A la derecha quedaba la biblioteca. A la izquierda una fuente.
Del fondo del agua surtían chorros caprichosos. Al centro había una escultura
de un hombre y de una mujer persiguiéndose, retorciéndose y abrazándose. Di una
vuelta alrededor, para perseguirlos. Cuando el hombre, en su contorsión,
parecía haber alcanzado a su amante, ésta desaparecía elásticamente. Seguí
dando la vuelta a la fuente. Encontré la cara congestionada de la perseguida,
pero me topé con el dorso del perseguidor. Decidí echarme a correr para ver si
podía alcanzarlos en su vertiginosa zaga. No lo logré. Me senté un poco mareado
y desistí de la pesquisa.
Luego que me acordé, me eché a correr hacia mi apartamento. Al
rato me cansé. Caminé. Me eché a correr. Me volví a cansar. De nuevo me paré.
Había seis mujeres acostadas en el zacate. Me acerqué. Eran seis muchachas.
Estaban en traje de baño. Me acerqué más. Las tapaban unos bikinis. Las seis
formaban un círculo. Tenían los pies juntos.
Urgentemente desaparecí. Había consultado el reloj. Eran las
doce menos seis. Todavía tenía seis minutos para llegar a mi apartamento. Las
muchachas quedaban tendidas al sol, en bikini, tocándose las puntas de los
pies, haciéndose cosquillas con los dedos gordos.
Perfectamente simétricas tenían las cabezas equidistantemente
separadas. Una flor con seis pétalos. Los pétalos eran amarillos. No podía
distinguir si era porque la cabellera era rubia o si porque los rayos del sol
reverberaban en los pétalos. Parecían dar vueltas, y eso me llevó a pensar en
el girasol. Miré al sol y me comenzaron a girar los ojos.
Erguidas, y a mitad de camino entre los pies y las cabezas, se
distinguían unos bultos. Podían muy bien ser doce bustos o doce semillas de
girasol, esperando o dando vida. Era la imagen la que se me quedó grabada. Como
iba corriendo, no me dio tiempo a distinguir cuidadosamente. Entre tanto llegué
a mi apartamento. Eran las doce en punto.
RIIIIIING..... ..... ..... ..... .....
Había marcado el número 616—2636. Lo dejé sonar durante un
minuto. Un minuto largo. Muy largo. Sesenta segundos. Eso es, sesenta eternos
segundos. Los conté despacio. Muy despacio. La manecilla pequeña no se veía,
porque la tapaba la minutera. Marcaba exactamente las doce del medio día del
viernes. Las doce con precisión. Es decir, dos veces seis. Pleno día. Mitad
mañana y mitad tarde. Así se forman las doce, síntesis de dos partes. No, pero
así no. El mediodía es medio día, y nada más. No es síntesis de dos mitades. No
es como el éxtasis del amor, producido por dos partes que se sintetizan para
sublimarse en una. No. El mediodía es un punto, uno solo. Sin síntesis ni
sumas. Es puro. Es único. Como el amor.
La segundera caminaba lentamente. Daba saltitos diminutos,
como un insecto detrás de su madre, o como un amante detrás de su amada. Como
la palpitación del corazón. No, no como la palpitación. De esto me aseguré y lo
comprendí después de poner el dedo gordo de la mano derecha sobre la muñeca de
la mano izquierda. Con el dedo índice tocaba la esfera del reloj, y con el
gordo la vena. Un ritmo desigual me subía al cerebro. «Esto no puede ser», me
decía, «no puede ser». Más pulsaciones que segundos. Muchas más. Saltaban, se
sobresaltaban, se entrelazaban, se empujaban, se arrollaban, se enrollaban.
