Eran las nueve de la mañana. Había salido ya el sol y la gente
se disponía a sus quehaceres sabatinos. Comenzaban a merodear por las calles.
El propietario del Cuervo's Liquor Store rociaba la banqueta con una manguera.
Doña Josefina Durán, la viuda de don Gumersindo «El Tilichero», dio un brinco y
salvó el charco que se había formado en un hoyo, lugar de un ladrillo hacía
tiempo desaparecido. Uno de los dependientes del Tony's Curio Shop bajaba el
tendido de verde descolorido para protegerse de los rayos del sol. Las puertas
de la taberna Cinderella's Go—Go, de don Arnulfo Trujano, dejaban salir los
últimos y trasnochados tufillos de las altas horas de la madrugada.
Las puertas del Food World, de la cadena Smith and Co., se
habían abierto a las nueve en punto de la mañana. Ya Mr. Jones se había
instalado en su plegable silla de madera. Bajo una sombrilla azul celeste
escondería su calvo cráneo de los infernales rayos de un sol espeluznante. Su
saco de yankee—doodle todavía conservaba los cuatro bolsillos, dos interiores y
dos exteriores. Todos repletos de haces de papelitos—volantes, bilinguamente
impresos por ambos lados. Se sentó y, entre el índice y el pulgar de la mano
derecha, sostenía una volante con las misteriosas y sagradas palabras. El
mercado estaba orientado de este a oeste. Había sido diseñado por un arquitecto
inspirado en la tradición. Sus padres y abuelos habían trayectado esa ruta. Era
la más sana y segura. Era la del sol y la de la manifiesta llamada. El pasillo
del centro era el divisorio. Más ancho y bien delimitado. Paralelamente se
extendían más pasillos. Cinco al lado sureño y cinco al norteño. A cada lado se
habían puesto estanterías de mercancías diversas y variadas. Pero todo con
orden aparentemente impecable.
Había dos grandes puertas de cristal que, al acercarse y con
sólo el tacto de la punta del zapato, se deslizaban electrónicamente. Una
puerta estaba situada al norte y otra al sur. Entre ambas, se abría un pasillo
amplio y traficado. Formaban, perpendicularmente con el pasillo central, un
crucero. Desde un helicóptero, y a vista de pájaro, parecería una cruz tendida
en el suelo, y pisoteada por mercaderes de templo.
En este pasillo y, equidistante de las dos puertas laterales,
se hallaba una plataforma que servía de banco y de altar a un tiempo. Tenía
tres peldaños. En términos geográficos, estaba situada al oeste, punto cardinal
de llegada. No era casualidad. El arquitecto, miembro y empleado de la Smith & Co., la había
diseñado técnica y religiosamente. Los transeúntes, al entrar y salir, se veían
forzosamente obligados a pasar por delante. La necesidad, y una voz de lo alto,
les detenía por igual.
1. Tomatoes,
69c lb.
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—Don Argamenón, ¿cómo ve usted las cosas?
—Como siempre
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«Let it be known to everyone. We have been educated in la
violencia» (Art. 1).
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Fue aquella noche. Frank Mendiola llevaba escasamente diez
meses en El Grupo. Con anterioridad había trabajado otros diez meses por la Smith & Co., como
«pinche slave», según solía decir él. Lo había hecho para poderse costear el
anillo de graduación, rentar el traje y llevar a su amiga al Prom. «Ten months
puchando este pinche cart de comida». Durante ese tiempo se había dado cuenta
de cómo funcionaba la
Organización Smith & Co. Sus normas le eran conocidas.
Les había visto los ojos a los trinitarios. Demasiadas veces. Hasta la náusea.
Miles de cheques estampados y aprobados con la contraseña del universal y
anónimo «ok».
