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Justo S. Alarcón - Reconocimiento

—Hola, Johnny.
—Hi, Juan.
Allí se quedaron los dos ojos, los cuatro ojos clavados en los cuadriláteros. Cien, mil, cien mil ojos cuadriláteros. Ojos negros y eléctricos. Miraban hacia el norte y hacia el sur. Cuadriláteros caprichosos, en forma de montañas de oro y de pirámides ancestrales. Cuadriláteros invertidos, cuadriláteros ladeados. Barras y estrellas en la alambrada. Alambrada enjauladora de gallinas disecadas. Los dedos se retorcían como garfios de guerrero y desesperación de prisionero. Ojos negros y acalambrados de históricos hermanos.
—Hi, Juan.
—Hola, Johnny.
El sol de las nueve y de las diez de la mañana pegaba en la ventana de la casa en la sureña montaña. Ángulo perfecto. El rayo reverberador y lejano llegaba a la cuadrilátera pupila de Johnny. Se fijó en el espejo de la ventana. Se iluminó la casa en la montaña. Rayo redondo y rojo, cual moneda de oro ensangrentado por la codicia milenaria de guerreros y sacrificadores. Corazón basquebolero rebotando en la mano prestidigitadora del mago del teocalli. Ojo rojo de dios del fuego. Los dedos, prendidos de la alambrada eléctrica, se estremecieron.
—Hola, Johnny.
El sol de las dos y las tres de la tarde reverberaba en las ventanas del banco en la montaña norteña. Los rayos del sol poniente llegaban a la pupila ardiente de Juan en formas prismáticas. El verde de la loma subía por la falda de la ladera. Se encaramó por las ventanas cuadriláteras como hojas de árbol y franjas de bandera. Papeles de cristal verde adornaban los ventanales de las modernas pirámides de cemento y acero.
—Hi, Juan.
Johnny se despertó a las siete. Abrió los ojos y vio el cielo raso. Blanco y apostillado. Trató de recordar, pero no le afloraron los sueños. Lánguidamente echó las cobijas hacia los pies. El fresco de la mañana le inundó el pecho. Frotó los ojos y se sentó. En breves momentos se dirigió al baño sonámbulamente. Se enjabonó las manos y la cara. Se enjuagó. Se acercó al espejo y vio unos vellos pegados a la quijada. «Puro indio», se dijo. «Nunca te olvides, hijo, de que tu abuelo fue indio tarasco», le había recordado su mamá cuando él ya podía corretear. «La mamá de tu papá era francesa de Jalisco, de ojos azules, según dice tu padre», agregó. Se acercó más al espejo. «Bullshit!», exclamó. Del bigote le salían media docena de pelos ralos.
—Hola.
—Hello.
El relente de la mañana había sorprendido el sueño de Juan. Con los puños cerrados se limpió las oquedades de los ojos. Se sentó recostado a la pared de un Curio's Shop. Todavía no habían abierto las tiendas. Con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los sobacos, trataba de espantar el frío. Se retrajo y se acordó de su pueblito, cercano a Chapala. Su padrino Teófilo le había intimado: «Hijo, pasé por junto el lago y vide mucha gente del norte. Tenían lustre en las piernas y en los pechos. Vete tú al norte y regresarás lustroso». Se echó las manos a la cara. «Es que no me la pude enjabonar. Esa es la puritita verdá». Quiso remangarse el pantalón, pero el frío le impidió ver si tenía la pierna lustrosa. «Cuando caliente más el sol», se convenció a sí mismo.
—Hola, Johnny.
En la clase de historia, el profesor Ivan Schroeder pronunció su conferencia. «In short», dijo, «the Aztecs were murderers, they overtaxed the other Indian tribes, and were fatalists». Se había congelado con los puños sobre la mesa, los ojos nublados de azulblanco sicótico y la barba de chivo cansado colgada del atormentado labio inferior. «Professor Schroeder, and what about the Tarascans?», intercaló Johnny. «They say they fought back, but as you know there is a lot of myth floating around...». «And what about the Mayas?». «Again, there is an aura of myth. They came into history and they disappeared». «That is all?». «That is all». «And Pancho Villa?». «What's the matter with you, Johnny?. Can't you read? Pancho Villa was a bastard, literally. He had 'wives' everywhere. He massacred women and children alike. And he was a bandit, a bandido. Anything else, Johnny?». «Chingatumadre». «What?». «I've said, thank you». «You're welcome».
