha confianza.
Dominaba
con facilidad todo lo que él me enseñaba. Nadie podía mejor que yo lanzar la
pelota desde los veinte metros a cualquier rincón superior de la portería, ni
podía trapacear como yo, ni llevar la pelota sobre la cabeza desde mi portería
hasta la del equipo contrario. Pero, a pesar de hacer todo eso, no era
futbolista, porque no sabía jugar. Estropeaba los juegos del equipo, al
estancarme tontamente en el campo sin saber, a quien pasarle la pelota. Me
metía a destiempo entre las piernas del jugador de mi equipo en los momentos en
que se preparaba para golpear firme hacia la portería contraria. No podía
encontrar mi sitio en el campo. Y, debido a eso, pasaba todo el tiempo sentado
en el banco de la reserva.
Notaba
que Guido se estaba desilusionando de mí. Y una vez me dijo:
—Observa
a aquel joven semimuerto quo está ahora jugando con la pelota. Es un esqueleto,
hasta da lastima mirarlo, pero juega como un diablo. Sabes, el fútbol es como
el canto, unos logran cantar bien y otros no pueden hacerlo aunque se esfuercen
más de lo necesario, ¿No crees que es así?
Después
de esta conversación, me esforcé en jugar mejor, ser un buen jugador; pero no
lo lograba.
Al
pensar en el futuro, un horror se apoderaba de mí, porque no tenía ninguna
profesión y no sabía hacer nada. Y el fútbol... Esperaba con inquietud el día
en que Guido, cansado ya de soportarme, me lanzara a la calle. Y si esto
llegara a suceder, ¿qué de mi vida?
Esta
incertidumbre me atormentaba día y noche. Y en esos días «dichosos», me
enamoré. La vi por primera vez en la playa. Su nombre es Eva y es la mujer más
bella del mundo; aunque yo en aquel momento lo desconocía tanto, como ignoraba
su nombre.
Esto lo
recuerdo tan bien como hoy. Hacia un calor infernal, no corría la brisa; las
olas lamían perezosamente la orilla de la playa y escuchábase el sonido de la
espumadura en la arena. Yo descansaba acostado sobre la arena y protegido del
Sol por un sobradillo y pensando con desagrado que dentro de unas horas tendría
que ir al entrenamiento.
En ese
mismo momento la vi. Estaba de pie, pálida, con los cabellos mojados
acariciándole los hombros y rodeada por tres jóvenes, comprenden, de esos que
dan vueltas constantemente por las playas mostrando, como casualmente, sus
músculos fortalecidos por las pesas. Uno de ellos le puso la mano sobre la
cadera y ella lo empujó violentamente. Las vilezas que ellos le proferían
llegaban a mi oído.
—¡Dios
mío! —exclamó angustiada—. ¿Será posible que no haya nadie que les pueda romper
la cara? ¿Acaso no hay ni un solo
hombre que lo desée?
Sentí un
deseo inefable de hacerlo. Nunca en mi vida había tenido un deseo tan vehemente
de pelear; sin embargo, no lo querían así los tres «amigos» de Eva. Por lo que
pude notar, estaban acostumbrados a pelear juntos.
Cuando
avancé hacia ellos, Eva se echó a un lado, sin gritar ni pedir auxilio. Me tuvo
confianza en el acto.
Cuentan
que cuando los llevaron al hospital, los médicos creyeron que habían sufrido un
accidente automovilístico.
Esa fue
la primera vez que no fui a los entrenamientos.
Después
llegó la tarde. Sobre ella no voy a hablar nada. Fue una tarde con Eva; que se
hicieron muchas…
Luego,
Eva empezó a frecuentar el estadio los días en que yo jugaba. Durante ese
tiempo jugaba peor que antes...
—Querido
—me dijo una vez con cautela—, ¿no crees que sería mejor que abandonaras el
fútbol y te ocuparas de otra cosa?
¿Abandonar
el fútbol? El fútbol me daba la posibilidad de vivir, ¿pero qué haría si Guido
me diese de baja?
Cuando
Eva me insinuó abandonar el fútbol, no le contesté, Nosotros habíamos decidido
firmemente contraer nupcias y yo no quería pensar en otra cosa.
Una
mañana que llegué al entrenamiento, cuando me dirigía al guardarropa me detuvo
Guido:
—No te
quites el abrigo —me dijo—. Necesito hablar contigo.
