Jane Yolen es la autora de 77 libros publicados, el
último de los cuales, Cards of Grief, fue seleccionado en
1985 por el Club del Libro de Ciencia Ficción. Los relatos cortos de Jane Yolen
suelen aparecer con frecuencia en las antologías de "Lo mejor del
año" que se publican en los Estados Unidos. En este relato
nos ofrece una historia de fantasía donde la lógica cotidiana tiene tanta
importancia como el escenario mismo donde se desarrolla la acción.
Los ángeles volvieron de nuevo hoy, esas cosas
asquerosas que dejaban caer plumas de sus alas con los cañones tan duros como
el oro y excrementos tan grandes y amarronados como boñigas de camello. Esta vez
uno de ellos se llevó a Isak, atrapándole por la espalda con sus enormes
garras. Pudimos oírle gritar hasta mucho tiempo después de que la bandada
desapareciera de nuestra vista. Su sangre manchó el dintel de la puerta junto a
la que lo arrebataron. La dejamos allí, en parte como advertencia, en parte
como desesperado recuerdo, con las plumas caídas clavadas encima. En una época
de plagas, aquella infestación de ángeles era lo peor que nos podía pasar.
No deseábamos quedarnos en la región de los gipts,
pero los esclavos tienen que hacer lo que sus amos les ordenan. Y aunque
nosotros no éramos esclavos en el sentido tradicional, sólo contratados,
habíamos firmado nuestros contratos, y los gipts dan gran importancia a sus
contratos. Había un proverbio entre ellos que decía que «alquien que se echa
atrás de algo que ha firmado no es mejor que un ladrón». Lo que les hacían a
los ladrones es considerado horrible incluso en esa tierra desértica dejada de
la mano de Dios.
De modo que estamos atrapados aquí, bajo un cielo
que llueve sapos, entre campos dispersos donde medra la langosta, bajo
un sol que levanta ampollas sobre nuestras sensibles pieles. Era un año de
desgracias. Sin embargo, si alguno de nosotros se quejaba, el líder de los
gipts, el faro, agitaba el contrato muy alto por encima de su cabeza, haciendo
que sus seguidores prorrumpieran en esos agudos ululidos que ellos llaman risa.
Nos quedamos.
Unos minutos después de que fuera arrebatado Isak,
su hija Miriamne vino a mi casa con la Vara de Líder. Grabé mi signo debajo del
de Isak, y luego pronuncié el solemne juramento en nuestra antigua lengua ante
Miramne y los otros nueve que acudieron para ser testigos de que la Vara había
sido transmitida. Mi signo era una serpiente, porque mi clan es la Serpiente.
Habían transcurrido exactamente doce rotaciones desde que el último miembro de
los Serpiente había conducido al Pueblo hasta allí, pero si la plaga de ángeles
duraba mucho más, no quedaría nadie de mi tribu para sacarles de aquel lugar.
No éramos un clan guerrero, y yo era la última. Siempre habíamos sido un clan
pequeño, y pobre, que había crecido bajo los talones de tribus más prósperas.
Cuando el juramento estuvo hecho y adecuadamente
testificado -somos un pueblo de pergamino y tinta-, nos sentamos juntos a la
mesa para partir el pan.
-No podemos seguir aquí más tiempo -empezó Josu. Su
gran rostro barbudo estaba tan cruzado por las cicatrices que parecía un mapa,
y su hemisferio sur se agitaba furioso-. Debemos pedirle al faro que nos permita
romper nuestro contrato.
-En todos los años de nuestros tratos con los gipts
-señalé-, nunca se ha roto un contrato. Mi padre y el tuyo, Josu, se revolverían
en sus tumbas si supieran que tomamos en consideración algo así. -Mi padre, que
llevaba quince años confortablemente muerto en nuestra tierra natal, no se
molestaría en revolverse en su tumba, ni por ése ni por ningún otro asunto.
Pero el padre de Josu, como todos los Escorpión, había sido del tipo ansioso,
siempre buscando problemas aunque no los hubiera. Se necesitaba poca
imaginación para verlo girando inquieto bajo tierra, como un cordero en su
espetón.
Miriamne lloraba silenciosa en un rincón, pero sus
hermanos golpearon la mesa con puños fuertes como martillos.
-¡Tiene que permitir que
nos marchemos! -gritó Ur.
-O al menos -añadió más juiciosamente su hermano
menor, mucho más alto y corpulento que él- tiene que permitirnos que
suspendamos el trabajo en este templo hasta que los ángeles emigren al norte.
Ya casi es verano.
