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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Justo S. Alarcón - Resbaladero

A una distancia razonable daban la impresión de niños escolares en el momento del recreo. La maestra, a través de la cristalera, se deleitaba al verlos jugar. Unos subían, otros bajaban. Como si jugaran al «follow the leader». Ya les había dicho con mucha anterioridad: «Be good boys. One after the other. Follow the leader at all times. The leader is the leader. That is why we call him a leader, because the others are supposed to follow. He knows better». Y todos le seguían.
Ordenadamente le seguían. Trataban, pero algunas veces no lo conseguían. Con la prisa se caían por los peldaños, como hormigas cuando un niño travieso les pega con una varita y se caen y ruedan por el montículo. Otras veces se amontonaban. Como las abejas. Y el líder, con otra varita, les pica, se alborotan y se desprenden de la colmena. «Who is the leader?». Ya se les había olvidado quién era. Es que hacía tiempo que se había adelantado. «Where is the leader?». Se les había adelantado hacía mucho tiempo. La distancia era considerable, y la subida muy empinada. Tenían que mirar a contrasol. Les dolía el cuello al alzar la vista, y se les cegaban los ojos por el resplandor del sol.
Líder mágico. Brillaba como un sol. Como un sol clavado en la anterretina. En la misma entraña del recuerdo y de la fantasía. Sacerdote misterioso en las alturas del cielo. Reina de las abejas en las profundidades de la colmena, en la entraña de la miel. Hormigón en el pico de la montaña observando a las sudorosas hormigas de la ladera, del valle, afanosas y ciegas.
«That is the way it is supposed to be. Society means division of work. Division of work means organization. Organization means structure. Structure means levels. Levels mean...».
Había muchos niveles. Horizontales y verticales. Los niveles horizontales estaban plagados. Plagados en la base. De hormigas, de abejas, de niños, de trabajadores. Cientos y miles. Los niveles verticales estaban muy separados. Los más altos no se alcanzaban a ver. Gran confusión. Como una manada de ovejas cuando huelen al lobo cimoso. Se desperdigan por la ladera de la montaña, por el valle. El líder las desorganiza. «Must follow the leader». Se recogen ovejunamente. Se acurrucan. Se apiñan. Y siguen el pasto camino de la loma. Y el líder, en el pico de la montaña, de la pirámide, del templo.
Tenían que proceder con orden. Ya se lo había dicho la maestra, Ms. Fairchild, cuando les entregó los diplomas.
«Society is like a huge mountain that you have to climb. You have to be initiated. It is like a secret society. You have to...».
Y allí se quedaron azonzados escuchando el discurso de graduación. Como un rebaño de ovejas. Nunca habían oído tales palabras en las aulas de la escuela, ni en el resbaladero. «Follow the leader», les repetía.
Los peldaños del resbaladero eran mágicos. Eran pasos de iniciación en la sociedad secreta. Sociedad de sacerdotes y de banqueros. Sagrado orden graduado. Gradado. Por micrófonos, por teléfonos, por intercoms daban las órdenes, venían las órdenes. Desde el altar, desde el rascacielos, desde el cenit. El pico de la montaña. Era el sexto, el último peldaño. En la punta del pico, del cenit se hallaba. Templo del sol, catedral románica, sinagoga. Poliedro cuadrado, rotondo, sexagonal. Pezón de chiche gigantesca. Chichimeca. Meca de la chiche.
—Tenemos que llegar al mero pico.
«That is the way it is supposed to be. Follow the leader».
Habían cruzado el río y el alambre. Muchos días, muchos meses, muchos años. Buscaban el verde del valle, de la ladera, del prado. Buscaban pasto verde, verde pasto, como las ovejas. Tranquila, humildemente lo buscaban. En los valles era. Valle San Joaquín, Valle Imperial, Valle de Coachella. Nombres reconocidos, nombres suyos. Levantaban la oreja y miraban de reojo a la chiche, al pezón, al mago, al líder que todo lo sabe. Postrados, con la oreja levantada y el ojo rabón, contemplaban al invisible señor del teocalli. Con sotana, yamulke y corbata se lo imaginaban. El hacedor de todo, el sabelotodo, el todo. A eso venían, a eso los traían.
