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M. Ibraguimbekov - Santo di Chaves


«Estamos tan lejos de conocer todas las fuerzas de la naturaleza y sus diversas formas de actuar, que sería vergüenza de filósofo negar la existencia de esos fenómenos en base a su enigma para los conocimientos actuales. Nosotros estamos obligados sólo a investigar los fenómenos, y mientras más minuciosamente lo hagamos, más difícil será reconocer su existencia».

P. S. Laplace



Jugaban perezosamente; frente a cada jugador se amontonaba la misma cantidad de fichas multicolores, a pesar de que llevaban ya tres horas de juego. Alrededor de la mesa se hallaban cuatro individuos, ni más ni menos, tal como lo exigía el poker clásico. Los cuatro eran pasajeros del «Tuscarora», coloso transoceánico que hacía su travesía regular desde Europa a Australia. Habiéndose conocido por la mañana, se reunieron por la tarde en la mesita más apartada del pequeño salón y, desde allí, observaban con indiferencia las sombras de los bailadores de la sala contigua.
El mayor de ellos, grueso y vestido con un traje gris, elegante, tenía cerca de cincuenta años. Por algunos indicios era posible acertar su antigua profesión: ex marinero. Lo corroboraban, el tabaco especial con el cual llenaba de tiempo en tiempo su pipa, el modo de andar y algunos términos profesionales de los marineros que se infiltraban de vez en cuando en su conversación.
El segundo de ellos, joven y de aspecto enfermizo, miraba asustado las cartas que sostenía en las manos. Cuando le caía una buena combinación, sus dedos movían inquietos las fichas.
—Usted debe jugar con máscara —dijo entre dientes el marinero—. Por la expresión de su rostro conozco las cartas que tiene.
El hombre sentado a su izquierda rióse con indulgencia. Por sus movimientos rápidos al dar las cartas y su rostro impenetrable durante las jugadas, era posible adivinar en él a un verdadero jugador. Fumaba continuamente uno y otro cigarrillo.
El cuarto, alto y de contextura atlética, jugaba con indiferencia como si no le importara el resultado del juego.
De súbito, empezó a ser presa de todos esa tensión que preludia a las grandes partidas. Los jugadores aumentaron la banca tres veces consecutivamente y ninguno salió del juego.
—Diez —dijo tímidamente el joven caquéctico, y sus dedos se agitaron convulsos.
—Respondo a sus diez y aumento a doscientos —dijo el banquero repartiendo hábilmente las cartas.
El marinero, sin vacilaciones, aumentó la puesta hasta quinientos.
El joven atlético agregó:
—Nivelo.
Y calló.
Todos aumentaron de nuevo la puesta. En medio de la mesa crecía el montón de fichas. Esta era una gran banca.
El joven flaco de dedos inquietos fue el primero de ellos que no pudo dominar sus nervios. Salió del juego. Tras él se entregó otro, que sospechaba la gran jugada que tenían en manos el marinero y el deportista. Su intuición de jugador no le engañó.
—Doscientos —dijo el marinero.
—Nivelo —dijo su contrario.
—¿No desea agregar algo más a la puesta? —inquirió desilusionado el marinero.
—No —respondió el deportista— ¿Qué tiene?
—¡Poker! Cuatro ases —exclamó el marinero enseñando las cartas y recogiendo las fichas de la banca.
—Y yo tengo una escalera de color —afirmó el deportista mirando tranquilamente al marinero—. Una escalera de color de corazones.
—¡No puede ser! —exclamó agitado el marinero, mientras comprobaba las cartas de su contrario.
Efectivamente, era una escalera de color, fenomenal: cinco cartas seguidas desde el nueve hasta el rey de un mismo color y palo.
—Asombroso. En mis treinta años de jugador es la segunda vez que veo derrotar a cuatro ases con una escalera de color de corazones.
El deportista recogió las fichas y cuidadosamente hizo con ellas torres. Frente a los otros ya no quedaban casi fichas. Esta banca lo engulló todo.
El marinero seguía inquieto:
—Pero ¿por qué no aumento la apuesta, si yo de todas maneras me hubiera lanzado hasta el final con mis cuatro ases tontos? Usted hubiese podido dejarme en cueros.
—¿Para qué? —contestó a modo de pregunta el atleta.
—De eso modo no podrá conseguir nada en la vida —afirmó severo el marinero—. No hay que dejar pasar así a la suerte. Quién sabe cuando ella volverá de nuevo. No se le debe tentar.
El deportista se rió, mostrando una agradable sonrisa infantil.
—Es probable, que tenga razón —respondió él—. Hasta creo que así es, mas, a veces, cambio esas reglas de juego.
—Hace mal —afirmó el marinero—. Algún día lo lamentará.
El baile de la sala contigua había concluido y la gente iba llenando lentamente el salón donde charlaban ellos. Los camareros distribuían botellas por las mesas de los concurrentes.
De súbito, una mujer gritó desde la mesa vecina, en tanto que señalaba hacia un punto del salón:
—¡Un ratón! ¡Acabo de ver un ratón allí!
