Nago estaba completamente convencido de que su destino no era seguir en Estados Unidos; le llamaba más la atención volver a sus raíces y disfrutar más de la alegría latina. Su infancia estaba marcada de un clima más habitado, de más acción, movimiento pélvico y conversaciones prolongadas con los familiares, así es que decidió reencontrarse en donde se había dejado años atrás: San José. Luego de cinco horas de viaje y, Nago abrazaba a su madre.
Con el pelo largo y bastante delgado, la impresión que daba era de aquel hijo que se había transformado, y más daba la impresión de estar enfermo, que bien alimentado en el país del norte. Los comentarios no se hicieron esperar y ya en la sala de la casa se murmuraban muchas cosas.
– Pobre Trina, y las que tendrá que soportar con un hippie de hijo – dijo entre la gente una de las ocho tías.
– Y está bien demacrado – dicen que es la marihuana que los pone así – afirmó una más entre las ocho.
Inseguro de qué contestar y presionado por los ojos desconfiados de todo su entorno, dijo: – Disculpen, tías, pero vengo bastante cansado, mañana hablaremos del sueño americano Sus hijos hacían fila para oir la hazaña realizada por Nago.
– Si yo logro irme algún día, no vuelvo a este caquero – dijo uno de los tantos primos que estaban de visita en la casa de los Valverde.
– Bueno, hermanitas, no podremos llevar a cabo el rosario hoy, se ve bastante agotado.
– ¿No crees que se te haya hecho ateo, o lo hayan cambiado de religión?
– ¡Ay! Esa sería la peor de mis desgracias – dijo la madre.
Nago se retiró a su cuarto para poder oler aquellas paredes que lo habían acompañado años atrás.
– Hijo, espero te sientas bien en tu humilde hogar, sé que las cosas son distintas, y que tu cabeza lleva mundos diferentes ahora, que los que mi pequeño solía tener cuando en verdad eras mío; pero ojalá y que tu espíritu siga fortalecido con el mensaje de nuestro Señor Jesucristo. Espero te hayas convertido en un cristiano adulto, ¿Verdad que sí, verdad que no me vas a defraudar?.
– Quiero dormir madre, mañana hablaremos de Dios.
Tocándole el pelo largo, besó su frente y le deseó buenas noches.
Nago abrió sus ojos y miró al rededor, observó su soñado cuarto de adolescencia, de momento no sabía que hacer con aquel vuelo de regreso a la tierra de barro criollo.
– Esto siempre me da en qué pensar – meditaba –. Apenas hace cuatro horas estaba en California; otro mundo, con espacios más amplios, quizá sea la forma en que el tiempo transcurre. Siento como si tuviera más años de los que llevo encima; podría ser que el viajar me esté endosando tiempo y en realidad uno se vuelva más vivido, y gane espacio, años en el tiempo, o a lo mejor, los que se la pasan meditando trascienden más que los que hemos caminado por el mundo. Lo que sí no sé, es qué voy a hacer mañana, o pasado mañana. Siempre me sucede; quería desesperadamente llegar y ahora no sé qué hacer. Disfrutaré de mi cuarto, la vieja almohada, y estos olores a humedad tropical.
–¡Ah! tiempos de no desayunar en casa, ¿verdad hijo?, pan con manos de madre y aguaceros mañaneros que huelen a tierra mojada, apuesto que allá no es así. Venga, negro mío, esto apenas empieza, te convertirás en todo un profesional. Mírate, quién a tu edad acá domina el inglés a la perfección.
Tal y como siempre ocurren las cosas, Nago fue dejando de ser noticia. Al cabo de un mes, y ya la realidad de sus escasos dieciocho años lo convertían en un adulto que requería de un ingreso para habitar aquella casa, que tanto había soñado. Ansioso y abatido, entró en los campos de la farándula canabis, y entre los sitios más viciosos de la droga josefina; se sumergió para experimentar los efectos de los champiñones.