«I've said. Follow the leader, boys».
Seis millones, seiscientos mil, sesenta mil, seis mil, sesenta, seis, cero. Seis escaleras, seis peldaños. Alfa y omega. Aquél la base, éste el pezón era. Escalinata pendiente. Escalinata embrutecedora. Se ponían en la punta de los pies. Estiraban el gaznate. Afilaban las uñas. Como gatos se encaramaban. Perdían huaraches, se les caía la piel, se les salía la lengua. Por subir era «Eso no importa. Cuando estemos arriba nos vestiremos, nos pondremos otra cosa».
Era el primer día. Seis millones se encontraban en el kinder. «Vegetables are good for you. They have vitamins». La voz de la maestra se enternecía. La señorita Fairchild nunca había tenido hijos. Había conocido a muchos varones, pero nunca dejaron caer la simiente. Maternalmente se lo decía. Les decía: «Let there be light», y la luz fue hecha. Se cernió su espíritu sobre la superficie de la clase. Voz misteriosa que bajaba del cenit de la montaña, de la chiche y del pezón. De allá, de lo alto. Del teocalli, del rascacielos, del sexágono, de la rotonda solar. «Now, children, that's the way it's supposed to be. I've said it. That's all for today».
Seis millones de campesinos merodeaban por la superficie de la pradera. Hormigas trabajadoras por el desierto florecido. Bajo la luz creada se les tostaba la espalda. Estaba sudada. Se oyó la voz del sombrero tejano: «Now hear me, boys. I've created all them plants, etc., for you to subdue it. I've separated the light from the dark. Hear me, boys? That's all». Y se dieron cuenta de que estaban prietos. De que estaban en el peldaño del primer día. En los valles, en la superficie del desierto floreado.
Un hormiguero de campamochas iba arrastrando sus patas por la arena, por las piedras y por las baldosas. Como campamochas iban las hormigas subiendo su montículo. Se metían por los túneles, por los pasillos, por las catacumbas. Buscando la luz en la oscuridad. Ranas submarinas cruzando en un solo resoplido las profundidades de los ríos grandes, de los ríos bravos. «You see, children, the sky is blue, like the water. They say that the sky is the mirror of the sea. That's why the sky is blue. Now, Juanita, do you know your colors?». Sesenta mil niños del primero y del octavo grado escuchaban lelamente la voz misteriosa de la alelada maestra. Sesenta mil acólitos, vestidos de roquete blanco, se iniciaban en el segundo peldaño que formaba la base del teocalli. Mineros que hurguen los cimientos del sagrado rascacielos que toca a las nubes y al cielo. La voz del sacerdote de corbatín proclamó en su intercom: «Let there be a dome that separates the classes. Upper class and low class, the rich and the poor, the few and the many». Y el firmamento fue hecho. Y las hormigas mineras se arrastraban por la base, por debajo de la base del segundo peldaño.
—Tenemos que hacerle reach al mero pico.
Había transcurrido tiempo. Mucho tiempo. Era el tercer día y el tercer peldaño. La mitad del tiempo y la mitad de la pirámide. La pirámide de cemento y acero. Los niños habían crecido, pero se habían mermado en la marcha. Miss Fairhead les había dicho: «Now, you have left the green fields behind you, vitamins and tradition were good. But progress is better. Forget the old ways and learn the new ones. Did you hear me, boys?». Los pulmones y la panza de Miss Fairhead se habían inflado como el cuerpo de la pirámide, del resbaladero. Los jóvenes escolares se creyeron halagados. Subían más. Miraron a su alrededor. Notaron que en el otro lado, el del sur, había tanta gente como en el del norte. Sesenta mil contaron, se contaron. «Igualdad, equality», se dijeron. Equidistantes de la base y del cenit. Clase media.