Uno de los camareros se lanzó hacia la cortina. Tras ella se hallaba sentado un gatito gris.
—En el «Tuscarora» no hay ratones —replicó con orgullo el camarero.
—Esto sólo me hubiera tranquilizado —farfulló el marinero—. Se está más tranquilo cuando en el barco hay ratones. Estos poseen el extraño sentido de prever la catástrofe. Cuando ésta es inminente, ¡abandonan el barco!
—¡De qué no hablan los hombros cuando están solos! —dijo a su marido una mujer de la mesa contigua—. Estos ya están hablando de ratones.
—Recuerdo ahora la asombrosa historia que me sucedió —dijo el marinero—. Hace unos años yo era capitán y dueño... Escúchenme, ¿no necesitan Uds. saber cómo se llamaba el barco? ¿Eh? Bien... Transportaba todo lo que me proponían, pero esto no me daba casi ninguna ganancia. En el barco trabajaban dieciocho hombres y todavía me asombra cómo se las ingeniaban para poder comer con los céntimos que les daba. Seguramente, los únicos que estaban satisfechos con el barco eran los ratones. Una cantidad enorme de ellos se había apoderado del barco.
El marinero bebió un poco de coñac y continuó:
—Cierta vez me tropecé con uno de mis amigos, que trabajaba en una compañía de seguros, y decidí asegurar mi barcote. En la compañía, como es natural, no sabían que él era mi amigo. Lo aseguramos. Al otro día debíamos levar anclas. Fue cuando convenimos, mi amigo y yo, hundir la goleta a diez millas del puerto de destino. En mi barco había una ballenera para la tripulación. Como ustedes pueden deducir, mi amigo y yo éramos los únicos que sabíamos del eventual hundimiento, pues sólo así podíamos evitar conflictos. Cuando a la mañana siguiente me dirigía al barco, vi algo que me heló la sangre. Cualquier marinero hubiera experimentado lo mismo que yo en caso de ver lo que sucedía: de la nave salían corriendo los ratones. Huían por los cables y se tiraban por la borda al amarradero. Salían asustados por todas las ranuras del barco y se lanzaban al agua, para nadar hacia el muelle. A los pocos segundos en el barco no quedó ni uno. Los marineros tenían un aspecto fúnebre. A poco, dijeron que no saldrían a alta mar porque a la nave le ocurriría una desgracia. Dos de ellos y el contramaestre bajaron a la bodega para comprobar si había o no averías; los otros permanecieron inactivos. Quedé confuso y esto lo notaron ellos. Luego, después de convencerlos, salimos a alta mar. Lo que sucedió después fue muy simple: por la noche abrí el kingston o la toma de agua, y por la mañana llegamos a la playa en la ballenera. Luego recibí al segundo. La gente habla mucho sobre el instinto de los animales. Y sin embargo, sobre la cuestión de que si mi barco iría al fondo del mar aquella noche, lo sabíamos únicamente mi amigo y yo. ¿De que formas pudieron adivinar esto los ratones?
El marinero observó victoriosamente a sus interlocutores.
Todos callaban.
Al fin, el joven de aspecto enfermizo afirmó:
—En todo eso hay cierta mística. En esto, si Ud. quiere saberlo, hay algo sobrenatural.
—¿Está usted seguro de que esa historia ocurrió tal como nos la ha contado? —inquirió sonriendo el jugador de poker.
—Oiga, joven —interpeló severo el marinero, apartando su vaso hacia un lado—, no me gusta su tono. ¿Es que Ud. no está acostumbrado a conversar con personas decentes?
El jugador de poker se levantó agresivo, pero fue detenido por la mano que le puso en el hombro el atleta, quien suplicó:
—¡Calma! ¡No llagan ruido, por favor! Observen cómo nos miran. Yo le creo —agregó, dirigiéndose al marinero—. Usted no se imagina lo mucho que le creo. Nunca había tenido tanta fe en cosa alguna como en lo que acaba de contarnos. Le doy crédito a sus palabras, porque conozco un caso muy parecido, que me sucedió... ¡Caramba! —exclamó riéndose inesperadamente—. Algunas veces deseamos contar lo que no nos atrevemos a relatar ni a nuestro mejor amigo... Y bien, ¿cómo empezaré? ¿Han oído mencionar el nombre de Santo di Chaves? —inquirió.
—¡Vaya! ¡Qué pregunta! —exclamó asombrado el jugador de poker—. No sólo lo he oído mencionar, sino que estoy sordo de tanto oírlo. La última vez que lo oí fue hace ya cosa de una semana. Ese nombre pendía sobre el estadio, lanzado por las gargantas de cien mil aficionados, al marcarse el tercer gol en la portería del equipo «Broks». ¡Amigo, mejor será que pregunte algo más difícil! Ese nombre lo ha oído todo el mundo.
