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Justo S. Alarcón - El puente

Por entre la niebla matinal se escapó un sordo estallido. Los periódicos de ambos lados del puente vociferaban todas las mañanas los incidentes ocurridos. Era de rutina. La gente estaba ya acostumbrada. Nadie parecía alarmarse.
Aquel día no había sido diferente. Otro incidente, como de costumbre. Pasó como relámpago por la primera página. «Carlos Arauco. Edad, cuarenta y dos años. Antiguo estudiante de la UNAM y revolucionario empedernido. En las primeras horas de la madrugada sucumbió sobre el puente». Las manchas rojizas habían salpicado la placa de bronce en donde se decía: «Progress and Friendship—Amistad que une a dos pueblos».
Rodaban llantas y palmoteaban pies llenos de callos y de costra. Ojos acostumbrados al cemento, duros y nublados por la esperanza y el sufrimiento. Ruidos polutos de tubos—de—escape, silbidos metálicos de proyectiles certeros, estallidos de pólvora quemada, gritos lastimeros de almas agónicas, ayes quebrantados de trenzas enviudadas. Al acercarse a la garita número dos, un niño, con su caja—de—bola bajo el brazo, saltó del autobús y se fugó. Un rayo de luna hirió el vientre del río.
A las dos en punto había llegado. Un largo recorrido desde el interior. No se habían percatado de mí. Un historial quedaba detrás. Detallado y documentado. Largos años de formación. Así me lo dijeron repetidas veces. Sin embargo, mi perspectiva era muy diferente. Fui aplicado durante los años de aprendizaje. Mis lecturas habían sido seleccionadas por otros. Años después, leía lo vedado. Estas, y las experiencias vitales de los años postreros, me encaminaron hacia peligrosos derroteros.
Mi destino se fue perfilando a raíz de mi salida del Colegio de San Ildefonso, de La Compañía de Jesús. Cayeron en mis manos libros «malsanos». Autores condenados y prisioneros algunos todavía en el «Índice». Otros escapados por milagro del asqueroso anatema, que los relegó a un ignominioso maltrato. Hubo rescate. Salieron poco a poco del secuestro y de las tinieblas del calabozo. Voces poderosas como trompetas en un juicio universal. Voltaire, Hegel, Marx, Shopenhauer, Maquiavelli, Unamuno, Ortega, Rodó, Ramos, Paz, Che y Sandino, sin olvidar a Illich y a Freire. El director del Colegio me lo había indicado repetidas veces: «te vas a extraviar y a desviar, muchacho». Y así fue.
A eso de las once ya estaba yo en la estación de autobuses. Algunos salían para el sur, otros para el norte. También había viajeros para el este. La razón me dictaba el sur, El Canal. Pero una fuerza fascinadora, que me subía por la entraña, me exigía el norte. Contaba con una hora. Solamente quedaba una eterna hora para resolver mi desgarro interior. Me puse de pie. Saqué la billetera del bolsillo. Me dejé llevar por el instinto. Puse mis pesos sobre el mostrador del «Tres Estrellas».
Me senté en el asiento número veinte y dos. Por azar, creo yo. Pronto me di cuenta, sin embargo, que a los veinte y dos años había dejado a La Compañía, años atrás. Otra casualidad. Cerré los ojos. «La casualidad no existe», comencé a pensar. Me inundaron los años de formación. Una concatenación de causas ignotas que había que descubrir. Una causa que produce un efecto, que se convierte en causa de otro efecto. Ad infinitum. Todo tiene su razón de ser, me decían. «Este mundo es el mejor de los mundos». Y entonces vi a Voltaire, con la melena erizada que, con su Histoire en la mano, le pegaba en la cabeza a Spinoza. Como si despertara de una pesadilla. Me levanté y me fui al asiento número veinte y cinco. Me cambié para ese asiento, porque allí iba un tipo raro que estaba escuchando su grabadora cassette. Casi imperceptible se oía el primer movimiento de la Sinfonía «Heroica» de Beethoven.
—¿Puede darle más volumen a su música?
Ostentosamente me clavó la diminuta pupila, dilatándola. No podía yo discernir si por la oscuridad, por el asombro, por el atrevimiento o si por la incredulidad. Quizás por todos estos factores.
