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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
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Justo S. Alarcón - Rotación solar

A la derecha quedaba la biblioteca. A la izquierda una fuente. Del fondo del agua surtían chorros caprichosos. Al centro había una escultura de un hombre y de una mujer persiguiéndose, retorciéndose y abrazándose. Di una vuelta alrededor, para perseguirlos. Cuando el hombre, en su contorsión, parecía haber alcanzado a su amante, ésta desaparecía elásticamente. Seguí dando la vuelta a la fuente. Encontré la cara congestionada de la perseguida, pero me topé con el dorso del perseguidor. Decidí echarme a correr para ver si podía alcanzarlos en su vertiginosa zaga. No lo logré. Me senté un poco mareado y desistí de la pesquisa.
Luego que me acordé, me eché a correr hacia mi apartamento. Al rato me cansé. Caminé. Me eché a correr. Me volví a cansar. De nuevo me paré. Había seis mujeres acostadas en el zacate. Me acerqué. Eran seis muchachas. Estaban en traje de baño. Me acerqué más. Las tapaban unos bikinis. Las seis formaban un círculo. Tenían los pies juntos.
Urgentemente desaparecí. Había consultado el reloj. Eran las doce menos seis. Todavía tenía seis minutos para llegar a mi apartamento. Las muchachas quedaban tendidas al sol, en bikini, tocándose las puntas de los pies, haciéndose cosquillas con los dedos gordos.
Perfectamente simétricas tenían las cabezas equidistantemente separadas. Una flor con seis pétalos. Los pétalos eran amarillos. No podía distinguir si era porque la cabellera era rubia o si porque los rayos del sol reverberaban en los pétalos. Parecían dar vueltas, y eso me llevó a pensar en el girasol. Miré al sol y me comenzaron a girar los ojos.
Erguidas, y a mitad de camino entre los pies y las cabezas, se distinguían unos bultos. Podían muy bien ser doce bustos o doce semillas de girasol, esperando o dando vida. Era la imagen la que se me quedó grabada. Como iba corriendo, no me dio tiempo a distinguir cuidadosamente. Entre tanto llegué a mi apartamento. Eran las doce en punto.
RIIIIIING..... ..... ..... ..... .....
Había marcado el número 616—2636. Lo dejé sonar durante un minuto. Un minuto largo. Muy largo. Sesenta segundos. Eso es, sesenta eternos segundos. Los conté despacio. Muy despacio. La manecilla pequeña no se veía, porque la tapaba la minutera. Marcaba exactamente las doce del medio día del viernes. Las doce con precisión. Es decir, dos veces seis. Pleno día. Mitad mañana y mitad tarde. Así se forman las doce, síntesis de dos partes. No, pero así no. El mediodía es medio día, y nada más. No es síntesis de dos mitades. No es como el éxtasis del amor, producido por dos partes que se sintetizan para sublimarse en una. No. El mediodía es un punto, uno solo. Sin síntesis ni sumas. Es puro. Es único. Como el amor.
La segundera caminaba lentamente. Daba saltitos diminutos, como un insecto detrás de su madre, o como un amante detrás de su amada. Como la palpitación del corazón. No, no como la palpitación. De esto me aseguré y lo comprendí después de poner el dedo gordo de la mano derecha sobre la muñeca de la mano izquierda. Con el dedo índice tocaba la esfera del reloj, y con el gordo la vena. Un ritmo desigual me subía al cerebro. «Esto no puede ser», me decía, «no puede ser». Más pulsaciones que segundos. Muchas más. Saltaban, se sobresaltaban, se entrelazaban, se empujaban, se arrollaban, se enrollaban. Cual latigazos en descontrolado ritmo, subían a las células del cerebro. Llevé el dedo gordo a la sien, después al cuello, más tarde a la sien. La palma de la mano derecha la coloqué sobre el corazón, como garrapata patiabierta a caballo de chivo encanicado. Luego puse las dos manos sobre la cabeza, cual chango bolichero sobre un coco. Rápidamente troqué posiciones. La derecha se agazapó sobre el corazón y la izquierda se lanzó tras ella, como puta desvergonzada detrás de las nalgas sanguinarias de un macho cabrío. Como lapas en roca se arranaron las dos sobre el viejo sapo enjaulado que, jadeante, luchaba por soltarse de las barras toráceas. Eso. La segundera correteaba detrás de los números inmóviles de la esfera. Daba vueltas y más vueltas. Borracha andaba. De amor era.
