—Ya hemos llegado.
Habíamos pasado media hora encerrados en el auto como en un
gallinero. Enjaulados, en otras palabras. Eran casi las cuatro de la tarde de
un verano infernal. Traíamos la ropa empapada. Cualquiera se hubiera creído,
con razón, que éramos «mojados», porque, en realidad, estábamos mojados.
Un ser, vestido de uniforme, y después de hacer unos garabatos
con los dedos detrás de una vitrina, se agachó a la altura de la ventana, que
traía yo abierta, y preguntó:
—What country
are you citizens of?
—U.S.A. —respondí yo en nombre de todos.
Naturalmente, había dicho sólo parte de la verdad. Pero, este
asunto de la «verdad» y de la «no—verdad», de la verdad total y de la verdad
parcial, todo este asunto es muy relativo, como todo el mundo sabe muy bien. En
realidad, y esta es la pura verdad, es que tres éramos de origen latino, es
decir, racialmente latinos. O, para decirlo más claramente, cafecitos, nacidos
en U.S.A. Solamente había un pasajero, mujer para más señas, que no era prieta.
De hecho, la muchacha era de pelo muy rubio, de tez blanca y de ojos azules
claros. Parecía el prototipo de Ms. U.S.A. Sin embargo, daba la casualidad, y
esto era la verdad, que había sido parida en Alberta, Canadá. Se había colado a
México por U.S.A., y volvería a hacerlo, tenía que hacerlo, a la inversa.
Los ojos de Roy Bunker (y Bombilla), el que se escondía debajo
del uniforme, se posaron dulcemente sobre la cabellera de la pasajera. Después
de contemplar los dos luceritos azules, sus ojos se cernieron sobre las caras
prietas. Escogió a una hispana para comenzar el interrogatorio.
—Where are you from?
—Texas .
—What part of
Texas are you
from?
—Amarillo .
—Amarello,
you mean.
—I suppose.
—...
—And you? —mirándome
a mí.
—Arizona .
—What part?
—Marrana.
—Funny name. Never
heard of it.
«Casi nadie sabe en donde está, pero la mayor parte de ustedes
debieron haber nacido allí», dije para mis adentros. Aunque no me oyó, pareció
haber sentido el flechazo que le atravesó la sien. Me clavó la mirada como lo
hiciera la púa de un puercoespín. De pronto, dirigió la vista al tercer
pasajero, una chicana nacida en Nuevo México.
—Where are
you from?
—New Mexico .
—Where
abouts?
—Deming.
—Don't you
«damn» me, you Mesc. I'm asking you: where from New Mexico ?
—I've told
you, Deming. D... E... M... I... N... G...
—And your
parents?
—They were
born in Deming. And if you want to know more, my grandparents and my great—grand—parents
were all born in Deming , New Mexico .
En este momento, el que llevaba el uniforme, parecía un pedazo
de carne al rojo vivo. Después de habernos señalado con el dedo para que
continuáramos nuestro viaje, se metió en su cuchitril, como perro malhumorado y
desconfiado. Consultó el reloj. Marcaba las cuatro de la tarde, hora en que se le
terminaba el turno. Ya estaba otro compañero de fatigas esperando para
relevarlo. Parecían perros—policía, alemanes, de narices entrenadísimas para
olfatear fronterizos.
Se quedó sentado en el cuchitril, abatido y pensativo. «Que
nació en Deming, que sus padres, grand—parents, great—grandparents... Pura
shit. Llevo veinte años en este pinche trabajo. Día tras día tengo que fijarme
que no pase ningún mojado. Aunque llevo veinte años en el oficio, todavía no
puedo distinguir quién es de este lado y quién es del otro. Todos se parecen:
prietos, mugrosos, hambrientos, traicioneros... Hubiera querido ser patrullero
mejor. De este modo pudiera limpiar esta tierra contaminada ya por la epidemia.
Si nos descuidamos, hasta nuestra gente será contaminada. Y si no, ¿qué se
traían con aquella cara de nácar y ojos azul—cielo que venía con ellos en el
carro? Así se comienza la degeneración...». En este momento se acordó de su
dulce esposa. Se levantó y se metió en su carro. Lo puso en marcha y, por la
ventana, le aconsejó al suplente que azuzara el ojo...
