No nació rey, sino que era el hijo de unos actores
ambulantes, y vino al mundo, frío y morado, en lo más crudo del invierno,
mientras el viento bramaba fuera de la pequeña caravana verde. La comadrona lo
declaró muerto, en un tono suave que ocultaba su satisfacción. Hubiera
preferido que no la llamaran para asistir un parto aquella noche.
Pero el padre, que cantaba a cambio de las monedas
y las sonrisas de desconocidos, le arrebató al niño y lo sumergió en un
barreño de agua templada, a la vez que can-taba una extraña y salvaje canción
en un idioma que en realidad desconocía.
Poco a poco el niño se fue tornando rosa, como si
tanto el agua como la canción le hubieran devuelto la respiración. Tosió una
vez, escupió un poco de sangre rosa, y luego soltó en su llanto una nota, una
tercera menor más aguda que el último tono de sorpresa de su padre.
Sin tomarse el tiempo de empañarlo, el padre
colocó al niño, aún empapado y pataleando, en la cama de la caravana junto a su
madre. Al acercar al bebé hasta su pecho, la mujer le sonrió a su marido, con
una mirada que abarcaba tanto al hombre como al niño, pero que excluía a la
comadrona.
La vieja mujer murmuró algo que era en parte
blasfemia y en parte temor, y luego dijo en voz alta:
- No habrá
bien que provenga de este niño frío y muerto. Prosperará en invierno pero
nunca en estaciones cálidas, y no sentirá aprecio por este mundo. He oído
hablar de ellos. Se los llama «Seres Invernales».
La madre se incorporó en la cama, procurando no
molestar al niño que seguía junto a ella.
- Entonces
será un Rey del Invierno, mejor que cualquiera de los suyos -dijo-. Pero no te
preocupes, vieja mujer: te pagaremos tanto por el niño vivo como por el muerto.
-Hizo un gesto a su marido, quien pagó a la comadrona con seis monedas de cobre
de su mísero bolsillo.
La comadrona se mostró un tanto incómoda ante el
dinero pero lo aceptó de todos modos y, tras abrocharse bien el abrigo que
cubría su fornido cuerpo y atarse una bufanda al cuello, se marchó en plena
tormenta. A menos de veinte pasos de la caravana, el viento le arrancó el
abrigo y le apretó la bufanda al cuello. Una rama helada se desprendió de un
árbol y la golpeó en la cabeza. Cuando la encontraron por la mañana, estaba
completamente congelada. El dinero que había estado sujetando con fuerza había
desaparecido.
El actor fue ahorcado por asesinato y su mujer
siguió llorando su muerte mientras criaba al niño. Pero se casó rápidamente,
para conseguir un techo y comida, y a su nuevo marido nunca le agradó el bebé
del invierno.
-Es frío -decía el marido-. Oye voces en el
viento.
Aunque era él el frío, y el que, cuando se llenaba
de bebida, oía los oscuros consejos de dioses desconocidos que le decían que
pegara a su mujer y maltratara a su hijo. La mujer se lamentaba, ya que temía
por el niño. Aunque, por extraño que fuera, a él parecía no importar-le.
Prestaba más atención a los sonidos del viento que a los gritos de su
padrastro, y respondía con su propia voz a los ruidos que tan sólo él podía
oír, aunque siempre una tercera menor más aguda.
Como había augurado la comadrona, en invierno era
un niño activo, de ojos claros y risueños. Pero, en cuanto llegaba la
primavera, el color de sus mejillas se apagaba, mientras se encendían los de la
naturaleza. En verano y en pleno otoño, sólo se animaba cuando su madre le
contaba historias de los Seres Invernales, y, aunque ella inventaba los relatos
como sólo un actor podría hacer, él sabía que todas las historias eran
ciertas.
Cuando el niño del invierno cumplió diez años, su
madre murió, v el niño se marchó en medio de una feroz tormenta, sin abrigo
alguno que lo resguardara del frío. Al estar borracho, el que era su padre
desde hacía diez años no lo vio partir. El niño no se fue para escapar de sus
palizas, sino que iba en busca de los suyos, que lo habían llama-do desde el
viento. Con los pies y la cabeza desnudos, atravesó las nieves intentando
alcanzar a los jinetes de la tormenta. Los veía con claridad. Iban vestidos
con amplias capas blancas y unas capuchas ribeteadas de armiño. Y, cuando se
giraron para mirarlo, pudo ver sus azules ojos y los delgados y finos huesos de
sus rostros.
Los siguió durante largo, largo tiempo, mientras
sus lágrimas se con-vertían en hielo. No lloraba la muerte de su madre, ya que
había sido ella quien lo había atado al mundo. Lloraba por él mismo y por sus
pies, demasiado pequeños para seguir a los veloces Seres Invernales.
Aquella noche lo encontró un leñador y lo arrastró
hasta su casa, donde le dio un baño de agua caliente en tanto le hablaba en un
extraño idioma que ni siquiera él, con todas sus andanzas, había oído jamás.
El niño se tornó rosa en el agua, como si tanto el
baño como la oración le hubieran devuelto la vida, pero no le dio las gracias
al viejo cuando despertó. En lugar de hacerlo, miró hacia la ventana y se puso
a llorar, esta vez como cualquier otro niño, con lágrimas que se deslizaban
por sus mejillas como una suave lluvia.
- ¿Por qué
lloras? -preguntó el viejo.
