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Autor desconocido - Liberalismo y republicanismo, ensayos de filosofía política

Por  circunstancias  históricas,  en  buena  parte  contingentes,  la  república  parece  definirse  por  oposición  a  la  monarquía.  También  por  circunstancias  históricas,  más  contingentes  aún,  entre  el  principio  republicano  (lo
que  voy  a  llamar  y  se  llama  republicanismo)  y  el  liberalismo  no  parece
darse oposición clara. Ambas cosas, la oposición república-monarquía y la
congruencia  o  convergencia  de  republicanismo  y  liberalismo  son,  sin
embargo, más que cuestionables.
Una  república,  lo  que  los  griegos  llamaban  una  politeia,  no  es,  en
principio,  más  que  una  comunidad  política  bien  gobernada.  Bien  gobernada  significa  aquí  dos  cosas:  Primero,  que  en  ella  el  bien  común  prima
sobre el bien privado, lo cual a su vez significa –y esto es lo segundo– que
el  gobernante  no  gobierna  en  su  propio  provecho  sino  en  el  de  la  comunidad.  Que  el  gobernante  sea  uno  o  unos  pocos  o  todos  es,  en  cambio,
secundario.  Según  esto,  una  monarquía  puede  ser  no  menos  republicana
que  una  aristocracia  o  una  democracia.  Lo  que  no  puede  darse  es  que  una
tiranía o una oligocracia sean republicanas.
Dicho  esto,  la  condenación  del  liberalismo  parece  inevitable,  ya  que
el  liberalismo  se  define  por  la  primacía  del  bien  privado  sobre  el  bien
público.
Con lo que sigue, mi intención no es ni defender la monarquía ni condenar  el  liberalismo  desde  ese  mismo  punto  de  vista  que  es,  según  lo
dicho,  el  punto  de vista de  lo político como  tal; mi propósito es, más bien,
hacer  ver  lo  cuestionable  de  tales  consideraciones  generales.  La  realidad
(esto  es  poco  menos  que  perogrullesco)  es  más  compleja  que  nuestros conceptos  de  los  que,  sin  embargo,  no  podemos  prescindir  para
orientarnos en ella. Aquí  lo que hay que evitar es, en primer lugar, caer en
el  realismo  conceptual  de  creer  que nuestros conceptos son copia o  reflejo
de  la  realidad;  pero,  en  segundo  lugar,  hay  que  evitar  caer  en  el  otro
extremo, por lo demás no muy diferente del primero, de creer que nuestros
conceptos  constituyen  la  realidad.  ¿Hay  modo  de  evitar  tanto  el  realismo
como  el  constructivismo  conceptual?  Esta  pregunta  queda  justificada  por
la misma facilidad con que los conceptos, en sus diversos usos, cambian al
parecer  de  significado:  según  el  punto  de  vista,  liberalismo  y  republicanismo  por  una  parte,  o  monarquía  y  república,  por  otra,  aparecen  unas
veces  como  opuestos,  otras  veces  como  compatibles  entre  sí.  A  la  vez,  la
pregunta  sobre  si  hay  un  modo  de  evitar  los  extremos  indicados,  justifica
que  mi  exposición  vaya  a  terminar  con  unas  breves  reflexiones  metodológicas  o,  incluso,  epistemológicas  sobre  la  relación  entre  conceptos
abstractos  y  realidades  concretas,  centradas  esas  reflexiones  en  la  eterna
cuestión  de  los  universales  y  aplicada  esta  cuestión  al  campo  de  la
realidad histórica.
Antes,  en  el  grueso  de  mi  exposición,  intentaré  poner  de  relieve  la
ambivalencia  del  principio  republicano,  es  decir,  la  ambivalencia  de  lo
que llamo republicanismo; ambivalencia que explica por qué a pesar de su
irreprochable  ascendiente  político,  ese  principio  haya  sido  contestado
tantas  veces  en  la  teoría  y  en  la  práctica  tanto  por  el  liberalismo  como  por
el monarquismo, y no siempre sin razón.
Espero  que,  con  esto,  quede  claro  que  la  elección  de  mi  tema  no  se
debe  a  la  posible  picantería  que  pudiera  tener  hablar  aquí  sobre  el  principio  republicano.  Mi  interés  por  el  republicanismo  como  principio  político
y más aún, por  las ambivalencias que ese principio entraña, se debe a algo
muy  distinto.  Desde  hace  algún  tiempo me vengo  interesando por un  tema
que  pudiera  llamarse  algo  así  como  «Riqueza  y  pobreza  en  sentido
filosófico».  Desde  que  elegí  el  concepto  de  republicanismo  es,  creo,
evidente,  sin  peligro  de  excesiva  simplificación,  que  así  como  el  liberalismo  es  una  ideología  de  la  riqueza,  el  republicanismo  por  su  parte,
puede ser considerado si no directamente como la ideología de la pobreza,
de  lo  que  Platón  hubiera  llamado  el  estado  de  los  cerdos,  sí  en  cambio,
como  la  ideología  que  se  opone  a  todo  lo  que  pueda  significar  lujo  o
excesiva  riqueza.  Esta  es,  por  lo  menos,  la  perspectiva  desde  la  que  voy  a
considerar  preferentemente  el  principio  republicano.  Que  se  trata  de  una
perspectiva  parcial  es  tan  indudable  como  que  se  trata  de  una  perspectiva
central. Por lo demás, toda perspectiva es parcial, como lo es también toda conceptualización.  El  concepto  mismo,  fuera  del  cual  no  es  posible
abordar  la  realidad, es parcial y, como  tal, pobre. Los escolásticos y, antes
que  ellos,  Aristóteles,  decían  que  el  concepto  no  puede  ser  falso;  da  o  no
da  con  la  realidad,  o  mejor,  da  con  la  realidad  o  no  es  concepto.  Un
concepto  de  nada  no  es  concepto.  En  esto  se  refugiaban  los  sofistas  para
afirmar  que  no  hay  falsedad,  que  todo  lo  que  se  diga  es  verdadero,  que
todas  las  opiniones  valen.  Pero  si  el  concepto  no  miente,  sí  es  pobre.
