I spy!, © 1954? (Tales of Wonder). En nueva
dimensión 53.
Aunque Eric Frank Russell aún es un autor poco conocido entre los lectores de ciencia ficción de lengua castellana, es uno de los escritores de la época dorada de la ciencia ficción cuyos relatos no han envejecido. Y este relato es una muestra de ello. La visión muy personal de la “invasión extraterrestre” que tiene Russell, aunque escrita en 1954, podría datar de ayer mismo. Y su ironía y particular sentido del humor, que lo han hecho célebre, no tienen aquí desperdicio.
La nave de Rigel llegó subrepticiamente, en
mitad de la noche. Eligiendo una zona boscosa, quemó un círculo de árboles, se
asentó sobre las cenizas y lanzó un poderoso chorro de líquido para impedir que
el fuego se propagara más allá.
Delgadas espirales de humo surgieron de las
llamas extinguidas. Oculta a la vista desde todas direcciones salvo desde el
aire, la nave quedó inmóvil entre los altos pinos.
En su interior se inició una reunión de
extraños seres. Tenían dos ojos. Ese era su único rasgo definido: dos ojos;
fuera de eso, carecían por completo de forma, tenían la fluidez de lo
completamente plástico.
Cuando los tres seres que estaban en la sala
de navegación consultaban los mapas planetarios, lo hacían con cualquier cosa
movible: un tentáculo, un seudópodo, un brazo sin mano, una mano sin brazo...
lo primero que les sugería su imaginación.
En aquel momento, los tres eran redondos,
estaban erguidos sobre dos grandes pies sin piernas y recubiertos por una piel
semejante al terciopelo. Esta semejanza se debía al respeto más que a otra
cosa, ya que en Rigel, cuando uno conversa con un superior, adopta su misma
forma, y si él la cambia, cambia con él.
De modo que dos de ellos eran redondos y
aterciopelados solo porque al capitán Id Wan se le había ocurrido serlo. A veces,
Id Wan era insoportable; le daba por asumir la forma de un bicho raro, como el
molobatro reticulado, y sus subordinados debían esforzar todos sus músculos
para imitarlo.
Id Wan estaba hablando:
–Hemos observado este planeta desde gran
altura, y ni una sola nave espacial salió a nuestro paso. ¡No tienen naves espaciales!
–resopló despectivamente, y prosiguió–: Ya tenemos bastantes datos geográficos
para empezar. Hay muchas ciudades, lo cual indica la presencia de una raza
inteligente. Pero sabemos que no han llegado ni siquiera hasta su propio
satélite, por lo que no son muy inteligentes –hizo un par de manos para poder
frotárselas–. En otras palabras, justo la clase de individuos que necesitamos:
maduros para la conquista.
–Todavía no hemos visto ningún espécimen
–dijo Bi Nak, cuyo punto fuerte no era el tacto.
–Los veremos. No nos darán trabajo –meditó
Id Wam en voz alta–. Nada nos da trabajo. Ya hemos dominado unas cincuenta razas
inteligentes, distintas a la nuestra, sin ninguna dificultad. A veces pienso
que somos el mejor espécimen de la creación, En todos los mundos que visitamos
los seres vivos tienen una forma fija, inmutable. ¡Solo nosotros no somos
esclavos de la rigidez!
–La forma fija tiene también sus ventajas
–replicó Bi Nak, siempre en el bando de la oposición–. Eso es al menos lo que
decía mi mamá desde que confundió una vez a mi hermano pequeño con una
cacerola...
–Ahora nos hallamos aquí, lejos de toda
zona poblada, pero a distancia de vuelo individual de cuatro ciudades
pequeñas.
–¿Qué procedimiento emplearemos para
inspeccionar? –preguntó Po Duk, para demostrar que estaba prestando atención.
–La táctica usual, por supuesto: dos espías
en cada ciudad; un día de convivencia con los nativos, y sabremos todo lo que
nos haga falta sin que nadie sospeche que estamos espiando. Después...
–¿Una demostración de fuerza? –sugirió Po
Duk.
–¡Por supuesto! Llamen al jefe de exploradores
–dijo Id Wan, mirando fijamente a Bi Nak–. Quiero acción, ¿lo oyen?
El grueso Oswald se dirigió en la obscuridad
hacia la cabaña de donde surgía el estrépito de voces y guitarras.