– Vamos a San Luis – dijo Chancha – no sabes lo que en las montañas de ese lugar se puede descubrir. No me digas que vienes convertido en un nene agringado; aquí la cosa sigue igual, sólo que seguimos como siempre, copiando todo lo que los gringos descubren, y para qué hacerle la guerra a los que al fin y al cabo son nuestros dueños.
Una vez llegados a los potreros, el amigo le mostró unos homgos alucinógenos que crecían en el escremento de las vacas.
– No creo que los gringos te puedan haber ofrecido algo mejor que esto mi herma – señaló al postrarse frente a una caca de vaca en el zacate, en donde le mostró un hongo sobre su relieve, y explicándole a Nago cuáles se debían comer, le sacudió el círculo negro que éstos poseen debajo de la sombrilla de color café – amarillo desteñido.
– Toma, cómete uno y espera media hora; entonces nos vamos a divertir, que el estómago se te reventará de tanta risa.
Nago mordió con suavidad el insípido hongo y en broma, dijo:
– Pero, si es un hongo de cocina; como los que usa mi madre en los macarrones. Al menos sabe igual.
– Paciencia brother, paciencia.
Como la experiencia con la marihuana el efecto duraba tanto para llegar la primera vez, Nago pensó que aquello había que probarlo tal vez nuevamente. De repente, la vaca que siempre había estado como a veinticinco metros de distancia, pareció hacerle un gesto que lo inmutó.
–¿Qué? – dijo en voz alta.
Chancha echó a reír a carcajadas y luego repitió: ¿Qué ? – Ya estás brother, bienvenido al trip*, este viaje es para sabios; tu mundo se abre en estos instantes; deja las puertas abiertas y no tomes lucha; no vaya a ser que la confusión y la desconfianza te atrapen, ¿oíste, brother?
– ¿Que, qué? – con risa de oreja a oreja, carcajeaba y los agarrones de estómago de tal efecto parecían electrisar el ombligo, era tan intenso el reir que luego Nago se tiró en el suelo y empezó a llorar y llorar de la risa; le era imposible parar, la más mínima cosa le causaba tal llanto , que se tenía que estar en tal juventud como para poder seguir en ese estado.
– La vaca; esa vaca me quiere enamorar..., Me dice : mua...mua, y tiene boca de flor. ¿ cómo es que logro hablar con ella? Siento sus latidos, su ambre, los árboles, siento su respirar, esto es increible, es la sustancia que te une con la naturaleza. Quiero reir, correr, cantar...
– Mi amigo, mi mejor amigo – decía Nago – esto, te lo voy a agradecer toda la vida, este trip* es el mejor de todos; le contaré a Quincho y a Roberto.
– Dile a tu hermano que traiga buena música, algo de los Alman Brothers, Duvie Brothers y lo último de Santana – pidió Chancha.
Esperemos a que mi hermano llegue de la United con su moto pandillera, vienen de camino, deberán de estar en México por ahora: mi primo y mi hermano. Las dos motos son negras, y tienen el tanque de gasolina en forma de tronco avispado; la de Quincho, una llanta gruesa en la parte trasera, y la delantera es delgada y con los aros rayados, tipo bicicleta, ; y dice mi herma que la de él tiene una clase de orquilla, que la película de easy rider, es cualquier cosa, así como si en el camino vinieran Peter Fonda y Jack Nicolson.
– Me imagino que clase de peda* se deben de traer esos dos por la pista – dijo Chancha –. Si yo fuera su herma, me traería unos veinte puros, me los hago en el camino y para que más vida Nago, si cuando llegue aquí, lo que va a comer es mierda pura. A todo esto Nago, ¿por qué se vinieron ustedes de la Yunai?, ¿por qué se vino usted ?
– Mal de patria, soledad, quería estar a la par de los míos, tu sabes cómo es la cosa Chancha; es más, no se tiene que vivir allá para poder entender, hay algo que te angustia, en medio de todo ese sueño gringo. La verdad es que a mí no me hace falta nada de aquello.
