Por
circunstancias históricas, en
buena parte contingentes,
la república parece
definirse por oposición
a la monarquía.
También por circunstancias históricas,
más contingentes aún,
entre el principio
republicano (lo
que voy a
llamar y se
llama republicanismo) y
el liberalismo no
parece
darse oposición clara. Ambas cosas, la oposición
república-monarquía y la
congruencia o convergencia
de republicanismo y
liberalismo son, sin
embargo, más que cuestionables.
Una república, lo
que los griegos
llamaban una politeia,
no es, en
principio, más que
una comunidad política
bien gobernada. Bien gobernada significa
aquí dos cosas:
Primero, que en
ella el bien
común prima
sobre el bien privado, lo cual a su vez significa –y esto es
lo segundo– que
el gobernante no
gobierna en su
propio provecho sino
en el de
la comunidad. Que
el gobernante sea
uno o unos
pocos o todos
es, en cambio,
secundario.
Según esto, una
monarquía puede ser
no menos republicana
que una aristocracia
o una democracia.
Lo que no
puede darse es
que una
tiranía o una oligocracia sean republicanas.
Dicho esto, la
condenación del liberalismo
parece inevitable, ya que
el liberalismo se
define por la
primacía del bien
privado sobre el
bien
público.
Con lo que sigue, mi intención no es ni defender la monarquía
ni condenar el liberalismo
desde ese mismo
punto de vista
que es, según
lo
dicho, el punto
de vista de lo político como tal; mi propósito es, más bien,
hacer ver lo
cuestionable de tales
consideraciones generales. La
realidad
(esto es poco
menos que perogrullesco) es
más compleja que
nuestros conceptos de los
que, sin embargo,
no podemos prescindir
para
orientarnos en ella. Aquí
lo que hay que evitar es, en primer lugar, caer en
el realismo conceptual
de creer que nuestros conceptos son copia o reflejo
de la realidad;
pero, en segundo
lugar, hay que
evitar caer en
el otro
extremo, por lo demás no muy diferente del primero, de creer
que nuestros
conceptos
constituyen la realidad.
¿Hay modo de
evitar tanto el
realismo
como el constructivismo conceptual?
Esta pregunta queda
justificada por
la misma facilidad con que los conceptos, en sus diversos
usos, cambian al
parecer de significado:
según el punto
de vista, liberalismo
y republicanismo por
una parte, o
monarquía y república,
por otra, aparecen
unas
veces como opuestos,
otras veces como
compatibles entre sí. A la
vez, la
pregunta sobre si
hay un modo
de evitar los
extremos indicados, justifica
que mi exposición
vaya a terminar
con unas breves
reflexiones metodológicas o,
incluso, epistemológicas sobre
la relación entre
conceptos
abstractos y realidades
concretas, centradas esas
reflexiones en la
eterna
cuestión de los
universales y aplicada
esta cuestión al
campo de la
realidad histórica.
Antes, en el
grueso de mi
exposición, intentaré poner
de relieve la
ambivalencia del principio
republicano, es decir,
la ambivalencia de lo
que llamo republicanismo; ambivalencia que explica por qué a
pesar de su
irreprochable
ascendiente político, ese
principio haya sido
contestado
tantas veces en
la teoría y
en la práctica
tanto por el
liberalismo como por
el monarquismo, y no siempre sin razón.
Espero que, con
esto, quede claro
que la elección
de mi tema
no se
debe a la
posible picantería que
pudiera tener hablar
aquí sobre el
principio republicano. Mi
interés por el
republicanismo como principio
político
y más aún, por las
ambivalencias que ese principio entraña, se debe a algo
muy distinto. Desde
hace algún tiempo me vengo interesando por un tema
que pudiera llamarse
algo así como
«Riqueza y pobreza
en sentido
filosófico».
Desde que elegí
el concepto de
republicanismo es, creo,
evidente, sin peligro
de excesiva simplificación, que
así como el
liberalismo es una
ideología de la
riqueza, el republicanismo por
su parte,
puede ser considerado si no directamente como la ideología
de la pobreza,
de lo que
Platón hubiera llamado
el estado de
los cerdos, sí
en cambio,
como la ideología
que se opone
a todo lo
que pueda significar
lujo o
excesiva
riqueza. Esta es,
por lo menos,
la perspectiva desde
la que voy a
considerar
preferentemente el principio
republicano. Que se
trata de una
perspectiva
parcial es tan
indudable como que
se trata de
una perspectiva
central. Por lo demás, toda perspectiva es parcial, como lo
es también toda conceptualización.
El concepto mismo,
fuera del cual
no es posible
abordar la realidad, es parcial y, como tal, pobre. Los escolásticos y, antes
que ellos, Aristóteles,
decían que el
concepto no puede
ser falso; da
o no
da con la
realidad, o mejor,
da con la
realidad o no es concepto.
Un
concepto de nada
no es concepto.
En esto se
refugiaban los sofistas
para
afirmar que no
hay falsedad, que
todo lo que
se diga es
verdadero, que
todas las opiniones
valen. Pero si
el concepto no
miente, sí es
pobre.
