Por entre la niebla matinal se escapó un sordo estallido. Los
periódicos de ambos lados del puente vociferaban todas las mañanas los
incidentes ocurridos. Era de rutina. La gente estaba ya acostumbrada. Nadie
parecía alarmarse.
Aquel día no había sido diferente. Otro incidente, como de
costumbre. Pasó como relámpago por la primera página. «Carlos Arauco. Edad,
cuarenta y dos años. Antiguo estudiante de la UNAM y revolucionario empedernido. En las
primeras horas de la madrugada sucumbió sobre el puente». Las manchas rojizas
habían salpicado la placa de bronce en donde se decía: «Progress and Friendship—Amistad
que une a dos pueblos».
Rodaban llantas y palmoteaban pies llenos de callos y de
costra. Ojos acostumbrados al cemento, duros y nublados por la esperanza y el
sufrimiento. Ruidos polutos de tubos—de—escape, silbidos metálicos de
proyectiles certeros, estallidos de pólvora quemada, gritos lastimeros de almas
agónicas, ayes quebrantados de trenzas enviudadas. Al acercarse a la garita
número dos, un niño, con su caja—de—bola bajo el brazo, saltó del autobús y se
fugó. Un rayo de luna hirió el vientre del río.
A las dos en punto había llegado. Un largo recorrido desde el
interior. No se habían percatado de mí. Un historial quedaba detrás. Detallado
y documentado. Largos años de formación. Así me lo dijeron repetidas veces. Sin
embargo, mi perspectiva era muy diferente. Fui aplicado durante los años de
aprendizaje. Mis lecturas habían sido seleccionadas por otros. Años después,
leía lo vedado. Estas, y las experiencias vitales de los años postreros, me
encaminaron hacia peligrosos derroteros.
Mi destino se fue perfilando a raíz de mi salida del Colegio
de San Ildefonso, de La
Compañía de Jesús. Cayeron en mis manos libros «malsanos».
Autores condenados y prisioneros algunos todavía en el «Índice». Otros
escapados por milagro del asqueroso anatema, que los relegó a un ignominioso maltrato.
Hubo rescate. Salieron poco a poco del secuestro y de las tinieblas del
calabozo. Voces poderosas como trompetas en un juicio universal. Voltaire,
Hegel, Marx, Shopenhauer, Maquiavelli, Unamuno, Ortega, Rodó, Ramos, Paz, Che y
Sandino, sin olvidar a Illich y a Freire. El director del Colegio me lo había
indicado repetidas veces: «te vas a extraviar y a desviar, muchacho». Y así
fue.
A eso de las once ya estaba yo en la estación de autobuses.
Algunos salían para el sur, otros para el norte. También había viajeros para el
este. La razón me dictaba el sur, El Canal. Pero una fuerza fascinadora, que me
subía por la entraña, me exigía el norte. Contaba con una hora. Solamente
quedaba una eterna hora para resolver mi desgarro interior. Me puse de pie. Saqué
la billetera del bolsillo. Me dejé llevar por el instinto. Puse mis pesos sobre
el mostrador del «Tres Estrellas».
Me senté en el asiento número veinte y dos. Por azar, creo yo.
Pronto me di cuenta, sin embargo, que a los veinte y dos años había dejado a La Compañía , años atrás.
Otra casualidad. Cerré los ojos. «La casualidad no existe», comencé a pensar.
Me inundaron los años de formación. Una concatenación de causas ignotas que
había que descubrir. Una causa que produce un efecto, que se convierte en causa
de otro efecto. Ad infinitum. Todo tiene su razón de ser, me decían. «Este
mundo es el mejor de los mundos». Y entonces vi a Voltaire, con la melena
erizada que, con su Histoire en la mano, le pegaba en la cabeza a Spinoza. Como
si despertara de una pesadilla. Me levanté y me fui al asiento número veinte y
cinco. Me cambié para ese asiento, porque allí iba un tipo raro que estaba
escuchando su grabadora cassette. Casi imperceptible se oía el primer
movimiento de la Sinfonía
«Heroica» de Beethoven.
—¿Puede darle más volumen a su música?
Ostentosamente me clavó la diminuta pupila, dilatándola. No
podía yo discernir si por la oscuridad, por el asombro, por el atrevimiento o
si por la incredulidad. Quizás por todos estos factores.
