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Jane Yolen - El Rey del Invierno

No nació rey, sino que era el hijo de unos actores am­bulantes, y vino al mundo, frío y morado, en lo más cru­do del invierno, mientras el viento bramaba fuera de la pequeña caravana verde. La comadrona lo declaró muer­to, en un tono suave que ocultaba su satisfacción. Hubie­ra preferido que no la llamaran para asistir un parto aque­lla noche.
Pero el padre, que cantaba a cambio de las monedas y las sonrisas de desconocidos, le arrebató al niño y lo su­mergió en un barreño de agua templada, a la vez que can-taba una extraña y salvaje canción en un idioma que en realidad desconocía.
Poco a poco el niño se fue tornando rosa, como si tanto el agua como la canción le hubieran devuelto la respiración. Tosió una vez, escupió un poco de sangre rosa, y luego soltó en su llanto una nota, una tercera menor más aguda que el último tono de sorpresa de su padre.
Sin tomarse el tiempo de empañarlo, el padre colocó al niño, aún empapado y pataleando, en la cama de la caravana junto a su madre. Al acercar al bebé hasta su pecho, la mujer le sonrió a su marido, con una mirada que abarcaba tanto al hombre como al niño, pero que ex­cluía a la comadrona.
La vieja mujer murmuró algo que era en parte blasfemia y en parte temor, y luego dijo en voz alta:
- No habrá bien que provenga de este niño frío y muerto. Prospe­rará en invierno pero nunca en estaciones cálidas, y no sentirá apre­cio por este mundo. He oído hablar de ellos. Se los llama «Seres Inver­nales».
La madre se incorporó en la cama, procurando no molestar al niño que seguía junto a ella.
- Entonces será un Rey del Invierno, mejor que cualquiera de los suyos -dijo-. Pero no te preocupes, vieja mujer: te pagaremos tanto por el niño vivo como por el muerto. -Hizo un gesto a su marido, quien pagó a la comadrona con seis monedas de cobre de su mísero bolsillo.
La comadrona se mostró un tanto incómoda ante el dinero pero lo aceptó de todos modos y, tras abrocharse bien el abrigo que cubría su fornido cuerpo y atarse una bufanda al cuello, se marchó en plena tormenta. A menos de veinte pasos de la caravana, el viento le arrancó el abrigo y le apretó la bufanda al cuello. Una rama helada se despren­dió de un árbol y la golpeó en la cabeza. Cuando la encontraron por la mañana, estaba completamente congelada. El dinero que había es­tado sujetando con fuerza había desaparecido.
El actor fue ahorcado por asesinato y su mujer siguió llorando su muerte mientras criaba al niño. Pero se casó rápidamente, para conse­guir un techo y comida, y a su nuevo marido nunca le agradó el bebé del invierno.
-Es frío -decía el marido-. Oye voces en el viento.
Aunque era él el frío, y el que, cuando se llenaba de bebida, oía los oscuros consejos de dioses desconocidos que le decían que pegara a su mujer y maltratara a su hijo. La mujer se lamentaba, ya que temía por el niño. Aunque, por extraño que fuera, a él parecía no importar-le. Prestaba más atención a los sonidos del viento que a los gritos de su padrastro, y respondía con su propia voz a los ruidos que tan sólo él podía oír, aunque siempre una tercera menor más aguda.
Como había augurado la comadrona, en invierno era un niño acti­vo, de ojos claros y risueños. Pero, en cuanto llegaba la primavera, el color de sus mejillas se apagaba, mientras se encendían los de la natu­raleza. En verano y en pleno otoño, sólo se animaba cuando su madre le contaba historias de los Seres Invernales, y, aunque ella inventaba los relatos como sólo un actor podría hacer, él sabía que todas las his­torias eran ciertas.
Cuando el niño del invierno cumplió diez años, su madre murió, v el niño se marchó en medio de una feroz tormenta, sin abrigo algu­no que lo resguardara del frío. Al estar borracho, el que era su padre desde hacía diez años no lo vio partir. El niño no se fue para escapar de sus palizas, sino que iba en busca de los suyos, que lo habían llama-do desde el viento. Con los pies y la cabeza desnudos, atravesó las nie­ves intentando alcanzar a los jinetes de la tormenta. Los veía con clari­dad. Iban vestidos con amplias capas blancas y unas capuchas ribeteadas de armiño. Y, cuando se giraron para mirarlo, pudo ver sus azules ojos y los delgados y finos huesos de sus rostros.
Los siguió durante largo, largo tiempo, mientras sus lágrimas se con-vertían en hielo. No lloraba la muerte de su madre, ya que había sido ella quien lo había atado al mundo. Lloraba por él mismo y por sus pies, demasiado pequeños para seguir a los veloces Seres Invernales.
Aquella noche lo encontró un leñador y lo arrastró hasta su casa, donde le dio un baño de agua caliente en tanto le hablaba en un extra­ño idioma que ni siquiera él, con todas sus andanzas, había oído jamás.
El niño se tornó rosa en el agua, como si tanto el baño como la oración le hubieran devuelto la vida, pero no le dio las gracias al viejo cuando despertó. En lugar de hacerlo, miró hacia la ventana y se puso a llorar, esta vez como cualquier otro niño, con lágrimas que se desli­zaban por sus mejillas como una suave lluvia.