Como en el
caso del republicanismo, en
su pobreza está
su fuerza. Todo
auténtico
republicano confía en
esa fuerza de
la austeridad. En
ella confiaba tanto
Catón contra César
como Savonarola frente
a los Medici,
y si
el máximo teórico
del republicanismo moderno,
Maquiavelo, algo tenía
que achacar a
Savonarola, no era
más que su
inseguridad al no
tener en
cuenta el porqué
decisivo de las
armas en defensa
precisamente de los
principios
republicanos. Lección que
bien aprendieron, no
en último lugar
de Maquiavelo mismo,
los exponentes posteriores
del republicanismo,
empezando por Harrington
en Inglaterra, pasando
por Jefferson en su
oposición a Hamilton en Norteamérica y terminando
provisionalmente por
Robespierre o Saint Juste en Francia.
Pero, como decía, el republicanismo en cuanto concepto no
es, ni más
ni menos pobre
que el concepto
de liberalismo (o de
monarquismo). Todo
concepto es pobre,
y en la
pobreza está su
fuerza. Su fuerza
reside en su
incapacidad de error.
Con el juicio,
es decir, con
las opiniones, ocurre
todo lo contrario,
es el reino
de la verdad
y del error.
Y en eso
reside su
debilidad. Pero su
debilidad es riqueza,
empezando por la
riqueza de
opiniones. Y la riqueza le viene más del error que de la
verdad. El error es
más rico que la verdad. Por lo menos más variado. Ya lo
decía Aristóteles:
hay sólo un
modo de dar
con la verdad
práctica, pero hay
muchos modos
de errar y
de desvirtuarse, muchos
modos de corrupción
–para utilizar un
lenguaje netamente republicano–.
No por casualidad,
los grandes campeones
del liberalismo en la
antigüedad, los sofistas,
eran a la
vez, los campeones
de la diversidad
de
opiniones, todas ellas
válidas o verdaderas.
Pero con la
alusión a la
semejanza entre el
liberalismo y sofística
caigo otra vez
en el peligro
del
partidismo, y del
partidismo republicano. A
la picantería a
la que aludí
antes se añadiría
ahora la frivolidad
de una exposición
aunque no fuera
más que con
ribetes subversivos. Nada
más fuera de
mi propósito y nada
más lejos de mi intención.
Sí, en cambio,
tengo que decir
que mi reflexión
sobre el principio
del
republicanismo,
o sobre el
republicanismo como principio,
se remonta a
una época en
la que no
sólo republicanismo y
liberalismo parecían coincidir
en buena parte.
También los términos
"monarquía" y "república" se
veían tarados por
una fuerte carga
ideológica que oscurecía
su significado
político.
Es bien conocido
que hubo tiempos
pasados en los
que declararse
republicano era declararse
enemigo de quien
se declaraba monárquico,
y
al revés. Creo no exagerar, por lo menos así se ve la
situación desde fuera,
si afirmo que
hoy día se
da un consenso
general que abarca
incluso a los
que tal vez se consideran republicanos en el sentido vulgar
del término. Lo
menos
significativo de la
pérdida de esta
ideología es, saliendo
ya de
España, que bajo
otras circunstancias históricas
igualmente recientes, el
sucesor del último
emperador habsbúrguico declinara
la oferta de la
corona de San
Esteban y no,
en cambio, por
lo menos en
principio, la
eventualidad de una
candidatura a la
mera presidencia de
la nueva república húngara. Este hecho resulta menos
sorprendente si se tiene en cuenta
que el Sacro
Imperio Romano-germánico del
que el Austro-húngaro era
sucesor tenía en sus orígenes una estructura republicana,
tomando ahora la
palabra república en su sentido propiamente político.
La diferencia entre
éste y el
sentido vulgar se
ve más claramente
aún
en los Estados
Unidos que, en
cuanto república presidencialista, tiene
una
estructura
monárquica. Y si
también encarnan el
principio republicano,
eso se debe
sobre todo al
contrapeso que al
presidencialismo oponen el
Senado y la
Cámara de representantes. La
tensión entre el
Congreso y el
presidente
refleja la existente
entre el republicanismo de
un Jefferson y el
federalismo, o sea,
el centralismo de
un Hamilton, principal
autor de los
Federalist Papers.
Por supuesto, el
caso de los Estados Unidos
y el de
Austria-Hungría
son, a pesar
de todo, muy
diferentes, y las
contingencias históricas hacen
que la temporal
disposición de un
Habsburgo a aceptar
la presidencia de
una república no resulte muy significativa.
Más significativo para mi propósito es otro hecho, también
reciente, o
son, más exactamente,
dos hechos relativamente
recientes ocurridos en un
país más distante
aún que los
países danubianos. Me
refiero a China.
Ambos hechos son significativos para
el republicanismo como
forma de
vida por encima de usos lingüísticos y de formas de
organización política.
No se ha
tenido suficientemente en
cuenta la curiosa
circunstancia
que las dos últimas revoluciones hayan comenzado antes en
China. Una de
ellas es la
revolución estudiantil que
tan radicalmente ha
cambiado el
clima vital en
Occidente, la otra
es la aún
más reciente revolución,
esta
vez totalmente pacífica, en los países de centroeste de
Europa. Como digo,
ambas se iniciaron
curiosamente en China.
A la revolución
estudiantil en
Occidente
precedió la mal
llamada revolución cultural
y a la
revolución
centroeuropea
precedió la trágicamente
fracasada en la
masacre de la
plaza de la Puerta del Cielo, Tiananmen.