Cual latigazos en descontrolado ritmo, subían a las células del cerebro. Llevé
el dedo gordo a la sien, después al cuello, más tarde a la sien. La palma de la
mano derecha la coloqué sobre el corazón, como garrapata patiabierta a caballo
de chivo encanicado. Luego puse las dos manos sobre la cabeza, cual chango
bolichero sobre un coco. Rápidamente troqué posiciones. La derecha se agazapó
sobre el corazón y la izquierda se lanzó tras ella, como puta desvergonzada
detrás de las nalgas sanguinarias de un macho cabrío. Como lapas en roca se
arranaron las dos sobre el viejo sapo enjaulado que, jadeante, luchaba por
soltarse de las barras toráceas. Eso. La segundera correteaba detrás de los
números inmóviles de la esfera. Daba vueltas y más vueltas. Borracha andaba. De
amor era.
«It's so cold
up North, Baby».
..... RIIIIIING ..... ..... ..... .....
Entonces me sorprendí con la mano en el volante del carro. Lo
había tapizado días antes de una funda forrada de pelusa de gamuza. Sorprendí
mi mano derecha que lentamente giraba cual dama que, guiñando el ojo izquierdo,
se mareaba dando vueltas al tiempo. Coloqué la izquierda sobre la sien. Con la
cabeza reclinada dejé que la derecha, extendida sobre la gamuza, se deslizara
por la esfera del volante. El dedo índice rozaba hipnotizado la piel sedosa de
la faz de mi amante. Desde la sien derecha hasta la sien izquierda, desde la
frente hasta la frente. Desde las doce hasta las doce, y desde las seis hasta
las seis. Un sol. El diestro índice se posó delicadamente en la vertiente
formada por la base de la nariz y el arranque de la ceja izquierda. Como el
pincel de un pintor, recorrió el arco un tanto decapilado. Detrás iba dejando
una estela de vellos sembrados en forma ordenadamente caprichosa. Recorrió el
largo y sedoso trayecto. Hermosa cola de cometa en una noche sin estrellas.
Comencé a bajar. La yema del dedo se deslizó suavemente por la tierna curvatura
formada por la confluencia del párpado y la oreja. El alba apareció, y la piel
se iluminó bajo un sol tropical. La duna en su cenit del pómulo marcaba las
doce. Pleno día. Prosiguió el índice su lenta carrera tropicana y alcanzó al
sol poniente. Eran las seis de la tarde y el sol se escondió en el mar de una
lágrima. Concluida la órbita, el pincel se desprendió de la glándula
lacrimógena, y del ápice vi colgado un diamante de agua atormentada.
Enderecé la cabeza. Todavía la tenía reclinada sobre la mano
izquierda, cuyo codo había descansado seis horas en el encuadre de la ventana
del carro. Dirigí mi vista hacia la ventana número 2. Súbitamente apareció una
luz cuadrada. Se extendía por igual tras una cortina almidonada. El sapo dio un
brinco sobresaltado detrás de las rejas del tórax.
«It was so
cold in Minnesota ,
Baby».
..... ..... RIIIIIING ..... ..... .....
El índice hizo girar los seis números, más otro seis de la
esfera telefónica. Seis minutos después ya se hallaba mi carro convenientemente
estacionado junto al poliedro. La luz de la ventana número 2 se había
extinguido. Había sido reemplazada por la luz de la ventana número 3. Me fijé
en que era cuadrada. Y después me di cuenta que todas las ventanas son
cuadradas. Casi todas. No había sido ningún descubrimiento. Me extrañé de la
simpleza de mi observación. Sin embargo, me dejé llevar de la corriente
calidoscópica de mi mente. Yo mismo me entregué. Me entregué a mí mismo. Y no
cabe duda que era la ventana número 3. La luz parecía opaca y brillante al
mismo tiempo. Me froté los ojos. Quería cerciorarme de que lo que veía era lo
que veía. Todavía me parecía que algo raro me impedía ver con claridad. Volví a
restregarme los ojos, primero con la punta de los dedos, después con las palmas
de las manos «Ya», dije, «ahora ya puedo ver bien». Y sí, podía ver que la
bujía estaba plantada en el centro de la ventana, despidiendo rayos para todas
partes. Me fijé en el firmamento para salir de dudas, y vi una estrella. No
sabía si era la vespertina o la matutina. No importaba. Marte o Venus. Qué más
daba. De todos modos, es una y la misma cosa. El amor es batalla. La batalla es
sangre. Y la sangre es amor. Y amor, batalla y sangre son fuego. Eso es, fuego.