– ¿Pero y ahora, que llegue su herma? – advirtió Chancha – aquí la carajada tiene que estar oculta siempre, digo que todo es pura hipocresía. No hay plata y somos un montón de pobres viviendo en una aldea, eso se llama estupidez. Nago, brutalidad de la más legítima, en este país sólo se cosecha café y plátano; si quierés ser alguien, le tenés que pedir permiso a todo el ridículo pueblo, que lo gobiernan como diez familias.
– De algo sí estoy seguro – contestó Nago un tanto sentimental y confundido – siempre sentí un malestar de tierra; los recuerdos eran demasiado fuertes en mí y no tenía con qué defenderme cuando algún gringo me tocaba la piel. Yo soy demasiado orgánico, poético y todavía me gustan los olores viejos de niño, y allá se respiraba a gasolina, en todas sus partes. Muchas cosas se medían en base a lo que podías tener, y si no poseías nada, te hacías famoso a través de la droga; así se llamaba la atención en el medio que me instalaron por no ser dotado, ni gran deportista, ni sobresaliente entre los arrimados a la patria gringa. No puedo explicar, pero toda esa confusión hacía que yo quisiera estrangularme la pinga cada vez que me aislaba de esa forma, ¿entiende?. Tal vez me haya sucedido sólo a mí; pero esta es mi piel. Ve y mírate en el espejo, que te pongan por esos rumbos de éxtasis, fúgate a Nueva York, Miami, Los Angeles, en donde los latinos deben reunirse y crear su propio estado de sitio. Por las mañanas te tendrás que levantar igual que todo el mundo y tal vez aprendas a tomar speed para poder aguantar las diez o doce horas de trabajo que se te exige, y poder llevar tu novia al cine.
– Solo te diré una cosa,Nago – contestó Chancha con un suspiro de aventura –, si yo tuviera la oportunidad de haber sido ustedes, me haría gringo al instante porque este país es para los puercos que comen tamal y extrañan las mujeres virginales. Yo no, a mí que me entierren en medio de la modernidad, en donde un carro se lo compra uno con el primer suelo; este es un país de esclavos feudales, ¿entiendes lo que significa la palabra feudal? –le preguntó.
– No – contestó Nago, con un deseo de no saber nada del tema; y, sin embargo, aquella pregunta se le parecía a las voces extrañas que del viejo orinal habían salido allá en el paso del Empalme años atrás. – Saber, entender, por qué me aflige tanto todo esto de no poder comprender – se preguntó en silencio y levantando la cabeza para seguir con el tema, dijo : –Cuando venga mi hermano lo llevaremos al lugar de los sueños; necesito que vos me acompañes, Chancha, para escoger los hongos más sabrosos.
– Te llevas una lata de leche condensada – dijo Chancha, pues no se te vaya a ocurrir comértelos con queso o carne, porque se te viene la muerte blanca.
Alguien tocó a la puerta y un tercer personaje entró a la habitación; era Solano, el amigo de infancia de Nago, que venía a saludarlo después de cuatro años de no verlo.
– Diay, aquí huele a zacate viejo, ¿no me trajo nada de allá? – preguntó con aquel tono de voz parecida a un perro resfriado, gangoso.
–¿Yo, olvidarme de ti?, jamás –, y de un fuerte abrazo se quedaron con un llanto, silenciosos de recuerdos de tiempos ya un poco idos.
El día se apagaba y con el silencio de la noche las voces en el cuarto se iban entonando más fuertes.
– No me digas que aprendiste el oficio de la grifa* – le preguntó Solano.
– Eso y más – reafirmó Nago. Chancha echó a reír, temblando todo con su enorme barriga; parecía que estuviese ejercitando el cuerpo a punta de pedos y eructos. Era bastante cochino, tanto que afirmaba que todos los días antes de dar del cuerpo se estimulaba el esfínter para que la mierda le saliera pronta y en paquete, – lo más incomodo– decía : es cuando tengo que lavarme los dedos y son cinco; el olor no se va, tengo que andar escondiéndolos en la bolsa del pantalón.