Como  en  el  caso  del  republicanismo,  en  su  pobreza  está  su  fuerza.  Todo
auténtico  republicano  confía  en  esa  fuerza  de  la  austeridad.  En  ella  confiaba  tanto  Catón  contra  César  como  Savonarola  frente  a  los  Medici,  y  si
el  máximo  teórico  del  republicanismo  moderno,  Maquiavelo,  algo  tenía
que  achacar  a  Savonarola,  no  era  más  que  su  inseguridad  al  no  tener  en
cuenta  el  porqué  decisivo  de  las  armas  en  defensa  precisamente  de  los
principios  republicanos.  Lección  que  bien  aprendieron,  no  en  último  lugar
de  Maquiavelo  mismo,  los  exponentes  posteriores  del  republicanismo,
empezando  por  Harrington  en  Inglaterra,  pasando  por  Jefferson  en  su
oposición a Hamilton en Norteamérica y terminando provisionalmente por
Robespierre o Saint Juste en Francia.
Pero, como decía, el republicanismo en cuanto concepto no es, ni más
ni  menos  pobre  que  el  concepto  de  liberalismo  (o  de monarquismo).  Todo
concepto  es  pobre,  y  en  la  pobreza  está  su  fuerza.  Su  fuerza  reside  en  su
incapacidad  de  error.  Con  el  juicio,  es  decir,  con  las  opiniones,  ocurre
todo  lo  contrario,  es  el  reino  de  la  verdad  y  del  error.  Y  en  eso  reside  su
debilidad.  Pero  su  debilidad  es  riqueza,  empezando  por  la  riqueza  de
opiniones. Y la riqueza le viene más del error que de la verdad. El error es
más rico que la verdad. Por lo menos más variado. Ya lo decía Aristóteles:
hay  sólo  un  modo  de  dar  con  la  verdad  práctica,  pero  hay  muchos  modos
de  errar  y  de  desvirtuarse,  muchos  modos  de  corrupción  –para  utilizar  un
lenguaje netamente republicano–.
No  por  casualidad,  los  grandes  campeones  del  liberalismo  en  la
antigüedad,  los  sofistas,  eran  a  la  vez,  los  campeones  de  la  diversidad  de
opiniones,  todas  ellas  válidas  o  verdaderas.  Pero  con  la  alusión  a  la
semejanza  entre  el  liberalismo  y  sofística  caigo  otra  vez  en  el  peligro  del
partidismo,  y  del  partidismo  republicano.  A  la  picantería  a  la  que  aludí
antes  se  añadiría  ahora  la  frivolidad  de  una  exposición  aunque  no  fuera
más  que  con  ribetes  subversivos.  Nada  más  fuera  de  mi  propósito  y  nada
más lejos de mi intención.
Sí,  en  cambio,  tengo  que  decir  que  mi  reflexión  sobre  el  principio  del
republicanismo,  o  sobre  el  republicanismo  como  principio,  se  remonta  a
una  época  en  la  que  no  sólo  republicanismo  y  liberalismo  parecían  coincidir  en  buena  parte.  También  los  términos  "monarquía"  y  "república"  se
veían  tarados  por  una  fuerte  carga  ideológica  que  oscurecía  su  significado
político.
Es  bien  conocido  que  hubo  tiempos  pasados  en  los  que  declararse
republicano  era  declararse  enemigo  de  quien  se  declaraba  monárquico,  y
al revés. Creo no exagerar, por lo menos así se ve la situación desde fuera,
si  afirmo  que  hoy  día  se  da  un  consenso  general  que  abarca  incluso  a  los
que tal vez se consideran republicanos en el sentido vulgar del término. Lo
menos  significativo  de  la  pérdida  de  esta  ideología  es,  saliendo  ya  de
España,  que  bajo  otras  circunstancias  históricas  igualmente  recientes,  el
sucesor  del  último  emperador  habsbúrguico  declinara  la  oferta  de  la
corona  de  San  Esteban  y  no,  en  cambio,  por  lo  menos  en  principio,  la
eventualidad  de  una  candidatura  a  la  mera  presidencia  de  la  nueva  república húngara. Este hecho resulta menos sorprendente si se tiene en cuenta
que  el  Sacro  Imperio  Romano-germánico  del  que  el  Austro-húngaro  era
sucesor tenía en sus orígenes una estructura republicana, tomando ahora la
palabra república en su sentido propiamente político.
La  diferencia  entre  éste  y  el  sentido  vulgar  se  ve  más  claramente  aún
en  los  Estados  Unidos  que,  en  cuanto  república  presidencialista,  tiene  una
estructura  monárquica.  Y  si  también  encarnan  el  principio  republicano,
eso  se  debe  sobre  todo  al  contrapeso  que  al  presidencialismo  oponen  el
Senado  y  la  Cámara  de  representantes.  La  tensión  entre  el  Congreso  y  el
presidente  refleja  la  existente  entre  el  republicanismo  de  un  Jefferson  y  el
federalismo,  o  sea,  el  centralismo  de  un  Hamilton,  principal  autor  de  los
Federalist Papers.
Por  supuesto,  el  caso  de  los  Estados  Unidos  y  el  de  Austria-Hungría
son,  a  pesar  de  todo,  muy  diferentes,  y  las  contingencias  históricas  hacen
que  la  temporal  disposición  de  un  Habsburgo  a  aceptar  la  presidencia  de
una república no resulte muy significativa.
Más significativo para mi propósito es otro hecho, también reciente, o
son,  más  exactamente,  dos  hechos  relativamente  recientes  ocurridos  en  un
país  más  distante  aún  que  los  países  danubianos.  Me  refiero  a  China.
Ambos  hechos  son  significativos  para  el  republicanismo  como  forma  de
vida por encima de usos lingüísticos y de formas de organización política. 
No  se  ha  tenido  suficientemente  en  cuenta  la  curiosa  circunstancia
que las dos últimas revoluciones hayan comenzado antes en China. Una de
ellas  es  la  revolución  estudiantil  que  tan  radicalmente  ha  cambiado  el
clima  vital  en  Occidente,  la  otra  es  la  aún  más  reciente  revolución,  esta
vez totalmente pacífica, en los países de centroeste de Europa. Como digo,
ambas  se  iniciaron  curiosamente  en  China.  A  la  revolución  estudiantil  en
Occidente  precedió  la  mal  llamada  revolución  cultural  y  a  la  revolución
centroeuropea  precedió  la  trágicamente  fracasada  en  la  masacre  de  la
plaza de la Puerta del Cielo, Tiananmen.