—¡Espere! ¡Espere! —exclamó inesperadamente el marinero—. ¿Por que no lo reconocí antes? He visto tanto su fisonomía, que jamás pensé que fuese usted el poseedor de ella. Me parece que veo ahora su fotografía en una caja de bombones o en la portada de una revista. Y bien, ¿qué desea relatarnos?
Los tres miraban ahora al futbolista mostrando un gran interés; hasta el joven enfermizo, quien, a juzgar por su aspecto exterior, no mostraba ningún amor al deporte.
—Pues bien —dijo Chaves—, yo soy futbolista, y, como Uds. saben bien, un futbolista fenomenal. Juego de delantero centro en uno de los mejores equipos del mundo. Mi manera de jugar se estudia en las escuelas de fútbol. Soy el mejor pagado de los atletas. Cada una de mis piernas esta asegurada por una gran suma. ¿Acaso no es verdad? —interrogó inesperadamente.
Los otros afirmaron con la cabeza.
—Bien —siguió diciendo—. Quiero decirlos que no merezco nada de eso. ¡Nada! Si quieren Uds. saber, yo, Santo di Chaves, soy tan futbolista como usted —y señaló al marinero—, o como usted —indicando al joven enfermizo.
—¡Qué modestia! —exclamó con ironía el jugador de poker.
—Está claro —afirmó el marinero—. Usted desea afirmar que tiene un entrenador excelente y que le debe mucho a él.
—No —dijo el deportista—. Mi entrenador no tiene nada que ver con esto. Quiero advertirles, que son ustedes los primeros que conocerán esta historia. Y les pido no contársela a nadie, si desean conservar su propia reputación de personas veraces.
—Sería interesante saber —farfulló el jugador de poker—, cómo logrará conservar la de Ud.
—Tengo la plena convicción de que no dudaran de lo que les contaré —afirmó sonriendo el deportista.

Bueno, juzguen por ustedes mismos... Es seguro que cada uno de ustedes tiene recuerdos de la infancia. Mis recuerdos me traen del pasado aquellos tiempos en que miraba el fútbol. Lo primero que recuerdo bien es la tensión del estadio y, tras el gol, el coro de voces de dementes que se levantaba como una explosión. Y así de día en día. Al estadio me llevaba mi padre, que trabajaba en la oficina de las apuestas. Yo tenía sólo a mi padre; luego murió, dejándome de herencia una salud de acero y un amor indestructible al fútbol.
A los catorce años yo ya era futbolista. Pero antes de serlo, mi padre me había estimulado a realizar diariamente ejercicios físicos. Desde los cuatro años me dedique a la natación, desde los diez, al baloncesto y remo. Mi padre me decía que todos esos ejercicios prepararían mi cuerpo para el fútbol. El deseaba ver en mí a un verdadero futbolista. Gracias a sus relaciones con el mundo deportivo, logró que me entrenara el mejor de nuestros entrenadores: Guido Solekbani. A propósito, tengo la plena seguridad de que Guido me hubiera tomado de todas maneras como discípulo, porque a los 17 años yo ya era un deportista ideal.
Yo tenía seis pies de estatura y pesaba ochenta y seis kilogramos. Cuando me medía el volumen de los pulmones, rompí dos veces la junta de goma del aparato, antes de que pudiesen saber que poseía un volumen de más de 8.000 cm3. Podía correr 100 metros en 10,4 segundos y levantar 100 kilogramos de peso.
En aquel entonces, como ahora, no bebía ni fumaba. Poseía una reacción instantánea y una resistencia de caballo. En una palabra, era la materia prima ideal para ser un gran futbolista.
Guido Solekbani me tuvo confianza en el acto. Se ocupaba de mí continuamente, aún después de terminar los entrenamientos generales. Hizo todo lo posible por hacer de mí un futbolista asombroso. Solekbani es un entrenador formidable; creó un equipo mejor que ninguno en el continente. Fue él quien inventó el modo de descansar entre los tiempos. Según este método, los jugadores, cansados y sudorosos, corrían despojándose de sus ropas desde el campo hasta la piscina llena de agua caliente y se lanzaban a ella, (Esta piscina era desmontable, lo que le daba a Guido la posibilidad de llevarla a todos lados.) A los cinco minutos, el agua caliente era cambiada por agua tibia, casi templada; el baño se prolongaba durante cinco minutos, luego comenzaban los masajes, que se continuaban durante tres minutos, y el equipo salía de nuevo al campo con una energía tal, que el segundo tiempo parecía el entrenamiento precedente a un juego importante. Este método para descansar, así como otras cosas, fueron inventados por el propio Guido. Su equipo era el mejor de todos los que tuve la oportunidad de observar. Repito de nuevo; Guido me tenía mucha confianza.