Había varias cabañas más a su alrededor, la
mayor parte a obscuras. La luna dejaba ver la alta empalizada que rodeaba todo
el campamento.
Oswald abrió la puerta y pegó un par de
gritos. La guitarra dejó de sonar y cesaron las charlas. Al rato se apagó la
luz, y el gordo salió acompañado por un grupo de hombres que se dispersó en
seguida. Dos se quedaron con él mientras caminaba hacia el edificio más
cercano a la puerta de la empalizada. Uno de ellos protestaba sin demasiado
entusiasmo.
–Sí, ya sé que esos tipos quieren dormir,
¿pero cómo íbamos a saber que era tan tarde? ¿Por qué no pones un reloj en el
comedor?
–Puse uno, y me lo robaron. ¡Cincuenta
dólares!
–¡Ja! –dijo el protestón–. Entonces, ¿por
qué?... –se detuvo–. ¿Eh? ¿Qué fue eso?
–¿Eso qué? –preguntó Oswald, secándose el
sudor de su frente.
–Como un anillo de luz roja que flotaba en
medio del bosque.
–Un meteoro –dijo Oswald sin interés.
–Tu imaginación –dijo el tercer hombre.
–Te digo que vi algo raro. No sé qué pudo
ser, pero era algo –se encogió de hombros–. ¡Al diablo, vámonos a dormir!
El capitán Id Wan dio sus órdenes al jefe de
exploradores.
–Tráigame algunos ejemplares locales de
seres vivos.
–Sí, capitán.
–Cerca de aquí hay un campamento en el que
parece haber seres superiores.
–Ya lo veo, capitán.
–Usted no ve nada –replicó Id Wan–. De otro
modo, ya habría imitado los dedos flexibles que acabo de crear en mis pies.
–Mil perdones, capitán –dijo el jefe,
intentando remediar su distracción.
–Envíeme al especialista en comunicaciones.
Al especialista, que inmediatamente imitó
sus dedos, le preguntó:
–¿Qué tiene que informar?
–Conocen la transmisión de señales
electromagnéticas –dijo el especialista–. Hemos captado varias emisiones.
Parece haber por lo menos diez idiomas distintos.
–No tienen un lenguaje común –dijo Bi Nak–.
Eso complica las cosas...
–Eso simplifica las cosas– le contradijo Id
Wan, rascándose una oreja que no tenía un segundo antes–. Nuestros exploradores
podrán pasar por extranjeros y evitar dificultades con el habla. Tienen varios
idiomas, así que no son telépatas. ¡Cruzaría el cosmos por una presa así!
Despidiendo al especialista, Id Wan salió
al observatorio para ver qué estaban haciendo en aquel momento sus exploradores.
Su extraño sentido de la vida le permitió
descubrir casi en seguida a un animal, ya que la vida se les aparece a los
rigelianos como una pequeña llama en la obscuridad. Una de esas llamitas
apareció en las ramas de un árbol cercano. Id Wan la vio caer cuando la flecha
paralizadora de un explorador dio en el blanco. La llama no se apago al chocar
contra el suelo. El cazador levantó al animalillo de agudas orejas y peluda
cola y lo llevó a la nave.
Pronto empezaron a volver los demás
exploradores, trayendo animales de todos los tamaños y formas, todos ellos
paralizados por las flechas. Fueron llevados a la sala de biología.
Una hora más tarde uno de los biólogos
comunicó los resultados a Id Wan.
–Todos ellos no plásticos.
–¡Magnífico! –exclamó Id Wan–. Magnífico.
Entonces, las formas superiores tampoco lo serán. Consíganme un ejemplar.
–Necesitaremos por lo menos dos, para ver
qué diferencias hay entre los individuos. Si dejamos que los exploradores se
guíen por su imaginación al crear diferencias, son capaces de exagerar demasiado
y traicionarse.
–Muy bien, cazaremos dos –dijo Id Wan–.
Llame el jefe de exploradores.
Cuando el jefe de exploradores entró, Id Wan
le mostró algunas fotos.
–Aquí hay un campamento, un poco hacia el
sur. Como puede ver, está unido por un sendero estrecho y largo a un camino
secundario que en el horizonte desemboca en una carretera importante. El sitio
es aislado: por eso lo escogí.
–¿Lo escogió? –repitió el jefe.
–Sí. Hemos aterrizado aquí a propósito
–explicó Id Wan–. Cuanto más aislada es la fuente de ejemplares, tanto más
difícil es que nos descubran demasiado pronto y siembren la alarma.
