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Enrique Anderson Imbert - Ida y vuelta

Ida y vuelta
Enrique Anderson Imbert
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Los Académicos (no lo eran pero les gustaba que en el pueblo de Don Torcuato los llamasen así) planearon ese viaje de ida y vuelta. Elegirían a un lector muy calificado que se fuese al siglo XVII y volviera con la respuesta a la cuestión de quién había sido el autor de La Estrella de Sevilla. Porque, ¡si lo sabía Foulché-Delbose!, el hecho de que el nombre de Lope de Vega figurase en las primeras ediciones no probaba nada. Puesto que no disponían de ninguna Máquina del Tiempo discutieron sobre el modo de emprender el viaje. Albornoz, que era el excéntrico del grupo, no ocultó su escepticismo:
–Misión imposible –desahució–. Sin Máquina no hay viaje que valga.
El ceremonioso Figueiredo cerró los ojos y, aunque no los veía, con el ademán se dirigió a Giraud, Brown y Moberg. La cabeza del oráculo empezó a hablar:
–La primera etapa del viaje será psíquica. Después...
–No creo –lo interrumpió Albornoz– en las facultades Psi-Gamma y Psi-Kappa. No creo en telepatías, telekinesis, espiritismos y fantasmogénesis. No creo en...
–No se gaste –ahora Figueiredo abrió los ojos y fue él quien interrumpió–. Nadie le pide que crea en la Parapsicología. Nos basta con que confíe en la Mecánica del Quantum. A ver, Moberg, explíquele.
Y Moberg, muy científicamente, explicó al escéptico Albornoz que entre los saltos de los electrones de órbita en órbita y los saltos de los hombres de siglo en siglo había relaciones ya verificadas por la historia. Ahí estaban los casos de hombres que habían asombrado a sus vecinos con ideas traídas del futuro o del pasado. En el caso de Rivadavia y Rosas ("para referirse a dos argentinos de idéntica inicial", se disculpó Moberg) ¿no era evidente que el primero saltó para adelante y el segundo para atrás y luego retornaron tan cambiados por lo que habían visto y oído en otras épocas que causaron un escándalo en su propia época? Sin contar que, en la historia de la cultura, se daban afinidades demasiado extraordinarias para que fuesen casuales: por ejemplo, Luciano y Voltaire, tan afines, ¿no se habrían puesto de acuerdo al juntarse en algún viaje por el tiempo? Es más –añadió el ocultista Brown con cierta timidez–, Heráclito y Hegel ¿no serían una y la misma persona? Todo lo que había que hacer para realizar el proyecto –concluyó Figueiredo– era preparar al viajero de tal manera que el salto psíquico coincidiera con el salto físico. Fácil.
Sin prestar más atención a las objeciones de Albornoz los Académicos pusieron manos a la obra. Comenzaron por construir un Simulador Seiscentista. Simulaba una ciudad en miniatura que cabía en los fondos del Club de Don Torcuato, si bien los simulacros de edificios y calles aparentaban tener el tamaño natural. Con decorados, bastidores y trastos ese escenario creaba la ilusión de un barrio del siglo XVII. Levantaron una casa, réplica de la de Lope de Vega en Madrid, y la amueblaron como correspondía. Naturalmente, allí estaba la colección más completa posible de comedias del Siglo de Oro. Los únicos libros posteriores a 1617 –fecha probable de La Estrella de Sevilla– eran de filología: gramáticas históricas, historias de la pronunciación... En esa casa viviría el Viajero del Tiempo. Sería como vivir en una biblioteca, en un museo, en un teatro, en un laboratorio.
De un concurso de lectores eligieron a un español que había llegado a la Argentina hacía un par de años. Exageraba sus zetas para avisar que jamás cedería al seseo porteño. No era universitario pero cuando fue examinado desplegó una erudición en materias del Siglo de Oro más cabal aún que la de los especialistas. Ante la mesa examinadora presidida por Figueiredo recitó de memoria escenas enteras, precisó fechas, aportó anécdotas esclarecedoras. Declaró que se había consagrado al teatro clásico desde muy joven, cuando todavía estudiaba en el Seminario de Nuestra Señora. Por cierto que esa devoción al teatro lo apartó del gusto por la teología. Renunció, pues, a ser fraile y se sumó a una compañía de cómicos trashumantes. Para actor le faltaban condiciones físicas. Quizá el hecho de ser zurdo tenía algo que ver –por aquello de los nervios entrecruzados de los hemisferios cerebrales– con su modo tembleque de estirar ciertas sílabas. Sin embargo, tanto le atraía la farándula que siguió pisando tablas aun a sabiendas de que estaba condenado a representar papeles insignificantes. Desembarcó en Buenos Aires, perdió el empleo, ganó la lotería y justamente entonces se enteró del concurso de "lectores del Siglo de Oro".