Miriamne lloraba más fuerte ahora, aunque era
difícil decir si era por la repentina y atroz muerte de Isak o por el
pensamiento de sus asesinos saboreando su cuerpo en los altos y lujuriantes
valles del norte.
-No servirá de nada pedirle al faro que nos deje ir
-señalé-. Porque si lo hacemos, nos utilizará como los gipts utilizan siempre a
los ladrones, y ésa no es una alegre perspectiva. -Al decir nosotros, por
supuesto, me refería a mí, porque la ira del faro se dirigía solamente al que
le formulaba la petición, que en este caso sería naturalmente yo, como líder-.
Pero... -hice una pausa, pues las pausas son la moneda de la sabiduría de los
Serpiente.
Me miraron expectantes.
-...si podemos persuadir al faro de que esta plaga
va dirigida contra los gipts y no contra nosotros... -Dejé ese pensamiento ante
sus ojos. El clan de los Serpiente es conocido por su ingenio y su astucia, e
ingenio y astucia era lo que más necesitábamos ahora, en este tiempo de
dificultad.
Miriamne dejó de llorar. Dio la vuelta a la mesa y
se detuvo detrás de mí, apoyando sus manos en mis hombros.
-Estoy con Masha -dijo.
-Y yo. -Éste era Ur,
que siempre seguía a su hermana.
Y así, uno a uno, el resto de la concurrencia mostró
su acuerdo. Lo que los diez acordaran, el resto del Pueblo que permanecía en
la región de los gipts lo acordaría también sin discusión. En esta lealtad
reside nuestra fuerza.
Acudí inmediatamente al gran palacio del faro,
porque si esperaba demasiado él no comprendería la urgencia de mi misión. Los
gipts son una raza gorda con poca memoria, y es por eso por lo que hacen que
otros les construyan grandes recordatorios. Los desiertos a su alrededor están
sembrados con sus monumentos: grandes símbolos de piedra y hueso y mortero
cementados con la sangre del Pueblo. Normalmente no nos quejamos por ello.
Después de todo, nosotros somos los únicos que podemos planificar y construir
satisfactoriamente esas gigantescas moles conmemorativas. Los gipts son
incapaces de hacerlo. En vez de ello, se sientan sobre sus enormes
acumulaciones de tesoros, pagándonos nuestro trabajo con monedas de oro. Es un
extraño acuerdo el que tenemos, pero no más extraño que algunas otras
asociaciones. ¿Acaso el chorlito no se alimenta con su afilado pico en el lomo
del cocodrilo? ¿Acaso la pequeña remora no se pega al tiburón?
Pero este año las condiciones en el reino de los
gipts se han vuelto intolerables. Aunque a menudo perdemos a algunos miembros
del Pueblo a causa del calor, a la mal preparada comida de los gipts, o a la
siempre sorprendente visita de las erupciones pustulosas de los gipts, nunca
nos habíamos enfrentado a un año así: plaga tras plaga tras plaga. Se murmuraba
en todas partes que nuestro Dios estaba furioso por algo. Y, finalmente, esta
horrible infestación.
Normalmente los ángeles permanecen en sus refugios
de las montañas, alimentándose de cabras salvajes y de ocasionales polluelos.
Raras veces se dejan ver, excepto de lejos, en las espirales de sus vuelos de
apareamiento, cuando los machos trazan círculos en el cielo, haciendo piruetas
y desplegando, sus rígidos espolones y sus erecciones en honor de sus hembras,
que les observan desde las alturas. (Por supuesto, hay historias de mujeres
gipt que, excitadas por la visión de esa extraña masculinidad alada, corren
alocadas a los páramos salvajes y no vuelven a ser vistas nunca. Las mujeres
del Pueblo nunca hacen esas cosas.)
Sin embargo, este año ha habido una fuerte sequía, y
el follaje de las montañas es escaso. Muchas cabras han muerto de hambre. Los
ángeles, hambrientos de carne roja, han descubierto que por nuestras venas
circula el mismo néctar rojo. Trabajando en los monumentos, caminando sin
protección por las calles, somos una presa más fácil que las cornudas cabras. Y
los gipts no nos permiten llevar armas. Está en el contrato.
Cincuenta y siete de nosotros habían sucumbido ya
bajo las garras de los ángeles, diez de ellos de mi propio y precioso clan. Era
demasiado. Teníamos que convencer al faro de que esta plaga era problema
suyo y no nuestro. Iba a necesitar toda la astucia y el ingenio de un auténtico
Serpiente. Pensé con rapidez mientras bajaba por la amplia calle, la Calle de
los Recuerdos, hacia el palacio del faro.
