Testigo de un ahorcamiento
Un
anciano llamado Daniel Baker,
que vivía cerca de Lebanon (Iowa), fue acusado por sus vecinos de asesinar a un
vendedor ambulante al que había permitido pernoctar en su casa. Esto ocurrió en
1853, cuando la venta ambulante era mucho más usual que ahora en el Oeste y
realizarla implicaba un peligro considerable. Los buhoneros, con sus fardos al
hombro, recorrían el país por caminos desiertos y se veían obligados a buscar
la hospitalidad de los granjeros. De esta forma entraban en contacto con
extraños personajes, algunos de los cuales no tenían el menor escrúpulo a la
hora de ganarse la vida por medios que consideraban aceptables, como por
ejemplo el asesinato. De vez en cuando se oía contar que uno de esos vendedores
había llegado a casa de un tipo violento con su hato vacío y su bolsa llena y
nadie había vuelto a saber más de él. Eso fue lo que ocurrió en el caso del
«viejo Baker», como todos le llamaban (en los
poblados del Oeste sólo se da tal apelativo a los ancianos a los que, al ser
rechazados socialmente, se les echa en cara la edad): un buhonero llegó a su
casa y no volvió a salir.
Siete
años más tarde, el reverendo Cummings, sacerdote baptista conocido en la
región, iba una noche con su carreta por los alrededores de la granja de Baker. No era noche cerrada, pues por encima del
velo de niebla que cubría el terreno se podía ver la luna. El reverendo, tan
alegre como siempre, iba silbando una canción que de cuando en cuando
interrumpía para dirigir unas palabras de aliento a su caballo. Al llegar a un
pequeño puente sobre una rambla vio una figura humana claramente perfilada
contra el fondo gris del bosque brumoso. Sin duda era un buhonero, pues llevaba
algo a la espalda y empuñaba una gruesa vara. Parecía abstraído, como si
estuviera sonámbulo. El reverendo detuvo la carreta al pasar a su lado y, con
un amable saludo, le invitó a subir, «si es que vamos en la misma dirección»,
añadió. El individuo levantó la cabeza y le miró a la cara, pero siguió
inmóvil y en silencio. El señor Cummings, con su característica
insistencia, repitió la invitación. Entonces la figura señaló con su mano
derecha en dirección a la parte inferior del puente. El reverendo echó una
mirada y, como no veía nada especial, fue a dirigirse de nuevo al buhonero:
pero el buhonero había desaparecido. El caballo, que hasta entonces se había
mantenido sorprendentemente tranquilo, soltó un relincho y salió despavorido.
Cuando el señor Cummings quiso hacerse con él, ya estaban en lo alto de una
colina, a cien yardas del puente. Al mirar hacia él volvió a ver la figura, en
el mismo sitio y con la misma actitud que la primera vez. Entonces, consciente
de que algo sobrenatural estaba ocurriendo se dirigió hacia su casa a toda
brida.
Al
llegar contó a su familia lo ocurrido y a la mañana siguiente, muy temprano,
volvió al lugar acompañado por dos vecinos, John White Corwell y Abner Raiser. El cuerpo del viejo Baker colgaba por el cuello de uno de los travesaños del puente, justo
debajo del lugar en el que el reverendo había visto la aparición. Una gruesa
capa de polvo, húmeda a causa de la niebla, cubría el suelo, pero las únicas
huellas apreciables eran las del caballo.
Al
descolgar el cadáver, los hombres removieron con sus pisa das
el terreno blando y movedizo y descubrieron unos restos humanos
que, debido a la acción del agua y de la escarcha, estaban ya casi a la vista.
Fueron identificados como los del buhonero desaparecido. En la doble
investigación que se llevó a cabo, el juez dictaminó que Daniel Baker se había quitado la vida en un momento de
enajenación y que Samuel Moritz
había sido
asesinado por alguien cuya identidad se desconocía.