Rayos y relámpagos. Froté otra vez los ojos, y vi muchas estrellas, fuegos y
rayos. Volví mi atención a la ventana. No me quería distraer con estupideces
astronómicas. No. Lo importante era la ventana. La estrella de la ventana.
Venus en todo su esplendor. De cabeza a pies.
Comencé por arriba. Fui bajando y observé vagamente su forma
en siluetas. No me contenté con eso. Salté de los ojos a las piernas. Volví a
repasar la figura. Pero esta vez me prometí que lo haría más despacio y
atentamente. Me pareció haber distinguido la cabellera. Pero, como era de
noche, no la podía ver bien. La dejé, porque, «después de todo», me dije, «lo
negro no se puede ver en la noche. Lo negro no puede iluminar a lo negro». Me
consolé con el razonamiento. Además, añadí: «La luz no puede iluminar a la
oscuridad, porque, al iluminar a la oscuridad, ésta se vuelve como la luz
iluminadora, y las dos cosas se convierten en una. Muy simple». Y quedé
satisfecho. Proseguí con calma. Sabía que necesitaba la calma y, por eso, me
esforcé en conquistar la calma. «Sin calma», pensé, «uno no puede apreciar la
belleza ni el dolor. Ni el dolor de la belleza, ni la belleza del dolor. Ni el dolor
productor de la belleza, ni la belleza engendradora del dolor».
Con el dorso de la mano me golpeé la frente. Lo hice a
propósito, y con fuerza, para sacarme de la distracción y concentrarme en la
ventana. Volví a frotarme los ojos. Me eché hacia adelante, hacia el
parabrisas, para estar seguro de que era la ventana número 3. Pude ver otra vez
con claridad y certeza de que lo que veía era lo que había visto antes. Parecía
una Venus.
Allí estaba sobre el tul del cielo. Una sábana azul
claroscuro, iluminada en toda su entereza. Distantemente se veía toda,
completa. Permanecí de pie durante un rato. Belleza pura, sin dolor. Belleza
absoluta. Melena larga y sedosa. Brillante en su oscuridad. El fleco de la
cabellera se extendía y encaracolaba en los senos. Como remolinos siniestros y
sedientos giraban en torno a dos sirenas o bollas de salvación. Tentáculos de
pulpo obsceno o sanguijuelas sedientas de leche roja y caliente. Froté los ojos
perturbados y observé de cerca que las bollas se mecían ante el oleaje bravío.
Me dejé llevar por el silbido de lo que parecía una sirena. Me recliné sobre el
azul de la sábana y fui a dar de bruces con una hondonada. De nuevo me froté
los ojos para cerciorarme mejor de lo que veía. Y así fue. Un calor asfixiante
me forzó a desabrocharme la camisa. Me saqué la camiseta empapada de sudor. Las
pulsaciones se extendían por todo el cuerpo, por todo mi ser. Creí desmayarme.
Me dejé caer. Me caí. Y el sapo se calló. «AH, AH, AH, ah, ah, ah, ay...».
«It's so warm
and nice here, Baby».
..... ..... .... RIIIIIING ..... .....
Froté los ojos con vehemencia. Vi estrellas, muchas estrellas.