Desde la mitad de la loma se veía la planicie verdosa. Los campos irrigados de agua y de humo. El progreso y las fábricas humeaban cual enormes cigarrillos de marijuana. Papel verde. Hierba verde, verde hierba. Chimeneas narigudas vomitaban borbotones de nubes pegajosas. Salían de la entraña de la pirámide, de la base, de las raíces. De los taladros, de la cloaca, de los pozos de oro negro. Una voz, envuelta en una informe nube de humo, rodó por los peldaños del resbaladero: «Let the earth bring forth vegetation that bears seed». Y la hierba se multiplicó y creció. Mineros y automovileros despedían humo por las chimeneas. Papel verde y verde hierba. Sacerdotes con shamulke y corbata rondaban por los peldaños del norte. A equidistante distancia. Tenían caras prietas y manos prietas. Envueltos en humo de nube, de hierba y de incienso, divisaban a duras penas los sembradíos y las praderas. Sesenta mil se contaban. Forzaron su marcha. Hacia arriba miraban.
—Tenemos que hacerle reach al peak.
Llegaron al cuarto peldaño. Una voz resplandeciente pronunció: «Let there be light in the dome of the sky, to separate day from night, the days and the years». Y la luz y la oscuridad fueron hechas. La obcecante voz desapareció. El instructor Brighthead les dijo: «You came long ways, boys. It was a hard try. We had to separate, select, choose, screen, iniciate you. Good people from bad people, like day and like night. That's all». Y la calva cabeza brilló como un sol resplandeciente y desapareció tras la cumbre del monte. Los seis cientos quedaron extasiados.
Con el brillo del sol sinaíaco no lo pudieron descifrar. Solamente se oyó el eco de la voz tronante del General Moses Greenfield:
—We have to slide down to the bottom.
Seis cientos millones se adiestraron como atletas olímpicos. El General abrió los brazos. Los extendió de norte a sur. La capa le colgaba como alas de vampiro mugroso que se alimenta del aceite de los templos en ruinas. De la mandíbula le caían unas canosas barbas matusalénicas que le bajaban y le tapaban la ingle. Su venerable cabeza la cubría un lubricado yamulke onquelsamiano de color verdoso. Sobre la cúpula sexagonal de la sagrada montaña dirigió los ojos al firmamento estrellado. De la mano izquierda y sureña coleó estrepitosamente una serpiente. De su voz anciana y whisquiana se oyó la manifiesta profecía:
—Now hear, ye. We have to slide down to el bottom.
La serpiente culebreó. Abrió la boca, sacó la afilada lengua y silbó. El aire se estremeció. El silbido metálico resbaló como una bala winchesteriana. Con precisión computadoresca pegó en la meta, en el blanco. Perforó la base sureña, y del hoyo brotó un chorro texacoano. Del sexto pico de la estrella salió un batallón bien formado de gansos aguileños. Civil era. Del micrófono del Adelantado Mr. Washborn brotó maternalmente una carraspera verdinegra: «Go South, my sons». En orden triangular y puntiagudo se deslizaron seis cientos millones de sedientos texacoanos.
Procedente de uno como disco rayado, se oyó la voz de Mr. J. Dewey que decía: «Good, boys, good. You got there. Almost. See how beautiful you look. I have told you that patience and time will pay off. Follow the leader. That is all». Se sintieron empavonados. Monseñor Juan Prieto fue el primero que lo notó. Se encontraba en el quinto peldaño, vestido de corbatita y camisa blanca. Le habían seguido sesenta. Sesenta fieles compañeros fieles. Los contó con los dedos de las manos. Seis veces recorrió los diez dedos. Dedos estirados y copetones, rematados por uñas prietas y mugrientas. Se había encaramado durante muchos años, en la muralla del peldaño. Se habían esforzado. Habían afilado sus uñas felinas, habían hecho garras sus uniformes sindicalistas y habían dejado caer, mezcladas con el sudor, las caricias y crianzas de sus sesenta nanas.