- ¿Por qué lloras? -preguntó el viejo.
- Por mi madre y por el viento -dijo el niño-. Y por lo que no puedo tener.
El niño del invierno se quedó cinco años con el viejo leñador, y cada día salía a recoger leña con él. Siempre iban a los bosques del sur, a unos sotos de árboles raquíticos y tristes, pero nunca a los bos­ques del norte.
-Ese es el gran Bosque Prohibido -le explicó el viejo-. Todo lo que se encuentra ahí pertenece al rey.
-El rey -repitió el niño, recordando las historias de su madre-. Yo también lo soy.
-Todos lo somos en el reino de Dios -dijo el viejo-. Pero aquí en la tierra yo soy un leñador y tú un niño expósito. El bosque del sur es el nuestro.
Aunque el niño prestaba atención a lo que decía el viejo en prima-vera, verano y otoño, una vez llegado el invierno sólo oía las voces del viento. Con frecuencia el viejo lo encontraba medio desnudo jun­to a la puerta y tenía que llevarlo hasta la lumbre, donde el niño caía en un estado de estupor sin pronunciar una sola palabra.
El viejo intentaba restarle importancia a aquellos hechos, y le con-taba historias al niño mientras entraba su corazón en calor. Le habla­ba de la Madre Holle y su lecho de plumas, de la Madrina Muerte y del Hueso Cantor. Le hablaba del Mayal del Cielo y de la caña del cura de donde brotaban flores gracias al alma del Agua Nix. Pero el niño sólo tenía oídos para las voces del viento, y las historias que allí oía no las contaba.
El viejo murió a finales del quinto invierno y el niño se marchó, sin tan siquiera cruzarle las manos al cadáver. Se dirigió al soto del sur, ya que aquél era el camino que sus pies conocían. Pero no encon­tró a los Seres Invernales.
Soplaba un ligero viento, y la primavera ya había suavizado el in-tenso color marrón de las ramas convirtiéndolo en un rosa apagado. El aire estaba cubierto por una neblina de un amarillo verdoso, y la tierra mojada olía a humedad y a verdor y frescura.
El niño cayó al suelo y empezó a llorar, no por la muerte de su ma­dre ni la del leñador, sino por la pérdida, una vez más, de los suyos. Sabía que el invierno no volvería en mucho tiempo.
Y entonces, desde muy lejos, oyó las últimas notas salvajes de una música. Una súbita ráfaga de viento le acarició la nariz, y lo invadió un olor tan fuerte como el de un frasco de sales. Sus ojos se abrieron y, sin pensarlo, se levantó.
Guiado por el rastro de la canción, tan fácil de seguir como los ado­quines de una calle de ciudad, se dirigió hacia el gran Bosque Prohibi­do, donde los pesados árboles seguían oscureciéndose con las tormen­tas de invierno. Tras cruzar los frescos tojos que separaban las arboledas, entró en el viejo y sombrío bosque y caminó entre los grandes y oscu­ros árboles, dirigiéndose hacia el norte con la misma precisión que una aguja en un cuenco lleno de agua. Hacía cada vez más frío y la tierra, antes húmeda, se fue cubriendo de escarcha.
Al principio vio tan sólo una neblina, tan blanca como si unos cas­cos de caballo hubieran levantado una polvareda de puro hielo. Pero cuando pestañeó una vez, y luego otra, vio venir hacia él a un gran grupo de jinetes rubios, algunos montados en corceles del color de las nubes y otros en corceles del color de la nieve. Y advirtió de inme­diato que no era neblina lo que había visto sino el aliento de aquellos inmensos sementales blancos.
-¡Mi gente! -gritó-. Mi familia, mi familia.
Y se quitó primero las botas, luego los pantalones, y por fin la camisa, hasta que se hubo liberado del mundo y sus posesiones y pudo correr hacia los Seres Invernales desnudo y sin temor.
En el primer caballo iba una mujer de una belleza sobrenatural. Lle­vaba cientos de trenzas blancas y una corona de diamantes y piedras preciosas. Sus ojos eran azul claro y su aliento desprendía hielo. Se bajó del semental lentamente y le ordenó que no se moviera. Enton­ces cogió una capa de armiño de la silla de montar, y la abrió para recibir al muchacho.
-Mi rey -cantó-, mi verdadero amor. -Y lo envolvió en el manto del color de las nubes.
El le respondió, en una tercera menor más grave que ella:
- Mi reina, mi verdadero amor. Ya estoy en casa.
Cuando los guardabosques del rey lo alcanzaron, la flecha de plu­mas se le clavó en el pecho; pero, inexplicablemente, no había sangre. Yacía, con los brazos abiertos, como un ángel en la nieve.
-Sólo era un niño salvaje, aquel pobre tonto, el que recogía leña con el viejo -dijo uno.
-Sin embargo, estaba en el bosque del rey -replicó el otro-. Así que no era tan tonto.
- Desnudo como un recién nacido -comentó el primero-. ¡Pero mira!
El niño tenía tres monedas de cobre en la mano izquierda, y otras tres en la derecha.
- El doble de lo que se necesita para el nacimiento de un niño -se­ñaló el primer guardabosque.

-Justo lo necesario para comprar un ataúd de madera y pagarle a un hombre para que cave la tumba -añadió su compañero. Y sacaron el frío cuerpo del bosque, sin oír la música o las voces que cantaban salvajes y extrañas hosannas al viento.

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