«Qué estrellas ni qué chingada madre», dije. «Chingue a su chingada madre todo
cabrón chingón que chinga a su madre». Me solté el cinturón de seguridad. Di
una patada contra el acelerador. Se me encajó el zapato entre el pedal del
freno y del embrague. Torturado, me agaché para sacarlo, y di con la frente
contra el volante. Menté a todas las madres, de todos los hombres, de todas las
mujeres y de todas las madres. Abrí la puerta del carro. Un golpe furibundo la
cerró. Con el susto, se apagó la luz de la ventana número 4. Me froté los ojos
para ver mejor. Me acerqué más al poliedro. Descargué dos puñetazos, seguidos
de dos patadas a las llantas. Con calma les dije: «sonovabichis, sonovabichis,
sonovabichis. Cabrones chingones. Chinguen a su chingada madre, pero a mí no me
chinga nadie. Salgan si son hombres, sonovabichis». Eso les dije, con voz algo
calmada y adolorida. Sentía dolor en los puños y en los pies. Juré no volver a
dar patadas ni puñetazos, pero les solté otra letanía de verdades. «Tú, gringo
jodío o jodío gringo, que vienes a culear con mi ruca, sal si tienes tanates.
¡Sal! O es que ya los dejaste enterrados entre sus verijas. Sal si todavía te queda
alguna leche en ellos, gringo baboso». No salió. Pero tampoco me olvidé de
ella. Solamente le dije: «Ruca fea, cabrona, chingona. Me has dejado en la
calle, a patarraíz, vieja fea. Cómo te gusta arranarte con gringo, vieja puta.
Prefieres pan bolillo a tortilla prieta, vieja fea. Chingatumadre tú también,
vieja culera». Eso le dije yo a ella, con mucho dolor. No me replicó.
Me eché a correr hacia el carro. Abrí la puerta. Me senté.
Prendí el motor. Apreté el acelerador. Comencé a dar vueltas alrededor del
poliedro. Primero una pared, después otra, luego la otra, y la otra, y la otra,
y la otra. Al principio me pareció un cuadrilátero, después un pentágono y
luego un hexágono. Como una estrella de cuatro, de cinco, de seis picos. Amor,
batalla, zión. Conquista, conquista, conquista. Traición, traición, traición.
Las llantas olían a polvo, a humo, a fuego. Cuatro vueltas, cinco vueltas, seis
vueltas. Me fui a un hofbrau y me comí seis koshers. Se los brindé diciendo: «A
ese chingao jodío cabrón jijo'e su perra y jodía madre». Estaban agrios como
vergas de chivo bíblico. Pedí seis jalapeños. Me creí que me darían valor. «Nothing of that
sort here, Sir». Así creí haber oído, «Sir». «Chinga a tu madre con tus
jodíos koshers, cabrón kosher. Retácatelos en el ojete y en tu mala estrella».
Eso le dije, aunque creo que no me entendió. Quise traducírselo a su lengua,
pero se me trabó la mía.
Me fui a Rosita's
Rendezvous. Me dieron los chiles que pedí. Marca «El Llorón». Seis para
ser exacto. Los acompañé con una copa de Cuervo. Me entraron ganas de muchas
cosas. Pedí. Me dijeron que me había equivocado de lugar. Le largué una patada
a la pata de la mesa. La dueña me dijo: «Estás encanicado, bato». «Pero no por
ti, pinche vieja». Entré en el excusado. Hice varias cosas. Luego saqué una
pluma. En la tapadera del trono dibujé unas nalgas en forma de corazón. En el
mero centro pinté dos chiles redondos, de marca «El Llorón», y uno de los
mentados koshers. Me salí. Di otra patada. Volví. Saqué la pluma otra vez, y
diseñé un bizcocho. Era el de la dueña. Así me lo figuré yo. Me acerqué y dije:
«Toma, aquí chingo». Más tarde añadí: «Pinche vieja pachichi». Y lo firmé con
un «Con Safos». Salí. Ni me senté. Caminando hacia la puerta oí otra vez a la
dueña: «Estás encanicado, bato». Desde la puerta le contesté: «Ya no, vieja
fea».
Me subí al carro. Lo prendí. Apreté el acelerador y por la
verga del amortiguador, salió un chorro de esperma poluto. Corría y corría.
Una, tres, seis veces. Apliqué los frenos, y paré. Eran las tres. Recorrí el
lugar. «Si es el mismo chingado Rosita's Rendezvous», alcancé a decir. Me
pareció haberme oído. Abrí la puerta, y salí del carro. La dueña me esperaba.
