Narciso Sifuentes, a quien la plebe despiadadamente le dio por
llamar «El castrado», se había convertido en un hombre plácido, humilde y
callado. Trabajador sí, pero sin alardes de bravura. Algo parecido a los bueyes
que, mansa y lentamente, van tirando del arado a insistencias del látigo del
campesino. Su esposa Adelita le había dado una hija. Los dos tenían un ranchito
junto al Río, que lo habían comprado con el dinero ahorrado de sus incontables
viajes a este lado. Pero entonces eran en aquellos tiempos de los braceros,
cuando legalmente y por contrato adquirían sus dólares enteros, y no como ahora
que los recibían a cachitos, de acuerdo al beneplácito y capricho del ranchero
tejano.
En uno de estos viajes, Narciso, que todavía era joven y
comenzaba a tener familia, pasó el Río con dos de sus hermanos, mocetones y
bien dados. Ya eran conocidos de los rancheros. Un día, tres de éstos, medio en
broma, medio en serio, pero más en serio que de broma, decidieron hacer una
hazaña con los tres hermanos. Se pusieron de acuerdo y, un sábado, en uno de
los corrales, que habían construido para pequeñas diversiones de este deporte,
celebraron una irrisión de rodeo.
Los rancheros sabían que los tres hermanos habían cruzado el
Río y que muy pronto vendrían a pedir trabajo. Tenían ya las reatas y tres
caballos dispuestos en el corral. Como si estuvieran discutiendo negocios muy
serios, se pusieron a hablar y a trazar los planes. Jimmy O'Neil, que había
sido tres veces campeón en los concursos de rodeos de la región y, aunque
descendiente directo cercano de los patateros irlandeses, se creía aborto
legítimo del Mayflower, decidió que sería lícito que sus esposas respectivas
presenciaran el espectáculo. Sin dificultad aceptaron sus compañeros. Bob
Austin, descendiente, aunque no directo del renombrado Steven, después de
alguna discusión, convenció a los otros de que los tres hermanos debían de
aparecer y presenciar la escena en su totalidad, en lugar de sacarlos a uno por
uno, como se hace en tales corridas. Quizás fuera porque no tenían bastantes
espectadores, quizás porque, de esta forma, quedaría más clavada en la memoria
esta faena inusitada, Ricky Wayne, loco perdido porque se creía no sólo el
mejor pistolero de toda la historia de Texas, sino que también emparentado de
sangre y huevo con Davy Crockett, tuvo la idea preclara de que la acción
culminante se ejecutara, no con arma blanca, como los caballeros del medioevo,
sino con tenaza pelona, como tradicional y culturalmente se hace en el
Suroeste, sobre todo en Texas.
Mientras Jimmy O'Neil, el promulgador de que las esposas
deberían presenciar el gran espectáculo, había entrado en casa para pasarles el
veredicto del trío a sus damas, los tres hermanos se acercan cautelosamente al
corral. Con narices de perros perdigueros olfateaban algo extraño, aunque
confusamente, en la atmósfera. Después de saludarse, esperaron a que Jimmy
regresara. Sin tardanza, y a la señal convenida, los tres rancheros, con
destreza adquirida por años de experiencia, echaron soga a los tres hermanos
que, incautos, no tuvieron tiempo ni de hacer la señal de la cruz. Sin dejar de
dar patadas, revolcarse en tierra, mencionarles a sus preclaras madres y damas,
quedaron atados de brazos y piernas a tres estacas de las cuatro esquinas que
tenía el corral. En la cuarta esquina estaban agrupados los tres hermosos
cuadrúpedos. Los rancheros, entonces, gritaron a sus consortes para que vinieran,
porque iban a principiar el espectáculo. Se subieron a los caballos y, después
de dar una vuelta por el ruedo, Ricky Wayne, el preclaro cowboy, peroreó
diciendo:
Ladies and
gentlemen, you are about to see a unique sport: a rodeo without bulls. These
men, as they call themselves, are going to perform the role of bulls. It is our
great pleasure, ladies of the audience, to offer you these small bulls and
balls.