Una Trinidad le exigió: «Your I.D.». Doña Josefina Mendiola
sacó su fe—de—bautismo de su bolsa charolada. Cuidadosamente la desdobló. El
frecuente manejo y el trascurso de los años le habían dado un color de
tornasol. Se la entregó al primero, al engendrador de todo, al creador. «Your
I.D., Lady, your I.D.». Don Sinforiano le sopló al oído: «dice él que eso no
sirve». «Si se la merqué al Padre Escamillo, allí en Quelite, Chihuahua», le
aclaró la viejita del bigote. «Pos esa cosa no es lo que te pide, vieja». «¿Qué
pide, pues?». «Pos la
Bancamericar , creo yo». «Pos hágame un favor y dígale que yo
no tengo esa cosa, que lo que tengo es mi fe—de—bautismo». Don Sinforiano trató
de explicarle al primero de la triada. Pero éste se limitó a decirle: «No
bueno. No good, no food». «Dice el señor ése, que si no tiene la Bancamarican que no
le da autorización pa llevarse comida». «Gracias, don Sinforiano». La viejita
doña Josefina dobló meticulosamente su fe—de—bautismo, la metió en un sobre y
la depositó en el fondo de su bolsa de charol. Se dirigió con pasos menudos
hacia la puerta de entrada. Se paró. Dio la vuelta. A lo lejos divisó a don
Sinforiano. Apresuradamente se encaminó hacia él. Con la mano derecha le tocó
el hombro. Levantó un tanto su cabeza cubierta por un rebozo negro. Respingó su
nariz y le miró con sus ojitos vidriosos. «Sinforiano, hazme otro favorcito».
«Mande usté, doña Josefina». «Dímele a ese baboso, cara de nalga cursienta, que
coma caca y que chingue a su madre». Bajó la cabeza y, con su hocico de rata
mojada, se escurrió hacia la puerta. Salió refunfuñando, y ni siquiera se
percató de un señor vestido de payaso, que tenía un changuito prendido de un
cordón largo.
2. Avocados,
60c each
|
—Juanito, ¿cómo te ganas la vida?
—Pos ya ve usté. Ansina.
|
«La violencia is power. That is why those in power tienen poder» (Art.
2).
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Detrás del grupo trinitario, y colgado de la pared, se hallaba
un tríptico dorado. Un retablo calcado del original. Facsímil exacto, de
acuerdo a la revelación que tuviera el escultor de la Smith & Co. Cada hoja
del tríptico contenía diez anotaciones. Las anotaciones de la hoja izquierda
estaban en inglés. Las de la hoja derecha, en español. Y las de la central
estaban escritas, de acuerdo al miope especialista de la lengua chicana, el
doctor Josuah Gotlieb, en decadente y contaminado arameo. Las letras
protuberaban en relieve dorado. Tres luces neónicas les servían, a un mismo
tiempo, de aureola y de canapé. El claroscuro producido por el relieve les daba
un ambiente de críptico misterio. A tres cuadras de distancia, el reflejo del
neónico tríptico dorado cubría de un halo las rubias melenas del grupo
trinitario.
Fue aquella noche. Sobre la sábana veraniega descansaban los
huesos juveniles de Frank Mendiola. La almohada hormigueaba un círculo de
recuerdos encadenados. A su padre lo recordaba muerto a los treinta y cinco
años, por falta de atención médica y desgasto prematuro. A su joven madre,
doblando el lomo en los surcos de algodón, y violada por el patrón más de una
vez, antes de que él pudiera defenderla como un hombre. Se acordaba de las
lágrimas que su madre derramaba cuando iban al mercado. Su mísero cheque, con
el sello y el «ok.», apenas le llegaba para los frijoles. Con el tiempo notó
que a su madre, al tragarse las lágrimas, se le fue amargando la sangre.
Mrs. Johnson cruzó el pasillo central. Se dirigió al estante
número cinco. Llevaba unos shorts que le tapaban casi toda la nalga. Don
Gervasio le observaba la curvatura que formaba el muslo izquierdo con la
naciente nalga. Su esposa, doña Agapita, le clavó las uñas en el costado
derecho. «¿Por qué haces eso, Aga?». «Para que no me seas infiel, Vasio». Mrs.
Johnson clavó los ojos en una estatua de mexicano sentado, abrazado a las
piernas, y durmiendo su eterna siesta bajo un sombrero petrificado. «How much?». «Señora, for you only
and only for you, ten dollars. Today only, only today.». «Five, and I'll take
it.». «Your putas, señora, have their price on their chiches. Take it or
leave it, Madam». Con la nalga derecha a medio cubrir volvía a cruzar el
pasillo central. Doña Agapita le clavó las uñas en el costado izquierdo de don
Gervasio. «Para que no seas pelado, cabrón». «La pelada es ella, Aga». «Tienes
razón, Vasio».