Un saludo frío
Éste
es el relato que el difunto Benson
Foley de San
Francisco contó:
«En
el verano de 1881 conocí a un tipo de Franklin (Tennessee) llamado James H. Conway. Había venido a San Francisco en busca de un
clima saludable (¡pobre iluso!) y traía una carta de presentación del señor Lawrence Barting, al que yo había conocido durante la
guerra civil. En aquella época el señor Barting era capitán del ejército
federal; al acabar la guerra se estableció en Franklin y, con el tiempo, se convirtió en un abogado
de prestigio. Siempre me pareció un hombre sincero y honrado, y la
cordial amistad que expresaba en su carta por el señor Conway fue para mí
prueba suficiente de que éste merecía mi estima y confianza. Una noche,
mientras cenábamos, Conway me contó que Barring y él habían
acordado solemnemente que el primero que muriera intentaría comunicarse con
el otro desde el más allá; la manera de hacerlo había quedado a la elección del
difunto (lo que me pareció muy sensato) y en función de las oportunidades que
las nuevas circunstancias le ofrecieran.
»
Unas semanas después de esta conversación me encontré con el señor Conway que,
con aspecto abstraído, como si fuera pensando en algo, bajaba por la calle Montgomery. Me saludó fríamente con un ligero movimiento
de la mano y continuó su camino, dejándome plantado en medio de la acera en
actitud de estrecharle la mano. Naturalmente, me sorprendí y me sentí ofendido.
Al día siguiente me lo volví a encontrar en la recepción del Hotel Palace y como vi que iba a repetir la desagradable
escena del día anterior, le bloqueé el paso en el quicio de la puerta y con un
saludo amigable le pedí una explicación sobre la alteración de sus modales.
Después de un momento de duda, me miró con franqueza y me dijo:
»
-No creo, señor Foley, que tenga ya ningún derecho a su amistad, pues parece
que el señor Barring me ha retirado la suya. Le asegu ro que no sé por qué razón. Si aún no le ha
informado, no creo que tarde.
»
-No he tenido noticia alguna del señor Barting -repliqué.
»
-¡Noticias! -repitió con aparente sorpresa-. Pero si está aquí. Me lo encontré
ayer, diez minutos antes de cruzarme con usted. Por eso le saludé exactamente
del mismo modo que él lo había hecho. Hace menos de media hora que me lo he
vuelto a encontrar y su gesto ha sido el mismo: una simple inclinación de
cabeza y se acabó. Gracias por su amabilidad señor Foley. Buenos días, o mejor
dicho, adiós.
»
El comportamiento del señor Conway me pareció de una delicadeza y consideración
singulares.
»
Como las situaciones dramáticas y sus efectos literarios no son mi cometido, he
de decir que el señor Barring
había muerto. Su
fallecimiento se había producido cuatro días antes de mi conversación con el
señor Conway. Decidí visitarle e informarle de la desaparición de nuestro común
amigo, mostrándole la carta que así lo comunicaba. Le afectó de tal modo que
resultaba imposible dudar de sus sentimientos.
»
-Parece increíble -dijo, tras un momento de reflexión-. Debí confundir a otra
persona con Barring y aquel frío gesto no pudo ser
otra cosa que la contestación que un desconocido hacía a mi saludo. A decir
verdad, recuerdo que aquel individuo, a diferencia de Barring, no llevaba bigote.
»
-Sin duda era otro hombre -asentí-, y no volvimos a mencionar el asunto. Pero
yo guardaba en el bolsillo una fotografia de Barring que su viuda me había enviado en la carta:
había sido tomada una semana antes de su muerte y en ella Barring no llevaba bigote.
