Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Justo S. Alarcón - Contaminación

—Ya hemos llegado.
Habíamos pasado media hora encerrados en el auto como en un gallinero. Enjaulados, en otras palabras. Eran casi las cuatro de la tarde de un verano infernal. Traíamos la ropa empapada. Cualquiera se hubiera creído, con razón, que éramos «mojados», porque, en realidad, estábamos mojados.
Un ser, vestido de uniforme, y después de hacer unos garabatos con los dedos detrás de una vitrina, se agachó a la altura de la ventana, que traía yo abierta, y preguntó:
—What country are you citizens of?
—U.S.A. —respondí yo en nombre de todos.
Naturalmente, había dicho sólo parte de la verdad. Pero, este asunto de la «verdad» y de la «no—verdad», de la verdad total y de la verdad parcial, todo este asunto es muy relativo, como todo el mundo sabe muy bien. En realidad, y esta es la pura verdad, es que tres éramos de origen latino, es decir, racialmente latinos. O, para decirlo más claramente, cafecitos, nacidos en U.S.A. Solamente había un pasajero, mujer para más señas, que no era prieta. De hecho, la muchacha era de pelo muy rubio, de tez blanca y de ojos azules claros. Parecía el prototipo de Ms. U.S.A. Sin embargo, daba la casualidad, y esto era la verdad, que había sido parida en Alberta, Canadá. Se había colado a México por U.S.A., y volvería a hacerlo, tenía que hacerlo, a la inversa.
Los ojos de Roy Bunker (y Bombilla), el que se escondía debajo del uniforme, se posaron dulcemente sobre la cabellera de la pasajera. Después de contemplar los dos luceritos azules, sus ojos se cernieron sobre las caras prietas. Escogió a una hispana para comenzar el interrogatorio.
—Where are you from?
Texas.
—What part of Texas are you from?
Amarillo.
—Amarello, you mean.
—I suppose.
—...
—And you? —mirándome a mí.
Arizona.
—What part?
—Marrana.
—Funny name. Never heard of it.
«Casi nadie sabe en donde está, pero la mayor parte de ustedes debieron haber nacido allí», dije para mis adentros. Aunque no me oyó, pareció haber sentido el flechazo que le atravesó la sien. Me clavó la mirada como lo hiciera la púa de un puercoespín. De pronto, dirigió la vista al tercer pasajero, una chicana nacida en Nuevo México.
—Where are you from?
New Mexico.
—Where abouts?
—Deming.
—Don't you «damn» me, you Mesc. I'm asking you: where from New Mexico?
—I've told you, Deming. D... E... M... I... N... G...
—And your parents?
—They were born in Deming. And if you want to know more, my grandparents and my great—grand—parents were all born in Deming, New Mexico.
En este momento, el que llevaba el uniforme, parecía un pedazo de carne al rojo vivo. Después de habernos señalado con el dedo para que continuáramos nuestro viaje, se metió en su cuchitril, como perro malhumorado y desconfiado. Consultó el reloj. Marcaba las cuatro de la tarde, hora en que se le terminaba el turno. Ya estaba otro compañero de fatigas esperando para relevarlo. Parecían perros—policía, alemanes, de narices entrenadísimas para olfatear fronterizos.
Se quedó sentado en el cuchitril, abatido y pensativo. «Que nació en Deming, que sus padres, grand—parents, great—grandparents... Pura shit. Llevo veinte años en este pinche trabajo. Día tras día tengo que fijarme que no pase ningún mojado. Aunque llevo veinte años en el oficio, todavía no puedo distinguir quién es de este lado y quién es del otro. Todos se parecen: prietos, mugrosos, hambrientos, traicioneros... Hubiera querido ser patrullero mejor. De este modo pudiera limpiar esta tierra contaminada ya por la epidemia. Si nos descuidamos, hasta nuestra gente será contaminada. Y si no, ¿qué se traían con aquella cara de nácar y ojos azul—cielo que venía con ellos en el carro? Así se comienza la degeneración...». En este momento se acordó de su dulce esposa. Se levantó y se metió en su carro. Lo puso en marcha y, por la ventana, le aconsejó al suplente que azuzara el ojo...