La voz sinaíaca volvió como un trueno: «Let the water teem with an abundance of living creatures and on the earth let birds fly beneath the dome of the sky». El Profesor Juan Prieto, revestido de toga colegiala, se arrodilló, inclinó su venerable cabeza y vio en las profundidades del rascacielos piramidal millares de curiosos animalitos nadando en las acequias, tosiendo polución, y tostados por el sol. Levantó la cabeza, se puso de pie y, con los brazos extendidos como zopilote, trató de imitar el vuelo de los gansos texacoanos. Miró hacia el dome, hacia la cúpula, de donde procedió la voz.
—We have to hacerle reach al peak, my people —rezaban unos.
—We have to slide down to el hoyo, —vociferaban otros.
Y los gansos procedían ordenadamente, en forma triangular, lanzados por la voz omnipotente que bajaba del dome, de la cúpula. «Go South, my people, go South». Con sus picos metálicos abrían vuelo por el viento. Seis millones habían alcanzado a bajar a la segunda etapa hacia el hoyo. Policromados gansos de cuello colorado y de pico afilado batían las alas como experimentados aguiluchos texacoanos. Gorjeaban himnos. Sedientos se hallaban. Con los picos abiertos y los pescuezos estirados buscaban aceite para sus faringes oxidadas. Seis millones eran.
El sol se enrojeció. Las llamas flotaban como melenas de conductor toscaniniano. Un vozarrón de terceto polifónico salmodió: «Let the earth bring forth all kinds of animals... Let us make Man in our image, after our likeness. Let them have dominion...». Seis lograron oír la voz. Se hallaban en el sexto peldaño. Habían arañado, pisoteado y se habían encorajinado. Pero llegaron. Y habían oído la voz. Una voz distinta, tonante y tronante.
—Did you hear it?
—Did you hear what!
—We are not animals anymore, pendejo!
—I know that. We are professional people.
—We are Men... to his likeness.
—Are we liked?
—No seas animal, man. We are like him.
—Like what! Like whom!
—Like the sun.
—Come on! I left the sun behind, in the fields. Can't you see my face, my body? I'm prieto, man, I'm prieto. I know the sun and I don't like it.
—But the sun is different. This one doesn't burn. He... talks. Besides, we are now in—doors. We have airconditioning, offices, carpeting. We have everything.
—Yes, y la cagada left behind by los goose y las geese.
—But... We have dominion, man.
—De la cagada.
Había seis. Seis que lograron encaramarse hasta el sexto peldaño. Les faltaba poco para llegar al cenit. A la catedral, al teocalli, al rascacielos, al sexágono, al pezón. Estaban ansiosos de beber, de bañarse en leche, en la pura leche, en la leche pura. Con un ojo en el pezón y con el otro en la oficina, en las oficinas. Eran seis. Un obispo, un banquero, un gobernador, un médico, un abogado y un profesor. Se miraban unos a otros. Se remilgaban la corbata y la solapa. Se miraban al espejo. Al Gobernador se le ocurrió encaminarse hacia el espejo barroco de la pared. «Gosh, you look really good. Si hasta te miras pendejo». El médico se dirigió hacia el profesor, y le preguntó: «I look sharp, don't I?». A lo que éste le respondió cariñosamente: «¡Ay sí, pos qué va!».
Se paseaban los seis por los corredores del edificio. Abrían puertas y más puertas. Se encontraba vacío. Paredes de blanco ahumado. Botes de cerveza Lone Star vacíos por todas partes. Panfletos de propaganda sin usar. Algunos libros de enseñanza del español elemental. Ceniceros con colillas de puros habanos. Y algunas páginas coloreadas y arrancadas del Play Boy de años pretéritos. Hasta su Excelencia el Obispo se escandalizó al ver un dibujo colgado de la pared en donde un perro, montado en las ancas ennegrecidas de una secretaria, trataba ciegamente de clavar su bisturí perforador.