—Yo me creía que ya no había gente civilizada.
—Eso es muy relativo, señor.
Rompió mi embeleso el gran final. Sin decir nada, me levanté. Me fui al asiento número treinta. A mi lado se encontraba un joven estudioso que parecía haber vivido largos años. En su mano tenía un libro que llevaba por titulo Los siete hijos de la Llorona, por J. Hortiguero. Me atrajo la curiosidad, pues me era familiar, ya desde la niñez, dicha leyenda. Además, el tópico abundaba en literatura. Aumentaron mi interés las facciones del lector. Rasgos mestizos, pero con un aire peculiar. Aproveché la ocasión cuando cerró el libro y miré, durante breves segundos, por la ventana.
—¡Qué es el nombre de esta ciudad?
—Los Mochis... ¿Y el suyo?
—... Tony Menchaca.
Hasta llegar a Ciudad Juárez tuvimos largas conversaciones sobre sus temas favoritos y mis preocupaciones ideológicas. En cuanto a él, supe también que estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de Texas, en El Paso. Me dio su domicilio y el número de teléfono. Y me regaló el libro.
—Keep it. Espero que te gustará.
Eran las diez de la mañana cuando llegamos. La ciudad comenzaba a adquirir vida. Yo me dejé ir a la deriva.
Habían quemado al Presidente de la universidad en efigie. Les había prometido el Chicano Studies Department. A última hora les dijo: «I'm sorry, there is no money». La demostración no careció de colorido. La presencia de las fuerzas policiales dio más realce a la propaganda que intentaban. Los periódicos y las estaciones de radio de Ciudad Juárez trataron largo el asunto. Como en una caracola india, este incidente me traspuso en el tiempo y en el espacio. Morelia, La UNAM, Nuevo León. El malestar era común, aunque el «malhechor» había sido otro. O quizás el mismo.
En cada esquina me parecía ver una panza obesa en uniforme. Fui sorteando las calles. En una plazuela había un pequeño grupo de camioneros izando pancartas, pegando carteles en las paredes y explicando por vocinas las injusticias cometidas contra ellos por los «perros capitalistas». Sentí renacer un horno en la entraña. Un carro blanquiazul me enfrió la sangre. Continué a la deriva. Me encaminé por la calle del puente. Boleros, mutilados, uno que otro guitarrista y acordeonista, faldas burdas y policromadas de mujeres de pelo negro entrenzado y niños enrebozados contemplaban el desfile de hombres y mujeres de mejilla rosada y nalgas albinas. «Puente Internacional /de Johnson y Díaz Ordaz», rezaba una placa de bronce.
La calle subía como rambla. Brazos izquierdos que brotaban de carros, extendían sus manos cargadas de diezmos. Una mano robótica, como pezuña de chango organillero, recogía el botín del obeso gobierno. Los carros en procesión subían la pendiente estremecidos por la incertidumbre contagiosa. Subía yo lentamente por la banqueta enjaulada para peatones. Atrás quedaba la garita sureña. Me temblaba el paso en la tierra de nadie.
Pisé en la ranura de hierro que empalmaba las dos gigantescas mitades del jorobado puente de cemento y asfalto. Dromedario inmóvil. En una garita—balcón una desconocida, enroscada en sus faldas, dormía su desesperación milenaria. Me acerqué a la baranda. Un río canalizado serpenteaba aguas de color incierto. Seguía yo el zigzagueo desde la lejanía. Debajo de mí había un diminuto niño que me decía algo con los brazos. Clavé los ojos, pero no oía nada. Un transeúnte le echó una moneda que silbó por el aire. Produjo una burbuja, y el niño desapareció bajo el lodo. Comprendí el mensaje.
A mitad de la tarde un bocinazo me sacó del ensueño. Alguien, zarandeando los brazos, me llamaba desde un carro. Entre varias, una cara conocida me invitaba a bajar la pendiente del puente. Era Tony Menchaca.
Minutos después, un grupo de cinco me estaba esperando fuera del carro. Tony me saludó y me presentó al resto del grupo, compuesto por tres muchachas y dos muchachos. Nos subimos y me llevaron a la cantina—restaurante La Chiliuahuense. Cinco botes de Tecate y una Pepsi formaron un círculo sobre la mesa.