Ya en camino, no dejaba de fijarse en el color de las caras de
los transeúntes. «¡Cuántos de éstos pertenecerán en el otro lado! De hecho,
¡todos debieran irse para el otro lado!». En su cabeza de aduanero se
formulaban muchas preguntas. También se le venían soluciones. Verdaderas
soluciones, y no soluciones parciales. «Porque, no cabe duda, que mi trabajo y
el de mis colegas, como el de los patrulleros y el de los rinches, no es una
solución perfecta. La solución perfecta sería hacer un intercambio. Que toda
esta ralea se canjeara por los blancos que se encuentra allá, del otro lado.
Eso es: un intercambio». Pareció sonreír de satisfacción al concebir tal sueño.
Pero pronto se le arrugó el ceño al pensar que, a semejanza de ciertos pájaros
que se escapan de la nieve norteña, estas cucarachas famélicas buscan saciar la
tripa. «La única solución», pensó, «la única solución la tienen los chinos y
los comunistas: poner una muralla bien alta, bien larga y, sobre ella, una alambrada
eléctrica, no una mierda agujereada como la que tenemos ahora. Esa es la
solución», repitió varias veces, satisfecho de su descubrimiento. Pero eso ya
lo había pensado muchas veces antes, en sus veinte años de servicio a su
Patria.
Llegó a casa en el momento en que su esposa se disponía a
comenzar la cena. Le dio un beso, le cogió la cara entre las manos, le miró en
sus ojos azules y... la contempló por un momento, quedándose silencioso...
Había visto otros ojos iguales momentos antes. Se sentó en su sillón, abatido.
Sentía un cosquilleo, un escalofrío en todo el cuerpo. Se echó una mano a la
frente y se la frotó, como para espantar una molestia, una confusión, como para
poder ver claro. Una pesadilla se estaba apoderando de todo su ser. Le pidió a
su esposa una cerveza. Se la trajo. Notó ella, como muchas veces antes, que
estaba cansado. Se la dio, lo besó en la mejilla y le dijo:
—Toma y descansa un poco. Mañana será otro día.
Le dio un sorbo a la cerveza y tomó el periódico, The
Frontiersmen, en sus manos. Cuando ya había leído las principales noticias del
día, una carta al editor le captó la atención. Decía:
... these
people (Mexicans) are in this country for the only purpose of robbing American
citizens of jobs and financial benefits. At the risk of sounding prejudiced,
which I am not, these people bring disease across the border, such as syphilis
and AIDS. In addition, many Mexican women cross the border just in time to give
birth to their children in U.S.A.
No, I am not racist, I merely believe that American citizens, starving to death
in many instances, this filtration of criminals cannot be tolerated. One should
protect our American citizens, not those who cheat and abuse our country's
integrity.
«Tell them,
boy, tell them. Gente como ésta, que escribe tan bonito, hace que mi
trabajo se haga más llevadero y que se sienta uno más importante, más hombre,
más digno». El breve entusiasmo se le nubló, como un relámpago. Le miraron los
ojos azules de aquélla que iba en el asiento de atrás, cogiéndole la mano a
aquel mantecoso. «¿Por qué tienen que ocurrir estas cosas?», se dijo. «Es
lógico y está claro que si Dios y la Naturaleza lo quisieran, que si fuera natural, la
diferencia de razas no existiera. Existe. Luego, no es natural...». Se sintió
satisfecho de su irrefutable lógica.
Mientras le estaba dando vueltas a este asunto, y besos a la
botella, se le venían recuerdos muy lejanos que los creía olvidados. Los
rechazaba siempre como indignos de sí, de su decencia y de su honradez. Pero
subían, como culebras ensortijadas, de lo más íntimo de su ser. Se acordaba de
cuando era niño, de cuando iba a la escuela. Por una casualidad, o por un
destino negro, no sabía exactamente, había ido a la escuela de un barrio en la
frontera. Parecía accidente y, al mismo tiempo, natural. Por qué no. Su padre
había sido aduanero y, para desempeñar ese trabajo, lo más natural era vivir
entre esa gente, convivir con quien tendría que tratar y ver diariamente. Esto
era necesario, porque «uno nunca sabe qué trucos puede hacerle a uno esta
gentuza».