Narciso, el mayor de los tres hermanos Sifuentes, fue
seleccionado como el primer toro de lidia. Le correspondía a Ricky, el que se
creía descendiente de Davy Crocket. Después de dar órdenes a su esposa para que
con un cuchillo cortara la soga que tenía atado a Narciso y, al grito de
«Remember the Alamo», hinca espuela a su bayo y se lanza tras el acosado. Este,
al querer emprender carrera, tropieza y se cae. Siente debilidad en las
canillas que, segundos antes, habían perdido la circulación de la sangre. Se
levanta y, mientras corre, por el rabillo del ojo ve que Ricky se le viene
encima. Cuando la reata, dando vueltas por el aire en forma de lazo, se le
viene certeramente en dirección del gaznate, Narciso se agacha y pasa la reata
de largo dejando en el aire una estela perceptible al oído. Ricky tira del
freno, y el hermoso cuadrúpedo para en seco. Jinete y caballo giran, echándose
de nuevo a la zaga. Esta vez, el ranchero, después de hacer girar varias veces
la soga en el aire, y sin perder el ritmo del cuadrúpedo, apunta a una pierna.
Narciso, que no lo había perdido de vista, salta, como los niños que juegan en
los parques, y la cuerda se estrella contra el suelo, levantando un remolino de
polvo. Los espectadores se echan sobre la barda, los hombres blandiendo el
sombrero como si fueran a espantar un moscón y las mujeres dejando caer los
senos sobre el palo superior como enormes testículos de toro encanicado. Ricky
lanza un grito y, con la melena suelta como crin de caballo enloquecido,
descarga con aplomo la reata que esta vez apunta a las dos piernas del cansado
Narciso. Le alcanza la izquierda, tira con fuerza y el torito pierde el
equilibrio y cae sudoroso. Los espectadores gritan, los sombreros vuelan como
zopilotes hambrientos y los senos palmotean como badajos de campana que anuncia
el sacrificio de la misa de doce.
Mientras Ricky arrastra a su presa por el ruedo, los otros
hermanos Sifuentes forcejan inútilmente para ir al auxilio de su hermano
escarnecido. En sus mentes torturadas no sabían por qué estaban presenciando
tamaña ignominia. Venían a buscar trabajo. Era todo. Ricky se bajó del bayo, como
de un fortín después de una sudorosa batalla. Se acercó lentamente al cuerpo
sudoroso y empolvado de Narciso y lo miró un rato, mientras la audiencia
guardaba silencio. De pronto levantó el pecho, estiró el cuello, alzó la cresta
y, como gallo coquetón, lanzó un grito, mientras bajaba las dos manos para
agarrarse los cojones.
Se agachó, aflojó la reata y apareció la canilla despellejada
de Narciso. Sin perder tiempo, y con la misma cuerda, ató de manos y pies al
mocetón contra la baranda. Quedó en forma de cruz, con los brazos estirados y
las piernas un tanto abiertas. Ricky dio tres vueltas por delante de Narciso,
como un gallo por delante de un capón, pero sin estirar ala. Después de
imaginarse cómo serían de grandes, decidió que había llegado «el momento de la
verdad». Como el futuro capón estaba maniatado, el gallo coquetón tuvo que
hacerlo. Acercó el espolón a la región del ombligo y, de un jalón, rasgó el
pantalón blanco, y las vergüenzas de Narciso quedaron al descubierto. A los dos
jóvenes, hermanos de Narciso, le giraron las córneas, como cuatro canicas
caprichosas en una caja de resortes. Las damas se taparon los ojos con las
manos puestas en forma de abanico, pero por entre los dedos se asomaban seis
pupilas sedientas de perras en brama. Los otros dos rancheros creyeron el
momento oportuno, y Jimmy, el dueño del rancho, le pasó a Ricky las tenazas con
que frecuentemente desnaturalizaban a los toros para convertirlos en bueyes. De
un apretón cortó los tubos conductores de semen y vida. A Narciso se le escapó
un profundo grito que retumbó por todo el rancho, al que respondieron en eco
los machos cabríos que pacían en las lomas pelonas de los alrededores.
*****
La escena se repetiría dos veces más. Aquella noche se comió
bien en el rancho. Entre otros platos sirvieron criadillas de los que fueran
toros. Se agotaron seis six—packs de la marca Lonestar, se contaron chistes
colorados, se divirtieron y, como animales enlodados, se quedaron gruñendo en
el sopor del sueño.