Ya en camino, no dejaba de fijarse en el color de las caras de los transeúntes. «¡Cuántos de éstos pertenecerán en el otro lado! De hecho, ¡todos debieran irse para el otro lado!». En su cabeza de aduanero se formulaban muchas preguntas. También se le venían soluciones. Verdaderas soluciones, y no soluciones parciales. «Porque, no cabe duda, que mi trabajo y el de mis colegas, como el de los patrulleros y el de los rinches, no es una solución perfecta. La solución perfecta sería hacer un intercambio. Que toda esta ralea se canjeara por los blancos que se encuentra allá, del otro lado. Eso es: un intercambio». Pareció sonreír de satisfacción al concebir tal sueño. Pero pronto se le arrugó el ceño al pensar que, a semejanza de ciertos pájaros que se escapan de la nieve norteña, estas cucarachas famélicas buscan saciar la tripa. «La única solución», pensó, «la única solución la tienen los chinos y los comunistas: poner una muralla bien alta, bien larga y, sobre ella, una alambrada eléctrica, no una mierda agujereada como la que tenemos ahora. Esa es la solución», repitió varias veces, satisfecho de su descubrimiento. Pero eso ya lo había pensado muchas veces antes, en sus veinte años de servicio a su Patria.
Llegó a casa en el momento en que su esposa se disponía a comenzar la cena. Le dio un beso, le cogió la cara entre las manos, le miró en sus ojos azules y... la contempló por un momento, quedándose silencioso... Había visto otros ojos iguales momentos antes. Se sentó en su sillón, abatido. Sentía un cosquilleo, un escalofrío en todo el cuerpo. Se echó una mano a la frente y se la frotó, como para espantar una molestia, una confusión, como para poder ver claro. Una pesadilla se estaba apoderando de todo su ser. Le pidió a su esposa una cerveza. Se la trajo. Notó ella, como muchas veces antes, que estaba cansado. Se la dio, lo besó en la mejilla y le dijo:
—Toma y descansa un poco. Mañana será otro día.
Le dio un sorbo a la cerveza y tomó el periódico, The Frontiersmen, en sus manos. Cuando ya había leído las principales noticias del día, una carta al editor le captó la atención. Decía:
... these people (Mexicans) are in this country for the only purpose of robbing American citizens of jobs and financial benefits. At the risk of sounding prejudiced, which I am not, these people bring disease across the border, such as syphilis and AIDS. In addition, many Mexican women cross the border just in time to give birth to their children in U.S.A. No, I am not racist, I merely believe that American citizens, starving to death in many instances, this filtration of criminals cannot be tolerated. One should protect our American citizens, not those who cheat and abuse our country's integrity.
«Tell them, boy, tell them. Gente como ésta, que escribe tan bonito, hace que mi trabajo se haga más llevadero y que se sienta uno más importante, más hombre, más digno». El breve entusiasmo se le nubló, como un relámpago. Le miraron los ojos azules de aquélla que iba en el asiento de atrás, cogiéndole la mano a aquel mantecoso. «¿Por qué tienen que ocurrir estas cosas?», se dijo. «Es lógico y está claro que si Dios y la Naturaleza lo quisieran, que si fuera natural, la diferencia de razas no existiera. Existe. Luego, no es natural...». Se sintió satisfecho de su irrefutable lógica.
Mientras le estaba dando vueltas a este asunto, y besos a la botella, se le venían recuerdos muy lejanos que los creía olvidados. Los rechazaba siempre como indignos de sí, de su decencia y de su honradez. Pero subían, como culebras ensortijadas, de lo más íntimo de su ser. Se acordaba de cuando era niño, de cuando iba a la escuela. Por una casualidad, o por un destino negro, no sabía exactamente, había ido a la escuela de un barrio en la frontera. Parecía accidente y, al mismo tiempo, natural. Por qué no. Su padre había sido aduanero y, para desempeñar ese trabajo, lo más natural era vivir entre esa gente, convivir con quien tendría que tratar y ver diariamente. Esto era necesario, porque «uno nunca sabe qué trucos puede hacerle a uno esta gentuza».