Puesto que los gipts creen que el rostro y los
tobillos de una mujer pueden despertar deseos innecesarios, ambos tienen que ir
convenientemente cubiertos. Llevaba el tradicional blusón negro y unos
pantalones cubriendo mis piernas, y la máscara de seda negra que ocultaba todo
mi rostro excepto los ojos. Sin embargo, un constructor necesita poder moverse
con libertad, y aquella era una región calurosa, de modo que mi estómago y
brazos estaban al descubierto. Esas partes del cuerpo son consideradas como
inocuas por los gipts. Mientras caminaba se me ocurrió que mi estómago y brazos
estaban lanzando inconfundibles señales a los ángeles que estuvieran merodeando
por allí. Aferré con más fuerza la Vara de Líder. La sujeté con ambas manos. No
iba a dejarme coger mansamente, como Isak. por detrás. Giré la cabeza y miré a
mi alrededor, luego alcé la vista para escrutar el cielo.
No había nada excepto el claro y uniforme azul del
cielo gipt de verano. Ni siquiera un pájaro trazaba su perezosa trayectoria en
aquella luminosa extensión.
Y así llegué al palacio sin el menor incidente. Las
calles estaban tan vacías como el cielo. Normalmente las calles sólo eran
recorridas por el Pueblo y otros contratados de los gipts. Ellos sólo
viajaban en carritos tirados por mulos y de noche, cuando sus pesados y desproporcionados
cuerpos podían soportar el calor. Y puesto que los ángeles eran una raza
diurna, que se recogía en sus nidos por la noche, gipts y ángeles raramente se
encontraban.
Llamé a la puerta del palacio. Los guardias,
mercenarios contratados al otro lado de la gran extensión de agua, con sus
negros rostros cruzados por cicatrices rituales, abrieron las puertas desde
dentro. Hice una ligera inclinación de cabeza. En los rangos de los gipts, el
Pueblo estaba por encima de ellos. Sin embargo, nuestros libros sagrados dicen
que todos somos iguales, de modo que les saludé.
No me devolvieron el saludo. Su propia religión
consideraba a los mercenarios como hombres muertos hasta que regresaban a casa.
Los muertos no se preocupan en conversar.
-Masha-la, Masha-la -me llegó un gorjeante grito.
Alcé la vista y vi a los veinte hijos del faro
corriendo hacia mí, agitando sus cortas y gordezuelas piernas. Demasiado
jóvenes todavía para alcanzar ese enorme peso que caracterizaba a sus mayores,
los chicos treparon a mi alrededor como monitos. Yo era la gran favorita en la
corte, puesto que utilizaba mi ingenio de Serpiente para contarles
maravillosos relatos que les divertían enormemente.
-Masha-la, cuéntanos una historia.
Alcé la Vara y retrocedieron, sorprendidos de verla
en mi mano. Aquello ponía fin a nuestras casuales sesiones de cuentos.
-Debo ver a vuestro padre, el gran faro -dije.
Se alejaron corriendo, cuchicheando y chasqueando
sus labios al olor de la comida que les llegaba desde el comedor común. Les
seguí, sabiendo que los gipts adultos estarían también allí, celebrando una de
sus fiestas que duraban todo el día.
Otros dos mercenarios negros abrieron las puertas
para mí. De un tribu distinta, ésos eran altos y delgados, y las cicatrices de
sus brazos parecían enjoyados brazaletes de cuentas negras. Les hice una
inclinación de cabeza al pasar. Sus rostros no reflejaron ninguna respuesta.
El salón estaba lleno de comensales gipts, servidos
por sus mujeres, algo menos gordas. En la parte más elevada del salón había una
hilera de divanes donde estaban recostados siete hombres enormes, los
consejeros del faro. Y en la plataforma superior, dominándolos a todos, la masa
de carne que era el faro en persona, con una muy gorda mano hambrientamente
tendida hacia un bol de uvas peladas.
-Te saludo, oh alto y poderoso faro -dije, haciendo
que mi voz resonara por encima de los ruidos del salón.
El faro sonrió blandamente y agitó una letárgica
mano. Los anillos de sus dedos mordían profundamente la hinchada carne. Corre
un chiste entre el Pueblo que dice que uno puede deducir la edad de un gipt del
mismo modo que lo hace con un árbol, contando los anillos. Una vez se los han
puesto, los anillos quedan encajados en la cada vez más hinchada carne. Las
muchas gemas de la mano del faro me parpadearon. Era muy viejo.