Ya el cariz anticultural e iconoclasta de la llamada
revolución cultural
es prueba suficiente
de su republicanismo. Para
éste la política
es lo
primero y, en
caso de emergencia,
incluso lo único,
todo. En este
sentido
el
republicanismo lleva en
sí el germen
del totalitarismo. El
paso de
Rousseau a Marx, Lenin
y Stalin no
es necesario, pero
tampoco casual. El
republicanismo
no tolera, sin
más, esferas autónomas
de actividades
humanas como pueda
ser la cultura.
Los que hemos
vivido de cerca
la
revolución
estudiantil del 68
lo hemos podido
comprobar en una
multitud
de fenómenos. Cito de paso sólo uno: la insistencia con que
en los círculos
estudiantiles al caso
se intentaba lograr
para los representantes estudiantiles un mandato político general, no
restringido a cuestiones de grupo
particular. Las cuestiones
estudiantiles se consideraban
no sólo como algo
no desligado del interés público general sino como
estrictamente políticas,
lo mismo que
las cuestiones científicas.
Todo debía ser
tratado en la
asamblea general que,
en cualquier caso, enviaría
a los gremios
especializados
representantes con un
mandato imperativo y
no libre. Era un
microcosmos de lo que en proporciones mayores se estaba
llevando a cabo
en China y
poco después, en
una sola semana,
pero con especial
resonancia, en el edificio de la Ópera de París. La protesta
contra todo tipo
de
especialización, de que
vive la cultura,
era sobre todo
una protesta
contra la sociedad
burguesa, lo cual
conviene decir también
contra el
liberalismo. El mayor insulto contra los catedráticos era
llamarles liberales
de la... seguido
de las palabras
de Cambronne en
Waterloo. En el
caso de
China el llamado Mao-look remedado más o menos fielmente –hasta hoy–
en el Occidente
por los bluejeans,
era una demonstratio
ad occulos de lo
que estaba ocurriendo
(un colega chino
me decía después:
como Jomeini,
sólo que peor) y del ideal de uniforme e inexorable virtud
republicana.
A diferencia de
la revolución cultural,
la fracasada en
la plaza de
Tiananmen no era ni iconoclasta ni anticultural, lo que le
atrajo la simpatía
y el apoyo,
por lo demás
ineficaz, del mundo
liberal. Hay, sin
embargo, algo que manifiesta su inspiración republicana. Porque si
bien no violenta,
ese intento abortivo
de revolución era
–como toda revolución–
sí clamorosa. Y
contra lo que
los estudiantes más
clamorosamente protestaban era
contra la corrupción
de los gobernantes
alrededor de Deng
Xiao Peng,
que, sintomáticamente, ya vestían de traje y corbata.
La corrupción ha
sido siempre el
blanco contra el
que se han
dirigido
todas las revoluciones
republicanas, lo cual
equivale a decir,
sin más,
todas las revoluciones. Porque no hay revoluciones, por lo
menos políticas
que no sean
republicanas, y no
hay revolución que
no se haga
en nombre
de la virtud
contra la corrupción.
Y no por
casualidad el clamor
contra la
corrupción se elevó
en este caso
en un momento
en que los
esfuerzos de
los dirigentes chinos
iban encaminados a
lograr mediante la
apertura
paulatina hacia la
economía del mercado
una época de
prosperidad en un
país escindido por
el riguroso republicanismo de
Mao Tse Tung
y, en
especial por la
revolución cultural de
la juventud inspirada,
como es bien
sabido, por él mismo. En el caso de Mao, la revolución
cultural no era más
que un modo de llevar a cabo la revolución permanente. Este
es otro rasgo
–utópico, por supuesto–.
En el ejemplo
norteamericano a la
revolución
permanente in situ correspondía el mito de la marcha hacia
el oeste con las
fronteras en continuo avance.
Tenemos así, como
en una cáscara
de nuez, también
en los casos más
recientes,
claramente diseñado el
carácter ambivalente del
principio republicano. Por
una parte su
carácter destructivo y
retrógrado, por otra
su
carácter
eminentemente político. Porque
no se puede
decir que los
victoriosos estudiantes chinos que en los años sesenta atacaban a sus
profesores
con una brutalidad
aún mayor que
poco después lo
pudieron hacer sus
compañeros
occidentales de Berkeley,
Berlín y finalmente
de mayo del
68, sean en
todo equiparables a
los pacíficos y
trágicos estudiantes
revolucionarios
de junio del
89. Y, sin
embargo, ambos lo
hacían en
nombre del mismo
principio, con la
misma convicción de
estar luchando
contra la misma
desviación, es decir,
contra la enajenación
política. En
eso consiste, desde
la perspectiva republicana,
la corrupción propiamente
dicha. Corrupción significa aquí, por supuesto, también el
enriquecimiento
en perjuicio del (o, por lo menos de espaldas al) bien
común. Pero eso sólo
de una manera secundaria.
El
enriquecimiento contra el
que se dirige
el auténtico republicano
tiene un sentido
más amplio que
el simplemente pecuniario
y se refiere
a
todo lo que
pueda enajenar al
hombre de su
quehacer propiamente político, lo cual
significa enajenarle sin
más de sí
como animal político
que es. En
este sentido tan
rica y enajenante
es la cultura
como lo pueda
ser el dinero.
Cultura y dinero
van íntimamente unidos.
No sólo porque
con dinero pueden
subvencionarse orquestas y
demás. Por la misma
riqueza que entrañan,
dinero y cultura
traen consigo el
peligro de dispersión
a que el
autor de la
Filosofía del dinero,
Georg Simmel, se
refería
en un artículo
que Ortega y
Gasset le publicó
en su Revista
de Occidente.