Ya el cariz anticultural e iconoclasta de la llamada revolución cultural
es  prueba  suficiente  de  su  republicanismo.  Para  éste  la  política  es  lo
primero  y,  en  caso  de  emergencia,  incluso  lo  único,  todo.  En  este  sentido
el  republicanismo  lleva  en  sí  el  germen  del  totalitarismo.  El  paso  de
Rousseau  a Marx,  Lenin  y  Stalin  no  es  necesario,  pero  tampoco  casual.  El
republicanismo  no  tolera,  sin  más,  esferas  autónomas  de  actividades
humanas  como  pueda  ser  la  cultura.  Los  que  hemos  vivido  de  cerca  la
revolución  estudiantil  del  68  lo  hemos  podido  comprobar  en  una  multitud
de fenómenos. Cito de paso sólo uno: la insistencia con que en los círculos
estudiantiles  al  caso  se  intentaba  lograr  para  los  representantes  estudiantiles un mandato político general, no restringido a cuestiones de grupo
particular.  Las  cuestiones  estudiantiles  se  consideraban  no  sólo  como algo
no desligado del interés público general sino como estrictamente políticas,
lo  mismo  que  las  cuestiones  científicas.  Todo  debía  ser  tratado  en  la
asamblea  general  que,  en  cualquier  caso,  enviaría  a  los  gremios  especializados  representantes  con  un  mandato  imperativo  y  no  libre.  Era  un
microcosmos de lo que en proporciones mayores se estaba llevando a cabo
en  China  y  poco  después,  en  una  sola  semana,  pero  con  especial
resonancia, en el edificio de la Ópera de París. La protesta contra todo tipo
de  especialización,  de  que  vive  la  cultura,  era  sobre  todo  una  protesta
contra  la  sociedad  burguesa,  lo  cual  conviene  decir  también  contra  el
liberalismo. El mayor insulto contra los catedráticos era llamarles liberales
de  la...  seguido  de  las  palabras  de  Cambronne  en  Waterloo.  En  el  caso  de
China  el  llamado Mao-look  remedado más o menos  fielmente –hasta hoy–
en  el  Occidente  por  los  bluejeans,  era  una  demonstratio  ad  occulos  de  lo
que  estaba  ocurriendo  (un  colega  chino  me  decía  después:  como  Jomeini,
sólo que peor) y del ideal de uniforme e inexorable virtud republicana.
A  diferencia  de  la  revolución  cultural,  la  fracasada  en  la  plaza  de
Tiananmen no era ni iconoclasta ni anticultural, lo que le atrajo la simpatía
y  el  apoyo,  por  lo  demás  ineficaz,  del  mundo  liberal.  Hay,  sin  embargo, algo que manifiesta su inspiración republicana. Porque si bien no violenta,
ese  intento  abortivo  de  revolución  era  –como  toda  revolución–  sí  clamorosa.  Y  contra  lo  que  los  estudiantes  más  clamorosamente  protestaban  era
contra  la  corrupción  de  los  gobernantes  alrededor  de  Deng  Xiao  Peng,
que, sintomáticamente, ya vestían de traje y corbata.
La  corrupción  ha  sido  siempre  el  blanco  contra  el  que  se  han  dirigido
todas  las  revoluciones  republicanas,  lo  cual  equivale  a  decir,  sin  más,
todas las revoluciones. Porque no hay revoluciones, por lo menos políticas
que  no  sean  republicanas,  y  no  hay  revolución  que  no  se  haga  en  nombre
de  la  virtud  contra  la  corrupción.  Y  no  por  casualidad  el  clamor  contra  la
corrupción  se  elevó  en  este  caso  en  un  momento  en  que  los  esfuerzos  de
los  dirigentes  chinos  iban  encaminados  a  lograr  mediante  la  apertura
paulatina  hacia  la  economía  del  mercado  una  época  de  prosperidad  en  un
país  escindido  por  el  riguroso  republicanismo  de  Mao  Tse  Tung  y,  en
especial  por  la  revolución  cultural  de  la  juventud  inspirada,  como  es  bien
sabido, por él mismo. En el caso de Mao, la revolución cultural no era más
que un modo de llevar a cabo la revolución permanente. Este es otro rasgo
–utópico,  por  supuesto–.  En  el  ejemplo  norteamericano  a  la  revolución
permanente in situ correspondía el mito de la marcha hacia el oeste con las
fronteras en continuo avance.
Tenemos  así,  como  en  una  cáscara  de  nuez,  también  en  los  casos más
recientes,  claramente  diseñado  el  carácter  ambivalente  del  principio  republicano.  Por  una  parte  su  carácter  destructivo  y  retrógrado,  por  otra  su
carácter  eminentemente  político.  Porque  no  se  puede  decir  que  los  victoriosos estudiantes chinos que en los años sesenta atacaban a sus profesores
con  una  brutalidad  aún  mayor  que  poco  después  lo  pudieron  hacer  sus
compañeros  occidentales  de  Berkeley,  Berlín  y  finalmente  de  mayo  del
68,  sean  en  todo  equiparables  a  los  pacíficos  y  trágicos  estudiantes
revolucionarios  de  junio  del  89.  Y,  sin  embargo,  ambos  lo  hacían  en
nombre  del  mismo  principio,  con  la  misma  convicción  de  estar  luchando
contra  la  misma  desviación,  es  decir,  contra  la  enajenación  política.  En
eso  consiste,  desde  la  perspectiva  republicana,  la  corrupción  propiamente
dicha. Corrupción significa aquí, por supuesto, también el enriquecimiento
en perjuicio del (o, por lo menos de espaldas al) bien común. Pero eso sólo
de una manera secundaria.
El  enriquecimiento  contra  el  que  se  dirige  el  auténtico  republicano
tiene  un  sentido  más  amplio  que  el  simplemente  pecuniario  y  se  refiere  a
todo  lo  que  pueda  enajenar  al  hombre  de  su  quehacer  propiamente político,  lo  cual  significa  enajenarle  sin  más  de  sí  como  animal  político
que  es.  En  este  sentido  tan  rica  y  enajenante  es  la  cultura  como  lo  pueda
ser  el  dinero.  Cultura  y  dinero  van  íntimamente  unidos.  No  sólo  porque
con  dinero  pueden  subvencionarse  orquestas  y  demás.  Por  la  misma
riqueza  que  entrañan,  dinero  y  cultura  traen  consigo  el  peligro  de  dispersión  a  que  el  autor  de  la  Filosofía  del  dinero,  Georg  Simmel,  se  refería
en  un  artículo  que  Ortega  y  Gasset  le  publicó  en  su  Revista  de  Occidente.
La  cultura,  necesaria  para  que  el  hombre  se  encuentre  a  sí  mismo,
amenaza en su deslumbrante proliferación con conseguir todo lo contrario.