«It's so cold up North, Baby».
..... RIIIIIING ..... ..... ..... .....
Entonces me sorprendí con la mano en el volante del carro. Lo había tapizado días antes de una funda forrada de pelusa de gamuza. Sorprendí mi mano derecha que lentamente giraba cual dama que, guiñando el ojo izquierdo, se mareaba dando vueltas al tiempo. Coloqué la izquierda sobre la sien. Con la cabeza reclinada dejé que la derecha, extendida sobre la gamuza, se deslizara por la esfera del volante. El dedo índice rozaba hipnotizado la piel sedosa de la faz de mi amante. Desde la sien derecha hasta la sien izquierda, desde la frente hasta la frente. Desde las doce hasta las doce, y desde las seis hasta las seis. Un sol. El diestro índice se posó delicadamente en la vertiente formada por la base de la nariz y el arranque de la ceja izquierda. Como el pincel de un pintor, recorrió el arco un tanto decapilado. Detrás iba dejando una estela de vellos sembrados en forma ordenadamente caprichosa. Recorrió el largo y sedoso trayecto. Hermosa cola de cometa en una noche sin estrellas. Comencé a bajar. La yema del dedo se deslizó suavemente por la tierna curvatura formada por la confluencia del párpado y la oreja. El alba apareció, y la piel se iluminó bajo un sol tropical. La duna en su cenit del pómulo marcaba las doce. Pleno día. Prosiguió el índice su lenta carrera tropicana y alcanzó al sol poniente. Eran las seis de la tarde y el sol se escondió en el mar de una lágrima. Concluida la órbita, el pincel se desprendió de la glándula lacrimógena, y del ápice vi colgado un diamante de agua atormentada.
Enderecé la cabeza. Todavía la tenía reclinada sobre la mano izquierda, cuyo codo había descansado seis horas en el encuadre de la ventana del carro. Dirigí mi vista hacia la ventana número 2. Súbitamente apareció una luz cuadrada. Se extendía por igual tras una cortina almidonada. El sapo dio un brinco sobresaltado detrás de las rejas del tórax.
«It was so cold in Minnesota, Baby».
..... ..... RIIIIIING ..... ..... .....
El índice hizo girar los seis números, más otro seis de la esfera telefónica. Seis minutos después ya se hallaba mi carro convenientemente estacionado junto al poliedro. La luz de la ventana número 2 se había extinguido. Había sido reemplazada por la luz de la ventana número 3. Me fijé en que era cuadrada. Y después me di cuenta que todas las ventanas son cuadradas. Casi todas. No había sido ningún descubrimiento. Me extrañé de la simpleza de mi observación. Sin embargo, me dejé llevar de la corriente calidoscópica de mi mente. Yo mismo me entregué. Me entregué a mí mismo. Y no cabe duda que era la ventana número 3. La luz parecía opaca y brillante al mismo tiempo. Me froté los ojos. Quería cerciorarme de que lo que veía era lo que veía. Todavía me parecía que algo raro me impedía ver con claridad. Volví a restregarme los ojos, primero con la punta de los dedos, después con las palmas de las manos «Ya», dije, «ahora ya puedo ver bien». Y sí, podía ver que la bujía estaba plantada en el centro de la ventana, despidiendo rayos para todas partes. Me fijé en el firmamento para salir de dudas, y vi una estrella. No sabía si era la vespertina o la matutina. No importaba. Marte o Venus. Qué más daba. De todos modos, es una y la misma cosa. El amor es batalla. La batalla es sangre. Y la sangre es amor. Y amor, batalla y sangre son fuego. Eso es, fuego. Rayos y relámpagos. Froté otra vez los ojos, y vi muchas estrellas, fuegos y rayos. Volví mi atención a la ventana. No me quería distraer con estupideces astronómicas. No. Lo importante era la ventana. La estrella de la ventana. Venus en todo su esplendor. De cabeza a pies.