Dominaba con facilidad todo lo que él me enseñaba. Nadie podía mejor que yo lanzar la pelota desde los veinte metros a cualquier rincón superior de la portería, ni podía trapacear como yo, ni llevar la pelota sobre la cabeza desde mi portería hasta la del equipo contrario. Pero, a pesar de hacer todo eso, no era futbolista, porque no sabía jugar. Estropeaba los juegos del equipo, al estancarme tontamente en el campo sin saber, a quien pasarle la pelota. Me metía a destiempo entre las piernas del jugador de mi equipo en los momentos en que se preparaba para golpear firme hacia la portería contraria. No podía encontrar mi sitio en el campo. Y, debido a eso, pasaba todo el tiempo sentado en el banco de la reserva.
Notaba que Guido se estaba desilusionando de mí. Y una vez me dijo:
—Observa a aquel joven semimuerto quo está ahora jugando con la pelota. Es un esqueleto, hasta da lastima mirarlo, pero juega como un diablo. Sabes, el fútbol es como el canto, unos logran cantar bien y otros no pueden hacerlo aunque se esfuercen más de lo necesario, ¿No crees que es así?
Después de esta conversación, me esforcé en jugar mejor, ser un buen jugador; pero no lo lograba.
Al pensar en el futuro, un horror se apoderaba de mí, porque no tenía ninguna profesión y no sabía hacer nada. Y el fútbol... Esperaba con inquietud el día en que Guido, cansado ya de soportarme, me lanzara a la calle. Y si esto llegara a suceder, ¿qué de mi vida?
Esta incertidumbre me atormentaba día y noche. Y en esos días «dichosos», me enamoré. La vi por primera vez en la playa. Su nombre es Eva y es la mujer más bella del mundo; aunque yo en aquel momento lo desconocía tanto, como ignoraba su nombre.
Esto lo recuerdo tan bien como hoy. Hacia un calor infernal, no corría la brisa; las olas lamían perezosamente la orilla de la playa y escuchábase el sonido de la espumadura en la arena. Yo descansaba acostado sobre la arena y protegido del Sol por un sobradillo y pensando con desagrado que dentro de unas horas tendría que ir al entrenamiento.
En ese mismo momento la vi. Estaba de pie, pálida, con los cabellos mojados acariciándole los hombros y rodeada por tres jóvenes, comprenden, de esos que dan vueltas constantemente por las playas mostrando, como casualmente, sus músculos fortalecidos por las pesas. Uno de ellos le puso la mano sobre la cadera y ella lo empujó violentamente. Las vilezas que ellos le proferían llegaban a mi oído.
—¡Dios mío! —exclamó angustiada—. ¿Será posible que no haya nadie que les pueda romper la cara? ¿Acaso no hay ni un solo hombre que lo desée?
Sentí un deseo inefable de hacerlo. Nunca en mi vida había tenido un deseo tan vehemente de pelear; sin embargo, no lo querían así los tres «amigos» de Eva. Por lo que pude notar, estaban acostumbrados a pelear juntos.
Cuando avancé hacia ellos, Eva se echó a un lado, sin gritar ni pedir auxilio. Me tuvo confianza en el acto.
Cuentan que cuando los llevaron al hospital, los médicos creyeron que habían sufrido un accidente automovilístico.
Esa fue la primera vez que no fui a los entrenamientos.
Después llegó la tarde. Sobre ella no voy a hablar nada. Fue una tarde con Eva; que se hicieron muchas…
Luego, Eva empezó a frecuentar el estadio los días en que yo jugaba. Durante ese tiempo jugaba peor que antes...
—Querido —me dijo una vez con cautela—, ¿no crees que sería mejor que abandonaras el fútbol y te ocuparas de otra cosa?
¿Abandonar el fútbol? El fútbol me daba la posibilidad de vivir, ¿pero qué haría si Guido me diese de baja?
Cuando Eva me insinuó abandonar el fútbol, no le contesté, Nosotros habíamos decidido firmemente contraer nupcias y yo no quería pensar en otra cosa.
Una mañana que llegué al entrenamiento, cuando me dirigía al guardarropa me detuvo Guido:
—No te quites el abrigo —me dijo—. Necesito hablar contigo.
Seguí en pos de él pensando que todo había terminado y que mañana en este mismo estadio tendría que vender programas de los encuentros o distribuir cigarrillos y agua mineral.
—Escúchame —empezó diciendo—. ¿Has tenido tiempo para notar mi condescendencia para contigo? ¿eh? Bien, pues mira. Hice todo lo posible por ayudarte, pero la culpa no es toda mía de que no hayas podido llegar a ser un buen futbolista. No lo lograrías nunca, por más que lo intentaras...
Le respondí que tenía razón y me levanté para irme; ya me sentía incómodo en aquella sala donde conversábamos. Recordaba con pesar el primer día de mí llegada al estadio; mi alma estaba frondosa de esperanzas.
—Espera —me dijo—. No por casualidad te hablé de lo bien que te traté hasta hoy. Como tú sabes, no llegaste a ser un buen futbolista, eso es cierto; pero hay que pensar en otra cosa. ¿Cómo vas a vivir ahora? ¿Tienes dinero?
Me reí.