De ahí el título del ensayo de Simmel: Concepto y tragedia de la cultura.
La  corrupción  que  sublevaba  a  los  trágicos  estudiantes  chinos  consistía,  por  una  parte, en  los privilegios de que gozaban  los dirigentes y sus
clientelas.  Pero,  por  encima  de  eso,  consistía  en  el  hecho  de  que  con  esos
mismos  privilegios  todos  (tanto  los  estudiantes,  el  pueblo,  como  los
mismos  dirigentes)  se  veían  impedidos  de  cumplir  su  función  política;  los
primeros  impedidos  plenamente  de  cumplirla,  los  segundos  de  cumplirla
plenamente.  Era  lo  mismo  contra  lo  que  se  sublevaban  también  los  iniciadores  de  la  revolución  centro-este-europea,  con  sus  diversos  foros
republicanos  barridos  pronto,  bien  es  verdad,  por  la  ola  de  los  que,  en
número mucho mayor, más  que  la  virtud  republicana  lo que anhelaban era
un confortable liberalismo burgués de corte consumista.
Que  toda  revolución  sea  republicana  quiere  decir  –dada  la  ambivalencia  del  republicanismo–  que  más  que  una  vuelta,  un  giro,  hacia
adelante, toda revolución republicana es un giro hacia atrás; como decía el
máximo  exponente  del  moderno  republicanismo,  el  Maquiavelo  sobre
todo  de  los  Discursos  a  la  primera  década  de  Tito  Livio:  un  ridurre  ai
principii.  En  ese  mismo  espíritu  Walter  Benjamin  escribió  que  en  las
revoluciones  –al  contrario  de  lo  que  se  podía  pensar  a  primera  vista–  el
curso  de  la  historia  no  se  acelera  sino  que  se  frena.  También  en  este
sentido, la huelga general del 14 de diciembre del 87, en España, fue en su
intento  de  frenar  un  auge  económico  que  a  muchos  parecía  desenfrenado,
un  conato  de  revolución,  una  minirrevolución  manifiestamente  republicana.
El  republicanismo  está  en  la  base  si  no  de  todo  el  pensamiento  platónico  sí  de  su mayor  parte.  Para  poner  un  ejemplo  fuera  de  la  política:  en
El Banquete, archirrepublicano, Platón señala la diferencia entre el amor a
la  belleza  en  general,  semejante  a  un  océano  donde  cada  cosa,  cuerpo  o
institución  bella  es  como  una  gota  indistinta  de  otra,  y  el  amor  a  cosas,  o cuerpos  o  instituciones  bellas.  Quien  se  haya  elevado  al  primer  tipo  de
amor, dice Diotima, "ya no querrá amar, como un esclavo, la belleza de un
muchacho  particular  o  de  una  persona  particular  o  de  una  serie  de
costumbres  y  ser  así  su  esclavo,  algo  despreciable y sin  importancia"  (210
c-d).  El  republicanismo  tiene  claras  connotaciones  religiosas  de  las que su
antípoda  el  liberalismo  carece.  El  discurso  de  Diotima  termina  así:  "¿Qué
piensas  que  ocurriría  si  alguien  llegara  a  contemplar  la  belleza  misma,
pura,  sin  mezcla,  sin  toda  esa  morralla  de  carne  humana  y  demás  cosas
mortales?  ¿Piensas  que  la  vista  de  quien  la  pudiera  ver  sería miserable...  y
no más bien divina e inmortal?" (210 e-212 a, abreviado). Parece estar uno
leyendo  los  últimos  pensamientos  de  Saint  Just  llenos  de  desprecio  para
los  que  pronto  le  iban  a  llevar  al  patíbulo  a  sus  28  años.  Por  lo  demás,  el
republicanismo  converge  tendencialmente  tanto  con  lo  político  en  general
como  con  la  democracia  directa,  y  en  este  último  sentido,  Platón  es  todo
menos  republicano,  pero  tampoco  por  eso  liberal.  Su  antípoda,  el
liberalismo  que  en  Grecia  adquirió  la  forma  de  una  democracia  directa,
tiende correspondientemente, no sólo con su filosofía de laisser faire, a un
estado  débil,  sino  más  radicalmente,  a  la  sustitución  de  la  política  por  la
economía.  Por  economía  se  entiende  aquí,  otra  vez,  no  tanto  lo
relacionado  con  el  dinero.  Después  de  todo,  tampoco  la  política  puede
vivir  sin  este  nervus  rerum  como,  en  general,  todo  lo  relacionado  con  la
vida  privada,  con  el  oíkos,  con  la  casa.  Toda  la  polémica  de  Carl  Schmitt
contra  el  liberalismo  está  basada  en  esa  sustitución  de  la  política  por  la
economía  que  equivale  a  la  sustitución  de  lo  público  –incluida  la  guerra–
por lo privado.
La  guerra  es  más  connatural  que  la  paz  con  el  republicanismo.  En  la
guerra  normalmente  se  produce  una  movilización  general  la  cual  impide,
en  principio,  que  nadie  se  pueda  ocupar,  como  en  la  paz,  sin  más  de  unos
negocios  privados.  Pero  incluso  en  la  paz,  el  republicano  tiene  que  estar
dispuesto  para  la  guerra.  Al  revés  que  el  burgués,  que  lo  que  intenta  es
precisamente  impedir  esa  movilización  general.  Y  lo  consigue  mediante
un  ejército  permanente  profesional  que  le  permita  no  ya  sólo  en  la  guerra,
sino  incluso  también  en  la  paz,  dedicarse  por  completo  a  sus  propias
ocupaciones  tanto  pecuniarias  como,  por  ejemplo,  culturales.  Lo  cual,  sin
impedimento  alguno,  no  le  es  posible  al  auténtico  republicano,  ni  siquiera
en  la  paz.  Porque  el  auténtico  republicano,  es  miembro,  por  supuesto,  no
de  un  ejército  profesional,  pero  sí  de  una  milicia  ciudadana  que  le  obliga
también  en  tiempos  de  paz  a  abandonar  una  y  otra  vez  sus  propias
ocupaciones  y  participar  en  las  maniobras  para  el  caso  de  emergencia.  Un rudimento  de  republicanismo  se  encuentra  hoy  día  todavía  en  Suiza
simbolizado  en  el  fusil  en  el  armario  de  todo  ciudadano  helvético,  dispuesto  no  sólo  a  la  guerra  sino  a  las  continuas  maniobras  hasta  edades
bien  avanzadas.  No  por  casualidad  se  dan  hoy  día,  en  una  época  tan  poco
propicia  para  el  republicanismo,  tantas  protestas  contra  ese  sistema.  El
republicanismo  mismo  es  un  relicto  del  pasado  en  la  vida  moderna,  pero
un  relicto  necesario,  necesario  en  la  misma  medida  que  la  política  sea
imprescindible y la guerra irremediable.