—Yo me creía que ya no había gente civilizada.
—Eso es muy relativo, señor.
Rompió mi embeleso el gran final. Sin decir nada, me levanté.
Me fui al asiento número treinta. A mi lado se encontraba un joven estudioso
que parecía haber vivido largos años. En su mano tenía un libro que llevaba por
titulo Los siete hijos de la
Llorona , por J. Hortiguero. Me atrajo la curiosidad, pues me
era familiar, ya desde la niñez, dicha leyenda. Además, el tópico abundaba en
literatura. Aumentaron mi interés las facciones del lector. Rasgos mestizos,
pero con un aire peculiar. Aproveché la ocasión cuando cerró el libro y miré,
durante breves segundos, por la ventana.
—¡Qué es el nombre de esta ciudad?
—Los Mochis... ¿Y el suyo?
—... Tony Menchaca.
Hasta llegar a Ciudad Juárez tuvimos largas conversaciones
sobre sus temas favoritos y mis preocupaciones ideológicas. En cuanto a él,
supe también que estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de Texas,
en El Paso. Me dio su domicilio y el número de teléfono. Y me regaló el libro.
—Keep it. Espero que te gustará.
Eran las diez de la mañana cuando llegamos. La ciudad
comenzaba a adquirir vida. Yo me dejé ir a la deriva.
Habían quemado al Presidente de la universidad en efigie. Les
había prometido el Chicano Studies Department. A última hora les dijo: «I'm
sorry, there is no money». La demostración no careció de colorido. La presencia
de las fuerzas policiales dio más realce a la propaganda que intentaban. Los
periódicos y las estaciones de radio de Ciudad Juárez trataron largo el asunto.
Como en una caracola india, este incidente me traspuso en el tiempo y en el
espacio. Morelia, La UNAM ,
Nuevo León. El malestar era común, aunque el «malhechor» había sido otro. O
quizás el mismo.
En cada esquina me parecía ver una panza obesa en uniforme.
Fui sorteando las calles. En una plazuela había un pequeño grupo de camioneros
izando pancartas, pegando carteles en las paredes y explicando por vocinas las
injusticias cometidas contra ellos por los «perros capitalistas». Sentí renacer
un horno en la entraña. Un carro blanquiazul me enfrió la sangre. Continué a la
deriva. Me encaminé por la calle del puente. Boleros, mutilados, uno que otro
guitarrista y acordeonista, faldas burdas y policromadas de mujeres de pelo
negro entrenzado y niños enrebozados contemplaban el desfile de hombres y
mujeres de mejilla rosada y nalgas albinas. «Puente Internacional /de Johnson y
Díaz Ordaz», rezaba una placa de bronce.
La calle subía como rambla. Brazos izquierdos que brotaban de
carros, extendían sus manos cargadas de diezmos. Una mano robótica, como pezuña
de chango organillero, recogía el botín del obeso gobierno. Los carros en
procesión subían la pendiente estremecidos por la incertidumbre contagiosa.
Subía yo lentamente por la banqueta enjaulada para peatones. Atrás quedaba la
garita sureña. Me temblaba el paso en la tierra de nadie.
Pisé en la ranura de hierro que empalmaba las dos gigantescas
mitades del jorobado puente de cemento y asfalto. Dromedario inmóvil. En una
garita—balcón una desconocida, enroscada en sus faldas, dormía su desesperación
milenaria. Me acerqué a la baranda. Un río canalizado serpenteaba aguas de
color incierto. Seguía yo el zigzagueo desde la lejanía. Debajo de mí había un
diminuto niño que me decía algo con los brazos. Clavé los ojos, pero no oía
nada. Un transeúnte le echó una moneda que silbó por el aire. Produjo una
burbuja, y el niño desapareció bajo el lodo. Comprendí el mensaje.
A mitad de la tarde un bocinazo me sacó del ensueño. Alguien,
zarandeando los brazos, me llamaba desde un carro. Entre varias, una cara
conocida me invitaba a bajar la pendiente del puente. Era Tony Menchaca.
Minutos después, un grupo de cinco me estaba esperando fuera
del carro. Tony me saludó y me presentó al resto del grupo, compuesto por tres
muchachas y dos muchachos. Nos subimos y me llevaron a la cantina—restaurante La Chiliuahuense. Cinco
botes de Tecate y una Pepsi formaron un círculo sobre la mesa.