Pero no era esto lo que en el momento presente le picaba en la
oreja. Era lo que desde niño le venía molestando. Como un zancudo, a la hora
del primer sueño, le zumbaba en los oídos, giraba en torno de la almohada,
dejándole como una silueta negra de diablillo encanicado. Era el recuerdo que
le hundía el aguijón en la entretela del cerebro, y cuyo veneno le llegaba al
corazón. Le daban sobresaltos. A veces chillaba y pataleaba en la cama como
niño del que se apodera un fantasma. Eso tenía que ser, un fantasma.
—Daddy, is it
true that your grandfather chingó a una Mexican squaw?
—Sonny, why
do you say that?
—'Cause Chito
told me that I too am a greaser!
—Don't you
pay attention to those sons—of—bitches!
—That is what
I told him. Besides, I said to him: 'Look at my eyes. Can't you see the deep
blue, pure blue, clean blue?' I said that to him, 'pa, as you told me.
—Smart boy,
Roy, smart boy.
Las palabras de su padre, y la convicción y fuerza con que las
decía, le brindaban al muchacho la dinamita necesaria para imponerse en sus
discusiones y peleas con sus compañeros de escuela. Pero éstos lo habían oído
y, como disco rayado, se lo cantaban siempre que al caso venía. Esta música,
como zumbido, le asaltaba en muchas noches tormentosas.
La esposa había terminado de hacer la cena y lo llamó a que se
sentara a la mesa. Se levantó sobresaltado de su sillón como si hubiera
despertado de una horrenda pesadilla. Trató de calmarse, pero su esposa había
notado la inquietud que sacudía a Roy.
—It's bothering
you again, ha...?
—I would wish
you wouldn't comment on that.
—Right, but
since we've got married I have been noticing something I'm waiting for you to
tell me. What's bothering you?
—It's an old
and not so old story, and I would prefer to leave it at that.
—O.K.
Durante la cena escucharon las noticias. Un Parte Especial
dejó a Roy con el tenedor de su mano izquierda apuntando hacia la boca, y un
pedazo de carne pringante atravesado en la punta del tenedor que, en lugar de
caer en la boca abierta, le goteaba en el pantalón. El Parte decía:
Two border
patrolmen chased one dozen Mexican Nationals back across the bridge. It is said
that one of them jumped and fell on the riverbank before our boys could save
him.
No se había percatado todavía de que entre las piernas le
había caído un goterío de grasa sanguinolenta y toruna. Tanto era el placer y
la distracción que se apoderó de todo su ser. Entre dientes mascullaba: «Si yo
fuera, habría acabado con los doce..., con todos». La esposa le insinuó que
mascara carne y no palabras. Cuando ya estaba terminando de comer, se dio
cuenta de que en la confluencia de las dos piernas tenía un lamparón, una
mancha de grasa. Se levantó, tiró el tenedor contra el suelo y sermoneó: «Shit!
Grease all over! Grease in my
food, grease in my legs, grease on the bridge...». Se fue a su pieza
echando fuego por la boca. Una idea fuerte le asaltó el cerebro. Se acordó de
cuando era joven, recién nombrado aduanero. De aquellas noches que tenía libres
y que las aprovechaba para irse al otro lado, a pasar algunos ratos de
desahogo, y de cuando sentía, ya de vuelta, algo como grasa en los calzones.
Tuvo que quitarse el uniforme. Cosa inusitada, porque se lo
dejaba siempre puesto, con pistola y todo, hasta que se acostaba. Con el
uniforme puesto todo el día se sentía más patriota, más digno, más seguro.
Pensaba que en cualquier momento podría hacerle falta toda esa indumentaria.
Después de todo, había tantos seres corruptos en esta sociedad, indeseables.
Hasta su vecindad ya no era la misma. Desde hacía unos cinco años comenzaban a
anidar pájaros de diferentes plumajes en los alrededores. Venían circundando,
rodeando, apretando y casi ahogando a los propietarios de antigua y distinguida
estirpe. Se acercaban en parvadas, como enjambres de animaluchos que buscaban
comida. Los veía acercarse, se sentía apretado. Por eso tenía que estar
prevenido en todo momento. Temía que, como cucarachas, se le fueran a meter en
casa.