El  equivalente  de  la  diferencia  que  hay  entre  pertenecer  a  una  milicia
ciudadana  y  mantener  un  ejército  profesional  es,  en  el  terreno  civil,  la
diferencia  que  hay  entre  la  dedicación  republicana  a  la  causa  común  y  el
sistema  liberal  de  partidos  políticos,  el  cual  significa  un  intento  de
profesionalización  de  la  política,  haciendo  de  ella  una  especialidad.  El
sistema  de  partidos  es,  en  efecto,  profundamente  antirrepublicano.  Un
partido  es  una  facción  latente,  y  la  facción  efecto  y  causa,  a  la  vez,  de  la
corrupción  política.  Al  máximo  de  corrupción  se  llega,  desde  el  punto  de
vista  republicano,  cuando  se  hace  del  partido  una  profesión  y  se  impide  al
funcionario  del  partido  tener  una  profesión  propia.  Más  que  antiliberal  el
intento  de  profesionalizar  la  política  prohibiendo  en  este  caso  el  doble
empleo  es  antirrepublicano.  El  resultado  es  hacer  de  la  política  su
propiedad  privada.  Por  eso  el  sistema  electoral  proporcional  es  también
profundamente  antirrepublicano,  ya  que  permite  más  fácilmente  hacer  de
la  política  su  profesión  privada.  Para  ello  lo  único  que  se  necesita  es
ganarse  un  lugar  suficientemente  seguro  en  la  lista  de  candidatos  del
propio  partido.  Es,  en  una  palabra,  el  político  como  funcionario.  En
cambio,  el  sistema  electoral  de  mayoría,  con  sus  mayores  riesgos  para
cada  candidato,  como  en  Inglaterra,  requiere  el  respaldo,  digamos,  de  un
buen  bufete  que  llevarse  a  la  boca.  Aquí,  el  paradigma  republicano  –
antípoda  del  funcionario  político–  es  el  héroe  romano  Cincinatus,  a  quien
la  llamada  a  la  dictadura  de  emergencia  le  encontró  dos  veces  arando  y
que  volvió  también  dos  veces  a  sus  campos  tan  pronto  el  servicio  a  la
patria  ya  no  le  requería.  No  en  vano  es  el  nombre  de  una  ciudad  en  una
América de tantas reminiscencias republicanas.
En  muchos  casos  se  puede  establecer  una  escala  de  mayor  o  menor
cercanía o lejanía con respecto al principio republicano. La milicia civil es
el  ejército  republicano  por  excelencia,  le  sigue  el  ejército  permanente
obligatorio;  a  éste  el  ejército  permanente  profesional,  y  a  éste  –como  el
más  alejado  de  todos–  el  ejército  mercenario,  quintaesencia  de  la
corruzione  política.  No  por  casualidad  Maquiavelo  atribuía  la  decadencia de  las  repúblicas  noritalianas,  su  abandono  a  las  potencias  extranjeras  de
Francia  y  España,  al  mercenarismo,  causa  y  efecto  a  la  vez  del  auge
económico burgués.
Hoy  día,  el  desarrollo  técnico  hace  innecesario  el  ejército  de  mercenarios. El mismo efecto liberador para la economía se puede conseguir por
otros  caminos.  La  contundencia  de  las  armas  atómicas  permitía  reducir,
durante  el  período  de  guerra  fría,  las  tropas  convencionales  y  reconducir
así  fuerzas,  en  otro  caso  pasivas,  para  las  necesidades  de  la  economía.  En
el  Occidente  liberal  ha  sido  éste  obviamente  uno  de  los  motivos  principales  detrás  de  la  estrategia  de  amedrantamiento.  Con  lo  cual,  la  lista  de
menor  a  mayor  lejanía  con  respecto  al  principio  republicano  (milicia
cívica,  ejército  obligatorio,  ejército  profesional,  mercenarios)  tendría  que
ser  completada  ahora  con  el  ejército  no  convencional,  con  sus  máximas
exigencias de profesionalidad.
Una  gradación  semejante  se  puede  establecer  en  el  terreno  económico.  La  economía  natural  es  la  más  conforme  al  espíritu  republicano.
Cuando  lo  que  se  intercambian  son  productos  naturales,  el  peligro  de
enajenamiento es menor que cuando se emplea una medida artificial como
el  dinero.  La  diferencia  estriba  en  que  el  dinero  como  tal  no  tiene  valor
consumptivo  alguno.  Pero  también  aquí  hay  diferencias.  Hay  dinero  y
dinero.  Que  la  moneda  sea  de  oro  no  es  lo  mismo  que  si  es  de  papel.  Si
bien  el  oro  no  es  un  bien  de  consumo,  sí,  en  cambio  tiene,  aunque  no  sea
más  que  por  su  brillo  o  su  rareza,  un  valor  positivo,  de  goce,  de  que  en
principio  carece  el  papel.  Con  esto,  las  posibilidades  especulativas
aumentaban  en  la  medida  de  su  intrínseca  artificialidad.  El  crecimiento
económico  ilimitado  –proscrito  por  el  republicanismo  desde  Aristóteles,
pero  favorecido  por  el  liberalismo–  puede  estar  construido  sólo  sobre  el
papel.  Elemento  artificial  y  elemento  especulativo  alcanzan,  sin  embargo,
nuevas  cotas  con  la  institución  del  crédito,  por  el  que  se  pueden  poner
muchas  actividades  en  marcha  sin  respaldo  ni  tan  siquiera  de  papel
moneda.  No  por  casualidad,  en  una  época  en  que  los  principios  contrapuestos  del  liberalismo  y  del  republicanismo  se  enfrentaron  de  la
manera  más  denodada  a  lo  largo  de  la  historia  moderna  –me  refiero  al
siglo XVIII en Gran Bretaña–, la creación del Banco de Inglaterra fue uno
de  los  focos  más  conspicuos  de  esa  lucha.  En  ella  cristalizó  con  esplendor
literario  la  polémica  que  desde  hacía  tiempo  se  venía  ventilando  entre  el
partido  de  la  corte  y  el  partido  de  campo  y  aldea,  el  court  party  (liberal)  y
el  country  party  (conservador  y  republicano  en  su  sentido  más  genuino).
