Era a principios de primavera. La avenida International
Sandunes Strip estaba cubierta de palmeras, de juníperos y de rosales en flor.
A ambos lados de la garita, circulaban los autos por tres carriles. Una gran
arteria, por la que subían y bajaban glóbulos en todas direcciones, atraídos y
repulsados por los corazones de las dos ciudades fronterizas, servía de
viaducto a la sangre enamorada que buscaba el calor de la palpitación.
La brisa primaveral dejaba al descubierto dunas epidérmicas
que brotaban por entre los follajes de arbustos desmedrados. Las damas,
buscando los rayos del primerizo sol, abrían el escote a sus dunas palpitantes
de vida y de fuego.
Desde los balcones de las casas, los canarios piropeaban a las
margaritas y a las gardenias, prisioneras en macetas policromadas. Los niños
correteaban con los ojos vendados jugando a la piñata y a la gallina ciega. Las
madres, sacudiendo en el aire la ropa recién lavada, saludaban al sol y a los
transeúntes de la calle, mientras los bebés balbuceaban sus primeras palabras.
—'A...má. 'A...má. 'Amá.
A la puesta del sol comenzaban los lowriders a rondear como
ratas merodeadoras en la oscuridad. Las luces de neón guiñaban el ojo,
despertando de una larga y aletargada siesta. La avenida semejaba una
interminable película en donde figuras cartunescas se alternaban en policromía
charra. Letreros, flora tropical, plantas del desierto, animales volátiles y
cuadrúpedos, sombreros charros y bustos de mujer. Colores azules, verdes,
rojos, amarillos y anaranjados. Banderas arcoíricas flotando con el viento
eléctrico. Júbilo nocturno.
Un letrero neónico policromado rezaba: Cuervo's Nest. Sobre
las letras descansaban las patas de un cuervo prieto saliendo de una botella.
De su cuerpo estirado protuberaba un pico anaranjado que clavaba una aceituna
bronceada yacente en el fondo de una copa de cristal ahumado. Debajo de la copa
se abría un rojo portalón de dos hojas chapeadas con clavos de hierro forjado.
El barniz espejeaba con los rayos de los faros de los carros nocheriegos y los
guiños de neón del cuervo. Damas y caballeros, jóvenes de ambos sexos, se
paraban ante los iluminados carteles de la estrella del momento. 'Lasita,
Nicolasita, Nicolle, Nikkie, Nellie, Nell. Posiciones verticales y posiciones
horizontales, posiciones de frente y posiciones laterales. Hasta de espalda las
había, con las nalgas de aumento en primer plano y la cabeza diminuta al fondo,
como gata—félix encorvada y retorcida.
—'Lasita. Mamá te hizo un vestido para tu bautismo.
Un portero de corbatín invitaba a los transeúntes despistados
y a los del cartelero extasiados. «Madam, Mister, come in, por favor». Los
portalones se abrieron, y la audiencia entró. Los de aquí, de este lado, y los
de allá, de aquel lado. Todos accedieron. Sillas alrededor de la pista, en
primera fila. Detrás, mesas pequeñas, para parejas. A los lados, y en una
plataforma elevada, más mesas y más sillas, para dos. Las decoraban manteles
rojos con servilletines blancos. Los camareros, de pantalón rojo, guayabera
blanca y corbatita verde. Una servilleta en el brazo y una libretita en la
mano.
—What are you
going to have tonight?
—A Cuervo's
Special for her and a Screwdriver for me.
—Aquí. Vengan aquí. Raspa por un nicle. ¡Un nicle!
Las luces fluorescentes al fondo, en las paredes, llovían
rayos débiles sobre las cabezas y las espaldas de hombres y mujeres. Rayos
pegajosos y traicioneros. Como gasa finísima se esparcían por melenas y
pelucas, descubriendo copos de diminuta nieve. Polvo, canas y caspa flotaban
como piojos lunáticos y anémicos. En el centro del tablado, y colgada del
cielorraso, una bola de diamantinos cristales giraba el sueño hipnótico de la
electrificada concurrencia. Araña panzona tejiendo la tela del ensueño. Al
fondo, un cortinón de terciopelo. Rojo oscuro chillante. Ondulada bandera que
cubre a su majestad la reina. Velo sagrado que oculta a una misteriosa diosa.
Las pupilas ardientes de la feligresía se clavaron como dardos sobre la
cortina.
—'Lasita, mira. Mamá te hizo este vestido para la primera
comunión. Con velo y todo. Mira qué chulo.
—El velo se va abriendo lentamente pulsado por una mano
misteriosa. Un sonido tropical de música, de aves y de cascadas comienza a
oírse en la lejanía. Por una escalerita, tapizada de rojo, va pisando la diosa
esperada. Cruza el umbral del velo sagrado elevando los brazos paulatinamente.