—Este incident nos va hacer join together más, 'manos.
—Let's toast...
—¿Ustedes frecuentan Ciudad Juárez? —pregunté.
—Sí. Venimos a alivianarnos.
—Y a buscar nuestras roots.
Se rehacía en mí la fiebre juvenil de años atrás. Sabía que
estos entusiasmos madurarían y cuajarían en ideologías comprometedoras. El
entusiasmo de una victoria provisional dejaría un rescoldo abrasador en los
resquicios del alma quebrantada. «Tuve que desraizarme», eran el sello que
llevaba yo clavado en la soledad de las noches frías. Cincuenta espectros de
sangre compañera regada por los baldosines de la Biblioteca de la Universidad Nacional
que se estiran, arañan los murales y gritan petrificados. Que retumban
lastimeros en el tímpano de la medianoche. Que resbalan plateados por la hoja
de la navaja y se tiñen de sangre en la tripería obesa de un decano
enmustachado y de corbatín. Que besan agradecidos la mano que blandió el
cuchillo en el lomo de un perro policía. Espectros reencarnados en fiebres
juveniles.
Tony Menchaca, que ya me trataba de old friend, me había
presentado a sus compañeros y había hablado muy tendido sobre sus carreras,
presentes y futuras actividades. De vez en cuando alternaban los demás. Yo los
seguía intrigado. «Tienes que hacerle el try a nuestra University», me urgía
Tony, a lo que asentían los demás, en especial los ojos negros y misteriosos de
una muchacha de cabellera larga, lisa y negra, que hablaba poco.
—Yo voy a defender la
Raza en las courts —dijo Johnny Sánchez
—¿Y quiénes van a ser los jueces? —interpelé yo.
El juez había sido benigno conmigo, pues en su conciencia
legal sabía que mi padre gozaba de influencias. Él había querido que yo
siguiera en su negocio multimillonario de maquinaria pesada. Pero me pareció
que, tácitamente, él era cómplice de los potentados que influían en los
destinos políticos del país y de la vida universitaria.
—Yo voy a enseñar a nuestros chamacos nuestra cultura aseveró
Lupe Rodríguez.
—¿Y qué pueden hacer con ella en un sistema capitalista ajeno
a ellos? —intervine yo.
El niño había salido con la ropa mojada y de color incierto.
Su pelo parecía el de una rata fláccida, salida de un cenagal. Con los bracitos
extendidos, imploraba hacia arriba. Di la vuelta y observé una curvatura de
vientre. Estaba en la cima del puente. Un gringo de barba y cabellera larga la
acompañaba. Llevaba la camisa desabotonada, que flotaba sobre unos pantalones
de vaquero. La joven, de tez morena, le miraba embelesada a los ojos nublados
del prehistórico vikingo.
—Yo voy alivianar a mis carnales del Social Welfare —repuso
Sonya López.
Deposité el dinero y pulsé el número del cuadrante. La voz
dulce y serena de Águeda Arupe se oyó al otro lado del puente. Le dije que la
quería ver. Sin ambages. Me contestó que no podía, porque tenía que asistir a
un «mitin». Más bien me pareció que no tenía todavía plena confianza, o que no
le convenía, porque yo era mayor que ella, o porque había estado casado, o
porque me andaban buscando, o, simplemente, porque tenía otro compromiso. Todo
esto no lo llegué a saber. Pero no me colgó el auricular.
—Yo quiero correr para Senator y... —Tony Menchaca quedó
pensativo.
—¿... y la infraestructura? —volví a preguntar.
Yo había alquilado un apartamento en un barrio pobre. Lo hice
por motivos de seguridad. Mi padre me había dicho, «Hijo, vete de aquí. No
quiero que me avergüences. Tendrás el dinero que necesites. Pero vete de aquí».
Yo sabía que no podía vivir en el interior. Ni en el país. Ni hacerme notorio.
Con los desahuciados estaría mejor y más seguro. Hasta que llegara el día...
—Y tú, ¿qué vas a hacer con la literatura? —le pregunté.
—Quisiera leer una Divina Comedia o un Don Quijote chicano —respondió
Águeda.
En la cima del puente un estudiante del Departamento de
Agricultura, que se especializaba en cría porcina, estaba donjuaneando a una
ojiazulada estudiante de español. «¡Cómo bien usted hablo español!». El
especialista se empavonó y, galantemente, ofreció sus conocimientos y servicios
a la fascinada estudiante.