-Masha-la -dijo lánguidamente-, me desconsuela verte
con la Vara de tu Pueblo.
-Más me desconsuela a mí, poderoso faro, saludarte
con mis malas noticias. Pero es algo que tienes que saber. -Proyecté mi voz de
modo que hasta las mujeres que estaban en la cocina pudieran oír.
-Habla -dijo el faro.
-Esos ángeles portadores de muerte no sólo son una
plaga para el Pueblo, sino que nos están utilizando como aperitivo para la carne
gipt -dije-. Pronto se cansarán de nuestra pobre y correosa sustancia y
empezarán a alimentarse de la vuestra. A menos... -hice una pausa.
-¿A menos qué, Líder del Pueblo! -preguntó el
faro.
Aquél era el problema. Sin embargo, tenía que
seguir. Ya no había forma de echarme atrás, y el faro lo sabía.
-A menos que mi Pueblo se tome unas pequeñas
vacaciones al otro lado del gran mar, y vuelva cuando los ángeles se hayan ido.
Entonces traeremos más gente, y el monumento estará terminado a tiempo.
Los codiciosos ojos del faro brillaron.
-¿Sin aumento del precio estipulado?
-Es por vuestro propio bien -gemí. El faro espera
que aquellos que acuden a él con peticiones giman. Está en el contrato, bajo el
epígrafe: «Reglas de conducta».
-No te creo, Masha-la -dijo el faro-. Pero has
contado una buena historia. Vuelve mañana.
Aquello salvaba mi piel, al menos por el momento,
pero no ayudaba a los demás.
-Esos ángeles irán tras los hijos del faro
-dije. Era un palo de ciego. Sólo los hijos y algunas mujeres ocasionales e
innecesarias salían al exterior a la luz del día. No estoy segura de por qué lo
dije-. Y una vez hayan probado la carne de gipt... -añadí, e hice una pausa.
Hubo un repentino y auténtico silencio en el salón.
Era evidente que me había excedido. Quedó muy claro cuando el faro se irguió
en su asiento. Con lentitud, sostenido por dos de los guardias negros, aquel
cuerpo de mamut se alzó. Cuando estuvo sentado erguido, se colocó su casco
oficial, con las orejeras decoradas que caían a los lados. Alzó una mano, y el
guardia de su derecha puso el Gran Cayado Gipt en su gorda palma.
-Tú y tu Pueblo no iréis al mar este año antes de
tiempo -entonó el faro-. Pero mañana tú irás a la cocina y cederás tu
mano para mi sopa.
Golpeó la recia base del cayado contra el suelo,
tres veces. El guardia tomó el cayado de su mano. Luego, agotado por la sentencia
que había pronunciado sobre mi mano -esperaba que fuese la izquierda, no la
derecha-, el faro volvió a reclinarse y siguió comiendo.
Salí, cruzando las puertas abiertas por los oscuros
hombres, cuyos rostros olvidé tan pronto los vi, y emergí al atardecer, color
rojo sangre por el sol poniente.
Pude oír las pisadas de los hijos del faro a mis
espaldas, pero mi agitación era tal que no me volví para advertirles que
regresaran dentro. En vez de ello, seguí caminando calle abajo, componiendo
un salmo a la querida habilidad de mi mano derecha, sólo por si acaso.
El charloteo de los niños tras de mí se incrementó
y, justo en el momento en que alcanzaba la puerta de la casa de Isak, me volví
y sentí el peso de un viento que llegaba de arriba. Alcé la mirada y vi a un
ángel picando sobre mí, las alas agitándose a sus costados en un peligroso
frenar, como el de un halcón sobre su presa. Retrocedí contra la puerta y alcé
mi mano derecha en súplica. Mis dedos se aferraron a las plumas clavadas en la
puerta. Instintivamente las aferré y las mantuve estrujadas contra mi puño Mi
mano izquierda estaba escarbando en el polvo. Encontré algo y lo sujeté. Y
entonces el ángel estuvo sobre mí. y mi mano izquierda se unió a la derecha
para empujar con fuerza contra acuella horrible cosa.
Las garras del ángel estaban a unos pocos centímetros
de mi cuello cuando algo detuvo el empuje de la criatura. Sus alas se agitaron
y frenaron su descenso, y su gran cabeza de pelo rubio se movió de uno a otro
lado.