*****
Los tres hermanos Sifuentes se pusieron en ruta hacia el sur,
con el fresco de la aurora. Al cruzar el Río, sintieron una comezón aguda entre
las piernas. Habían perdido fuerzas y caminaban rezagados hacia su ranchito.
Pasaron cabizbajos por la única calle empolvada del pueblo fronterizo. Era
domingo, y el pueblo se aprestaba para la misa de doce. Se quedaban extrañados
los campesinos pueblerinos mirándolos pasar. Las beatas, con su nariz
perdiguera, olfatearon el incidente y, con sus lenguas de sierpe, proclamaron a
cuchicheos la deshonra que había caído sobre el pueblito San Rafael de Río
Grande.
*****
Habían transcurrido tres semanas. El pueblito cercano al
rancho de los Sifuentes hervía de coraje. Mientras los pueblerinos hablaban y
blasfemaban, los Cienfuegos, que así se apellidaban los hermanos de Adelita,
despacio y con aplomo hacían planes. Eran tres: Crispín, Martín y Fermín. Llegó
la tarde del sábado de la tercera semana. Como estaba dispuesto de antemano,
saldrían a la caída del sol. Crispín, el hermano mayor de Adelita, y Martín
ayudaban a ésta a cruzar las pocas aguas que llevaba ese día el Río. La
oscuridad de la noche había cerrado la pupila de los animales, y solamente el
tecolote clavaba el ojo pelón.
A lo lejos se divisaba la luz tenue que alumbraba el segundo
piso de la casa solitaria de Ricky y Nellie Wayne. Como estrella polar les
servía a los Cienfuegos de guía. A distancia oyeron el ladrido de Duke, el
perro policía de los Wayne. Los coyotes respondieron con algarabía. Los tres
jóvenes y Adelita caminaban a pie firme y en silencio. La noche, en su oquedad,
recogía con más intensidad el crujir de la hojarasca bajo los huaraches de los
visitantes. El ladrido de Duke cambió de tono, y Crispín, a quien ya reconocía
un tanto, le llamó bajito y le tiró el hueso fresco que le traían de regalo.
Duke se apaciguó.
Crispín dejó caer el puño derecho sobre la puerta y se oyeron
tres golpes secos que retumbaron en toda la casa. El señor y la señora Wayne se
incorporaron sobresaltados. Se quedaron extáticos para ver si se repetía la
llamada. Tres marrazos más resonaron por todo el caserón. La señora Wayne se
escondió bajo las cobijas y Ricky saltó de la cama nervioso: «Damn Duke, wake
up!». Con rapidez se puso la bata y se encajó las pantuflas, como caparazones
de tortuga. Se oyó bajar por la escalera, como baúl destripado, la voz firme,
aunque un tanto cascada, de Mr. Wayne: «Who is there?». Como una sierpe trepó
por la pared la voz punzante de Crispín que se filtró por la ventana de la
alcoba: «Lencho». Ya un poco sosegado, Ricky contestó: «O.K., Lencho, I'm
coming». Amarrándose el cinto de la bata, bajó las escaleras mascullando no se
sabe qué cosas.
Lencho era un chicano, conocido de los Wayne, de los O'Neil y
de los Austin, como también de los Sifuentes y de los Cienfuegos. Solía
acarrear en su troca braceros por toda la comarca. Al decaer el negocio de los
nacionales, se dedicó a otro semejante que, aunque no tan de acuerdo a la ley,
le proporcionaba la subsistencia. En colaboración con sus hermanos del otro
lado, ayudaba a cruzar mojaditos. Parte de la clientela era absorbida por los
tres mentados rancheros. Uno de éstos había sido Crispín, tiempo atrás. Se
encendió la luz de la living room y, segundos después, se abrió el portón.
Sobre la luz de trasfondo, la silueta de Ricky se dibujaba como un
espantapájaros. Aunque momentos antes estaba a punto de conciliar el sueño,
debía de tener los ojos muy abiertos, porque las palabras no le podían salir
del gaznate y las pocas que emitió parecían las del cacareo de una gallina
clueca.