Guido continuó:
—Ayer me visitó una persona. La conozco bien. Es un científico. Vi los libros que escribió sobre temas relacionados con el cerebro. Me dijo que desde hace mucho tiempo ha venido observándote y quiso saber mi opinión de entrenador sobre ti. Le contesté lo mismo que te dije a ti, que posees las mejores condiciones para ser un excelente futbolista, pero que nunca lo serías, porque eres un incapaz. Perdóname por hablar con él de esa manera, pero hablábamos como hombres de negocio. Me dijo que te necesitaba, aunque no me aclaró para qué; y que te pagaría el doble de lo que recibes conmigo. Creo que hay que pensar en serio sobre esta proposición. Me dejó aquí su dirección.
Por la tarde de ese mismo día me dirigí junto con Eva hacia la casa de ese personaje...
Nos acercamos a un chalet de dos pisos, situado en una calle apartada del centro de la ciudad. Eva se quedó esperándome en el jardín del chalet. Apreté el timbre de la puerta, dudoso de que de esa aventura podría resultar algo bueno. A la llamada respondió un viejo sirviente, que me abrió la puerta. En sus manos sostenía una tijera para podar. Estaba parado en la puerta abierta mirándome intrigado. En aquel momento, como es natural, yo no podía sospechar que en adelante nuestros destinos —el del viejo y el mío— estarían íntimamente unidos.
Me condujo al gabinete de su señor. Dije «gabinete», pero este era más bien un laboratorio. En una enorme y clara habitación había filas de jaulas con ratones. Me sentí un poco raro en aquel sitio y en el primer momento ni noté la presencia de una persona en un rincón de la habitación.
Luego, me acerqué a él. Era un hombre de unos cincuenta años, canoso y peinado cuidadosamente con una raya en el medio. Estaba vestido con un traje elegante y de su cuello pendía una corbata muy de moda. Pero, ¡para que hablo de corbatas, cabellos y trajes, cuando sólo veía sus ojos! Estos eran severos, penetrantes y parecía que atravesaban el alma. Le dije que era Santo di Chaves y que había llegado porque me había mandado mi entrenador...
—Lo sé —me interrumpió—. Siéntese. Le he visto varias veces en los entrenamientos y juegos. Nunca en mi vida había visto un cuerpo tan maravilloso como el suyo. Lo mismo me dijo Solekbani. Él, además, está convencido de que usted es el peor de todos los futbolistas que tuvo la oportunidad de ver.
Le dije —sin conocerle aún—, que no le permitía a nadie hablar conmigo de esa manera.
Se rió y dijo:
—Por lo visto, eres un niño orgulloso; mas no tiene importancia. Y bien: vamos ahora a hablar de nuestro asunto. ¿Te dijo Solekbani cuanto te pagaré? ¿Estás satisfecho? Bien... Es posible que después recibas más dinero. Pero con una condición: no harás ninguna pregunta. Todo lo que yo creo necesario informarte será de tu conocimiento. Te lo diré ¡yo mismo! ¿De acuerdo? Además, todo lo que aquí pueda tener lugar no te causará daño alguno.
Le pregunté, por qué, pues, recibiría dinero y qué tendría que hacer.
—No tendrás que hacer nada —me tranquilizó—. Absolutamente nada. Considera que eres únicamente un perro o un ratón de experimentación, necesario para mis pruebas.
Quise saber para cuáles pruebas me necesitaba él, y me respondió:
—Deseo transformarte en un futbolista genial.
Se quedó mirándome, esperando lo que yo le iba a contestar. Pero no dije nada, porque no tenía nada que decir. Lo que sucedía me parecía un sueño. Maquinalmente metí en mis bolsillos el dinero de un mes de adelanto que me ofreció.
—Ahora, empecemos —dijo—. Te iré informando conforme al desarrollo de las pruebas.
Diciendo esto se alejó hacia el rincón que había abandonado, y donde se encontraba, según me parecía, un aparato de radio, que encendió nuevamente.
—A tu juicio —dijo—, ¿crees que estos ratones ven lo que ocurre en el corredor?
Le respondí que no, porque, en realidad, aquellos ratones no podían ver lo que ocurría en el corredor.
—Párate en la puerta del corredor —me pidió— y mira hacia él.
Obedecí y, al hacerlo, noté en el ángulo más lejano del corredor a un gato grande y velludo sentado en una jaula de vidrio.
De súbito, en el laboratorio se oyó un chillido y el pataleo de pequeñas patas. Los ratones, aterrados, se movían agitados por tas jaulas, chocándose mutuamente.
Y él satisfecho, se frotaba las manos.
—Entra en el laboratorio —me invitó.
Entré.
Y al momento cesó el correteo en las jaulas.
—Sal de nuevo.
Salí, y, de nuevo, empezó la de babel en las jaulas, que no se detuvo, sino cuando entré otra vez al laboratorio.
—¿Has comprendido? —inquirió impaciente. Yo estaba desconcertado, y contesté:
—No, no he comprendido nada. No he entendido porqué estos animales se inquietan en cuanto salgo al corredor.