Esa noche estaba cansado. La cabeza le ardía. Después de
apagar la luz de la cabecera le dio el beso de «buenas noches» a su querida
esposa. Esta se enterneció y le correspondió con otro muy cariñoso. Le pasó la
mano por la frente, por la barbilla y por los labios. Los aproximó y, muy
delicadamente, le prodigó un beso sensual. Poco a poco se le fueron evaporando
las ideas pesadas que últimamente, pero sobre todo ese día, le venían
acuciando. Casi sin percatarse de ello, la mano derecha se había extendido y
encorvado sobre el firme y anacarado muslo de su amada y joven cónyuge. Lo sentía
caliente, liso, casi escurridizo. Deslizaba la mano lentamente, saboreando
aquel encanto que, a pesar de haberlo hecho tantas veces, todavía se le
antojaba nuevo, inexplorado. Se movía la mano automáticamente, sola, como por
resortes internos, ajena a su dueño. Le parecía haber perdido el control sobre
ella. Una palma, cinco dedos; una panza, cinco patas. Se paseaba como un bicho,
como un alacrán, listo para picar. El camino se ensanchaba, el animal crecía.
Se estiraba, se encogía, se allanaba. Subía por la vereda dirigiéndose a la
fronda, a la foresta. El sendero era ancho, ascendía. Parecía una loma pelona,
caldeada por el trópico. El animal, la araña, subía, trepaba, se deslizaba.
Había que llegar al bosque, a la sombra, a la telaraña. El descenso fue rápido,
el camino estaba liso, sudoroso, casi grasoso. Se internó en la foresta. Era
todo oscuro, casi negro. Las lluvias torrenciales habían dejado mojada la
flora. Árboles como enredaderas ensortijadas crecían, se retorcían, se
enmarañaban. Allí, al fondo, parecía un lago; a veces semejaba tierra movediza,
a veces aceite, grasa. Una boa, la boa, estirada en toda su longitud, se iba a
lanzar. Con el cuerpo policromado, la cabeza hinchada y la boca abierta, se iba
a tirar. Estaba lista. Pero... vio el terreno movedizo, como una balsa de
aceite, de grasa, y se detuvo.
Se levantó bruscamente y se fue al baño. «What is the matter, Honey?», le preguntó ella.
«Nothing. Go to sleep!» fue la respuesta seca y tajante. Había ido a lo
que tenía que ir. Eso era todo. Se lo lavó con jabón, como lo había hecho antes
tantas veces. Se volvió a cama. Trató de dormir, pero la idea persistía, le
oscurecía la mente. «Si cuando era joven todo me parecía sencillo. De jóvenes
siempre somos así. Nunca pensamos bien las cosas. Se apresura uno y jamás se
miden las consecuencias. Muchachas baratas, pues uno no tiene dinero cuando es
joven. Ni para qué le va uno a pedir a su daddy. Hay que ahorrar unos cuantos
centavos por mucho tiempo para jugárselos en unos minutos. Y esto con las muchachas
baratas, de allí, del otro lado. Si todavía me acuerdo de cada vez, de cada fin
de semana, sobre todo de la última. Todo estaba oscuro. Abrí la puerta, la
gramola tocaba, descansaba, tocaban los músicos, descansaban, bebía un trago,
descansaba, bebía otro... Se acercaban a mí, no sabía ni qué edad tenían,
"un pisto, mister, y nos la llevamos suave", otro trago, unas manos
oscuras, por la luz o por la piel, nadie sabe, se subían por el pescuezo como
arañas, se metían por las orejas, escarbaban dondequiera, en el pecho sentía
calambres, se metían por debajo de la camisa, la camiseta, las tetillas,
"otro vaso, please, y otro para mí, ya verás qué bien te vas a
sentir", tocaba la música, se mecía se retorcía como chango como culebra
se entrelazaba "vamos ya que me caigo no se ve aquí merito está la
puerta" la media luz suave placentera "que me caigo" "cáete
ya no importa" me caí. Sentía como una cama suave tibia con altos y bajos
caliente las manos llenas como agarrando colinas se mecían se escapaban se volvían
a encontrar. La pieza giraba daba vueltas se alargaba dejaba estela una caverna
dos cavernas todo daba vueltas se retorcía en el aire en el fluido como péndulo
como badajo de campana el tiempo pasaba marcaba los segundos con vaivén de
pistón como un surtidor. El péndulo dejó de existir la campana se oqueó la
fuente se estancó la caverna dejó de girar. Todo tranquilo. La pieza se
ilumina, la caverna sigue negra, el agua estancada, putrefacta; las colinas
cubiertas de cieno, de barro, montañas con sombrillas color café. «You Mexican
bitch, you contaminated me». Se fue al baño, se frotó con jabón, se vio varias
veces. «¿Se me puso prieto?». Otra enjabonada. Sus ojos parecían habérsele
pigmentado, todo lo veía oscuro. Juraría que sus pupilas, sus ojos, sus canicas
blanquiazules se le habían metamorfoseado. Se enjabonó por última vez y se fue.