Seguí en
pos de él pensando que todo había terminado y que mañana en este mismo estadio
tendría que vender programas de los encuentros o distribuir cigarrillos y agua
mineral.
—Escúchame
—empezó diciendo—. ¿Has tenido tiempo para notar mi condescendencia para
contigo? ¿eh? Bien, pues mira. Hice todo lo posible por ayudarte, pero la culpa
no es toda mía de que no hayas podido llegar a ser un buen futbolista. No lo
lograrías nunca, por más que lo intentaras...
Le
respondí que tenía razón y me levanté para irme; ya me sentía incómodo en
aquella sala donde conversábamos. Recordaba con pesar el primer día de mí
llegada al estadio; mi alma estaba frondosa de esperanzas.
—Espera
—me dijo—. No por casualidad te hablé de lo bien que te traté hasta hoy. Como
tú sabes, no llegaste a ser un buen futbolista, eso es cierto; pero hay que
pensar en otra cosa. ¿Cómo vas a vivir ahora? ¿Tienes dinero?
Me reí.
Guido
continuó:
—Ayer me
visitó una persona. La conozco bien. Es un científico. Vi los libros que
escribió sobre temas relacionados con el cerebro. Me dijo que desde hace mucho
tiempo ha venido observándote y quiso saber mi opinión de entrenador sobre ti.
Le contesté lo mismo que te dije a
ti, que posees las mejores condiciones para ser un excelente futbolista, pero
que nunca lo serías, porque eres un incapaz. Perdóname por hablar con él de esa
manera, pero hablábamos como hombres de negocio. Me dijo que te necesitaba,
aunque no me aclaró para qué; y que te pagaría el doble de lo que recibes
conmigo. Creo que hay que pensar en serio sobre esta proposición. Me dejó aquí
su dirección.
Por la
tarde de ese mismo día me dirigí junto con Eva hacia la casa de ese
personaje...
Nos
acercamos a un chalet de dos pisos, situado en una calle apartada del centro de
la ciudad. Eva se quedó esperándome en el jardín del chalet. Apreté el timbre
de la puerta, dudoso de que de esa aventura podría resultar algo bueno. A la
llamada respondió un viejo sirviente, que me abrió la puerta. En sus manos
sostenía una tijera para podar. Estaba parado en la puerta abierta mirándome
intrigado. En aquel momento, como es natural, yo no podía sospechar que en
adelante nuestros destinos —el del viejo y el mío— estarían íntimamente unidos.
Me
condujo al gabinete de su señor. Dije «gabinete», pero este era más bien un
laboratorio. En una enorme y clara habitación había filas de jaulas con
ratones. Me sentí un poco raro en aquel sitio y en el primer momento ni noté la
presencia de una persona en un rincón de la habitación.
Luego,
me acerqué a él. Era un hombre de unos cincuenta años, canoso y peinado
cuidadosamente con una raya en el medio. Estaba vestido con un traje elegante y
de su cuello pendía una corbata muy de moda. Pero, ¡para que hablo de corbatas,
cabellos y trajes, cuando sólo veía sus ojos! Estos eran severos, penetrantes y
parecía que atravesaban el alma. Le dije que era Santo di Chaves y que había
llegado porque me había mandado mi entrenador...
—Lo sé
—me interrumpió—. Siéntese. Le he visto varias veces en los entrenamientos y
juegos. Nunca en mi vida había visto un cuerpo tan maravilloso como el suyo. Lo
mismo me dijo Solekbani. Él, además, está convencido de que usted es el peor de
todos los futbolistas que tuvo la oportunidad de ver.
Le dije
—sin conocerle aún—, que no le permitía a nadie hablar conmigo de esa manera.
Se rió y
dijo:
—Por lo
visto, eres un niño orgulloso; mas no tiene importancia. Y bien: vamos ahora a
hablar de nuestro asunto. ¿Te dijo Solekbani cuanto te pagaré? ¿Estás
satisfecho? Bien... Es posible que después recibas más dinero. Pero con una
condición: no harás ninguna pregunta. Todo lo que yo creo necesario informarte
será de tu conocimiento. Te lo diré ¡yo mismo! ¿De acuerdo? Además, todo lo que
aquí pueda tener lugar no te causará daño alguno.
Le
pregunté, por qué, pues, recibiría dinero y qué tendría que hacer.