Habían adelantado la pelea una semana. La Border Boxing Association había alterado la programación del año, como ocurría con frecuencia. Los pugilistas se multiplicaban y había que dar cabida a todos. «Entertainment is the backbone of the American People», decían los reporteros y comentaristas. Frank Olmos y Pancho Lomos estaban en el programa para esa noche. Pesos pluma los dos. A la orden del árbitro, Mr. Francis Blake, los dos se clavaron la pupila. Quisieron reconocerse, pero Mr. Blake tomó la palabra: «I expect a clean fight, boys». Se separaron. En las espaldas sudadas, aprisionadas por los alambres del corral, quedaron marcadas varias barras coloradas. Sonó el pito policiaco y los pesos pluma comenzaron a revolotear sus alas en el aire. Un picotazo de Frank en la clavícula dejó a Pancho acalambrado a lo largo de la cancha. Frank vio su sombra reflejada en el tendido cuadrilátero. Las gallinas, encorraladas en los asientos, batían los picos y las desplumadas alas y retorcían los ojos blanquirrojos. El de la corbatilla sentenció: «Another down». Johnny miró al espejo que tenía delante y notó la pesadilla en las córneas. Se rasuró. Salió en el momento en que un hombre en azul oscuro entraba por la puerta de la casa de enfrente. «Another one», musitó.
—Hi, Juan.
—Hola, Johnny.
—By the way, ¿qué es tu nombre?
—Juan Díaz. ¿Y el tuyo?
—Johnny Díaz.
«Qué chistoso. Si podíamos muy bien ser hermanos», pensó Juan mucho después. «Pero no. Yo soy de Michoacán. Puro indio mexicano. Johnny es del otro lado. Es americano. Además, yo no tengo hermanos. Si yo tuviera hermanos, los reconocería. Los hermanos se parecen unos a otros. No sólo en la cara, sino en todo. En los ojos también. Yo se los vide de cercas. Se los miré muy bien. Parecían canicas caídas en un charco de agua. Mismamente espejitos quebrados. Se veían como muchos rayos de sol en sus ojos y pedazos de cara desparramada. No eran como los míos. Yo me vide una vez en un espejo y me veía todo enterito. Como soy. Con ojos como canicas. Pero indio michoacano. Tarasco, pues. Ya me lo decía mi madre: «Tú eras puro indio». Eso me lo decía mi madre, que en paz esté. Qué extraño encontrarse aquí con uno que tiene el mismo nombre. ¿El mismo nombre? Johnny. Eso no es mexicano. Eso es muy americano. Por eso sé que no somos hermanos. Él es americano. Pero bien pudiera no ser, porque también en Michoacán hay algunos que quieren que les llamen Joni. Otros Toni, otras Beti y otras Pati. Y así muchos más. A lo mejor Johnny es de Michoacán. Bien pudiera ser. O a lo mejor esos de mi tierra son como Johnny. Bien pudiera ser. Pero es que ellos son tarascos y Johnny es americano, y allí hablamos puro español y Johnny habla inglés, y otras veces no. Yo no sé, pero la próxima vez me voy a mirar en sus ojos quebrados y le voy a preguntar si es americano. Aunque me malicio que no, porque si fuera americano tendría un carro grandote, un traje color azulito y unas botas rematadas en punta. Quién sabe. La próxima vez le pregunto».
Le distrajo de sus pensamientos una pareja de edad madura, salida de Toni's Licor Store. Les seguía una muchacha de blusa vaquera, pantalón short, piernas albinas y sandalias huarache. Llevaba en el brazo izquierdo un poncho y en la mano derecha una piñata, burro verde, blanco y rojo. El pelo era largo y lacio. «Como las muchachas de mi pueblo», musitó. Pero no, era rubio. Iba subiendo la loma y, con el cansancio, el pelo lacio se meneaba rítmicamente de izquierda a derecha. Se fijó bien y le pareció, después de un intervalo, que no era el pelo, sino el cuerpo el que se mecía. Se cercioró al notar que los rayos del sol reverberaban en una ventana de la loma. Ni la ventana, ni los cabellos, ni el sol se cimbreaban. Los haces de los rayos del sol se clavaban en el cristal. Verdaderamente parecían la melena de una muchacha que se queda plasmada en un espejo.
—Hola, Johnny Díaz.
—Hi, Juan Díaz.