El verde rebozo se extiende como ala de ave veracruzana. Poco a poco aparece el
vestido blanco, huanengo floreado, que se extiende liso hasta los pies. Los
zapatos rojos y de tacón alto van pisando rítmicamente la madera del tablado.
Da la vuelta y, de la melena larga y lacia, cuelga un rojo capullo abierto, un
«don juan» patentado. Gira de nuevo y, mirando hacia la audiencia, los brazos van
cediendo y cruzándose sobre el pecho.
—'A...pá. 'A...pá. 'Apá.
«That's
right, Nikkie. You should always respect your teacher».
Torna la espalda y, caminando, se esconde tras el velo que se
cierra. Un hombre traje—de—cola y corbatín—de—pajarita entra por la izquierda
con un micrófono en la mano. «Ladies
and Gentlemen, Damas y Caballeros. We are happy to have you here tonight. We
have a tremendous show for you. Una procesión de damitas. Your eyes will be
able to see a parade of gorgeous, beautiful girls. But tonight's star, Ladies
and Gentlemen, Damas y Caballeros, is the beautiful, the one and only Nikkie
McGuire, Nicolasa Aguirre, Damas y Caballeros. Con ustedes, pues,
Nellie».
—Lasita, Nicolasita. Mira lo que te hizo tu mamá. Otro vestido
para tu fiesta de quinceañera.
—¿Tendremos música?
—Sí, Los tropicanos.
De un fuerte jalón se abren las cortinas de rojo
aterciopelado. Nicolasa «Nellie» Aguirre aparece, empujada por un resorte, en
el tablado con sus atavíos y figura de diosa. Sirviéndole de fondo una frondosa
vegetación y música tropical, comienza a girar al ritmo de un mambo. Una boa
multicolora se retuerce sobre sí misma. El pie izquierdo se adelanta sobre el
derecho, y éste, en espiral, persigue sensualmente al izquierdo. Las
pantorrillas dejan ver el bronceado del sol, pero rápidamente las ocultan el
ala del fleco de la falda de seda. Giran vertiginosas las amplias caderas sobre
los trompos de los pies y de las piernas. La esbelta cintura, apretada por las
manos de afilados dedos en jarra, sostienen el corpulento busto sobre la base,
en movimiento circular. Paulatinamente, las manos se desprenden de la cadera y
los brazos torneados se elevan, forzando hacia adelante los protuberantes
senos, dunas cubiertas de sedosa nieve. Los flecos del rebozo aletean cual
verde mariposa de veinte primaveras. La larga, negra y lacia cabellera flota en
el aire como estela de barco de vela en una nocheriega mar lunera. Desprendido
de la melena, el capullo de roja rosa por el aire va volando y, sobre el tapiz
alfombrado, se desflora. Diez pétalos se deslizan sobre el suelo acompañados de
diez acordes desprendidos de la orquesta. El movimiento sinuoso de la
multicolora serpiente, bajo el caudal de la floresta y ritmo tropical, se
retuerce.
—Ta... tá. Ta... tá. Tatá
—'Lasita. Nicolasita. Nicolasa. Mira. Mamá te hizo un vestido
de novia. Para casarte con Mike Soltero.
Las aves desplumadas del nido del Cuervo's Nest se levantan
para batir sus picos y sus alas a la deidad, madre de la selva tropicana. Los
hombres, con sus manos en los bolsos acariciando sus billeteras, lanzan pétalos
verdes de a dólar y de a peso sobre el tablado. La diosa se despide y
desaparece bajo la aureola de un son roquenrolero. Dos hombres, en la adyacente
sala, devoran dos tamales y dos salads.
—...
Unas notas de la orquesta anuncian otro número del programa.
El maestro de ceremonias, después de alternar con el público, empuña su
micrófono y desaparece por el lado izquierdo. Se abre la cortina y surge la
figura de Nellie. La guitarra templa una cuerda y el conjunto desflora una
conga. Con pasitos diminutos y orientales, la danzarina se acerca al centro.
Las mujeres parpadean sus lentes de contacto y los hombres sus cejas de sebo.
Que sí y que no, que sube y que baja, que ajúa y que ajúa, de izquierda a derecha,
con vaivén de tropicana, su cuerpo menea. Alto en seco. Silencio. El tambor
redobla. La dama sonríe. Las de las butacas secundan. De su hombro izquierdo se
desprende el rebozo. Gira como capa hacia el toro. Cae sobre el tapiz
verdirrojo. «¡Olé!». Silencio. Los dedos de garfio se aproximan al cuello. El
broche se suelta y el floreado huanengo se desliza hasta el suelo. El tambor
redobla y el conjunto descarga una lluvia de notas. Al son de un twist se aleja
la dama encalzonada pisoteando el verde, blanco y rojo.