–Por supuesto –dijo el jefe–. ¿Tenemos que
capturar algunos ejemplares?
–Dos de ellos –confirmó Id Wan–. Y dos que
puedan ser cazados sin despertar sospechas.
–¿Salgo ahora o más tarde? –preguntó el
jefe.
–Ahora mismo, mientras es de noche. Hemos
observado que el movimiento de las ciudades disminuye por la noche, así que no
son noctámbulos. Son más activos durante el día. Consiga esos dos ejemplares
y regrese antes del amanecer.
–Muy bien, capitán –dijo el jefe, y se
retiró.
Bi Nak bostezó y comentó:
–Yo tampoco soy noctámbulo...
–Pero usted está de guardia –le recordó
severamente Id Wan–, y lo estará hasta que yo no le diga lo contrario. ¡Y no
tengo el menor deseo de decírselo por ahora!
–Todo sea por el deber –suspiró Bi Nak,
rascándose una falsa nariz con unos dedos que no eran tales.
Oswald se acercó con paso de elefante a los
tres hombres que estaban tendidos en el césped. Aunque no hacía calor tan
temprano, se limpió maquinalmente el sudor de su frente.
–Siempre corriendo, muchacho –le dijo uno
de los hombres, abriendo apenas un ojo–. ¿Por qué no tomas el sol un rato, a
ver si se te derrite la grasa?
–¡Nunca tengo tiempo! Estoy buscando a
Johnson y Greer. Todas las mañanas llegan tarde al desayuno.
–¿No están en su cabaña? –dijo otro de los
hombres.
–No. Es el primer sitio que revisé. Se han
ido temprano, pues nadie los ha visto salir. ¿Por qué no me avisarán cuando
van a volver tarde? Y no salieron por el portón.
–Habrán saltado la empalizada –sugirió
uno–. Ambos están locos. Siempre saltan la empalizada cuando van a pescar de
noche. Un tipo que se pasea así por el bosque a medianoche merece que le den
de palos. ¿Estaban en sus cabinas las cañas de pescar?
–No me fijé –admitió Oswald.
–No te fijes. Si se quieren hacer los locos,
allá ellos. Estamos en un país libre.
Apareció un biólogo, manchado y maloliente.
–Son como los otros: fijos.
¿Inalterables? –insistió Id Wan.
Sí, capitán –explicó el biólogo–. El primero
se defendió con todos sus miembros e hizo mucho ruido, pero no desarrolló
mayor capacidad. Su compañero, en el otro cuarto, no mostró mientras tanto una
excitación anormal, así que no sabía lo que le estaba ocurriendo al otro. Resultado:
no son telépatas, ni plásticos. Apenas son capaces de defenderse, ni siquiera
en peligro de muerte.
–¡Magnifico! –exclamó Id Wan, satisfechísimo–.
Buen trabajo, amigo.
–Eso no es todo, capitán. Hemos registrado
minuciosamente sus cuerpos y no hemos encontrado órganos de percepción de vida.
Es evidente que solo perciben a los seres vivos cuando los ven o los oyen.
–¡Mucho mejor! –Id Wan estaba entusiasmado–.
Si no tienen sentido vital no pueden seguir el rastro de los individuos. Así
que los del campamento no sabrán adónde han ido esos dos.
–De todos modos tampoco podrían saberlo,
puesto que ya están muertos –dijo el biólogo. Arrojó unos objetos sobre la
mesa–. Traían eso encima. Quizá le interese.
Id Wan tomó los objetos cuando el biólogo
hubo salido. Eran dos pequeñas bolsas de lustroso cuero, sujetas a correas
ajustables.
Volcó el contenido en la mesa y lo examinó:
dos cajas de metal, chatas, que contenían varios tubitos blancos llenos de una
hierba aromática. Dos aparatitos metálicos que producían una llamita al ser
manipulados de cierta manera. Dos instrumentos de escritura, uno negro y el
otro plateado. Un tosco medidor de tiempo con tres agujas y un sonoro tictac.
Varias imitaciones de insectos, atravesados por pequeñas agujas.
–Humm –Id Wan reunió los objetos y arrojó
las bolsas a Po Duk–. Llévelo todo al taller, y que hagan seis copias razonablemente
buenas antes de mañana por la noche.