La cultura, necesaria
para que el
hombre se encuentre
a sí mismo,
amenaza en su deslumbrante proliferación con conseguir todo
lo contrario.
De ahí el título del ensayo de Simmel: Concepto y tragedia
de la cultura.
La corrupción que
sublevaba a los
trágicos estudiantes chinos
consistía, por una
parte, en los privilegios de que
gozaban los dirigentes y sus
clientelas.
Pero, por encima
de eso, consistía
en el hecho
de que con
esos
mismos
privilegios todos (tanto
los estudiantes, el
pueblo, como los
mismos
dirigentes) se veían
impedidos de cumplir
su función política;
los
primeros
impedidos plenamente de
cumplirla, los segundos
de cumplirla
plenamente. Era lo
mismo contra lo
que se sublevaban
también los iniciadores
de la revolución
centro-este-europea, con sus
diversos foros
republicanos
barridos pronto, bien
es verdad, por
la ola de
los que, en
número mucho mayor, más
que la virtud
republicana lo que anhelaban era
un confortable liberalismo burgués de corte consumista.
Que toda revolución
sea republicana quiere
decir –dada la
ambivalencia del republicanismo– que
más que una
vuelta, un giro,
hacia
adelante, toda revolución republicana es un giro hacia
atrás; como decía el
máximo exponente del
moderno republicanismo, el
Maquiavelo sobre
todo de los
Discursos a la
primera década de
Tito Livio: un
ridurre ai
principii. En ese
mismo espíritu Walter
Benjamin escribió que
en las
revoluciones –al contrario
de lo que
se podía pensar
a primera vista–
el
curso de la
historia no se
acelera sino que
se frena. También
en este
sentido, la huelga general del 14 de diciembre del 87, en
España, fue en su
intento de frenar
un auge económico
que a muchos
parecía desenfrenado,
un conato de
revolución, una minirrevolución manifiestamente republicana.
El
republicanismo está en
la base si
no de todo
el pensamiento platónico
sí de su mayor
parte. Para poner
un ejemplo fuera
de la política:
en
El Banquete, archirrepublicano, Platón señala la diferencia
entre el amor a
la belleza en
general, semejante a
un océano donde
cada cosa, cuerpo
o
institución
bella es como
una gota indistinta
de otra, y
el amor a
cosas, o cuerpos o instituciones
bellas. Quien se
haya elevado al
primer tipo de
amor, dice Diotima, "ya no querrá amar, como un
esclavo, la belleza de un
muchacho
particular o de
una persona particular
o de una
serie de
costumbres y ser
así su esclavo,
algo despreciable y sin importancia" (210
c-d). El republicanismo tiene
claras connotaciones religiosas
de las que su
antípoda el liberalismo
carece. El discurso
de Diotima termina
así: "¿Qué
piensas que ocurriría
si alguien llegara
a contemplar la
belleza misma,
pura, sin mezcla,
sin toda esa
morralla de carne
humana y demás
cosas
mortales?
¿Piensas que la
vista de quien
la pudiera ver
sería miserable... y
no más bien divina e inmortal?" (210 e-212 a,
abreviado). Parece estar uno
leyendo los últimos
pensamientos de Saint
Just llenos de
desprecio para
los que pronto
le iban a
llevar al patíbulo
a sus 28
años. Por lo
demás, el
republicanismo
converge tendencialmente tanto
con lo político
en general
como con la
democracia directa, y
en este último
sentido, Platón es
todo
menos
republicano, pero tampoco
por eso liberal.
Su antípoda, el
liberalismo que en
Grecia adquirió la
forma de una
democracia directa,
tiende correspondientemente, no sólo con su filosofía de
laisser faire, a un
estado débil, sino
más radicalmente, a
la sustitución de
la política por la
economía. Por economía
se entiende aquí,
otra vez, no
tanto lo
relacionado con el
dinero. Después de
todo, tampoco la
política puede
vivir sin este
nervus rerum como,
en general, todo
lo relacionado con la
vida privada, con
el oíkos, con
la casa. Toda
la polémica de
Carl Schmitt
contra el liberalismo
está basada en
esa sustitución de
la política por la
economía que equivale
a la sustitución
de lo público
–incluida la guerra–
por lo privado.
La guerra es
más connatural que
la paz con
el republicanismo. En la
guerra
normalmente se produce
una movilización general
la cual impide,
en principio, que
nadie se pueda
ocupar, como en
la paz, sin
más de unos
negocios
privados. Pero incluso
en la paz,
el republicano tiene
que estar
dispuesto para la
guerra. Al revés
que el burgués,
que lo que
intenta es
precisamente
impedir esa movilización
general. Y lo
consigue mediante
un ejército permanente
profesional que le
permita no ya
sólo en la
guerra,
sino incluso también
en la paz,
dedicarse por completo
a sus propias
ocupaciones
tanto pecuniarias como,
por ejemplo, culturales.
Lo cual, sin
impedimento
alguno, no le
es posible al
auténtico republicano, ni
siquiera
en la paz.
Porque el auténtico
republicano, es miembro,
por supuesto, no
de un ejército
profesional, pero sí
de una milicia
ciudadana que le
obliga
también en tiempos
de paz a
abandonar una y
otra vez sus
propias
ocupaciones y participar
en las maniobras
para el caso
de emergencia. Un rudimento de republicanismo se
encuentra hoy día
todavía en Suiza
simbolizado en el
fusil en el
armario de todo
ciudadano helvético, dispuesto
no sólo a
la guerra sino
a las continuas
maniobras hasta edades
bien avanzadas. No
por casualidad se
dan hoy día,
en una época
tan poco
propicia para el
republicanismo, tantas protestas
contra ese sistema.
