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Sandra Souto Kustrín - Juventud e historia

Fuente y autoría:
HISPANIA, Revista Española de historia, 2.007, vol. LXVII
núm. 225, enero-abril, págs. 11-18, ISSN: 0018-2141.
Escrito por:
SANDRA SOUTO KUSTRÍN - Instituto de Historia del CSIC (España).

«Año tras año se siente cada vez más entre la juventud que todo lo existente ha fracasado, que todas las consignas que se dan son un engaño y un fraude», «la juventud está harta de explicaciones, promesas y frases; lo que quiere es que suceda, por fin, algo decisivo» - Ernst Fisher.

 «La edad de los «otros» importantes en relación con tu propia edad no es simplemente una cuestión de edad, sino de raza, nacionalidad, clase y estatus social, sexo y un sinfín de otras variables. Pero el mundo es diferente para personas de diferente edad y generación incluso aunque tengan en común el género, la clase, la nacionalidad y la ocupación»  - Anselm Strauss.



Como indican las dos frases con que se inicia esta presentación, ni el creciente papel y la importancia cada vez mayor de los jóvenes en la Europa de entreguerras eran ignorados por los contemporáneos, ni la compleja interacción entre la edad y otras divisiones sociales fue negada por todos los científicos sociales. Pero ni la historiografía ha destacado lo primero hasta hace unas décadas, ni los sociólogos han abandonado una aproximación —fuertemente influida por interpretaciones puramente psicológicas de la adolescencia y por el funcionalismo parsoniano— que daba unas características únicas, comunes y universales a la adolescencia y a la juventud hasta prácticamente el mismo momento en que los historiadores descubrían a los jóvenes como un objeto de estudio muy importante para entender la edad contemporánea, cuando surge verdaderamente el fenómeno juvenil tal y como hoy lo conocemos. La juventud, como periodo de la vida de una persona en el que la sociedad deja de verle como un niño pero no le da un estatus y funciones completos de adulto es, como todo grupo de edad, una construcción social e histórica, porque su significado, desarrollo, forma, contenido y duración dependen del orden económico, social, cultural y político de cada sociedad, de su localización histórica y del modo en que cada grupo es construido en una sociedad. Aunque desde tiempos inmemoriales se ha hablado de juventud y se puede rastrear la existencia de grupos de jóvenes por consideraciones de edad desde las primeras civilizaciones de la Antigüedad, como Grecia y Roma, y, especialmente, durante el Antiguo Régimen, la amplitud de sus límites cronológicos, su importancia numérica y, sobre todo, su papel en la sociedad y en la política —y la percepción de su importancia por diferentes instancias sociales y políticas, como gobiernos, partidos políticos, sindicatos o confesiones religiosas— no tenían nada que ver con los que alcanzarían con la modernización. Por ello, se tiende a considerar que la concepción de los jóvenes como grupo social definido y con características propias, en su definición actual, se desarrolló en Europa entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Especialmente importante para esta evolución fueron las consecuencias de los cambios producidos por la modernización económica, social y política y el desarrollo del Estado moderno: las transformaciones de las relaciones laborales y de la forma de acceso a los oficios y profesiones o el aumento de la demanda de trabajadores no cualificados —normalmente jóvenes— como consecuencia de la industrialización; el establecimiento de un periodo de educación obligatoria que se fue ampliando con el paso del tiempo y que se hizo cada vez más importante para asegurar el acceso al trabajo y el mantenimiento del estatus social, al desaparecer la organización estamental de la sociedad; la creación de «ejércitos nacionales» a través del servicio militar obligatorio; la regulación del derecho de voto con el desarrollo de los sistemas liberales-democráticos; o el surgimiento de actividades de ocio que se dirigieron específicamente a un público juvenil. Aparecieron así toda una serie de instituciones y reglamentaciones que si bien, por una parte, aumentaron el periodo de dependencia de los jóvenes por consideraciones de edad, por otra, les dieron un perfil característico y facilitaron tanto su organización como su actuación de forma independiente. A pesar de que algunas de estas instituciones —como el ejército o la escuela— no eran nuevas, sí lo era su extensión a todos los estratos sociales. Por tanto, muchas de las «marcas» que fijan las fronteras contemporáneas entre niños, jóvenes y adultos no existían o estaban organizadas de forma diferente antes de lo que llamamos modernidad. Sin embargo, los jóvenes por consideraciones de edad no han formado nunca un todo homogéneo sino que han reflejado las divisiones económicas, sociales y políticas existentes en la sociedad. Además, el fenómeno que conocemos como modernización tuvo diferente ritmo y cronología en los distintos países. Todo esto hizo que el proceso de configuración de la juventud como grupo social tuviese también un ritmo distinto, no sólo en cada país, sino dentro de éstos, en el mundo urbano y en el rural, en las diferentes clases sociales y los géneros: la juventud surgió