Pero no era esto lo que en el momento presente le picaba en la oreja. Era lo que desde niño le venía molestando. Como un zancudo, a la hora del primer sueño, le zumbaba en los oídos, giraba en torno de la almohada, dejándole como una silueta negra de diablillo encanicado. Era el recuerdo que le hundía el aguijón en la entretela del cerebro, y cuyo veneno le llegaba al corazón. Le daban sobresaltos. A veces chillaba y pataleaba en la cama como niño del que se apodera un fantasma. Eso tenía que ser, un fantasma.
—Daddy, is it true that your grandfather chingó a una Mexican squaw?
—Sonny, why do you say that?
—'Cause Chito told me that I too am a greaser!
—Don't you pay attention to those sons—of—bitches!
—That is what I told him. Besides, I said to him: 'Look at my eyes. Can't you see the deep blue, pure blue, clean blue?' I said that to him, 'pa, as you told me.
—Smart boy, Roy, smart boy.
Las palabras de su padre, y la convicción y fuerza con que las decía, le brindaban al muchacho la dinamita necesaria para imponerse en sus discusiones y peleas con sus compañeros de escuela. Pero éstos lo habían oído y, como disco rayado, se lo cantaban siempre que al caso venía. Esta música, como zumbido, le asaltaba en muchas noches tormentosas.
La esposa había terminado de hacer la cena y lo llamó a que se sentara a la mesa. Se levantó sobresaltado de su sillón como si hubiera despertado de una horrenda pesadilla. Trató de calmarse, pero su esposa había notado la inquietud que sacudía a Roy.
—It's bothering you again, ha...?
—I would wish you wouldn't comment on that.
—Right, but since we've got married I have been noticing something I'm waiting for you to tell me. What's bothering you?
—It's an old and not so old story, and I would prefer to leave it at that.
—O.K.
Durante la cena escucharon las noticias. Un Parte Especial dejó a Roy con el tenedor de su mano izquierda apuntando hacia la boca, y un pedazo de carne pringante atravesado en la punta del tenedor que, en lugar de caer en la boca abierta, le goteaba en el pantalón. El Parte decía:
Two border patrolmen chased one dozen Mexican Nationals back across the bridge. It is said that one of them jumped and fell on the riverbank before our boys could save him.
No se había percatado todavía de que entre las piernas le había caído un goterío de grasa sanguinolenta y toruna. Tanto era el placer y la distracción que se apoderó de todo su ser. Entre dientes mascullaba: «Si yo fuera, habría acabado con los doce..., con todos». La esposa le insinuó que mascara carne y no palabras. Cuando ya estaba terminando de comer, se dio cuenta de que en la confluencia de las dos piernas tenía un lamparón, una mancha de grasa. Se levantó, tiró el tenedor contra el suelo y sermoneó: «Shit! Grease all over! Grease in my food, grease in my legs, grease on the bridge...». Se fue a su pieza echando fuego por la boca. Una idea fuerte le asaltó el cerebro. Se acordó de cuando era joven, recién nombrado aduanero. De aquellas noches que tenía libres y que las aprovechaba para irse al otro lado, a pasar algunos ratos de desahogo, y de cuando sentía, ya de vuelta, algo como grasa en los calzones.
Tuvo que quitarse el uniforme. Cosa inusitada, porque se lo dejaba siempre puesto, con pistola y todo, hasta que se acostaba. Con el uniforme puesto todo el día se sentía más patriota, más digno, más seguro. Pensaba que en cualquier momento podría hacerle falta toda esa indumentaria. Después de todo, había tantos seres corruptos en esta sociedad, indeseables. Hasta su vecindad ya no era la misma. Desde hacía unos cinco años comenzaban a anidar pájaros de diferentes plumajes en los alrededores. Venían circundando, rodeando, apretando y casi ahogando a los propietarios de antigua y distinguida estirpe. Se acercaban en parvadas, como enjambres de animaluchos que buscaban comida. Los veía acercarse, se sentía apretado. Por eso tenía que estar prevenido en todo momento. Temía que, como cucarachas, se le fueran a meter en casa.