El
republicanismo
mismo es un
relicto del pasado
en la vida
moderna, pero
un relicto necesario,
necesario en la
misma medida que
la política sea
imprescindible y la guerra irremediable.
El equivalente de
la diferencia que
hay entre pertenecer
a una milicia
ciudadana y mantener
un ejército profesional
es, en el
terreno civil, la
diferencia que hay
entre la dedicación
republicana a la causa común
y el
sistema liberal de
partidos políticos, el
cual significa un
intento de
profesionalización
de la política,
haciendo de ella
una especialidad. El
sistema de partidos
es, en efecto,
profundamente antirrepublicano. Un
partido es una
facción latente, y
la facción efecto
y causa, a
la vez, de la
corrupción
política. Al máximo
de corrupción se
llega, desde el
punto de
vista
republicano, cuando se
hace del partido
una profesión y
se impide al
funcionario del partido
tener una profesión
propia. Más que
antiliberal el
intento de profesionalizar la
política prohibiendo en
este caso el
doble
empleo es antirrepublicano. El
resultado es hacer
de la política
su
propiedad
privada. Por eso
el sistema electoral
proporcional es también
profundamente
antirrepublicano, ya que
permite más fácilmente
hacer de
la política su
profesión privada. Para
ello lo único
que se necesita
es
ganarse un lugar
suficientemente seguro en la lista
de candidatos del
propio partido. Es,
en una palabra,
el político como
funcionario. En
cambio, el sistema
electoral de mayoría,
con sus mayores
riesgos para
cada candidato, como
en Inglaterra, requiere
el respaldo, digamos,
de un
buen bufete que
llevarse a la
boca. Aquí, el
paradigma republicano –
antípoda del funcionario
político– es el
héroe romano Cincinatus,
a quien
la llamada a
la dictadura de emergencia le
encontró dos veces
arando y
que volvió también
dos veces a
sus campos tan
pronto el servicio
a la
patria ya no
le requería. No
en vano es
el nombre de
una ciudad en una
América de tantas reminiscencias republicanas.
En muchos casos
se puede establecer
una escala de
mayor o menor
cercanía o lejanía con respecto al principio republicano. La
milicia civil es
el ejército republicano
por excelencia, le
sigue el ejército
permanente
obligatorio; a éste
el ejército permanente
profesional, y a
éste –como el
más alejado de
todos– el ejército
mercenario, quintaesencia de la
corruzione
política. No por
casualidad Maquiavelo atribuía
la decadencia de las repúblicas
noritalianas, su abandono
a las potencias
extranjeras de
Francia y España,
al mercenarismo, causa
y efecto a
la vez del
auge
económico burgués.
Hoy día, el
desarrollo técnico hace
innecesario el ejército
de mercenarios. El mismo efecto
liberador para la economía se puede conseguir por
otros caminos. La
contundencia de las
armas atómicas permitía
reducir,
durante el período
de guerra fría,
las tropas convencionales y
reconducir
así fuerzas, en
otro caso pasivas,
para las necesidades
de la economía.
En
el Occidente liberal
ha sido éste
obviamente uno de
los motivos principales
detrás de la estrategia de
amedrantamiento. Con lo
cual, la lista
de
menor a mayor
lejanía con respecto
al principio republicano
(milicia
cívica, ejército obligatorio,
ejército profesional, mercenarios)
tendría que
ser completada ahora
con el ejército
no convencional, con
sus máximas
exigencias de profesionalidad.
Una gradación semejante
se puede establecer
en el terreno
económico. La economía
natural es la
más conforme al
espíritu republicano.
Cuando lo que
se intercambian son
productos naturales, el
peligro de
enajenamiento es menor que cuando se emplea una medida
artificial como
el dinero. La
diferencia estriba en
que el dinero
como tal no
tiene valor
consumptivo
alguno. Pero también
aquí hay diferencias.
Hay dinero y
dinero. Que la
moneda sea de
oro no es
lo mismo que
si es de
papel. Si
bien el oro
no es un
bien de consumo,
sí, en cambio
tiene, aunque no sea
más que por
su brillo o
su rareza, un
valor positivo, de
goce, de que en
principio carece el
papel. Con esto,
las posibilidades especulativas
aumentaban en la
medida de su
intrínseca artificialidad. El
crecimiento
económico ilimitado
–proscrito por el
republicanismo desde Aristóteles,
pero favorecido por
el liberalismo– puede
estar construido sólo
sobre el
papel. Elemento artificial
y elemento especulativo
alcanzan, sin embargo,
nuevas cotas con la institución
del crédito, por el que
se pueden poner
muchas
actividades en marcha
sin respaldo ni
tan siquiera de
papel
moneda. No por
casualidad, en una
época en que
los principios contrapuestos
del liberalismo y del republicanismo se
enfrentaron de la
manera más denodada
a lo largo
de la historia
moderna –me refiero
al
siglo XVIII en Gran Bretaña–, la creación del Banco de
Inglaterra fue uno
de los focos
más conspicuos de
esa lucha. En
ella cristalizó con
esplendor
literario la polémica
que desde hacía
tiempo se venía
ventilando entre el
partido de la
corte y el
partido de campo
y aldea, el
court party (liberal)
y
el country party
(conservador y republicano
en su sentido
más genuino).