–¿Seis? –preguntó Po Duk–. ¿No saldrán ocho
espías?
–¡Imbécil! Los otros dos usarán éstas.
–Entiendo –dijo Po Duk, observando fascinado
las dos bolsas.
–Hay cosas y cosas –comentó Bi Nak al salir
Po Duk.
–Quiero ver a esos tipos –dijo Id Wan sin
prestarle atención, y se dirigió al laboratorio biológico, seguido por el
navegante.
Las dos criaturas raptadas estaban sobre la
mesa de operaciones. Tenían cuerpos largos y bronceados, dos brazos y dos
piernas. Sus ojos eran parecidos a los de los rigelianos.
–Tipos primitivos –dijo Id Wan, tocando uno
de los cuerpos con un dedo creado a propósito–. Es una maravilla que hayan
avanzado tanto.
–Sus dedos son muy hábiles –explicó uno de
los biólogos–. Y tienen cerebros muy desarrollados.
–Mejor –replicó el capitán–. No queremos
esclavos idiotas. ¡Somos demasiado inteligentes!
–Así es –corroboró Bi Nak.
–Aunque a veces lo dudo... –agregó Id Wan,
mirando a su subordinado. Luego ordenó–: Entréguenlos a los exploradores y que
empiecen a practicar. Esta noche elegiré a los ocho mejores imitadores. ¡Y que
lo hagan bien si saben lo que les conviene!
El sol se ponía ya entre las distantes colinas
cuando el jefe de exploradores se presentó ante Id Wan. Hacía calor. En aquella
región las noches apenas eran algo menos calurosas que los días.
–¿Tuvo alguna dificultad en conseguir anoche
esos ejemplares?
–Ninguna, capitán. Lo más difícil fue llegar
antes del amanecer, pues el campamento está lejos. Pero tuvimos suerte.
–¿Por qué?
–Esos dos acababan de salir de allí.
Llevaban unos aparatos para pescar. No tuvimos más que clavarles un par de flechas
y listo. No tuvieron tiempo de lanzar ni un grito.
–¿Encontraron medios de comunicación con el
campamento?
–El especialista no encontró nada –dijo el
jefe–. Ni antenas, ni cables. Nada.
–Es extraño –comentó Bi Nak–. ¿Por qué son
tan atrasados si su raza está bastante adelantada?
–Serán individuos sin importancia en el
planeta –dijo Id Wan–. Seguramente cuidan del bosque o algo así. No tiene importancia.
–Puede ser –murmuró Bi Nak–. Pero me sentiré
más tranquilo cuando hayamos hecho volar unas cuantas ciudades y podamos
volver a casa con la noticia. Tengo muchas ganas de volver a casa, aunque
luego me hagan volver con la flota de invasión.
–¿Están los exploradores listos para la
inspección? –preguntó Id Wan.
–Listos, capitán.
Instantes después, Id Wan pasaba revista a
los veinte rigelianos alineados junto a los dos cadáveres, para hacer más
fácil la comparación. Después de un largo y cuidadoso escrutinio eligió a
ocho, y los doce restantes volvieron a adoptar su forma esférica habitual. Los
ocho eran buenos. Cuatro Johnson y cuatro Greer idénticos en todo.
–Es una forma fácil de duplicar –comentó el
jefe–. Yo la podría mantener días y días.
–Yo también –dijo Id Wan. Luego se dirigió
al grupo de bípedos que podían parecerse a cualquier cosa–: Recuerden el
precepto fundamental: bajo ninguna circunstancia cambiarán de forma antes de
concluir la tarea. Hasta entonces mantendrán el actual aspecto, aun ante la
amenaza de destrucción.
Los ocho asintieron silenciosamente, e Id
Wan continuó:
–Las cuatro ciudades tienen grandes parques,
en los cuales caerán ustedes poco antes del amanecer. Al llegar el día se
mezclarán con las criaturas de este planeta y entonces, como ya han hecho
otras veces antes, conseguirán todos los informes posibles sin despertar
sospechas, especialmente sobre armas y fuentes de energía. No hablen ni
respondan preguntas. En último caso contesten con imitaciones de algún idioma
extraño. No olviden esto, y no se expongan demasiado. ¡Nadie debe sospechar la
presencia de una nave nuestra en este planeta! Mañana por la noche serán
recogidos en los mismos lugares. ¡No cambien de forma hasta entonces!