—¿Tú qué eres, americano o mexicano?
—I'm chicano.
—Entonces no somos hermanos.
—We are carnales, somos Raza, ¿que no?
—...
A Johnny Díaz se le congelaron los ojos en la melena de Juan Díaz. Como leopardo enjaulado penduleó la cabeza detrás de los cuadriláteros de la alambrada. Efectivamente. Una cabellera lacia. Lacia como la de la niña del sol. Miró para la Vía Láctea, y la Milky Way descargaba unos rayos negros y fríos sobre la alambrada. Melena negra y fría.
Por los cuadriláteros se veían las lucecitas de las casas en la loma sureña. Estrellas diminutas sobre una pirámide lejana. Lejana como la Vía Láctea enredada en una telaraña, entretejida por una mano misteriosa. «Qué chula se mira la Milky Way con ese chingo de stars clavados in the sky». Bajó la vista Johnny y vio las lucecitas parpadear en los cuadriláteros de la loma. «Mismamente como las stairs de las pirámides que miré en los books de la library». Abrió más los ojos para contar los peldaños y se le acercaron como hebras negras y frías de telaraña metálica. «Shit!», exclamó. Se dio cuenta de la mano misteriosa que entretejió la Vía Láctea, los peldaños piramidales y la red metálica. Una araña misteriosa.
Se miró al espejo y, en los ojos blanquinegros, tenía entretejida una red blanquirroja. Los frotó con los dedos y vio cuadriláteros en las bóvedas de las córneas. Los sobó con las palmas de las manos y observó que el espejo dibujaba cuadriláteros blanquinegros. Sacudió la cabeza y el ensueño. Tenía las palmas de las manos aplastadas en el norte y los dedos engarfiados en el sur de la alambrada. Se desprendió con la sacudida eléctrica, y en el espejo de las manos vio una Vía Láctea cuadrilátera. «Me la rayo, ése».
—Hi, Johnny.
—Hola, Juan.
—Your hands se parecen a los traques del Pacific R.R., en donde trabajaba mi abuelo.
—Se parecen más bien a los escalones de las pirámides de nuestros tatarabuelos.
—La misma cosa. Same thing, carnal.
Los rayos del sol matutino reverberaban en las córneas de Juan. Johnny los observó. Dos rascacielos que quedaban a su espalda se magnificaron en los espejos ovalados del cráneo de Juan Díaz. Cristales mágicos de ensueño futurista. Lomas verdes, campos verdes, piernas verdes, caras verdes, billetes verdes, vida verde, hijos verdes, nietos verdes, casa verde. En el cristal crecía la lechuga, el melón y el algodón. Manos prietas, caras prietas, espaldas prietas, amor prieto. La flor del algodón fue adquiriendo paulatinamente la forma de cristal mágico y futurista. Manos blancas, caras blancas, espaldas blancas, amor blanco, hijos blancos. «Hijo, yo vide junto al lago Chapala gente lustrosa del norte. Piernas blancas, ombligos blancos, chichis blancas. Cuerpos lustrosos. Vete al norte, hijo, y...». El sol reflejaba en las canicas mágicas de Juan un cuadrilátero sobre la montaña norteña. Teocalli futurista. Sacerdotes de corbata trajinaban por corredores acondicionados. De sus manos octopédicas se desprendían papeles verdes cuadriláteros. Otras manos consagradas los recogían con veloz delirio extático. Se postraban ante la cara del verde cuadrilátero. «In Gold We Trust», le decían arrobados. Infinitas caras que se hicieron una enorme cara. Cara lustrosa. Fertilizada con la sangre de infinitas manos deslustradas. Por las manos consagradas goteaban chorros de sudor ensangrentado.
Dos canicas mágicas, dos corazones palpitantes y sangrando vio Johnny en el cráneo de Juan Díaz.
Johnny se acercó. Se vio en las dos canicas mágicas, corazones palpitantes y sangrantes, aprisionadas en el cráneo de Juan Díaz. Ojos verdes y dorados. Agónicos como capullos de algodón en sazón. «Wake up, Juan Díaz». Sacudió la alambrada. Las cuatro manos se entrelazaron. Por un cuadrilátero de la telaraña se fugó Juan Díaz siguiendo las pisadas de su abuelo. La araña panzona y consagrada se lanzó sobre el nieto. «I remember this face. My granfather found him under the same Santa Fe caboose. You didn't change a bit. You are Johnny Díaz the Third, aren't you?».