3. Mangoes
90c each
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—Doña, ¿usted por qué no compró nada?
—Tengo empacho.
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«Toda conquista y toda reconquista was achieved by violence. We are in el
proceso de nuestra reconquista» (Art.
3).
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Una avioneta atravesó por encima del pasillo central. Aterrizó
en un rancho abandonado. Dos hombres de uniforme la estaban esperando. «Pay
tiths, or else». Pagaron cincuenta mil dólares, y los dejaron. Mientras que
cubrían con planchas de mármol la fachada del templo, se llenaban de veneno las
jeringas de los ladronzuelos por las calles.
«Don't
squeeze them tomatoes, lady. If you don't buy, don't touch». Doña Lupe
los dejó en el estante número tres. Se le puso la cara colorada cuando su Joey
le recordó: «Mom, these tomatoes los pizqué yo con mi 'apá». «Sí, mijo». «Don't
worry, 'amá. El next time, los como yo en el fil». «Sí, mijo».
Fue aquella noche tormentosa de un sábado de verano. El viento
comenzó a silbar por las grietas de las ventanas. Se levantó Frank. Por los
cristales se veían las copas de los árboles como cabezas de boxeadores azotadas
por puñetazos amenazantes. Melenas de niños y mujeres espeluznadas por visiones
de brujas invisibles. Una nube de espeso polvo cegó la pupila de los faros de
la calle. Latigazos eléctricos se desprendían con furia de las nubes
polvorosas. Explosiones de truenos dinamiteros hacían retumbar el vientre de la
noche. Como si alguien hubiera puesto diez barras de dinamita en el Western
Bank. Hojas verdes iluminadas en el torbellino de sus propias llamas, bailando
al son de broncos tambores. Abruptamente corrió las cortinas y se echó sobre la
cama. Frank se sintió inspirado por el sueño de aquella noche que fue.
4. Watermelons
7c lb.
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—Manny, ¿por qué no trabajas?
—Chale, ése ¿'tas tapao, ése?
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«La unión
es la fuerza. La fuerza is struggle.
Y la struggle es violencia. Let's unite» (Art. 4)
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Desde los cuatro ángulos del mercado, cuatro pupilas
engendradas por Zenith recogían las innumerables manos de la clientela, y
milagrosamente aparecían proyectadas en una pantalla colocada sobre el altar.
Una quinceañera metió en su bolsa un lápiz de labios. Desde el trono, el hijo
del Engendrador la vio. La atisbó, y la siguió con la vista. Bajó los tres
peldaños del altar. «Young Lady, you owe me a favor». Al día siguiente Hilda
Rodríguez lloraba, porque ya no era señorita.
Las pupilas Zenith se apoyaban sobre un trasfondo de ojos—de—dios
coloreados. Habían sido confeccionados por don José («Joe») Eréndira. Don José
había sido importado por la
Compañía Smith & Co., hacía ya tres años. Lo habían
traído de un pueblecito de la tierra de los huicholes, y le habían puesto un
chante para que se dedicara sola y exclusivamente a la producción—en—masa de
ojos—de—dios. Le aconsejaron, sin embargo, que no los hiciera con colores tan
chillantes, porque las pupilas azules estaban alérgicas a ciertas combinaciones
de colores inusitados. Durante tres años, trabajó piadosamente en la confección
de su arte. La cadena Smith & Co. lucía, tras sus Zenith, sus ojos—de—dios.
Don José fue perdiendo el pigmento de sus pupilas y, con el pigmento, la
inspiración. Trajeron a otro huichole. El ciclo se cerró.
Por detrás del altar de la nave central cruzó un navío
desmatriculado, cargado de camarones—jumbo. Dos hombres en uniforme, de la Smith & Co., lo
esperaban en la trastienda. «Pay tiths, or else». Cinco mil dólares al contado
se embolsaron en dos mochilas. Cinco mil bicicletas de hijos de dioses, y
futuros dioses, invadieron las calles de Aztlán. «We are fishermen, pescadores
de hombres», decían bilinguamente desde sus bicicletas. Sus corbatas azules
lengüeteaban sudorosas y parleras por el viento caluroso del desierto de
Aztlán. «New news we are
bringing to you. Nuestro Profeta nos envió, pues».