No había peligro de eso. Ni un pelo se les
alteró mientras desfilaban hacia las pequeñas naves voladoras, caminando
exactamente como Johnson y Greer habían caminado, moviendo los brazos del mismo
modo, mostrando la misma expresión facial.
Minutos después, cuatro potentes naves surgían
al espacio hacia cuatro ciudades.
–Ni una nave enemiga en el espacio –dijo Id
Wan–. Y además solo poseen esas lentas y pesadas máquinas que hemos visto
entre las nubes. ¡Es demasiado fácil! A veces me gustaría encontrar un poco de
dificultad.
Id Wan fue a la sala de controles vitales y
observó los ocho globos, sintonizado cada uno de ellos con cada uno de los
exploradores. En cada globo se veía la mancha luminosa producida por la llama
vital que se alejaba. Observó cómo las manchas disminuían de tamaño hasta que
quedaron estacionarias. Un poco después regresaron las naves, informando que
los espías hablan llegado sin novedad. Las manchitas continuaron brillando,
inmóviles. Ninguna se movería hasta la salida del sol.
Poniendo otro vaso en la bandeja, Oswald
protestó:
–¡No han vuelto en todo el día! Ni desayuno,
ni almuerzo, ni cena; nada. No se puede vivir del aire. Esto no me gusta nada.
–Si fuera cualquier otro iría a buscarlo
–dijo uno–, pero Johnson y Greer... No es la primera vez que se quedan en el
bosque. Me parece que han visto demasiadas películas de Tarzán. Son dos chicos
con mucho músculo y poco seso.
–Johnson no es ningún chico –negó otro–.
¡Hasta hace poco era boxeador: peso pesado!
–Bah, se habrán perdido. Es lo más fácil
del mundo, si uno se aleja un poco. Yo ya he tenido que acampar cuatro veces en
el bosque y...
–Pues a mí no me gusta nada –interrumpió
Oswald con firmeza.
–Bueno, no te gusta, eso ya lo sabemos. ¿Y
qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía?
–¡Pero si no hay teléfono! –dijo Oswald–.
¿Quién iba a traer una línea telefónica hasta aquí? –Lo pensó un rato,
frunciendo su triple papada, y se secó la frente–. Les daré de tiempo hasta
mañana. Si no han vuelto, mandaré a Sid con la moto para que avise a los
guardias forestales. ¡Nadie podrá decir que me he cruzado de brazos!
–¡Así me gusta, muchacho! –aprobó alguien–.
Sigue comiéndote dos platos más en cada comida, y así podrás reventar.
Era apenas mediodía cuando uno de los
operadores de los controles entró tan alterado en la sala principal que ni
siquiera tuvo tiempo de imitar la forma cúbica que ostentaba Id Wan en aquel
momento. Redondo, tentacular y púrpura, el operador gesticuló violentamente al
hablar.
–¡Han desaparecido dos, capitán!
–¿Dos que’? –rugió Id Wan.
–Dos llamas vitales.
–¿Estas seguro?
Sin esperar respuesta, Id Wan corrió a la
sala de controles.
Era cierto. Seis globos mostraban todavía
sus manchas brillantes, pero dos estaban obscuros. Mientras miraba, otra mancha
se extinguió, y en un breve intervalo se fueron extinguiendo otras tres manchas.
El jefe de exploradores entró diciendo:
–¿Qué ocurre? ¿Hay algo que va mal?
Lenta, pausadamente, Id Wan contestó:
–Seis exploradores acaban de entregar su
vida en estos últimos minutos.
Id Wan parecía poco dispuesto a aceptar la
evidencia que señalaban los globos.
–Estos instrumentos dicen que están muertos.
Y si es así, no pueden retener su forma actual. Sus cuerpos adoptarán automáticamente
el aspecto normal de nuestra raza, y eso significa...
–Que seremos descubiertos –dijo el jefe de
espías, observando ceñudamente los globos.
Las dos luces restantes se extinguieron.
–¡Alerta roja! –gritó Id Wan, electrizado
por lo ocurrido–. ¡Cierren todas las puertas! ¡Preparen los tubos! ¡Listos para
el vuelo!
Se encaró furioso a Po Duk:
–¡Vaya a los controles, so idiota! ¡No
tenemos un segundo que perder!
Algo silbó en el aire. Apenas alcanzó a
distinguirlo por la ventanilla de observación más próxima: era algo largo y
brillante, pero iba demasiado rápido como para examinarlo. Desapareció casi
antes de ser visto. Segundos después llegó un aullido atronador.