Águeda y yo habíamos quedado de acuerdo. Era el día de
Thanksgiving. Me dijo, «Carlos, este día es el mejor. Los aduaneros se sentirán
muy benévolos, y creo que no harán muchas preguntas». Pronto nos dimos cuenta
que se sentían muy americanos. «Citizenship?». Águeda se alteró. Torció su
Volkswagen del '67 hacia la izquierda. Giró y quemó llanta. «Estos gringos no
se enternecen con un guajolote ni con una guajolota. Tienen el alma más dura
que su madre», comentó ella airada y desilusionada. A mí me pareció haber
notado una mirada inquisitiva, como si me reconociera. «¡Te fijaste en la
cantidad de caras grabadas en el cartelón de la pared de la taquilla?». «No te
preocupes, es para asustar a la gente nomás», me dijo tratando de calmarme. Con
su mano derecha me apretó la mía. Estaba seguro de que por su cabeza corría la
misma electricidad que por la mía. No pude distinguir las caras. «Caras de
pasaportes, de tarjetas de identidad, de personas perdidas», me dice. «Y de
personas indeseables», añadí yo. «Quizás los nuestros se hayan puesto de
acuerdo con el FBI o el CIA», continué. «Eso, no», me repuso.
—We need you, carnal —me había intimado repetidas veces Tony.
Quería que Águeda conociera mi apartamento. Se lo comuniqué,
y, después de unos segundos, aceptó. Creí que le daría vergüenza de ver cómo
vivía yo. Pero no se percató de mi anonimidad, ni de mi obvia indigencia de
muebles, cocina y salita. Ni siquiera de la oscuridad. Eso me pareció a mí que
le parecía a ella. No me dio vergüenza, porque le expliqué lo que le había
explicado varias veces. Hablamos largo rato. De todo. Observé que se encontraba
tranquila. Poco a poco fue dirigiendo la conversación hacia el tema central.
«Pero todavía estás casado».
Era una noche de luna llena. Los rayos mortecinos caían fríos
sobre mi cabeza. Inclinado sobre el barandal del puente, podía ver la sombra de
mi cráneo proyectada grotescamente sobre el agua. Mis pensamientos se mecían
con las diminutas olas negruzcas. Trataba de detenerlos, pero desaparecían con
la corriente bajo el puente. Clavé las pupilas y las enterré en el fondo de las
aguas cenagosas. Creí ver cráneos sumergidos en la madre del río. Mis
pensamientos se marearon con la ondulación de las olas. Sacudí la cabeza y,
hacia la derecha, en la entrada del norte, vi dos perros policías entrar y
salir de dos carros. Parecían negros, o grises, o azules, o pardos. Sus hocicos
vibraban como comadrejas en brama. Trajeron a dos señoras esposadas. Los perros
olieron las faldas. Metieron las cabezas, y, de las verijas, sacaron dos bolsas
de marijuana. Miré para la izquierda, para el sur, y dos hocicos bajo dos
viseras enseñaban sus colmillos perrunos bajo una carcajada lunera. La sombra
del cráneo vibraba sobre el agua macabra.
—¿Te decides hoy? —me dijo por teléfono.
—Sí.
—Te espero por la Friendship Highway.
Una milla al sur.
Había caminado sin cesar. Iba sorteando las calles. Me parecía
ver carros de policía en todas las esquinas. Por fin, dejaba atrás el bullicio
de las luces. Me interné en la oscuridad. Caminé por entre la broza. La noche
estaba cerrada. Unos nubarrones espesos rozaban las cabezas de los arbustos.
Como grises masas cerebrales y broncas me alborotaban la cabellera. Me saqué
los zapatos. Remangué el pantalón hasta el muslo. Metí un pie, y desapareció en
el lodo. Caminé despacio. El agua me llegaba hasta el pelvis. Envuelto en
nubarrones, discerní un rayo winchesteriano. Me agazapé en la luminosidad. Un
estallido hirió penosamente mis oídos. Un ruido sordo se aproximaba a mis
tímpanos. Cuatro cuchillas voladoras cortaban el aire en un torbellino de
viento. Me volví a agazapar. Alcé el pie, y salté a la otra orilla. Bajé los
pantalones y caminé hacia la Friendship Highway. Detrás de un cactus observaba
pasar algunos carros. Uno, de faros pequeños y de escasa velocidad, se
aproximaba. Me atreví, y me puse en medio del carril. Era el Volkswagen de
Águeda. Abrí la puerta y me metí. Sentía el corazón que presionaba contra la
sien.