Lupito García llevaba a enterrar su goldfish en una cajita de
cartón. Con su manita prieta hizo un hoyo en la tierra. Depositó la cajita. Le
rodaron dos lágrimas, y se humedeció el cartón. Sacó de su bolsillo una
estampita de la
Guadalupana. Cubrió la cajita con ella. Varios puñados de
tierra tierna taparon el hoyo. Cinco mil voces bicicleteras se oyeron: «You
people are so... superstitious». «Manden ustedes, siñores».
Jonah Smith llegó a la playa sinaloense. Había viajado mucho.
Encadenó su bicicleta contra un poste de luz cercano a la atunera del pueblo.
«Did you hear the voice?». «¿Qué dice usté, señor?». «¿Tú oír la nueva voz?».
«Sí, señor». Antoñito López puso su gran concha marina junto a la oreja. La
apretó. Cerró los ojos. Una tristeza profunda se le quedó prendida de sus
carnosos labios. ¿Tú oír la nueva voz, muchacho?». «Sí, señor». «¿Qué oír tú?».
«Yo oigo llorar a los camaroncitos, señor». «¿Por qué tú llorar?». «Porque unos
hombres muy malos se robaron a sus papases». «Y tú ¿por qué llorar?». «Porque
yo tampoco tengo papá. Unos hombres muy malos se lo llevaron al Norte». «Yo
traer a ti otro papá. Mucho mejor Padre». «Yo no quiero otro padre. Yo quiero a
mi padre». Antoñito su puso la caracola al oído y cerró los ojos. Una ola se lo
llevó a la región de los camarones. Su madre se revolcaba por la arena,
tirándose de su melena entrenzada.
5. Melons,
40c each.
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—Mr. Johnson, why do you sell your religion?
—Division of
labor, boy.
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«The exploiters are oppressors. The oppressors son violentos. La
violencia is their language. Let's talk their language» (Art. 5).
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A la próxima junta, Frank Mendiola llevó escritos y dibujados
sus planes a El Grupo. Asistieron sus camaradas, como de costumbre. Antes de
despedirse, formaron el círculo y, con los brazos entrecruzados, repitieron al
unísono el formulario de juramento de indisolubilidad perenne.
El payaso del chango tocaba su organillo en el pasillo norteño
número tres. Un grupo de gente lo rodeó. Dejó de tocar. «I've trained this
monkey, Ladies and Gentlemen. Many
hours of hard work took me to make him do what I wanted him to do. He is
cute, isn't he, children?». El chango tropicano tuvo que saltar de la rama y
hacer lo que su dueño domador le enseñó. Portaba una bolsa de canguro por
delante, que le servía para tapar sus diminutas vergüenzas y meter monedas
pesudas. A su cabecita de coco la coronaba un sombrerito tejano. «His name is
Pancho, children». Don Ambrosio puso en la mano de su hijo una peseta. Se la
alargó a Pancho. Este se lamió los labios con la lengua. Alzó la pezuña, y le
arrebató le peseta. La metió en la bolsa calzonera, sacó el sombrero y saludó
al niño. Otro niño le alargó la mano. El entrenado chango siguió las órdenes de
su dueño. Con la pezuña recogió el centavo y lo aventó con fuerza contra el
público. Sacó la lengua y escupió en el suelo. «No peanuts, please, Pancho can
get mad. It's bad for his heart».
En el estante número cuatro, doña Aureliana había mercado una
vela en vaso de cristal. Llevaba estampada la Virgen de Guadalupe. Enseñó su «ID» y pagó al
cajero. Salió por la puerta con su vela en la mano. Mr. Johnson la atisbó con
su ojo de halcón. Doña Aureliana oyó un vozarrón procedente de las concavidades
de la sombrilla. «Do you want
to see the light, Madam?». «¿Mande usté?». «Compre este papel, señora, and your
soul shall be saved. Just fifty cents, señora». «Yo no soy alleluya, señor».
«Your candle, Lady, will not save your soul from Hell». Doña Aureliana
procedió calle abajo. A la vuelta de la esquina se encontró con un viejo
sentado en la banqueta, tocando una canción romántica de Agustín Lara. Mientras
cantaba, miraba al cielo con sus córneas de blanco mármol. Al terminar,
extendió su mano. «Por el amor de Dios». Doña Aureliana le depositó un tostón.