Los  exponentes  más  conocidos,  pero  no  los  únicos,  de  esa  polémica  no eran  otros  que  los  autores,  por  una  parte  de  Robinson  Crusoe  y,  por  otra,
de  los Viajes de Gulliver. En especial, Daniel Defoe  fue, con sus  incisivos
panfletos,  uno  de  los  más  brillantes  propagadores  de  los  nuevos
principios,  antirrepublicanos  por  individualistas,  promovidos  por  la
política  de  los  whigs  que  hicieron  posible  la  revolución  industrial  y
encontraron  en  Walpole  –para  los  que  añoraban  la  idílica  merry  old
England  símbolo  máximo  o,  al  revés,  de  corrupción  política–  su  más
eficaz promotor. Es la Inglaterra que empieza a cerrar con sus empalizadas
(enclosures)  el  campo  cada  vez  más  al  público  en  general  y  a  disminuir  el
número  de  sus  terrenos  comunales  (commons)  por  otra  parte  hoy  todavía
existentes  en  el  mismo  Londres;  la  Inglaterra  que  un  siglo  más  tarde  hará
su  aparición  deslumbrante  en  la  primera  exposición  universal  de  Londres
que  tanto  impacto  haría  en  Baudelaire  y  su  concepto  de  la  modernidad:  el
triunfo de lo artificial sobre lo natural, de las múltiples posibilidades sobre
las  modestas  realidades,  pero  también  de  la  ilusión  sobre  la  verdad,  el
triunfo, por decirlo con una sola palabra, del fetichismo.
Fetichismo  es  fundamentalmente  sustitución:  del  todo  por  la  parte,  de
lo  real  por  lo  imaginario,  del  trueque  natural  por  el  dinero,  del  oro  por  el
papel,  del  pago  al  contado  por  el  crédito,  de  la  cosa  por  la  imagen,  del
valor de goce o consumición por el valor de cambio, del significado por el
signo.  Lógicamente,  el  fetichismo  constituye  una  de  las  piezas  fundamentales de la crítica republicana de Marx al capitalismo liberal.
En  esa  Inglaterra  antirrepublicana  y  liberal,  la  dinastía  de  Hannover
se  alió  con  la  nueva  nobleza  de  los  whigs  y  la  burguesía  en  un  alarde  de
riqueza  comercial  y  de  brillantez  cultural  de  la  que  la  música  de  Haendel
es  un  exponente  característico.  La  oposición  aristo-democrática  de  la
Inglaterra  tradicional  de  los  tories,  a  pesar  de  considerarse  a  sí  misma
jacobita,  era  más  bien  jacobina,  por  lo  menos  por  lo  que  el  destronado
Jacobo  II  hubiera  podido  tener  de  absolutista  y  antirrepublicano.  Se  trata
aquí  de  la  oposición del campo y de  la aldea contra una corte que, con sus
recursos,  manipula  real  o  supuestamente  al  parlamento  a  través  de  los
whigs,  partidarios  de  la  guerra  de  los  siete  años  y  con  ello  de  un  ejército
permanente,  no  republicano.  El  burgués  y  el  nuevo  whig  pueden  seguir
enriqueciéndose  a  su  amparo,  independientemente  de  que  ese  mismo
ejército, del que ellos mismos, al  revés que en la milicia cívica, no forman
parte,  pueda  constituir,  aún  sin  ser  mercenario,  una  amenaza  constante  de
la  cosa  pública  y  hacerse  un  día  con  el  poder  –cosa,  por  supuesto,  que  en
la Inglaterra del siglo XVIII no llegó a ocurrir como en la antigua Roma al
final de la república–.
Ese es el mundo que se ha impuesto, el mundo de César contra Catón,
de  Carlos  I  contra  los  comuneros,  de  la  Castilla  surgida  de  esa  lucha
contra el Aragón de las libertades que tanto impidieron a un Conde-Duque
de  Olivares  luchar  de  igual  a  igual  contra  la  Francia  de  Richelieu  y  Luis
XIV; el triunfo de estos dos contra hugonotes y frondistas; del federalismo
de  Hamilton  contra  el  republicanismo  de  Jefferson;  del  rey  burgués
("enriquecéos") contra el tradicionalismo de un Maistre o De Bonald.
Hoy  día,  ni  tan  siquiera  los  socialistas,  sucesores  del  republicanismo,
no  ciertamente  de  Montesquieu,  pero  sí  de  Rousseau  y  de  Marx,  son  ya
auténticos  republicanos.  Los  únicos,  los  pocos  republicanos  dignos  de  ese
nombre  que  quedan  son,  en  efecto,  los  tradicionalistas.  Por  eso  no  es  de
extrañar  ver  encarnado  el  más  puro  espíritu  republicano  en  el  teórico
español  de  la  política  probablemente  más  clarividente  y  probablemente
más  reaccionario  de  todos,  en  Donoso  Cortés.  "Obsérvese  señores...  –se
lee  en  su  discurso  de  1849  sobre  la  Dictadura–  cómo  con  la  corrupción  va
creciendo  el  gobierno.  Llegan  los  tiempos  feudales  (...)  y  así  se  establece
la  monarquía  feudal,  la  más  débil  de  todas  las  monarquías  (...).  Llega  el
siglo  XVIII  (...).  Las  monarquías  feudales  se  hacen  absolutas  (...)  ¿y  qué
nueva  institución  se  creó?  La  de  los  ejércitos  permanentes,  y  ¿sabéis
señores  –continúa  Donoso–  lo  que  son  los  ejércitos  permanentes?  Para
saberlo  basta  saber  lo  que  es  un  soldado,  un  soldado,  o  sea  un  mercenario
–añado  yo–  es  un  esclavo  con  uniforme  (...)  y  pasa más  allá.  No  bastaba  a
los  gobiernos  ser  absolutos  (...).  ¿Qué  nueva  institución  sería  entonces?
Los  gobiernos  dijeron  “tenemos  un  millón  de  brazos,  y  no  nos  bastan;
necesitamos  más,  necesitamos  un  millón  de  ojos”  y  tuvieron  la  policía  y
con  la policía un millón de ojos  (...) A  los gobiernos, señores, no  les bastó
tener  un  millón  de  brazos,  no  les  bastó  tener  un  millón  de  ojos,  quisieron
tener  un  millón  de  oídos,  y  los  tuvieron  con  la  centralización  administrativa  (...).  Los  gobiernos  dijeron  (...)  necesitamos  más:  necesitamos
tener  el  privilegio  de hallarnos en  todas partes. Y  lo  tuvieron, y se  inventó
el telégrafo".