Llegaron a una sala ovalada. Había seis enormes tapices, representando seis eventos históricos. La marcha de Moisés por el desierto, con las tablas de los mandamientos en la mano derecha y la serpiente en la izquierda. Colón, rodeado de tres mujeres, le entregaba la mano humildemente a Sir Francis Drake. Hitler portaba su mustacho, y, sobre él, una capucha blanca y puntiaguda en la cabeza y una estrella de cinco picos tatuada en el bíceps izquierdo. En el cuarto tapiz aparecía el Frito Bandido con una estrella de general en el frontispicio de su sombrero de paja, tirando de seis burros y subiendo alpinísticamente una escarpada loma piramidal que llegaba a la luna. Kearny y su majada eran el sujeto del quinto tapiz. En la mano derecha blandía una espada toledana. De testículo izquierdo le colgaba una lechuga, del tamaño de una cabeza de fraile, y, de testículo derecho, una toronja agria e Imperial. Le seguían cuarenta y nueve dragones, con chalecos de cuero vacuno y gorras de piel de armiño. De sus pechos peludos protuberaban cuarenta y nueve medallones olímpicos de oro. En el sexto tapiz, y desmesuradamente aumentada, se mostraba una cabeza gigantesca. El ojo derecho misteriosamente oculto bajo un lienzo negro y piratesco, y el ojo izquierdo triangularmente clownesco y policromado. Incrustada en la azulada frente, traía una estrella oriental luminosa.
Allí estaban los seis. Trataban de descifrar los tapices. Monseñor Juan Prieto, con su sotana rojopúrpura, hacía de guía de museo. Les explicaba gnósticamente los recónditos significados a sus secuaces. Habían caminado seis horas persiguiendo las manecillas del reloj. A la sexta, su excelencia se quedó en un profundo éxtasis. Tenía los ojos clavados en la cúpula, en el dome. Un ojo de piedra, grisáceo y frío, se dibujaba en el vientre de un pulpo pálido y agónico. Seis tentáculos débilmente rosados bajaban y se retorcían por los seis tapices demacrados. Las ventosas de sus tentáculos semejaban cloacas, piscinas, cisternas y pozos de sangre putrefacta y negra. El tentáculo sureño se deslizaba como resbaladero piramidal, hundiendo la punta afilada en una balsa negra de oro. Se retorcía como taladro espiral. Brotó un chorro de sangre negra texacoana. Las ventosas chupaban y chupaban como bocas de sanguijuelas en chiches indianas. Los secuaces le preguntaron:
—Your Excellency, what is the meaning?
—The meaning, the meaning, the mean...?
El banquero Juan Prieto se enchinó. «Let the earth bring forth all kinds of animals... Let them have dominion...». Y la voz resonó: «...Y vio que todo era bueno».
—Your Excellency, we have to reach el peak. Don't forget, your Excellency.
Por el resbaladero se deslizaban nalgas coloradas. Seis cientos millones de nalgas lubricadas de grasa y aceite. Seis cientos millones de gansos cotorros decían:
—Tenemos que slide to el hoyo.
—Tenemos que slide to el hoyo.
—Tenemos que slide to el hoyo.
A Ms. Goose le salían dos alas angelicales de las paletillas de su lomo lomudo. Las blandía en el aire mientras que su pico tierno rayaba el disco que repetía con insistencia cotorrona:
—Tenemos que resbalar hacia el hoyo.
—Tenemos que volar hacia el hoyo.
—Tenemos que clavar hacia el hoyo.
—Ms. Goose, this doesn't make any sense.
—Repeat after me, please: Tenemos que...