—No
tendrás que hacer nada —me tranquilizó—. Absolutamente nada. Considera que eres
únicamente un perro o un ratón de experimentación, necesario para mis pruebas.
Quise
saber para cuáles pruebas me necesitaba él, y me respondió:
—Deseo
transformarte en un futbolista genial.
Se quedó
mirándome, esperando lo que yo le iba a contestar. Pero no dije nada, porque no
tenía nada que decir. Lo que sucedía me parecía un sueño. Maquinalmente metí en
mis bolsillos el dinero de un mes de adelanto que me ofreció.
—Ahora,
empecemos —dijo—. Te iré informando conforme al desarrollo de las pruebas.
Diciendo
esto se alejó hacia el rincón que había abandonado, y donde se encontraba,
según me parecía, un aparato de radio, que encendió nuevamente.
—A tu
juicio —dijo—, ¿crees que estos ratones ven lo que ocurre en el corredor?
Le
respondí que no, porque, en realidad, aquellos ratones no podían ver lo que
ocurría en el corredor.
—Párate
en la puerta del corredor —me pidió— y mira hacia él.
Obedecí
y, al hacerlo, noté en el ángulo más lejano del corredor a un gato grande y
velludo sentado en una jaula de vidrio.
De
súbito, en el laboratorio se oyó un chillido y el pataleo de pequeñas patas.
Los ratones, aterrados, se movían agitados por tas jaulas, chocándose
mutuamente.
Y él
satisfecho, se frotaba las manos.
—Entra
en el laboratorio —me invitó.
Entré.
Y al
momento cesó el correteo en las jaulas.
—Sal de
nuevo.
Salí, y,
de nuevo, empezó la de babel en las jaulas, que no se detuvo, sino cuando entré
otra vez al laboratorio.
—¿Has
comprendido? —inquirió impaciente. Yo estaba desconcertado, y contesté:
—No, no
he comprendido nada. No he entendido porqué estos animales se inquietan en
cuanto salgo al corredor.
—¡Y no
has comprendido! ¿No has comprendido por qué ellos se han agitado? Porque han
visto al gato con tus ojos. Todo lo que ves ahora lo están viendo los ratones.
El centro visual de tu cerebro emite ondas de radio que son captadas por los
respectivos centros de los ratones. Entre los ratones y tú existe un contacto
radio-mental. ¿Has entendido ahora? ¿No? Bueno, trataré de aclarártelo. ¿Te ha
sucedido —preguntó— que, por ejemplo, hayas tenido el deseo de cantar una
canción y en ese mismo momento la empieza a cantar o silbar otro que se
encuentra cerca de ti? Además, esto no puede llamarse pura casualidad, porque a
veces recuerdas canciones que no están de moda en ese momento.
Recordé
que también me sucedían esos casos.
—Bien
—continuó—, ¿y no te ha ocurrido que piensas en una cosa y en ese mismo momento
tu interlocutor empieza a hablar de lo que has pensado? Hay científicos que se
han interesado por este problema y hasta han realizado algunas pruebas al
respecto. Posiblemente hayas oído hablar de los individuos que realizan pruebas
para adivinar el pensamiento o para transmitir a distancia las impresiones visuales.
Sin embargo, ni uno solo de los científicos que se las ha ingeniado para
encontrar en estos fenómenos una u otra regularidad, ha podido dominar o
dirigir los fenómenos mencionados. Ni uno solo. Únicamente yo. El cerebro del
hombre emite ondas de radio que pueden captarse a veces por otro cerebro. Yo
aprendí a dominar estas ondas y dirigirlas de un cerebro a otro cualquiera,
según mi deseo. Eso fue lo que hice contigo. Cuando miraste al gato, los
ratones tuvieron la impresión de que eran ellos los que lo veían. ¿Has
comprendido ahora? Bien: basta por hoy. Mañana ven temprano; nos ocuparemos de
tu caso. Serás un verdadero futbolista, a pesar de que no sé mucho de fútbol.
...Por
la mañana me abrió la puerta el mismo viejo sirviente. Y entré en el laboratorio.
Mi nuevo
señor estaba sentado en cuclillas frente a las jaulas, observando los animales
de experimentación.
Luego,
detuvo su mirada en mí, observándome de arriba abajo.
—Debes
prestar más atención a tu aspecto exterior, joven, —interpoló inconforme—. La
futura eminencia no debe andar sin afeitarse.