—Na... na. Na... na. Nana.
—Come on! I'm
your husband. Tu esposo, ¿que no?
La audiencia se levanta. Las damas, con sus uñas coloreadas,
recogen sobre sus hombros sus chales y sus capas. Dos mujeres, en la adyacente
sala, engullen dos chili—dogs y dos tostadas.
El maestro de ceremonias aparece por la derecha. Se menea de
lado a lado. El micrófono colgado del bigote semeja un chile plateado. «Ladies
and Gentlemen, Damas y Caballeros, did you like it?». Las vocecitas y los
vozarrones aplaudieron las respuestas. «Do you want to see more?». Muchos «yes»
y muchos «sí» se escaparon de la audiencia. «¿Cuchi, cuchi, cuuuchi?».
Murmullos y risotadas cortaron la atmósfera cargada. Continuó el diálogo entre
el carnero y la manada.
Con el picoteo de las maracas se rasga el velo para dar paso a
la dama. En el proscenio, como estatua, se halla la damisela clavada. Al
minuendo de las maracas sale el conjunto al encuentro. Nellie se adelanta al
son de una bamba. Gira que te gira, las pulseras, los collares y la melena se
persiguen en una mareante circunferencia. El conjunto cesa. Las maracas
hormiguean su estridente sonajero, y la medalla guadalupana rueda por el suelo.
Responden las pulseras al retintineo. Pone el tacón encima. Gira ligera, y se
siente diosa sobre el pedestal de otra diosa. Un grito sin voz sale del silbido
cascabelero. Abre los brazos con fuerza. Retumban los senos enjaulados, como
dunas en el tórax de un tornado. Alza la cara contorsionada, y las luces
diamantinas del candelabro giratorio reflejan las carcajadas de dientes
embozados. Se desliza hacia el proscenio, y las fauces rojas de la cortina de
terciopelo la atrapan por la melena larga y voladora.
—'Amá. Mamá. Naná.
—Mrs. Aguirre, su hija is a whore. Una puta.
El tambor redobla mientras los Beatles proclaman su evangelio
musical. Una dama en medallas ofrece su copa licorina a su cautivo caballero.
En la sala contigua, una mujer come un kosher y un hombre una chimichanga. Al
sonido del saxofón, el del traje—de—cola descuelga del cuello la voz soez del
micrófono.
De la garganta aterciopelada del oscuro dragón prorrumpe la
diosa envuelta en un sudario de seda. Transparente, como arena de desierto, se
dibuja la silueta de su cuerpo. Ondula la mariposa nocturna como zumbido de
abejorro vacuno. La medalla guadalupana tumbada suelta una mueca y la diosa
aleteadora se enfrenta altanera, dejando caer el velo en el suelo. Respira.
—Virgencita de Guadalupe, cuida a mis hijos de todo mal.
—Van a ser las doce, vieja. Vamos a cama.
Las dos manos, sobre el pecho estiradas, acarician a las
palomas enjauladas. Los cazadores de la audiencia ajustan los espejuelos. Los
índices y los pulgares se juntan en el centro. Se abre el escote con mágico
movimiento. Las maracas retumban la anunciación de las pirámides de epidérmica
arena. Teocallis de diosa. La lengua de los fieles espera comunión, y las manos
se hacen cáliz extendiéndolas con devoción. Las maracas se estremecen y, a un
ritmo charlestoniano, las dunas piramidales desaparecen. De corbata y con
gemelos, un mesero sirve hamburguesas y chiles rellenos a una dama y a un
caballero.
—'Lasita, Nicolasita, Nicolasa. Tu mamá ya no te hizo otro
vestido de novia.
—I can make
my own. And, besides, my name is Nikkie, don't you forget it, Sis.
El de la corbatita se atusa el bigote. Una fila de granos de
elote se esconde bajo sus labios purpurados. Con el dorso de la mano se frota
la estela de una palabra profana y grotesca.
Del arpa y del requinto llueve un coloreado jarocho, y de las
cuerdas bucales se desgranan unos ajalapeñados piropos. Zapateados tamborileros
descubren la oscura efigie que sale del edénico trasfondo tropicano. Por la
orilla del ruedo saltimbanquean los tacones precisos de unos pies diminutos y
alegres. Las luces diamantinas producen chispas hipnotizadoras en los zapatines
charolados. De las oquedades del cráneo de damiselas cenicientas y de príncipes
encantados se despegan chiclosas las córneas. Picotea el zapateado. Al repique
taconero, las cotorras y los loros que presencian, responden al picoteo de las palomas
en el pecho. Pican y parlotean en el aire batiendo sus cuerpos desplumados.