«Estás encanicado y asustado, bato». «Tu pinche madre, vieja puta». «Que Dios
la tenga en su gloria». «Dame panocha, vieja». «No hay huevo, bato». «Los
huevos los tengo yo, vieja». «Los tienes encanicados, bato». «Pos chinga a tu
madre, pues». «Y tú a la tuya». Di otra patada. Entré otra vez en el excusado.
Cogí el jabón y dibujé un cochi—pan—de—huevo. En el espejo fue. «El que lea
esto es un puto», escribí. Me miré en el espejo, pero el mensaje no era para
mí. No lo leí. Salí. Di otra patada. Cuando llegué a la puerta oí: «Estás
encanicado y loco, bato loco». Me sobrecogí al oír mis propias palabras. Subí
al carro. Lo prendí. Lo puse en marcha, y di seis vueltas en espiral. A la
séptima me fui y me estacioné en mi lugar favorito. Junto a la ventana número
5.
«It was really nice, Baby».
..... ..... ..... ..... RIIIIIING .....
Comencé a sosegarme detrás del volante. Coloqué los brazos
sobre el estómago, y me doblé sobre mí mismo. Sentí como que me quería hacer
bola. El volante me lo impidió. La frente, cubierta por la greña caída, se
recostó en la esfera. Con la mente fui recorriendo la gamuza que forraba el
círculo. Al principio la seguí despacio, luego más aprisa, después rápido. Me
dejé llevar por la vorágine. Me sentí envuelto por una nube gris, que se iba
tornando brillante hasta que se hizo roja, muy roja, como una bola de sangre.
Oí sonidos, ruidos, silbidos. La cabeza me giraba. Traté de calmarla. Me eché
los brazos y los crucé con fuerza sobre la nuca. Apreté fuertemente. El lamento
de la sirena se hizo más fuerte. Me causó dolor. Abrí los ojos y, al darme
cuenta que estaba en el suelo bajo el volante, me levanté velozmente. Como un
relámpago alcancé a ver el faro rojo de una ambulancia que iba guiñando el ojo
a un cardíaco. Salí del escondrijo con dificultad. Me senté. Encendí el motor
y, sin el cinturón de seguridad, apreté el acelerador encaminándome, con el
zumbido de seguridad, hacia el cercano Circle—K.
Llamé una vez. «¿Te acuerdas del primer beso que te di? ¡Cómo
te paralizaste!». Llamé segunda vez. ¿Te acuerdas que te dije que te amaba?».
Metí las monedas por tercera vez. «¿Te acuerdas que me dijiste que me amabas?».
Traté cuarta vez. «Te amo, nos dijimos». Sentía escalofríos y llamé por quinta
vez. «¿Te acuerdas cómo por primera vez te hice que te sintieras mujer?». Me
temblaba el índice al marcar los números por sexta vez. «La mala estrella me
chinga». Di unos pasos y le entregué los centavos a la dependienta del Circle—K.
Le pedí bizcocho, y no me entendió. «Chingao», le dije, «give me, then, a
chocolate bar». Lo metí en el bolsillo. Volví a mi estacionamiento favorito.
Saqué el chocolate almond del bolsillo. Le di una mordida. «¿Te acuerdas de
aquella vez, después de seis meses, cuando dábamos vueltas por el piso? No te
podía parar. Seis años girando. Como un remolino de mar que traga y traga y
traga, hasta arrebatar a la lancha a su profundo seno. Como el ojo del cuerno
en una tempestad que, en espiral, jala y jala y jala, cual hoja de papel al
viento. Llegaste al éxtasis de la felicidad, al arrobo de la infinitud. Te
sentiste diosa, sedienta de más infinitudes, de más espacios, de más espirales
de cornucopias y remolinos. Criatura del infinito vacío, del vacío infinito,
del infinito vacío infinitamente vacío».