—Este incident nos va hacer join together más, 'manos.
—Let's toast...
—¿Ustedes frecuentan Ciudad Juárez? —pregunté.
—Sí. Venimos a alivianarnos.
—Y a buscar nuestras roots.
Se rehacía en mí la fiebre juvenil de años atrás. Sabía que estos entusiasmos madurarían y cuajarían en ideologías comprometedoras. El entusiasmo de una victoria provisional dejaría un rescoldo abrasador en los resquicios del alma quebrantada. «Tuve que desraizarme», eran el sello que llevaba yo clavado en la soledad de las noches frías. Cincuenta espectros de sangre compañera regada por los baldosines de la Biblioteca de la Universidad Nacional que se estiran, arañan los murales y gritan petrificados. Que retumban lastimeros en el tímpano de la medianoche. Que resbalan plateados por la hoja de la navaja y se tiñen de sangre en la tripería obesa de un decano enmustachado y de corbatín. Que besan agradecidos la mano que blandió el cuchillo en el lomo de un perro policía. Espectros reencarnados en fiebres juveniles.
Tony Menchaca, que ya me trataba de old friend, me había presentado a sus compañeros y había hablado muy tendido sobre sus carreras, presentes y futuras actividades. De vez en cuando alternaban los demás. Yo los seguía intrigado. «Tienes que hacerle el try a nuestra University», me urgía Tony, a lo que asentían los demás, en especial los ojos negros y misteriosos de una muchacha de cabellera larga, lisa y negra, que hablaba poco.
—Yo voy a defender la Raza en las courts —dijo Johnny Sánchez
—¿Y quiénes van a ser los jueces? —interpelé yo.
El juez había sido benigno conmigo, pues en su conciencia legal sabía que mi padre gozaba de influencias. Él había querido que yo siguiera en su negocio multimillonario de maquinaria pesada. Pero me pareció que, tácitamente, él era cómplice de los potentados que influían en los destinos políticos del país y de la vida universitaria.
—Yo voy a enseñar a nuestros chamacos nuestra cultura aseveró Lupe Rodríguez.
—¿Y qué pueden hacer con ella en un sistema capitalista ajeno a ellos? —intervine yo.
El niño había salido con la ropa mojada y de color incierto. Su pelo parecía el de una rata fláccida, salida de un cenagal. Con los bracitos extendidos, imploraba hacia arriba. Di la vuelta y observé una curvatura de vientre. Estaba en la cima del puente. Un gringo de barba y cabellera larga la acompañaba. Llevaba la camisa desabotonada, que flotaba sobre unos pantalones de vaquero. La joven, de tez morena, le miraba embelesada a los ojos nublados del prehistórico vikingo.
—Yo voy alivianar a mis carnales del Social Welfare —repuso Sonya López.
Deposité el dinero y pulsé el número del cuadrante. La voz dulce y serena de Águeda Arupe se oyó al otro lado del puente. Le dije que la quería ver. Sin ambages. Me contestó que no podía, porque tenía que asistir a un «mitin». Más bien me pareció que no tenía todavía plena confianza, o que no le convenía, porque yo era mayor que ella, o porque había estado casado, o porque me andaban buscando, o, simplemente, porque tenía otro compromiso. Todo esto no lo llegué a saber. Pero no me colgó el auricular.
—Yo quiero correr para Senator y... —Tony Menchaca quedó pensativo.
—¿... y la infraestructura? —volví a preguntar.
Yo había alquilado un apartamento en un barrio pobre. Lo hice por motivos de seguridad. Mi padre me había dicho, «Hijo, vete de aquí. No quiero que me avergüences. Tendrás el dinero que necesites. Pero vete de aquí». Yo sabía que no podía vivir en el interior. Ni en el país. Ni hacerme notorio. Con los desahuciados estaría mejor y más seguro. Hasta que llegara el día...
—Y tú, ¿qué vas a hacer con la literatura? —le pregunté.
—Quisiera leer una Divina Comedia o un Don Quijote chicano —respondió Águeda.