Un telegrama
En
el verano de 1896 el señor William
Holt, un industrial rico de Chicago,
estaba pasando una temporada en una pequeña ciudad en el centro del estado de
Nueva York, cuyo nombre no recuerdo. Holt había
tenido «problemas conyugales» que habían conducido a su separación un año
antes. Si aquello fue algo más serio que «incompatibilidad de caracteres», él
es el unico que lo sabe, pues no es hombre
al que le guste hacer confidencias. Sin embargo, sí contó el incidente aquí
registrado al menos a una persona, sin exigirle compromiso de silencio alguno.
El señor Holt reside actualmente en Europa.
Una
tarde salió de casa de su hermano, en donde estaba residiendo, con la intención
de dar un paseo por el campo. Hay que suponer (cualquiera que sea el valor de
la suposición en relación con lo que se dice que ocurrió) que su mente debía
estar ocupada en reflexiones sobre su infelicidad conyugal y los cambios que
ello había producido en su vida. De cualquier modo, fueran cuales fueran sus
pensamientos, estaba tan absorto en ellos que no reparó en el paso del tiempo
ni en la dirección que llevaban sus pasos: sólo sabía que había traspasado los
límites de la ciudad y que se encontraba en alguna comarca siguiendo una
carretera que no se parecía en nada a la que había tomado al salir de la
ciudad. En resumen, se había perdido.
Al
darse cuenta de la situación, sonrió: el centro del estado de Nueva York no es
una región peligrosa ni tampoco una zona por la que se pueda andar extraviado
mucho tiempo. Dio media vuelta y volvió por donde había venido. Al cabo de un
rato observó que el paisa je se
tornaba más nítido, más reluciente. Todo parecía cubierto por un suave
resplandor rojizo que hacía que su sombra se proyectara delante de él, sobre la
carretera. «La luna está saliendo», se dijo. Entonces recordó que era época de
luna nueva y que, aunque ese globo juguetón estuviera en uno de sus momentos de
visibilidad, ya debería haberse puesto hacía tiempo. Se detuvo y empezó a
buscar la fuente de aquel fulgor que se extendía con tanta rapidez. Al moverse,
su sombra giró y volvió a aparecer sobre la carretera, delante de él. La luz
seguía a su espalda, lo que le resultó sorprendente e incomprensible. Dio
media vuelta varias veces, con la mirada puesta en cada punto del horizonte: la
sombra estaba siempre delante y el resplandor, «un resplandor inmóvil, de un
rojo terrible», detrás.
Holt estaba asombrado -«pasmado» es
la palabra que empleó- aunque parecía conservar una cierta sensatez curiosa.
Para comprobar la intensidad de aquel fenómeno cuya naturaleza y origen
desconocía, se quitó el reloj e intentó distinguir los números de la esfera. Se
veían con claridad y las agujas señalaban las once y veinticinco. En aquel
instante la luz misteriosa emitió un intenso destello, casi cegador, y todo el
cielo enrojeció; las estrellas se apagaron y su desfigurada sombra salió disparada
por el paisa je. Junto a él, aunque a
un nivel considerablemente más elevado, estaba la figura de su mujer que, en
camisón, abrazaba a su hijo contra el pecho. Le miraba con una expresión que,
como más tarde reconocería, era incapaz de describir, pues no parecía de este
mundo.
El
destello momentáneo fue seguido por una repentina oscuridad en la que aún se
podía distinguir la aparición blanca e inmóvil; luego, desapareció lentamente
como ocurre con las imágenes que permanecen en la retina después de cerrar los
ojos. Más adelante, el señor Holt recordaría
algo que apenas había advertido en aquel momento: sólo pudo ver la mitad superior
de la figura.
La
oscuridad no era absoluta, pues todos los objetos que le rodeaban se fueron
haciendo visibles gradualmente.
Al
amanecer, Holt vio que estaba entrando en la
ciudad por el camino opuesto al que había seguido para salir. Llegó a casa de
su hermano, que apenas le reconoció, con los ojos hinchados por no haber dormido,
y grises como los de las ratas. Con gran incoherencia, relató lo que le había
ocurrido.
-Vete
a la cama -le dijo su hermano-, y espera. Ya hablaremos de esto.