Comencé por arriba. Fui bajando y observé vagamente su forma en siluetas. No me contenté con eso. Salté de los ojos a las piernas. Volví a repasar la figura. Pero esta vez me prometí que lo haría más despacio y atentamente. Me pareció haber distinguido la cabellera. Pero, como era de noche, no la podía ver bien. La dejé, porque, «después de todo», me dije, «lo negro no se puede ver en la noche. Lo negro no puede iluminar a lo negro». Me consolé con el razonamiento. Además, añadí: «La luz no puede iluminar a la oscuridad, porque, al iluminar a la oscuridad, ésta se vuelve como la luz iluminadora, y las dos cosas se convierten en una. Muy simple». Y quedé satisfecho. Proseguí con calma. Sabía que necesitaba la calma y, por eso, me esforcé en conquistar la calma. «Sin calma», pensé, «uno no puede apreciar la belleza ni el dolor. Ni el dolor de la belleza, ni la belleza del dolor. Ni el dolor productor de la belleza, ni la belleza engendradora del dolor».
Con el dorso de la mano me golpeé la frente. Lo hice a propósito, y con fuerza, para sacarme de la distracción y concentrarme en la ventana. Volví a frotarme los ojos. Me eché hacia adelante, hacia el parabrisas, para estar seguro de que era la ventana número 3. Pude ver otra vez con claridad y certeza de que lo que veía era lo que había visto antes. Parecía una Venus.
Allí estaba sobre el tul del cielo. Una sábana azul claroscuro, iluminada en toda su entereza. Distantemente se veía toda, completa. Permanecí de pie durante un rato. Belleza pura, sin dolor. Belleza absoluta. Melena larga y sedosa. Brillante en su oscuridad. El fleco de la cabellera se extendía y encaracolaba en los senos. Como remolinos siniestros y sedientos giraban en torno a dos sirenas o bollas de salvación. Tentáculos de pulpo obsceno o sanguijuelas sedientas de leche roja y caliente. Froté los ojos perturbados y observé de cerca que las bollas se mecían ante el oleaje bravío. Me dejé llevar por el silbido de lo que parecía una sirena. Me recliné sobre el azul de la sábana y fui a dar de bruces con una hondonada. De nuevo me froté los ojos para cerciorarme mejor de lo que veía. Y así fue. Un calor asfixiante me forzó a desabrocharme la camisa. Me saqué la camiseta empapada de sudor. Las pulsaciones se extendían por todo el cuerpo, por todo mi ser. Creí desmayarme. Me dejé caer. Me caí. Y el sapo se calló. «AH, AH, AH, ah, ah, ah, ay...».
«It's so warm and nice here, Baby».
..... ..... .... RIIIIIING ..... .....