En la cima del puente un estudiante del Departamento de Agricultura, que se especializaba en cría porcina, estaba donjuaneando a una ojiazulada estudiante de español. «¡Cómo bien usted hablo español!». El especialista se empavonó y, galantemente, ofreció sus conocimientos y servicios a la fascinada estudiante.
Águeda y yo habíamos quedado de acuerdo. Era el día de Thanksgiving. Me dijo, «Carlos, este día es el mejor. Los aduaneros se sentirán muy benévolos, y creo que no harán muchas preguntas». Pronto nos dimos cuenta que se sentían muy americanos. «Citizenship?». Águeda se alteró. Torció su Volkswagen del '67 hacia la izquierda. Giró y quemó llanta. «Estos gringos no se enternecen con un guajolote ni con una guajolota. Tienen el alma más dura que su madre», comentó ella airada y desilusionada. A mí me pareció haber notado una mirada inquisitiva, como si me reconociera. «¡Te fijaste en la cantidad de caras grabadas en el cartelón de la pared de la taquilla?». «No te preocupes, es para asustar a la gente nomás», me dijo tratando de calmarme. Con su mano derecha me apretó la mía. Estaba seguro de que por su cabeza corría la misma electricidad que por la mía. No pude distinguir las caras. «Caras de pasaportes, de tarjetas de identidad, de personas perdidas», me dice. «Y de personas indeseables», añadí yo. «Quizás los nuestros se hayan puesto de acuerdo con el FBI o el CIA», continué. «Eso, no», me repuso.
—We need you, carnal —me había intimado repetidas veces Tony.
Quería que Águeda conociera mi apartamento. Se lo comuniqué, y, después de unos segundos, aceptó. Creí que le daría vergüenza de ver cómo vivía yo. Pero no se percató de mi anonimidad, ni de mi obvia indigencia de muebles, cocina y salita. Ni siquiera de la oscuridad. Eso me pareció a mí que le parecía a ella. No me dio vergüenza, porque le expliqué lo que le había explicado varias veces. Hablamos largo rato. De todo. Observé que se encontraba tranquila. Poco a poco fue dirigiendo la conversación hacia el tema central. «Pero todavía estás casado».
Era una noche de luna llena. Los rayos mortecinos caían fríos sobre mi cabeza. Inclinado sobre el barandal del puente, podía ver la sombra de mi cráneo proyectada grotescamente sobre el agua. Mis pensamientos se mecían con las diminutas olas negruzcas. Trataba de detenerlos, pero desaparecían con la corriente bajo el puente. Clavé las pupilas y las enterré en el fondo de las aguas cenagosas. Creí ver cráneos sumergidos en la madre del río. Mis pensamientos se marearon con la ondulación de las olas. Sacudí la cabeza y, hacia la derecha, en la entrada del norte, vi dos perros policías entrar y salir de dos carros. Parecían negros, o grises, o azules, o pardos. Sus hocicos vibraban como comadrejas en brama. Trajeron a dos señoras esposadas. Los perros olieron las faldas. Metieron las cabezas, y, de las verijas, sacaron dos bolsas de marijuana. Miré para la izquierda, para el sur, y dos hocicos bajo dos viseras enseñaban sus colmillos perrunos bajo una carcajada lunera. La sombra del cráneo vibraba sobre el agua macabra.
—¿Te decides hoy? —me dijo por teléfono.
—Sí.
—Te espero por la Friendship Highway. Una milla al sur.
Había caminado sin cesar. Iba sorteando las calles. Me parecía ver carros de policía en todas las esquinas. Por fin, dejaba atrás el bullicio de las luces. Me interné en la oscuridad. Caminé por entre la broza. La noche estaba cerrada. Unos nubarrones espesos rozaban las cabezas de los arbustos. Como grises masas cerebrales y broncas me alborotaban la cabellera. Me saqué los zapatos. Remangué el pantalón hasta el muslo. Metí un pie, y desapareció en el lodo. Caminé despacio. El agua me llegaba hasta el pelvis. Envuelto en nubarrones, discerní un rayo winchesteriano. Me agazapé en la luminosidad. Un estallido hirió penosamente mis oídos. Un ruido sordo se aproximaba a mis tímpanos. Cuatro cuchillas voladoras cortaban el aire en un torbellino de viento. Me volví a agazapar. Alcé el pie, y salté a la otra orilla. Bajé los pantalones y caminé hacia la Friendship Highway. Detrás de un cactus observaba pasar algunos carros. Uno, de faros pequeños y de escasa velocidad, se aproximaba. Me atreví, y me puse en medio del carril. Era el Volkswagen de Águeda. Abrí la puerta y me metí. Sentía el corazón que presionaba contra la sien.