—¡Y no has comprendido! ¿No has comprendido por qué ellos se han agitado? Porque han visto al gato con tus ojos. Todo lo que ves ahora lo están viendo los ratones. El centro visual de tu cerebro emite ondas de radio que son captadas por los respectivos centros de los ratones. Entre los ratones y tú existe un contacto radio-mental. ¿Has entendido ahora? ¿No? Bueno, trataré de aclarártelo. ¿Te ha sucedido —preguntó— que, por ejemplo, hayas tenido el deseo de cantar una canción y en ese mismo momento la empieza a cantar o silbar otro que se encuentra cerca de ti? Además, esto no puede llamarse pura casualidad, porque a veces recuerdas canciones que no están de moda en ese momento.
Recordé que también me sucedían esos casos.
—Bien —continuó—, ¿y no te ha ocurrido que piensas en una cosa y en ese mismo momento tu interlocutor empieza a hablar de lo que has pensado? Hay científicos que se han interesado por este problema y hasta han realizado algunas pruebas al respecto. Posiblemente hayas oído hablar de los individuos que realizan pruebas para adivinar el pensamiento o para transmitir a distancia las impresiones visuales. Sin embargo, ni uno solo de los científicos que se las ha ingeniado para encontrar en estos fenómenos una u otra regularidad, ha podido dominar o dirigir los fenómenos mencionados. Ni uno solo. Únicamente yo. El cerebro del hombre emite ondas de radio que pueden captarse a veces por otro cerebro. Yo aprendí a dominar estas ondas y dirigirlas de un cerebro a otro cualquiera, según mi deseo. Eso fue lo que hice contigo. Cuando miraste al gato, los ratones tuvieron la impresión de que eran ellos los que lo veían. ¿Has comprendido ahora? Bien: basta por hoy. Mañana ven temprano; nos ocuparemos de tu caso. Serás un verdadero futbolista, a pesar de que no sé mucho de fútbol.
...Por la mañana me abrió la puerta el mismo viejo sirviente. Y entré en el laboratorio.
Mi nuevo señor estaba sentado en cuclillas frente a las jaulas, observando los animales de experimentación.
Luego, detuvo su mirada en mí, observándome de arriba abajo.
—Debes prestar más atención a tu aspecto exterior, joven, —interpoló inconforme—. La futura eminencia no debe andar sin afeitarse.
Luego, tras estas palabras, se dispuso a dilucidarme la esencia de su fantasía. Me afirmó, que debíamos realizar el primer experimento complicado con la participación sólo de personas. Yo le escuchaba sin comprender qué relación podía existir entre lo que me hablaba y la posibilidad de ser un gran futbolista.
—Ahora haremos un pequeño experimento —me dijo—, y después hablaremos sobre lo fundamental. Siéntate y lee el periódico.
Me senté a la mesa. Él, yendo hacia el rincón, chasqueó un interruptor. Se oyó un zumbido, interrumpido a ratos por un susurro. De repente, empecé a sentir un hambre terrible, como si no hubiera comido, por lo menos durante dos días. Mi estómago se encogía implorándome un bocado, a pesar de que media hora antes había comido opíparamente.
Se acercó a mí:
—¿Qué sientes?
Le dije lo que sentía y le pedí permiso para salir y en algún sitio comerme, por lo menos, una docena de bistecs; una cantidad menor no me hubiese satisfecho.
—Entonces, ¿tienes hambre? —inquirió compasivo—. Bueno, vete a comer, si quieres. Me dirigí hacia la puerta.
—Espera —me dijo, sonriéndose con satisfacción—. Quizás yo pueda ayudarte aquí, en el laboratorio.
Se alejó de nuevo hacia el rincón, se inclinó sobre el aparato, y me sentí satisfecho como si acabara de levantarme de la mesa después de haber comido bien.
—¿Has comprendido? —preguntó sonriéndose— ¿No? Por lo visto tendré que explicártelo todo. Esto es bastante simple. Primeramente establecí una comunicación entre el cerebro de los animales que no habían comido desde ayer y el tuyo, entonces sentiste hambre; después, entre los que acababan de comer y... ¿Ya no deseas comer?
Quedé absorto, sin poder volver en mí. Me tomó por un brazo y agregó:
—Vamos. Quiero presentarte a una persona. Salimos al patio de su casa. Allí vi otra vez al viejo que me había abierto la puerta. Cortaba el césped.
—¿Ves a ese jardinero? El es Giuseppe Rizi. ¿Lo has oído mencionar?
¡No faltaba más! ¡Qué futbolista no ha oído ese nombre! Sobre él han relatado leyendas. El elogio mas grande que se le puede hacer a un futbolista es decirle: «Juegas como Rizi». Empero, Rizi tenía más de veinte años sin jugar, y era de todos la idea de que él había muerto; hasta mi entrenador lo creía así.
¡Y resultó que trabajaba de jardinero! Fue así como me conocí con Giuseppe Rizi.