En el mes de enero de aquel año de 1976, se apareció, repentino en la madrugada, como si fuese un cóndor : Quincho. En su enorme moto negra, monstruosa y licántropa; el sonido tataretas* despertó a todo el vecindario. Las ventanas se abrieron y las luces se encendieron a eso de las tres de la mañana. Un Quincho de metro setenta y cuatro de altura, delgado con el pelo largo a los hombros, barba y de ojos profundos y ojerosos. Chasqueó sus botas de cuero pagadas a hacer en San Francisco a un hippie légitimo. – ¡Hey man! – recordó Nago al verlo, de aquel hippie que le dijo en San Francisco a Quincho:
– Ese viaje que vas a hacer de regreso a tu casa es digno de un buen soldado de la libertad, como un águila negra te imagino llegando a tu casa, por eso te he hecho estas botas de legítima copia cheroqui.
De seguro, Quincho, eso era lo que tenía en mente cuando en su motocicleta iba bajando lentamente, y quitándose el casco se tiró a los brazos de la madre. Quincho tomó el casco y lo boló en el zacate que daba de en frente de la casa y apretó a la madre por un largo rato.
La madre empañó de lágrimas los anteojos que llevaba puestos, y con una estola en la nuca, para evitar un ataque de asma, se lanzó al encuentro de su querido primogénito.
Pasadas las semanas y adentrado en la monotonía de la vida real, Nago se acercó a Quincho, y en medio de malas compañías, Solano y Chancha le comentaron de aquellos viajes en las Juntas de los manantiales de San Luis.
– Existe un lugar, no muy lejos de aquí, que te llena de risa a la media hora de comerse sus entrañas; son hongos alucinógenos – comentaba Nago –, y con buena medida y sabiendo manejar un cierto control químico podés entrar en viajes increíbles, hablar con muertos, conocer el espíritu de quienes te rodean, charlar hasta con las vacas y las plantas de tu entorno.
–Vengo dispuesto a olvidar todo eso de la peste química, ¿no entiende Nago?, por eso me vine de ese destierro en el que vivíamos; en ese sueño de gente vacía y de la cultura consumista de canabis y otras carajadas más; que ellos las necesitan pero nosotros no – respondió Quincho –.
– Espérese a que le pasen algunos días más en este otro destierro; en donde el consumo es también la imposibilidad de poder hacer algo; o, al contrario, hacer mucho y recibir poco– dijo Solano, mostrando su dentadura postiza, que en ocasiones pasadas y por mala praxis de los dentistas había perdido una vez en una poza* llamada: “La posa de las mujeres”, esta quedaba en los afluentes del río virilla de San Juan de Tibás; esa fue la primera vez que perdió su dentadura y la segunda en un soda*, después de tomarse una coca cola y sacarse los dientes para limpiarle una cascarilla de frijol. No recuerda en qué lugar los mal acomodó que nunca volvió a verlos; aquel día fue una tragedia, pues los había comprado con las últimas cogidas de café y tendría que esperar casi medio año para volver a tener dientes nuevos.
Sin dientes y con los colmillos bastante salidos de su encía; los pelaba para consagrar su tesis del viaje astral por medio de los hongos.
– Dale tiempo – le dijo Solano a Nago – dale tiempo para que se ubique y nos vamos a viajar juntos, a quitarnos este montón de piel rendida que llevamos desde Los Santos.
Quincho, bastante decepcionado de las amistades de Nago, salió del cuarto y se dirigió a la calle, iba, dijo que para un míting del partido comunista, que se llamaban “La Hormiga”.