Cerró el círculo en forma de medalla, y el arpa rasgó su postrer escala.
Tacones y cotorras, loritos y palomas se callaron extáticos con la nueva diosa
en el centro del ruedo.
De las caderas, las manos se deslizan hacia el pelvis.
Guayaberas y rebozos, suéteres y chaquetas resbalan de los hombros de los
concurrentes. Calor sofocante de dunas y florestas. Viejos achacosos y viejas
arrugadas se estiran y se aplanan ante la frondosa y fértil selva. Enredaderas
y madreselvas subidas por los troncos de las piernas. Un suspiro aletargado se
desprende del tórax de la audiencia. Como boas y culebras se enroscan los dedos
en los rizos. A la puerta del templo venusiano se asoma una orquídea torturada.
Pétalos verdes y rosados de dólares y pesos vuelan por el aire.
—¡Ay,
mamasota!
—I will buy
this one.
Lenguas rosadas de bocas desdentadas palmotean lascivas como
colas de pavorreales. La puerta del templo inhala y exhala como fuelle acordeonero.
El pulmón de la congregación suspira en la misma rítmica medida. Palillos
tamborileros repican un ritmo pantalonero. Saxofones y clarinetes electrifican
alabanzas dionisíacas. El acordeón se pliega y la puerta se cierra. Los brazos
de la diosa se elevan y los fieles se inclinan para recibir de su mano la
lluvia benéfica. Gira sobre el pedestal de la medalla y, de espalda, abandona
el ruedo. Se corre el velo. Una estridencia rollingstoniana pone fin a la
función divina.
—'Lasita. Me llamo 'Lasita.
—Here, now. How
much did you say?
—Una limosna, por el amor de Dios.
El del micrófono salta en la escena como chango con la banana
en la boca. Los ujieres pasan la cesta de la limosna. Un albino regatea la
gracia de la subasta. En la sala contigua mete la lengua otro caballero en una
enchilada. Una dama oxigenada un hot dog se mete en la garganta. La
congregación reza, pide, invoca: «Nicolasa», «Nikkie», «Nicolle», «Nicodiosa»,
«Lasadiosa», «Insidiosa». «My name is Nellie, you son of a bitch».
Un relámpago se desprende del estruendo de los timbales. Los
feligreses se postran ante el rayo divino. Recogimiento. El velo del templo
rasgando, sale la diosa una norteña bailando. «Ajúa...». «Son of a bitch». «A bailar». «Can't
miss this one». «¡Ay, mamasota!». Los fieles se levantaron. Coros de
bolillos y coros de prietitos en círculos concéntricos rodearon a la diosa en
divina alabanza y genesíaca danza. «My name is Nellie McGuire, you bitch».
Por la avenida International Sandunes Strip se oyeron sirenas,
cascos y pisadas. Los portones del templo, rojos y de hierro chapeados, se
abren de par en par. De pie se pararon dos prietos Lone Stars. Milagro. La
edénica diosa portaba un «southernbelle». Screwdrivers chocaban en el aire como
orquesta de rotos cristales. De los saxofones de Guy Lombardo salían notas de
globitos coloreados. Del nido de la campana del campanario de Taco Bell
estiraba el cuello un cuervo neónico que decía: Crow's Nest Country.
—'A...má. Ma...má. Madre. Soy Nicolasita, ¿no te acuerdas?
Tápame, que tengo frío.
—A tu mamá ya se le enfriaron los dedos.
De la cumbre de una duna lomuda se oía una voz charra: «Compa,
compa. Venga, compa. ¿O es que no me oye?». —«No se haga, compa, no se haga. ¿O
es que no ve, compa? Si ya todos se han ido. Ande, vámonos, compa». —«No,
compa. Si aquí quedamos en vernos, ¿que no, compa?». —«Sí, compa, pero es que
ya no es lo mismo. Ya todo ha cambiado, compa». —«Pos yo me quedaré aquí
esperándolos a todos, compa». —«Hágame caso, compa, no le vaya a pasar lo mismo
que al otro». —«Y, ¿cómo va eso, compa?». —«¡Ah, qué compa! Pos silbando en la
loma, compa». —«¡Qué cosas tiene usté, compa». —«Pos ansina es la cosa, compa».
—'Amá, ¿es que no me oyes, 'amá? Tápame que tengo mucho frío.
Soy Nellie, Nicolasa, tu Nicolasita, ¿no te acuerdas? Anda, 'amá, tápame que
tengo frío.
—Tu mamá ya está fría.