«Here, you, greaser». Le echó al suelo un par de papeles, como dos huesos
roídos a una perra. Ella, como india acosada, se quedó por un rato acurrucada.
Vio los dos billetes, los contempló y les disparó un gargajo. «¡Qué se cree ese
pinche gringo! ¿Que yo soy una puta, una perra? Trabajo como sé, con dignidad».
Se enderezó, se puso delante del espejo ¡y se contempló!... Se creyó soberbia,
bien hecha, apetecible. «¿Qué se cree ese cabrón de gringo? Lo que pasa es que
lo parió su marrana madre anímico, albino, a la sombra».
Por eso no le había contestado a su esposa. Simplemente le dijo: «Nothing. Go to sleep!». Contaminar
a su esposa pedigree, no podía ser. La naturaleza así lo dispuso. La
contaminación significaba regresión. «Si yo lo hubiera hecho», se decía,
«quizás hubiera contaminado las cosas, quizás hubiera salido una criatura
híbrida, quizás... Se le ahogó el pensamiento en la garganta, en el cerebro. Le
daban vahídos, le entraban ganas de vomitar. De pronto le asaltó el recuerdo:
«Aquel marrano, en el asiento de atrás, que tenía la mano derecha puesta en el
muslo de aquella jovencita de ojos azules y pelo de oro. Aquel marrano la habrá
contaminado ya. Se habrán tendido, se habrán juntado, se habrán contamin... ¡No
puede ser!». Se le escapó el grito.
—Wake up, darling, —le dijo la esposa de ojos azules.
—I'm not
asleep.
—Then, what
seems to be the trouble?
—That
marrano.
—What?
—That Mexican
greaser is prostituting our purity.
—Nonsense.
—Nonsense?
How would you like that greaser to come to my house and...
Una corriente eléctrica le pasó por el cuerpo. Sentía la sien
palpitar y todo su mecanismo salirse de quicio, descoyuntarse. «Imposible de
toda imposibilidad. Eso va contra la Naturaleza. Además ,
para algo tengo yo mi uniforme, mi pistola. Para salvaguardar el honor impuesto
por la Naturaleza ».
Y añadió: «Hijo de su chingada y marrana madre. Si algún mantecoso se acerca a
mi puerta le vuelo los tanates y todo lo que con ellos va!».
Esa noche no pudo dormir. Se levantó temprano. Encendió la
luz. Se hizo una taza de café y se la trajo para la cama. Se sentó en la
orilla, junto al cuerpo de su esposa, que reposaba como un pan recién salido
del horno. Parecía una Magdalena, con el pelo caído por el hombro, como
sortijas de oro sobre los senos. Vio que uno de los pechos se asomaba por entre
la cabellera rubia. De nácar era, rematado por un pezón rosado, semejando a un
botón que va a reventar en flor, en rosa. «¡Qué diferencia!», se dijo. «¡Qué
diferencia si despacio y atentamente se ven y se comparan las cosas! Aquélla
que me contaminó y ésta a quien no quiero contaminar. Esta no necesita
enjabonarse, frotarse. No está contaminada. Es casi una virgen. Qué felicidad,
duerme como un ángel... Y aquella otra..., contaminada. Se le habrán puesto las
chiches prietas. Sus ojos verán turbio. Dará a luz un monstruo de la Naturaleza. Puerca ,
marrana, cochina». Mientras devanaba estos pensamientos, le daba sorbos al
café. De vez en cuando clavaba la pupila azul en la taza. Lo veía todo oscuro,
una balsa de agua mugrosa. Le gustaba, le fascinaba, se le iba la pupila, la
enterraba en ese pozo misterioso, enlodado, sin fondo. De repente se acordó de
aquella noche, en el otro lado. «Ahí perdí yo el color de nácar, el color
rosado, puro rosa. ¡Maldigo mi juventud y toda esa ralea de puercas, cochinas,
marranas putas! ¡Ahí las ponen para que nuestros jóvenes se enloden y
contaminen a nuestros ángeles puros, a nuestra raza, pues!». Se levantó y, con
furia, tiró al suelo la taza que todavía tenía café en el culillo. Los ojos se
le abrieron y quedó como extasiado al ver que la alfombra de su pieza se había
teñido de café. «¡Sacrilegio!», exclamó. Trajo una esponja y agua con jabón.
