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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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Hal Ellson - Se alquila una habitación
La lluvia salpicaba el alféizar de la ventana junto a la cual se encontraba ella, con los ojos grises llenos de rabia y la barbilla erguida. Las gotas entonaban un triste lamento al otro lado de la cortina y del cristal, pero ella no las oía, no advertía el monótono reguero que corría a unirse al cauce principal. Estaban bajando la camilla por la escalinata de la entrada sin ningún esfuerzo, pues el hombre muerto apenas pesaba más que un palo.
«El maldito viejo me ha engañado —pensó la señora Flynn con la mirada fija en la manta de color gris—. No tenía ni un céntimo a su nombre, y encima me deja a deber el alquiler.» Sacudió la cabeza y se quedó observando cómo entraban la camilla en el furgón. El conductor y su ayudante, con relucientes impermeables negros, cerraron la puerta y antes de subir saludaron con la mano al policía. Cuando el furgón se hubo marchado, el policía alzó la vista hacia la parte superior de la casa y después se alejó desafiando con la cabeza el viento que soplaba en aquel día desapacible de marzo.
—Se acabó —dijo la señora Flynn en voz alta, alejándose de la ventana para dirigirse al recibidor con toda la prontitud que le permitían sus piernas cortas y gordezuelas.
Sólo un tramo de escaleras la separaba de la habitación vacía, pero llegó resoplando. La puerta estaba entornada, y la alcoba en la penumbra estaba tan silenciosa y vacía como una concha abandonada. Otra mujer hubiera vacilado, pero la señora Flynn no. Entró como el viento de marzo que soplaba en el exterior azotando el mundo y se puso a realizar su tarea. Barrió la habitación, deshizo la cama, volvió a hacerla con ropa limpia, sin pensar ni por un momento en su último inquilino, que acababa de fallecer.
Cuando terminó, el viento hacía crujir la ventana y la lluvia azotaba los cristales. «Incluso los elementos se han puesto en mi contra», pensó, pues era codiciosa y su codicia no podía esperar.
Barrió el pasillo y las escaleras. En el vestíbulo la esperaba el letrero que debía colgar a pesar del mal tiempo. Se inclinó a recogerlo y al abrir la puerta de la calle la recibió una ráfaga de viento y de aguanieve que le quitó el aliento, pero que no le impidió continuar.
Salió a la imponente escalinata de deteriorada piedra rojiza, colgó el letrero del clavo y entró corriendo en la casa, sacudiéndose como una gallina mojada. Misión cumplida. Ya estaba puesto el cebo en espera del pez adecuado. El problema era aquel tiempo tan espantoso del mes de marzo.
A través del visillo gris de una de las ventanas delanteras, observaba la calle desierta, medio oculta ahora por una espesa cortina de nevisca. Finalmente, de entre aquel velo surgió la silueta de un hombre. Al pasar delante de la casa, se detuvo un momento y levantó la mirada, atraído por el crujir del letrero que el viento balanceaba con violencia. Al cabo de un momento, subió la escalinata y tocó el timbre. La puerta se abrió repentinamente y apareció la señora Flynn, con el mentón erguido y la mirada penetrante escrutándole.
—He visto el letrero —aventuró.
—Tengo una habitación por alquilar —respondió con presteza, advirtiendo que iba vestido con pulcritud aunque las ropas no eran de muy buena calidad—. ¿Quiere verla?
—Bueno, pero antes...
—Si le gusta, serán diez a la semana. Por adelantado.
Sonrió ante el comentario, y dijo:
—Echaré un vistazo, si no le importa.
Le acompañó al piso superior y le mostró la habitación, la cama, el escritorio, la lámpara y el armario, sin pedir disculpas por las grietas del techo ni por el papel viejo que cubría las paredes.
—Una habitación al estilo antiguo. Parece muy cómoda —observó.
—¿Se va a quedar?