—We need you con tu experiencia en nuestra University —parecía escuchar el eco de Tony.
—¿Pasaste bien...?
Íbamos callados por la Friendship Highway. Al entrar por las calles le conté mis percances. Menos lo de los huesos. Lo de los huesos, no. Los sentía en las plantas de los pies. Se rehusaban subir al cerebro. Me mordían los talones y los dedos. Mordidas de protesta y de venganza fracasada. Lenguas disecadas y acuáticas que salpicaban blasfemias secas. Voces oscuras y serpentinas que se las llevaba sórdidamente la corriente. Que no se las llevaba el viento. Que no se las llevaba el fuego. Que se las llevaba la mar. A la tierra de nadie. A la nada. Allí dormían la muerte de la violencia y de la sangre. Huesos en sarcófagos de lodo, pavimento de aguas mugrosas, que pisan y oscurecen y tapan y corren y llevan el hilito de la vida, del hombre, de la mujer, del niño, del hambre, de la inocencia. Quería saltar por las calles, por los campos, por las oficinas, por los aires, por el mar. Quería enseñarles a todos, a la humanidad, las plantas de mis pies. Mordidas, chillidos, lamentos, sangre, venganza. ¡Venganza! Y vergüenza. Me dio vergüenza contarle esto.
—Carlos, ayer pataleabas desesperadamente en la cama —me reconvino Águeda.
—Es que me quedé dormido —le respondí.
—Y..., me hiciste el amor...
Recordé algo. Recordé que tenía los pies adoloridos. Que se lo dije. Que ella creyó que había sido por haber caminado mucho. Por cemento, por broza, por piedras, por lodo y por agua. Nunca se imaginó lo de los huesos. Recuerdo que ella, por compasión y con ternura, me sobó los pies atormentados. Yo me sentí agradecido. Recuerdo que se apagaron las luces. No estoy seguro si la de la pieza o la de los ojos. Pero me sentí rodeado por la oscuridad. Recuerdo que me estremecí agradecido. Que un cuerpo me daba calor. Tiritaba. Ella se creía que era de frío. Que el frío me subía de los pies adoloridos. Era el calor de un cuerpo el que me quemaba. Se lo comuniqué. Y ella se dejó. Recuerdo que le pasé la mano por la cara, por el pelo, por los hombros. Sentí un cuerpo sedoso, tierno, suave y caliente. Creí tener ciertos derechos. Los derechos que brotan del amor. Sentí unos besos ardorosos y unos muslos que apretaban enamorados. Mi alma se inundó. Un arrobo y un éxtasis prolongado extrajeron dos suspiros y dos bullicios. Dos «ay» y dos «te amo». Dos cuerpos en un ser. El tiempo se paralizó. Una aureola sublime nos cobijó toda la noche.
—Te he dicho que me hiciste el amor.
—Sí, recuerdo —le dije.
—Yo sólo me entrego enamorada.
—¿Cuántas veces te enamoraste? —le exigí
—Esta solamente —me dijo con una mirada intensa.
Decía la verdad. Recuerdo que su cuerpo estaba rígido, fuerte, impenetrable. «Sólo el amor se entrega al dolor», me dijo en voz imperceptible. Un amor que ansía el dolor. Un amor de sacrificio, de víctimas. Ahora recuerdo todo esto. Lo recuerdo vivamente. Como un éxtasis.
—El hijo que nazca será tuyo —me dijo lánguidamente.
—Será nuestro —corregí yo.
Desde el puente vi a otro niño que nadaba sobre las aguas del río. ¿Sería el mismo? Daba vueltas, subía, bajaba, se retorcía. Se sentía seguro en el juego, como si estuviera bajo el amparo de su madre. La madre del río. Al llegar a una orilla, daba la vuelta y tocaba la otra orilla. Se zambullía. Pataleaba en la matriz, en las aguas del río. El arco iris del puente, al igual que un hinchado vientre, lo protegía. Un helicóptero, halcón patrullero, atisbaba al pollito, a los pollitos juguetones.