Los Académicos quedaron bien impresionados porque Paco –que así quería el concursante que lo llamaran– además de ser madrileño y dominar la literatura dramática con la puntualidad de un maniático, era un histrión capaz de interpretar a cualquier personaje. Como en una comedia de espionaje se codearía con los contemporáneos de Lope, ¡con Lope mismo!, hasta averiguar la autoría de La Estrella de Sevilla. En cuanto a las cualidades psíquicas para dejarse raptar por un tiempo reversible ¡bueno!... Sus ojos, a pesar de que, según observó Albornoz, destellaban de vez en cuando picardía, eran los de un carácter débil, ingenuo y, mejor aún, sugestionable. Su boca, a pesar de que, también según Albornoz, disimulaba a veces la sonrisa burlona, se abría como a la espera de que un traspunte le soplase versos olvidados Justo lo que se necesitaba para el experimentos: un médium hipnotizable, un alma sensitiva, un buen conductor de espiritualidad. Por fin una noche, ya perfectamente instruido, Paco se mudó a la simulada ciudad. Lo habían disfrazado con prendas de galán seiscentista, así que, en el primer momento, impresionó como una máscara rezagada del último carnaval, pero en cuanto se instaló en la casa no hubo más anacronismos. Se enfrascó en la relectura de viejas comedias. A trechos una cinta magnetofónica prorrumpía en ruidos del siglo XVII: sones de vihuela, el rechinar de un carro, veces de pregoneros. SI se movía por la habitación tocaba cosas del siglo XVII. Cuando se asomaba a la calle confirmaba fachadas del siglo XVII. Aun olía y saboreaba al siglo XVII, pues manos invisibles le dejaban en la cocina viandas aderezadas de acuerdo con un Tratado de Glotonería impreso en 1610.
Habían convenido en que Paco izaría un banderín cada mañana y lo arriaría cada noche. El no hacerlo indicaría que había partido en su viaje a retrotiempo. Los Académicos, desde el Club, por riguroso turno vigilaban con un catalejo. Una mañana el banderín no fue izado. Conmoción. ¡Paco, ausente! ¡Paco, ya en el siglo XVII! Pero poco después el académico de guardia –Giraud, el de las jaquecas con pérdidas de visión– apuntó el catalejo al Simulador Seiscentista y divisó a alguien que, dentro de la casa, daba las espaldas a la ventana: ¡Paco, de vuelta! Pasó la voz a los colegas y todos corrieron a interrogar al Viajero del Tiempo.
Este debió de oír sus pasos porque se plantó en la vereda y los miró de arriba abajo como si los desconociera. Para un noble alegremente vestido con calzas verdes, jubón de estrías amarillas, rojas y azules y cuello de encajes debió de ser una triste mascarada la de esos hombres embolsados en trajes obscuros.
–¿Y... Paco? –Inquirió Figueiredo–. ¿Viajó?
–¿Paco, habéis dicho? Yo, don Francisco Hurtado de Enciso soy.
–Bueno, bueno... Como quiera, Don Francisco. A ver. Nos morimos de impaciencia. ¿Fue Lope, nomás, quien escribió La Estrella de Sevilla?
–¿Qué Lope?
–¡Qué Lope va a ser! Lope de Vega.
–¿Qué decís? Yo, yo, yo a solas, como un gerifalte acabo de dar cima a La Estrella de Sevilla. Lo que me turba es que preguntéis por esa obra. De Puño la escribí en secreto, Y nadie sino yo puede estar enterado de su existencia. Decidme: ¿quiénes sois? ¿Demonios?
Figueiredo hizo señas a los Académicos para que no replicaran: había que escuchar en silencio lo que bien podría ser la primera del trasmundo, noticia que sonaba con una pronunciación española de otra edad aunque con un seseo semejante al de los argentinos.
–Demonios debéis de ser –prosiguió el hidalgo– porque os habéis percatado de un título todavía inédito. Rasgueando el título La Estrella de Sevilla estaba cuando al punto se me vino encima, más que un hombre, un relámpago de hombre. Había aparecido por una grieta de aire, y tendía la mirada, y la mano hacia mis papeles. Atiné a cogerlos y antes de que yo pudiera hacerme a un lado el intruso topó conmigo. Perdí el sentido. Volví en mí con la sensación de hallarme en el pellejo de otro. En tal éxtasis se me cayeron los papeles, retrocedí, di con la espalda en la ventana y durante largo rato me quedé aguantando a pie quedo con el temor de que algo se moviera en el espacio vacío. En esto, llegasteis. Y ahora me preguntáis por La Estrella de Sevilla como si no fuera mía... ¿Quiénes sois?