Con el tiempo Giuseppe se convirtió en mi amigo. A veces, de noche salíamos a pasear juntos, Eva, Giuseppe y yo. Nos contaba diferentes o interesantes historias de su vida. Rizi... bueno, sobre él hablaré después...
Rizi y yo íbamos todos los días al laboratorio y establecíamos contactos radio-mentales que no se irradiaban a otras personas. Nuestro amo estaba satisfecho. En cuanto me «conectaba» con Rizi, yo sentía lo mismo que él.
Y llegó el día que tanto esperábamos. Ya estaba todo preparado. Ese día nuestro amo llamó por teléfono a Solekbani.
—Hoy jugará su equipo contra «Chaparel». Ponga a jugar de delantero centro a Santo. No lo lamentara.
Yo no escuchaba lo que Guido le contestaba, sino que pensaba en el equipo «Chaparel», que era uno de los más fuertes de la serie. Sin embargo, yo no había aprendido todavía a jugar mejor.
Guido aceptó.
Llegamos al estadio una hora antes de empezar el juego.
Nuestro amo había encargado dos sitios en la tribuna: uno para él y otro para Giuseppe.
—Jugarás ahora, muchacho —me dijo mi nuevo jefe—, como nunca lo has hecho. Aunque te inquietes, será igual. Eres fuerte y resistente. Giuseppe nunca tuvo un cuerpo como el tuyo, ni en sus mejores tiempos, y tú nunca tendrás su talento. Hoy jugarás, pero será Giuseppe quien sentirá por ti y dispondrá de tu cuerpo, sentado en la tribuna y observando el juego. Jugarás como hubiera jugado en tu lugar Giuseppe.
Al empegar el juego, me inquieté, pero de súbito el nerviosismo desapareció. Comprendí que el nuevo dueño había conectado el aparato.
Aquel fue un juego inolvidable.
Al principio la defensa del «Chaparel» no me prestaba ninguna atención: me conocían por los juegos anteriores. Empezaron a notar mi presencia, cuando yo, eludiendo a tres jugadores contrarios, marqué el primer gol. ¡Y dale que dale!
Giuseppe, desde la tribuna, observaba cada uno de mis movimientos y se imaginaba mentalmente lo que él haría en tal o cual jugada en caso de ocupar mí lugar. Esto era transmitido instantáneamente a mi cerebro. Giuseppe me afirmó después, que yo jugué mejor que él en su tiempo, ya que mis capacidades físicas eran superiores a las suyas.
El público de la tribuna enloqueció de emoción, cuando marqué el segundo gol desde una posición bastante difícil.
Ese día, «Chaparel» recibió la paliza más grande de toda su historia.
Y así en un encuentro y otro.
Guido estaba fuera de sí de la alegría. Ya aparecieron posibilidades reales de que su equipo llegara a ser campeón.
Demás está decir, la alegría que experimentábamos Eva y yo: al fin, podíamos casarnos; así lo hicimos, invitando a nuestra boda a todo el equipo. Ya no teníamos que preocuparnos del futuro: yo ganaba dinero a montones.
Todo parecía ir muy bien.
Aunque a decir verdad, empecé a notar que mis costumbres cambiaban. Por las tardes me gustaba quedarme en casa. Eva se enfadaba cuando se encaprichaba y quería pasear y yo tenía pereza para levantarme del sillón. El nuevo jefe me decía bromeando, que yo había adquirido las costumbres del viejo Giuseppe. Pienso ahora que en esas bromas había un poco de verdad.
Giuseppe frecuentaba nuestra casa; y con el tiempo le cogimos un gran cariño. El decía que, por fin, había encontrado a su familia.
Lo único que nos apenaba a todos era la salud de Giuseppe. El viejo se sentía muy decaído. Nuestro jefe le daba estimulantes antes de comenzar los encuentros de fútbol. Sin estos estimulantes no podía aguantar la tensión de un encuentro completo.
Mis asuntos seguían maravillosamente bien. No voy a hablar de ellos. Sobre Santo di Chaves, el mejor futbolista del mundo, saben ustedes tanto como yo.
Nuestro jefe, con el dinero ganado por mi, compró una casa grande e instaló en ella un laboratorio magnifico.
Nuestra cuenta bancaria, de Eva y mía, crecía continuamente. Luego, decidimos emprender un negocio. En una palabra, todo iba bien.
...Esto sucedió en el último encuentro del campeonato. Ese día nos retrazábamos, porque Giuseppe se sentía muy mal: el corazón le fallaba. Mientras tanto, Guido llamaba intermitentemente rogando que nos apurásemos, pues había comenzado el primer tiempo. Giuseppe estaba acostado en una camilla, con los labios grises y contraídos por el dolor. Nuestras miradas se encontraron. Me sonrió como diciendo:
«¡Todo irá bien, muchacho!».
El jefe se inclinó sobre el y le dijo en forma de súplica:
—Quizás puedas ir al estadio, Giuseppe. Hoy será el encuentro final. Tu pulso está ya normalizándose.
Llegamos al estadio cuando empezaba el segundo tiempo.