- Por mi
madre y por el viento -dijo el niño-. Y por lo que no puedo tener.
El niño del invierno se quedó cinco años con el
viejo leñador, y cada día salía a recoger leña con él. Siempre iban a los
bosques del sur, a unos sotos de árboles raquíticos y tristes, pero nunca a los
bosques del norte.
-Ese es el gran Bosque Prohibido -le explicó el
viejo-. Todo lo que se encuentra ahí pertenece al rey.
-El rey -repitió el niño, recordando las historias
de su madre-. Yo también lo soy.
-Todos lo somos en el reino de Dios -dijo el viejo-.
Pero aquí en la tierra yo soy un leñador y tú un niño expósito. El bosque del
sur es el nuestro.
Aunque el niño prestaba atención a lo que decía el
viejo en prima-vera, verano y otoño, una vez llegado el invierno sólo oía las
voces del viento. Con frecuencia el viejo lo encontraba medio desnudo junto a
la puerta y tenía que llevarlo hasta la lumbre, donde el niño caía en un estado
de estupor sin pronunciar una sola palabra.
El viejo intentaba restarle importancia a aquellos
hechos, y le con-taba historias al niño mientras entraba su corazón en calor.
Le hablaba de la Madre Holle y su lecho de plumas, de la Madrina Muerte y del
Hueso Cantor. Le hablaba del Mayal del Cielo y de la caña del cura de donde
brotaban flores gracias al alma del Agua Nix. Pero el niño sólo tenía oídos
para las voces del viento, y las historias que allí oía no las contaba.
El viejo murió a finales del quinto invierno y el
niño se marchó, sin tan siquiera cruzarle las manos al cadáver. Se dirigió al
soto del sur, ya que aquél era el camino que sus pies conocían. Pero no encontró
a los Seres Invernales.
Soplaba un ligero viento, y la primavera ya había
suavizado el in-tenso color marrón de las ramas convirtiéndolo en un rosa
apagado. El aire estaba cubierto por una neblina de un amarillo verdoso, y la
tierra mojada olía a humedad y a verdor y frescura.
El niño cayó al suelo y empezó a llorar, no por la
muerte de su madre ni la del leñador, sino por la pérdida, una vez más, de los
suyos. Sabía que el invierno no volvería en mucho tiempo.
Y entonces, desde muy lejos, oyó las últimas notas
salvajes de una música. Una súbita ráfaga de viento le acarició la nariz, y lo
invadió un olor tan fuerte como el de un frasco de sales. Sus ojos se abrieron
y, sin pensarlo, se levantó.
Guiado por el rastro de la canción, tan fácil de
seguir como los adoquines de una calle de ciudad, se dirigió hacia el gran
Bosque Prohibido, donde los pesados árboles seguían oscureciéndose con las
tormentas de invierno. Tras cruzar los frescos tojos que separaban las
arboledas, entró en el viejo y sombrío bosque y caminó entre los grandes y oscuros
árboles, dirigiéndose hacia el norte con la misma precisión que una aguja en un
cuenco lleno de agua. Hacía cada vez más frío y la tierra, antes húmeda, se fue
cubriendo de escarcha.
Al principio vio tan sólo una neblina, tan blanca
como si unos cascos de caballo hubieran levantado una polvareda de puro hielo.
Pero cuando pestañeó una vez, y luego otra, vio venir hacia él a un gran grupo
de jinetes rubios, algunos montados en corceles del color de las nubes y otros
en corceles del color de la nieve. Y advirtió de inmediato que no era neblina
lo que había visto sino el aliento de aquellos inmensos sementales blancos.
-¡Mi gente! -gritó-. Mi familia, mi familia.
Y se quitó primero las botas, luego los
pantalones, y por fin la camisa, hasta que se hubo liberado del mundo y sus
posesiones y pudo correr hacia los Seres Invernales desnudo y sin temor.
En el primer caballo iba una mujer de una belleza
sobrenatural. Llevaba cientos de trenzas blancas y una corona de diamantes y
piedras preciosas. Sus ojos eran azul claro y su aliento desprendía hielo. Se
bajó del semental lentamente y le ordenó que no se moviera. Entonces cogió una
capa de armiño de la silla de montar, y la abrió para recibir al muchacho.
-Mi rey -cantó-, mi verdadero amor. -Y lo envolvió
en el manto del color de las nubes.
El le respondió, en una tercera menor más grave
que ella:
- Mi reina,
mi verdadero amor. Ya estoy en casa.
Cuando los guardabosques del rey lo alcanzaron, la
flecha de plumas se le clavó en el pecho; pero, inexplicablemente, no había
sangre. Yacía, con los brazos abiertos, como un ángel en la nieve.
-Sólo era un niño salvaje, aquel pobre tonto, el
que recogía leña con el viejo -dijo uno.
-Sin embargo, estaba en el bosque del rey -replicó
el otro-. Así que no era tan tonto.
- Desnudo
como un recién nacido -comentó el primero-. ¡Pero mira!
El niño tenía tres monedas de cobre en la mano
izquierda, y otras tres en la derecha.
- El doble de
lo que se necesita para el nacimiento de un niño -señaló el primer
guardabosque.
-Justo lo necesario para comprar un ataúd de
madera y pagarle a un hombre para que cave la tumba -añadió su compañero. Y
sacaron el frío cuerpo del bosque, sin oír la música o las voces que cantaban
salvajes y extrañas hosannas al viento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.