—We need you con tu experiencia en nuestra University —parecía
escuchar el eco de Tony.
—¿Pasaste bien...?
Íbamos callados por la Friendship Highway.
Al entrar por las calles le conté mis percances. Menos lo de los huesos. Lo de
los huesos, no. Los sentía en las plantas de los pies. Se rehusaban subir al
cerebro. Me mordían los talones y los dedos. Mordidas de protesta y de venganza
fracasada. Lenguas disecadas y acuáticas que salpicaban blasfemias secas. Voces
oscuras y serpentinas que se las llevaba sórdidamente la corriente. Que no se
las llevaba el viento. Que no se las llevaba el fuego. Que se las llevaba la
mar. A la tierra de nadie. A la nada. Allí dormían la muerte de la violencia y
de la sangre. Huesos en sarcófagos de lodo, pavimento de aguas mugrosas, que
pisan y oscurecen y tapan y corren y llevan el hilito de la vida, del hombre,
de la mujer, del niño, del hambre, de la inocencia. Quería saltar por las
calles, por los campos, por las oficinas, por los aires, por el mar. Quería
enseñarles a todos, a la humanidad, las plantas de mis pies. Mordidas,
chillidos, lamentos, sangre, venganza. ¡Venganza! Y vergüenza. Me dio vergüenza
contarle esto.
—Carlos, ayer pataleabas desesperadamente en la cama —me
reconvino Águeda.
—Es que me quedé dormido —le respondí.
—Y..., me hiciste el amor...
Recordé algo. Recordé que tenía los pies adoloridos. Que se lo
dije. Que ella creyó que había sido por haber caminado mucho. Por cemento, por
broza, por piedras, por lodo y por agua. Nunca se imaginó lo de los huesos.
Recuerdo que ella, por compasión y con ternura, me sobó los pies atormentados.
Yo me sentí agradecido. Recuerdo que se apagaron las luces. No estoy seguro si
la de la pieza o la de los ojos. Pero me sentí rodeado por la oscuridad.
Recuerdo que me estremecí agradecido. Que un cuerpo me daba calor. Tiritaba.
Ella se creía que era de frío. Que el frío me subía de los pies adoloridos. Era
el calor de un cuerpo el que me quemaba. Se lo comuniqué. Y ella se dejó.
Recuerdo que le pasé la mano por la cara, por el pelo, por los hombros. Sentí
un cuerpo sedoso, tierno, suave y caliente. Creí tener ciertos derechos. Los
derechos que brotan del amor. Sentí unos besos ardorosos y unos muslos que
apretaban enamorados. Mi alma se inundó. Un arrobo y un éxtasis prolongado
extrajeron dos suspiros y dos bullicios. Dos «ay» y dos «te amo». Dos cuerpos
en un ser. El tiempo se paralizó. Una aureola sublime nos cobijó toda la noche.
—Te he dicho que me hiciste el amor.
—Sí, recuerdo —le dije.
—Yo sólo me entrego enamorada.
—¿Cuántas veces te enamoraste? —le exigí
—Esta solamente —me dijo con una mirada intensa.
Decía la verdad. Recuerdo que su cuerpo estaba rígido, fuerte,
impenetrable. «Sólo el amor se entrega al dolor», me dijo en voz imperceptible.
Un amor que ansía el dolor. Un amor de sacrificio, de víctimas. Ahora recuerdo
todo esto. Lo recuerdo vivamente. Como un éxtasis.
—El hijo que nazca será tuyo —me dijo lánguidamente.
—Será nuestro —corregí yo.
Desde el puente vi a otro niño que nadaba sobre las aguas del
río. ¿Sería el mismo? Daba vueltas, subía, bajaba, se retorcía. Se sentía
seguro en el juego, como si estuviera bajo el amparo de su madre. La madre del
río. Al llegar a una orilla, daba la vuelta y tocaba la otra orilla. Se
zambullía. Pataleaba en la matriz, en las aguas del río. El arco iris del
puente, al igual que un hinchado vientre, lo protegía. Un helicóptero, halcón
patrullero, atisbaba al pollito, a los pollitos juguetones.