Seiscientas mil águilas gansudas extendían sus alas de A.A., TWA y Pan Am. Hinchaban sus pulmones de aire claro y puro. Turistas sureños divisaban con ojos de halcón las montañas y los lagos. Lago Chapala, lago Janitzio y lago Titicaca. Gansos turísticos dejando la ahumada nieve y buscando el agua clara. Atrás quedaba la loma norteña. Como langostas tricentenarias habían arrasado con todo. Desiertos, planicies y valles polutos y envenenados. Fábricas, con sus anos hacia el cielo, escupían y vomitaban humo y azufre por el firmamento. Por la boca orinaban arroyos de ácidos que bajaban hacia las aguas de los Grandes Lagos. Atrás dejaban la nieve ahumada.
—Your Excellency, we have to reach the peak. Wait for us, your Excellency, wait for us.
Su Excelencia, monseñor Juan Prieto, había subido al séptimo peldaño. Una voz agónica se oyó en la cercanía. «Todo está bien. Todo está consumado. Ya estoy cansado». Monseñor se extasió en un profundo arrobo. Con pasos sonámbulos procedió hacia el origen de la voz. Era la meta. Observó desde lejos un montículo sobre el cenit de la loma. Se acercó parsimoniamente. Le pareció la torre de Babel. Prosiguió. Una catedral románica que se convertía en templo a la luna y al sol. Se arrodilló. Inclinó la cabeza y dobló la espalda. Los rayos del sol rebotaban como látigos rincheros sobre espaldas mojadas.
—Your Excellency, wake up, your Excellency.
«Oh, God, forgive me. Forgive me, God, for having trespassed. I didn't mean to cross the line. I've stepped in forbidden grounds, oh God. Forgive me». Se enderezó. Eran las seis de la tarde, y el sol bajaba por el resbaladero del firmamento. Abrió los ojos de par en par. El disco se ocultó en el lago. Un chorro negro de agua carbonizada brotó del fondo del lago. Seis pozos, seiscientos pozos, seis mil pozos... Alzó la cara a la luna llena. Vio a Ms. Fairchild que le guiñaba el ojo.
Sesenta culos rosados habían bajado por el resbaladero. Como gansos atrabancados levantaban la cola y enseñaban las nalgas. Ms. Fairhead sacó un tubo de vaselina de la faltriquera. En desfile pasaban y ella se las sobaba. Las pusieron al sol y les quedaron tatemadas. «Brown is beautiful», proclamaron. Se echaron al lago. Metieron la cola en el refrigerio del agua. De nuevo salieron y se tendieron en la playa. Con aceites y pomadas se embadurnaban el pico, las alas y las patas.
El banquero Juan Prieto dio la espalda al sol y a la luna. Se dirigió hacia el edificio. Un sexágono majestuoso y abandonado. Las puertas de acero inoxidable estaban entornadas. Los cristales policromados de los ventanales se hallaban descuartizados. Entró. El viento silbaba por los cuatro puntos cardinales. Silbidos y quejas de duendes, de hadas y de espantos. El banquero Juan Prieto observó que la cúpula semejaba a un vejiga inflada. Un odre preñado. De la ubre colgaban cuatro carámbanos, cada uno ensayando una extraña melodía. Clarinetes resoplados por los vientos cardinales. Cuatro huellas rojas de gigantescos dedos sedientos quedaron marcadas. Formaban jeroglíficos indescifrables. Signos orientales y occidentales, norteños y sureños. Acercó sus lentes de contacto. Apretó el nudo de la corbata. Se atusó el bigote. Y leyó. Trató de leer en los pezones apergaminados. Signos enigmáticos en fórmulas extrañas y lenguas extranjeras. Huellas de dedos orientales, occidentales, polares y sureños. Se frotó las manos y, recelosamente, abrió la mano derecha y la acercó al pezón norteño. Se estremeció. Lo tocó. Lo sobó. Lo circundó. Lo apretó. Del orificio texacoano y arabesco salió, empujado por un viento oriental, el eco de una voz misteriosa y cansada: «Todo está consumado. Consumido». La boca del pezón quedó abierta, y, del esófago arrugado y negro, se desprendió un grotesco gargajo petrolero. «Consumido. Consumado».