El especialista en comunicaciones apareció
en la puerta:
–Se registran potentes señales muy cerca.
La fuente parece ser...
Los tubos de la nave tosieron, escupieron
fuego, volvieron a toser. Un árbol comenzó a arder. Id Wan se agitaba impaciente.
Corrió a la sala de control.
–¡Necesitamos potencia, Po Duk, potencia!
–Todavía no hay la suficiente para el
despegue, capitán.
–¡Miren! –gimió Bi Nak, señalando por última
vez.
Por la ventanilla pudieron ver lo que se les
venía encima: siete puntos ultrarrápidos en formación en V. Los puntos
se agrandaron, se les apreciaron alas, pasaron silenciosos sobre los
rigelianos. Negros objetos surgieron de sus vientres, cayeron hacia el suelo,
chocaron contra la nave y a todo su alrededor.
El ruido de los aviones no llegó hasta allí:
las ondas sonoras fueron repelidas por la formidable explosión de las bombas.
Como forma final, los rigelianos adoptaron
la de moléculas dispersas.
Repantigándose en su silla, el reportero de
televisión protestó:
–Apenas llegar a la oficina, el jefe me
manda aquí para que transmita al expectante mundo una visión de la vida marciana
en fuga. Pero la fuerza aérea se me adelanta y, cuando llego aquí, ¿qué me
encuentro? Algunos árboles humeantes en torno a un cráter sin fondo. Nada más.
¡Ni una molécula!
Secándose la frente con un inmenso pañuelo,
Oswald contestó:
–Aquí no tenemos contacto con la civilización:
ni radio, ni televisión. así que no sé de qué me esta hablando.
–Es fácil –explicó el reportero–. Dejaron
caer a sus espías en los parques durante la noche. Claro que apenas amaneció
los detuvieron. Transmitimos sus fotos por televisión a la hora del desayuno:
diez tipos los identificaron en seguida como Johnson y Greer. Pensamos que los
dos tipos sencillamente estaban locos.
–Yo pensé muchas veces lo mismo –aseguró
Oswald.
–Pero a la media hora la estación de otra
ciudad va y nos muestra también las fotos de Johnson y Greer. Y otra, y otra más.
Cuatro parejas... ¡y todas en las mismas circunstancias! Parecía como si todo
el mundo quisiera ser Johnson o Greer.
–Yo no –negó Oswald–. Ninguno de los dos.
–Por supuesto, el Gobierno intervino
inmediatamente. Reunieron a los ocho y los interrogaron. Nadie entendía lo que
decían. Pero uno intentó escapar y le dispararon. Todavía era Greer cuando
cayó, pero un minuto después su cuerpo se había transformado en una pesadilla
de borracho.
»Las autoridades llegaron a la conclusión
de que eran criaturas de otro mundo, y siguieron interrogando a los otros
siete. Pero fue inútil. Cuando comprendieron que les habíamos descubierto el
juego, se mataron ellos mismos. Nos quedamos, pues, con ocho pelotas de
terciopelo... y sin informes.
–Ufff –dijo Oswald.
–La única pista eran Johnson y Greer.
Si estas criaturas los habían duplicado, lo
más sensato era buscarlos a ellos para encontrar el origen de todo. Cincuenta
amigos nos dijeron que estaban aquí, y al mismo tiempo los guardias forestales
nos informaron que habían desaparecido.
–Fui yo quien denunció su desaparición
–admitió Oswald.
–Bueno, encargaron del trabajo a la Fuerza
Aérea. Les ordenaron que revisaran el bosque, y que si encontraban alguna nave
misteriosa no debían permitirle despegar. Pero a los muchachos se les fue la
mano. Tiraron tantas bombas que no han quedado dos moléculas juntas.
–Mejor –dijo Oswald–. Yo prefiero no saber
cómo eran esos bichos.
–¡Pero si eran formidables! Capaces de
duplicar a la Reina de la Belleza si se lo proponían. Pero no puedo llegar a
creer que, de todos los sitios que hay en el planeta para elegir su modelos,
los espías tuvieran la mala suerte de ir a caer justo en un campamento de
nudistas. ¡Como para pasar inadvertidos!
–Campamento de nudistas no... –corrigió
castamente Oswald–. Centro de Salud Solar.
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