—What do you
want, Crispín?
—Me gusta que me reconozcas, baboso.
—What can I
do for you?
—Tenemos cuentas que arreglar.
—Didn't I pay you your wages?
—No cabrón, no vengo yo ahorita a ajustar esas cuentas.
—Then, what is it?
Alargó la mano y atrajo a Adelita hacia la luz.
—¿Te olvidates de mi sister? ¿De la esposa de Narciso?
Ricky, que para entonces ya había podido ver en la oscuridad,
trató de tirar del pestillo de la puerta, pero ya Martín había puesto su pie
con firmeza, y Ricky no pudo cerrarla. Al fondo de las escaleras asomaba la
figura lívida de Nellie Wayne. Adelita le clavó los ojos de hiena, y ella
sintió el picotazo.
—Honey, say
good—night to those people, close the door, and let's go back to bed.
—Señora, nadie le dio permiso para hablar. Cállese la boca.
Shut up —le dijo Crispín resueltamente.
—Don't you
talk like that to my wife.
—¡Tú, shut up también, cabrón! —mientras le largó una patada
en el estómago, doblándolo.
—¡Aquí nomás hablo yo! ¡Todos adentro!
Fermín, como el más joven, se quedó de último, y cerró la
puerta detrás de él.
—¡Arriba, coyón, sube las escaleras!
Ya Nellie había subido y se echaba las manos a la cara, quería
morderse las uñas y daba un paso para adelante y otro para atrás, como leona
enjaulada. Ricky subía parsimoniamente, mientras Crispín, falto ya de
paciencia, le dio un rodillazo en las asentaderas diciendo:
—¡Muévete! ¡Y no menees tanto el culo que se te va a marear la
mierda!
Llegados a la recámara, de donde habían descendido los Wayne,
cerraron la puerta y los tres Cienfuegos se pusieron en semicírculo,
flanqueados por su hermana Adelita. Quedaron en silencio unos segundos mientras
Ricky y Nellie no sabían qué hacer ni qué decir. En esto, Adelita Cienfuegos y
Sifuentes proclama:
—Desde ahora yo daré las órdenes. Crispín, Martín, amarren a
ese hombre con la sábana a ese ropero.
Los dos hermanos agarraron fuertemente a Ricky, que trató de
defenderse. Una patada de Fermín en el estómago le sacó la respiración. Sus
hermanos fácilmente lo ataron, con los brazos en forma de cruz y las piernas
abiertas. Acabado este trabajo, Adelita, después de haber clavado los ojos en
Nellie, dijo:
—Crispín, Martín, tiendan en la cama a esa perra, y amárrenla.
Con dos pares de nylon la amarraron, los brazos a la cabecera
y las piernas a las esquinas de los pies de la cama. Concluida la faena,
Adelita se acerca a Nellie. La mira de pies a cabeza. Contempla la preciosa
bata azul de seda. Después de apretar los puños lentamente, va desenterrando
las uñas que tenía clavadas en la palma de su propia mano. Acerca la mano
derecha a la abertura de entre los pechos de Nellie. Encorva los dedos, y como
garra de águila, se cogen del lazo que tapa el decoro y, de un jalón, rasga el
velo que cubre las carnes anacaradas de la gringa.
—Me platicaron que vites encuerado a mi esposo Narciso. Me
dijieron que se te iban los ojos y los dedos para poder tentar y meterte
aquello que a mí me dio una hijita. Este jue nomás un deseo, porque lo que tu
esposo quería era otra cosa: era capar a mi Narciso. Pos mira, anque tú lo
haigas querido, no se te hizo. Orita te voy a dar a mi hermanito que, como
quien dice, entoavía está nuevecito.
Y, volviéndose a Fermín, el hermano menor, le ordenó:
—Hermano, siempre te has creído muy machito. En nuestro pueblo
las muchachas semos honradas. Se respetan por su decencia. Semos mujeres. Aquí
son pirujas manoseadas de todos. Ansina es que ellas tienen un modo que no
tenemos las de nuestra tierra. Les gustan a ellas abrirse de piernas. Ahorita
tienes tú la chanza. Aquí está, esperándote para que le des una sobadita.