Froté los ojos con vehemencia. Vi estrellas, muchas estrellas. «Qué estrellas ni qué chingada madre», dije. «Chingue a su chingada madre todo cabrón chingón que chinga a su madre». Me solté el cinturón de seguridad. Di una patada contra el acelerador. Se me encajó el zapato entre el pedal del freno y del embrague. Torturado, me agaché para sacarlo, y di con la frente contra el volante. Menté a todas las madres, de todos los hombres, de todas las mujeres y de todas las madres. Abrí la puerta del carro. Un golpe furibundo la cerró. Con el susto, se apagó la luz de la ventana número 4. Me froté los ojos para ver mejor. Me acerqué más al poliedro. Descargué dos puñetazos, seguidos de dos patadas a las llantas. Con calma les dije: «sonovabichis, sonovabichis, sonovabichis. Cabrones chingones. Chinguen a su chingada madre, pero a mí no me chinga nadie. Salgan si son hombres, sonovabichis». Eso les dije, con voz algo calmada y adolorida. Sentía dolor en los puños y en los pies. Juré no volver a dar patadas ni puñetazos, pero les solté otra letanía de verdades. «Tú, gringo jodío o jodío gringo, que vienes a culear con mi ruca, sal si tienes tanates. ¡Sal! O es que ya los dejaste enterrados entre sus verijas. Sal si todavía te queda alguna leche en ellos, gringo baboso». No salió. Pero tampoco me olvidé de ella. Solamente le dije: «Ruca fea, cabrona, chingona. Me has dejado en la calle, a patarraíz, vieja fea. Cómo te gusta arranarte con gringo, vieja puta. Prefieres pan bolillo a tortilla prieta, vieja fea. Chingatumadre tú también, vieja culera». Eso le dije yo a ella, con mucho dolor. No me replicó.
Me eché a correr hacia el carro. Abrí la puerta. Me senté. Prendí el motor. Apreté el acelerador. Comencé a dar vueltas alrededor del poliedro. Primero una pared, después otra, luego la otra, y la otra, y la otra, y la otra. Al principio me pareció un cuadrilátero, después un pentágono y luego un hexágono. Como una estrella de cuatro, de cinco, de seis picos. Amor, batalla, zión. Conquista, conquista, conquista. Traición, traición, traición. Las llantas olían a polvo, a humo, a fuego. Cuatro vueltas, cinco vueltas, seis vueltas. Me fui a un hofbrau y me comí seis koshers. Se los brindé diciendo: «A ese chingao jodío cabrón jijo'e su perra y jodía madre». Estaban agrios como vergas de chivo bíblico. Pedí seis jalapeños. Me creí que me darían valor. «Nothing of that sort here, Sir». Así creí haber oído, «Sir». «Chinga a tu madre con tus jodíos koshers, cabrón kosher. Retácatelos en el ojete y en tu mala estrella». Eso le dije, aunque creo que no me entendió. Quise traducírselo a su lengua, pero se me trabó la mía.
Me fui a Rosita's Rendezvous. Me dieron los chiles que pedí. Marca «El Llorón». Seis para ser exacto. Los acompañé con una copa de Cuervo. Me entraron ganas de muchas cosas. Pedí. Me dijeron que me había equivocado de lugar. Le largué una patada a la pata de la mesa. La dueña me dijo: «Estás encanicado, bato». «Pero no por ti, pinche vieja». Entré en el excusado. Hice varias cosas. Luego saqué una pluma. En la tapadera del trono dibujé unas nalgas en forma de corazón. En el mero centro pinté dos chiles redondos, de marca «El Llorón», y uno de los mentados koshers. Me salí. Di otra patada. Volví. Saqué la pluma otra vez, y diseñé un bizcocho. Era el de la dueña. Así me lo figuré yo. Me acerqué y dije: «Toma, aquí chingo». Más tarde añadí: «Pinche vieja pachichi». Y lo firmé con un «Con Safos». Salí. Ni me senté. Caminando hacia la puerta oí otra vez a la dueña: «Estás encanicado, bato». Desde la puerta le contesté: «Ya no, vieja fea».