Esa noche estaba cansado. La cabeza le ardía. Después de apagar la luz de la cabecera le dio el beso de «buenas noches» a su querida esposa. Esta se enterneció y le correspondió con otro muy cariñoso. Le pasó la mano por la frente, por la barbilla y por los labios. Los aproximó y, muy delicadamente, le prodigó un beso sensual. Poco a poco se le fueron evaporando las ideas pesadas que últimamente, pero sobre todo ese día, le venían acuciando. Casi sin percatarse de ello, la mano derecha se había extendido y encorvado sobre el firme y anacarado muslo de su amada y joven cónyuge. Lo sentía caliente, liso, casi escurridizo. Deslizaba la mano lentamente, saboreando aquel encanto que, a pesar de haberlo hecho tantas veces, todavía se le antojaba nuevo, inexplorado. Se movía la mano automáticamente, sola, como por resortes internos, ajena a su dueño. Le parecía haber perdido el control sobre ella. Una palma, cinco dedos; una panza, cinco patas. Se paseaba como un bicho, como un alacrán, listo para picar. El camino se ensanchaba, el animal crecía. Se estiraba, se encogía, se allanaba. Subía por la vereda dirigiéndose a la fronda, a la foresta. El sendero era ancho, ascendía. Parecía una loma pelona, caldeada por el trópico. El animal, la araña, subía, trepaba, se deslizaba. Había que llegar al bosque, a la sombra, a la telaraña. El descenso fue rápido, el camino estaba liso, sudoroso, casi grasoso. Se internó en la foresta. Era todo oscuro, casi negro. Las lluvias torrenciales habían dejado mojada la flora. Árboles como enredaderas ensortijadas crecían, se retorcían, se enmarañaban. Allí, al fondo, parecía un lago; a veces semejaba tierra movediza, a veces aceite, grasa. Una boa, la boa, estirada en toda su longitud, se iba a lanzar. Con el cuerpo policromado, la cabeza hinchada y la boca abierta, se iba a tirar. Estaba lista. Pero... vio el terreno movedizo, como una balsa de aceite, de grasa, y se detuvo.
Se levantó bruscamente y se fue al baño. «What is the matter, Honey?», le preguntó ella. «Nothing. Go to sleep!» fue la respuesta seca y tajante. Había ido a lo que tenía que ir. Eso era todo. Se lo lavó con jabón, como lo había hecho antes tantas veces. Se volvió a cama. Trató de dormir, pero la idea persistía, le oscurecía la mente. «Si cuando era joven todo me parecía sencillo. De jóvenes siempre somos así. Nunca pensamos bien las cosas. Se apresura uno y jamás se miden las consecuencias. Muchachas baratas, pues uno no tiene dinero cuando es joven. Ni para qué le va uno a pedir a su daddy. Hay que ahorrar unos cuantos centavos por mucho tiempo para jugárselos en unos minutos. Y esto con las muchachas baratas, de allí, del otro lado. Si todavía me acuerdo de cada vez, de cada fin de semana, sobre todo de la última. Todo estaba oscuro. Abrí la puerta, la gramola tocaba, descansaba, tocaban los músicos, descansaban, bebía un trago, descansaba, bebía otro... Se acercaban a mí, no sabía ni qué edad tenían, "un pisto, mister, y nos la llevamos suave", otro trago, unas manos oscuras, por la luz o por la piel, nadie sabe, se subían por el pescuezo como arañas, se metían por las orejas, escarbaban dondequiera, en el pecho sentía calambres, se metían por debajo de la camisa, la camiseta, las tetillas, "otro vaso, please, y otro para mí, ya verás qué bien te vas a sentir", tocaba la música, se mecía se retorcía como chango como culebra se entrelazaba "vamos ya que me caigo no se ve aquí merito está la puerta" la media luz suave placentera "que me caigo" "cáete ya no importa" me caí. Sentía como una cama suave tibia con altos y bajos caliente las manos llenas como agarrando colinas se mecían se escapaban se volvían a encontrar. La pieza giraba daba vueltas se alargaba dejaba estela una caverna dos cavernas todo daba vueltas se retorcía en el aire en el fluido como péndulo como badajo de campana el tiempo pasaba marcaba los segundos con vaivén de pistón como un surtidor. El péndulo dejó de existir la campana se oqueó la fuente se estancó la caverna dejó de girar. Todo tranquilo. La pieza se ilumina, la caverna sigue negra, el agua estancada, putrefacta; las colinas cubiertas de cieno, de barro, montañas con sombrillas color café. «You Mexican bitch, you contaminated me». Se fue al baño, se frotó con jabón, se vio varias veces. «¿Se me puso prieto?». Otra enjabonada. Sus ojos parecían habérsele pigmentado, todo lo veía oscuro. Juraría que sus pupilas, sus ojos, sus canicas blanquiazules se le habían metamorfoseado. Se enjabonó por última vez y se fue. «Here, you, greaser». Le echó al suelo un par de papeles, como dos huesos roídos a una perra. Ella, como india acosada, se quedó por un rato acurrucada. Vio los dos billetes, los contempló y les disparó un gargajo. «¡Qué se cree ese pinche gringo! ¿Que yo soy una puta, una perra? Trabajo como sé, con dignidad». Se enderezó, se puso delante del espejo ¡y se contempló!... Se creyó soberbia, bien hecha, apetecible. «¿Qué se cree ese cabrón de gringo? Lo que pasa es que lo parió su marrana madre anímico, albino, a la sombra».