Y yo dándole vueltas a la bola de cera, extraída de aquella
vela que te iluminaba la faz y el busto en tus noches vírgenes de soledad. La
apretaba, la derretía, la formaba en una bola maleable y sin forma. Forma
ovalada, forma redonda, forma sin forma. Como cuando nos revolcábamos en el
suelo. Te daba vueltas y más vueltas y girabas en el vacío, hacia la nada,
hacia el todo, hacia el éxtasis. «Bola de cera, amor mío», te decía.
Di otro mordisco al chocolate almond. Le di varias vueltas con
la lengua. Seis exactas. Bajé el cristal y lo escupí por la ventana como
gargajo perruno. Abrí la puerta y lo aplasté con el tacón del zapato. «Chíngate»,
le vociferó.
Fui corriendo hacia la ventana número 6. Llevaba la mitad del
chocolate almond en la mano. Lo iba apretando como a pezón de vaca lechera. Me
acerqué a la ventana. Me estiré sobre la punta de los dedos de los pies.
Alcancé lo suficiente para escribirle con el pezón en el cristal: «Chingada
puta. Cómo me pagas lo que te enseñé. Me traic...». Se me había derretido y, lo
poco que me quedaba, se lo emplasté contra el cristal, como chicle travieso en
la cola de una perra callejera. Me volví hacia un árbol cercano. «Ahora te veré
en acción». Me agarré de la primera rama. «Ahora no me podrás mentir». Alcancé
la segunda rama. Una vieja desdentada salió por la ventana. «Estás meciéndote
en mi cama, vieja tramposa». Otra mujer salió con los rulos por otra ventana. Me subí a la tercera rama. «What's
he doing on that tree?». Miré, pero no se veía nada. «Estás todavía un
poco lejos», le dije. Me abracé a la rama y comencé a gatear. Oí una voz
reconocible: «David, you're hurting me». Seguí gateando. Un perro comenzó a
ladrar. «I'm scared, David». Gateé más rápido. Me pareció haber visto un hoyo
negro. Varios perros ladraban. Dos palomas se estremecieron. Un pájaro de
rapiña se cernía sobre ellas. Me temblaban las piernas. Me caí en el tejado.
Los niños de la vecindad se acercaron con piedras. Comencé a patalear en el
tejado. «Dejen de joder, cabrones. Yo sé que están aquí revolcándose en sudor.
Si les oigo los chillidos, los pujidos, los bufidos». Me agaché. Apliqué el
oído sobre las tejas. «Shut up, you fucking bastards!». Volví a escuchar, y las
pedradas no me dejaban oír los bufidos. Una pedrada me alcanzó en la nalga
izquierda. «Son—of—a—bitch». Los muchachos se reían y me lanzaban más piedras.
Me puse de rodillas y levanté la cara. El sol se alzaba como sapo panzudo, como
bola de sangre, de cera derretido. «Cabrón», le imploré.
«It's going
to be so cold up North, Baby».
..... ..... ..... ..... ..... RIIIIING.
Ya eran las seis de la tarde cuando enderecé la cabeza que
tenía reclinada sobre el volante de gamuza. Se abrió la sexta puerta del
hexágono. Lentamente apareció una figura deforme y cansada. Sin preocuparse de
lo que le rodeaba, miró hacia el sol poniente, con un gesto de extraña dignidad
y devoción. Compungidamente se metió la mano izquierda en el bolsillo. Extrajo
un pedazo de trapo que mágicamente se convirtió en un yamulke. Entre el índice
y el cordial, lo elevó a la altura de la coronilla. Lo dejó caer delicadamente
y se lo ajustó, como si fuera gamuza o pellejo de oveja. Giró lentamente y le
dijo:
«It's Sabbath, Baby».
RIIIIIING
—Hello!
—¿Qué chingao hiciste el sábado?
—¿Qué sábado?
—Pues ayer, ¿qué otro sábado?
—¿Ayer? Pero si hoy es viernes.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
—¡Chingao!
—... Hoy llega mi amigo de Minnesota.
—¡Chingao!