—Tienes que cruzar, mano. We need you en nuestra University —resonaba
el eco de la voz de Tony.
El puente nacía de la entraña de dos pueblos. Los unía
férreamente. Un arco iris de cemento. Los carros, las personas, el amor se
deslizaban de norte a sur y de sur a norte. Como vientre de mujer, de madre,
encerraba amores y dolores, vida y muerte. Resbaladero de niños, de hombres y
de viejos. Ballesta y arco de cupido.
—¿Por qué te entregaste a otro sin amar? —le dije, agobiado.
—Estoy enamorada de ti y de tu hijo. Te necesitamos —clamaba
como leona.
Ballesta y arco de cupido. «Carretera de comercio y de
explotación. Camiones, trocas de tomates, de sangre capitalista y roja. Tomates
del tamaño de tanates. Bocados sibaritas en las mesas cristianas. Tanates rojos
que revientan su sangre bajo los podridos colmillos del dinero y de la mierda.
Corazones rojos de niños sudorosos e indefensos, que gritan encorajinados bajo
las mandíbulas de viejos sanguinarios. Bolas de excremento rojo de vientres y
culos sanguinarios. ¡Puente! Arco iris de comercio y comunión capitalista y de
corazones de escupidera. Malhaya la unión explotadora y separadora. ¡Malhaya la
madre que te parió!«
En otra placa de bronce aparecían las caras de dos
Presidentes. Cortaban una cinta con tijeras de metal oxidado. Un niño diminuto,
en brazos de una mujer demacrada, vertía sangre por el tierno ombligo. Un muchacho,
en la ladera del río, se montaba sobre dos muslos anacarados, mientras una
troca, cargada de tomates, sollozaba por el tubo de escape.
«Tenemos que separarnos, Amor. Como ves, nuestra relación es
imposible. El presente se nos ofrece lleno de obstáculos. Soy hombre maduro y
tú comienzas a vivir. Aunque ya no estoy con mi esposa, tengo dos hijos. Ni
tengo casa ni tengo patria. Los perros de ambos lados, de ambos bandos, me
acosan como a un venado cansado de correr. El único terreno que me queda es este
puente de cemento frío. No tendrás futuro, porque a mí me lo quitaron».
«No hables así, Amor. Tú eres todo lo que tengo y necesito. Tú
eres un hombre maduro. Me enseñaste todo lo que hay que aprender en la vida. Me
amas. Te amo. Lo demás ya no importa. Me siento segura a tu lado. Después de
todo, la vida es encontrarse. Ya me encontré. Me siento realizada. Y ahora...
que venga lo que venga. Mis padres, mis amigos, la sociedad, ¡qué importa! Te
amo y me tienes. Qué más queremos. ¡Piensa en tu hijo...!».
Le apreté su cara entre mis manos. La contemplé de hito en
hito. Me sentí dominado, y le eché los brazos al cuello. Estrujé suavemente su
cabeza contra mi pecho. Mis manos resbalaron por su sedosa cabellera, que le
llegaba hasta la cintura. Sentí que entre mis brazos se entregaba una vida, la
vida. Me creí gigante. Sobre la espalda lomuda del puente se contemplaban las
dos ciudades, mirándose desafiadamente con las miradas de los policromados ojos
neónicos. Las aguas negruzcas del río corrían de oeste a este, en movimiento
malagorero y desmayado.
Le pareció haber oído un estallido de petardo procedente del
sur y el eco de un silbido metálico proveniente del norte. Entre los brazos de
su amada sintió un agudo hito de dolor, acompañado de un grito desgarrador de
hembra acosada. Su cuerpo se deslizó sin fuerza por entre dos senos que, como
palomas sedientas, picoteaban ardorosamente dos ojos nublados. Un lecho de frío
recogió su espalda torturada.
*****
Al día siguiente, en su edición de la tarde, los periódicos
vociferaban los hechos. Un proyectil había alcanzado a un cuerpo ya frío en la
cima del puente. El vientre de una joven flotaba anónimamente sobre las aguas
luneras. La espejeante curvatura del puente reflejaba la cóncava madre del río
con un cuerpo de niño en su seno, perdido entre centavos y huesos.