—Ya me he quedado —respondió sacando la cartera, de piel bastante gastada pero de buena calidad y bien repleta de billetes, de entre los cuales sacó uno diestramente y se lo entregó.
—Esto cubre diez semanas —dijo sonriendo al ver que le brillaban los ojos—. A menos que suba la tarifa entretanto.
—Diez son y diez serán —respondió con presteza, deseosa de no perder un cliente como aquél—. Soy la señora Flynn. Y usted, ¿cómo ha dicho que se llamaba? Necesito saberlo para hacer los recibos.
—John Walker. Pero olvídese de los recibos.
—Ay, es usted demasiado confiado. Se los pasaré por debajo de la puerta. Lo siento, pero no podría dormir tranquila.
—Bien, si eso la hace sentirse mejor... —dijo mientras se dirigía a la puerta—. Voy a por mis cosas.
Le siguió escaleras abajo hasta la puerta de entrada.
—Hace un tiempo espantoso —observó la señora Flynn con un estremecimiento—. ¿Le apetece tomar una taza de té antes de salir?
—Muchas gracias. Tal vez cuando vuelva —respondió.
De vuelta a su puesto de guardia junto a la ventana, le vio desaparecer tras la espesa cortina de nieve que en aquel momento caía formando remolinos. Ya no importaba que hiciera mal tiempo en aquel día de marzo. Esta vez tenía en su poder al hombre adecuado, un inquilino con dinero contante y sonante.
Cuando John Walker regresó al cabo de media hora, parecía el hombre de las nieves. Ella le aguardaba en el salón de alto techo con la mejor vajilla dispuesta sobre la mantelería de lino.
—Deje la maleta y entre —dijo, cogiéndole del brazo.
Riendo, se dejó arrastrar hasta la puerta.
—Es muy bonito este salón —comentó mientras ella le servía el té—. Y muy acogedor.
—Ha quedado un poco anticuado, pero a mí me gusta —respondió ella tendiéndole la taza y el platito.
Era un buen té, muy caliente y tan negro que requería la buena cantidad de azúcar y leche que se sirvió. Lo removió con la cucharilla y al levantar la mirada vio que ella le contemplaba sonriente.
—No hay nada como una buena taza de té con un tiempo así —dijo—. Tenía miedo de que no le apeteciera.
—Oh, sí, sí. Especialmente tal como usted lo prepara.
—Sí. Sin bolsitas de té flotando en una especie de aguachirle —dijo ella riendo y dándose una palmada en el muslo—. Será mejor que se lo beba ahora, antes de que se enfríe.
Era un buen principio, exactamente lo que ella quería, y ahora daba las gracias a la inclemencia del tiempo; había cesado de nevar y la lluvia helada azotaba de nuevo las ventanas.
«El té es una buena bebida», pensó la señora Flynn al recordar la repentina timidez del señor Walker cuando se había ofrecido a llevarle una taza a su habitación de vez en cuando. Era ella quien debía sentirse agradecida de que el hombre hubiera accedido a que se le diera un trato tan servicial, pues formaba parte del plan: hacer que se sintiera a gusto mientras ella se dedicaba a descubrir lo que le interesaba saber.
Pero el señor Walker, aun siendo muy amable y extrovertido, no reveló nada de su persona a pesar de su buena disposición para hablar cuando se sentaba a tomar dos o tres tazas de exquisito té irlandés. Su habitación tampoco desvelaba ningún secreto acerca de su persona, a pesar de que la señora Flynn la repasaba concienzudamente a diario en busca de la evidencia que necesitaba antes de entrar en acción.
Lo que buscaba era dinero, y él lo tenía. Estaba tan segura de ello como de que el sol salía cada mañana. Pero, ¿dónde lo guardaba? En el banco, no, de esto estaba convencida. No era ese tipo de persona.
Durante cuatro semanas actuó con la misma rutina. Por la mañana esperaba a que él saliera de casa para subir corriendo las escaleras armada de plumero y escoba, dispuesta a limpiar y a inspeccionar. Pero era inútil: no guardaba el dinero en la habitación.