Los exponentes más
conocidos, pero no
los únicos, de
esa polémica no eran otros que
los autores, por
una parte de
Robinson Crusoe y,
por otra,
de los Viajes de Gulliver.
En especial, Daniel Defoe fue, con
sus incisivos
panfletos, uno de
los más brillantes
propagadores de los
nuevos
principios,
antirrepublicanos por individualistas, promovidos
por la
política de los
whigs que hicieron
posible la revolución
industrial y
encontraron en Walpole
–para los que
añoraban la idílica
merry old
England símbolo máximo
o, al revés,
de corrupción política–
su más
eficaz promotor. Es la Inglaterra que empieza a cerrar con
sus empalizadas
(enclosures) el campo
cada vez más
al público en
general y a
disminuir el
número de sus
terrenos comunales (commons)
por otra parte
hoy todavía
existentes en el
mismo Londres; la
Inglaterra que un
siglo más tarde
hará
su aparición deslumbrante
en la primera
exposición universal de
Londres
que tanto impacto
haría en Baudelaire
y su concepto
de la modernidad:
el
triunfo de lo artificial sobre lo natural, de las múltiples
posibilidades sobre
las modestas realidades,
pero también de la ilusión
sobre la verdad,
el
triunfo, por decirlo con una sola palabra, del fetichismo.
Fetichismo es fundamentalmente sustitución:
del todo por
la parte, de
lo real por
lo imaginario, del
trueque natural por
el dinero, del
oro por el
papel, del pago
al contado por
el crédito, de
la cosa por
la imagen, del
valor de goce o consumición por el valor de cambio, del
significado por el
signo.
Lógicamente, el fetichismo
constituye una de
las piezas fundamentales de la crítica republicana de
Marx al capitalismo liberal.
En esa Inglaterra
antirrepublicana y liberal,
la dinastía de
Hannover
se alió con
la nueva nobleza
de los whigs
y la burguesía
en un alarde
de
riqueza
comercial y de
brillantez cultural de
la que la
música de Haendel
es un exponente
característico. La oposición
aristo-democrática de la
Inglaterra
tradicional de los
tories, a pesar
de considerarse a
sí misma
jacobita, era más
bien jacobina, por
lo menos por
lo que el
destronado
Jacobo II hubiera
podido tener de
absolutista y antirrepublicano. Se
trata
aquí de la
oposición del campo y de la aldea
contra una corte que, con sus
recursos, manipula
real o supuestamente
al parlamento a
través de los
whigs,
partidarios de la
guerra de los
siete años y
con ello de
un ejército
permanente, no republicano.
El burgués y
el nuevo whig
pueden seguir
enriqueciéndose a su
amparo, independientemente de que ese
mismo
ejército, del que ellos mismos, al revés que en la milicia cívica, no forman
parte, pueda constituir,
aún sin ser
mercenario, una amenaza
constante de
la cosa pública
y hacerse un día con
el poder –cosa,
por supuesto, que en
la Inglaterra del siglo XVIII no llegó a ocurrir como en la
antigua Roma al
final de la república–.
Ese es el mundo que se ha impuesto, el mundo de César contra
Catón,
de Carlos I
contra los comuneros,
de la Castilla
surgida de esa
lucha
contra el Aragón de las libertades que tanto impidieron a un
Conde-Duque
de Olivares luchar
de igual a
igual contra la
Francia de Richelieu
y Luis
XIV; el triunfo de estos dos contra hugonotes y frondistas;
del federalismo
de Hamilton contra
el republicanismo de
Jefferson; del rey
burgués
("enriquecéos") contra el tradicionalismo de un Maistre
o De Bonald.
Hoy día, ni
tan siquiera los
socialistas, sucesores del
republicanismo,
no ciertamente de
Montesquieu, pero sí
de Rousseau y
de Marx, son ya
auténticos
republicanos. Los únicos,
los pocos republicanos
dignos de ese
nombre que quedan
son, en efecto,
los tradicionalistas. Por
eso no es de
extrañar ver encarnado
el más puro
espíritu republicano en
el teórico
español de la
política probablemente más
clarividente y probablemente
más reaccionario de
todos, en Donoso
Cortés. "Obsérvese señores...
–se
lee en su
discurso de 1849
sobre la Dictadura–
cómo con la
corrupción va
creciendo el gobierno.
Llegan los tiempos
feudales (...) y
así se establece
la monarquía feudal,
la más débil
de todas las
monarquías (...). Llega
el
siglo XVIII (...).
Las monarquías feudales
se hacen absolutas
(...) ¿y qué
nueva
institución se creó?
La de los
ejércitos permanentes, y
¿sabéis
señores –continúa Donoso–
lo que son
los ejércitos permanentes?
Para
saberlo basta saber
lo que es
un soldado, un
soldado, o sea
un mercenario
–añado yo– es
un esclavo con
uniforme (...) y pasa
más allá. No
bastaba a
los gobiernos ser
absolutos (...). ¿Qué
nueva institución sería
entonces?
Los gobiernos dijeron
“tenemos un millón
de brazos, y
no nos bastan;
necesitamos más, necesitamos
un millón de
ojos” y tuvieron
la policía y
con la policía un
millón de ojos (...) A los gobiernos, señores, no les bastó
tener un millón
de brazos, no
les bastó tener
un millón de
ojos, quisieron
tener un millón
de oídos, y
los tuvieron con
la centralización administrativa (...).