Aburrido del tiempo y el no ver pasar las cosas de en frente de él, Nago se topó con Chancha en el centro del parque de Tibás, y con puro en mano se fueron a un cafetal que ahora es el estadio Saprissa; ahí se encontraron con varios mafufos*, que ya eran diestros en el consumo de marihuana y todo tipo de drogas naturales como: la reina de la noche, hongos, leche de sapo, hachís...entre otros más. Así, Nago caminaba por malos senderos en búsqueda de una respuesta en la que creía, que el paraíso terrenal existía en algún sitio de este planeta.
Ya a las diez de la mañana del día siguiente, Quincho estaba de regreso a la casa cuando al encontrarse con Nago de frente, y sin dar explicación, le preguntó que dónde quedaba ese lugar de San Luis y que lo llevara para probar esa cochinada lo más antes posible.
A las once ya habían partido y tras caminar por media hora, carretera a San Luis por Llorente de Tibás, cogieron el bus que los llevaría a Las Juntas. Allá, en unos potreros en donde las vacas cagaban todo el día, los hongos alucinógenos crecían acompañados de una garúa; pelo de gato, que hacía que el hongo creciera fuerte y frondoso. Hermoso, el señor hongo se dejaba arrancar con la precisión de salir con un pedacito de caca en su tallo; se limpiaba, y cuidadosamente se le quitaba el arito que lleva en el centro del tallo; luego al aparato digestivo y media hora después Nago y Quincho reían hasta caer extasiados. Unos colegas que por allí pasaban, compartieron unos cuantos puros de una marihuana bastante poderosa, traída de Colombia, ya a las doce medio día Nago se encontraba a unos dos metros de Quincho y cada uno en su viaje astral.
Quincho no se percató de que Nago tosía como si quisiese vomitar, y en medio de su viaje Nago se desplomó, como si se estuviese cayendo un gran árbol en medio de un zacatal. Quincho se asustó al ver, de pronto, que su hermano llevaba un color en la piel, verdusco, transparente, y con la vos temblorosa le dijo: – Mi herma, me estoy muriendo, creo que se trata de la muerte blanca y no sé si saldré de ésta.
– Tranquilo, mi herma, que de esto nadie se muere y así se lo fue llevando hasta que nuevamente volvieron a pasar los colegas que, al ver a Nago en tal estado, lo llevaron al río para bañarlo en agua bien helada.
Nago quedó en transe, y ellos recomendaron dejarlo tranquilo porque estaba levitando y que se llevaría su tiempo para regresar.
– ¡Otra vez las vacas, mi herma!, llévese esa maldita vaca – , que en realidad estaba al otro lado del potrero, como a unos cincuenta metros, pero que la veía en frente, hablándole.
– ¡Que salgan!, mi herma, ¡que salgan!, ¡que alguien los deje salir del río!, véalos, son pelones y están desnudos, todos pegados unos con los otros y se ahogan debajo del agua cristalina; ¡se ahogan!, mi herma; ¡se ahogan! Piden que alguien los libere de la persecución, quieren salir, están sin prendas, sin vestimentas.
Quincho, en medio de su trip, y un tanto preocupado, acariciaba la frente de Nago para que no se le fuera; lo sujetó de los pantalones y lo puso en medio del potrero como si las vacas lo estuviesen velando, con la intención de que la permanente llovizna lo sacase de aquel transe.
– Vuelo, mi herma, vuelo, un zoncho me lleva en sus patas..soy un enorme zoncho, una asquerosa ave de rapiña aletea contra mi cara, ¡no me quiere...no me quiere!.
– Pero; ¿qué quiere esa ave? – preguntaba, siguiéndole la corriente para que Nago no dejara de respirar, pues apenas cogía el aire para hablar.
– Es el mismo desde entonces, me sigue por todos lados, se siente dolido, sucio y quiere que yo lo limpie, que salga de todo esto, que me sane ya, inmediatamente, dice que de no ser así será un ave sin sentido; el buitre crucificado...De ésta no voy a salir. Ya quejoso y llorando, Nago se agarraba del zacate como agonizante. De pronto, una tranquilidad lo acaparó de los hombros y lo sacó del cuerpo; desde arriba miraba como su cuerpo se mantenía en armonía y fragante tranquilidad con su entorno. – Vuela conmigo, saco de debilidades, vuela tranquilo, préstame tu cuerpo para recorrer los campos y las verdades que los normales no ven en su cotidianidad.