Fue entonces cuando me di cuenta de sus ojos. Eran
tan azules como el cielo gipt__y tan vacíos. El ángel alzó su enorme rostro
ciego y olisqueó el aire, deteniéndose, curioso, varias veces antes mis manos
extendidas. Luego, dando un par de fuertes aleteos, se alzó alejándose de mí.
viró bruscamente hacia la derecha y tomó la dirección del palacio, donde los
hijos del faro se dispersaron ante él como briznas de paja al viento.
Dos veces picó el ángel, y dos veces volvió a
alzarse con un niño en sus garras. Salté en pie. ensucié concienzudamente la
parte superior de mi Vara en el estiércol y las plumas, y la arrojé contra la
bestia, pero ya era demasiado tarde. Se había alejado, con un aullante niño en
cada garra, camino de su nido, donde compartiría su presa.
¿Qué podía decirle al faro que no supiera ya de boca
de los histéricos niños que me habían precedido? Me dirigí a mi casa, con la
Vara muy alta sobre mi cabeza. Me protegería como ningún tótem me había
protegido antes. Ahora sabía lo que sólo habían sabido los hombres que ahora
estaban muertos, lo que habían descubierto mientras las poderosas garras los
arrastraban muy por encima del suelo. Los ángeles son ciegos y cazan por el
olfato. Si ensuciábamos nuestros bastones con su estiércol y plumas y los
manteníamos sobre nuestras cabezas, estaríamos a salvo; seríamos, a sus «ojos»,
ángeles.
Me lavé cuidadosamente las manos, convoqué una
reunión, y expuse mi plan. Iríamos esta misma noche, todos, a ver al faro. Le
diríamos que nuestro Dios le había maldecido. Ahora los ángeles los atacarían a
ellos, pero no a nosotros. Tendría que dejarnos marchar.
Fue la historia de los niños, más que la mía, la que
le convenció. El azar había hecho que los dos niños que habían sido atrapados
fueran los mayores. Ó quizá no el azar. Como eran mayores, estaban más
gordos.... y eran más lentos. El ángel los alcanzó primero.
Su carne debía ser dulce y tierna. A la mañana
siguiente pudimos oír el batir de alas fuera, como un enorme zumbido. Muchos
expresaron su deseo de marcharse silenciosamente aquella misma noche.
-No -ordené, alzando la Vara de Líder, algo
oscurecida por el estiércol de ángel que embadurnaba su extremo-. Si huimos
como ladrones esta noche, nunca más podremos volver a trabajar para los gipts.
Debemos irnos mañana por la mañana, a la luz del día, entre una nube de
ángeles. De esa forma el faro y su gente sabrán nuestro poder y el poder de
nuestro Dios.
-Pero -dijo Josu-, ¿cómo podemos estar seguros de
que tu plan funcionará? Como máximo me atrevo a decir que es retorcido. Ni
siquiera estoy seguro de creerte.
-¡Observa! -dije, y abrí la puerta, alzando la Vara
sobre mi cabeza. Esperaba estar en lo cierto, pero mi corazón parecía como
mármol en mi boca.
La puerta se cerró a mis espaldas, y supe que había
rostros apretados contra las cortinas de cada ventana.
Y entonces estuve sola al aire libre, armada
solamente con una vara y una plegaria.
En el momento en que salí fuera, la nube de ángeles
se mostró agitada. Trazaron una espiral y. como una enorme hilera de insectos
alados, se lanzaron contra mí. Mientras se aproximaban, recé y alcé la Vara por
encima de mi cabeza.
Los ángeles formaron un gran círculo muy arriba
sobre mi cabeza y. uno a uno, se dejaron caer, olisquearon la punta de la Vara,
luego volaron de regreso a su lugar. Cuando todos estuvieron satisfechos se
alejaron, volando en falange, hacia las lejanas colinas.
Entonces las puertas de las casas se abrieron, y el
Pueblo emergió. Josu iba primero, con su propio bastón, excesivamente embadurnado
con estiércol de ángel, en la mano.
-Ahora rápido -dije-, antes de que el faro pueda ver
lo que estamos haciendo, recoged todo el estiércol y las plumas que encontréis
y embadurnad rápidamente las puertas de vuestras casas.
Luego, cuando estemos seguros de que nadie está
vigilando, podremos hacer lo mismo con los totems que nos llevaremos al mar.
Y así hicimos. A la mañana siguiente, con mucho
resonar de cuernos y batir de tambores, partimos hacia el mar. Pero ninguno de
los hombres del faro, ni sus mercenarios, salieron a vernos marchar, aunque esos
últimos nos siguieron más tarde.
Pero ésa es otra historia, y no tan agradable.
Título original: An Infestation ofAngels
Traducción de Silvia Leal
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