Por eso no le había contestado a su esposa. Simplemente le dijo: «Nothing. Go to sleep!». Contaminar a su esposa pedigree, no podía ser. La naturaleza así lo dispuso. La contaminación significaba regresión. «Si yo lo hubiera hecho», se decía, «quizás hubiera contaminado las cosas, quizás hubiera salido una criatura híbrida, quizás... Se le ahogó el pensamiento en la garganta, en el cerebro. Le daban vahídos, le entraban ganas de vomitar. De pronto le asaltó el recuerdo: «Aquel marrano, en el asiento de atrás, que tenía la mano derecha puesta en el muslo de aquella jovencita de ojos azules y pelo de oro. Aquel marrano la habrá contaminado ya. Se habrán tendido, se habrán juntado, se habrán contamin... ¡No puede ser!». Se le escapó el grito.
—Wake up, darling, —le dijo la esposa de ojos azules.
—I'm not asleep.
—Then, what seems to be the trouble?
—That marrano.
—What?
—That Mexican greaser is prostituting our purity.
—Nonsense.
—Nonsense? How would you like that greaser to come to my house and...
Una corriente eléctrica le pasó por el cuerpo. Sentía la sien palpitar y todo su mecanismo salirse de quicio, descoyuntarse. «Imposible de toda imposibilidad. Eso va contra la Naturaleza. Además, para algo tengo yo mi uniforme, mi pistola. Para salvaguardar el honor impuesto por la Naturaleza». Y añadió: «Hijo de su chingada y marrana madre. Si algún mantecoso se acerca a mi puerta le vuelo los tanates y todo lo que con ellos va!».
Esa noche no pudo dormir. Se levantó temprano. Encendió la luz. Se hizo una taza de café y se la trajo para la cama. Se sentó en la orilla, junto al cuerpo de su esposa, que reposaba como un pan recién salido del horno. Parecía una Magdalena, con el pelo caído por el hombro, como sortijas de oro sobre los senos. Vio que uno de los pechos se asomaba por entre la cabellera rubia. De nácar era, rematado por un pezón rosado, semejando a un botón que va a reventar en flor, en rosa. «¡Qué diferencia!», se dijo. «¡Qué diferencia si despacio y atentamente se ven y se comparan las cosas! Aquélla que me contaminó y ésta a quien no quiero contaminar. Esta no necesita enjabonarse, frotarse. No está contaminada. Es casi una virgen. Qué felicidad, duerme como un ángel... Y aquella otra..., contaminada. Se le habrán puesto las chiches prietas. Sus ojos verán turbio. Dará a luz un monstruo de la Naturaleza. Puerca, marrana, cochina». Mientras devanaba estos pensamientos, le daba sorbos al café. De vez en cuando clavaba la pupila azul en la taza. Lo veía todo oscuro, una balsa de agua mugrosa. Le gustaba, le fascinaba, se le iba la pupila, la enterraba en ese pozo misterioso, enlodado, sin fondo. De repente se acordó de aquella noche, en el otro lado. «Ahí perdí yo el color de nácar, el color rosado, puro rosa. ¡Maldigo mi juventud y toda esa ralea de puercas, cochinas, marranas putas! ¡Ahí las ponen para que nuestros jóvenes se enloden y contaminen a nuestros ángeles puros, a nuestra raza, pues!». Se levantó y, con furia, tiró al suelo la taza que todavía tenía café en el culillo. Los ojos se le abrieron y quedó como extasiado al ver que la alfombra de su pieza se había teñido de café. «¡Sacrilegio!», exclamó. Trajo una esponja y agua con jabón. Frotaba y la mancha no salía, se extendía. Se creyó loco. «¡Hasta mi propia alcoba se ha contaminado! ¡Es una plaga! ¡El café me sigue, me persigue, no me quiere dejar en paz, me acosa, me ahoga, me vuelve loco!».