Los gobiernos dijeron
(...) necesitamos más:
necesitamos
tener el privilegio
de hallarnos en todas partes.
Y lo
tuvieron, y se inventó
el telégrafo".
He citado por
extenso, aunque abreviado,
este texto que
ustedes
conocerán mejor que
yo, por dos razones: primero por ser
un texto clásico
del
republicanismo con una
mezcla de aversión
frente al progreso
técnico
y de clarividencia
política; segundo porque,
a pesar de
todo, parece
contradecir algunas de
mis afirmaciones anteriores.
Primero un texto
clásico: no menos
que al liberalismo
burgués, el republicanismo se
opone
a la monarquía
absoluta en cuyo
seno aquél se
fue fraguando, tanto
en
Francia como también
en la Inglaterra
subsiguiente a la
revolución gloriosa hasta la
Reform Bill de
1832. Las investigaciones de
Jonathan
Clark han puesto
bien de relieve,
aunque sólo veladamente,
su carácter
absolutista e incluso
teocrático: un estado
de la Iglesia,
cuya cabeza era el
Rey antes que
con la Reform
Bill se pasara
a una iglesia
del Estado.
Cuanto más se
le aliena de
la política y
se la libera
del servicio militar,
tanta más riqueza
puede crear la
burguesía. Como contraste,
el republicanismo aparece en Donoso
como una formación política preabsolutista
y
precapitalista. Hasta ahí
ninguna contradicción. Lo
que en este
texto
clásico sí parece
contradecir mi explicación
–y esto es
lo segundo– se
relaciona también con el problema de la acumulación de
poder.
La crítica republicana
al liberalismo burgués
–decía antes– se
centra
en que éste
intenta reducir no
ya sólo el
Estado a un mínimo
sino también
substituir en lo
posible la política por la economía. El texto de Donoso, en
cambio, habla de
un aumento de
gobierno como consecuencia
de la
monarquía absoluta y de la burguesía liberal y profetiza así
la época de los
totalitarismos a los que por esos caminos se va a llegar con
la ayuda de las
técnicas de comunicación;
no como la
consecuencia de un
republicanismo
que llevara al extremo su exigencia de máxima politización.
Hay en esto
último, en efecto,
cierta discrepancia que,
sin embargo,
no impide que
ambos puntos de
vista sean verdaderos.
Es evidente, por
una parte, que tal y
como hizo su aparición en la primera mitad de nuestro
siglo, el totalitarismo
no es posible
sin un alto
grado de progreso
técnico
que el republicano
Donoso presiente y
rechaza; pero, por
otra parte, es
también evidente que
la imposibilidad de
separar Estado y
sociedad,
propia del republicanismo, pero
no del absolutismo
ni del liberalismo,
hacen de aquél
un terreno abonado
para el totalitarismo, por la
politización de todos los aspectos de la vida que trae
consigo.
La discrepancia sigue,
pues, en pie.
Sin embargo, no
hay por qué
eliminarla ni eludir
el reto metodológico
y epistemológico que
encierra.
Estamos, otra vez,
ante la cuestión
de los universales
sobre los que
anuncié al principio unas breves consideraciones finales.
¿No es el
republicanismo más que un nombre
que, según se
interprete, significa una cosa u otra, manifiesta en un caso su
parentesco con el
liberalismo y en
el otro su
oposición frente a
él? ¿Se reduce
la llamada
realidad a las
interpretaciones que demos
de algo que
no existe sin
ellas?
¿Es todo, como
según Nietzsche, interpretación? ¿O
es el republicanismo
más bien un
concepto al que
corresponde en la
realidad algo bien
definido? En ese
caso, las discrepancias
sobre su significado
no serían sino producto de
un análisis imperfecto
y el trabajo
de conceptualización
tendría que ir dirigido a eliminarlas; a dar la razón a una
sola de las teorías
discrepantes o a buscar una tercera mejor que las dos.
En estos términos, el problema, a mi modo de ver, está mal
planteado,
y su mal
planteamiento se debe
a una falsa
idea de lo
que significa
conceptualizar.
Esa falsa idea,
de ascendencia vulgar
platónica, digamos
platonística,
conduce a la
teoría del concepto
como copia de
la realidad.
Su máximo representante
es Duns Escoto.
La teoría se
basa en lo que
Escoto llama distinción
formal a partir
de la cosa
misma. Según la
distinctio
formalis a parte
rei en la
realidad están ya
dadas las mismas
formalidades o estructuras
que constituyen las
notas del concepto,
de
modo que éste
no tiene sino
que reflejarlas. Un
eco tardío de
esta fatal
concepción es la
teoría del lenguaje
como copia de
la realidad en el
Tractatus
de Wittgenstein (Abbildungstheorie o picture theory).
La reacción contra
tales teorías lleva
al nominalismo. Contra
el
realismo
conceptual de Escoto
se levanta el
nominalismo conceptual de
Ockham y contra
el realismo lingüístico
del Tractatus, el
nominalismo
lingüístico de las
Investigaciones filosóficas del
mismo Wittgenstein.
Según éstas, el concepto no es más que la capacidad de usar
correctamente
una palabra en
un lenguaje determinado.