Ricky se retorcía. De sus fauces se le desprendía saliva
espumosa.
—Don't you
dare, son of a bitch! Don't you dare to touch my wife! Keep your brown
sausage for your brown Indian girls!
Una patada en los huevos le cortó la arenga nazi que le salía
mezclada con baba putrefacta.
El cuerpo de Nellie se retorcía y su cara estaba consternada,
no se sabe si de dolor o de placer, o de ambas cosas. Poco a poco se le fueron
calmando las contorsiones, hasta que quedó con aspecto placentero. Afuera
comenzaba a llover, y la tierra recibía la fecundación primaveral. Todo quedó
en calma durante breves instantes.
Después de un corto silencio, Adelita se dirigió a Ricky.
Detenidamente recorrió con los ojos el corpachón del gringote, como para medirlo
de arriba a abajo. Se posaron sus pupilas sobre el azul cenagoso de los dos
diminutos lagos del que se alzaba seis pies y, resueltamente, ordenó:
—¡Crispín! ¡Rásgale las garras a este mugroso! ¡Quiero ver
cómo se miran los gringos a patarraiz!
Crispín se acercó y, de un jalón, dejó a Ricky en pelotas.
Adelita bajó los ojos a la altura de las ancas del potro que tenía delante y
observó:
—¡Ese relajo que te cuelga ha deshonrado a munchas muchachas
de mi pueblo que necesitaban dineros para alimentarse a ellas y a sus papases,
y tú les dabas migajas asquerosas, después de haber jalado de sol a sol!
Se quedó la joven Adelita como si los pulmones le negaran el
aire. Hizo un esfuerzo profundo y se oyó un ruido como de un fuelle que buscaba
llenar la panza vacía.
—¡Tú, gringo cabrón, has cortado las mangueras que me daban la
miel de la vida y la traiban hasta mis entrañas! ¡Quería yo tres hijos más, y
tú cortates el ombligo de mis hijitos que no vieron la luz! ¡Has cortado la
fuente de vida y la alegría de mis años de viejita! ¡Tú, gringo baboso, mal
cristiano, ladrón, sinvergüenza, mataste en el huevo a muchos nietos míos que
mis ojos ya nunca jamás verán! ¡El hijo que tu esposa tendrá no será tuyo,
porque tú ya no podrás! Llevará sangre mía, de los Cienfuegos, y será prieto,
como los Cienfuegos. Todo el mundo lo sabrá.
Tratando de buscar aire, sacó de su faltriquera el cuchillo
con que tantas veces había cortado carne en su humilde cocina. La hoja plateada
relumbraba con el reflejo de la luz de la alcoba. Ricky, amarrado, empeloto y
con los ojos abiertos como dos ventanas que miran hacia el abismo, hacia la
nada, exclamó:
—Don't do it!
For God's sake, don't do it! For your Virgen of Guadalupe! For your own
moth...!
De un tajo Adelita le cercenó los dos testículos que tenía
colgantes. Cayeron al suelo como dos higos maduros, produciendo un sonido fofo
y sin ecos. Poco a poco se fueron arrugando, marchitando, mientras de entre las
piernas de Ricky surtían hilos de sangre caliente. Con el delantal, Adelita
limpió el color granate que se había quedado adherido a la hoja de su faca y,
acto seguido, cortó el ombligo telefónico que unía la residencia de los Wayne
al mundo de afuera.
Bajaron las escaleras, abrieron la puerta de la casa, y la
noche tragó a los Cienfuegos. Dos veces más se repetiría la misma escena esa
noche.
***
Se respondían los gallos en una algarabía matinal cuando los
Cienfuegos salían de la casa de los O'Neil. El alba tendía su sábana de lirio
virginal sobre las aguas del Río, que llevaba en su corriente coágulos de
sangre vengada. Cuando pasaron por el pueblito, las campanas anunciaban la misa
de doce. Los feligreses se fijaban que los Cienfuegos caminaban con garbo por
la única calle empolvada del pueblo Las beatas los miraban con ojillos
saltones. Todos en el pueblo sintieron que se había lavado la deshonra que tres
semanas antes había caído sobre San Rafael de Río Grande.