Se abrió paso entre los silenciosos Académicos y, desconcertado como si descubriera que no estaba donde había creído estar, exclamó:
–¿Qué es esto? No es una casa, no es una calle, no es una ciudad. Esto no es Madrid. Es un espacioso tablado para representar. ¿Qué pasa aquí? ¿En qué comedia de teatro estoy? Válgame Dios ¿quién se vio jamás en tanta confusión? Ah, claro, ya caigo. Queréis despojarme de La Estrella de Sevilla. ¿Conjuras a mí? ¡Atrás, atrás!
Con la mano derecha desenvainó la espada y blandiéndola se precipitó en la casa a los gritos:
–¡Mi manuscrito! ¡Muerte al que intente robarme el manuscrito!
–¡Eh! ¿Adónde va? –lo llamó Giraud pero inútilmente porque el otro ya había atravesado los umbrales.
–Dejémoslo –propuso Figueiredo–. Volverá cuando se haya repuesto de los efectos del viaje. Albornoz no aguantó más:
–¡No me van a decir ahora que de veras se han tragado que ese pobre tipo se echó a volar desde aquí hasta la España de nuestros requetetatarabuelos!
–Por lo visto –terció Brown– usted no ha reparado en la gran novedad de ese viaje redondo.
–¡Qué! –Albornoz era todo sarcasmo–. ¿Paco se trajo algo del siglo XVII, como aquel protagonista de The Time Machine de Wells, que del futuro se trajo una flor desconocida?
–Paco no trajo esa flor pero ha traído un objeto también maravilloso: se ha traído a sí mismo convertido en otra persona. Se fue humilde y ha vuelto señorial. Se fue zurdo y ahora es diestro. Se fue con las zetas del castellano y ha vuelto con las eses del andaluz. Dice que es el autor de La Estrella de Sevilla y yo, por lo menos, lo creo.
–¡Genial! –soltó Albornoz–. Un castellano del siglo XX cae en el Madrid del siglo XVII y tropieza con un andaluz que está escribiendo. ¡Pum! Transvasamiento de almas. El castellano se queda allá habitando el cuerpo del andaluz y el andaluz viene a parar acá en el cuerpo del castellano. ¡Fenómeno! Como cuento fantástico no estaría mal si no fuera más bien un realista Cuento del Tío. Nuestro hombre es un farsante. No olvidemos su profesión histriónica. Por ser actor no le cuesta representar el papel más absurdo. Le bastó que en La Estrella de Sevilla se rimase "alteza" con "empresa" y "venzas" con "ofensas" para convencerse de que su autor seseaba como andaluz. No podía ser Lope de Vega, pues éste ceceaba. Hacer las veces del sevillano autor de La Estrella de Sevilla le fue fácil. Procedió como cualquier filólogo: leer el texto, agotar sus significaciones, comprender la intención del autor, identificarse con el autor, convertirse en el autor.
–No sé por qué discutimos tanto –se lamentó Giraud, ya con una de sus jaquecas enceguecedoras–. Lo mejor será interrogar al sospechoso. Voy a buscarlo.
Giraud se metió en la casa y al minuto escapó espantado:
–¡Increíble, increíble! Lo entreví en un rincón de la sala, con un montón de papeles en la mano, contemplándose en el espejo. Parecía no reconocerse porque gritó: "¡Me han robado la cara!". Y señalando a su propia imagen en el espejo agregó: "¡Y fue ése quien me la robó!". Al oírme se dio vuelta, me clavó una mirada terrible y ¡lo juro! se desvaneció en el aire como una pompa de jabón. Don Francisco Hurtado de Enciso ha vuelto a su siglo XVII llevándose el manuscrito.
La voz de Albornoz sonó alterada:
–¡No puede ser! Es que usted no ve bien. El pícaro debe de haberse escondido detrás de algún mueble, probablemente detrás del espejo. Tengo que encontrarlo. Si no, me vuelvo loco.
–Ah –reflexionó Brown al ver que Albornoz se disparaba hacia la casa–, es lo que les pasa a los racionalistas. Al menor milagro pierden la razón.
Justo cuando Albornoz iba a entrar, el Viajero del Tiempo salía como un vértigo, tambaleándose. Albornoz lo tomó del brazo y lo sacudió en tanto que amenazaba:
–Usted es Paco, ¿me ha oído? Usted es Paco...
–Sí... supongo... Pero ¿y el otro?, ¿qué se hizo el otro?


Edición digital de C. Molina
Revisión de "urijenny"