– Despierta Nago, despierta hijueputa, no se deje llevar desgraciado – insistía Quincho.
Nago, dormido y en plena levitación, sintió pasar mil horas de sueño y con su cuerpo ya en la tierra, y él volando por todas las razones del humanismo, existencialmente se transformó en su nuevo ser. El parto era inevitable, y las garras del zoncho le desmembraban su existencia para parirlo en la realidad de su nuevo yo.
– Mis colegas duran toda la vida para poder ser, y desde que te llamé; allá en el Valle de la Culebra, hasta hoy, me encuentro contigo porque has venido a acelerar tu proceso, y quiero que me llenes de riquezas. No podés seguir siendo el mismo; desde ahora abrirás los brazos al mundo y respirarás con aires de sabiduría; has sido escogido entre los mortales para ser un inmortal, comprenderás que tu cuerpo te ha estado alimentando y ha sido paciente contigo; pero este vehículo merece respeto y aprecio; te amarás como lo hace el ave al vuelo. Yo como carroña y mi oficio es limpiar parte del mundo, lo hago porque mi tarea es mantener inmune el bien; pero en medio de todos los desechos de la naturaleza, sé escoger a los hijos del bien – dijo el buitre –. Te he llamado para que simbolices en este estado de la materia, los grandes deseos del código genético universal, la carga positiva del bien y el mal, para que la cultura genética que representa los cambios en esta gran sangre que corre por el universo, te constituyas como un buen ADN de la materia pensante y los flujos del universo, que actúan en medio de este gran cuerpo que se llama cosmos. Somos la vida dentro de la vida, y el círculo que gira en medio de la eternidad tiene un centro que se llama habitación astral; el día que en vida te vuelvas a encontrar en tus lejanas imágenes con tu pasado y en ellas te sientas habitado, terminaremos la conversación.
Lo volvieron a llevar al río, lo golpearon fuertemente en las mejillas para que reaccionara.
Quincho y los colegas hicieron de todo, pero hasta que el zoncho decidió soltarlo, Nago aflojó todo su cuerpo y empezó a respirar continuamente, y la alegría de Quincho y los colegas lo recibieron como a un nuevo habitante.
– La muerte blanca es de sensibles – señaló uno de los colegas – eso no le sucede a cualquiera y menos con hongos. Yo he visto como algunos regresan rallados, y se desabitan para siempre, se vuelven locos, se los lleva el pisuicas.
– Es poder mental – dijo Quincho – si te dejas llevar es porque la empiezas con miedo y entonces te sicoteas y, el regreso se vuelve lento y fóbico.
– Ni mierda – dijo otro colega – eso es pura intoxicación, esa mierda del hongo es puro veneno, yo eso no lo pruebo ni a putas, no ve que le da sicosis a uno. Ya después uno no se conoce, se lo lleva el diantres*, o sea, es como haberse muerto de a mentirillas, por eso le llaman la muerte blanca, todo se pone blanco y lo negro es negro, de verdad, ahí sí que ni mojándolo.
Nago sintió pasar los minutos como si fuesen horas, días. Una eternidad lo acogió hasta que poco a poco se fue acercando a su casa, blanco, casi transparente, en su tez morena se miraba un gesto verde, de una muerte pasada, la muerte blanca lo había besado.
Pasaron días, meses para que Nago se volviera a recuperar y la fobia del existencialismo se apoderó de él, de tal manera, que fue a parar a un hospital psiquiátrico, por casi un año.