Me subí al carro. Lo prendí. Apreté el acelerador y por la verga del amortiguador, salió un chorro de esperma poluto. Corría y corría. Una, tres, seis veces. Apliqué los frenos, y paré. Eran las tres. Recorrí el lugar. «Si es el mismo chingado Rosita's Rendezvous», alcancé a decir. Me pareció haberme oído. Abrí la puerta, y salí del carro. La dueña me esperaba. «Estás encanicado y asustado, bato». «Tu pinche madre, vieja puta». «Que Dios la tenga en su gloria». «Dame panocha, vieja». «No hay huevo, bato». «Los huevos los tengo yo, vieja». «Los tienes encanicados, bato». «Pos chinga a tu madre, pues». «Y tú a la tuya». Di otra patada. Entré otra vez en el excusado. Cogí el jabón y dibujé un cochi—pan—de—huevo. En el espejo fue. «El que lea esto es un puto», escribí. Me miré en el espejo, pero el mensaje no era para mí. No lo leí. Salí. Di otra patada. Cuando llegué a la puerta oí: «Estás encanicado y loco, bato loco». Me sobrecogí al oír mis propias palabras. Subí al carro. Lo prendí. Lo puse en marcha, y di seis vueltas en espiral. A la séptima me fui y me estacioné en mi lugar favorito. Junto a la ventana número 5.
«It was really nice, Baby».
..... ..... ..... ..... RIIIIIING .....
Comencé a sosegarme detrás del volante. Coloqué los brazos sobre el estómago, y me doblé sobre mí mismo. Sentí como que me quería hacer bola. El volante me lo impidió. La frente, cubierta por la greña caída, se recostó en la esfera. Con la mente fui recorriendo la gamuza que forraba el círculo. Al principio la seguí despacio, luego más aprisa, después rápido. Me dejé llevar por la vorágine. Me sentí envuelto por una nube gris, que se iba tornando brillante hasta que se hizo roja, muy roja, como una bola de sangre. Oí sonidos, ruidos, silbidos. La cabeza me giraba. Traté de calmarla. Me eché los brazos y los crucé con fuerza sobre la nuca. Apreté fuertemente. El lamento de la sirena se hizo más fuerte. Me causó dolor. Abrí los ojos y, al darme cuenta que estaba en el suelo bajo el volante, me levanté velozmente. Como un relámpago alcancé a ver el faro rojo de una ambulancia que iba guiñando el ojo a un cardíaco. Salí del escondrijo con dificultad. Me senté. Encendí el motor y, sin el cinturón de seguridad, apreté el acelerador encaminándome, con el zumbido de seguridad, hacia el cercano Circle—K.
Llamé una vez. «¿Te acuerdas del primer beso que te di? ¡Cómo te paralizaste!». Llamé segunda vez. ¿Te acuerdas que te dije que te amaba?». Metí las monedas por tercera vez. «¿Te acuerdas que me dijiste que me amabas?». Traté cuarta vez. «Te amo, nos dijimos». Sentía escalofríos y llamé por quinta vez. «¿Te acuerdas cómo por primera vez te hice que te sintieras mujer?». Me temblaba el índice al marcar los números por sexta vez. «La mala estrella me chinga». Di unos pasos y le entregué los centavos a la dependienta del Circle—K. Le pedí bizcocho, y no me entendió. «Chingao», le dije, «give me, then, a chocolate bar». Lo metí en el bolsillo. Volví a mi estacionamiento favorito. Saqué el chocolate almond del bolsillo. Le di una mordida. «¿Te acuerdas de aquella vez, después de seis meses, cuando dábamos vueltas por el piso? No te podía parar. Seis años girando. Como un remolino de mar que traga y traga y traga, hasta arrebatar a la lancha a su profundo seno. Como el ojo del cuerno en una tempestad que, en espiral, jala y jala y jala, cual hoja de papel al viento. Llegaste al éxtasis de la felicidad, al arrobo de la infinitud. Te sentiste diosa, sedienta de más infinitudes, de más espacios, de más espirales de cornucopias y remolinos. Criatura del infinito vacío, del vacío infinito, del infinito vacío infinitamente vacío».