Luego,
tras estas palabras, se dispuso a dilucidarme la esencia de su fantasía. Me
afirmó, que debíamos realizar el primer experimento complicado con la
participación sólo de personas. Yo le escuchaba sin comprender qué relación
podía existir entre lo que me hablaba y la posibilidad de ser un gran
futbolista.
—Ahora
haremos un pequeño experimento —me dijo—, y después hablaremos sobre lo
fundamental. Siéntate y lee el periódico.
Me senté
a la mesa. Él, yendo hacia el rincón, chasqueó un interruptor. Se oyó un
zumbido, interrumpido a ratos por un susurro. De repente, empecé a sentir un
hambre terrible, como si no hubiera comido, por lo menos durante dos días. Mi
estómago se encogía implorándome un bocado, a pesar de que media hora antes
había comido opíparamente.
Se
acercó a mí:
—¿Qué
sientes?
Le dije
lo que sentía y le pedí permiso para salir y en algún sitio comerme, por lo
menos, una docena de bistecs; una cantidad menor no me hubiese satisfecho.
—Entonces,
¿tienes hambre? —inquirió compasivo—. Bueno, vete a comer, si quieres. Me
dirigí hacia la puerta.
—Espera
—me dijo, sonriéndose con satisfacción—. Quizás yo pueda ayudarte aquí, en el
laboratorio.
Se alejó
de nuevo hacia el rincón, se inclinó sobre el aparato, y me sentí satisfecho
como si acabara de levantarme de la mesa después de haber comido bien.
—¿Has
comprendido? —preguntó sonriéndose— ¿No? Por lo visto tendré que explicártelo
todo. Esto es bastante simple. Primeramente establecí una comunicación entre el
cerebro de los animales que no habían comido desde ayer y el tuyo, entonces
sentiste hambre; después, entre los que acababan de comer y... ¿Ya no deseas
comer?
Quedé
absorto, sin poder volver en mí. Me tomó por un brazo y agregó:
—Vamos.
Quiero presentarte a una persona. Salimos al patio de su casa. Allí vi otra vez
al viejo que me había abierto la puerta. Cortaba el césped.
—¿Ves a
ese jardinero? El es Giuseppe Rizi. ¿Lo has oído mencionar?
¡No
faltaba más! ¡Qué futbolista no ha oído ese nombre! Sobre él han relatado
leyendas. El elogio mas grande que se le puede hacer a un futbolista es
decirle: «Juegas como Rizi». Empero, Rizi tenía más de veinte años sin jugar, y
era de todos la idea de que él había muerto; hasta mi entrenador lo creía así.
¡Y resultó
que trabajaba de jardinero! Fue así como me conocí con Giuseppe Rizi.
Con el
tiempo Giuseppe se convirtió en mi amigo. A veces, de noche salíamos a pasear
juntos, Eva, Giuseppe y yo. Nos contaba diferentes o interesantes historias de
su vida. Rizi... bueno, sobre él hablaré después...
Rizi y
yo íbamos todos los días al laboratorio y establecíamos contactos
radio-mentales que no se irradiaban a otras personas. Nuestro amo estaba
satisfecho. En cuanto me «conectaba» con Rizi, yo sentía lo mismo que él.
Y llegó
el día que tanto esperábamos. Ya estaba todo preparado. Ese día nuestro amo
llamó por teléfono a Solekbani.
—Hoy
jugará su equipo contra «Chaparel». Ponga a jugar de delantero centro a Santo.
No lo lamentara.
Yo no
escuchaba lo que Guido le contestaba, sino que pensaba en el equipo «Chaparel»,
que era uno de los más fuertes de la serie. Sin embargo, yo no había aprendido
todavía a jugar mejor.
Guido
aceptó.
Llegamos
al estadio una hora antes de empezar el juego.
Nuestro
amo había encargado dos sitios en la tribuna: uno para él y otro para Giuseppe.
—Jugarás
ahora, muchacho —me dijo mi nuevo jefe—, como nunca lo has hecho. Aunque te
inquietes, será igual. Eres fuerte y resistente. Giuseppe nunca tuvo un cuerpo
como el tuyo, ni en sus mejores tiempos, y tú nunca tendrás su talento. Hoy
jugarás, pero será Giuseppe quien sentirá por ti y dispondrá de tu cuerpo,
sentado en la tribuna y observando el juego. Jugarás como hubiera jugado en tu
lugar Giuseppe.