Frotaba y la mancha no salía, se extendía. Se creyó loco. «¡Hasta mi propia
alcoba se ha contaminado! ¡Es una plaga! ¡El café me sigue, me persigue, no me
quiere dejar en paz, me acosa, me ahoga, me vuelve loco!».
Se vistió rápidamente y, dándole un beso en la mejilla, se
despidió de su esposa que aún seguía dormida. Sin echar cerrojo, y sin darse
cuenta, dejó la puerta entornada. Puso el carro en marcha, y se fue. No se
maliciaba que su ángel recibiría visita esa mañana.
Llegó al trabajo, como siempre. Por debajo del gorro le
asomaba la nariz de fresón:
—Citizens of?
—USA
—Any
documentation?
—...
—Go ahead...!
Ese día parecía un robot. Un robot mal ajustado. Sentía golpes
en la sien. Las piernas le temblaban. Los dedos de la mano derecha no acertaban
con las teclas de la calculadora. Estiró la mano. La puso delante de sus
narices. La contempló por un rato. Trataba de serenarla. Le temblaba. La miraba
de hito en hito. No la podía controlar. Se creyó que no era suya, que
pertenecía a otro ser, que era entidad aparte. No podía comprender que esos
dedos, que esa penca que tenía delante hubiera sido el instrumento con que
había hecho tantas cosas. Que ese miembro casi ajeno hubiera tocado colores tan
distintos, curvas, melenas... «Si esta mano, de quien quiera que sea», se decía,
«fue capaz de tocar cosas tan dispares y de desnaturalizarse de esta manera, es
capaz de cualquier cosa». Y en el mismo momento notó que, con tranquilidad y
sin esfuerzo, se iba bajando lentamente hacia la cacha derecha. Los cinco
tentáculos se ensortijaron a la 30—30. Se sintió hombre, digno, honrado otra
vez.
Eran ya las cuatro y se volvía taciturno a casa. El relevo lo
notó raro. No había dicho, como de costumbre, «no te olvides de azuzar el ojo».
La puerta todavía estaba sin llave. Entró en la casa y se sentó... Serían como
las seis y media cuando alguien, al parecer extraño, llamó a la puerta. Como
robot salió Roy, dio unos pasos, las patas de la araña se bajaron a la altura
de la cintura, se enroscaron en las cachas y se oyó un tiro. Los vecinos rodearon
al muerto y, momentos después, salió la esposa.
—I think he's
a wetback.
—He's too
neatly dressed.
—He's our
neighbor.
—He's the one
going around with that blue—eyed girl.
—Look at
her..., she loves him...
—I told you
that something was going on between these two.
La esposa, que se había juntado al grupo, dejaba caer dos
lágrimas gruesas sobre el cuerpo del difunto, mientras el aduanero gritaba
despavorido: «He parado la contaminación. Don't you worry, all of you out there. I've saved the human race».
Ya se había puesto el sol. Roy, con los brazos abiertos,
notaba que todo se oscurecía ante sus ojos. Parecía avecinarse una tormenta
incontrolable. El horizonte se tornaba una enorme alfombra rojiza y purpurada,
cubierta de una mancha oscura, pardusca, tirando a café. La mancha crecía, se
dilataba de sur a norte, se acercaba lentamente hacia el oeste, hasta rodearlo
todo. Se cernía por todas partes, se colaba por las hojas de los árboles, de
los arbustos, de las plantas, hasta escurrirse como una mancha mantecosa por
las rendijas de la puerta de su casa.
*****
Ya en el manicomio, meses después, sus compañeros lo felicitaron porque
había sido padre. Una criatura de pelo lavado, ojos un tanto zarcos y un
cuerpecito acafetado. La madre le había puesto Lito. Todo había quedado
contaminado... consumado... ordenado.