Al iniciarse la quinta semana, abandonó la búsqueda. A finales de la sexta semana, cuando ya había decidido pedirle que hiciese el equipaje, encontró el dinero cuidadosamente metido dentro de un par de zapatos y cubierto por un par de calcetines sucios. Allí estaban, diez billetes de cien dólares crujientes que contó dos veces con manos temblorosas.
«Lo sabía», gimió, y volvió a contar el dinero por puro placer. Acto seguido bajó al salón a tomarse una taza de té y a iniciar los preparativos. Era un hermoso día de abril, con el cálido frescor febril de la primavera en el aire que no era totalmente de su agrado. Pero a veces en abril el tiempo era tan desagradable como en marzo y por la tarde se levantaba un aire desapacible, y la brisa suave iba refrescando hasta barrer violentamente la ciudad cuando caía la noche.
La señora Flynn aguardaba junto a la ventana, pero el señor Walker no regresó a la hora acostumbrada. Finalmente, a las diez, subió despacio la escalinata y abrió la puerta.
—Vaya, si es el señor Walker que llega tarde y muerto de frío —le saludó desde el recibidor—. Le espera un té bien calentito.
Pero aquella vez lo rechazó. Estaba cansado. Había tenido un mal día, dijo mientras subía hacia su habitación.
Mala señal. Era la primera vez que rechazaba una taza de té. Más tarde le oyó bajar por la escalera y salir a la calle. La puerta hizo un sonido lúgubre al cerrarse, pero se volvió a abrir diez segundos más tarde.
La señora Flynn salió corriendo y preguntó:
—¿Ocurre algo, señor Walker?
—No, no. Nada —respondió. Empezó a subir las escaleras, pero se detuvo frunciendo el entrecejo.
—¿Qué ocurre, señor Walker?
—Me voy mañana —respondió—. A Chicago.
—Está bromeando —dijo mientras palidecía.
—Ojalá fuera así, pero hablo en serio. Ha sido una estancia muy agradable.
—Entonces vamos a tomar la última taza de té —dijo desesperada.
—Gracias, pero me desvelaría. Tengo que marcharme muy temprano —replicó iniciando el ascenso otra vez.
—Por los buenos tiempos —gritó ella—. Y no le quitará el sueño. Ya verá cómo duerme como un tronco.
Se detuvo de nuevo y sonrió.
—De acuerdo —dijo mientras empezaba a bajar las escaleras.
Le sirvió el té en aquel salón de techo alto y charlaron durante un rato. Luego él se fue a su habitación, cuando el té envenenado aún no había empezado a surtir efecto.
Por la mañana estaba muerto.
—Un hombre muy correcto —dijo ella mientras le bajaban por la escalinata envuelto en una manta gris. Luego entregó al policía el abrigo, la maleta y un paquete de cigarrillos de su huésped.
—No es mucho —dijo—, pero donde va no necesitará gran cosa.
—Tiene razón —respondió el policía, y salió de la casa. La camilla ya estaba dentro del furgón. El policía bajó la escalinata, entregó el abrigo y la maleta y se quedó mirando cómo se alejaba el vehículo. Luego se marchó.
La señora Flynn cerró la puerta y corrió escaleras arriba hacia la alcoba de su último huésped. Entró jadeando y se dirigió al armario. Allí estaban los zapatos que había conservado, con los calcetines sucios metidos dentro. Los cogió ávidamente y retiró los calcetines. El dinero no estaba.
—Se lo ha llevado, se lo ha llevado. ¿Por qué no se me habrá ocurrido registrarle los bolsillos antes de llamar a la policía? —gimió mientras iba a la planta baja, desesperada por el terrible error que había cometido, pero no tanto como para no poder tomarse una taza de té.
Se sirvió y permaneció un rato sentada en el salón de techo alto. Luego se puso de pie y salió a la escalinata para colgar una vez más aquel letrero fatal: se alquila habitación.
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