—We, I have reached the peak.
—Tenemos que resbalar hacia el hoyo.
Millones, miles de gansos y de águilas se habían quedado en los varios descansos del resbaladero. En la back yard, en la front yard, en la yard del vecino, en los curios del amigo, en las compañías del vendido, en el suelo del enemigo. En el subsuelo del vencido aterrizaron y se clavaron los picos de seis gansos mayflowerianos, jeffersonianos y texacoanos. Fueron los líderes, los primeros. Bisturíes quirofanianos taladraron carnes, torsos y entrañas. Las venas palpitaban, vírgenes y preñadas. Sangre oscura, sangre prieta, sangre negra. Sangre fluida y espesa. Pincharon. Del hoyo brotó un quejido de géiser doloroso. Subió y subió y subió. El sol se eclipsó. Los aguiluchos en los descansos del resbaladero se estremecieron. Clavaron los ojos, estiraron el cuello, blandieron las alas y desplegaron el vuelo. Turistas sedientos, resbalaron su cuerpo hacia el suelo sureño.
—We have reached the peak.
Seis, sesenta, seis cientos corbatines y mustachos ascendieron al pezón, al templo, al rascacielos del resbaladero. Se miraron entre ellos. Lentamente se reconocieron. Un letrero, con la inscripción policromada y grafitiana de «Home, sweet home. C/S» los recibió. Dieron vueltas por el sexágono. Inspeccionaron las paredes de adobe carcomido. Entraron. Desfallecidos, se sentaron en grupos de a cientos. Bajo los sagrados pezones lo hicieron. Abrieron la boca mirando al cielo. Esperaron a que les cayeran gotas de lácteo maná. Por el cañón del pezón sureño, el viento sopló. Se oyó un silbido: «Te quedaste soplando y silbando en la loma».
El Senador Juan Prieto se levantó. Alzó la vista por última vez. Vio dos pezones de chiva. Se los imaginó dos cuernos. Recibió el mensaje. Salió por el portalón del sexágono con los brazos abiertos. Dirigió la vista atrás, hacia el lado norteño. Miró hacia abajo. Una miríada de entusiastas y ciegos seguidores venían subiendo. Se encaramaban sudorosos por los peldaños. El Gobernador Juan Prieto, con los brazos de zopilote abiertos, les arengó: «It's all over. It's all gone, Brothers and Sisters. They are all gone». No le oyeron.
Seiscientos millones de gansos se deslizaban con gracejo por las aguas del lago. Estiraban el cuello de plumas colorado. Extendían las alas. Y, con las patas aplanadas, esquiaban por el agua. Al resoplido de los motores, surgían por el aire llamaradas. Los esquiadores de cuello rojiblanco aterrizaban. Con los garfios de los esquíes puntiagudos perforaban. Y, al tronante resoplido de los motores, chorros de agua prieta sacaban. Gansas de cuello verdiblanco por las aguas veraniegas se deslizaban.
Desde la sima del sinaíaco monte, Ms. Nellie Prieto contemplaba las estrellas y la luna. Quedó extasiada. Meditó en sus años de experiencia. En sus pupilas lunáticas se dibujó la estrella polar. Estrella maga, sexagonal. Con el resplandor azul de sus pupilas dirigió sus sonámbulas y bilingües palabras a los estudiantes de la escuela primaria: «Follow the leader. Hay que seguir al líder». Hinchó paulatinamente los pulmones. Afianzó sus protuberantes senos. Y, de los firmes pezones, le salió la bilingüe orden:
—Slide down. Déjense resbalar.

Moisés Brown puso sus nalguitas prietas en el cenit del resbaladero y dio la espalda. Una bandada de zopilotes le siguieron en el vuelo.