en primer lugar como un fenómeno urbano, masculino y de clases altas y medias. A lo largo de este proceso aparecieron asociaciones voluntarias, tanto dirigidas por los adultos como creadas de forma independiente por los mismos jóvenes, que organizaron a éstos en función de diferentes objetivos sociales, políticos, culturales o religiosos. Pero el origen y el papel de los llamados movimientos juveniles es muy variado: pueden ser el resultado de una organización sistemática y deliberada o pueden surgir de forma espontánea; pueden ayudar a integrar a la juventud en la sociedad y en el Estado, como muestran organizaciones tan diferentes como los Boy Scouts, la Hitlerjugend o el Komsomol, o pueden intentar cambiar más o menos radicalmente la sociedad y/o el Estado. Fue en el periodo comprendido entre las dos guerras llamadas mundiales cuando los jóvenes se convirtieron en un problema social y político, pero también fueron considerados el origen del futuro, los transformadores de la sociedad, como no lo habían sido antes. La Primera Guerra Mundial y sus consecuencias no influyeron en todos los que vivieron sus años formativos durante 1914-1918 por igual, pero todos fueron decisivamente influidos por ella, incluso en los países —como España— que no participaron en el conflicto bélico. La crisis de 1929 dio un «último» empuje al llamado «problema juvenil» y/o «conflicto generacional», debido a que los jóvenes fueron uno de los sectores más afectados, no sólo porque se vieron especialmente golpeados por el aumento del desempleo como consecuencia de dicha crisis, sino porque las respuestas a esta última les afectaron también directamente: por ejemplo, las familias retiraron a sus hijos de los centros de enseñanza; los gobiernos redujeron los presupuestos destinados a la educación; y cientos de jóvenes de clase media vieron peligrar su futuro profesional. En todo el continente, los diferentes sectores sociales y políticos mostraron un interés cada vez mayor por la juventud; las publicaciones y los discursos dirigidos hacia ella se multiplicaron; se produjo una politización cada vez mayor de los jóvenes; sus organizaciones crecieron como nunca antes y la juventud jugó un papel destacado, e incluso protagonista, en la conflictividad del periodo y en el desarrollo de nuevos movimientos políticos, como el comunismo, el fascismo o el nazismo. De ahí que haya considerado en otro sitio este periodo como el de la primera «gran oleada» de movilización juvenil en el mundo occidental, en contraposición a la valoración tradicional que destacaba la «novedad» de los movimientos juveniles de los años sesenta del siglo XX. Esta aparición de la juventud como un grupo claramente definido y como un problema social explica que el concepto de adolescencia surgiera en el ámbito académico a principios del siglo XX con la obra de G. Stanley Hall; que las primeras aproximaciones sociológicas al concepto de juventud se elaboraran en los años veinte de dicho siglo; o que fuera en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial cuando José Ortega y Gasset abordó por primera vez, aunque muy brevemente, el tema de las generaciones, concepto que cobraría importancia y sobre el que se desarrollarían las principales teorías existentes —la del mismo Ortega pero también la de Karl Mannheim— en el periodo de entreguerras. A partir de las obras de ambos investigadores se han destacado la adolescencia y la juventud como periodos clave en la adquisición de una identidad propia por parte de las generaciones. Pero este concepto se ha utilizado en el análisis histórico, político y sociológico con diferente significado: relaciones de parentesco, cohorte o grupo de edad, y etapa de la vida, entre otros. En general, la mayoría de los estudios sobre el «conflicto generacional» hablan de las relaciones entre personas de diferentes grupos de edad, como se hace en los distintos artículos de este monográfico. Los enfoques sobre la juventud han evolucionado ligados a la situación histórica, al papel de los jóvenes en la sociedad y a la misma evolución de los movimientos juveniles y de las teorías predominantes en cada momento en las ciencias sociales. El desarrollo de los estudios sociológicos e históricos sobre la juventud se vio favorecido por las grandes movilizaciones estudiantiles de los años 60 del siglo XX. Pero desde el funcionalismo parsoniano —dominante en la sociología en las décadas centrales de esa centuria— sólo se podían interpretar las culturas y las protestas juveniles como resultado de situaciones de anomia, de falta de unas normas consistentes para dirigir la conducta, en suma, como una situación anormal. Ha sido, por tanto, desde las investigaciones empíricas —históricas o con una importante base histórica—, desde las que más se ha avanzado en el estudio del surgimiento y desarrollo de la juventud como grupo social. Se han ido introduciendo cada vez más dimensiones histórico-sociales, como el género o la raza, considerando que la juventud como fenómeno social depende, más que de la edad, de la posición de la persona dentro de varias estructuras sociales, entre las que destacan la familia, la escuela, el trabajo o las cohortes; y de las instituciones públicas estatales que con su legislación alteran la posición de los jóvenes en estos grupos.