«Que la Virgencita
de Guadalupe se lo pague».
Dos corbatines descendieron de sus bicicletas. Se acercaron al
acordeonista. «¿Qué cantar usted, señor?». «El alma del pueblo, señor». «¿Por
qué no cantar usted "God bless America"?». «¡Qué chistoso es usted,
señor!». «¿Por qué?». «Porque su Dios es Blanco, creado por el dinero». «¿Quién
ser su Dios?». «Yo no tengo Dios, yo tengo Diosa». «¿Quién ser?». «Mi prieta y
chula Madrecita». «Y ¿cómo saber usted que es "prieta" si usted estar
ciego?». «Y ¿cómo "saber" ustedes que su Dios es "Blanco"
si ustedes nunca lo han visto...?». «Cante usted "God bless America",
please». «Yo gano el pan con el dolor de mi garganta, señores». «Please, cante
"God bless America"». «Váyanse ustedes muy a la chingada».
Había salido de la oficina del Asistente al Gerente del
mercado del Smith & Co. No le había sido difícil a Frank obtener trabajo en
el Warehouse, pues lo conocía de hacía un año escaso, cuando empujaba carritos
cargados de comida de la clientela. De momento lo habían puesto para descargar
trocas de tomates y otras legumbres, y almacenarlos en la trastienda. Comenzó
el lunes. Trabajó diligentemente toda la semana. Durante sus cortos descansos,
no cejaba en sus diligencias. Observaba detalladamente los movimientos del dios
trinitario. A las nueve, hora de cerrar el mercado, los últimos cajeros
entregaban los cheques, los billetes y los cupones. Los depositaban en el
altar, y el trío metía todo religiosamente en las entrañas de la caja fuerte.
Esta, como la sancta sanctorum, estaba situada detrás de la plataforma y del
tríptico dorado. Se cerraron las puertas y todo quedó en paz sepulcral, aquella
noche que fue.
6. Lettuce
69c head.
|
—Mr.
Mayor, why is that there is so much hunger?
—Where?
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«Power
dictates morality. El poder comes from violence. Let's be violentamente morales» (Art. 6).
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El maquinista del tren paró la locomotora. Cinco uniformes
estrellados abordaron cinco vagones. Las compuertas se habían abierto, y
aparecieron las etiquetas en las cajas de los productos agrícolas. Sandías,
mangos, melones, aguacates y tomates. Los obesos patrones, en lugares lejanos,
habían dado las órdenes. Les siguieron los camioneros. En grandes almacenes se
juntaron. Platicaron, escribieron, firmaron. Bebieron, comieron y fumaron.
Niños y mujeres lloraron. Hombres encorvados se humillaron. «Everything in
order?». «Everything all right!». «Proceed». La locomotora estornudó humo negro
y cruzó el pasillo central. Cinco hombres de corbata anotaron su valor en tres
placas doradas.
Cinco trocas llegaron a un tiempo en procesión. Lechuga,
melones, uvas, ciruelas y algodón. Los camioneros habían cruzado filas de
hombres, de mujeres y de niños en unión. Cabezas enturbantadas, enjugando el
sudor de sus frentes, blandían sus banderas, cual águilas de alas negras.
Llamas rojas se desprendían encendidas del horizonte. El vaho de sus voces
estremecía el firmamento. Cirujanos anónimos les habían cortado el ombligo que
los unía a la tierra. Otros cinco hombres de corbata anotaron el fruto de los
callos y de la sangre en otras tres placas doradas.
El banquero de la
Smith & Co. inscribió las transacciones. En cajas fuertes
quedaron depositadas las subastas de los sudores. «Amá, el next time los
comemos en el fil». «Sí, mijo». «Le voy decir a mi dari to hide them en el fil,
amá». «Sí, mijo». «No tenemos money to buy them, amá». «No, mijo». Doña
Josefina Mendiola, con sus diminutos pies, pasó por delante del grupo
trinitario y se limitó a decirles: «Retáquenselos en el ojete, viejos babosos».
Solamente les dijo eso. Y con voz arrugada, murmuró para sus adentros: «El que
las hace las paga, bola de ladrones».