He  citado  por  extenso,  aunque  abreviado,  este  texto  que  ustedes
conocerán mejor  que yo, por dos  razones: primero por ser un  texto clásico
del  republicanismo  con  una  mezcla  de  aversión  frente  al  progreso  técnico
y  de  clarividencia  política;  segundo  porque,  a  pesar  de  todo,  parece
contradecir  algunas  de  mis  afirmaciones  anteriores.  Primero  un  texto
clásico:  no  menos  que  al  liberalismo  burgués,  el  republicanismo  se  opone
a  la  monarquía  absoluta  en  cuyo  seno  aquél  se  fue  fraguando,  tanto  en
Francia  como  también  en  la  Inglaterra  subsiguiente  a  la  revolución gloriosa  hasta  la  Reform  Bill  de  1832.  Las  investigaciones  de  Jonathan
Clark  han  puesto  bien  de  relieve,  aunque  sólo  veladamente,  su  carácter
absolutista  e  incluso  teocrático:  un  estado  de  la  Iglesia,  cuya  cabeza  era  el
Rey  antes  que  con  la  Reform  Bill  se  pasara  a  una  iglesia  del  Estado.
Cuanto  más  se  le  aliena  de  la  política  y  se  la  libera  del  servicio  militar,
tanta  más  riqueza  puede  crear  la  burguesía.  Como  contraste,  el  republicanismo aparece en Donoso como una formación política preabsolutista
y  precapitalista.  Hasta  ahí  ninguna  contradicción.  Lo  que  en  este  texto
clásico  sí  parece  contradecir  mi  explicación  –y  esto  es  lo  segundo–  se
relaciona también con el problema de la acumulación de poder.
La  crítica  republicana  al  liberalismo  burgués  –decía  antes–  se  centra
en  que  éste  intenta  reducir  no  ya  sólo  el  Estado  a  un mínimo  sino  también
substituir en  lo posible  la política por  la economía. El texto de Donoso, en
cambio,  habla  de  un  aumento  de  gobierno  como  consecuencia  de  la
monarquía absoluta y de la burguesía liberal y profetiza así la época de los
totalitarismos a los que por esos caminos se va a llegar con la ayuda de las
técnicas  de  comunicación;  no  como  la  consecuencia  de  un  republicanismo
que llevara al extremo su exigencia de máxima politización.
Hay  en  esto  último,  en  efecto,  cierta  discrepancia  que,  sin  embargo,
no  impide  que  ambos  puntos  de  vista  sean  verdaderos.  Es  evidente,  por
una parte, que  tal y como hizo su aparición en la primera mitad de nuestro
siglo,  el  totalitarismo  no  es  posible  sin  un  alto  grado  de  progreso  técnico
que  el  republicano  Donoso  presiente  y  rechaza;  pero,  por  otra  parte,  es
también  evidente  que  la  imposibilidad  de  separar  Estado  y  sociedad,
propia  del  republicanismo,  pero  no  del  absolutismo  ni  del  liberalismo,
hacen  de  aquél  un  terreno  abonado  para  el  totalitarismo,  por  la
politización de todos los aspectos de la vida que trae consigo.
La  discrepancia  sigue,  pues,  en  pie.  Sin  embargo,  no  hay  por  qué
eliminarla  ni  eludir  el  reto  metodológico  y  epistemológico  que  encierra.
Estamos,  otra  vez,  ante  la  cuestión  de  los  universales  sobre  los  que
anuncié al principio unas breves consideraciones finales.
¿No  es  el  republicanismo  más  que  un  nombre  que,  según  se  interprete, significa una cosa u otra, manifiesta en un caso su parentesco con el
liberalismo  y  en  el  otro  su  oposición  frente  a  él?  ¿Se  reduce  la  llamada
realidad  a  las  interpretaciones  que  demos  de  algo  que  no  existe  sin  ellas?
¿Es  todo,  como  según  Nietzsche,  interpretación?  ¿O  es  el  republicanismo
más  bien  un  concepto  al  que  corresponde  en  la  realidad  algo  bien
definido?  En  ese  caso,  las  discrepancias  sobre  su  significado  no  serían sino  producto  de  un  análisis  imperfecto  y  el  trabajo  de  conceptualización
tendría que ir dirigido a eliminarlas; a dar la razón a una sola de las teorías
discrepantes o a buscar una tercera mejor que las dos.
En estos términos, el problema, a mi modo de ver, está mal planteado,
y  su  mal  planteamiento  se  debe  a  una  falsa  idea  de  lo  que  significa
conceptualizar.  Esa  falsa  idea,  de  ascendencia  vulgar  platónica,  digamos
platonística,  conduce  a  la  teoría  del  concepto  como  copia  de  la  realidad.
Su  máximo  representante  es  Duns  Escoto.  La  teoría  se  basa  en  lo  que
Escoto  llama  distinción  formal  a  partir  de  la  cosa  misma.  Según  la
distinctio  formalis  a  parte  rei  en  la  realidad  están  ya  dadas  las  mismas
formalidades  o  estructuras  que  constituyen  las  notas  del  concepto,  de
modo  que  éste  no  tiene  sino  que  reflejarlas.  Un  eco  tardío  de  esta  fatal
concepción  es  la  teoría  del  lenguaje  como  copia  de  la  realidad  en  el
Tractatus de Wittgenstein (Abbildungstheorie o picture theory).
La  reacción  contra  tales  teorías  lleva  al  nominalismo.  Contra  el
realismo  conceptual  de  Escoto  se  levanta  el  nominalismo  conceptual  de
Ockham  y  contra  el  realismo  lingüístico  del  Tractatus,  el  nominalismo
lingüístico  de  las  Investigaciones  filosóficas  del  mismo  Wittgenstein.
Según éstas, el concepto no es más que la capacidad de usar correctamente
una  palabra  en  un  lenguaje  determinado.  Es  la  teoría  de  la  significación
como  uso  o  praxis  lingüística  (use  theory  of  meaning,  Bedeutung  als
Gebrauch).  El  republicanismo  no  sería  entonces  un  fenómeno  históricamente detectable. Sería en todo caso como un conjunto abierto de rasgos
indefinibles  comparables  al  aire  de  familia,  de  los  que  haríamos  uso  de
acuerdo,  no  tanto  con  una  realidad  subyacente  que  los  mostrara  como  con
nuestras  posibilidades  de  comunicación,  de  supervivencia  o  de  supervivencia en virtud de la comunicación.