Una
hora más tarde llegó el telegrama predestinado: la casa de Holt, situada en un barrio residencial de Chicago,
había sido destruida por un incendio. Su mujer, cercada por las llamas, se
encaramó en una de las ventanas superiores, con su hijo en brazos. Allí
permaneció un rato, inmóvil y aturdida. Cuando los bomberos se acercaban con la
escalera, el suelo cedió y no se la volvió a ver.
En
el momento en que este horror alcanzaba su punto culminante eran las once y
veinticinco.
Una detención
Orrin
Brower, de Kentucky, huyó de la justicia tras haber
asesinado a su cuñado. Una noche, después de golpear al carcelero con una barra
de hierro y robarle las llaves, abrió la puerta y se escapó de la cárcel del
condado, donde le habían encerrado en espera de juicio. Como el carcelero no
llevaba armas, no pudo conseguir nada con lo que defender su recobrada
libertad. Una vez fuera de la ciudad, cometió la locura de internarse en el
bosque. Esto ocurrió hace muchos años, cuando la región era más frondosa que en
la actualidad.
La
noche era cerrada, sin luna ni estrellas, y como no vivía por allí ni conocía
la zona, no tardó mucho en perderse. No sabía si se alejaba o se acercaba a la
ciudad -algo fundamental en su situación. En cualquier caso, era consciente de
que una partida de ciudadanos con una jauría de perros estaría pronto tras su
pista y que sus posibilidades de escapar eran mínimas. Pero aun así no tenía
la intención de colaborar en su propia captura: una hora más de libertad
merecía la pena.
Al
salir del bosque se encontró de repente en una vieja carretera. Ante él
vislumbró la figura de un hombre inmóvil en la oscuridad. No podía retroceder:
sentía que al menor movimiento de retirada, según explicaría después, «le
llenaría de plomo.» Los dos permanecieron rígidos como palos; a Brower casi se
le salía el corazón por la boca; del otro, nunca se supieron sus emociones.
Al
cabo de un momento, que podría haber sido una hora, la luna apareció en un
claro del cielo y el fugitivo vio al representante de la ley levantar su arma y
apuntar hacia él. Comprendió perfectamente y, tras dar media vuelta, comenzó a
caminar sumisa mente en la dirección
que le indicaban, sin atreverse a mirar ni a derecha ni a izquierda. Le daba
miedo hasta respirar, pues no quería ver su cabeza llena de perdigones.
Brower
era un criminal tan valiente como cualquiera de los que van a la horca; esto
se deducía de las condiciones extremadamente peligrosas en las que había
asesinado fríamente a su cuñado. No tiene sentido alguno relatarlas aquí, pero
cuando salieron a relucir en el juicio, la revelación de la calma que había
demostrado en dichas circunstancias casi le salva el pescuezo. En fin, qué se
le va a hacer: cuando un hombre valiente es vencido, no le queda otra solución
que rendirse.
Continuaron
su camino hacia la cárcel siguiendo la vieja carretera a través de los bosques.
Una sola vez se arriesgó a volver la cabeza: cuando pasaba a través de una
sombra y sabía que el otro estaba recibiendo la luz de la luna. El que le había
capturado era Burton Duff, el carcelero. Estaba pálido como
la muerte y tenía una ostensible marca sobre la ceja, producida por el golpe
con la barra de hierro. Orrin Brower no volvió a expresar su curiosidad.
Al
final llegaron a la ciudad que, aunque iluminada, estaba desierta. En las
casas sólo quedaban las mujeres y los niños. El criminal se dirigió hacia la
cárcel. Cuando llegó a la entrada principal, puso su mano sobre el picaporte de
la pesada puerta de hierro y la abrió: frente a él había media docena de
hombres armados. Entonces se dio la vuelta: no había nadie tras él.
En
el pasillo, sobre una mesa, yacía el cuerpo sin vida de Burton Duff.
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