7. Plums
59c lb.
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—Don Gumersindo, ¿por qué engañó a esa pobre mujer?
—Repita, por favorcito...
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«Carnalismo
means: a la chingada con los exploiters y los vendidos» (Art. 7).
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Llegó el sábado por la mañana. Frank cogió su lonchera y,
cuidadosamente, se la metió debajo del brazo. Como de costumbre, se echó a
caminar las tres cuadras que separaban su casa del mercado. Iba cabizbajo y
meditabundo. Al llegar al mercado, entró por la puerta del almacén, que ya
habían abierto. Se fijó a su alrededor. No vio a nadie. Tranquilamente metió la
lonchera en su «locker», que guardaba su overol. Lo sacó y cerró la portezuela.
Bajaba las cajas de legumbres que traían en sus vientres las diversas trocas.
Entre caja y caja miraba de reojo a su «locker». A la puesta del sol, llegó la
última troca. Era de tomates. Se acordó de cuando era niño. De su padre, muerto
prematuramente, y de su madre, repetidamente violada. De los tomates que su
madre no podía comprar. De los tomates que no podía comer. De los tomates que
él acariciaba, siendo muy niño. Ahora se teñían sus ojos del color de los
tomates. La palpitación acelerada enviaba la sangre a la sien y a los ojos. Se
movía con rapidez. Terminó de descargar la troca. Esta, con las entrañas
vacías, desapareció. Se parapetó detrás de la trinchera que formaba la hilera
de cajas. Aquella noche Frank descansó y esperó.
8. Grapes
69c lb.
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—Doña Panchita, ¿cuál es el problema de esta gente?
—Oiga, se me hace que usté tiene la cara de menso, ¿no
cree usté?
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«La
palabra is meaningless. Puro pedo. Violence is the
|
A las nueve en punto de la tarde se anunció la clausura del
comercio y de la semana. Las cajeras entregaron la colecta y la depositaron en
el altar. Uno tras otro, los empleados fueron saliendo por la puerta principal.
Cuando todos habían salido, se cerraron todas las puertas, y el trío se quedó
en la plataforma contemplando y organizando el botín. Lo guardaron piadosamente
en la caja fuerte. Apagaron las luces, y se fueron.
Frank Mendiola salió de su trinchera. Cuidadosamente abrió su
«locker». Cogió su lonchera. Se sentó, y levantó la tapa. Sacó el bulto que
venía envuelto en un lienzo. Lo puso en la palma de la mano izquierda y lo
contempló durante largos segundos. Lo acarició. Se levantó y se encaminó hacia
la puerta giratoria, que dividía la trastienda de la tienda. La empujó con la
mano derecha y, proyectados por los ojos del Zenith, aparecieron los rasgos de
Frank en la pantalla del altar. Las tres planchas doradas se estremecieron.
9. Onions
47c lb.
|
—¿Por qué no corre para Senador, don Cucufate?
—No se haga. Déme usté una peseta pa poder echarme un
trago.
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«Equality means everything for everyone. Or, nothing for no one.» (Art.
9)
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Frank Mendiola camina lentamente. Se acerca al altar. Sube. Se
arrodilla. Desenvuelve el bulto. Pone tres barras de dinamita pegadas a la caja
fuerte. Enciende el mechero, y las tres colas serpentean encorajinadas.
El estruendo quebró vidrios de ventanas de casas contiguas. El
vecindario salió estrepitosamente a la calle. Las sirenas se oían por los
cuatro costados de la ciudad. Los tímpanos de los perros vociferaban aullidos
lastimeros. Una mujer vestida de negro corría por las calles enloquecida.
Atravesó las filas de bomberos, de ambulancias y de policías. Encorvada se
metió por las ruinas en llamas. Ciegamente se dirigió al altar. Se acercó con
los puños en aire a las planchas doradas. Brillaban incandescentes. Al quererlas
alcanzar, cayó envuelta en una bola flamígera. «Cabronas...».
10. Cilantro
29c bunch
|
—Mr.
Johnson, What happened?
—The
wrath of God will come upon them motherfuckers.
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«Somos the chosen ones.
started.» (Art. 10).
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En su edición dominical, los periódicos rezaban: «El Grupo
claims another step towards their Reconquest and Liberation».