Claramente entendía que su vida había cambiado y ya nada era igual; el sabor insípido de su entorno le hacía cuestionarse cualquier cosa que lo habitara. Recordó que tal vez lo que lo pudo haber salvado aquella vez, pudo haber sido el amor; pero no el amor a su madre, padre, hermanos. Tenía una perra de escasos dos meses de nacida muy peluda, cruzada con maltés - pequinés; era bastante graciosa, no entendía por qué lo que más le llamaba la atención de aquel animal era su suave y peluda cola , y en su viaje se la pasó imaginando que con ella se frotaba la cara y esta le daba frescura.
Mota, se llamaba, y en medio del rapto del buitre, pudo agarrarse de aquella perra para no ser arrastrado a la muerte. Fue entonces, cuando el zoncho comprendió que el amor en Nago seguía vivo y su simbolismo debía ser divulgado en algún momento.
– ¡Qué mala química te da, mi herma ! – refiriéndose a Nago , pronunció Quincho –, recordándole aquel viaje –, para eso me llevaste a ese lugar, a vos mejor ni se te ocurra volver a hacer eso.
– Eso no tiene por qué volver – le contestó Nago, eso no es necesario para todas las personas, en mi caso tuvo un sentido, pero en otras personas puede ser la fatalidad; yo fui llamado de esa manera. Es algo que no vas a entender.
– ¿Entender?, entiende Marx o Lenin, después de algunos meses de escuela – contestó Quincho–, tenés que empezar a leer, o te vas a quedar de estúpido toda la vida, lento y pensante.
– No se trata de eso, mi herma, es más que el oficio de ser hombre, es la poesía, es un lenguaje personal que he adquirido.
– Lenguaje personal, eso lo puede decir Marx, Lenin, Manuel Mora; pero tu alma lo único que puede hacer es militar, para que los legados de estos extraordinarios seres humanos le den sentido a tu vida. Máquinas de hacer mierda; eso es lo que son todos ustedes, un kilo de más todas las mañanas, y por las noches bien descargados se acuestan para hacer más mierda – discutía Quincho con exagerada y abrupta bravura.
– Existir, es mi manera de ver la vida, y eso cuesta mucho, más para dos pobres hijos del café como tú y yo – agregó Nago.
– ¿Sabes lo que significa, ser revolucionario? ¿tienes algún conocimiento siquiera de quién es el Che?, o aún más, ¿alguna vez escuchaste a alguien pronunciar la palabra Martí?
– Esa genética revolucionaria a la que te refieres, se repite en la vida como el sonido de un tic tac – contestó Nago, es el momento, el tiempo; el tema pudo haber sido otro, eso es lo que he aprendido en mis viajes, en mi muerte blanca; que existe un código genético también en el cosmos de la vida, en la vía lactea, en el universo; esto está ya codificado y obedecemos a un camino establecido que a veces parece cambiar pero que es parte del ADN universal, algunos le llaman destino.
– ¿Y de dónde sacas toda esa porquería?, de veras que quedaste bien loco, ten cuidado que te vas a rayar* – dijo Quincho.
– En algún lugar de nuestros cerebros, existe todo un universo como el que nos rodea, ya alguien, no sé de qué forma tendrá, y que también es parte de todo ese código genético, está en nosotros también, se le ocurrió hacer un experimento y yo en un vuelo químico pude entender parte de todo eso; sin que esos chavalos, que usted ha mencionado, yo los haya conocido o leído. Es el vuelo el que me dice todas estas verdades universales, y alguien a quien yo llamo zoncho me enfrenta en los precipicios cada vez que algo extraño está por sucederme; no tiene que ver con libros, sí tiene que ver con magia y con mi propio código genético de la poesía transuniversal, la que se come el vacío, y que abunda en el precipicio de las tinieblas, que, como los monstruos y el buitre , están llenos de sabiduría.
Quincho desorbitado no comprendía cómo de aquella cabeza, hija del mismo vientre, salían como dictadas, tantas cosas interesantes, terminaba por ofender a Nago o hacerlo creer que se volvería loco a pesar del amor que le tenía. Esto hacía que Nago se mirase adentro, que sus ojos se volvieran y buscaran en él, todos los lugares por los cuales su yo no había visitado, y esto lo deprimía fuertemente.