Es la teoría
de la significación
como uso
o praxis lingüística
(use theory of
meaning, Bedeutung als
Gebrauch). El republicanismo no
sería entonces un
fenómeno históricamente
detectable. Sería en todo caso como un conjunto abierto de rasgos
indefinibles
comparables al aire
de familia, de
los que haríamos
uso de
acuerdo, no tanto
con una realidad
subyacente que los
mostrara como con
nuestras
posibilidades de comunicación,
de supervivencia o
de supervivencia en virtud de la
comunicación.
A mi modo
de ver se pueden evitar
ambos extremos –el
realismo
conceptual y el
nominalismo pragmatista– con
tal de no
partir de la
abstracción o conceptualización como
copia pasiva de
la realidad sino
como
esfuerzo activo por
comprender una realidad
cuyas propiedades no son
susceptibles de
mera reproducción o representación... pero tampoco meras
construcciones
nuestras, ordo et
connexio rerum non
est idem ac
ordo et
connexio idearum, tampoco con respecto a las realidades
históricas.
Lo importante es
distinguir aquí entre
parte y propiedad,
como ya lo
hizo Aristóteles contra
el platonismo vulgar.
Si una mesa
tiene una
superficie blanca, la
superficie blanca es una parte de la mesa, y la pintura
que le hace
tener esa superficie
blanca es una
parte de la
llamada superficie. Pero su
propiedad de ser
blanca, su color,
no es una
parte de la
parte de la
mesa llamada superficie,
ni tan siquiera
una parte de
toda la
mesa. Aquí Wittgenstein,
curiosamente, coincide con
Aristóteles, al
distinguir entre el
latín "color" y
el latín "pigmentum". "Color" es una
propiedad,
"pigmentum" una parte.
Los conceptos captan
no partes sino
propiedades (también por
cierto la propiedad
de tener partes,
que no es lo
mismo que las
partes). Y cada
propiedad, a diferencia
de la parte,
es la
cosa misma, toda la cosa, en uno de sus múltiples aspectos.
Una propiedad
no se puede
preparar como se
prepara anatómicamente un
cadáver,
separando un órgano
de otros, o
como en la
minería se habla
de preparación mecánica
al referirse a
la separación de
la mena con
respecto a la
ganga. Las propiedades
no se pueden
preparar en este
sentido como si
fueran distintas en la realidad a parte rei y no hubiera más
que prepararlas
mecánicamente.
Eso es lo
que pretendía la
doctrina de la
distinctio
formalis a parte
rei. Las propiedades
no son realmente distintas
unas de
otras sino idénticas
entre sí por ser idénticas a la cosa o
realidad de que se
trate. Distintas lo son sólo en la abstracción, o sea, en el
concepto, o como
decía
Aristóteles logoi (ratione).
Por eso yo
podría romper esta
mesa y
romper con sus
partes la ventana,
pero no con
su propiedad de
tener
partes, ni con
ninguna otra propiedad,
ni tan siquiera
con la propiedad
de
ser pesada. Y
lo que vale
para las realidades
físicas vale para
las históricas. El
republicanismo como constante
histórica no es
ni una realidad
de
por sí –el
hilo que va
supuestamente de un
extremo a otro
de la maroma,
para utilizar el
símil de Wittgenstein–
ni es una
vaga serie de rasgos de
familia unidos sólo
por el uso
correcto de una
palabra. Ni en
realidad se
reduce a una
sola interpretación, ni sus
múltiples interpretaciones posibles
son plenamente definibles o aceptables; pero tampoco depende
de nuestras
convenciones
pragmáticas el aceptarlas
o rechazarlas, y
su margen de
variabilidad,
por más que
ellas sean indefinibles,
no es ilimitado,
puesto
que también la
realidad histórica se
ha formado con
anterioridad a
nuestras teorías
sobre ella. El concepto no miente, pero no es más que una
abstracción, no una
copia fiel de
la realidad, cosa
imposible. De ahí la
necesidad de una
continua investigación y
reflexión también sobre
las
realidades
históricas. Porque aunque
ya hayan pasado,
nunca pueden
conocerse de una
vez. En cada
una de ellas,
por ejemplo, en
el republicanismo, está
incluida si no,
ciertamente, toda la
realidad (eso sería
pragmatismo holístico u
holismo pragmatista) sí
siempre una realidad
mayor que la
propiedad de que
se trate en
cada caso (republicanismo o lo
que sea), es
decir, una realidad
que no se
agota en esa
propiedad a pesar de identificarse (contingentemente) con
ella. Igual que
en la propiedad
de
una mesa de ser blanca está incluida toda la mesa.
En el conocido
libro de Alaistair
McIntyre After Virtue
se lee: "La
oposición fundamental se da entre el individualismo burgués
en cualquiera
de sus versiones y la
tradición aristotélica". A esto opone Quentin Skinner
en el último
estudio Machiavelli and Republicanism
editado por él:
"Parte
del significado de la
tradición republicana analizada
en este volumen
sugiere que esta
dicotomía es falsa".
Mi punto de
vista (pobreza y
riqueza
en sentido filosófico)
sugiere, al contrario,
que la dicotomía
de McIntyre
es verdadera. Pero,
ni ésta es
del todo verdadera
ni su negación
del todo
falsa. Del todo
falso sería ante
esta situación decir
algo así como "¿en qué
quedamos?". Tal actitud resignativa se impone, en todo
caso, a la vista del
principio de tercio
excluso tal y
como lo entiende
la lógica moderna
(o
verdadero o falso),
pero no a
la vista del
genuino principio aristotélico
de
tercio excluso que
no dice sino
que de dos
proposiciones contradictorias
ambas no pueden ser falsas.