A  mi  modo  de  ver  se  pueden  evitar  ambos  extremos  –el  realismo
conceptual  y  el  nominalismo  pragmatista–  con  tal  de  no  partir  de  la  abstracción  o  conceptualización  como  copia  pasiva  de  la  realidad  sino  como
esfuerzo  activo  por  comprender  una  realidad  cuyas  propiedades  no  son
susceptibles  de mera  reproducción o  representación... pero  tampoco meras
construcciones  nuestras,  ordo  et  connexio  rerum  non  est  idem  ac  ordo  et
connexio idearum, tampoco con respecto a las realidades históricas.
Lo  importante  es  distinguir  aquí  entre  parte  y  propiedad,  como  ya  lo
hizo  Aristóteles  contra  el  platonismo  vulgar.  Si  una  mesa  tiene  una
superficie blanca,  la superficie blanca es una parte de la mesa, y la pintura
que  le  hace  tener  esa  superficie  blanca  es  una  parte  de  la  llamada superficie.  Pero  su  propiedad  de  ser  blanca,  su  color,  no  es  una  parte de  la
parte  de  la  mesa  llamada  superficie,  ni  tan  siquiera  una  parte  de  toda  la
mesa.  Aquí  Wittgenstein,  curiosamente,  coincide  con  Aristóteles,  al
distinguir  entre  el  latín  "color"  y  el  latín  "pigmentum".  "Color"  es  una
propiedad,  "pigmentum"  una  parte.  Los  conceptos  captan  no  partes  sino
propiedades  (también  por  cierto  la  propiedad  de  tener  partes,  que  no  es  lo
mismo  que  las  partes).  Y  cada  propiedad,  a  diferencia  de  la  parte,  es  la
cosa misma, toda la cosa, en uno de sus múltiples aspectos. Una propiedad
no  se  puede  preparar  como  se  prepara  anatómicamente  un  cadáver,
separando  un  órgano  de  otros,  o  como  en  la  minería  se  habla  de  preparación  mecánica  al  referirse  a  la  separación  de  la  mena  con  respecto  a  la
ganga.  Las  propiedades  no  se  pueden  preparar  en  este  sentido  como  si
fueran distintas en la realidad a parte rei y no hubiera más que prepararlas
mecánicamente.  Eso  es  lo  que  pretendía  la  doctrina  de  la  distinctio
formalis  a  parte  rei.  Las  propiedades  no  son  realmente  distintas  unas  de
otras  sino  idénticas  entre sí por ser  idénticas a  la cosa o  realidad de que se
trate. Distintas lo son sólo en la abstracción, o sea, en el concepto, o como
decía  Aristóteles  logoi  (ratione).  Por  eso  yo  podría  romper  esta  mesa  y
romper  con  sus  partes  la  ventana,  pero  no  con  su  propiedad  de  tener
partes,  ni  con  ninguna  otra  propiedad,  ni  tan  siquiera  con  la  propiedad  de
ser  pesada.  Y  lo  que  vale  para  las  realidades  físicas  vale  para  las  históricas.  El  republicanismo  como  constante  histórica  no  es  ni  una  realidad  de
por  sí  –el  hilo  que  va  supuestamente  de  un  extremo  a  otro  de  la  maroma,
para  utilizar  el  símil  de  Wittgenstein–  ni  es  una  vaga  serie  de  rasgos  de
familia  unidos  sólo  por  el  uso  correcto  de  una  palabra.  Ni  en  realidad  se
reduce  a  una  sola  interpretación,  ni  sus múltiples  interpretaciones posibles
son plenamente definibles o aceptables; pero tampoco depende de nuestras
convenciones  pragmáticas  el  aceptarlas  o  rechazarlas,  y  su  margen  de
variabilidad,  por  más  que  ellas  sean  indefinibles,  no  es  ilimitado,  puesto
que  también  la  realidad  histórica  se  ha  formado  con  anterioridad  a
nuestras  teorías sobre ella. El concepto no miente, pero no es más que una
abstracción,  no  una  copia  fiel  de  la  realidad,  cosa  imposible.  De  ahí  la
necesidad  de  una  continua  investigación  y  reflexión  también  sobre  las
realidades  históricas.  Porque  aunque  ya  hayan  pasado,  nunca  pueden
conocerse  de  una  vez.  En  cada  una  de  ellas,  por  ejemplo,  en  el  republicanismo,  está  incluida  si  no,  ciertamente,  toda  la  realidad  (eso  sería
pragmatismo  holístico  u  holismo  pragmatista)  sí  siempre  una  realidad
mayor  que  la  propiedad  de  que  se  trate  en  cada  caso  (republicanismo  o  lo
que  sea),  es  decir,  una  realidad  que  no  se  agota  en  esa  propiedad  a  pesar de  identificarse  (contingentemente)  con  ella.  Igual  que  en  la  propiedad  de
una mesa de ser blanca está incluida toda la mesa.
En  el  conocido  libro  de  Alaistair  McIntyre  After  Virtue  se  lee:  "La
oposición fundamental se da entre el individualismo burgués en cualquiera
de sus versiones y  la tradición aristotélica". A esto opone Quentin Skinner
en  el  último  estudio Machiavelli  and  Republicanism  editado  por  él:  "Parte
del  significado  de  la  tradición  republicana  analizada  en  este  volumen
sugiere  que  esta  dicotomía  es  falsa".  Mi  punto  de  vista  (pobreza  y  riqueza
en  sentido  filosófico)  sugiere,  al  contrario,  que  la  dicotomía  de  McIntyre
es  verdadera.  Pero,  ni  ésta  es  del  todo  verdadera  ni  su  negación  del  todo
falsa.  Del  todo  falso  sería  ante  esta  situación  decir  algo  así como "¿en qué
quedamos?". Tal actitud resignativa se impone, en todo caso, a la vista del
principio  de  tercio  excluso  tal  y  como  lo  entiende  la  lógica  moderna  (o
verdadero  o  falso),  pero  no  a  la  vista  del  genuino  principio  aristotélico  de
tercio  excluso  que  no  dice  sino  que  de  dos  proposiciones  contradictorias

ambas no pueden ser falsas.