Nuestro equipo estaba perdiendo, Guido, con manos trémulas, me ayudó a vestirme. Y salí al campo.
Ese día, Giuseppe se superó a sí mismo. Jugué como nunca lo había hecho en mí vida. Después que marqué el segundo gol en la portería del «Broks», el público se puso de pie y comenzó a chillar. Según cuentan, el rugido del público era oído ¡a muchas millas del estadio!
Y yo no me detenía. Conduje la pelota entre dos zagueros contrarios y, desde el área de castigo, metí el tercer gol.
De súbito sentí una angustia tan grande... Dios mío, mi corazón todavía se encoge cuando lo recuerdo. Perdí todas mis fuerzas, en tanto que mi mente me aclaraba la causa de ello.
Miré inquieto hacia la tribuna. En el sitio donde había estado sentado Giuseppe y el jefe se amontonaba el público impidiéndome ver a Rizi, y comprendí que cuando esa gente se dispersara, yo no lo vería más.
Terminé el partido como pude. Y recibimos el titulo de campeones.
Al otro día los periódicos, extasiados de admiración, describieron pormenorizadamente todo el encuentro, escribiendo hasta lo indecible sobre las hazañas de Santo di Chaves, quien le arrancó el triunfo al «Broks». Al final del artículo se leía esta noticia: «Como prueba de la tensión que reinó en ese encuentro es el hecho de que un espectador murió en las gradas a consecuencia de un infarto, al no poder soportar la aflicción después del tercer gol en la portería del «Broks»».
En el entierro de Giuseppe lloró sólo Eva. Yo, permaneciendo de pie e inmóvil, pensaba. Un solo pensamiento me inquietaba...
Fui a ver al jefe. Este estaba en su laboratorio. Le pregunté que cuántos años más hubiese vivido Giuseppe en caso de negarse a «jugar».
—Unos diez o quince años —respondió con indiferencia—. La tensión lo mato. Pero no te aflijas muchacho: la vida es la vida, como dicen los franceses. A fin de cuentas Giuseppe no tenía ningún futuro. No te preocupes, te encontraremos a otro futbolista famoso y sin trabajo.
—¿Para matarlo como matamos a Giuseppe?
Me miró con asombro y repuso:
—¡No me gusta tu insinuación!
No le golpeé, sino que, pegándole un golpe el pie a una jaula con ratones, que estaban tranquilos como si escucharan la conversación, la hice caer al suelo. Salí furioso sin volver la cara hacia atrás. Fue la última vez que le vi.
Luego, Eva y yo decidimos salir a otro país. Ella quiso, no sé por qué, viajar a Australia. Por mi parte me daba igual ir adonde sea. Esa es mi historia.
Un silencio sepulcral hizo presa de todos.
—Muy interesante —dijo el marinero—. Bastante interesante. ¿Esto significa que, Ud. no jugará más al fútbol?
—No —respondió Chaves—, no jugaré más. Aquel día comprendí, de una vez por todas, que yo no era un ratón, sino una persona, a pesar de que se pueda hacer experimentos conmigo.
—¿Y está usted seguro de que no lo lamentará nunca? —inquirió el marinero.
—Lo lamento todo el tiempo —respondió en un tono brusco Chaves—, al recordar a Giuseppe.
—¿Qué piensa hacer en Australia? —preguntó el joven enfermizo.
—Nosotros tenemos bastante dinero. Estableceremos un pequeño negocio...
El jugador de poker quiso hacer otra pregunta, pero se contuvo, pensativo, mientras movía en silencio las cartas de mano en mano.
En el salón entró una mujer joven y bella:
—Santo —dijo, y se detuvo junio a la mesa— perdón, creí que te habías perdido y no podías encontrar el camarote.
—¡Buenas noches! —dijo levantándose Santo—. ¿Jugaremos nuevamente al poker mañana?
—No —respondió el marinero—. Líbrenos de eso. Con usted no tiene interés jugar al poker, mejor conversaremos.
Santo tomó por el brazo a su mujer y salió del salón.
—Es una pareja hermosa —afirmó el enfermizo sin dirigirse a nadir.
No tuvo respuesta.
Por la mañana el barco llego a Sydney. Abriéndose paso a codazos por el gentío de pasajeros que esperaba la salida, el jugador de poker se acercó a Chaves:
—Perdone un momento. Chaves se separó de Eva.
—Escúcheme —siguió diciendo, mientras miraba a su alrededor—. ¿Me puede dar la dirección?
—¿Qué dirección? —inquirió intrigado Chaves.
—La de su jefe.
Chaves observó atentamente su rostro como si lo estudiara, después, lentamente, en silabas, le dio la dirección.
—¿No la olvidará?
—No —repuso el jugador de poker—. ¡Gracias! Y le tendió la mano, pero Chaves no la notó en su apresuramiento hacia Eva.
Los pasajeros bajaron a tierra.


FIN


Traducción: Jorge Francisco Franco B.
Publicado en: Devuélveme mi amor.

Edición digital: Edcare.