Al
empegar el juego, me inquieté, pero de súbito el nerviosismo desapareció.
Comprendí que el nuevo dueño había conectado el aparato.
Aquel
fue un juego inolvidable.
Al
principio la defensa del «Chaparel» no me prestaba ninguna atención: me conocían
por los juegos anteriores. Empezaron a notar mi presencia, cuando yo, eludiendo
a tres jugadores contrarios, marqué el primer gol. ¡Y dale que dale!
Giuseppe,
desde la tribuna, observaba cada uno de mis movimientos y se imaginaba
mentalmente lo que él haría en tal o cual jugada en caso de ocupar mí lugar.
Esto era transmitido instantáneamente a mi cerebro. Giuseppe me afirmó después,
que yo jugué mejor que él en su tiempo, ya que mis capacidades físicas eran
superiores a las suyas.
El
público de la tribuna enloqueció de emoción, cuando marqué el segundo gol desde
una posición bastante difícil.
Ese día,
«Chaparel» recibió la paliza más grande de toda su historia.
Y así en
un encuentro y otro.
Guido
estaba fuera de sí de la alegría. Ya aparecieron posibilidades reales de que su
equipo llegara a ser campeón.
Demás
está decir, la alegría que experimentábamos Eva y yo: al fin, podíamos
casarnos; así lo hicimos, invitando a nuestra boda a todo el equipo. Ya no
teníamos que preocuparnos del futuro: yo ganaba dinero a montones.
Todo
parecía ir muy bien.
Aunque a
decir verdad, empecé a notar que mis costumbres cambiaban. Por las tardes me
gustaba quedarme en casa. Eva se enfadaba cuando se encaprichaba y quería
pasear y yo tenía pereza para levantarme del sillón. El nuevo jefe me decía
bromeando, que yo había adquirido las costumbres del viejo Giuseppe. Pienso
ahora que en esas bromas había un poco de verdad.
Giuseppe
frecuentaba nuestra casa; y con el tiempo le cogimos un gran cariño. El decía
que, por fin, había encontrado a su familia.
Lo único
que nos apenaba a todos era la salud de Giuseppe. El viejo se sentía muy
decaído. Nuestro jefe le daba estimulantes antes de comenzar los encuentros de
fútbol. Sin estos estimulantes no podía aguantar la tensión de un encuentro
completo.
Mis
asuntos seguían maravillosamente bien. No voy a hablar de ellos. Sobre Santo di
Chaves, el mejor futbolista del mundo, saben ustedes tanto como yo.
Nuestro
jefe, con el dinero ganado por mi, compró una casa grande e instaló en ella un
laboratorio magnifico.
Nuestra
cuenta bancaria, de Eva y mía, crecía continuamente. Luego, decidimos emprender
un negocio. En una palabra, todo iba bien.
...Esto
sucedió en el último encuentro del campeonato. Ese día nos retrazábamos, porque
Giuseppe se sentía muy mal: el corazón le fallaba. Mientras tanto, Guido
llamaba intermitentemente rogando que nos apurásemos, pues había comenzado el
primer tiempo. Giuseppe estaba acostado en una camilla, con los labios grises y
contraídos por el dolor. Nuestras miradas se encontraron. Me sonrió como
diciendo:
«¡Todo
irá bien, muchacho!».
El jefe
se inclinó sobre el y le dijo en forma de súplica:
—Quizás
puedas ir al estadio, Giuseppe. Hoy será el encuentro final. Tu pulso está ya
normalizándose.
Llegamos
al estadio cuando empezaba el segundo tiempo.
Nuestro
equipo estaba perdiendo, Guido, con manos trémulas, me ayudó a vestirme. Y salí
al campo.
Ese día,
Giuseppe se superó a sí mismo. Jugué como nunca lo había hecho en mí vida.
Después que marqué el segundo gol en la portería del «Broks», el público se
puso de pie y comenzó a chillar. Según cuentan, el rugido del público era oído
¡a muchas millas del estadio!
Y yo no
me detenía. Conduje la pelota entre dos zagueros contrarios y, desde el área de
castigo, metí el tercer gol.
De
súbito sentí una angustia tan grande... Dios mío, mi corazón todavía se encoge
cuando lo recuerdo. Perdí todas mis fuerzas, en tanto que mi mente me aclaraba
la causa de ello.