—Tienes que cruzar, mano. We need you en nuestra University —resonaba el eco de la voz de Tony.
El puente nacía de la entraña de dos pueblos. Los unía férreamente. Un arco iris de cemento. Los carros, las personas, el amor se deslizaban de norte a sur y de sur a norte. Como vientre de mujer, de madre, encerraba amores y dolores, vida y muerte. Resbaladero de niños, de hombres y de viejos. Ballesta y arco de cupido.
—¿Por qué te entregaste a otro sin amar? —le dije, agobiado.
—Estoy enamorada de ti y de tu hijo. Te necesitamos —clamaba como leona.
Ballesta y arco de cupido. «Carretera de comercio y de explotación. Camiones, trocas de tomates, de sangre capitalista y roja. Tomates del tamaño de tanates. Bocados sibaritas en las mesas cristianas. Tanates rojos que revientan su sangre bajo los podridos colmillos del dinero y de la mierda. Corazones rojos de niños sudorosos e indefensos, que gritan encorajinados bajo las mandíbulas de viejos sanguinarios. Bolas de excremento rojo de vientres y culos sanguinarios. ¡Puente! Arco iris de comercio y comunión capitalista y de corazones de escupidera. Malhaya la unión explotadora y separadora. ¡Malhaya la madre que te parió!«
En otra placa de bronce aparecían las caras de dos Presidentes. Cortaban una cinta con tijeras de metal oxidado. Un niño diminuto, en brazos de una mujer demacrada, vertía sangre por el tierno ombligo. Un muchacho, en la ladera del río, se montaba sobre dos muslos anacarados, mientras una troca, cargada de tomates, sollozaba por el tubo de escape.
«Tenemos que separarnos, Amor. Como ves, nuestra relación es imposible. El presente se nos ofrece lleno de obstáculos. Soy hombre maduro y tú comienzas a vivir. Aunque ya no estoy con mi esposa, tengo dos hijos. Ni tengo casa ni tengo patria. Los perros de ambos lados, de ambos bandos, me acosan como a un venado cansado de correr. El único terreno que me queda es este puente de cemento frío. No tendrás futuro, porque a mí me lo quitaron».
«No hables así, Amor. Tú eres todo lo que tengo y necesito. Tú eres un hombre maduro. Me enseñaste todo lo que hay que aprender en la vida. Me amas. Te amo. Lo demás ya no importa. Me siento segura a tu lado. Después de todo, la vida es encontrarse. Ya me encontré. Me siento realizada. Y ahora... que venga lo que venga. Mis padres, mis amigos, la sociedad, ¡qué importa! Te amo y me tienes. Qué más queremos. ¡Piensa en tu hijo...!».
Le apreté su cara entre mis manos. La contemplé de hito en hito. Me sentí dominado, y le eché los brazos al cuello. Estrujé suavemente su cabeza contra mi pecho. Mis manos resbalaron por su sedosa cabellera, que le llegaba hasta la cintura. Sentí que entre mis brazos se entregaba una vida, la vida. Me creí gigante. Sobre la espalda lomuda del puente se contemplaban las dos ciudades, mirándose desafiadamente con las miradas de los policromados ojos neónicos. Las aguas negruzcas del río corrían de oeste a este, en movimiento malagorero y desmayado.
Le pareció haber oído un estallido de petardo procedente del sur y el eco de un silbido metálico proveniente del norte. Entre los brazos de su amada sintió un agudo hito de dolor, acompañado de un grito desgarrador de hembra acosada. Su cuerpo se deslizó sin fuerza por entre dos senos que, como palomas sedientas, picoteaban ardorosamente dos ojos nublados. Un lecho de frío recogió su espalda torturada.
*****

Al día siguiente, en su edición de la tarde, los periódicos vociferaban los hechos. Un proyectil había alcanzado a un cuerpo ya frío en la cima del puente. El vientre de una joven flotaba anónimamente sobre las aguas luneras. La espejeante curvatura del puente reflejaba la cóncava madre del río con un cuerpo de niño en su seno, perdido entre centavos y huesos.