—Hola, Juan Johnny.
—Hi, Johnny Juan.
Johnny había cruzado al lado sureño. Por la puerta lo hizo. Los gendarmes encachuchados se le arrimaron para ver el último modelo del blackcherry Chevy. Prosiguió, y a ellos se le quedaron las pupilas elásticas pegadas al huidizo carro, cual chicle en tacón alto de dama callejera.
—Se lo robó, te digo.
—No. Lo tiene fiado a crédito, como todos por allá.
Torció por la calle Callejas. Con el sol, el cromo deslumbraba a la gente. Plateado azogue de espejo iba devolviéndole las caras consternadas.
—Como si fuera de plata mismamente.
—No todo lo que reluce es oro, compa.
Prosiguió adelante y torció por Azuela. Llevaba el capacete descapotado. El humo del Winston se mezclaba con el del tubo de escape.
—Puro pedo, mano, puro pedo.
—Es que no tiene madre a quien arrimarse.
Entró por la bocacalle Sierra y esquivó con dificultad fingida a cuatro jóvenes damas. Dio vuelta al volante enseñando los bíceps tatuados. En uno enseñó una sirena de pies escama y busto robusto. En el otro, la cabeza de un dragón lanzando fuego por la boca. Una muchacha se echó el índice lívido a los labios. Otra agazapó su pecho contra la pared. Rosa se abrazó de Juana, que se adelantó dos pasos con los ojos saltarines.
—En ese carro me dormía yo en Acapulco.
—¡Qué brazos de boxeador!
—Yo me estremeciera de miedo entre ellos.
—A lo mejor y te gustaran.
Antes de entrar por la calle Altamirano, se topó con cuatro mocetones que, a distancia, iban persiguiendo perrunamente a las damiselas. Se detuvieron los cuatro, y se buscaron en el reflejo de los cristales ahumados de las gafas de sol que descansaban sobre la sudada nariz de Johnny Díaz. Los espejos plateados reflejaron ocho ojos afiebrados.
—Cabrón rompemembranas.
—Métele la lengua a las americanas.
—Llevas carro en lugar de bandera.
—Y no puedes echarte el «Grito» el cuatro de julio.
Giró rápidamente y se metió por Carranza. «Sons of bitches», dijo, y se quitó las gafas de sol. Iba hacia la puerta internacional. «The truth of the matter es que son unos envidiosos. That's it, greedy». Continuó hacia la puerta. Cada taquilla tenía su cachucha. drive—in. Cuatro líneas de carros hacían cola, como si fueran a un drive—in, a ver a ver a John Wayne en cinemacolor. Se acercó más. Eran cuatro. El sol le pegó en los ojos. Parecían Green Berets. Los había visto en Viet Nam. Se frotó las cejas. Ya Walt Disney los había paseado por las pantallas de los niños. Notó una gesticuladora mano prieta que salía del oscuro teocalli. Se acercó más.
—Clean car you have there.
—Yes, Sir.
—Citizenship?
—American.
Sin sacar los ojos de la media docena de credenciales continuó el diálogo rutinario. Devolviéndole las tarjetas de su abortiva legitimidad indeseable, le clavó:
—Open your trunk.
—Yes, Sir.
—What were you doing in Mexico?
—Looking for my roots.
—... Any mariguana?
A contra sol, alzó la vista. Lo miró cara a cara. Debajo de la cachucha observó dos soles empañados y claveteados por rayos como espadas. Una guerra florida de chuzos y macanas. Lo reconoció. Eran tiempos muy lejanos. Se reconocieron aztecas y tarascos. La mano izquierda la puso en el escudo del volante. Con la derecha empuñó la macana del cambio de velocidades. El huarachazo desprendió un chorro frijolero de humo.
—Jijo 'e tu malinche y perra madre.
El azogue de la luna se extendió por la alambrada. La Vía Láctea soñaba muy lejana. Camino trazado por patas de cucaracha y barras alargadas de estrellas sembradas. Estrellas cuadriláteras en los alambres pegadas. Blancas y ensangrentadas se reflejaban. Se vieron en el azogue del espejo. Se reconocieron, se traspasaron y se invirtieron las miradas.
—Hi, Johnny Juan.
—Hola, Juan Johnny.
—I'm Juan Díaz.
—Yo soy Johnny Díaz.

—Somos Johnny Juan Díaz Díaz.