Se vistió rápidamente y, dándole un beso en la mejilla, se despidió de su esposa que aún seguía dormida. Sin echar cerrojo, y sin darse cuenta, dejó la puerta entornada. Puso el carro en marcha, y se fue. No se maliciaba que su ángel recibiría visita esa mañana.
Llegó al trabajo, como siempre. Por debajo del gorro le asomaba la nariz de fresón:
—Citizens of?
USA
—Any documentation?
—...
—Go ahead...!
Ese día parecía un robot. Un robot mal ajustado. Sentía golpes en la sien. Las piernas le temblaban. Los dedos de la mano derecha no acertaban con las teclas de la calculadora. Estiró la mano. La puso delante de sus narices. La contempló por un rato. Trataba de serenarla. Le temblaba. La miraba de hito en hito. No la podía controlar. Se creyó que no era suya, que pertenecía a otro ser, que era entidad aparte. No podía comprender que esos dedos, que esa penca que tenía delante hubiera sido el instrumento con que había hecho tantas cosas. Que ese miembro casi ajeno hubiera tocado colores tan distintos, curvas, melenas... «Si esta mano, de quien quiera que sea», se decía, «fue capaz de tocar cosas tan dispares y de desnaturalizarse de esta manera, es capaz de cualquier cosa». Y en el mismo momento notó que, con tranquilidad y sin esfuerzo, se iba bajando lentamente hacia la cacha derecha. Los cinco tentáculos se ensortijaron a la 30—30. Se sintió hombre, digno, honrado otra vez.
Eran ya las cuatro y se volvía taciturno a casa. El relevo lo notó raro. No había dicho, como de costumbre, «no te olvides de azuzar el ojo». La puerta todavía estaba sin llave. Entró en la casa y se sentó... Serían como las seis y media cuando alguien, al parecer extraño, llamó a la puerta. Como robot salió Roy, dio unos pasos, las patas de la araña se bajaron a la altura de la cintura, se enroscaron en las cachas y se oyó un tiro. Los vecinos rodearon al muerto y, momentos después, salió la esposa.
—I think he's a wetback.
—He's too neatly dressed.
—He's our neighbor.
—He's the one going around with that blue—eyed girl.
—Look at her..., she loves him...
—I told you that something was going on between these two.
La esposa, que se había juntado al grupo, dejaba caer dos lágrimas gruesas sobre el cuerpo del difunto, mientras el aduanero gritaba despavorido: «He parado la contaminación. Don't you worry, all of you out there. I've saved the human race».
Ya se había puesto el sol. Roy, con los brazos abiertos, notaba que todo se oscurecía ante sus ojos. Parecía avecinarse una tormenta incontrolable. El horizonte se tornaba una enorme alfombra rojiza y purpurada, cubierta de una mancha oscura, pardusca, tirando a café. La mancha crecía, se dilataba de sur a norte, se acercaba lentamente hacia el oeste, hasta rodearlo todo. Se cernía por todas partes, se colaba por las hojas de los árboles, de los arbustos, de las plantas, hasta escurrirse como una mancha mantecosa por las rendijas de la puerta de su casa.
*****
Ya en el manicomio, meses después, sus compañeros lo felicitaron porque había sido padre. Una criatura de pelo lavado, ojos un tanto zarcos y un cuerpecito acafetado. La madre le había puesto Lito. Todo había quedado contaminado... consumado... ordenado.