Y yo dándole vueltas a la bola de cera, extraída de aquella vela que te iluminaba la faz y el busto en tus noches vírgenes de soledad. La apretaba, la derretía, la formaba en una bola maleable y sin forma. Forma ovalada, forma redonda, forma sin forma. Como cuando nos revolcábamos en el suelo. Te daba vueltas y más vueltas y girabas en el vacío, hacia la nada, hacia el todo, hacia el éxtasis. «Bola de cera, amor mío», te decía.
Di otro mordisco al chocolate almond. Le di varias vueltas con la lengua. Seis exactas. Bajé el cristal y lo escupí por la ventana como gargajo perruno. Abrí la puerta y lo aplasté con el tacón del zapato. «Chíngate», le vociferó.
Fui corriendo hacia la ventana número 6. Llevaba la mitad del chocolate almond en la mano. Lo iba apretando como a pezón de vaca lechera. Me acerqué a la ventana. Me estiré sobre la punta de los dedos de los pies. Alcancé lo suficiente para escribirle con el pezón en el cristal: «Chingada puta. Cómo me pagas lo que te enseñé. Me traic...». Se me había derretido y, lo poco que me quedaba, se lo emplasté contra el cristal, como chicle travieso en la cola de una perra callejera. Me volví hacia un árbol cercano. «Ahora te veré en acción». Me agarré de la primera rama. «Ahora no me podrás mentir». Alcancé la segunda rama. Una vieja desdentada salió por la ventana. «Estás meciéndote en mi cama, vieja tramposa». Otra mujer salió con los rulos por otra ventana. Me subí a la tercera rama. «What's he doing on that tree?». Miré, pero no se veía nada. «Estás todavía un poco lejos», le dije. Me abracé a la rama y comencé a gatear. Oí una voz reconocible: «David, you're hurting me». Seguí gateando. Un perro comenzó a ladrar. «I'm scared, David». Gateé más rápido. Me pareció haber visto un hoyo negro. Varios perros ladraban. Dos palomas se estremecieron. Un pájaro de rapiña se cernía sobre ellas. Me temblaban las piernas. Me caí en el tejado. Los niños de la vecindad se acercaron con piedras. Comencé a patalear en el tejado. «Dejen de joder, cabrones. Yo sé que están aquí revolcándose en sudor. Si les oigo los chillidos, los pujidos, los bufidos». Me agaché. Apliqué el oído sobre las tejas. «Shut up, you fucking bastards!». Volví a escuchar, y las pedradas no me dejaban oír los bufidos. Una pedrada me alcanzó en la nalga izquierda. «Son—of—a—bitch». Los muchachos se reían y me lanzaban más piedras. Me puse de rodillas y levanté la cara. El sol se alzaba como sapo panzudo, como bola de sangre, de cera derretido. «Cabrón», le imploré.
«It's going to be so cold up North, Baby».
..... ..... ..... ..... ..... RIIIIING.
Ya eran las seis de la tarde cuando enderecé la cabeza que tenía reclinada sobre el volante de gamuza. Se abrió la sexta puerta del hexágono. Lentamente apareció una figura deforme y cansada. Sin preocuparse de lo que le rodeaba, miró hacia el sol poniente, con un gesto de extraña dignidad y devoción. Compungidamente se metió la mano izquierda en el bolsillo. Extrajo un pedazo de trapo que mágicamente se convirtió en un yamulke. Entre el índice y el cordial, lo elevó a la altura de la coronilla. Lo dejó caer delicadamente y se lo ajustó, como si fuera gamuza o pellejo de oveja. Giró lentamente y le dijo:
«It's Sabbath, Baby».
RIIIIIING
—Hello!
—¿Qué chingao hiciste el sábado?
—¿Qué sábado?
—Pues ayer, ¿qué otro sábado?
—¿Ayer? Pero si hoy es viernes.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
—¡Chingao!
—... Hoy llega mi amigo de Minnesota.

—¡Chingao!