Miré
inquieto hacia la tribuna. En el sitio donde había estado sentado Giuseppe y el
jefe se amontonaba el público impidiéndome ver a Rizi, y comprendí que cuando
esa gente se dispersara, yo no lo vería más.
Terminé
el partido como pude. Y recibimos el titulo de campeones.
Al otro
día los periódicos, extasiados de admiración, describieron pormenorizadamente
todo el encuentro, escribiendo hasta lo indecible sobre las hazañas de Santo di
Chaves, quien le arrancó el triunfo al «Broks». Al final del artículo se leía
esta noticia: «Como prueba de la tensión que reinó en ese encuentro es el hecho
de que un espectador murió en las gradas a consecuencia de un infarto, al no
poder soportar la aflicción después del tercer gol en la portería del «Broks»».
En el
entierro de Giuseppe lloró sólo Eva. Yo, permaneciendo de pie e inmóvil,
pensaba. Un solo pensamiento me inquietaba...
Fui a
ver al jefe. Este estaba en su laboratorio. Le pregunté que cuántos años más
hubiese vivido Giuseppe en caso de negarse a «jugar».
—Unos
diez o quince años —respondió con indiferencia—. La tensión lo mato. Pero no te
aflijas muchacho: la vida es la vida, como dicen los franceses. A fin de
cuentas Giuseppe no tenía ningún futuro. No te preocupes, te encontraremos a
otro futbolista famoso y sin trabajo.
—¿Para
matarlo como matamos a Giuseppe?
Me miró
con asombro y repuso:
—¡No me
gusta tu insinuación!
No le
golpeé, sino que, pegándole un golpe el pie a una jaula con ratones, que
estaban tranquilos como si escucharan la conversación, la hice caer al suelo.
Salí furioso sin volver la cara hacia atrás. Fue la última vez que le vi.
Luego,
Eva y yo decidimos salir a otro país. Ella quiso, no sé por qué, viajar a
Australia. Por mi parte me daba igual ir adonde sea. Esa es mi historia.
Un
silencio sepulcral hizo presa de todos.
—Muy
interesante —dijo el marinero—. Bastante interesante. ¿Esto significa que, Ud.
no jugará más al fútbol?
—No
—respondió Chaves—, no jugaré más. Aquel día comprendí, de una vez por todas,
que yo no era un ratón, sino una persona, a pesar de que se pueda hacer
experimentos conmigo.
—¿Y está
usted seguro de que no lo lamentará nunca? —inquirió el marinero.
—Lo
lamento todo el tiempo —respondió en un tono brusco Chaves—, al recordar a
Giuseppe.
—¿Qué
piensa hacer en Australia? —preguntó el joven enfermizo.
—Nosotros
tenemos bastante dinero. Estableceremos un pequeño negocio...
El
jugador de poker quiso hacer otra pregunta, pero se contuvo, pensativo,
mientras movía en silencio las cartas de mano en mano.
En el
salón entró una mujer joven y bella:
—Santo
—dijo, y se detuvo junio a la mesa— perdón, creí que te habías perdido y no
podías encontrar el camarote.
—¡Buenas
noches! —dijo levantándose Santo—. ¿Jugaremos nuevamente al poker mañana?
—No
—respondió el marinero—. Líbrenos de eso. Con usted no tiene interés jugar al
poker, mejor conversaremos.
Santo
tomó por el brazo a su mujer y salió del salón.
—Es una
pareja hermosa —afirmó el enfermizo sin dirigirse a nadir.
No tuvo
respuesta.
Por la
mañana el barco llego a Sydney. Abriéndose paso a codazos por el gentío de
pasajeros que esperaba la salida, el jugador de poker se acercó a Chaves:
—Perdone
un momento. Chaves se separó de Eva.
—Escúcheme
—siguió diciendo, mientras miraba a su alrededor—. ¿Me puede dar la dirección?
—¿Qué
dirección? —inquirió intrigado Chaves.
—La de
su jefe.
Chaves
observó atentamente su rostro como si lo estudiara, después, lentamente, en
silabas, le dio la dirección.
—¿No la
olvidará?
—No
—repuso el jugador de poker—. ¡Gracias! Y le tendió la mano, pero Chaves no la
notó en su apresuramiento hacia Eva.
Los
pasajeros bajaron a tierra.
FIN
Traducción:
Jorge Francisco Franco B.
Publicado
en: Devuélveme mi amor.
Edición
digital: Edcare.