– Este sueño que me abruma cada vez que hablo con Quincho, de seguro que debe ser pura brujería para él –, concluyó –. Siento ganas de contestar; pero me da este gran sueño de inutilidad, de desatino, tendré que buscar una respuesta más coherente, en algún lugar estará impregnada, es cuestión de llegar. Los toros de mi infancia tendrán que decirme algo – pensó. He de encontrar algún vuelo que me lleve lejos de acá, algo que no tenga que ver con mi pérdida física...Soy demasiado cobarde como para acabar con mi vida, no sabría por dónde empezar; pero sí podría volar lejos, volar muy lejos, en donde todo sea tan distinto que ni siquiera mis aves puedan reconocer entre lo que es el día y la noche, el calor del aire, o los verdes de las montañas. Deseo un viaje completamente astral y fuera de químicos...Muy espiritual.
La maestra, doña Trina, se encontraba arrecostaba en el respaldar de la vieja cama matrimonial. Ya eran como las cuatro de la tarde, y una radionovela llamada “Chucho el Roto” terminaba sus últimos capítulos.
– Espera un poco – advirtió ella para que Nago no la interrumpiese.
– Ahora sí, ¿que deseas Nago?.
– Te he decepcionado madre, ¿verdad?-.
– Mientras tengas a Dios en tu corazón, las cosas seguirán siendo de los hombres, hijo, eres un buen hombre, como un mundo lleno de piedras. Busca tranquilidad, hijo, en tu corazón; ve a la iglesia y medita por quienes no pueden ni siquiera entenderse como seres humanos. Tengamos piedad de los que no llevan alma en sus cuerpos.
– En eso, no sé si nos podamos entender, madre, no es que no crea en el Señor; pero llevo presentimientos que te podrían parecer más diabólicos que religiosos. Siento la necesidad de emigrar a alguna parte, siento que en algún sitio me esperan, no se si llevaré sangre gitana. Tú sabes madre, por acá, en Latinoamérica, casi todos fuimos conquistados por delincuentes.
En ese mismo momento tocaron el timbre; era el vecino número uno de la comunidad, el diputado Manolo, y llegaba a hacer visita de rutina para ver qué se le ofrecía a la familia. Al enterarse de la pequeña congoja que apresaba a Nago, se le ocurrió que una persona con la necesidades que manejaba éste, debería aprovechar las becas que ofrecía la Unión Soviética, y se puso a la disposición para hacer los arreglos pertinentes y enviar al muchacho de 18 años a la Cortina de Hierro.
– No tema, doña Trina, que ya yo estuve allá, y todo lo que se dice de que comen chiquitos, es pura mentira Los comieron en el pasado – dijo en broma –, ahora lo único que hacen es lavar cerebros; pero nosotros sabremos orar para que esto no le suceda a Nago. También he visto cosas muy humanas en ese país; hay que ver a esos niños y el talento que manejan, la educación, el nivel deportivo. Bueno, si ellos están mal, nosotros estamos en el caos. Sí ¡claro! no tienen coca cola ni comen hot dogs, mucho menos tamales ni para qué decir un buen café a la tica; pero se ven fuertes y muy bien alimentados; además ganan casi todas las olimpiadas.
Levantó su mano derecha, después de haber estado hablando un gran rato; con voz grave y determinante en sus consejos se paró del sillón y, con un quejido de malestar espinal, se refirió a su mal estado de salud, debido al exceso de peso que manejaba. – Ustedes, los jóvenes, deben hacer algo por cambiar este país que cada día va de mal en peor. Salga, Nago, salga; busque fronteras que den a esta patria una nueva visión de lo que debe ser la patria bien manejada; llegó la hora del cambio – terminó diciendo. Tomó unos papeles que sobre la mesa había dejado y con un “Dios los tenga con salud”, se despidió de la madre y su ansioso hijo, lo señaló como advirtiendo que ya la solución estaba en sus manos.